Apología del Imperio Español
«Un soberano puede reinar abrumado por muchos escándalos
porque los hombres, si les es posible, siempre creerán lo que desean» (Nicholas
Guild, El asirio, 2013).
Según la Wikipedia
inglesa una leyenda negra consiste en: «Deriving from the Spanish exemple the
term black legend is sometimes used in a general way to describe any form of
unjustified demonization of a historical person, people or sequence of events».
La wikipedia francesa concreta aún más: «Une légende noire est une expression
désignant une perception négative d’un personnage ou d’un évènement historique.
Généralement infondée ou partielle, elle ne peut se confondre avec la
vérité historique. L’expression fut introduite à propos de l’Espagne et du
peuple espagnol en 1913 par Julián Juderías». Así la define el aludido Julián
Juderías: «Relatos fantásticos que acerca de nuestra patria han visto la luz
pública en todos los países, las descripciones grotescas que se han hecho
siempre del carácter de los españoles como individuos y colectividad, la
negación o por lo menos la ignorancia sistemática de cuanto es favorable y
hermoso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte, las
acusaciones que en todo tiempo se han lanzado sobre España fundándose para ello
en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y,
finalmente, la afirmación contenida en libros al parecer respetables y
verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la prensa
extranjera, de que nuestra Patria constituye, desde el punto de vista de la
tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable
dentro del grupo de las naciones europeas» (La
leyenda negra: estudios del concepto de España en el extranjero,
Valladolid: Consejería de Educación y Cultura, 1997, pág. 28). No obstante, fue
Emilia Pardón Bazán la primera en usar la expresión «leyenda negra» para
referirse a la propaganda antiespañola; ocurrió el 18 de abril de 1899 en la
Sala Charras de París durante una conferencia titulada «L’Espagne de hier et
celle d’aujourd’hui».
¿Qué es una leyenda negra? Todo poder, sea militar,
económico, religioso o cualquesquiera otros, tiene su propia leyenda negra.
Ésta no es más que una serie de ataques dirigidos hacia él con la intención de
desprestigiarlo, de forma que, de algún modo, pierda parte de esa autoridad.
Esos ataques suelen basarse en dos premisas: la falsedad de unos hechos y el
silencio de otros. Partiendo de estos dos presupuestos, una acción se puede
exagerar, deformar o, incluso, inventar; al mismo tiempo, otra acción se puede
menospreciar, debilitar o, simplemente, ocultar. Cuando se enfrentan dos
poderes, la comunidad neutral siempre, salvo casos excepcionales, se ponde al
lado del más débil, y eso ha ocurrido, ocurre y ocurrirá siempre, ya se trate
de ejércitos, empresas, equipos deportivos o estrellas de la canción. Podemos
encontrar estas leyendas negras referidas al imperio acadio de Sargón I o al
imperio estadounidense de Joe Biden, pasando por todos los habidos y por haber.
El pensamiento del propio Churchill va en esa dirección cuando en 1936 dice «durante
cuatrocientos años la política exterior de Inglaterra ha consistido en oponerse
a la potencia más fuerte, más agresiva, más dominante del Continente y, en
particular, evitar que los Países Bajos cayesen en manos de ella [...].
Repárese en que la política de Inglaterra no tiene en cuenta qué nación es la
que busca la dominación de Europa. La cuestión no reside en si se trata de
España, de la Monarquía Francesa, el Imperio germánico o el régimen de Hitler.
No tiene nada que ver con gobernantes o naciones; se ocupa únicamente de quién
es el tirano potencialmente más fuerte y dominador».
En vista de lo expuesto, el hecho de que exista una leyenda
negra acerca de España no es en absoluto algo excepcional, sino todo lo
contrario. En su momento España fue la primera potencia mundial, como ahora lo
es Estados Unidos y antes lo fue Roma, Egipto o los mongoles de Gengis Kan. Lo
más lógico y natural es que, si no se la puede combatir con esperanzas de una
victoria militar o comercial, habrá que minarla mediante la correspondiente
leyenda negra. Sin embargo, algo extraño ha ocurrido en este caso. Una leyenda
negra suele terminar cuando el sujeto sometido a ella se derrumba o desaparece
y, poco tiempo después, ya nadie se acuerda de ella y, si lo hace, distingue
entre las mentiras y las verdades. En el caso de España eso no ha ocurrido. Ha
pasado más de un siglo desde que el Imperio Español se dio por finiquitado de
forma oficial, tras perder la guerra contra Estados Unidos en 1898; no obstante,
la leyenda negra todavía sigue viva, y muy viva, en el consciente y el
subconsciente no sólo de los legos, sino también de los especialistas. ¿Cuál es
el motivo de esa persistencia? En algunos casos la respuesta parece bastante
obvia (el fracaso de los sucesivos gobiernos de ciertos países debe ser
achacado a agentes externos: la culpa no es mía, sino del otro, del
imperialismo español, aunque de eso hayan transcurrido casi doscientos años);
en otros casos la respuesta no parece ser tan clara, pues España ya no supone
un poder o un peligro al que seguir atacando, y eso ya a finales del siglo XVII
(en la hispanofobia del mundo anglosajón, Estados Unidos o Inglaterra, por
ejemplo, se insiste en alargar la sombra de la leyenda negra española). Tal vez
tenga cierta razón Elvira Roca al afirmar que «Macaulay [poeta, historiador y
político del partido whig británico] es la mejor prueba de que todavía a
mediados del siglo XIX está vivo entre los ingleses el deseo de emular los
logros de los españoles en sus siglos áureos, de alcanzarlos y sobrepasarlos
[...]. El Imperio español es todavía el único rasero de medir el poder y la grandeza
que se ofrece a la vista» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016). Se podría añadir que la
leyenda negra persiste como justificación de las atrocidades llevadas a cabo
por otras naciones; no pueden ni deben permitir que un país, en este caso
España, se muestre tolerante, humano, pacífico hasta cierto punto, mientras los
demás buscan el camino contrario: o todos crueles o nadie, y cuanto más cruel
se revele España, más justificado estará el trato de los demás países para con
sus ciudadanos, para con sus colonizados, para con los esclavos, para con los
indígenas masacrados.
Como queda dicho al principio, una leyenda negra se
construye, sobre todo, ideando ficciones y encubriendo verdades, engrandeciendo
la parte negativa y empequeñeciendo la parte positiva. Esto no se consigue de
la noche a la mañana, sino que sigue un proceso según el cual comienza por una
pequeña bola de nieve hasta convertirse en un alud. En la leyenda negra
confluyen las tendencias religiosas, los prejuicios racistas, las
preocupaciones sociales, los avances científicos, los ideales filosóficos, el
poderío militar, etc. Siguiendo a Julián Marías: «La Leyenda Negra consiste en
que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la
condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia,
incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda
Negra. En el caso de España, se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más
densa en el siglo XVII, rebrota con nuevo ímpetu en el XVIII —será menester
preguntarse por qué— y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás»
(Julián Marías, España inteligible,
1985, pág. 202).
En el caso que nos ocupa la pequeña bola de nieve se
estableció, en un primer momento, sobre la base artificial del carácter del
ciudadano español, ya fuera soldado, político, labrador, comerciante o artista;
más tade se uniría a ello un segundo pilar más fuerte y resistente, la
Inquisición, para terminar, poco después, con el surgimiento del tercer
cimiento, la aventura americana. Digamos que todo comenzó en Italia, cuando
Aragón ocupaba parte de la península itálica. En uno u otro momento, los
territorios italianos que estuvieron bajo el dominio aragonés y,
posteriormente, castellano, no fueron pocos ni carecieron de importancia: el
Ducado de Milán, los Presidios de Toscana, el Marquesado de Finale y los reinos
de Nápoles, Sicilia y Cerdeña. A ellos cabría reseñar la ocupación momentánea y
militar de los Estados Pontificios y de la Valtelina. Antes de continuar,
estamos obligados a aclarar un punto oscuro, más bien un manto, que rodea toda
esta leyenda, y es que quienes iniciaron la bola de nieve no fueron los
componentes del pueblo llano, quien, en un principio, tenía en gran estima el
comportamiento en general de los españoles; los creadores e incitadores fueron
las altas esferas políticas y económicas: las primeras, por el afán de
sacudirse el influjo español; las segundas, por el incentivo de mayores
beneficios.
Concretando un poco más, podemos apoyarnos en las palabras
del historiador estadounidense cuando se refiere a la leyenda negra española
como «la tradición acumulada de propaganda e hispanofobia según la cual el
Imperio español es considerado cruel, intolerante, degenerado, explotador y
santurrón por encima de la realidad» (Charles Gibson, The Colonial Period in Latin America History, Hathi Trust. Service
Center for Teachers oh History). Y todavía más, Philip Wayne menciona que «la
premisa básica de la leyenda negra es que los españoles se han mostrado
históricamente como excepcionalmente crueles, intolerantes, tiránicos,
oscurantistas, vagos, fanáticos, avariciosos y traicioneros; es decir, que se
diferencian de tal modo de los demás pueblos en estas características que los
españoles y la historia de España deben ser vistos y comprendidos en términos
que no son empleados habitualmente para describir e interpretar a otros
pueblos» (Tree of hate, 1971,
pág.11).
El hecho de que persista durante tanto tiempo esta leyenda
vinculada al Imperio Español se debería buscar en su repetición hasta el
hartazgo. Cuando escuchamos un hecho y sabemos que es falso, si se repite lo
suficiente acabamos por creerlo verdadero. Un ejemplo claro lo tenemos en la
antigua Roma: ¿quién no sabe a ciencia cierta que Nerón ordenó el gran incendio
de la ciudad, tan famoso que no sólo aparece en los libros de texto, sino
también en novelas, historiografías y películas cinematográficas, en ensayos
concienzudos y en sentencias de historiadores mediatizados? Pues bien, la
realidad es muy otra, puesto que Nerón ni siquiera estaba en Roma cuando se
inició el incendio, sino de «vacaciones» en el soleado sur italiano. Es más,
una vez tuvo noticias del desastre, acudió tan pronto como pudo y comenzó a
organizar las medidas necesarias, incluyendo abrir las puertas de su palacio
para acoger a los damnificados. Hay que aclarar que los incendios en aquella
época eran bastante frecuentes, si bien éste se hizo famoso por haberse
extendido más. Los historiadores posteriores a Nerón achacaron el incendio a
dicho emperador, sobre todo por dos razones: como venganza por su tiránico
gobierno (aunque sólo fue así en la etapa final) y para contentar a los
gobernantes de turno; además, se contó con la inestimable ayuda de los
cristianos, a quienes, esto es cierto a medias, se les culpó de lo ocurrido,
así que alimentaron el pábulo del «malvado» emperador como, entre otros
adjetivos, incendiario. Tanto se repitió esta falsedad y durante tanto tiempo,
que acabó en los libros de Historia como un hecho verídico. Algo así ha
ocurrido, mejor está ocurriendo, con la leyenda negra en España y, si nadie lo
remedia, acabará de forma definitiva impresa en los libros venideros.
Y ya, antes de pasar al siguiente apartado, dejaremos que
Elivira Roca cuente con sus propias palabras cierta anécdota, que nos describe
la actualidad de la leyenda negra española: «A quienes vienen anunciando el fin
de la hispanofobia o la leyenda negra, sólo cabe recomendarles que vean los
documentales de La 2 de Televisión Española, tanto nacionales como foráneos. El
martes 5 de febrero de 2014 a las 16:00 horas, se pudo oír: “En tan sólo
cuarenta años, desde la llegada de Colón, los españoles habían saqueado gran
parte de América Central y del Sur”. Es un capítulo de la serie documental History
of the World, de la BBC, que volvió a ser emitido por La 2 de Televisión Española
el 28 de septiembre de 2014. Las barbaridades más disparatadas sobre los
españoles pululan por doquier y ni siquiera llaman la atención. El 20 de mayo
de 2014 a las 17:30 horas se emitió el reportaje sobre Sudamérica titulado
“Andes: The Dragon’s Back” (BBC, 2007), donde se afirma: “1.500 millones de
incas fueron aplastados por solo 200 aventureros españoles”. ¿Había 1.500
millones de seres humanos en el planeta cuando los españoles llegaron a
América? Averiguo y resulta que este documental ha sido emitido por la misma
cadena varias veces. Pero no he hallado mención alguna a este disparate en
ningún lugar, prensa, radio o internet. Quienes lo veían y oían, ¿no
escuchaban?» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016). Esta misma autora, en este mismo libro, nos
pregunta «¿Cuántos españoles con estudios superiores saben que Inglaterra ha
intentado invadir España y las posesiones españolas de ultramar al menos en
cinco ocasiones y que en todas ellas fue derrotada? Poquísimos: Veracruz
(México) en 1568, La Contra-Armada de Drake y Norreys en 1589, Cartagena de
Indias en 1740, Argentina en 1804 y 1806. En cambio, ¿cuántos españoles y
europeos saben de la Invencible de Felipe II? Casi todos».
LA LEYENDA NEGRA EN EUROPA
El poder de la propaganda y su expansión
«Una verdad a medias, es una mentira completa» [proverbio
judío].
Introducción
«Sería un error entender la España de comienzos del siglo
XVI como una nación atrasada y cerrada al cambio que se opuso a la dinámica de
modernización propia de Imperio en esa época. Tal es el mito antiespañol de la
propaganda protestante. Un análisis histórico revela de inmediato que la
realidad fue justamente la contraria. Los conflictos con España y el estereotipo
nacional que surgió de éstos fueron más bien el resultado de sus progresos
modernizadores a los que los alemanes, inferiores en este punto, tuvieron que
adaptarse» (Heinz Schilling, Del imperio
común a la leyenda negra, pág. 58).
Decía Payne que «la Historia de España es de una singular
riqueza. Ningún otro país tiene una historia tan rica en sus imágenes ni tan
abundante en conceptos, mitos y leyendas. De entre todos los países
occidentales, la de España es la historia más exótica, y también la más extensa
y extrema en su envergadura, tanto cronológica como geográfica, y con mayores
diferencias en las distintas épocas» (Stanley G. Payne, En defensa de España, 2017). Quizás se le fuera un tanto la mano en
este elogio, pero no cabe duda de que España ha ayudado, y mucho, a conformar
el mapa político actual con sus equivocaciones, que las hubo, y sus aciertos,
que fueron muchos. Aquí no se trata de lo que aconteció en tiempos tan
pretéritos como los anteriores a los Reyes Católicos, sino, precisamente, a
partir de ellos. Ya en estos momentos Castilla y Aragón formaban un dúo casi
inseparable y entrambos constituían, si no el mayor, sí al menos uno de los
reinos más fuertes del mundo occidental. Desde entonces y durante más de tres
siglos será la primera potencia. Todo eso había comenzado con las primeras
escalas aragonesas en la península itálica.
Convengamos, en fin, con John Huxtable Elliott en que «el
talante y la moral de una sociedad, sus instituciones, capacidad y recursos,
todos ellos contribuyen a crear el contexto en el que se desenvuelve la
política e incide en innumerables puntos sobre el proceso de toma de
decisiones» (Richelieu and Olivares,
1984).
Italia
«(Debemos) aprender a despreciar a aquellos magníficos “don
Diegos” y “caballeros españoles” cuyas heroicas proezas son baladronadas y
alardes, y ellos mismos, en su mayor parte sombras sin consistencia... ¿Qué
humanidad, qué fe, qué cortesía, qué modestia y civilización podremos encontrar
entre esta escoria de bárbaros? (Mis afirmaciones) pueden ser confirmadas por
la comparación de su conducta con la nuestra, es decir, de sus vicios con
nuestras virtudes, de su despreciable bellaquería con nuestra generosidad...
comparando nuestra conducta con la de esta gente degenerada. (La nación
española) es desleal, voraz e insaciable por encima de las demás naciones... La
naturaleza y la índole de los españoles, en los que puede verse conjuntamente
incorporados una taimada zorra, un voraz lobo y un rabioso tigre... (El
español) es también un inmundo y sucio puerco, una lechuza ladrona y un
soberbio pavo real... una legión de diablos... Colón nunca hubiera planeado
este viaje si se hubiese parado a pensar en los hombres a quienes llevó... se
convertirían al punto en leones, panteras, tigres y otras bestias salvajes...
¡Oh Turcos, oh Escitas, oh Tártaros! (Regocijaos, pues cuanto mayor sea la
crueldad de España, menos lo parecerá la vuestra!) (El autor de este libelo atribuye
en parte al famoso veneciano Guicciardini esta caracterización de los
españoles). (España) es y por siempre ha sido el sumidero, el charco y el
montón más grande, enfangado y asqueroso de la gente más abominable, infecta y
abyecta que jamás viviera sobre la tierra... La perversa raza de esos medio
visigodos... estos semimoros, semijudíos y semisarracenos... ¿Reinarán esos
marranos; sí, estos impíos ateos sobre nosotros, que somos reyes y
príncipes?... (Estos españoles con) su insaciable avaricia, su crueldad
superior a la de un tigre, su suciedad monstruosa y abominable lujuria... su
lascivia y animal violación de matronas, esposas e hijas, su sin par y
sodomítico estupro de muchachos jóvenes, que estos semibárbaros españoles han
cometido» (Philip W. Powell, El árbol del
odio, pág. 108).
La Corona de Aragón primero, Castilla después, ocuparon una
buena parte del territorio que hoy es Italia. Sus habitantes veían en
aragoneses y castellanos un poder al que estaban sujetos, fuera o no
beneficioso para ellos; ya se sabe que, si hay alguien que manda, el que
obedece suele acabar resentido con el primero. Aquí fue, pues, donde
aparecieron las primeras manifestaciones antiespañolas. Recordemos que en el
siglo XV Italia ha entrado en un nuevo florecimiento, ha dejado atrás la Edad
Media y, vueltos sus ojos al esplendor antiguo, abraza el Renacimiento como
algo suyo que legar al mundo. No es de extrañar, pues, que se consideren únicos
descendientes de los romanos, mientras que los españoles, de sangre más bien goda,
se han ido contaminando con judíos y moros a lo largo de ocho siglos de
convivencia, de modo que ya nada o muy poco les resta de la estirpe romana.
Esta condición goda-judía-mora les hace, a los ojos italianos, merecedores del
calificativo de «marrano», término que alcanzará gran difusión a lo largo del
siglo XVI, hasta el punto de que decir «marrano» llega a significar lo mismo
que decir «español», visión ésta compartida por los humanistas ítalos. En su
libro La Roma española, el
historiador Thomas J. Dandelet se pregunta cómo es que no se ha profundizado en
el estudio de este primer escalón antiespañol, y él mismo se atreve a dar una
respuesta, aduciendo que «la explicación principal es la aversión histórica a
la presencia española en Italia, un resentimiento que, en ocasiones, está
acompañado de intentos literales de destrucción de la memoria de esa presencia»
(Thomas J. Dandelet, La Roma española,
2001, pág. 30). En este libro el historiador desarrolla la noción de lo que es
un «imperio informal», en donde el poder no se mide por el potencial militar o
político, sino por pura hegemonía e influencia. Este tipo de potestad sería el
que la España de Fernando el Católico, y posteriormente sus sucesores, había
desarrollado en la península itálica, principalmente en Roma y el Vaticano.
Un hecho vino a reforzar la visión negativa que se tenía de
todo lo español. En 1526 se inicia en Europa una guerra entre España y la Liga
de Cognac (Francia, Milán, Venecia, Florencia y el Papado). Un año más tarde,
el 6 de mayo, las tropas de Carlos I de España entran en Roma y los soldados
saquean la ciudad, hecho popularizado con la expresión «sacco di Roma». Tras
aquel día, acusaron a los españoles de todo tipo de atropellos, colgándoles el
sambenito de violentos, violadores, borrachos, salvajes y un sinfín de
calificativos. En realidad, el ejército que saqueó Roma ese día estaba
compuesto en su mayor parte por alemanes, no por españoles. «El ejército que
saqueó Roma lo mandaba un renegado francés, el duque de Borbón, y constaba de
unos 34.000 hombres. Había 6.000 españoles que obedecían directamente al duque.
Al mando de Georg von Frundsberg estaban 14.000 lansquenetes, en su mayoría
alemanes. Había también infantería italiana mandada por Fabrizio Maramaldo,
Sciarra Colonna y Luis Gonzaga, y tropas de caballería bajo las órdenes de
Fernando Gonzaga y Filiberto, príncipe de Orange. Hubo también muchos
italianos, soldados y nobles, que participaron en el saqueo, pero la historia
los ha olvidado» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra,
2016). A pesar de estas cifras, sólo se mencionan a los soldados españoles que,
además y según otras fuentes, se abstuvieron en su mayoría de la depredación
por órdenes de sus comandantes. Para más inri,
como nos sigue contando Elvira Roca, «Los ejércitos que enviaron a Italia
Enrique VIII y Francisco I de Francia con la excusa de liberar al papa, como
Jiménez de Quesada explica con gran pormenor, provocaron más muerte y
destrucción que los ejércitos de Carlos I». Aún más, la misma autora menciona
que «estaba el emperador en Valladolid ocupado en una de las ocasiones más
gozosas de su vida, como era el bautizo de su hijo y heredero del trono, niño
además nacido de una reina muy amada, pero al conocer la noticia, mandó
suspender inmediatamente todos los festejos y declaró luto obligatorio en la
corte». Pero los «malos de la película» fueron los españoles, un estigma que no
disminuye aun a sabiendas de que, como el diplomático veneciano Andrea Navagero
confiesa, los alemanes eran «Disobbedienti, arroganti, imbriachi e finalmente
non atti a far cosa alcuna buona [...]. In somma è la peggior gente che possa
darsi»; ellos, empero, no aparecen en las críticas del saqueo. No es de
extrañar que ante esta situación, el mismísimo Papa Paulo IV (tal vez el Sumo
Pontífice que más llegó a odiar todo lo que oliera a español) llegara
directamente al insulto, tal como nos lo cuenta el historiador sueco Sverker
Arnoldsson: «No hablaba de Su Majestad y de la nación española que no los
llamase herejes, cismáticos y malditos de Dios, semilla de judíos y marranos,
hez del mundo; deplorando la desdicha de Italia por verse obligada a servir a
gente tan abyecta y vil» (Sverker Arnoldsson, La Leyenda Negra. Estudios sobre sus orígenes, 1960, Gotemburgo: Göteborgs
Universitets Årsskrift, pág. 59).
Una de las acusaciones más comunes contra los españoles era
que se apropiaban de los recursos italianos sin dar nada a cambio, se trataba
de exprimirlos en todas las facetas, acusación que, como veremos en la segunda
parte, también cayó como una losa durante las campañas americanas. Esta
inculpación tiene pocos visos de ser confirmada por los hechos, puesto que no
fueron pocas las familias italianas que colocaron a sus hijos segundones en
cargos importantes, no sólo dentro de la Iglesia, sino también del Ejército y
la Adminsitración; no hay más que mencionar algunas de estas familias, como los
Sforzi, los Colonna, los Aragona, los Chiesa, los Gesualdo, los Alciato, los
Farnese, los Medici, los Montalto, y tantos otros. Para muestra unos botones: Marcantonio
Colonna (héroe de Lepanto) fue virrey de Sicilia; aún hoy día existe el tercio
Alejandro Farnesio; sobre Andrea Doria poco nuevo se puede mencionar que no se
haya dicho ya. Y no soslayemos los tercios en los que formaban un buen número
de soldados italianos, donde confluían «italianos de todas las clases
sociales», en palabras de Carlo M. Cipolla, cuyos estipendios mejoraban los que
la industria propiamente italiana podía ofrecer a sus obreros. Al reproche del trato
injusto que los españoles inferían a los súbditos de la Italia española se unía
la acusación de brutos, maliciosos y crueles. Pronto se pueden refutar estas
acusaciones, como Elvira Roca nos hace saber: «Hay muchos testimonios de que la
Administración de justicia española era bastante equitativa e imparcial. En
algunos casos son italianos que habitan en territorios que están fuera de los
reinos hispanoitalianos y que muestran su admiración o su desconcierto ante la
rectitud de la justicia imperial frente a los abusos y marrullerías que ven en
sus propias ciudades. En otros casos hay quejas de esa justicia, precisamente
por su equidad. Se desaprueba una imparcialidad que no atiende al quién sino al
qué» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016). Para ellos, los italianos, lo español viene a
ser sinónimo de molicie e incultura, y sólo el trato con el humanismo italiano
llega a refinar un tanto la bastedad inherente. Es cierto que el Renacimiento
supuso un nuevo progreso y que éste cruzó las fronteras para asentarse en el
continente, pero también es cierto que en el contacto con «lo español» se
beneficiaron mutuamente. Algunos ejemplos desmienten la tosquedad hispana: hablar
español se convierte en rasgo de buen tono y elegancia; dice un testigo de la
época: «Ya no se usan vestes ni escarpes franceses, que todo se usa a la
española».
Un rumor se hizo «viral» en aquella época. Se aseveraba que
el gobierno español, debido a esa sangre jenízara que corría por las venas
españolas, tenía contactos secretos con el imperio turco para una posible
alianza con el fin de repartirse la cuenca mediterránea. De esta forma, si
españoles y turcos están conchavados, sería lícito maniobrar en contra de los
intereses hispanos, incluso supondría una buena excusa para nuevas alianzas
antiespañolas. Sin embargo, humanistas, como Fedra Inghirami o Flavio Biondo,
dejan bien a las claras que el caso era más bien el opuesto, ya que España
suponía un muro de contención frente a los «infieles» y un respaldo contra la
piratería turca y el dominio de la armada otomana. Es más, consideran que
muchos italianos veían en España una «Universitas Christiana» mucho más
plausible y meritoria que la de los pequeños estados que poblaban la península.
En fin, en la actualidad son muchas las voces que proclaman la, si no falsedad,
al menos la tergiversación de la opinión y de los sucesos ocurridos en aquella
época, tales como Benedetto Croce (escritor, filósofo, historiador y político
italiano), quien piensa que es más que evidente que, en el fondo, nunca hubo
una seria opoisición a la presencia española.
Países Bajos
En Italia fue común reseñar que los españoles descendían de
la sangre goda, significando que en ambos pueblos se rozaba el salvajismo y la
barbarie, todo ello con el entrecruzamiento con árabes y judíos, todo lo cual
hacía que la española fuera una raza impura frente a la itálica, continuadora
del civilizado Imperio Romano. A esto se sumaba, como ya hemos dicho, las
acusaciones de explotación, injusticia social, impuestos abusivos... Cuando
surgen los problemas en los Países Bajos, los propagandistas antiespañoles
(encabezados por Guillermo de Orange-Nassau, Willem van Oranje-Nassau en
neerlandés) basaron sus acometidas en las italianas, sobre todo en lo tocante a
la economía. Orange y su propaganda se centró en los impuestos, cuyo montante,
según él, iba directamente a los bolsillos de los españoles, y sus
instituciones; las que mantenían en pie el imperio se nutrían con él, de modo
que eran los neerlandeses quienes financiaban las deduas que adquiría el
Gobierno de Madrid. La verdad era muy otra; el hispanista Geoffrey Parker nos
da una cifra significativa: «entre 1551 y 1556 [España] envió 22 millones de
florines, una cifra para entonces enorme» (España
y la rebelión de Flandes, Madrid: Nerea, 1989, pág.
38).
Al «problema» de los impuestos se unió uno nuevo con
respecto a Italia: el protestantismo. Estamos en una época en que el catolicismo
se ha depauperado por continuas corrupciones en todos los órdenes del
estamento, desde el Papado hasta el feligrés que acude a la iglesia. La
preconización de una intolerancia que sólo afecta al más débil amplifica las
reservas y los rencores de una parte de los creyentes, que disienten del
Papado, alegando que la Iglesia Católica incurría constantemente en numerosos
errores teológicos, al tiempo que la corruptela se convertía en algo cotidiano.
Este grupo disidente cree en el sacerdocio de todos los creyentes, la salvación
solamente por la fe y no por las buenas obras, y la autoridad suprema de la
Biblia por encima de la tradición apostólica. A partir del impulso recibido,
entre otros, por Martín Lutero y Juan Calvino, el Protestantismo arraiga en los
estados alemanes y neerlandeses, en Suiza e Inglaterra, en los países nórdicos.
Frente a los portestantes se sitúan, entonces, los católicos; ¿y quién lidera
el Catolicismo? Por supuesto, es el Papado el máximo organismo, pero España
representa la punta de lanza y el escudo de ese cristianismo deformado e
inmoral, así que es contra ella, contra España, que se arrojan los dardos
envenenados de la propaganda orangista. Se comenzó, pues, a señalar a Madrid
como el causante de grandes males, tanto por ser abanderado del catolicismo
como por los impuestos recaudados.
No extraña, por tanto, que entre 1566 y 1568 se produjeran
diversas revueltas en algunas provincias neerlandesas con el rechazo total o
parcial a las imposiciones católicas y a las cargas fiscales de las autoridades
españolas. Estas revueltas, no obstante, no surgieron de la población, porque,
al fin y al cabo, Carlos I no sólo era rey de España, también era Carlos V de
Alemania, y Carlos II de Borgoña y
Flandes, y Carlos III de Luxemburgo; no era, por consiguiente, un gobernante
extranjero, sino el legítimo en cada una de esas zonas. Tanto él como su hijo
Felipe II fueron considerados reyes efectivos, y los levantamientos populares
no fueron contra ellos, puesto que no habían invadido o conquistado nada. Así
pues, se debe insistir en que no hubo «una» rebelión de los Países Bajos, sino
diferentes rebeliones. La historiografía general afirma que hubo una rebelión
que condujo a una guerra de independencia de ochenta años, transcurridos los
cuales, los españoles fueron derrotados, firmándose la Paz de Münster en 1648,
donde se reconocía la independencia neerlandesa, después de todo lo cual los
Países Bajos gozaron de gran prosperidad. Todo se encuentra adulterado, ya que,
como afirma Gustaff Janssens: «Desde un principio la oposición a la política
del rey estuvo protagonizada esencialmente por la alta nobleza», no por el
pueblo. Esta insurrección oligárquica tuvo comienzo en 1568, cuando se
produjeron diversos cambios en la organización de los arzobispados, y nada tuvo
que ver, al menos en un principio, con la presencia de los soldados españoles
en las fronteras del sur, como tampoco con los impuestos.
La prueba de que no fue una guerra de liberación («en el
fondo era una guerra civil», en palabras de Geoffrey Parker), lo viene a avalar
la el hecho de que en el ejército monárquico hubo más soldados flamencos que
españoles durante toda la contienda: «En 1573 hay en Flandes 54.300 soldados al
mando del duque de Alba. De ellos solo 7.900 son españoles. Del resto, con
mucho, el número mayor, unos 30.000, eran flamencos. El ejército de Alejandro
Farnesio en 1581 se componía de unos 60.000 hombres. De ellos solo 6.300 eran
españoles. Los italianos eran 5.000. El resto, esto es, la mayoría, eran
holandeses: unos 48.000 [...]. En la batalla de Heiligerlee (1568), el bando
realista lo dirigió el duque de Aremberg, uno de los neerlandeses más capaces
que pelearon con Alba. El conde de Bossu, Jehan Lenin-Liéthard, mandó las
tropas de Felipe II en la toma de Brielle (1572) y al año siguiente hizo lo
mismo en la batalla naval de Haarlemmermeer (1573). Breda fue ocupada por los
rebeldes en 1577 y recuperada por el gobierno legítimo en 1581 con tercios
hispano-holandeses al mando de Claudius van Barlaymont (ca. 1550-1587), señor
de Haultpencer. Toda su familia permaneció leal a la Corona. Su hermano Gilles
fue estatúder de Friesland, Guelders y Groningen, y murió en el asedio de
Maastricht en 1579. A Claudius van Barlaymont se debe la denominación “mendigos
del mar” [...]. La defensa de Bolduque (1629) del asedio de Federico Enrique de
Orange-Nassau la mandó Anton Schetz, conde de Grobbendonck. En ayuda de los
sitiados vino un ejército, compuesto en su mayoría por holandeses, mandado por
Enrique van der Bergh, que por cierto era primo de Federico Enrique. En la
rendición el obispo Michael Ophovius, también holandés, suplicó a Federico
Enrique tolerancia para con los católicos, pero no la hubo. En 1637 los
rebeldes al mando de Federico Enrique de Orange-Nassau pusieron sitio y
rindieron Breda. Omer Fourdin, un extraordinario militar neerlandés, era el
gobernador de la ciudad y mandaba la guarnición de 3.000 hombres que era
completamente holandesa [...]. Hay razones de peso para creer que hubo más
holandeses luchando en el lado realista que en el orangista» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Lo que sí parece bastante claro es que la guerra fue buscada
con ahínco por Orange y sus partidarios, con el apoyo de fuerzas extranjeras.
En una primera negociación se pidió que 3.000 soldados españoles abandonaran la
frontera francesa, y se marcharon. En una segunda negociación se pidió que
fuera destituido Granvela, y Granvela se fue (1564). En un tercer intento se
exigió la retirada de la alcábala y, a pesar de que el Gobierno perdía una gran
parte de la tributación, el duque de Alba, no sin resistencia, la derogó. Por
cuarta vez hubo una tentativa de paz, se requirió la retirada del duque de Alba
y éste fue destituido. Con todo, la paz no llegó. Como Granvela escribió en una
carta redactada tras la marcha de los soldados de la frontera: «Antes o después
habrá problemas aquí con otro pretexto». Hasta
el momento en que se produjeron estos enfrentamientos, no parece que España
fuera la causa de los males de los que se la acusaba, sobre todo, teniendo en
cuenta que «La monarquía española dotó a los Países Bajos de unidad política
permanente. En circunstancias normales esto hubiera dado lugar a una nación
independiente y unida andando el tiempo» (Geoffrey Parker, España y la rebelión de Flandes, Madrid: Nerea, 1989, pág. 12).
Pero los orangistas insistieron en achacar los inexsistentes males a la
diabólica España, representada, sobre manera, en el tan vapuleado duque de
Alba, al cual solamente en estos últimos años se le reconoce el mérito que
tuvo, tan enterrado lo dejó la leyenda negra. A él se le atribuyeron 200.000
ejecuciones con 1.073 muertes, lo que le convertían en poco menos que un
monstruo; sin embargo, en 1570 fueron rechazadas unas leyes que él mismo propuso,
aduciendo que eran demasiado igualitarias y blandas, además de un sistema de
impuestos que resultaba intolerable para la oligarquía. Este nuevo renacer
sobre la figura del duque de Alba cada vez cuenta con más partidarios, como el
ya citado Gustaff Janssens: «El hecho de que las leyes penales del duque hayan
constituido la base práctica del procedimiento penal y del Derecho Penal en los
Países Bajos durante dos siglos y medio aproximadamente demuestra que fueron
ejemplares en su tiempo» (Fernando Álvarez
de Toledo derde hertog van Alba ende Nederlanden, Bruselas: Ministerio para
la Comunidad Flamenca, 1993).
España mantuvo a los Países Bajos bajo su protección frente
a corrientes hostiles, a potenciales enemigos que, una vez se vieron libres del
escudo hispano, se abalanzaron sobre estas tierras como depredaderos
insaciables. No hay más que trasladarnos desde 1648 (año en que los Países
Bajos se desligan por completo de España tras el tratado de Münster) hasta 1672
(año en que se son invadidos por varios países enfrentados entre sí por el
dominio de las tierras), tan nefasto que se le conoce como «Rampjaar» (el año
del desastre). Ese año los neerlandeses tuvieron que ver cómo eran invadidos
por Inglaterra, Francia y las diócesis
de Münster y Colonia bajo la autoridad de Bernard von Galen y Maximilian Henry
de Bavaria, respectivamente. Fueron 17 meses angustiosos para la República de
los Siete Países Bajos Unidos, meses donde se cerraron bancos, escuelas,
tiendas, tribunales y teatros; los marchantes de arte y los pintores se
declararon en quiebra como consecuencia de una grave crisis. Según un dicho
holandés, aquello se aproximaba bastante al caos: «la gente irracional, el
gobierno angustiado y el país irrecuperable». Eso sí, la Historia pretende
ofrecer como el período más enmarañado y funesto el que comprendió la
«ocupación» española. No cabe duda de que, poco a poco, se va rectificando esta
visión: «Todos los intentos de expansión neerlandeses fueron sistemática y
continuamente frustrados por los ingleses desde Nueva York a África del Sur.
Integrados en el Imperio español o simplemente unidos, los Países Bajos eran un
enemigo formidable para Inglaterra, por su estratégica situación al otro lado
del canal de la Mancha» (Philip Wayne Powell, El árbol del odio, pág. 108).
Alemania
«En 1520 Ulrich von Hutten habla de la “Spanier Dieberey”
(rapacería de los españoles). Del insulto racista Lutero pasó pronto a
disparatar y a acusar a los españoles de ser aliados de los turcos. A finales
de 1537 comenzó a usar la expresión “türkischen Spanier” (español turco) [...].
En 1537 escribió que los españoles “sunt plerumque Marani, Mamelucken” (la
mayoría son marranos, mamelucos) [...]. La demonización de España empieza en
Alemania con Martín Lutero y alcanza con Orange cotas insuperables [...]. El
“tono agresivo” del Humanismo alemán, según lo califica Arnoldsson, se debe a
la actitud autodefensiva de su pasado y su presente con que los alemanes se
enfrentaron a la xenofobia del Humanismo italiano [...]. El Humanismo alemán
había aprendido del italiano que los españoles eran racialmente impuros por su
contaminación semita, y ésta es la primera acusación que se les hace cuando en
los años veinte del siglo XVI comienza a aparecer propaganda antiespañola
mezclada con la anticatólica [...]. Los españoles ya no eran inferiores por su
sangre goda. Los pueblos germánicos (Países Bajos, Imperio germánico y Gran
Bretaña) no podían referirse a ella. Hubiera resultado que los demonios del
Mediodía eran primos. Absolutamente intolerable. La sangre visigoda, que tanto
juego había dado a la hispanofobia humanista en Italia, desaparece del
escenario y no vuelve a ser mencionada. Para los protestantes, la mala sangre
de los españoles, su depravación moral irremediable y su barbarie vienen de
otra sangre: la semita» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
A partir de esta larga cita uno llega a la conclusión que de
ahí a un conflicto religioso hay un paso más bien pequeño, de modo que el
español católico era el representante del Infierno y el protestante alemán lo
era del Cielo. Dado que los nuevos valores religiosos chocan frontalmente con los
ya establecidos, Carlos I condena la Reforma. Con ello no sólo se opone al
derecho de los príncipes prorreformistas a imponer su criterio por encima de
las normas eclesiásticas, sino también a que éstos se apropien de los bienes
eclesiales; ahí se establece el punto de ruptura. Son motivos suficientes para
identificar a los católicos con los infieles, ya que ni unos ni otros cumplen
con las verdaderas directrices cristianas; por eso, Martín Lutero (Martin
Luther) comenta que «tolerabilius esse vivere sub Turca quam Hispanis, nam
Turcam confirmatio regno servare iustitiam, sed Hispanos plane esse bestias (más
tolerable es vivir bajo poder turco que español, puesto que los turcos
sostienen su reino con la justicia, mientras que los españoles evidentemente
son bestias)». Las arremetidas de Martín
Lutero no se detienen en los creyentes católicos y sus grandes valedores, sino
que, en provecho de la Reforma embiste contra el estado semita con tanta o más
virulencia: «¿Qué debemos hacer nosotros, los cristianos, con los judíos, esa
gente rechazada y condenada? Dado que viven con nosotros, no debemos soportar
su comportamiento, ya que conocemos sus mentiras, sus calumnias y sus
blasfemias... Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas,
sepultar y cubrir con basura todo aquello a lo que no prendamos fuego para que
ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza» (Martín Lutero, Sobre los judíos y sus mentiras, 1543).
Resulta curioso cómo el Islam, la otra gran religión, se salva de las diatribas
envenenadas del alemán, tal vez por no suponer un obstáculo para las
pretensiones reformistas, tal vez porque no se le puede adosar a la España
católica, algo que sí sucede con el judaísmo. No se de extrañar, pues, que a
mediados del siglo XVI, como dice Heinz Shilling, «se denunciaba el
advenimiento del Anticristo y su séquito español en panfletos, libelos
ilustrados, cantos de iglesia y sermones dominicales y se instaba a que los
feligreses tomaran partido sin ambages en contra de los españoles» (Heinz
Schilling, Del imperio común a la leyenda
negra, pág. 53).
Poco a poco en Alemania surgen políticas protestantes
dirigidas a la eliminación del catolicismo. La intolerancia protestante hacia
el Papado llegó a su culmen con la Kulturkampf
(lucha cultural), apodo dado por Rudolf Virchow al coflicto surgido entre el
canciller alemán Otto von Birmarck y la iglesia católica. Entre las medidas
adoptadas por el gobernador germano se contemplan la expulsión de los
sacerdotes, obispos, jesuitas, franciscanos y dominicos, así como la
promulgación de varias leyes discriminatorias. Fueron unos años de represión
conocidos como «twenty years of anti-Jesuit and antimonastic hysteria», en
palabras de Michael B. Gross. Prusia se quedó sin curas, frailes y monjes, pues
los que no sufrieron exilio padecieron cárcel. Se calcula que unos 1.800
párrocos sobrellevaron una u otra tentativa, siendos miles las personas
encarceladas por prestar ayuda a los sacerdotes. De este modo la sociedad
alemana si divide en dos grandes bloques: los pro-protestantes y los
pro-católicos. Los primeros acabarán por imponerse a los segundos.
Esta histeria protestante dirigida hacia la Iglesia Católica
tropezó en el camino con el valedor más reconocido: España. La identificación
del Imperio español con el catolicismo; el enfrentamiento de los alemanes con
el gran poder europeo, diríamos que mundial; los problemas surgidos en Flandes;
los intentos fallidos de otras potencias para mermar en cualidad el poder
español; todo eso y algo más empujó a los alemanes a una despiadada guerra
psicológica que se vio engrandecida con la aparición de la imprenta, pues
comenzaron a popularizarse panfletos con imágenes tremendamente despectivas y
hostiles, de forma que el vulgo, aun sin saber leer, podía identificar las
viñetas. En ellas se hace mofa y escarnio de los españoles, fundamentalmente,
teniendo un papel primordial lo que se convertirá en el estilete más demoledor
de la leyenda negra: la Inquisición. Es en estos libelos donde nace el mito,
donde comienza a vincularse con la Inquisición española la intolerancia, la
crueldad, la barbarie, todo ello mediante detallados dibujos de auténticos
engendros torturadores, la mayoría de los cuales nunca existieron en las
estancias inquisitoriales; aun así, todo ello contribuye a crear la imagen con
que la Inquisición española aparecerá a los ojos de la Historia [véanse los
dibujos del final]. A mediados del siglo XVII se forja esa visión dual de una
Alemania dividida, todavía inmune, en cierto grado, a la propaganda
anticatólica-española: «Para los católicos alemanes los españoles son aliados y
los defensores de la fe, y para los protestantes son la encarnación del demonio»
(María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y
la leyenda negra, 2016). Había transcurrido un siglo desde que en 1543 se
produjera la batalla de Mühlberg entre las tropas de Carlos I de España y V del
Sacro Imperio Romano Germánico, y las de la Liga de Esmalcalda, con el triunfo
de las primeras. En aquella ocasión se oían cantar el “Kyrie, die Spanier sind
im Land!” (Alegría, los españoles llegaron al país). Jörg Land von Simelbrumen,
el autor de la canción, enarbola orgulloso su prohispanismo: “Ich bin gut
kaiserlisch darunb so haBt mich die welt” (Soy un buen imperial y por ello me
odia todo el mundo).
Inglaterra
España entra en el objetivo inglés muy temprano, casi tanto
como en el italiano. La propaganda antiespañola ya existía en el reinado de
Enrique VIII (siglos XV-XVI). Es más, esa propaganda fue más que necesaria para
el establecimiento del anglicanismo, secesión reiligosa propugnada por el mismo
Enrique VIII, aunque no hallamos en él, ni mucho menos, el origen, ya que este
movimiento religioso ya existía en el siglo XII; sin embargo, se debe a este
rey el gran impulso, cuya difinitiva implantación ocurrirá con el reinado de
Isabel I. El caso es que desde sus púlpitos, los predicadores lanzaban sus
invectivas contra el catolicismo, subiendo de tono e intensidad a lo largo del
siglo, llegando al cénit en el momento en que se producían los motines en los
Países Bajos, dando con ello el apoyo a los protestantes neerlandeses frente a
los españoles católicos. Fue con Isabel I cuando se dio la salida a la expansión
de la hispanofobia, sobre todo alentada por la amenaza que suponía el Imperio español
en los Países Bajos. «A la maquinaria represiva puesta en marcha por Isabel I,
se unió otra no menos eficaz y de consecuencias mucho más perdurables: un
aparato propagandístico que convenció al mundo occidental (y sigue convencido)
de que los anglicanos eran grandes defensores de la libertad de conciencia y la
tolerancia religiosa, mientras que los católicos, con su atroz Inquisición al
frente, eran la encarnación misma de la falta de libertad, la intolerancia, el
atraso y la barbarie. El aparato propagandístico anglicano, muy relacionado con
el sistema de Guillermo de Orange, cayó sobre la reputación de España y los
católicos como una losa» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Dos países enemistados, dos concepciones divergentes no ya
de la religión, sino de la política. Los enfrentamientos armados entre ingleses
y españoles fueron más frecuentes de lo que la mayoría se piensa. Ya en 1594, a
raíz de un levantamiento de los irlandeses contra los ingleses, de los varios
que hubo, España envió tropas en ayuda de los católicos, pero éstos fueron derrotados
en la batalla de Kinsale de 1602. Porque, al igual que en Alemania y Suiza y
otros países del centro y norte de Europa, los católicos fueron perseguidos
duramente. Esta confrontación anglo-hispana del siglo XVI-XVII, guerra
declarada oficialmente incluida, se crudeliza a tal punto que el odio a España
se esparce con un histerismo inusual, llegando a la literatura y al teatro, en
donde los españoles aparecen deformados moral y físicamente, un país depravado
en todos los sentidos y sojuzgados por una Inquisición que actúa como un quiste
social que se levanta por encima de la justicia, de cuya intransigencia y
fanatismo hacían gala sacerdotes y obispos. Entre tanto, los católicos son
anatema en Inglaterra bajo la férula intolerante del anglicanismo. Recordemos
que hasta 1850 se prohibía la presencia en el reino de cualquier jerarquía
católica, cuando ya en 1834 había sido abolida la Inquisición en España; aun
así, al levantar dicha prohibición (la inglesa), se produjeron tensos debates y
enconadas protestas. En cambio, en España, que a principios de ese siglo ya ni
siquiera se había nombrado un inquisidor, en 1831 el gobernador de Málaga cedió
unos terrenos al cónsul británico para que éste construyera un cementerio
anglicano (y los intolerantes eran los españoles). Todavía más, hoy en día, en
el año 2021, sigue vigente el Acta de Establecimiento de 1701 que obliga a los
miembros de la familia real británica a renunciar a cualquier derecho al trono
si se hacen católicos o se casan con un católico. Esta animadversión hacia
España queda patente en las palabras del político y militar Oliver Cromwell: «En
verdad, nuestro verdadero enemigo es el español. Es él. Es un enemigo natural.
Lo es hasta la médula, por razón de esa enemistad que hay en él contra todo lo
que es Dios» (Oliver Cromwell’s Letters and Speeches with elucidations, Nueva
York: Wiley & Putnam, 1845, vol. II, pág. 522).
Tantas luchas, tantos gastos, tanta cantidad de desgaste,
produce en todos los países beligerantes un cansancio que conduce, finalmente,
a una deseada pausa, aunque sólo sea un breve espejismo. Inglaterra y España
llegaron a un acuerdo en 1713 para el cese de hostilidades; se trata del
Tratado de Utrecht. Según opina la mayoría de historiadores, los indicios
indicaban que España, tras la pérdida de una parte importante de sus posesiones
en Europa, pasaba a ser potencia de segundo orden, mientras que Inglaterra
culminaría su apogeo. Estando así las cosas, qué más normal que la propaganda
antiimperial cesara, pues no suponía ya un peligro ni un oponente. Y, aun así,
la leyenda se recrudece, se remoza y completa. ¿Acaso la pérdida de poder
español no fue tal? Es bastante probable que la mengua no fuese tan
determinante como se nos ha hecho creer o, al menos, en aquel preciso momento
en Europa no se viera con los mismos ojos que posteriores eruditos. España
sigue, pues, poseyendo un gran poder, aunque visiblemente debilitado, y no será
hasta el estallido de las revueltas americanas que dicho poder se resquebraje
definitivamente.
Francia
«Lo realmente notable en el caso de Francia es que, siendo
la última en producir masivamente una propaganda antiespañola a fines del siglo
XVI, fue también probablemente la que más influencia tuvo en consolidar el
antihispanismo por el continente, despojándolo del matiz estrictamente
protestante y anticatólico que había adquirido en las dos últimas décadas», Carlos
María Gómez-Centurión Jiménez, «Bajo el
signo de sagitario», Cuadernos de Historia Moderna, nº 16, 1995, pág.
217. Incluso intelectuales de reputada fama han caído, ya desde el inicio, en
las garras de la leyenda. En 1594 Antoine Arnauld, teólogo francés, publicó la
obra El antiespañol, en cuyas páginas
habla de la «insaciable avaricia» de los
españoles y de su crueldad «mayor que la del trigre». Como si hubiera bebido de
las fuentes italianas, llama a los españoles «semibárbaros» por su «lujuriosa e
inhumana desfloración de matronas, esposas e hijas». Como una obsesión persiste
en la brutalidad, delatando la «sodomítica violación de muchachos», llegando a
la paranoia al afirmar que dicha violación se comete delante de los «padres,
esposos o parientes de aquellas atormentadas víctimas». Lo más increíble de
todo es que aquel pasquín fue creído por la sociedad francesa, lo mismo que
sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se esparció la leyenda de que
los nazis se alimentaban con niños u otras atrocidades por el estilo, y que la
gente del común creía a pies juntillas.
La inquisición
Introducción
Uno de los puntos más oscuros a los que se suele acudir para
denigrar al Imperio Español ha sido y, aunque en menor medida, sigue siendo el
tema de la Inquisición. Cuando alguien consulta manuales o ensayos sobre este
contenido da la impresión de que solamente existió en los dominios españoles y,
si se menciona fuera de estos territorios, se atenúa su labor más negativa y
parece que apenas si tuvo la importancia que se le da a la española. De todas
formas, hoy día ya no se da tanto crédito a muchos de esos pasquines. Las
investigaciones del último medio siglo han dado la medida realista de lo que
supusieron los procesos inquisitoriales a lo largo de todo el Imperio,
desmontando en gran medida todo el imaginario y mitología en torno a ellos. Aun
así, pervive en el subconsciente popular toda la parafernalia que rodeaba la
leyenda, persisten viejas formas y el poso se mantiene vivo. Elvira Roca nos
acerca una muestra de esto último: «En el año
2000 la misma BBC produjo otro documental titulado Spanish Inquisition: the
brutal truth. Comienza de este modo: “Entre 1478 y 1833 miles de personas
fueron detenidas, torturadas y ejecutadas porque sus creencias religiosas no
estaban bien vistas en su país. Fueron víctimas de la Inquisición española. La
Inquisición fue una organización siniestra tan oculta por la leyenda que hasta
ahora ha sido difícil contar la verdadera historia de esos días lúgubres de la
Iglesia católica”. Y sigue: “La Inquisición española se recuerda como el primer
y más terrorífico ejemplo de policía del pensamiento”. Mientras tanto, en
pantalla, la bandera española (la actual, la constitucional) ondea entre
hogueras y desfiles nazis» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Para empezar, esta institución nació en Francia y tardó dos
siglos, o tres, según se mire, en implantarse en España, cuando ya era
corriente en el resto del continente: «La Inquisición nació en 1184 en el
Languedoc para luchar contra la herejía de los cátaros en tiempos de grandes
turbulencias espirituales y sociales [...]. Esta primera Inquisición, la
llamada Inquisición papal, no tuvo jurisdicción en todos los territorios
católicos y quedaron excluidas la Europa Oriental, Inglaterra y Castilla.
Porque no había en el reino, Enrique IV solicitó al papa su creación. En Aragón
existía desde 1249. En Castilla la implantó una bula de Sixto IV en 1476 [...].
Cuando Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso (1268-1314), decidió apropiarse
de los bienes de la rica y poderosa Orden del Temple, tuvo que fabricar una
leyenda de herejías e infamias, que todavía perdura, para justificar el robo» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016). Hay que aclarar que los
motivos y los fines con que fue creada la Inquisición en España difieren de la
del resto del continente europeo; no sólo eso, el ordenamiento que alcanzaría
en los otros países estuvo muy por encima que el que alcanzaría en España,
donde, por cierto, no se pretendió que fuera una institución duradera, como
Henry Kamen comenta: «En sus inicios la Inquisición española era un tribunal
itinerante, creado para una emergencia, sin planes a largo plazo, tal como las
varias “Instrucciones” de Torquemada nos indican. Es posible que los Reyes
Católicos no la hubiesen considerado más permanente que otra útil organización creada
por ellos, la Hermandad» (La Inquisición
española. Una revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 150).
Bien sabemos que no todo lo que se nos ha contado es cierto.
Por ejemplo, ¿qué asuntos concernían al tribunal inquisitorio?. La verdad es
que no difería mucho de un tribunal civil en lo
que le atañía, aunque la diferencia estaba en el proceso, donde los tribunales
civiles sí se mostraban implacables y el recurso de la tortura para conseguir
una confesión era bastante habitual; por el contrario, y aunque parezca
contraproducente con lo que se nos ha inculcado, los tribunales inquisitorios
se atenían a ciertas reglas que raramente incluían el tormento, como ya se verá
más adelante. La parcela dedicada a la Inquisición se cernía a los casos de
bigamia, prostitución, proxenetismo, perjurio, violaciones, abusos a menores,
falsificación de documentos y monedas, contrabando de armas y caballos, y
piratería de libros. Además, el radio de acción era bastante reducido,
escapando a su influencia la mayor parte de la España rural, porque para
abarcar todo el territorio se necesitaba unos recursos económicos de los que las
instituciones inquisitoriales carecían, siendo ésta una de las quejas que más a
menudo proferían los inquisiodores. Por otro lado, «la absoluta imposibilidad
de que un inquisidor pudiera visitar vastas zonas con una cierta frecuencia
significó que, en la práctica, las visitas quedaban restringidas a los centros
más grandes de población [...]. Si a esto añadimos la poca frecuencia de las
visitas pasado el siglo XVI y la sedentarización de los tribunales en las
ciudades, obtendremos la imagen de una España rural que escapa a todo contacto
con la Inquisición» (Henry Kamen, La
Inquisición española. Una revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999,
pág. 176).
Los judíos
Como ya hemos visto al hablar de la leyenda negra en Italia,
a los españoles se les tachaba de mezclar su sangre con la de los judíos, de
tal forma que perdían la pureza que sí se conservaba en la península itálica.
Pero, en cuanto se menciona a la Inquisición, el discurso cambia por completo y
ahora se acusa a los españoles de feroces y sanguinarios antisemitas. De tal
modo la leyenda negra se contradice a sí misma, como lo hace notar Elvira Roca:
«En el contexto de las propagandas antiimperiales, el antisemitismo fue una de
las primeras flechas que se afilaron contra España. Desde la culta y brillante
Italia del Humanismo, comenzó a ofenderse a los españoles acusándolos de tener
mezclada su sangre con la de pueblos semitas como los árabes y, notablemente,
los judíos [...]. Por una parte continúa engordándose y adornándose con nuevos
argumentos provenientes del racismo científico la idea de que los españoles son
una raza irremediablemente inferior o degenerada por contaminación semita. Por
otra, se expande una novedad, vinculada al liberalismo, según la cual la
intolerancia de los españoles para con los judíos está en el origen de todos
sus males» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016).
Y esto nos lo achacan también los franceses, los que,
siguiendo al dicho español, ven la paja en el ojo español sin ver la viga en el
suyo. En 1235 se celebró en la ciudad francesa de Arles un concilio, en el cual
se dictaba una norma, según la cual, los judíos debían llevar cosidos en sus
ropas, a la altura del corazón, un «parche redondo de color amarillo de cuatro
dedos de ancho» (¿no suena esto a una ley similar en la Alemania nazi?). Ni
esta medida, ni ninguna otra similar, se llegó a aplicar nunca en España. En
Inglaterra, donde también insitían en el antisemitismo español, en 1290 Eduardo
I decretó la expulsión de judíos, acción imitada por Francia en 1306. Entre
tanto, en España «la política de convivencia logró sobrevivir», como dice Henry
Kamen. Fue ésta una constante en la Europa tardomedieval, la de la expulsión de
los judíos, que, además, tienen en común que en ningún momento se les dio a
elegir entre la conversión y la expatriación, ni tampoco se les dio la
oportunidad de enajenar sus bienes ni antes ni después de la partida, elementos
ambos que sí tuvieron lugar en España cuando se determinó la expulsión. Tampoco
hay que soslayar la crudeza con que se siguió la norma en la mayoría de los
países, no así en España. En Inglaterra, por ejemplo, la escritora Grace
Aguilar (1816-1847), ya al final de su vida, protestó airadamente por las
restricciones de derechos que padecían los judíos en Gran Bretaña o, en
palabras suyas, «la última reliquia de la intolerancia religiosa».
A pesar de todas estas pruebas, se sigue insistiendo en el
papel de España en los procesos antisemitas, bien sea desde los tribunales
inquisitoriales o desde los civiles. Sea como fuere, se suele señalar la
expulsión de los judíos como uno de los detonantes del deterioro económico y
social que habría de sufrir España, juntamente con la posterior expulsión de
los moriscos. Sin embargo, el peso semita en el momento de su expatriación ya no
era en absoluto estimable. Como dice Joseph Pérez: «En vista de la
documentación publicada sobre fiscalidad y actividades económicas no cabe la
menor duda de que los judíos no constituían ya una fuente de riqueza relevante,
ni como banqueros ni como arrendatarios de rentas ni como mercaderes que
desarrollasen negocios a nivel internacional» (Joseph Pérez, Historia de una tragedia. La expulsión de
los judíos de España, Barcelona: Crítica, 2013, págs. 118). Ésta es la
línea que sigue Henry Kamen: «Lo que perdió España no fueron ni riquezas, pues
los judíos no eran ricos, ni ploblación, pues ya quedaban pocos» Henry Kamen, La Inquisición española. Una revisión
histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 33. Sea como fuere, la acusación
de racismo que planeó sobre los españoles no se tiene en pie: «Medio siglo
después de que se hubiera establecido la Inquisión, las normas de limpieza de
sangre encontraban siempre una fuerte oposición [...]. Si se observa más de
cerca la polémica surgida en España, se plantean cuestiones que ponen en duda
la opinión más común de que el país estaba sumergido en un frenesí racista» (La Inquisición española. Una revisión
histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 228).
Antes de desterrar a los judíos se les dio la oportunidad de
abrazar la religión católica, a fin de permanecer en los reinos aragonés y
castellano, y mantener todas sus propiedades; a quienes aceptaron esta
condición se les llama «conversos», que, finalmente, representarían las tres
cuartas partes de los judíos. Tras este primer intento se llegó a cierta
conclusión: «Dada la naturaleza forzosa de las conversiones en masa de 1391,
era evidente que muchos conversos no podían ser cristianos genuinos. Al menos
en la Corona de Aragón, se emitieron leyes que dejaban claro que las
conversiones forzosas resultaban inaceptables. Los judíos podían si así lo
deseaban volver a su antigua religión [...]. En Aragón, un nuevo rey, Alfonso
V, aconsejado por miembros ahora cristianos de la familia de la Caballería,
revocó toda la legislación antisemita de la época de Vicente Ferrer. Desde 1416
en adelante, la Corona aragonesa protegió firmemente a judíos conversos,
oponiéndose a cualquier ataque contra ellos» (Henry Kamen, La Inquisición española. Una revisión histórica, Crítica,
Barcelona, 1999, pág. 17 -21). Siguiendo el ejemplo de otros países europeos,
tanto en Aragón como en Castilla se trató de separar las comunidades judías y
católicas (recuérdese el caso francés). A este fin en 1412 en Castilla se
aprobó una ley que exigía dicha separación; sin embargo, nunca llegó a
aplicarse. Alfonso en Aragón, incluso, nunca quiso sancionar la existencia de
guetos. Es más, en 1477 Isabel I de Castilla dejaba bien a las claras su
opinión al respecto: «Todos los judíos de mis reinos son míos y están bajo mi
amparo y protección y a mí pertenece de los defender y amparar y mantener en
justicia». Finalmente, y siguiendo los dictados del resto de Europa, el 31 de
marzo de 1492, los Reyes Católicos promulgaron el edicto de expulsión, si bien
se les concedía hasta el 31 de julio la posibilidad de convertirse mediante el
bautismo, si es que no querían ser deportados. Y no fueron pocos los que se
convirtieron y se intregaron en la sociedad, opinión avalada por múltiples
ejemplos, como lo demuestra este manuscrito del arzobispo de Toledo: «el
Arçobispo [ha] hallado que no solamente la mayor parte sino casi todos los
presbíteros de su Arçobispado que tienen cura de ánimas... son descendientes de
judíos» (Juan Martínez Silíceo, arzobispo de Toledo, Sobre el estatuto de limpieza de la Sancta Iglesia de Toledo, BN,
ms. 13.267, f. 1-17).
Los reformistas
Hemos visto con anterioridad cómo en los países norteños,
principalmente Alemania e Inglaterra, los gobiernos protestantes forzaban a los
ciudadanos católicos a tales condiciones que acabaron siendo expulsados; los
que decidían quedarse contraveniendo las leyes, solían acabar en el cadalso o,
lo que era peor, en la tortura antes de ser ejecutados. La intolerancia protestante
con respecto a la religión católica ha perdurado incluso hasta el siglo XX,
durante todo el cual tiempo han acusado de fanáticos, exaltados, intransigentes
y desalmados a los católicos. Otra religión vino a sumarse a ésta en su lucha
contra el Papado, esta vez en Suiza: «Las Ordenanzas de Calvino proscriben toda
forma de disidencia... y de disfrute. Se prohíben los días de fiesta, la música
y el órgano en la misa, y hasta las campanas. Los destierros y la hoguera se
convirtieron en un paisaje semanal. En cuatro años mandó quemar a 54 personas,
entre ellas a Miguel Servet [...].El número total de víctimas de la
intolerancia calvinista alcanza las 500 personas en un periodo de unos diez
años en una ciudad con menos de 10.000 habitantes. Manteniendo la proporción,
la Inquisición española hubiera debido matar a un millón de personas por siglo,
más o menos, para igualarse en el ranking de la intolerancia [...]. En el
Parque de los Bastiones en Ginebra se levantó en 1909, con motivo del
cuatrocientos aniversario del nacimiento de Calvino, un monumento que tiene
varios cientos de metros y que representa las imponentes figuras de Guillaume
Farel, Calvino, Teodoro de Beza y John Knox. Habría que preguntarse qué pasaría
si a alguien se le ocurriera hacerle un monumento a Torquemada, que, comparado
con Calvino, parece una mascota» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
¿Y en la intolerante, fanática, salvaje y sanguinaria España
ocurría lo mismo que en Suiza? Pues no. «En general, a partir de finales del
siglo XVI las autoridades de los principales puertos españoles hacían la vista
gorda a las actividades comerciales de los protestantes extranjeros, integrados
principalmente por ingleses, holandeses y alemanes [...]. Cuando en 1624
estalló de nuevo la guerra entre Inglaterra y España, los ingleses residentes
no fueron molestados, gracias a los inquisidores de las Canarias. Las razones
comerciales fueron el principal motivo que había tras la preocupación de las
autoridades por no perseguir innecesariamente a los extranjeros, y parece ser
que esta actitud moderada animó a los mercaderes, porque en 1654 había 1.500
residentes holandeses e ingleses en sólo Tenerife. Esta feliz situación se
deterioró casi inmediatamentre por la torpe agresión de Cromwell conta la isla
La Española (Santo Domingo) en 1655. Las autoridades españolas tomaron
represalias contra los comerciantes ingleses en la península, pero éstos, advertidos
de antemano de la expedición contra la isla antillana, salieron del país antes de
que fuera asestado el golpe [...]. El papel de España como paladín de la causa
católica y las persecuciones de los protestantes en Castilla entre 1559 y 1562
originaron un cierto número de escritos en los que se presentaba a la
Inquisición como una amenaza para la libertad de la Europa occidental. Teniendo
en cuenta la reducida cifra de protestantes ejecutados por los tribunales
españoles, la campaña contra la Inquisición puede ser vista como un reflejo de
temores políticos y religiosos más que como una reacción lógica a una amenaza
real», » (Henry Kamen, La Inquisición
española. Una revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999, págs. 267-269 y
290).
Ni calvinistas ni luteranos ni anglicanos ni ninguna otra
secesión cristiana representaba en España un nicho significativo en la
población, por el cual motivo apenas si hay casos en que la Inquisición, u otro
tribunal civil, tomaran parte. Salvo alguna excepción, los reformistas eran
visitantes ocasionales o comerciantes, de manera que la tolerancia se puede entender
más bien como indiferencia. De ahí que con sólo las dos citas anteriores
podemos hacernos una idea de lo que significaron esas disensiones dentro del
reino.
La censura editorial
Existe un tipo de censura en los países protestantes, que no
se daba en los católicos, al menos de una forma abierta: la censura sobre
bibliotecas y librerías. La
ilustradora noruega Mette Newth, en su libro The Long History of Censorship, 2010, escribe: «Surprisingly, in
liberal-minded countries such a Sweden and Norway wich boast the earliest press
freedom laws, surveillance of public and school libreries remained a concern to
authors and publishers even through the latter part of the century. No
less surprising is the die-hard tradition of surveillance of books in schools
and libraries in the United States» (Sorprendentemente, en países de mentalidad
liberal como Suecia y Noruega, que cuentan con las primeras leyes de libertad
de prensa, la vigilancia de las bibliotecas públicas y escolares siguió siendo
una preocupación para los autores y editores incluso durante la última parte
del siglo. No menos sorprendente es la tradición acérrima de vigilancia de
libros en escuelas y bibliotecas en los Estados Unidos). Es ésta una tradición
que ya viene del siglo XVI con la aparición de la Reforma, y de figuras como
Lutero, Calvino y Eduardo VIII de Inglaterra.
Yéndonos un poco más lejos en el espacio, aunque más cercano
en el tiempo, María Elvira Roca Barea, en su libro, ya citado varias veces, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016,
no sofrece una lista de libros censurados, que resulta un tanto sorprendente,
sobre todo por el lugar en que ha tenido lugar, Estados Unidos, que se
autoproclama como adalid de la Libertad y a cuyo ejemplo nos emplazan
constantemente. Así, El amante de lady
Chartteley estuvo censurado hasta los años setenta en varios estados. El Ulises de James Joyce estuvo prohibido
quince años y en 1930 el U. S. Customs confiscó todas las copias que Harvard
disponía del Cándido de Voltaire.
También pasaron apuros en algunos estados Tom
Sawyer y Huckleberry Finn de Mark Twain. Elvira Roca nos da
más ejemplos, pero todavía es más destacable que en la actualidad, año 2021,
una profesora de Massachussetts haya logrado retirar del programa de estudios
el clásico griego La Odisea, de Homero, porque, según ella,
es una obra irrespetuosa con las mujeres. En otras naciones, y ahora nos
trasladamos a Escocia, este mismo año de 2021, los obispos católicos han hecho
sonar la voz de alarma, ya que se encuentran temerosos de que la Biblia sea declarada incendiaria y, por
consiguiente, criminalizada por las nociones que refleja sobre el sexo, el
matrimonio, la familia y hasta de la propia persona.
Por otra
parte, de vuelta a Estados Unidos, Neil Miller nos refiere otras censuras
culturales entre 1881 y 1965, tales como Leaves
of Grass de Walt Whitman, El
Decamerón de Giovanni Boccaccio, Three
Weeks de Elinor Glyn, Many Marriages
de Sherwood Anderson, Antic Hay de Aldous
Huxley, The American Mercury
(magazine), Desire Under the Elms de
Eugene O’Neill (teatro), Elmer Gantry
de Sinclair Lewis, An American Tragedy
de Theodore Dreiser, The Sun Also Rises
de Ernest Hemingway, Oil! de Upton
Sinclair, Black April de Julia Peterkin, Manhattan
Transfer de John Dos Passos, Mosquitoes
de William Faulkner, Nigger Heaven de
Carl van Vechten, The World of William
Clissold de H. G. Wells, Dark
Laughter de Sherwood Anderson, Strange
Interlude de Eugene O’Neill (teatro), Lady
Chatterley’s Lover de D. H. Lawrence, A
Farewell to Arms de Ernest Hemingway, Jews
Without Money de Michael Gold, God’s
Little Acre de Erskine Caldwell, Within
the Gates de Sean O’Casey (teatro), The
Children’s Hour de Lilliam Hellman (teatro), Waiting for Lefty de Clifford Odets (teatro), Strange Fruit de Lilliam Smith, Forever
Amber de Kathleen Winsor.
Aun más sangrante, si cabe, es la censura en otros
apartados, como en The Moon is Blue
de Otto Preminger (película), Wake up
Little Susie de The Everly Brothers (canción), Naked Lunch de William S. Burroughs. Molière estuvo prohibido en Quebec muchos años
y en 1847 el Custom Act canadiense prohibió «the importation of books and
drawings of an inmoral or indecent character while Canadian jurisprudence has
subsequently turned its attention to combating sedition as well». Hasta
1958 los censores disponían de listas oficiales de libros prohibidos y en 1914
el censor jefe prohibió 253 libros extranjeros y varios periódicos locales.
Hasta los años sesenta del siglo XX Norman Mailer y Henri Miller estuvieron
prohibidos en Canadá. En el Reino Unido, Penguin
Books sufrió en 1960 un proceso judicial por su publicación.
En lo que concierne a la España imperial, apenas hubo libros
prohibidos, y con respecto a la censura en hispanoamérica, «la censura de
libros se ejercía principalmente en lo concerniente a la literatura religiosa,
sin que afectara de forma destacada a las principales corrientes por las que
discurrían las bellas letras, las obras científicas, etc.» (Philip W. Powell, El árbol
del odio, pág. 38). El hecho de que en España la censura editorial fuera
muy inferior al resto de los países se manifiesta de forma clara al momento de
analizar los libros, panfletos y notas que los propios españoles reseñaban en
contra de las autoridades, sin que por ello hubiera menoscabo de su persona; en
ellos se reprobaba la conducta de los políticos y religiosos corruptos, se
ridiculizaba a personas concretas e, incluso, se manifestaban sospechas oscuras
sobre ciertos asuntos de Estado que, en otros países, fueron tomadas por
verdaderas, como en la muerte del príncipe Carlos, hijo de Felipe II, atribuida
difamatoriamente a su propio padre, el rey. Por ese motivo los antihispanistas
e hispanófobos se alimentaban de los susodichos escritos para exagerar los
defectos o, en el peor de los casos, para inventar sobre ellos toda una
«panoplia» con la que mentalizar y horrorizar a sus lectores.
La brujería
«Hoy se cree que la represión de la brujería empezó en
Europa en torno a 1420-1430 en una zona geográfica bien definida que comprende
el Delfinado, los Alpes franceses y suizos, y el Jura, es decir, la región en
la que desde el siglo XIII se habían instalado colonias de valdenses» (Jean-Michel
Sallmann, Las brujas, amantes de Satán,
Aquilar Universal, Madrid, 1991, pág. 20). En 1486 Estrasburgo vería nacer el Malleus maleficarum (El martillo de las
brujas) en la imprenta de Jean Prüss, obra debida principalmente a Henry
Institoris. Se trata de un manual por el cual reconocer los signos que delatan
la presencia de una bruja; hasta el siglo XVII sirvió como manual básico para
los cazadores de brujas. Si bien la represión fue dura y cruenta en la mayoría
de los Estados europeos, «durante el siglo XVI, la Inquisición [española] se
mantuvo reticente a perseguir brujas. Juana Izquierda, juzgada por el tribunal
de Toledo en 1591, confesó haber tomado parte en el asesinato ritual de un
cierto número de niños. Dieciséis testigos atestiguaron que, en efecto, los
niños habían muerto súbitamente y que se decía que la Izquierda era bruja. Lo
que para la mujer, en cualquier otro país de Europa, hubiera supuesto la
condena a muerte, en España le valió solamente una abjuración de levi y doscientos azotes» (Henry
Kamen, La Inquisición española. Una
revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 263). En el centro del
continente, especialmente, las acusaciones y sus posteriores torturas y ejecuciones
se contaron por miles; mas, en el resto los episodios fueron esporádicos, caso
de Normandía o de Paris, y en otros inexistente, caso de la mayor parte de
Italia y España, en la Bretaña francesa, en el Bajo Languedoc o en Forez.
Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos,
guerras y brujas (1974) estima que medio millón de mujeres fueron
declaradas brujas entre los siglos XV y XVII en Europa.
No obstante todo lo dicho, también existe la creencia
popular de que en España se exacerbó la persecución a las acusadas de brujería,
colocando al Santo Oficio en el centro de la diana. El caso es que, muy al
contrario, los inquisidores españoles llegaron, incluso, a hacer oídos sordos a
las acusaciones, achacándolo todo a supersticiones inocuas y vendetas
personales, ni siquiera se aceptaron las
denuncias anónimas, en contra de lo que se puede creer. Sí es cierto que hubo
«brujas» que fueron ejecutadas o encarceladas o multadas, pero el número es
casi irrisorio si se compara con los casos habidos en otros países: «Henningsen
calcula que en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 brujas: la mitad en
los territorios alemanes; 4.000 en Suiza; 1.500 en Inglaterra; 4.000 en
Francia... El estudioso danés insiste en que sus datos son extrapolaciones y
que el número total de víctimas es imposible de determinar con precisión. No
titubea en cuanto al número de víctimas del Santo Oficio. Son 27. Los archivos
de la Inquisición, de una minuciosidad casi inverosímil, permiten pocas dudas.
Apenas hay condenas por brujería en sí. Este delito, considerado un disparate
sin importancia, debía venir acompañado de otros más sustantivos. Henningsen
busca una explicación a esta actitud inusual en la Europa de aquel momento y
considera que, como señala Raphael de la Torre, la clave es que, aunque los
teólogos tendían a creer que la brujería era un hecho real, los canonistas,
especialistas en leyes, pensaban que era el producto de la ignorancia o de
mentes calenturientas y alucinadas. Canonistas eran la mayor parte de los
inquisidores españoles. Henningsen habla de un auténtico “escepticismo
inquisitorial”» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016).
Atendiéndonos a los números, tenemos a 121 personas
condenadas a la hoguera en el distrito de Osnabrück de la Baja Sajonia, en
Alemania, (1583) en tan sólo tres meses; en la cercana Wolfenbütten fueron
quemadas 10 personas en un sólo día (1593). Cuenta James Howell, historiador y escritor anglo-galés del siglo XVII,
que «within the compass of two years (1645-1647) near upon three hundred
witches were arraigned and the major part of them executed in Essex and Suffolk
only. Scotland swarms with them more and more, and persons of good quality are
executed daily (En el lapso de dos años [1645-1647], cerca de trescientas
brujas fueron procesadas y la mayor parte de ellas ejecutadas solo en Essex y
Suffolk. Escocia pulula con ellos cada vez más, y personas de buena
calidad son ejecutadas a diario)» [Familiar Letters, Boston: Houghton, Mifflin
and Co., 1907, pág. 301]. Entre 1565 y 1640 fueron 1.119 las personas acusadas
de brujería en el Parlamento de París; de todos estos procesos, las más fueron
condenas a muerte dictadas por cortes de justicia locales, lo que quiere decir
que no fueron los tribunales de la Inquisición los que emitían los veredictos,
sino los civiles. Raramente la Inquisición se metía en estos asuntos, los suyos
eran, como ya hemos mencionado más arriba, otros bien distintos. En total, los
protestantes asesinaron a unas 25.000 brujas; en España, no llegaron a 50.
«A finales de este siglo [XVII] las hogueras se fueron
apagando poco a poco en Europa, aunque se señalan llamaradas pasajeras en
algunas situaciones locales muy particulares. Polonia parece que fue la única
excepción, ya que reiniciará la caza a principios del siglo XVIII», Jean-Michel
Sallmann, Las brujas, amantes de Satán,
Aquilar Universal, Madrid, 1991, pág. 58. En España, durante todo este
trascurso de brujerías, apenas si se deja notar, siendo el proceso de
Zugarramurdi el más notorio. Johann Matthäus Meyfarth describó el horror las torturas
a que eran sometidas las mujeres acusadas de brujería: «He visto miembros
depedazados, ojos sacados de la cabeza, pies arrancados de las piernas,
tendones retorcidos en las articulaciones, omoplatos desencajados, venas
profundas inflamadas, venas superficiales perforadas; he visto las víctimas
levantadas en lo alto, luego bajadas, luego dando vueltas, la cabeza abajo y
los pies arriba. He visto cómo el verdugo azotaba con el látigo y golpeaba con
varas, apretaba con empulgueras, cargaba pesos, pinchaba con agujas, ataba con
cuerdas, quemaba con azufre, rociaba con aceite y chamuscaba con antorchas»,
métodos, todos éstos, prohibidos por la Inquisición española en sus tribunales.
El Santo Oficio
Existe un libro, Histoire
critique de l’Inquisition espagnole, obra publicada en 1817 y escrita por un
tal Juan Antonio Llorente, que intentó, y logró, difamar el trabajo del Santo
Oficio y de la propia Inquisición en España. Casi nada de lo que se menciona en
sus páginas es creíble; a pesar de ello, se tuvo por cierto, incluso entre
historiadores de la talla de William Prescott, que lo emplea como fuente en sus
estudios, de donde toma el número de 32.000 personas que el Santo Oficio llevó
a la hoguera. Llorente decía haber poseído pruebas de todo lo que en el libro
había escrito, pero nunca presentó una sola, aduciendo que los documentos en
que aparecían se habían quemado. Hubieron de transcurrir varias décadas antes
de que, al fin, se concluyera que todo era falso.
Extraña, hasta cierto punto, la insistencia contumaz por
culpar al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición española de torturas y
vejaciones sin límite, un sinfín de tormentos a cual más brutal e inhumano. Henry
Kamen insiste en que, comparado con otros tribunales de España (los civiles),
el Santo Oficio fue, con mucho, el que en menos casos utilizó la tortura; aun
más, al compararla con el resto de Europa, la Inquisición española resulta ser
«impecable». Por mencionar algunos botones de muestra, en Inglaterra una
persona que hubiere dañado un jardín público era torturada y descuartizada; en
Alemania no era descabellado que el atormentado acabara perdiendo los ojos; en
Francia se desollaba a una persona viva sin miramientos. Estos métodos eran
comunes a todos los tribunales de Europa; ninguno, sin embargo, de estos tres
extremos se dio en España. Tampoco la Inquisición española se valió de
emparedamientos, del uso del fuego o de golpes en las articulaciones, ni se
utilizaron la rueda o la dama de hierro. En España no hubo acosos ni vejaciones
a las mujeres, las cuales, por otro lado, no solían ser torturadas, sobre todo
si estaban embarazadas o criando, pues estaba prohibido, lo mismo que con niños
de menos de once años.
Por lo que respecta a los procesos abiertos por el Santo
Oficio, Henry Kamen acentúa su reducido número, en contra de la opinión extendida:
«...durante los siglos XVI y XVII, fueron ejecutadas anualmente menos de tres
personas al año en la totalidad de los territorios de la monaquía española
[...]. Probablemente el número de condenados a muerte en España por la
Inquisición fue de algo más de cien personas entre 1559 y 1566» (La Inquisición española ,1997). En
cifras de Kamen, entre 40 y 50 personas fueron las ejecutadas a lo largo de
todo el siglo XVI en todos los territorios bajo dominio español, mientras que
que sólo en época isabelina se contabilizan casi 1.000 muertes en territorio
inglés; en Francia, en tan sólo cinco años fueron ejecutadas 3.000 personas. En
cada país europeo obtenemos unas cifras de igual disparidad con las de España,
lo que indica, bien a las claras, la gran propaganda antiespañola que
desarrolló la leyenda negra. La diferencia es abrumadora: «Los estudios de Henningsen y Contreras sobre las
44.674 causas abiertas por la Inquisición [en España] entre 1540 y 1700 dan una
cifra de 1.346 personas condenadas a muerte por el Santo Oficio. Henry Kamen
eleva la cifra a unas 3.000 víctimas en toda su historia y territorios en que
existió [...]. Sir James Stephen calculó que el número de condenados a muerte
en Inglaterra en tres siglos alcanzó la escalofriante cifra de 264.000 personas.
Algunas condenadas fueron por delitos tan graves como robar una oveja. Según el
investigador protestante E. Schafer, autor de un monumental trabajo de
investigación sobre el protestantismo en España, el número de protestantes
condenados por la Inquisición española entre 1520 y 1820 fue de 220. De ellos
solo doce fueron quemados» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Aun así, escritores, como madame de Suberwich, bajo el
pseudónimo de Victor de Féreal, arremete contra la Inquisición sin piedad, y yo
diría también sin conocimiento, en su libro L’Espagne
pintoresque, artistique et monumentale (1848). En él inculpa a Torquemada
de introducir la Inquisición en Castilla y Aragón, bajo cuya férula (la de la
Inquisición) los españoles permanecieron ignorantes y agónicos hasta la llegada
de la Ilustración francesa y las tropas napoleónicas, lo que hace contrastar
con los países protestantes, libres y tolerantres. Son palabrasa suyas : «D’une
part c’étaient Luther, Melanchton et Zwingli dénonçant au monte les abus de
l’Eglise romaine, confondant la théologie embrouillée des moines, dotant
l’Allemagne et la Suisse de ce large code d’égalité et de liberté (Por un lado,
Lutero, Melanchton y Zwinglio denunciaron los abusos de la Iglesia romana,
confundiendo la confusa teología de los monjes, dotando a Alemania y Suiza de
este amplio código de igualdad y libertad)» (Victor de Féreal, Les mystères de l’Inquisition, págs.
X-XI).
Las prácticas de sadismo que describen algunos
historiadores, o escritores simplemente, parecen sacadas de la imaginería
dantesca y boscana. Por todas partes se nos aparecen las herramientas más
impresionantes y capaces en torturas, tormentos y suplicios. Sin embargo, la verdad
es mucho, muchísimo menos macabra, tal como hemos mencionado un poco más
arriba: «La práctica de la tortura estaba rigurosamente reglada en el Santo
Oficio. Los estudios de Lea y Kamen confirman que su uso fue siempre
excepcional, y que apenas se utilizó en el 1 ó 2 por ciento de los casos que se
investigaban. La tortura no podía poner en peligro la vida del reo ni provocar
mutilaciones y se hacía siempre en presencia del médico. Estas precauciones no
existían en los tribunales civiles ni de España ni de ningún país de Europa,
donde la tortura fue una práctica común hasta hace bien poco. La pena de muerte
se aplicaba sólo al hereje contumaz no arrepentido. El arrepentimiento
transformaba automáticamente la condena a muerte en cárcel, multas y otras
penas que no comprometían la vida» (María Elvira
Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda
negra, 2016).
De otro lado, a la Inquisición española se le imputó ya no
sólo un universo propio de persecuciones y martirios, sino también una duración
en el tiempo que no le corresponde. Hemos visto que la Inquisición tardó dos
siglos en llegar a Aragón, y se implantó en Castilla otro siglo después. Si
tenemos en cuenta que durante los reinados de Carlos III y Carlos IV sólo hubo
cuatro condenas a muerte dictadas por el Santo Oficio, obtendremos una vigencia
de poco más o menos de dos siglos. La última ejecución española tuvo lugar en
1781. En Europa la última lo fue un años después, en 1782, Anna Gölfi,
condenada por un tribunal calvinista bajo la acusación de brujería. Es decir,
que en Europa las hogueras inquisitoriales vienen a apagarse a un tiempo. En
España no perduró más, sino que duró menos, bastante menos.
En cuanto al papel desempeñado por el Santo Oficio en las
Nuevas Tierras, apenas hay nada que decir, pues ni siquiera afectaba a los
nativos y, en cuanto a los llegados de la península casi se podría aseverar que
no tuvieron problemas con la institución. Así lo constata Philip W. Powell: «El Santo Oficio, tanto en España como en América,
estaba subordinado a la Corona. Salvo pequeñas excepciones, no tenía
jurisdicción sobre los indios americanos» (El
árbol del odio, pág. 38). Digamos, para dar por terminado este apartado,
que el Santo Oficio ejecutó unas 5.000 penas capitales, la mayoría de ellas
dentro de la península y por crímenes como pederastia, proxenetismo, moriscos,
judaizantes, protestantes... En la América española la cifra no superó las 150,
nunca indígenas, porque le estaba totalmente prohibido.
La otra España
Frente a la opinión mayoritaria allende las fronteras
hispanas de que los españoles carecían por completo, o casi, de inventiva, de
raciocinio, de pensamiento innovador, cuyas costumbres se hallaban ancladas en
el pasado y sus hábitos actuales se encontraban ensombrecidos por la religión
fanática, la monarquía oscura y una sociedad apegada al terruño y la
superstición; frente a todo eso aparece otra nación con miras elevadas, con
objetivos que van más allá del presente y cuyas innovaciones fueron primero
copiadas por otras naciones, luego plagiadas y, finalmente, atribuidas a otros
países.
¿Quién no ha oído hablar, si es que no ha leído o visto, las
intrépidas aventuras de los mosqueteros franceses Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan.
Pues bien, la institución de los mosqueteros no se fundaría en Francia hasta
1622; sin embargo, ya había mosqueteros en el continente europeo. ¿De dónde
salieron estos soldados? De España. El mosquetero fue un soldado de la
infantería española, que iba armado con un mosquete, de ahí el nombre, y que
apareció en el ejércio en el siglo XVI. Fue Fernández Álvarez de Toledo y
Pimentel, III Duque de Alba, quien, como capitán general del ejército de
Flandes, en 1567 ordenó la incorporación de 15 mosqueteros en cada compañia
española. Estos mosqueteros, que ya desde entonces formaron parte del ejército
español, fueron sustituidos por soldados con fusil y bayoneta en la época de
Felipe V.
En la medicina medieval europea se entremezcla la
superstición, la observación y algunas, muy pocas, innovaciones, fiándolo casi
todo a la voluntad de la Divina Providencia. No fue así en España, donde la
medicina árabe, y posteriormente la judía, mucho más avanzadas que la
cristiana, acabaron por incorporarse a la profesión médica en general. Por
primera vez en Europa, los Reyes Católicos oficializaron esta influencia al
separar las dos profesiones que se venían ejerciando como asociadas, la médica
y la caridad religiosa, llegando a negar la validez de los grados médicos que
la Iglesia concedía. Además, no tardarían en surgir unas curias donde se
otorgaba la autorización de ejercer la medicina tras un examen al opositor: «España
tiene el mérito de haber organizado, antes que ninguna otra nación europea
estos tribunales [...]. En estos tribunales, los candidatos a médicos eran
sometidos a exámenes [...]. La medicina es la primera profesión en España que
es sometida a riguroso control jurídico» (Francisco Guerra Pérez-Carral, El hospital en Hispanoamérica y Filipinas,
Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo, 1996, pág. 31). Actualmente es
costumbre corriente aministrar vacunas probadas con anterioridad en animales,
de modo que se reconocen los efectos reales del medicamento; pues bien, fue un
médico árabe de la España musulmana en el siglo XII, Avenzoar, el primero en
promover el uso de animales con fines médicos, aunque antiguas civilizaciones
diseccionaban animales para observar sus entrañas.
En toda Europa, incluida España y sus territorios, estuvo
prohibido el tabaco, introducido por los españoles desde sus tierras
americanas. El motivo de tal prohibición era, simplemente, porque se le
consideraba diabólico. Siete años después de esta interdicción, España dejó de
considerarlo como tal, aunque mantuvo el veto durante algún tiempo más por
estimarlo perjudicial para la salud y la buena educación (¿a qué suena esto?).
En el resto europeo se tardó unos dos siglos en permitir su consumo. Se dice
que fue en Sevilla, ya en el siglo XVI, cuando algunos mendigos enrollaban los
desperdicios de las hojas de tabaco, antecedente de los cigarrillos, los cuales
se empaquetaron y comercializaron por primera vez en 1825. Relacionado con la
salud topamos un invento que, de tan antiguo y español, pasa desapercibido, y
es que Felipe II, debido a sus problemas con la gota, encargó un trono especial
móvil que le permitiese desplazarse sin tener de levantarse de él; hoy día se
conoce como «silla de ruedas». Otro producto que hizo furor en Europa y luego
todo el mundo, fue promovido por España, el chocolate caliente: El chocolate
caliente, casi tal y como lo conocemos, fue realmente un invento de los
españoles que llegaron a América, más concretamente a lo que luego se llamó
Nueva España, ya que hasta ese momento los mayas habían preparado una bebida
con agua, chile en polvo y granos de cacao, pero a nadie se le había ocurrido
añadirle azúcar y agua tibia.
A España se le concede, casi por conmiseración, el derecho a
ostentar el título de primera potencia naval durante cien años o poco menos. En
cambio, a Inglaterra se la tiene como la reina del mar a lo largo de doscientos
o trescientos años, inexpugnable bastión insular merced a su posición y a sus
navíos. Pero no es tan sencillo: «Uno de los mitos más extendidos incluso entre
los aficionados a la Historia Naval es el de que las costas británicas, gracias
a su invencible “Navy”, se han visto por completo libres de ataques enemigos,
desde al menos la invasión normanda que triunfó en la batalla de Hastings de
1066. Tal afirmación no se sostiene con alguna seriedad si se recuerda que,
algunos siglos después, pero aún en plena Edad Media, los almirantes
castellanos Sánchez Tovar y Pero Niño, especialmente el primero, desembarcaron
reiteradamente en Inglaterra, tomando y arrasando ciudades como Dover,
Folkestone, Porsmouth, Plymouth y Darmouth entre otras, o remontando el Támesis
hasta Gravesend, a la vista del mismo Londres, localidad que fue incendiada
seguidamente, hechos todos que ocurrieron entre 1374 y 1379» (Agustín Ramón
Rodríguez González, Victorias por mar de
los españoles, 2006). Se considera que tras la derrota de la Gran Armada,
que Felipe II envió contra Inglaterra, fue ésta la que dominó el mar hasta
mediados del siglo XX, o hasta la actualidad, según opinan algunos. Por
supuesto, quienes así opinan no tienen en cuenta las grandes derrotas sufridas
a manos de España: La derrota de la Contra-Armada en la primavera de 1589 (batalla
de la isla Terceira), el desastre del sitio de Cartagena de Indias el 23 de
octubre de 1739 (defensa de Cartagena de Indias), la chanza que se hizo tras
las persecuciones del barco El Glorioso en 1747, y así de forma sucesiva. Es
más, durante los siglos XVI a XVIII, los barcos provenientes del Nuevo Mundo
cargados de objetos y metales valiosos apenas sufrieron abordajes, sea por
piratas, filibusteros, corsarios o cualesquiera otros; se hundieron más barcos
debido a los temporales que por ataques enemigos.
Un último apunte referido a esta descalificación que se ha
llevado a cabo respecto al poder naval español. Se ha querido restar la
importancia de la victoria sobre los turcos el 7 de octubre de 1571, y, cuando
no se ha conseguido, se aduce que la mayor parte de los marineros y soldados
intervinientes en la batalla no eran españoles. Aclaremos este punto: «Se aduce
que la mayoría de los combatientes en Lepanto no fueron españoles, sino
italianos. Pero entonces más de la mitad de Italia pertenecía desde hacía
muchos años a los reyes de España, el nacionalismo aún no había nacido, y, desde
luego, un napolitano se sentía más próximo en casi todos los aspectos a Madrid,
Barcelona o Valencia que a Venecia. Muchos hombres nacidos en tierras italianas
siguieron pensando y sintiendo lo mismo incluso siglos después, formando con
gran distinción en las filas de la Armada española, desde don Juan José Navarro
a don Federico Gravina, por citar ejemplos del siglo XVIII. Claro que estos
mismos “finos” analistas no tienen el menor empacho en decir que Waterloo fue
una victoria británica, aunque son muy conscientes de que sólo la tercera parte
de los soldados del ejército de Wellington habían nacido en las islas
británicas, y que incluso de entre ellos habría que restar hoy a los
irlandeses. Además y hasta en los regimientos teóricamente ingleses o escoceses
había multitud de soldados de otras procedencias, por ejemplo, muchos
españoles, enrolados en ellos durante nuestra Guerra de la Independencia, ello
por no hablar de la decisiva llegada de las tropas prusianas de Blücher,
cuestión normalmente orillada como si las tropas de Wellington por sí solas
hubieran obtenido el triunfo» (Agustín Ramón Rodríguez González, Victorias por mar de los españoles,
2006). Aún más por lo que toca a Lepanto; los barcos aportados por los italianos
eran, en su mayor parte, unos desechos, retales que los españoles tuvieron que
renovar y armar; y los marineros y soldados italianos resultaron no tener una
actitud adecuada, salvo honrosos casos, no siendo su intervención tan decisiva
como se intenta hacer notar. Como curiosidad, el popular barco conocido como «galeón»
se inventó en España, que generalizó y conservó más tiempo la denominación; eran
grandes barcos, muy lentos y poderosos, que terminaron convirtiéndose en el
principal barco de comercio de las naciones europeas.
En cuanto a la intelectualidad y los estudios, no tenemos
más que referirnos a la Escuela de Salamanca de principios del siglo XVI y todo
queda mucho más claro. «Fue en este momento histórico cuando surgieron, con la
escuela teológica española –que analizaba la legalidad o ilegalidad de la
conquista hispánica de América–, las semillas del Derecho Internacional y el
germen de lo que hoy llamamos “derechos humanos”» (Marcelo Gullo, Madre patria, 2021). Una de las teorías
más relevantes de esta base ética de los principios del derecho internacional
es la de la Ley de los pueblos y, de la mano de Francisco de Vitoria, el
principio de guerra justa, que va más allá de la legalidad y «discute si una
guerra es moral», según explica a El Norte de Castilla María Martín
Gómez, vicedecana de la Facultad de Filosofía; Vitoria es considerado el padre
del del derecho internacional al sentar las bases de los derechos para los
indígenas; de él podemos reflejar las siguientes palabras: «La soberanía tiene
sus límites, y esos límites son, primordialmente, los derechos naturales de los
individuos». Fueron científicos de la Universidad de Salamanca, remitidos a la
Santa Sede, parte importante de quienes estudiaron y crearon en 1515 y 1578 el calendario
gregoriano, el almanaque actual. Y fue también la habilidad española en el uso
del azulejo traído por los musulmanes, llegado a Europa a través de la
península en el siglo VII, que convirtió Sevilla en uno de los centros de
producción más importantes.
Parece que el ingenio español se extendía por cualquier
disciplina, y así observamos que las reglas modernas del ajedrez fueron
descritas en 1561 por el que se considera que fue el primer analista serio del
juego, el español Ruy López de Segura. Hasta ahora se conocía como el inventor
del telescopio al holandés Hans Lipperhey; pero nuevas evidencias —un
testamento descubierto en 2008, según The Guardian— registraba un
telescopio decorado con latón que Don Pedro de Carolona legaba a su viuda en
Barcelona en 1593, 15 años antes del que se consideraba el primer telescopio. La
madre, más bien la abuela, de las «calculadoras» también nació en 1642 de la
mente de un inventor español, Balise Pascal; ésta funcionaba con ruedas y
engranajes.
Un dato más, cada vez más aireado y no por ello conocido. En
época de Carlos I y Felipe II, en lo que es actualmente la República Checa, se
situaba el «Valle de Joaquín» (Joachimsthal), en donde había unas minas de
plata. Con esta plata se acuñaban unas monedas llamadas thaler o taler en alemán
y que en español se decía tálero o dálero.
Los reyes españoles ordenaron acuñar unas monedas para España y América
similares a estas otras monedas, que fueron conocidas como real de a ocho, peso de a
ocho, peso fuerte, peso duro o dólar español. Durante la Guerra de independencia estadounidense,
los rebeldes imprimieron papel moneda, en donde se podía leer: «páguese al
portador [tantos] dólares españoles o su valor correspondiente en oro o en
plata»; de ahí surgió la moneda estadounidenses actual. En cuanto a su símbolo
($), también es de origen español, pues procede de la moneda real de a ocho, en que se representaban
las columnas de Hércules (las barras verticales) y la banda que decía «Plus
Ultra» (la ese mayúscula). Esta moneda fue durante varios siglos la más estable
y cotizada, siendo utilizada como moneda de cambio en todo el mundo (lo que es
ahora el dólar americano).
No es éste espacio para reseñr otras figuras españolas, como
Martín de Azpilcueta, uno de los economistas más importantes de la primera
escuela de economía moderna o Francisco de Suárez, que fue el primero en
plantearse conceptos como la desobediencia civil ante leyes injustas. Y éstos,
por no citar los más conocidos, como Núñez de Balbao, el primer europeo en
bañarse en las aguas del océano Pacífico; o Juan Sebastián Elcano, el primer en
circunnavegar el planeta, prueba empírica de que la Tierra es redonda; o Juan
de la Cosa, el primero en dibujar un mapa mundi que incluía el continente
americano.
Ejemplos de intolerancia en otros países
En lugar de intentar defender las injustas acusaciones sobre
las injusticias cometidas por los españoles, tanto dentro de la legalidad como
fuera de ella, en este apartado podemos contemplar cómo se las gastaban en
otros países, los mismos que acusaban a España de intolerante, salvaje, cruel,
analfabeta e indolente, entre otras lindezas. ¿Acaso no hubo en España sucesos
deplorables, cruentos, injustificados, absurdos? Por supuesto que sí, como en
cualquier otro país o nación, nadie está libre de culpa; pero no llegaron a las
cotas de que aconteció en otras partes. Aun si damos crédito a las iniquidades
y estupideces que engrosan el bagaje negrolegendario, España sigue saliendo
beneficiada, comparándola con otros pueblos. Son unos pocos de ejemplos, pero
con ellos se muestra la clase de censores que denuncian la malignidad española.
Italia
«A principios del siglo XV, en Florencia, la denuncia
secreta y anónima por parte de la gente se convirtió en parte normal del
sistema judicial. Y era el testimonio de la comunidad –esto es, de los vecinos,
los parientes y los enemigos– lo que los acusadores más temían. La enemistad y
la venganza inspiraron muchas de las pruebas que ofecían a la Inquisición en
los primeros años» (Henry Kamen, La
Inquisición española. Una revisión histórica, Crítica, Barcelona, 1999,
pág. 172). Recordemos que en España no se atendían las denuncias anónimas, y
aquellas otras que se basaban en rencillas personales eran “sobreseídas”.
Dinamarca
«En 1536 el rey de Dinamarca, Christian III, decretó la conversión
obligatoria de todos sus súbditos. En 1624 entró en vigor la ley que condenaba
a muerte a todo sacerdote católico sorprendido en territorio danés. Al año
siguiente, nuevas leyes vinieron a reprimir aún más la ya inexistente libertad
religiosa en Dinamarca. Quien se convirtiera al catolicismo sufriría
confiscación de bienes y se negó a los católicos el derecho a hacer testamento,
de manera que al morir todas sus posesiones pasaban automáticamente a la
Corona. Estas disposiciones estuvieron vigentes en Dinamarca hasta 1849. Hasta
1860 cualquier sueco, danés o noruego que abjuraba de la religión oficial
incurría en pena de exilio y confiscación de bienes» (María
Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la
leyenda negra, 2016).
Países Bajos
«Los Países Bajos tenían un Inquisición propia, de la que el
mismo Felipe II tuvo que confesar que “era más implacable que la nuestra”
[...]. Entre 1557 y 1562, los tribunales de Amberes ejecutaron a 103 herejes,
más personas de las que murieron en toda España en ese período» (Henry Kamen, La Inquisición española. Una revisión
histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 298).
«[en] Los Estados Generales en 1581 se ilegaliza el culto
católico público y privado, se prohíbe el uso de ropas talares a los
religiosos, se mandan cerrar las escuelas católicas y se prohíbe la impresión
de obras católicas. Las infracciones se castigaron con multas hasta 1584 y
después con confiscación de bienes. Se siguió aprobando legislación
anticatólica hasta bien entrado el siglo XVIII [...]. La Furia Iconoclasta de
1566 (Beeldenstorm), que destrozó cientos de conventos e iglesias y provocó que
Alba fuese enviado a los Países Bajos, se explicaba como consecuencia del papel
represor de la propia Inquisición española, a pesar de que no hubo nunca Inquisición
española en los Países Bajos» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
[Tras establecerse el calvinismo como religión oficial] «Los
que se mantuvieron católicos pasaron a ser ciudadanos de segunda clase. Aunque
en general no se les forzaba a pasar al calvinismo, no les estaba permitido
ejercer ninguna función pública, ni celebrar su culto públicamente ni tener
jerarquía eclesiástica ni contacto con sacerdotes» (Enrique Alonso de Velasco
Esteban, La crisis de la Iglesia católica en los Países Bajos en la segunda
mitad del siglo XX, Anuario de
Historia de la Iglesia 20 (2011), pág. 264).
Francia
El caso de la Inquisición francesa es un tanto especial, si
se compara con la de otros países. Apenas se pueden encontrar monografías sobre
ella, ni de autores franceses ni de no franceses, como si no hubiera existido o
apenas fuera merecedora de estudio por intranscendente, y eso a pesar de que,
como la española, vivió hasta el siglo XIX, o de que durante el siglo anterior
(XVIII) estuvo, con mucho, más activa que la hispana. De los pocos estudios que
se pueden leer, casi todos están referidos al proceso llevado a cabo contra
Juana de Arco o al conflicto entre la monarquía contra los cátaros en Languedoc
durante la Edad Media; y poco más. En cambio, sí podemos echar un vistazo a los
procedimientos civiles, a falta de los inquisitoriales, antes y después de la
Revolución del XIX. Así, por ejemplo: «Gran parte de los presos que hay allí [la
Bastilla] han llegado a ella por medio de una lettre de cachet,
procedimiento al margen de toda legalidad por el que se privaba de libertad a
cualquiera sin juicio. Se asemeja mucho a la Star Chamber inglesa [...].
Aparece mencionada [la Star Chamber] por vez primera en 1487 y se
mantuvo activa hasta 1641. Era un tribunal secreto, directamente dependiente
del rey y su consejo privado. No se conocía (ni se conoce bien ahora) la
composición de sus jueces ni sus procedimientos. No admitía testigos ni los
acusados tenían defensor ni acusación formal y pública [...]. Cualquier
comparación del procedimiento inquisitorial con las actividades de la Star
Chamber o la lettre de cachet es una burda ironía» (María Elvira
Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda
negra, 2016).
La Revolución Francesa no trajo la «liberté, égalité,
fraternité» sin más, puesto que a la susodicha siguió un sinnúmero de matanzas,
abusos, injusticias y ejecuciones sumarias. Por poner un caso, citemos a
Antoine de Lavoisier, considerado el padre de la química moderna, y entonces,
como ahora, reputado químico, biólogo y economista francés. Pues bien, en 1793
fue arrestado por su trabajo en el cobro de contribuciones. Durante el juicio
importantes personajes expusieron sus trabajos, pero el tribunal sentenció que
«la república no precisa ni científicos ni químicos, no se puede detener la
acción de la justicia» y, para más escarnio, ese mismo año se suprimió la
Academia de Ciencias. El 8 de mayo del año siguiente fue guillotinado. Lo más
curioso es que al año de su ejecución el gobierno francés envió una nota a su
viuda: «A la viuda de Lavoisier, quien fue falsamente condenado». Además de
Lavoisier, fueron condenados a la misma pena otros veintisiete intelectuales y
científicos.
Bélgica
«Adam Hochschild considera que la compañía [Compañía del
Congo, propiedad de Leopoldo I de Bélgica] provocó la muerte de unos 10
millones de personas. Entre 1885 y 1908 la población del Congo se redujo a la
mitad [...]. Más breve y accesible es el artículo de Mario Vargas Llosa
titulado La aventura colonial, en el cual señala: “Catorce naciones
regalaron en 1885 un inmenso territorio al rey de los belgas, Leopoldo II.
Congo vivió un horror comparable al Holocausto, sin que haya recaído sobre el monarca
ninguna sanción moral” [...]. Sigue habiendo hoy en Bruselas una calle dedicada
a Leopoldo II de Bélgica, uno de los grandes genocidas de la historia de la
humanidad, sin que esto cause ni vergüenza ni sonrojo a nadie» (María Elvira
Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda
negra, 2016).
Inglaterra
El caso de Inglaterra es más sangrante, si cabe, por la
obstinada persistencia en voltear todos sus males y convertirlos en paradigmas
de la justicia y la equidad, al tiempo que soflama las más viles injurias
contra el Imperio español, algo que, hoy día, sigue eternizando para ocultar
sus propias taras. Por supuesto, no sólo destaca por sus acometidas contra la
hispanidad, sino también contra todo aquél que osa levantarse por encima suyo. Sus
tropelías han sido y siguen siendo tantas y de tal magnitud, que sería necesario
un trabajo más extenso sólo para echar una mirada mínima de ello. Pasemos, sin
más, a mencionar varias muestras de su ejemplar «historia de democracia y
valores humanos».
Comenzamos con la reina católica María (Mary Blood), durante
cuyo reinado, según John Fox en su libro Libro
de los mártires, fueron ejecutadas 284 personas acusadas de herejes. Algo
así menciona también Henry Kamen: «Durante el gobierno de la reina María las
autoridades inglesas ejecutaron el triple de herejes que murieron en España en
los años que siguieron a 1559, con Enrique II los franceses ejecutaron al menos
al doble, en los Países Bajos habían muerto diez veces más. En los tres países
muchos más morían por causa de la religión en los años siguientes» (La Inquisición española. Una revisión
histórica, Crítica, Barcelona, 1999, pág. 99).
Isabel I (la reina virgen) quiso dejar bien claro que en su
reino sólo había lugar para la iglesia anglicana, de modo que se dedicó con
ahínco a suprimir todo atisbo de la otra religión, la católica. Así, entre
otras disposiciones, estableció la asistencia a los servicios religiosos
anglicanos como obligatorios, cuya ausencia era motivo de latigazos, prisión y
muerte; asimismo se castigaba con cárcel y confiscación de bienes el no
denunciar al vecino que faltaba a los oficios. Existía un Juramento de
Supremacía, el cual debían pronunciar todos los que aspiraban a un puesto de
trabajo en el Estado o en la Iglesia; si alguien quebrantaba dicho juramento,
era condenado a muerte, puesto que se consideraba un delito de alta traición. Desde
1559 a 1569 fueron ejecutados 800 católicos, a quienes se sumaron unos 160
sacerdotes «de seminario». William Cobbet, periodista, naturalista, y político
británico protestante, afirma en su History
of the Protestant Reformation in England and Ireland que la reina Isabel
provocó ella sola más muertes que la Inquisición en toda su historia. Todavía
hoy es la reina más venerada en la Gran Bretaña.
Más tarde, ya en 1585, el Parlamento de Londres decretó la
expulsión de los últimos sacerdotes católicos, siendo totalmente prohibida la
misa católica, tanto pública como privada; a partir de lo cual, quienquiera que
ejerciera dicho sacerdocio sería condenado a muerte por traición, e igual pena
caería a quienes les dieren cobijo, protección o alimento.
El 18 de octubre de 1591 aparece la Real Proclamación contra
los Católicos. «Aquí se ordena entre otras cosas un estricto control individual
y que se han de consignar en los libros de vigilancia todos los movimientos de
vecinos, conocidos y parientes, de viajeros y cualquier persona. Es un sistema
vecinal de espionaje y delación universales con el que nunca llegó a soñar la
Inquisición: “Mandamos y severísimamente ordenamos a todos y a cada una
persona, de cualquier género, estado, sexo, condición y dignidad que sea, y aun
a todos los oficiales de nuestro palacio, y a nuestros ministros y magistrados,
y a todos los señores de cualquiera familia, rectores de alguna comunidad, que
luego tomen cuenta exactísima de todas aquellas personas que a lo menos en
estos catorce meses pasados han frecuentado sus casas o habitado en ellas, o
tratado, o dormido, o comido o al presente hacen algo de esto o para adelante
lo han de hacer; y sepan particularmente el nombre, la condición y calidad de
estas personas, en qué parte de Inglaterra han nacido, adónde han tratado o
conversado por lo menos un año antes que viniesen a su casa, cómo y de qué se
sustentan, qué hacen o adónde suelen ir, con quién conversan, y si a sus
tiempos ordenados por nuestras leyes van a la iglesia a oír debidamente los
divinos oficios. Todos estos exámenes, con sus respuestas, mandamos que
particularmente se escriban en los libros, y que estos libros los guarden
diligentemente, como unos registros o calendarios, en su casa cada padre de
familia para que nuestros comisarios, cuando les pareciere, puedan por ellos
entender las condiciones de las personas de que tuvieren sospecha y conocer la
diligencia y fidelidad de los mismos padres de familias”» (María Elvira Roca
Barea, Imperiofobia y la leyenda negra,
2016).
La Sociedad Religiosa de los Amigos o Iglesia de
los Amigos, cuyos miembros eran conocidos como «quakers» (tembladores), fue
una comunidad religiosa disidente que durante el reinado de Carlos II sufrió
persecuciones constantes, de cuyo resultado fueron encarcelados 13.000
cuáqueros, perdiendo, por ello, sus bienes. De los demás, 338 murieron de
hambre o tortura en las cárceles, 198 fueron esclavizados y el resto debió
exiliarse.
Hacia 1636 estallaron varias sublevaciones con motivo del
enfrentamiento entre los partidarios de la monarquía y los partidarios de la
república. William Cromwell se encargó de dar fin a todas ellas, tras lo cual
se confiscaron numerosas tierras, hubo masacres (pueblos enteros padecieron hambre
o, simplemente, fueron barridos del mapa). Según algunas estimaciones, un
tercio de la población irlandesa fue finiquitada.
Desde 1695 la «Ley Popery» prohibía a los irlandeses
católicos ejercer cargos públicos y formar parte de la Administración, ingresar
en el Ejército, poseer tierras y educar a sus hijos en la fe católica. En 1778 se aprobó la conocida como «Ley Papista», por
la cual se mitigaban las represiones contra los católicos. A raíz de esta ley,
se produjeron en Londres tumultos violentos en contra de ella, consecuencia de
los cuales se produjeron 700 muertes, la mayoría de creencia católica o
sospechosos de ello o de tolerantes con el catolicismo. «Acorde con el espíritu
de tolerancia que rige en el siglo XVIII en Inglaterra, y del que son buen
ejemplo John Locke o David Hume, continúan los pogromos contra los católicos,
culpables siempre de cualquier mal real o previsible. El trabajo de Georges
Rudé registra nada menos que 375 motines y levantamientos populares en
Inglaterra entre 1730 y 1795, reseñados por la prensa. De ellos, 275 fueron
motines de hambre y carestía. Los que se produjeron en el verano de 1766 fueron
muy graves. Hubo asaltos masivos a los mercados y a las tiendas y los
amotinados impusieron un precio distinto al grano, la harina, el pan y otros
alimentos de primera necesidad, ya que la inflación y la escasez de
abastecimiento los habían convertido en inalcanzables para las clases
trabajadoras. De entre los disturbios considerados políticos o xenófobos, el
más grave es el motín de Gordon (Gordon Riots) de 1780. Es el más grave, pero
no el único. Hubo docenas. Una multitud enloquecida se lanzó a la calle al
grito de «No popery!» para exigir que el Parlamento derogara la llamada Catholic
Relief Act, disposición legal que levantaba algunas de las restricciones
más represivas que pesaban sobre los católicos. Algunos ingleses tolerantes
como Charles James Fox habían procurado sacar adelante esta ley para aliviar la
presión que se ejercía ininterrumpidamente sobre los católicos y el estado de
marginación a que estaban condenados desde hacía siglos [...]. En todo este
periodo, como el propio Rudé [George Rudé, historiador marxista británico] reconoce,
el único levantamiento popular destacable en España es el motín de Esquilache.
O no había hambre en España o la gente era tan tonta que se moría de necesidad
sin protestar» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016).
En 1848 se produjo un Irlanda una hambruna como nunca se
había visto, lo que provocó una gran emigración de ciudadanos hacia las tierras
del Nuevo Mundo. Su recuerdo todavía permanece muy vivo en Irlanda, donde se
puede visitar el Famine Museum (Museo de la hambruna). Asociaciones diversas,
tanto aquí como en Estados Unidos, todas ellas de reconocimineto internacional,
sostienen la idea de que aquella hambruna fue azuzada por Inglaterra, un
«intento sistemático y deliberado de acabar con un pueblo»; esto es, un
genocidio.
Otro punto a tener en cuenta, y con él llegamos al final de
este apartado, es la censura que Inglaterra ha ejercido y ejerce en sus
colonias, tales como Australia, Canadá, India y África). En 1737 el Parlamento
inglés aprobó la creación de un Examiner of Stage, cuyo cometido era
censurar las obras de teatro con contenido político, moral y religioso
considerado «intolerable». Fue elegido censor Edward Capell con un sueldo de
200 libras anuales. Dicha censura duró hasta 1968, más de dos siglos. La
«blasphemy» contra la Iglesia anglicana fue considerada un delito hasta el ¡8
de mayo de 2008!, si bien es verdad que no hubo pena alguna desde 1977. Aun
más, en la década de los años setenta del siglo XX existió el conocido como Williams
Committee, cuyo verdadero nombre era el Committee on Obscenity and Film
Censorship, encargado de la censura de las películas proyectadas en Gran
Bretaña. Sin duda, la censura inglesa fue sumamente estricta y duradera (en
Australia se abolió en 1823, pero para ser sustituida por otra tanto o más
restrictiva: la publishing freedom).
Apéndice
a la leyenda negra en europa
«Rompiendo todos los clichés al uso, en 1936 se estrenó La
kermesse heroïque del director belga Jacques Feyder, con guion del propio
Feyder y de Charles Spaak. Está considerada una de las obras maestras de la
historia del cine. Un pequeño pueblo flamenco, Boom, se dispone a celebrar una
gran kermés [fiesta popular al aire libre] y todos se preparan para la fiesta,
cuando llega la noticia de que los tercios españoles van a pernoctar en el
lugar. El pánico cunde entre la población, y el burgomaestre, que teme por su
vida, dada la fama terrible de los españoles, decide hacerse el muerto para
salvar el pellejo. Ante la cobardía de los hombres, la esposa del burgomaestre
y las demás mujeres deciden hacerse cargo de la situación. Reciben a los
visitantes con gran amabilidad y cortesía, y pronto se ve que son unos soldados
bien disciplinados y alegres, que no hay pillajes ni violaciones, y todo transcurre
del modo más agradable. “Quizá hemos juzgado mal a los españoles”, dice un
lugareño. El duque de Olivares es un encanto de cortesía y comprensión y hace
muy buenas migas con la supuesta viuda del burgomaestre, hasta el punto de que
cuando se entera de que la muerte es fingida decide hacer la vista gorda.
Menudean los encuentros amorosos entre las damas flamencas y los soldados, y éstos
se gastan muy a gusto los dineros en festejar tan agradable acogida. Al día
siguiente, los españoles abandonan el pueblo. Es una despedida triste para
todos. El estreno de La kermesse heroïque provocó escándalos en París y
Bruselas y los nacionalistas flamencos consiguieron que no pudiera estrenarse
en Brujas. En España no se vio hasta 1968» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Como dijo la escritora estadounidense Gertrude Stein: «Escarba
en un español y encontrarás un sarraceno; dentro de un ruso, y encontrarás un
tártaro». Y es que, hasta en Estados Unidos la leyenda negra se ha afianzado
desde un principio y no tiene visos de disminuir su intensidad, eso, a pesar de
que, como Oscar Wilde afirma: «Estados Unidos es el único país que ha ido de la
barbarie a la decadencia sin pasar por la civilización».
Concluyamos esta primera parte con una nueva cita, tan clara
como esclarecedora: «La leyenda negra antiespañola fue una operación de
propaganda montada y alimentada a lo largo del tiempo por el portestantismo
–sobre todo en sus ramas anglicana y calvinista– contra el Imperio español y la
religión católica para afirmar su propio nacionalismo, satanizándolos hasta
extremos pavorosos y privándolos incluso de humanidad» (Mario Vargas Llosa, Leyendas negras que horadan el poder del
enemigo).
LA LEYENDA NEGRA EN AMÉRICA
«Porque creo que todo joven norteamericano ama la justicia y
admira el heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La
razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es
sencillamente que hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo y
sin embargo, nuestros libros de texto no han reconocido la verdad, si bien
ahora ya no se atreven a discutirla... En este país de hombres libres y
valientes, el prejuicio de raza, la más supina de todas las ignorancias
humanas, debe desaparecer... Los hechos que levantan a la humanidad no
provienen de una sola raza... Amamos la valentía, y la exploración de las
Américas por los españoles fue la más grande, la más larga y la más maravillosa
serie de valientes proezas que registra la historia... En mi juventud no le era
posible a un muchacho anglosajón aprender esa verdad y aún hoy es sumamente
difícil, dado que sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de buscar,
en uno o en todos los libros de texto ingleses, un relato exacto de los héroes
españoles, me propuse que ningún otro joven norteamericano amante del heroísmo
y de la justicia tuviese necesidad de andar a tientas en la oscuridad como a mí
me ha sucedido» (Charles F. Lummis, Los
descubridores españoles del siglo XVI: vindicación de la acción colonizadora
española en América, 1893, pág. 25).
Los indigenistas hablan de la heroica resistencia de los «indios
originarios» contra los españoles. Si los españoles no superaban los 200, 300 a
lo sumo, soldados, y teniendo en cuenta que los indios originarios rebasaban
las decenas e, incluso centenas de miles de guerreros, teniendo en cuenta que
conocían el terreno, el clima y las trampas que la naturaleza puso en sus
tierras, ¿cómo es que no exterminaron a los españoles? O los conquistadores
eran los más excelsos, valientes, poderosos e ilustres aventureros, o los
indígenes eran unos cobardes, inútiles, petulantes e idiotas. Sinceramente,
creo que ni lo uno ni lo otro. Como se verá, las tribus, en su mayoría, se
aliaron con los españoles para acabar con sus opresores y, una vez llevada a
cabo la liberación, prefirieron el nuevo orden que habían llevado los
españoles, con sus defectos y virtudes, a cualquiera otra forma de gobierno. No
es la intención del autor remarcar los abusos y las injusticias que los
españoles cometieron en el Nuevo Mundo, de eso ya se encarga la gente común,
curiosamente no sólo extranjera, sino también española. Lo que aquí se ofrece
es una visión más amable y, hasta cierto punto, loatoria del legado español en
los territorios americanos que un día del pasado estuvieron bajo su bandera.
El caso de Las Casas
«Nada de recriminaciones contra España. Los sudamericanos
que reniegan de su origen son suicidas morales y parricidas a medias. España
fue la cuna y el brazo de la nacionalidad. Somos sus hijos cariñosos y ninguna
bandera debe estar como la suya tan cerca de nuestro corazón. Si renegamos del
punto de partida, nos condenamos a edificar en el viento. España está presente
en nosotros con sus grandezas y sus debilidades» (Manuel Baldomero Ugarte, escritor,
diplomático y político argentino).
Excusaba Charles
Lummis a los antiespañoles escudándose en haber sido mal informados. En
parte sí acordamos con él, porque, como diría Alberto Miguel en su libro Una historia de la lectura (1996):
«Alguien que es capaz de leer una frase es capaz de leerlo todo; una multitud
analfabeta es más fácil de gobernar». Luego, continúa Lummis, son todo
parabienes hacia los españoles, más en concreto para los conquistadores.
¿Cuándo, entonces, empezó a extenderse este engaño y, sobre todo, quién es el
culpable, si es que sólo hay uno? Se suele acudir a la Brevísima relación de la destrucción de las Indias y a la Historia de las Indias, ambas obras del
fraile Bartolomé de Las Casas, para establecer los motivos por los cuales
España ha sufrido y sufre, y seguramente sufrirá durante mucho tiempo, las
voces discordantes que reclaman peticiones absurdas de contricción por hechos
acaecidos siglos atrás. No se puede negar que «en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y luego en su Historia de las Indias, el padre Las
Casas ofreció una versión, exagerada por su pasión y frecuentemente plagada de
inexactitudes dictadas por los peores recursos polémicos, de la crueldad
española en la conquista. La destrucción crítica de su Brevísima es sencilla y los hispanófilos ya la han realizado.
Importa reiterar aquí que los rivales europeos de España, famosos genocidas y
vampiros de los pueblos, como los ingleses y holandeses, se lanzaron sobre la
obra de Las Casas como moscas sobre la miel. En las prensas de Alemania,
Holanda y Gran Bretaña se difundieron enseguida las traducciones. Al parecer,
España en sus conquistas empleaba métodos sangrientos. Sus rivales, en cambio,
eran filántropos rebosantes de piedad» (Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana,
Continente, Buenos Aires, 2011, pág. 83). Parece que el cuándo y el quién han
quedado al descubierto; no obstante, ahora surge una nueva pregunta: ¿a qué
exageraciones se refiere Jorge Abelardo? Las Casas estima en el pirmer libro
que entre los actuales Puerto Rico y Jamaica había una población aproximada de
seiscientos mil habitantes, cifra que, en opinión de Luis Alberto Sánchez, es
un tanto desproporcionada. Tomás Blanco también nos apostilla que en el segundo
de los libros mencionados Las Casas afirma que « un español mataba con su lanza
diez mil indios en una hora, o sea 166 por minuto, a casi tres indios por
segundo, tanto como un arma automática moderna». No sólo eso, Elvira Roca nos
hace llamar la antención sobre un fragmento del primero de los libros del
fraile, en el que éste acusa a los conquistadores de «matar niños y azuzar
perros contra los inofensicos indígenas, y ello a pesar de que el propio
Bartolomé acabaría confesando que conoció estos acontecimientos por medio de
terceras personas, y que ni siquiera podría situarlos en el tiempo y el espacio».
¿Por qué, entonces, las obras de Las Casas se toman como
hechos reales? Habría que acudir a Holanda, luego a Alemania e Inglaterra, para
dar una explicación satisfactoria. Fue en los Países Bajos donde, tras su
traducción correspondiente (también fue traducida al francés), se reseñaron las
partes que a los neerlandeses les interesaba con el fin de dar pábulo a la ya
conocida leyenda negra española, y eso que ya hacía cinco lustros que se habían
publicado en España. Ahora, con la Brevísima
relación de la destrucción de las Indias en sus manos, los partidarios de
Guillermo de Orange-Nassau tenían un arma arrojadiza más con que aguijonear a
la España imperial, y espolear, de paso, a aquéllos que aún permanecían dudosos
sobre qué creer y qué no creer de las fábulas que se contaban en torno a la
España de los Habsburgo y al Nuvo Mundo. Al fin y al cabo, como dice Jorge
Abelardo Ramos sobre la obra de Bartolomé de Las Casas en su libro mencionado
arriba: «fue utilizada por los competidores políticos y comerciales de España
para desacreditarla, en particular por Inglaterra y Holanda. Parecería
redundante explicar las piadosas razones británicas para asumir la defensa de
los indios americanos. De las sesenta y seis factorías de esclavos establecidas
en las costas de África en esa época, cuarenta eran propiedad de los ingleses,
cuya experimentada venalidad y feroz dominio en las colonias sólo admite un
paralelo con el demostrado por los holandeses [...]. La refinada perversidad
inglesa en Irlanda, en la India o en los mercados de esclavos, para no hablar
de los esquilmadores holandeses en las Indias Orientales, vuelve inútil hoy
toda disgresión sobre el tema» (pág. 82-83). Es más, el historiador neoyorkino
Moses I. Finley confiesa que «sólo ha habido cinco genuinas sociedades
esclavistas, dos de ellas en la antigüedad: Grecia y Roma»; las otras tres que
menciona más adelante son Estados Unidos, Brasil y el Caribe.
La América
precolombina
Es opinión generalizada que en el continente americano sus
habitantes, antes de la llegada de los europeos, vivían en una especie de
«Paraíso Terrenal», donde la propiedad privada no lo era tanto y los bienes se
repartían de forma amigable y equitativa. Vamos, lo que Voltaire solía llamar
«el buen salvaje», lejos de las intrigas y maldades del hombre blanco.
Basándose en esta idea, una propaganda antiespañola se ha extendido por todas
partes, en especial por el susodicho continente, en donde cada uno cree poseer
la verdad absoluta de lo que ocurría antes, durante y después de la llegada de los
españoles. Obviamente, nada de lo que dicen afecta a ingleses, franceses,
portugueses, alemanes u holandeses, a pesar de que todos ellos llegaron al
mismo continente y cometieron tantas o más atrocidades como las que se les
afirma a los españoles. Pero la realidad dista muy mucho de esa opinión
generalizada: «Desde Brasil hasta los
Grandes Llanos, las sociedades indoamericanas sacrificaban ritualmente víctimas
humanas con el fin de lograr determinado tipo de beneficios» (Marvin Harris, Caníbales y reyes, 1977). La verdad
histórica se ha cubierto con una una leyenda negra americana que Inglaterra se
encargó de engrandecer cuanto pudo y cuyo relevo corresponde a Estados Unidos,
eso sí, siempre con la anuencia de, ¡qué casualidad!, los países anglosajones y
de religión protestante. Quiere eso decir que la leyenda negra nacida en
Europa, pronto se expandió a las tierras del Nuevo Mundo, aunque allí, en las
que correspondían al Imperio español, tardaron bastante en arraigar. Lo malo es
que, una vez enraizadas, les salieron alas y garras. A tal punto esto es
innegable, que, si bien los tintes negreros de la Inquisición y el carácter
español se han diluido un tanto (no mucho) con el paso del tiempo, en cambio
las pinturas de guerra de los conquistadores y sus descendientes se han avivado,
y tal vez aún no han alcanzado la cima.
Mas, antes empezar, veamos qué hay de verdad o mentira en la
vida cotidiana del «salvaje feliz» precolombino. Siguiendo el testimonio ocular
de Hans Staden, marino alemán que naufragó en las costas de Brasil a principios
del siglo XVI, Marvin Harris hace un retrato de lo que sería el sacrificio de
un prisionero de la tribu de los tupinambá:
«El día del sacrificio, el prisionero de guerra, atado por
la cintura, era arrastrado hasta la plaza. Rodeado por mujeres, que lo
insultaban y lo maltrataban, se le permitía, no obstante, desahogarse
arrojándoles frutas o fragmentos de cerámica. Mientras tanto, las ancianas,
pintadas de negro y rojo y engalanadas con collares de dientes humanos, sacaban
las vasijas ornamentales en las que se cocinarían la sangre y las entrañas de
la víctima. Los hombres se pasaban unos a otros la maza ceremonial que se
utilizaría para matarlo con el fin de “adquirir el poder para hacer un
prisionero en el futuro” [...]. Al final, cuando aplastaban su cráneo, todos
“gritaban y chillaban”. Si el prisionero se había casado durante su período de
cautividad, esperaban que la esposa derramara algunas lágrimas junto a su
cadáver antes de unirse al festín posterior. En ese momento las ancianas
“corrían a beber la sangre tibia” y los niños mojaban sus manos en ella. “Las
madres untaban sus pezones con sangre para que incluso los bebés pudieran
probarla”. El cadáver era cuarteado y cocinado a la parrilla mientras “las
ancianas, que eran las más anhelantes de carne humana”, chupaban la grasa que
caía de las varas que formaban la parrilla» (Caníbales y reyes, 1977).
Rituales como éste se producían en tierras que serían
portuguesas, españolas y francesas, pues, incluso, entre la tribu de los
hurones en Canadá se llevaban a cabo situaciones similares de antropofagia. Con
mayor o menor intensidad, estas ceremonias eran por tanto, corrientes en todo
el continente precolombino. Nada nos hace prever al «buen salvaje» o al
«salvaje feliz» tan preconizado por los varios estamentos negrolegendarios.
Por otro lado, y dejando aparte el tema del canibalismo, las
tribus precolombinas no conocían la rueda, algo fundamental en el desarrollo de
la cultura occidental en Eurasia y África. No conocían la escritura, salvo
algunas raras excepciones. Apenas poseían metales, lo que redundaba en la
fabricación de las herramientas y las armas, hechas ambas con madera y piedras;
el oro, la plata y otro tipo de metales son demasiado blandos para utilizarlos
en este sentido. No había animales de los que pudieran servirse como animales
de carga e, incluso, domésticos, si exceptuamos la llama y algún otro, mucho
menos efectivos que los que acabarán llevando los europeos. Ahora bien, a pesar
de todo eso, hubo civilizaciones que construyeron grandes ciudades y
monumentos, como los aztecas, los incas, los chibchas o los mayas. Usaban un
servicio de correos, formado por corredores, bastante efectivo. Cuando recogían
una buena cosecha, algunos pueblos, como los incas, almacenaban el grano
sobrante en grandes silos. A pesar de la falta de la tecnología europea,
incluida la rueda, consiguieron subir grandes rocas de los valles a las cimas y
conducir el agua para las terrazas construidas en las laderas de los montes,
donde cultivaban sobre todo maíz.
El imperio azteca
Antes de nada debemos aclarar que los aztecas no eran los
únicos habitantes de la zona que ocupan actualmente Méjico y los países de la
zona central del continente, así como la mayor parte de los Estados Unidos, cuyos
territorios, no lo olvidemos, también formaron parte del Imperio español (California,
Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington,
Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma, Luisiana, Florida, Alabama, Misisipi
y Alaska eran posesiones españolas que formaban parte del Virreinato de Nueva
España, junto al estado mejicano). Ahora bien, eran los aztecas quienes tenían
bajo su poder a todos, o casi todos los pueblos, del actual Méjico, por cuyo
motivo es natural detenernos en su imperio y su forma de vida, aunque sea de
modo muy breve. Los actuales indigenistas insisten en dotar a estos aztecas de
un calificativo de sociedad altamente civilizada, algo con lo que Marvin Harris
no está de acuerdo: «Según la vieja teoría del progreso constante y ascendente,
el aumento continuo de la producción agrícola debió significar que los aztecas
y sus vecinos gozaron cada vez más de los beneficios de la “alta civilización”,
expresión que los antropólogos no han dudado en aplicarles. Se trata, empero,
de una expresión a todas luces inapropiada» (Caníbales y reyes, 1977).
La vida cotidiana de los aztecas estaba fuertemente influenciada
por la religión, a cuyo dios principal se debían sacrificar constantemente
víctimas humanas, pues su alimento preferido eran los corazones crudos que se
ofrecían en las inmolaciones, en tanto que las extremidades se separtían entre
los guerreros y los sacerdotes para alimento diario. Ese dios era un trasunto
de Moctezuma, un jefe máximo sanguinario e insaciable llamado Huichilobos. No
sólo se trata de sacrificios a los dioses y antropofagia ritual en días muy
concretos, sino que, digámoslo así, era el «pan de cada día», tal y como nos lo
cuenta Juan Zorrilla de San Martín: «El primer mes del año comenzaba en el segundo
día del mes de febrero. En este mes mataban a muchos niños, sacrificándolos en
muchos lugares en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a honra
de los dioses del agua para que les diesen abundantes lluvias [...]. En el
primer día del segundo mes hacían una fiesta en honor del dios Totec, donde
mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos [...]. En el mes décimo hacían
fiestas al dios del fuego; en estas fiestas echaban en el fuego muchos esclavos
vivos atados de pies y manos y, antes que acabasen de morir, los sacaban
arrastrando del fuego para sacarles el corazón» (Juan Zorrilla de San Martín, Historia de América, Ed. Nascimento,
Santiago de Chile, 1950, pág. 47-49). Con estas premisas, no es de extrañar que
los expertos no se pongan de acuerdo en el número de víctimas, variando entre
veinte mil y ciento cincuenta mil al año, como confiesa William Prescott en su Historia de la conquista de México
(1843).
Hay quien trata de limar esta práctica sanguinolenta aludiendo
al honor que suponía ser ofrecido al dios y devorado tras su inmolación, ya que
con ese acto no sólo se cumplía una tradición del pueblo, sino que la víctima
podía regocijarse en su unión con el dios; claro que se da la circunstancia de
que entre las víctimas nunca se encontraba un azteca, sino que eran escogidos entre
los pueblos a los que gobernaban. Insiste William Prescott en que ya nadie pone
en duda esta prácitca, como tampoco existe ya ningún misterio acerca de cómo se
desarrollaba; todos los testigos oculares confirman que las víctimas eran
comidas. Prosigue el historiador estadounidense remarcando la opinión de los
proindigenistas, según los cuales estos sacrificios, aun siendo crueles, no
eran degradantes, «salvo –agregamos nosotros– que les quitaban la vida sin su
consentimiento, sometiéndoles antes a crueles torturas», puntualiza Prescott;
aun más, pues los proindigenistas continúan aduciendo que tales víctimas se
ennoblecían en el proceso, mientras que, en opinión de esos individuos, la
Inquisición europea infamaba a los procesados y los condenaba a la perdición. El
hecho de que estos sacrificios no eran sólo religiosos, lo señala Marvin
Harris: «He seguido el destino del cadáver de la víctima con el fin de
demostrar que el canibalismo azteca no era una degustación superficial de las
golosinas ceremoniales. Todas las partes comestibles se utilizaban de un modo
claramente comparable con el consumo de los animales domesticados. Es legítimo
describir a los sacerdotes aztecas como asesinos rituales en un sistema
patrocinado por el estado y destinado a la producción y redistribución de
cantidades considerables de porteínas animales, en forma de carne humana» (Marvin
Harris, Caníbales y reyes: los orígenes
de las culturas, 1977).
Repetimos que no había entre los muertos ningún azteca.
Éstos, pues, no eran sacrificios a dioses, sino más bien comida que se cazaba
como si fueran especies cinegéticas, de ahí que consumieran la mayor parte de
los días sustrayendo gentes en gran cantidad entre las tribus vecinas, ya que
los fetivales en que se producían estas hecatombes solían durar unos tres
meses, siendo así que, al final del año, se pueden contabilizar un mínimo entre
20.000 y 30.000 personas engullidas por los aztecas. Otra característica suya era
el menosprecio por la condición de la mujer: «El despotismo bajo Moctezuma era
peor que en los más envilecidos Estados del África. Las mujeres eran poco menos
que mercancía. Los reyezuelos y los caciques disponían de ellas a su antojo y
para hacerse presentes. No sólo entre los aztecas, también entre los incas, el
monarca hacía acopio de vírgenes hasta en número de setecientas, para tomar de
allí concubinas» (José Vasconcelos, Breve
historia de México, Continental, México, 1959, pág. 15).
Para hacernos una idea de la magnitud de estos sacrificios,
tenemos a los propios españoles, que acabaron por enterarse de que en 1487,
para festejar la inauguración de la gran pirámide de Tenochtitlán, durante
cuatro días sin interrrupción (día y noche) fueron sacrificados unos
prisioneros puestos en fila, la cual llegó a alargarse tres kilómetros. El
historiador Sherbune Crock calculó un sacrificio cada dos minutos, de modo que,
finalmente, debieron de haber sido unas 14.100 víctimas degolladas. Para
demostrar que esta cifra no es exagerada, tomemos este otro ejemplo narrado por
Andrés de Tapia, compañero de Bernal Díaz, ambos a las órdenes de Cortés, quien
describe una estantería habida en dicha pirámide: «Los postes estaban separados
por algo menos de una vara [un metro] y atestados de varillas en cruz de arriba
hacia abajo y en cada varilla había cinco cráneos atravesados a la altura de
las sienes: el que escribe y un tal Gonzalo de Umbría contaron las varillas en
cruz y al multiplicar por cinco cabezas cada varilla de un poste a otro, como
he dicho, descubrimos que había 136.000 cabezas».
El imperio inca
Que la conquista del Perú difiere de la de Méjico, como
opina Mario Gullo, no es un disparate, pero tampoco es lo más acertado, pues en
ambos casos a un gropúsculo de españoles se les unieron miles de indígenas que
deseaban con todo fervor librarse de un domionio que les estaba llevando a la
destrucción en todos los sentidos. En lo que sí difiere es en la personalidad
del comandante español, porque Francisco Pizarro no era Hernán Cortés ni tenía
sus estudios ni su ingenio natural ni sus valores morales. Aun así, Pizarro
logró aunar las tribus sometidas al imperio inca y derrocar a su líder, si bien
es cierto que, al contrario que con los aztecas, Pizarro contó entre sus
partidarios con algunos grupos incas, disconformes con sus congéneres o tal vez
pretendiendo escalar en los puestos sociales con el favor de los conquistadores
europeos. La antropofagia inca no llega a los límites de la azteca, pero el
número de sacrificios y la crueldad para con los sacrificados están a su misma
altura, cuando no la sobrepasan: «Los soldados incas volvían de la guerra
blandiendo la cabeza de los vencidos en la punta de las picas. Algunos
prisioneros eran despellejados y tranformados en tambores que conservaban la
forma humana, por lo que el cadáver parecía golpear su propio vientre con
varitas que colgaban en las manos. Las cabezas reducidas como trofeos de
guerra, los collares hechos de dientes, los cueros deshollados de las víctimas
convertidos en vestidos y los cráneos transformados en copas donde beber
“chicha”, constituyen un lejano y horrible antecedente de los libros
encuadernados por los nazis con piel de judíos» (Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, pág. 272).
Pero esta brutalidad no se limitaba al ámbito bélico ni las
víctimas eran siempre guerreros vencidos. Decenas de hallazgos arqueológicos en
las montañas, incluidos algunos volcanes, que van desde Arequipa hasta Salta,
conservan suficientes pruebas de sacrificios humanos de niños y niñas llevados
a cabo por sacerdotes quechuas. Estas víctimas no provenían de Cuzco, de donde
se deduce que no eran incas, de manera que habrán de ser de otros pueblos, se
supone que sometidos a su imperio.
Los «indigenistas» de los movimientos actuales de los países
americanos, suelen defender estas atrocidades, tanto las aztecas como las
incas, indicando que las hecatombes suponían un honor, pues con su muerte
hacían que sus almas se unieran a la divinidad suprema, algo con lo que Mario
Gullo no está de acuerdo: «Juan de Betanzos, cronista español del siglo XVI,
relata que, al terminar la remodelación del Templo del Sol, Pachacútec ordenó
enterrar vivos gran cantidad de niños y niñas como ofrenda al dios Sol. Cuando
Pachacútec murió, se enterraron junto a él mil niños y mil niñas de entre
cuatro y cinco años. Para justificar lo injustificable, arqueólogos como José
Antonio Chávez no hablan de la existencia de sacrificios humanos, sino de
“ofrendas humanas”, afirmando que el ritual del sacrificio diginificaba al
asesinado y daba prestigio a su familia. Lo que no pueden justificar es el
hecho de que los sacrificados nunca eran niños quechuas. Si tan bueno era ser
asesinado y tanto prestigio daba a las familias, ¿por qué los quechuas no
entregaban a sus propios hijos para honrar a los dioses?» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra
desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo Planeta,
2021).
Considerándola como un arma ofensica, esos mismos
indigenistas lancean a los españoles de Pizarro como felones y desalmados, criticando
con fiereza la muerte de Atahualpa, estando éste prisionero del conquistador.
Sin embargo, esos mismos indigenistas obvian el hecho de que Atahualpa, aun
estando «prisionero», ordenara la muerte de su propio hermano, Huáscar, por
miedo a que le destronara, y de que, una vez ejecutado, Atahualpa bebió
«chicha» en el cráneo fraterno como festejo de victoria sobre aquél. También
prefieren pasar en silencio el propio carácter del inca: «El relato de las crueldades realizadas por
los generales de Atahualpa en el campo de Yahuarpampa contra los parientes de
Huáscar, mujeres, niños, ancianos ahorcados, ahogados, muertos por hambres es
una siniestra verdad. Atahualpa escarmienta ferozmente a los cañaris, haciendo
abrir el vientre a las mujres encinta, y dar muerte a sus hijos. Sarmiento de
Gamboa dice que Atahualpa hizo las mayores crueldades, robos, insultos,
tiranías “que jamás allí se habían hecho”». (Raúl Porras Barrenechea, Pizarro: el fundador). Frente a eso, el
propio Raúl, en el mismo libro, transcribe la segunda ordenanza de Pizarro: «Que
los indios sean tratados no consintiendo que les sea hecho agravio ni vejación
alguna por los españoles que a cargo los tuvieren [...] Quien sea osado de
hacer mal tratamiento e hiriere alguno de los dichos indios sin causa justa,
sacándoles sangre, además de penas comunes, les sean quitados los indios y
quede inhabilitado para tenerlos. 3º. Que no se tomase ni oro ni plata a los
indios de la ciudad de Cuzco, ni de depósitos ni tesoros, so pena de quinientos
pesos de oro para la Cámara de Su Majestad y el tal oro y plata perdido».
Otra de las acusaciones dirigidas a los españoles es la
apropiación indebida de las tierras que pertenecían a los habitantes
primigenios, cuya posesión, siempre aludiendo al «buen salvaje», y su cultivo
eran ejemplo de comuna. Nada parecido a la realidad. Todas las tierras bajo
dominio inca, lo mismo que bajo dominio «Cem Ānáhuac» (extensión territorial
ocupada por varios pueblos mesoamericanos hasta antes de la conquista de Méjico),
pertenían al soberano de turno; éste las cedía bajo fuertes tributos sólo a sus
parientes militares, los cuales, a su vez, poseían una masa de labradores que
las trabajan sin obtener a cambio sueldo alguno y apenas alimentos.
Las tribus del norte
Las situación de norteamérca antes de la llegada de los
españoles era bien distinta de la del resto del continente en cuanto a
canibalismo y crueldad, pero no en cuanto a violencia tribal, tal como Elvira
Roca nos apunta: «La provincia de Sonora estaba formada por parte de lo que es
el actual estado de Sonora en México y parte de los estados de Arizona y Nuevo
México de Estados Unidos. Constituía un territorio fronterizo e inestable al
que los españoles llamaban Tierra Adentro. En el momento del contacto, la
región estaba habitada por varias tribus seris (cazadores recolectores) que
guerreaban incesantemente entre sí y con otras tribus. Vivían también en el
territorio los pimas, divididos en pimas altos y pimas bajos, según su zona de
asentamiento. Eran semisedentarios. En el sur estaban los yaquis y los mayos,
que eran agricultores. La zona central y noroeste estaba ocupada por otro grupo
también agricultor, los ópata» (Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016).
José Rafael Rodríguez Gallardo reafirma esta visión del
mundo tribal de Tierra Adentro (pimas, pápagos, mayos, jiraharas, chalqueños,
etc.), añadiendo el odio acervo entre algunas de ellas, como los yaquis y los
pimas bajos, ya que «decirle a un yaqui, “pima”, o a un pima, “yaqui”, es la
mayor afrenta y asunto que exige tomar venganza del improperio».
La llegada de los españoles
Es seguro que antes de que Cristóbal Colón arribara al
continente americano, ya lo habían hecho con anterioridad los vikingos. Hasta
es posible que otros pueblos hubieran estado en contacto con las tierras y los
habitantes de este continente. No obstante, no fue hasta la llegada de los
españoles que se tuvo conciencia de que dos mundos, que cohabitaban el mismo
planeta y no tenían noticia mutua alguna de su existencia, se daban la mano,
bien es cierto que con desigual influencia, pero no por ello se debe restar
importancia a este acontecimiento. Éste es el motivo de la celebración del Día
de la Hispanidad, y no otro, como los «indigenistas» y otras facciones
políticas y sociales pretenden recalcar. Se celebra el encuentro de dos mundos,
no supone un símbolo de conquista y opresión. Claro que, como dice el escritor
madrileño, «es más sencillo arrojar al fuego a quien osa cometer actos que
ocasionan zozobra a sus conciudadanos» (Lorenzo Silva, La flaqueza del bolchevique, 1997). Las civilizaciones con que se
encontraron los conquistadores españoles, aunque avanzadas, permanecían
ancladas en una prístina moralidad de violencia, la de aztecas e incas,
principalmente. Es cierto que existieron episodios sangrientos, de abuso de
poder y de injusticias; pero, si había que cambiar algo para un futuro mejor,
primero había que afrontar el presente. Los conquistadores debieron de pensar
con Joshua Bedwyr que «si debes luchar contra un mundo miserable, a veces debes
ser tan miserable como el mundo» (En un
mundo azul oscuro, 2013). Y, aun así, ésa no fue su directriz principal,
sólo un primer reflejo, hasta establecer un punto de partida.
Frente a aquéllos que insistern contumaces, en todo el
sentido del adjetivo, en el despotismo español más allá de los límites de lo
permitido, cabría hacerse una simple pregunta: ¿por qué, entonces, duró tanto
ese dominio, algo más de trescientos años? En un primer momento, las tribus
sometidas a aztecas e incas vieron en los españoles un gobierno mucho más
benigno que el que les tenía subyugados, por eso se aliaron con los
extranjeros. Pero, una vez derrotados Moctezuma y Atahualpa, ¿qué les impedía
expulsar o, simplemente, aniquilar a los españoles? Ellos se contaban por
centenares de miles y los españoles apenas llegarían a doscientos o
trescientos; España nunca tuvo un ejército propio en América, y muchos de los
soldados que por ahí andaban eran, en su mayoría, mercenarios a sueldo o
civiles reconvertidos en militares. Desde luego, no podían temerles: ya estaban
familiariizados con las armas, con los caballos, con las tácticas; ellos
contaban con muchísimos más guerreros, con el conocimiento del lugar, con la
sorpresa. A pesar de tenerlo todo a favor, no sólo no se opusieron a los
españoles, sino que les acogieron no como los nuevos amos, sino como el nuevo tutelaje.
De hecho, cuando la llama del independentismo prendió, en tan sólo quince años
todo el imperio americano se hizo añicos, con multitud de repúblicas
independientes. Seguramente en aquellos tiempos anteriores a la emancipación
los americanos eran conscientes de que vivían en un estado de bienestar que ni
siquiera en Europa se podían imaginar. ¿Alguien ha reparado en que durante los
trescientos años de dominio español en América no hubo allí una sola guerra,
aparte de algunas sublevaciones y rebeldías, mientras que en Europa se
multiplicaban los conflictos bélicos a gran escala?
Antes de continuar sería conveniente anotar cierta anécdota
desconocida por la mayor parte de los aficionados a la Historia. Lo que todos
conocen es que en 1494 se firmó en Tordesillas un tratado entre Castilla y
Portugal con la anuencia del Papa, en el cual se establecía la división entre
ambas coronas de las nuevas tierras descubiertas o por descubrir en el nuevo
continente, merced a lo cual Portugal se introdujo en el acutal Brasil. Ahora
bien, lo que se suele desconocer o soslayar sin motivo aparente, es que este
tratado fue una rectificación de una bula del año anterior, según la cual la
línea divisoria estaba más al este; es decir, que los territorios de Brasil
hubieran correspondido a la corona castellana.
Conquistadores y conquistados
Habría que hacer cierta distinción entre el asentamiento
español en las islas caribeñas y el del continente. Las primeras supusieron un
encuentro ciertamente muy desigual a favor de los recién llegados, en el
segundo el encuentro resultó más dramático. En el primer caso, los españoles se
encontraron con unas tribus dispersas con una sociedad poco desarrollada, que
se dedicaban a guerrear, acudiendo de isla en isla, practicando la antropofagia
con los guerreros capturados. En cambio, cuando llegaron al continente los
españoles toparon unas civilizaciones desarrolladas, cuyos distintos pueblos se
hallaban, en su mayoría, bajo el dominio de un emperador todopoderoso, brutal,
sanguinario y cuya práctica del canibalismo iba más allá del simple ritual
religioso. En cuanto las tribus sometidas comprendieron el verdadero poder de los
extranjeros, trataron de atraerlos a su causa: librarse del yugo imperialista,
ya sea el azteca, ya sea el inca. Ejemplo de ello fueron las expediciones de
Hernando (Hernán) Cortés y de Francisco de Pizarro. Se dice que los españoles
destruyeron tanto el impero azteca como el inca; sin embargo, no es del todo
ajustado a la realidad. El escaso número de soldados a las órdenes de Cortés y
Pizarro no hubieran logrado siquiera molestar a tan grandes imperios, si no
fuera que las tribus sometidas a aztecas e incas no se hubieran unido a los
nuevos guerreros, hastiados ya de la crueldad mostrada por sus viejos amos,
cuyos modos de trato acabamos de ver más arriba. Así, podemos dar la razón a Elvira
Roca, cuando dice que «en el asedio de Tenochtitlán, Cortés contó con el apoyo
de unos 200.000 indígenas. El avance de Gonzalo Jiménez de Quesada por
territorio panche se hizo con 50 españoles y unos 15.000 muiscas en 1537. La
conquista del Cuzco la llevaron a cabo 190 españoles con Francisco Pizarro al
mando de 30.000 muiscas, cañaris y chachapoyas» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
Cuando Cortés se entrevista con Chicomacatl, según nos lo describe Bernal Díaz
del Castillo (testigo presencial de las campañas de Cortés), éste les refiere
el gran poderío de los mexicas y su extensa influencia, pero al mismo tiempo
reseña el descontento que reina en las tribus sometidas a ese poderío (tlaxcaltecas,
otomíes, huejotzingos, xochimilcos, cholultecas [cholulas], chinantecos,
totonacas); de esta entrevista nacerá la coalición de los españoles y de los
americanos contra el Imperio Azteca, de modo que estamos en condiciones de
afirmar con Eduardo Corona Sánchez que «Cortés no dividió el Estado [azteca] para
conquistarlo, sino que integró la rebelión de los pueblos mesoamericanos contra
Tenochtitlán». Esto nos hace pensar que los aztecas ejercían sobre las tierras
y sus habitantes bajo su dominio una presión similar, incluso más lóbrega, que
la de Josef Stalin en la Unión Soviética o de Adolph Hitler en Alemania, tal
como la historiadora australiana comenta de forma humorística en su libro Aztecs: an interpretation (Cambridge
University Press, 1991), donde escribe que «lamentar la desaparición del
Imperio azteca es más o menos como sentir pesar por la derrota de los nazis en
la Segunda Guerra Mundial» [según cita de Elvira Roca].
Además, y ya referido también al Imperio inca, de lo
anteriormente dicho se deduce que en realidad no fueron los españoles quienes
acabaron con estos imperios, sino una coalición de tribus indígenas (guaraníes,
cañaris, huancas, chachapoyas, yanaconas, muiscas) comandadas por generales,
éstos sí, españoles. Por lo que respecta a las decisiones posteriores a la
conquista de ambos imperios, también aquí nos hallamos ante dos tendencias bien
dispares: la que acusa a los españoles de intento de exterminio de la población
indígena, y la que los absuelve de sus destrozos, que los hubo, por ser éstos
muy inferiores a la prosperidad consecuente. Los que apoyan la primera
tendencia rechazan de plano el derecho que se arrogó España para invadir un
territorio que no le correspondía e imponer unas leyes y unos valores ajenos a
lo que había sido el continente precolombino. No obstante, éstas son
consideraciones basadas desde la perspectiva actual, que casi nada tienen en
común con las de otras épocas, cuando los países, europeos principalmente,
intentan extenderse fuera de su continente creando colonias en lugares alejados
de la metrópoli, casi siempre en busca de materias primas y de un comercio más
boyante. Y aun así, España se adelantó varios siglos en el tiempo mediante una
serie de medidas que los descalificadores actuales parecen soslayar, y así lo
reconoce Gustavo Gutiérrez: «Es importante recordar que sólo en España se tuvo
el coraje de realizar un debate de envergadura sobre la legitimidad y justicia
de la presencia europea en la Indias» (Gustavo Gutiérrez en su libro Dios o el oro de las Indias. Siglo XVI,
Instituto Bartolomé de las Casas, Lima, 1989, pág. 13). Acudamos a la Historia,
pues. El 13 de abril de 1550 Carlos I ordenó detener la conquista de las nuevas
tierras para debatir si era justo y de recta moralidad no ya hacerse con nuevos
territorios, sino someter a los pueblos de esas mismas tierras, siquiera para
mudar sus hábitos y creencias; para este fin fue creada una Junta Constitutiva
para las Indias. A este respecto comenta el historiador Luis Han: «Ninguna otra
nación colonial se esforzó con tanta constancia o vehemencia para determinar el
trato justo quedebería darse a los pueblos aborígenes bajo su jurisdicción».
Ya con anterioridad los Reyes Católicas habían dejado
constancia de que la intención de la Corona no era la simple conquista: «Es
nuestra voluntad que los indios e indias tengan, como deben, entera libertad
para casarse con quien quisieren, así con los indios, como con los naturales de
nuestros reynos, o españoles, nacidos en las Indias, y que en esto no se les
ponga impedimento. Y mandamos que ninguna orden nuestra que se hubiere dado, o
por Nos fuere dada, pueda impedir, ni impida, el matrimonio entre los indios e
indias con españoles, y que todos tengan entera libertad de casarse con quien
quisieren, y nuestras Audiencias procuren que así se guarde y cumpla» (Cédula
Real del 19 de octubre de 1514. Ley 2, tít. I, lib. VI). A este respecto,
parece que los Reyes Católicos estuvieran, en cierto sentido, obsesionados con
el mestizaje, pues establecen que «asimismo procure [el gobernador] que algunos
cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con
indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser
doctrinados en las cosas de nuestra Sante Fe Católica». A la fuerza debemos
estar de acuerdo con Mario Gallo cuando insinúa que más que recomendación real
debía ser imperativo real el de llevar a cabo el mestizaje y no la segregación;
en este sentido sería oportuno indicar que en los democráticos y liberales
Estados Unidos los matrimonios interraciales han estado prohibidos por ley
hasta ¡1967!; y en California también estuvo vedado el matrimonio entre blancos
y malayos o mongoles hasta 1948.
En cuanto al número de muertos de los indígenas, si bien se
ha exagerado enormemente en casi todos los medios, es de uso normal remitir las
culpas a la intervención militar y a las enfermedades que los españoles
llevaron consigo al Nuevo Mundo, como si franceses, ingleses, holandeses y
portugueses no hubieran contribuido a ello. Por ejemplo, se dice que Alonso de
Ojeda, al mando de cincuenta hombres, había masacrado a diez mil nativos en la
isla La Española; ¿cómo sólo cincuenta hombres, por muy expertos que fueran
disparando con mosquete, pueden derrotar siquiera a tan numerosos guerreros,
aunque éstos lucharan con piedras y palos? Ahora bien, casi siempre se olvida,
incluidos muchos historiadores, de que el número de indígenas no sólo mermó a
causa de esos dos motivos. Se manejan cifras desorbitantes, aprovechando la
imposibilidad de un censo precolombino, aunque los más prudentes suelen rondar
la cifra de diez millones de habitantes antes de la llegada de los españoles. Existe
una tercera vía por la que desaparece la población indígena, aunque, claro
está, si se recurre a ella pierden sentido muchas de las acusaciones venteadas
contra los españoles; y esa vía es el mestizaje: «Matemática y obviamente, dado
que las mujeres indias producían niños mestizos, el número relativo de indios
declinaba, puesto que el mestizo ya no es indio de pura sangre. Esta es una
circunstancia significativa que muchos escritores olvidan de tomar en cuenta,
con una indiferencia lascasiana en sus conjeturas sobre la disminución
indígena» (José Vasconcelos, Breve
historia de México, México: Compañía Editorial Continental, 1978, págs.
47-50). Sea como fuere, lo que sí está claro es que los españoles, desde el
mismo momento de su llegada, o casi, contabilizaron el número de personas que
habitaban los lugares que iban alcanzando, de modo que, si no se sabe cuántos
había antes de ellos, sí se puede hacer una aproximación después, algo que lo
diferencia de la actitud francesa. Las colonias francesas en América, Nueva
Francia, abarcaban desde Terranova al lago Superior y desde la bahía de Hudson
hasta el golfo de México. En 1666 se censó a la población: 3.215 residentes.
¿Cómo es posible que se de una cifra tan baja? Sencillamente, porque no
contabilizaron a los indígenas, sólo a los nacidos en Francia o de hijos de
padres franceses, el resto no eran considerados personas o, por lo menos, se
desentienden por completo de ellos.
Cómo no aseverar que desde el punto de vista jurídico el
Nuevo Mundo no fue una colonia española. Tan España eran aquellas tierras como
lo eran las de la península, y los indígenas americanos eran tan ciudadanos
españoles como los peninsulares, todos ellos eran súbditos de la Corona. De lo
contrario no se podría entender este texto de 1580 rescatado por Thomas James Dandelet en La
Roma española (pág. 147): «Siendo esta cofradía propria de la Nación
española es necesario que el que huviere de ser admitido a ella sea español y
no de otra nación; la qual qualidad de ser español se entienda tener para el
dicho effetto tanto el que fuere de la Corona de Castilla como de la de Aragon y
del Reyno de Portugal y de las Islas de Mallorca Menorca Cerdena e islas y
tierra firme de entrambas indias sin ninguna distinction de edad ni de sexo ni
de estado» (Archivo de la Obra Pía, Roma, leg. 71, fol. 771).
¿Eran éstas las directrices de otros colonizadores como
Inglaterra, Francia, Portugal u Holanda? Nada más lejos. Cuando los españoles
se encuentran con los indígenas americanos, pronto les otorgan la ciudadanía
española; son tan españoles como los nacidos en la Península Ibérica. Por el
contrario, los demás países establecen una serie de colonias, se mantienen
alejados de los naturales del lugar, comercian con ellos, extraen las materias
que les resultan últiles y, si los nativos tienen suerte, se van; de no irse,
los habitantes originales acaban en la esclavitud o en el genocidio. El mejor
ejemplo coetáneo fue el de Inglaterra en el norte del continente americano, y
posteriormente el de Estados Unidos, tal y como Elvira Roca lo puntualiza: «Puede
el lector fatigar las leyes británicas y las actas parlamentarias. En vano. No
encontrará leyes sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que
se iban conquistando en Norteamérica o planes para su integración. Simplemente
no existen. Nadie se plantea (los clérigos tampoco) que tengan alma, o que
necesiten atención hospitalaria o que se pueda pactar con ellos [...]. Pactar
con los indios no era imposible, pero había que querer hacerlo. Ni siquiera en
el momento de mayor necesidad supieron los padres fundadores estadounidenses
acercarse a aquellas gentes extrañas» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016). Este
comportamiento inglés no sólo se manifiesta con las tribus americanas, sino que
es un referente común en todas sus colonias, no pudiéndose achacar a la
política seguida por los gobernantes, sino al propio carácter inglés. Cuenta
Mario Gullo en su libro ya mencionado que «cuando algunos ingleses –hombres de
negocios o administradores coloniales– construyeron sus primeras casas en los
citados puertos [Hong Kong, Shangái, Cantón, Amóy, Foochow y Ningbo], colocaron
en sus jardines un cartelito que decía “prohibido pisar el césped a perros y a
chinos”».
Mientras los ingleses se conducen de tal modo, los
españoles, en cuanto a los territorios de los actuales Estados Unidos, sí
pactan con las tribus, median entre las que están en guerra hasta conseguir la
paz y, cuando ya se han agotado las líneas parlamentarias, utilizan la fuerza
para defenderse de las agresiones externas, pero no ellos, sino pactando con
las tribus aliadas. Es el caso de las naciones apaches, que se internaron
varias veces en territorios sureños para luchar contra los españoles y las
tribus aliadas de éstos. Se puede afirmar que, salvo alguna excepción, la
llamada Tierra Adentro fue pacificada mediante pactos, pues, siguiendo a Elvira
Roca: «La única presencia militar española en todo el territorio era el fuerte
de Sinaloa, que estaba a 140 leguas [unos 676 kilómetros] de la frontera más
cercana y a 240 [1.159 kilómetros] de la más septentrional. Consta que hasta
mediados del siglo XVIII la dotación no pasó de 50 hombres. Estamos hablando de
un territorio que equivale a media España y de una frontera de casi 1.000
kilómetros que dependían casi exclusivamente de las tropas y de la organización
indígena», lo que guarda gran similitud con mesoamérica y suramérica. Quiere
ello decir que los pactos con los indígenas no eran una excepción con Cortés o
Pizarro, sino una política común a todos los conquistadores. Hemos dicho que
los españoles pacificaron las tribus de Tierra Adentro, pero no sólo eso, sino
que las que cultivaban la tierra la conservaron, y a las que, siendo cazadoras
o pescadoras, se decidieron por la agricultura, se les concedieron tierras con
propiedad privada para ello, y aun las que prefirieron conservar el estilo de
vida de cazadores, gozaron de un regalo extra, el caballo: «En el siglo XVI,
los españoles introdujeron el caballo en el Nuevo Mundo. A medida que la
frontera española se fue desplazando hacia el sudoeste del territorio actual de
los Estados Unidos, los caballos fueron a parar a manos indias. Después, a
través del robo y el trueque, la cultura equina se extendió con rapidez de una
tribu a otra. En 1630, no había ninguna tribu que montara a caballo, sin
embargo, hacia 1750, todas las tribus de las llanuras y la mayoría de los
indios de las Montañas Rocosas lo hacían. El caballo no creó la cultura del
búfalo, pero facilitó, en gran medida, la caza» (Peter Cozzens, La tierra llora, 2016).
La actitud hipócrita y deshumanizada del colonialismo inglés
fue heredado, cómo no, por sus descendientes americanos, de modo que los
estadounidenses, una vez sacudido el yugo de la Metrópoli, comenzaron a
extenderse por las regiones que les eran fronterizas sin pararse a negociar con
tal o cual tribu, hasta el punto de que uno de sus propios generales siente
cierta zozobra al confesar: «No me extraña, y es probable que a usted tampoco,
que cuando los indios ven a sus mujeres y a sus hijos morirse de hambre y cómo
les arrebatan sus últimas fuentes de alimento, se dispongan a luchar. Y
entonces nos envían a nosotros allí a matarlos. Es una atrocidad. Todas las
tribus cuentan la misma historia. Están rodeados por todas partes, el juego
consiste en eliminarlos o echarlos, se les deja que mueran de hambre, y solo
les queda una cosa por hacer: luchar mientras puedan. El modo en que tratamos a
los indios es un escándalo» (George Crook, general del Ejército de los Estados
Unidos).
Infundios sorprendentes y verdades incómodas
la esclavitud
Como curiosidad, y refiriéndonos a los «conquistadores», el
ya mencionado Mario Gullo nos cuenta una anécdota que seguramente habrá de
sorprender a más de uno, sobre todo a aquéllos que han tachado, y aún tachan,
de racistas a los españoles de aquella época, en la que la esclavitud estaba a
la orden del día y el racismo compaba a sus anchas, puesto que se suele
mencionar a España como gran importador de esclavos africanos en el nuevo
continente, cuando, a decir verdad, el número que de ellos España llevó a América
es ínfimo, si lo comparamos con al tráfago de ingleses y holandeses,
fundamentalmente. Y aun así, los esclavos en España tenían ciertas
prerrogativas, una quimera en otras latitudes, pues poseían algunos derechos,
como el de acumular dinero y propiedades, e incluso podían denunciar a sus amos
ante los tribunales si éstos tenían un comportamiento cruel hacia ellos, siendo
la multa económica o la liberación del esclavo; por supuesto, podían comprar la
libertad, de modo que en la Cuba de princpios del siglo XIX casi toda la
población negra era libre. Y aún más, en el Fuerte Mosé (Gracia Real de Santa
Teresa de Mosé), en Florida, existió la primera ciudad de negros libres.
Pero, vayamos, sin más, con Mario Gullo: «No es un dato
menor que, junto al pueblo español, llegara a América Juan Garrido, el
conquistador negro del siglo XVI. Nacido en África alrededor de 1480, se
trasladó muy joven a Portugal, donde se convirtió al cristianismo. Ya como
hombre libre, Garrido se puso al servicio de la Corona española y en 1510 tomó
la decisión de aventurarse a cruzar el Atlántico. En el Caribe combatió en
numerosas campañas militares participando en la conquista de Cuba y en las
expediciones de Juan Ponce de León a La Florida, Puerto Rico, Guadalupe y
Dominica. Además, el destino quiso que formara parte de los regimientos de
Hernán Cortés en la conquista de México: combatió en Tlaxcala y tuvo una
destacada actuación en el asedio de Tenochtitlán. Derrotado el imperialismo
azteca y extirpado para siempre el canibalismo, tuvo una granja en Coyoacán y
se convirtió en la primera persona que cultivó trigo en el Nuevo Mundo. El
conquistador negro Juan Garrido se casó con la hidalga Francisca Ramírez, de la
casa del conquistador Rodrigo Rangel, el español más viejo que participó en la
conquista de México. Rodrigo y Francisca tuvieron tres hijas. Eso lo dice todo
sobre el supuesto racismo español [...]. También es importante mencionar que,
además de Juan Garrido, hubo otros conquistadores negros que destacaron por su
valentía, entre los que mencionaremos a Sebastián Toral, que participó en la
exploración de la península de Yucatán bajo las órdenes de Francisco de
Montejo; Pedro Fulupo, que luchó en Costa Rica; Juan Bardales, que intervino en
las expediciones de Panamá y Honduras y a quien el rey premió con una pensión
vitalicia de cincuenta pesos por su valor en combate; Pedro de Lerma, que luchó
en Nueva Granada; el capitán de caballería Antonio Pérez Africano, natural de
Orán, y Juan Portugués, que acompañaron a Diego de Losada en la ocupación de
Venezuela; al sevillano Miguel Ruíz, que prestó servicios en Perú bajo las
órdenes de Francisco Pizarro; Juan García, que, nacido en Extremadura alrededor
de 1495, colaboró en la conquista del Imperio inca y regresó a España siendo un
hombre rico; el capitán Juan Valiente, que estuvo junto a Pedro de Valdivia en
la conquista de Chile y murió en la batalla de Tucapel en 1553; el capitán Juan
Beltrán, que también encontró la muerte en Chile combatiendo contra los
araucanos, y Gómez de Leóny Leonor Galiano, que, como los anteriores,
integraron las tropas del conquistador de Chile y fueron premiados con
importantes enconmiendas. Es imprescindible aclarar que todos ellos, tanto los
que hicieron fortuna como los que apresuraron su encuentro con la muerte,
habían decidido libremente participar de la conquista de América» (Mario Gullo,
Madre Patria. Desmontando la leyenda
negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo
Planeta, 2021).
Además del comercio de esclavos africanos, también se enarbola
contra España la supuesta esclavitud a la que se sometió a los indígenas
americanos, al menos a los que no masacraron con las armas y las enfermedades.
En fin, si fuera verdad esto último, pocos indígenes habrían quedado para
esclavizar. Para colmo y sin ir más lejos, Rodrigo de Bastidas prohibió la esclavitud
de los indios en su gobernación de Tierra Firme (Colombia). Ya vimos más arriba
que estas acusaciones no tienen el más mínimo sentido; no hay más que acordarse
de la tendencia a la mezcolanza cultural, sanguínea e, incluso, religiosa, ya
que el catolicismo se extendió por todo el continente permitiendo ciertas prácticas
surgidas de usos y costumbres anteriores a Colón. Los que señalan a España como
gran opresor, son los mismos que se enorgullecen de su liberalidad, de su
humanidad, de su trato igualitario. En nada se parecen el «abominado» Hernando
Cortés al «venerado» Thomas Jefferson. ¿Acaso Jefferson no tenía esclavizada a
Sally, con quien tuvo varios hijos? ¿Y a su hijo negro, Eston Hemings, no lo
tenía por un «simple y despreciable esclavo»? ¿No firmó la famosa acta en que
se declaraba que todos los hombres nacen iguales y libres, en tanto mantenía un
buen número de esclavos en su plantación? ¡Qué lejos de él estaba el amoral
Cortés, que se casó con una aborigen, a cuyo hijo mestizo, Martín Cortés
Malintzin, dio la mejor educación que pudo, un mestizo de «rostro cobrizo y
rasgos indígenas», amigo que fue del que habría de ser el futuro rey Felipe II,
con quien de niños jugaba por los pasillos del Palacio Real! Por supuesto, éste
no era una excepción, sino el estándar, el caso más corriente. Todavía podemos
escarbar más, puesto que «los jefes indios hereditarios se hallaban exentos de
pago del tributo y otras exacciones que afectaban al común de los indios, y de
derecho y de hecho estaban en un plano de igualdad con los blancos [...]. Donde
los españoles hallaron una genuina nobleza nativa, no trataron de abolirla,
como podía suponerse, sino que casi alentaron su supervivencia» (Clarence H.
Haring, El Imperio hispánico en América,
Peuser, Buenos Aires, 1958, pág. 253). Enfatizando un poco más este aspecto, en
el testamento del conquistador extremeño se puede leer: «Como es muy dudoso si
ha podido en conciencia un cristiano servirse como esclavos de los indígenas
prisioneros de guerra, y como hasta ahora no se ha podido poner en claro esta
punto importante, mando á mi hijo Martín, y á sus descendientes que le succedan
en mi mayorazgo y estados, que tomen todos los informes posibles sobre los
derechos que pueden legítimamente egercerse sobre los prisioneros. Los naturales
a quienes despues de haberme pagado tributos se les ha forzado á prestar
servicios personales, deben ser indemnizados, si se decidiere que no se pueden
exigir tales servicios» (Alexander von Humboldt, Ensayo político del Reino de la Nueva España).
Hubo esclavitud de indígenas. Pues claro que sí, pero era
ilegal y siempre que se pudo, se luchó contra ello. Veamos un caso. Lucas
Vázquez de Ayllón, oidor de La Española, contrató a un experimentado marino
llamado Francisco Gordillo, a quien encargó la exploración preliminar de la
costa este de América al norte de la Florida para buscar y localizar un paso a
las Islas de las Especias. Con él iba Pedro de Quexo. En 1523 «pisaron tierra
en las cercanías del Cabo del Miedo —Cape Fear— en Carolina. Allí tomaron
contacto pacífico con los indios, pero movidos por su ambición y falta de
escrúpulos capturaron con engaños a todos los que pudieron y los llevaron a La
Española para que trabajasen en las minas y en las plantaciones como esclavos. Las
brutales acciones de Gordillo y de Quexo indignaron al gobernador de la isla,
Diego Colón, ya que las leyes de la Corona de Castilla no permitían esclavizar
a los naturales, pero enfadó también al promotor de la expedición, el propio
Vázquez de Ayllón, puesto que traer esclavos no figuraba en absoluto entre las
órdenes que llevaba Gordillo. Ayllón sospechaba que cuando se supiese en España
lo ocurrido tendría problemas con la Corte, como así sucedió» (Fernando
Martínez Laínez, Banderas lejanas).
Puntualizando con más detalle, si nos adentramos en
documentos, que cualquier historiador o curioso puede ojear, toparemos con que
el linaje de Moctezuma no sólo no se extinguió con su muerte, sino que sus
descendientes entraron a formar parte de la nobleza española en igual de
condiciones que el resto de nobles, con sus mismos privilegios y deberes. Lo
mismo ocurrió en el sur, con los descendientes de Atahualpa. Sólo un exiguo
número de historiadores especializados, y algún que otro curioso aficionado,
sabe que Carlos I fue legitimado por los propios incas para ser su rey,
reconociéndolo como descendiente legímito del imperio inca, por el cual motivo
Carlos I se proclamó como decimoquinto emperador inca. Por otro lado, los demás
herederos de Atahualpa conservaron el trato de alteza, de tal modo fue así, que
en cierta ocasión en que en Lima una descendiente acudió a una misa, al pasar
por las calles los indígenas agachaban la cabeza en señal de reconocimiento,
acto que repetían los españoles de forma espontánea. Tal fue el sincretismo
entre los dos grandes imperios. Para quien necesita pruebas más palpables, está
Francisca Pizarro Yupanqui, hija del español Francisco Pizarro y la princesa
inca Inés Huaylas Yupanqui, la cual hija acabó viviendo en España como una
noble, con su propio palacio en Trujillo. Pero no es un caso único; podríamos
enumerar algunos de los descendientes del Inca: Pedro Moctezuma, Antonio
Huirziméngari Mendoza y Calzoncín, Leonor Yupanqui, Beatriz Clara Coya, Teresa
de Ascencio, Elvira de Talagante...
Otro tanto podemos hacer con respecto a los herederos
mexicas, así Tecuichpo Ixcaxochitzin que fue primero esposa de su tío
Cuitláhuac y posteriormente de Cuauhtémoc. A la muerte de éste, fue bautizada y
llamada Isabel de Moctezuma por Hernán Cortés y los españoles. Se casó tres
veces más, las tres veces y por decisión de Cortés con españoles, teniendo con
ellos en total seis hijos legítimos de ambos sexos y una más que no reconoció,
Leonor Cortés Moctezuma, que tuvo con el propio conquistador extremeño. Fue
considerada como la legítima descendiente de Moctezuma II y, como tal, se le
dio la encomienda de Tlacopan, la más grande del Valle de Anáhuac. Murió en
1551. La corona española otorgó a sus descendientes el título de Condes de
Miravalle. Otros descendientes son: Tlacahuepantzin Yohualicahuacatzin
(bautizado como Pedro de Moctezuma) o Xipaguatzin (bautizada como María de
Moctezuma), por citar sólo a dos. Aun más, el segundo conde de Moctezuma fue el
hijo de Pedro Tesifón, llamado Diego Luis de Moctezuma y Porres; éste, a su vez,
tuvo un hijo ilegítimo, Pedro Manuel Moctezuma, cuya nieta Bernarda de
Moctezuma y Salcedo nació en 1716 y se casó en 1739 en Ronda con Pedro Morejón
Girón y Ahumada, emparentado con la Casa de Girón, uno de los linajes españoles
más exclusivos. Uno de sus hijos fue Jerónimo Girón y Moctezuma; este hombre
fue III marqués de las Amarillas y un general que participó en la Guerra de
Independencia de los Estados Unidos, teniendo un papel destacado en la victoria
obtenida sobre los ingleses en la batalla del Fuerte Charlotte (Mobile,
Alabama, 1780); a su vez, su hijo, el general Pedro Agustín Girón Las Casas, IV
marqués de las Amarillas y I duque de Ahumada, fue uno de los principales
generales españoles durante la Guerra de la Independencia Española; por último,
Pedro Agustín sería padre de Francisco Javier Girón Ezpeleta, descendiente de
Moctezuma Xocoyotzin en undécima generación y fundador de la Guardia Civil. Y
ya no digamos nada de Esteban Moctezuma Barragán, el actual embajador de México
en Estados Unidos, descendiente de Moctezuma. Según la historiadora mejicana
Blanca Barragán Moctezuma, también descendiente del emperador, en la segunda
década del siglo XXI había entre 600-700 descendientes de Moctezuma II en
México, y en España alrededor de 350.
Por supuesto, quedan muchos más por mencionar, tanto del
verreinato de Nueva España como del de Perú. Menos mal que, según reza la
leyenda negra, los españoles se empeñaron en exterminar y esclavizar a los
nativos americanos, de lo contrario estaríamos invadidos por sus descendientes.
Si echamos un vistazo más al norte, a Estados Unidos, comprobaremos que también
allí pervive la nobleza y los altos cargos en manos de «sus nativos»;
seguramente habrá algún embajador apache, algún senador cheyene, un alcalde
chiricagua o un magnate comanche, por señalar algunas de las naciones indias
más conocidas.
la Inquisición en América
Un tema al que se hacen pocas referencias es el de la
Inquisición española en Hispanoamérica, y, cuando surge, se ahonda en el
fanatismo, la intransigencia, la crueldad y las ejecuciones llevadas a cabo por
los inquisidores. Claro que esto no se sostiene desde ningún punto de vista, de
ahí la escasa verosimilitud que le dan los propios «indigenistas». Durante los
trescientos años de dominio español se celebraron en Hispanoamérica 1.526
juicios de este tipo, en donde fueron juzgadas 1.477 personas. La mayoría de
las penas consistían en rezos o en vestir sambenitos; tan sólo se produjeron 32
ejecuciones y ninguna de ellas correspondió a los indígenas. Treinta de los
ejecutados eran extranjeros. El primer ajusticiado fue un francés que en su
busca de oro cometió diversos delitos de lesa majestad; también hubo tres
ingleses, acusados de piratería, y muchos portugueses. Los tribunales
inquisitoriales eran tan benignos, que cuando alguien era llevado a un tribunal
civil, blasfemaba como poseso hasta convencer a sus captores de que debían
llevarlo a la Inquisición, de donde solía salir sin pena alguna.
Aportemos algunas fechas en la instalación de los primeros
Tribunales del Santo Oficio: Lima, 1569; México, 1570; y Cartagena 1610. La
Inquisición desapareció en América tras las Cortes de Cádiz (1813).
Las aportaciones españolas al Nuevo Mundo
La propaganda hispanófoba ha remarcado una y mil veces que
lo que España llevó al Nuevo Mundo fue lo más ruin de la sociedad: gentes
muertas de hambre y sin escrúpulos para conseguir subir en la escala social,
bandidos perseguidos por la Justicia, aventureros ávidos de riquezas,
extorsionadores, políticos corruptos, etc. Una amalgama de delincuentes que, al
final, aplicaron mano dura hasta extremos inefables. Todo falso. Bien es cierto
que de eso algo hubo, pero ni fue la norma ni influyó grandemente en el devenir
del continente: «Y era tanta la fama de los territorios nuevos que fue
necesario escoger entre los aspirantes. En sólo Sevilla se presentaron mil
quinientas personas nobles y ricamente ataviadas, “la más lucida gente que de
España ha salido”, según expresó uno de ellos, Pascual de Andagoya [...].
Conviene insistir en la calidad superior de la mayor parte de esta gente
española que vino al Nuevo Mundo, porque más tarde, en la época de la
decadencia, ha sido costumbre calumniar a estos célebres antepasados nuestros,
suponiéndolos torpes, ignorantes y codiciosos, cuando fueron, al contrario,
aristocracia entre las primeras de Europa, hijosdalgo, pobres en su mayoría,
pero hombres ilustres y bien enterados de su historia, su religión y, en muchos
casos, también de la mejor ciencia de su época» (José Vasconcelos, Bolivarismo y monroísmo, Universidad
Nacional de Lanús, Remedios de Escalada, 2014, págs. 30-35). Y esto, nada que
ver con otras, esta vez sí, atrocidades cometidas por otros países
colonizadores, como la Inglaterra que tómo una de sus colonias, la australiana,
como prisión para alejar de sus calles a los delincuentes más peligrosos, los
más facinerosos, los más desalmados: «Los ingleses comenzaron la colonización
de Australia ocho años después del desembarco de James Cook, el 26 de enero de
1788, y declararon a Australia terra nullius, es decir, sin habitantes
humanos, a pesar de que habían contabilizado unos novecientos mil aborígenes
que llevaban en Australia aproximadamente sesenta mil años. Conviene repetirlo
porque parece increíble: para la “humanitaria” Inglaterra, en Australia no
había seres humanos. Los aborígenes australianos eran para los ingleses raros
animales, como el ornitorrinco o el canguro: animales que caminaban a dos patas
y que parecían tener el don de hablar como los loros. Así pues, ¿qué problema
moral podía plantear entonces su exterminio? Los ingleses respondieron que no
había ninguno y comenzó la cacería sistemática de esos “raros animales”» (Mario
Gullo, Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021).
No hay más que confrontar España e Inglaterra. Las dos
potencias llegaron al mismo tiempo al Nuevo Mundo, año arriba año abajo. Cada
uno tenía sus propias pretensiones, de modo que sus actuaciones difieren
grandemente: España, apenas pone un pie en las nuevas tierras, funda ciudades
aquí, allá, en aquel rincón, tras aquella colina... Inglaterra establece
extensas plantaciones, apropiándose grandes extensiones de tierra,
privatizándolas. Los ingleses, está claro, sólo buscan explotar las colonias,
aunque para ello tengan que postergar, marginar o eliminar a los naturales del
lugar, y para trabajar sus enormes plantaciones necesitan mano de obra esclava,
porque, si contratan jornaleros, los beneficios se les irían en sueldos (el
comercio estaba dominado por España, e Inglaterra iba a su remolque, aunque
esto es asunto para tratar en otros lares). Los españoles, en cambio, buscan
establecerse, mezclarse con los autóctonos, a quienes consideran ya tan
españoles como lo son ellos mismos, de ahí que, si fuera necesario un esclavo,
éste no sería «indio», de forma que para que éste trabaje habría que pagarle un
sueldo y mantenerlo como un trabajador digno. De la fundación de ciudades los
españoles no sacan beneficios, sino muy al contrario, dado que los mejores
ingenieros abandonan la península para cruzar el océano; los grandes letrados
de la floreciente Universidad de Salamanca se establecen en el Nuevo Mundo,
alimentando con su saber las universidades y escuelas que se van levantando. No
son los pícaros, los aventureros sin escrúpulos, los vagabundos, los
criminales, quienes viajan a América, sino la flor y nata de España. ¿Quién
sale perdiendo en el canje?
la educación
El 28 de octubre de 1538, hace casi medio milenio, en la
villa de Santo Domingo de Guzmán (isla de La Española), se fundó la primera
Universidad de América, la Universidad de Santo Tomás de Aquino. Se convirtió
así en la primera de las casi treinta universidades que los españoles fundaron
en América.
Un hecho irrefutable es que ningún otro imperio trató a sus
«ciudadanos» con tanto respeto como los españoles en América, mal que les pese
a ciertos grupos nacionalistas e indigenistas. Educar mediante escuelas no es
lo mismo que educar mediante látigos, aunque éstos sean imaginarios. «En
verdad, al comienzo había más escuelas para indios que para hijos de españoles
[...]. La instrucción universitaria se encontraba abierta a los indios,
especialmente a los hijos de los jefes indígenas, y en la época de los
Habsburgos, al parecer, también a los mulatos libres » (Clarence H. Haring, El Imperio hispánico en América, Peuser,
Buenos Aires, 1958, págs. 265 y 271). Como ejemplo de ello, aunque se podrían
citar numerosos modelos más, reseñemos la Universidad de Méjico: «La Real
Universidad [de Méjico] contaba con cinco facultades –Teología, Derecho
Canónico, Derecho Civil, Medicina y Artes–, así como con diversas cátedras
“libres” –esto es, sin facultad–, como la de Astrología y Matemáticas, la de
Retórica, la de Gramática y la de Lenguas Indígenas (azteca y otomí). Sí, ha
leído usted bien: en la Real Universidad de México se estudiaban las lenguas
indígenas para que no cayesen en el olvido. ¿En qué universidad de las Trece
Colonias de América del Norte se estudió el idioma de los sioux, de los apaches
o de los navajos?» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021). ¿Y en inglaterra? «En Gran
Bretaña, supuesto “modelo universal de democracia”, hasta 1829 el ingreso a la
universidad estaba vedado a los católicos. Es decir, en Inglaterra, los jóvenes
católicos ni siquiera podían soñar con pisar una universidad. Debemos mencionar
también que en la católica Irlanda –dominada por Inglaterra hasta 1873– el
cuerpo docente, los miembros de las corporaciones y asociaciones
universitarias, así como los becarios debían ser obligatoriamente protestantes.
In Irlanda, un país cuya población era mayoritariamente católica, el
“democrático” Parlamento de Londres estableció que sólo los protestantes podían
ser profesores universitarios. Así trataba Inglaterra a su colonia más cercana
y étnicamente más afín» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021).
Como hemos dicho, Méjico no fue una excepción: a lo largo
del dominio español se erigieron entre venticinco y treinta universidades o
centros de educación superior. En estos centros se licenciaron unos ciento
cincuenta mil estudiantes de todas las razas y colores. Por comparar, digamos
que Francia, tras colonizar Argelia en 1830, no fundaron la Universidad de
Argel hasta 1909 (casi ochenta años tardaron en ello); en 1505 Portugal llega a
Mozambique, la convierte en colonia suya y se demora más de cuatrocientos años
en fundar la Universidade de Lourenço Marques (23 de diciembre de 1968); los
ingleses esperaron hasta 1636 para levantar la Universidad de Harvard [ochenta
y cinco años después de que España erigiera la Universidad de San Marcos, en
Perú; esta Universidad de San Marcos se levantó seis años antes que la de
Ginebra (1559) y sólo dieciséis después que la de Laussane (1537)]. En fin, que
España erigió una treintena de universidades en América (treinta y dos, según
Mario Gullo); mientras, los portugueses sólo dos en África; los ingleses, siete
en las Trece Colonias de América del Norte, y tres en India; Alemania, ninguna
en todas sus colonias de África, Asia y Oceanía; Bélgica, siguiendo el ejemplo
alemán, no creó ninguna en Congo; Holanda aguardó hasta finales de los años
treinta del siglo pasado (XX) para fundar la primera universidad en una colonia
suya.
No sólo se crearon centros de estudios superiores, también
escuelas donde aprender a leer y a escribir y los principios básicos de las
matemáticas. Entre 1522 y 1525 edificaron las primeras escuelas para nativos, y
en 1536 fundaron en México el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco con el apoyo
expreso del virrey Antonio de Mendoza y del obispo Juan de Zumárraga. Santa
Cruz de Tlatelolco fue durante más de treinta años el centro de formación de
los indios nobles y tuvo cierta importancia por ser modelo pionero, aunque su
labor obtuvo frutos modestos.
Junto a las escuelas y universidades, hay que mencionar que
los españoles crearon numerosas bibliotecas, algunas de ellas tan modernas y
bien surtidas, que serían la envidia hoy día de muchas naciones, cual la del Colegio San Pablo de Lima. También hubo
imprentas; el primer libro imprimido en América fue la Breve y compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana
(Méjico, 1539), un catecismo ¡bilingüe!. Quiere esto decir que se intentó
conservar toda lengua nativa americana, muestra de lo cual es el nacimiento de
cátedras de lenguas indígenas, algo que se echa en falta en otras colonias no
españolas, y no digamos en Estados Unidos, donde no apareció ninguna hasta el
siglo XX. Todo esto viene confirmado por una Real Cédula de 150, emitida por el
rey Felipe II, ordenando la creación de dichas cátedras con el fin de preservar
y fomentar su estudio y conocimiento.
Frente a la actitud de los
españoles, podemos enfrentar la de los franceses en sus colonias americanas. En
1806 François Depons escribía: «El criollo francés que se siente inclinado
hacia el foro, la Iglesia, o la soledad del claustro; hacia las armas o la
medicina, no puede satisfacerla más que en la metrópoli; porque en las colonias
no existen ni universidades ni facultades de derecho o de medicina ni
seminarios ni tampoco conventos ni escuelas militares [...]. Van [las leyes
francesas] hasta no permitir que los hijos de los criollos reciban en las
colonias otra instrucción que la que dan maestros locales, es decir, leer,
escribir y contar. No hay colegios para sus estudios, no hay escuelas de
matemáticas, de dibujo, de pintura o de equitación; fue el deseo del Gobierno
obligar a los padres a enviar a sus hijos a Francia para que allí absorbieran
impresiones favorables al Estado metropolitano; sistema tan bien establecido
que no hay un solo habitante blanco de las colonias francesas que no desee
abandonarlas [...]. Francia ha adoptado como base de su sistema que tanto el
criollo como el europeo habrán de considerar las colonias meramente como
lugares de residencia temporal, hacia los cuales hay que atraer a los
individuos con facilidades para adquirir fortuna, y de los que conviene
regresen en cuanto hayan llenado sus propósitos. España, por el contrario,
permite que todos sus súbditos, americanos o europeos, consideren como su
patria cualquier parte del Imperio donde hayan visto la luz o que para ellos
presente especiales atractivos» (Viaje a
la parte oriental de la Tierra Firme).
En cuanto a las lenguas vernáculas, éstas no sólo se
conservaron, sino que por primera vez fueron plasmadas en una escritura, de
modo que esto suponía un empujón para su supervivencia. De entre las muchas
publicaciones podemos reseñar algunas de ellas, siendo considerados éstos los
primeros libros escritos en la lengua indígena:
ü
Arte de la lengua quechua compuesto por el padre
Diego de Torres Rubio de la Compañía de Iesus, con licencia del Señor Príncipe
de Esquilache Virrey destos Reynos IHS. En Lima por Francisco...
ü
Arte de la lengua general del reynoi de Chile.
En un diálogo chileno-hispano muy curioso: a que se añade...
ü
Tesoro de la lengua guarani. Compuesto por el
padre Antonio Ruiz, de la Compañía de Iesus. Dedicado a la Soberana Virgen...
ü
Arte de la lengua aymara. Compuesto por el padre
Diego de Torres Rubio de la Compañía de Iesus. Año 1616...
ü
Arte de la lengua tarasca, dispuesto con nuevo
estilo...
ü
Reglas de orthographia. Diccionario y arte del
idioma othomí. Breve instruccion para los principiantes...
ü
Arte de lengua mexicana. Dispuesto por orden, y
mandato de N. Rmo P. Fr. Francisco Treviño...
ü
Arte de la lengua maya, compuesto...
Fray Andrés de Olmos, compuso una gramática náhuatl, y
durante el siglo XVI hay registradas más de ochocientas obras sobre lenguas
nativas. El jesuita José de Acosta, rector del colegio de Lima y provincial de
Perú, redactó un catecismo en quechua y otro en aimara. Y así, otras lenguas
fueron estudiadas y conservadas en los escritos, tales como la zebuana, la
tagala, la bisaya...
la sanidad en Nueva España
«Encargamos y mandamos a nuestros virreyes, audiencias y
gobernadores, que con especial cuidado provean que en todos los pueblos de
españoles e indios de provincias y jurisdicciones se funden hospitales donde
sean curados los pobres enfermos, y se ejercite la caridad cristiana» [Ley
emitida por Carlos I el 7 de julio de 1541, en Fuensalida (Toledo), en su Libro
I, Título IV]. Aún se insiste en este sentido algunos años más tarde: «Mandamos
a los virreyes del Perú y la Nueva España que cuiden de visitar algunas veces
los hospitales de Lima y México, y procuren que los Oidores por su turno hagan
lo mismo, cuando ellos no pudieren por sus personas, y vean las curas, servicio
y hospitalidad que se hace a los enfermos, estado del edificio, dotación,
limosnas y formas de distribución [...]. Y asimismo mandamos a los presidentes
y gobernadores que, en las ciudades donde residieran, tengan este orden y
cuidado» (Libro I, Título IV, Ley III de las Leyes de Indias, 1587).
No es de extrañar, pues, que los españoles poblaran las
nuevas tierras de centros de salud, con un número aproximado de veinticinco
«hospitales grandes, al estilo de San Nicolás de Bari», y una cifra superior,
que rebosaba ésta con amplitud, de hospitales más pequeños con su consiguiente
disminución de camas disponibles. Casi todos estos edificios se mantienen en
pie en la actualidad, aunque sus usos ya no sean los mismos y hayan sufrido las
reformas necesarias para su subsistencia. Acabamos de mencionar el hospital de
San Nicolás de Bari, al que todos los hospitales se atienden en cuanto al
estilo. ¿Qué tenía de especial este hospital? Pues que fue el primero en
erigirse en América, hecho acaecido el 29 de noviembre de 1503 (tan sólo once
años desde la llegada de Colón). Tuvo lugar este feliz acontecimiento en la
isla La Española (donde también nació la primera universidad, como ya se ha
mencionado), en donde era gobernador Nicolás de Ovando, un veterano de las
campañas de Granada. Dicho gobernador no hizo más que cumplir los mandatos que
los Reyes Católicos imponían en el capítulo 12 de las instrucciones, de modo
que se pueda «hacer en las poblaciones donde se viere que fuera más necesario
casa para hospitales en que se acojan y curen los pobres, así de los cristianos
como de los indios». Varios años después, en 1521, Hernán Cortés mandó
construir el hospital de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno (obsérvese que
la rendición de Cuauhtémoc, último emperador de la azteca Tenochtitlán, tuvo
lugar el 13 de agosto de ese mismo año de 1521). Se dice que Cortés eligió el
mismo lugar en que se encontró con Moctezuma II por primera vez dos años antes;
es decir, en la misma plaza de Tenochtitlán (la actual Ciudad de Méjico). Hay
que recordar que, después del saqueo de la ciudad, con la destrucción
consiguiente de algunas zonas, Cortés ordenó reconstruirla al modo europeo,
porque, como dice Neil Gaiman, «no se puede construir nada sin derribar algo» (El retorno del delgado duque blanco,
2015), y del mismo modo que la antigua ciudad representaba el horror de tantos
años de canibalismo, de violencia extrema contra otros pueblos, una nueva
ciudad debería representar la mano tendida, una nueva prosperidad y una
cooperación pacífica.
Al igual que la Real Universidad de Méjico destacó en los
estudios, el hospital Real de Naturales destacó en lo suyo: «No es exageración
afirmar que el hospital Real de Naturales era el mejor hospital del mundo y que
no tenía nada que envidiar a los hospitales de España, Francia o Inglaterra. De
hecho, fue la primera institución en los siguientes aspectos: Atención trilingüe
[español, náhuatl y otomí]; se combinaba la medicina tradicional europea con la
medicina prehispánica, lo que permitió la curación de muchas enfermedades
mediante hierbas totalmente desconocidas en Europa; se realizaron autopsias
masivas, sobre todo en tiempos de epidemias, en busca de respuestas para la
cura de las enfermedades, lo que permitió crear una escuela de cirujanos de
excelencias; se hicieron estadísticas precisas y detalladas de los pacientes,
de sus enfermedades y de su evolución, así como de los medicamentos que se les
administraban [...]. El 21 de febrero de 1822, después de 269 años de atención
hospitalaria a los indios, el Hospital Real de Naturales –por decreto de
Agustín de Iturbide [emperador de México]– fue clausurado con el argumento que
los indios eran ciudadanos y hombres libres. Efectivamente, a partir de
entonces fueron libres de morirse en las calles, porque nunca más contaron con
un hospital de excelencia al que acudir de forma gratuita» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra
desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo Planeta,
2021).
De vez en cuando se oyen voces afirmando que en estos
hospitales españoles la gente acudía para morir. Aseguran que eran cochambres,
verdaderas pocilgas donde se desatendía a los pacientes. Para muestra de su equivocación,
un botón: a continuación se hace una relación de la comida en el hospital San
Lázaro para leprosos, mandado construir por Hernán Cortés a las afueras de la
actual Ciudad de México: «Su dieta se basaba en carne de carnero y de gallinas
de su propio corral, manteca, garbanzos, fríjoles, arroz para el puchero o para
prepararlo con leche, chiles, tomates, sal y especias. Además de atole, pan,
panochas, leche, campurrado y chocolate» (María del Carmen Sánchez Uriarte, El Hospital de San Lázaro de la Ciudad de
México). Todo un maltrato físico y psicológico.
la sanidad en el Perú
En lo que había sido el impero inca, la relación
hospitalaria no se quedaba atrás con respecto a Nueva España: «De los cincuenta
y nueve hospitales que la Corona española edificó en el Perú entre 1533 y 1792,
veinte se erigieron en la ciudad de Lima, donde llegó a haber casi tantos hospitales
y asilos como templos» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021). Este insólito dato ya aparecía a
mediados del siglo XX: «Lima, Perú, en los días coloniales tenía más hospitales
que iglesias, y por término medio, había una cama por cada 101 habitantes,
índice considerablemente superior al que tiene hoy en día una ciudad como Los
Ángeles» (Francisco Guerra, University of California, Bulletin 5, nº 28 [25 de febrero de 1957]).
El sistema sanitario de este virreinato nada tiene que
envidiar al que hoy día rige en España y, por supuesto, aventaja al existente
en los países anglosajones: «Las personas tenían derecho a la asistencia y al
cuidado de su salud en sus respectivos hospitales, sin ninguna condición o
requisito previo; dado que bastaba acudir o ser conducido al respectivo
establecimiento para que recibiera las atenciones necesarias (consultas,
revisión, internación, alimentación, ropa, medicamentos, visitas [...]. No se
exigía pago alguno o cuota mínima de ninguna clase, ni al ingresar, ni durante
el tratamiento o al término de éste; como consecuencia del derecho que le
asistía al enfermo a recibir atención por la enfermedad o daño sufrido» (Miguel
Rabí Chara, Historia de la medicina
peruana). En este sistema sanitario se incluían todas las personas sin
discriminación alguna por motivos de raza, de cultura o de estado social,
guardando, amparando y defendiendo el derecho para todos el derecho de atención
médica, social, asistencial y protectora. Incluso en aspectos tan de moda en
este siglo XXI como la atención sobre la mujer, la sanidad en el Perú se
adelantó en varios siglos: «Las autoridades civiles y eclesiásticas de la
ciudad de Lima prestaron especial atención a la protección de las mujeres que
habían sido abandonadas por sus maridos o a las que habían huido de sus casas
por haber sido víctimas de actos de violencia» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra
desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo Planeta,
2021). Por si fuera poco, «En 1635 se abrió la cátedra de Lima y en 1636, la de
Bogotá. La primera cátedra de Medicina en los territorios ingleses de
Norteamérica data de 1765» (María Elvira Roca
Barea, Imperiofobia y la leyenda negra,
2016).
Comparemos en un raudo vistazo todo esto con la situación
actual que padecen los limeños, para lo cual nos dejamos llevar por las
palabras de Mario Gullo: «A día de hoy, los miles de pobres enfermos que
deambulan por las calles de Lima sin recibir ninguna asistencia sanitaria,
envenenados por el relato de la leyenda negra que escucharon en la escuela
primaria, creen que el origen de sus males está en la conquista del Perú
realizada por Pizarro, no pudiendo imaginar siquiera los derechos que en
materia de salud tenían sus antepasados en la “oscura” época anterior a la
independencia (Madre Patria. Desmontando
la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021). Y ya no digamos si la comparación la trasladamos a otras
colonias no españolas. Así, por ejemplo, el primer hospital que la Compañía
Británica de las Indias Orientales se dignó levantar en las colonias
americanas, concretamente en Nueva York, tuvo lugar en 1664; esto es, cuando ya
Cortés había fundado el primer hospital mejicano hacía ciento cuarenta y tres
años, o cuando ya el hospital de Córdoba, en Argentina, llevaba en pie casi
noventa años, o el de Caracas, erigido más de setenta años antes. Y aun más, en
el hospital que los ingleses erigieron en Nueva York se atendía exclusivamente
a sus soldados y marinos enfermos.
Aparte de la atención hospitalaria, la investigación y el
compromiso sanitario estaban a la cabeza no sólo del ámbito colonial, sino del
mundo. A este respecto «se ha “olvidado” a propósito que, en el hospital San
Juan de Dios de Quito, Luis Chusig teorizó que muchas enfermedades eran
provocadas por animales microscópicos que se introducen en el cuerpo de las
personas, mucho antes de que Pateur los descubriera. Se ha “olvidado” también que
fue en los hospitales de Ecuador donde el médico y cacique Pedro Leiva
descubrió que la cura de la malaria se encontraba en la corteza del árbol de
quina. Asimismo, se ha ocultado deliberadamente que los hospitales de México,
Lima, Cuzco y Quito, entre otros, fueron superiores en materia de medicina de
medicamentos a los hospitales existentes en Madrid, París o Londres [...]. Sin
duda, los hospitales que España fundó en América son el orgullo del Imperio
español» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando
la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021). Por cierto, en el resto de países europeos se tardó un
buen número de años en utilizar la quina, pues la consideraban un arma
diabólica, a través de la cual el demonio se introducía en las personas (y
luego dicen que los ignorantes y supersticiosos eran los españoles). Y aún más
notable, si cabe, resultó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra
la Viruela, promovida por Francisco Javier Balmis y Carlos IV, quizás la
primera vez que se trató de erradicar una enfermedad de un territorio, en este
caso, como es lógico, del español: «La expedición partió de La Coruña en 1803 y
recorrió Puerto Rico, Venezuela, Cuba y varias ciudades de México. Otros
médicos que formaban parte de ella llevaron la vacuna hasta Texas por el norte
y Nueva Granada (Colombia) por el sur, y finalmente alcanzaron Chiloé en Chile.
En 1805 la expedición abandonó América y zarpó de Acapulco rumbo a Manila.
Vacunaron en Filipinas e incluso hicieron varias incursiones en territorio
chino, fundamentalmente en la zona de Cantón [...]. Nadie se interesó ni por su
vacuna ni por él. Jenner se hace famoso a causa de la Expedición Filantrópica
de Balmis que dio a conocer la vacuna a nivel mundial, y de la decisión de
Napoleón de vacunar a sus tropas en 1805, tras conocer la iniciativa de Balmis.
A partir de entonces, se reconoce en Gran Bretaña el trabajo de Jenner, y se lo
colma de honores a bombo y platillo, pero no se organiza ninguna campaña de
vacunación» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016). El propio médico inglés Edward Jenner reconoció,
sobre la campaña de Balmis: «No imagino que los anales de la Historia hayan
aportado un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste».
La industria
«Las ciudades de la América española estaban pobladas de
industrias, mientras que las de la América anglosajona eran urbes agrarias.
Este dato es ignorado por la mayoría de los historiadores tanto europeos como
americanos, y se ha ocultado porque es una prueba clara de que entre España e
Hispanoamérica no existía la típica relación metrópoli-colonia: metrópoli
proveedora de productos industriales a la colonia y colonia abastecedora de materias
primas a la metrópoli» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021).
Por supuesto, este desarrollo industrial estaba amparado por
el proteccionsimo del Gobierno español. Digamos que había que comprar e
invertir en lo posible dentro del Imperio Español, que era amplio y, en la
mayoría de las ocasiones, de mejor calidad y precios más asequibles. Esta
situación complicaba mucho a la industria de otros países, que veían muy
difícil entrar en el comercio hispano, de ahí que intentaran por todos los
medios introducir el comercio libre dentro de las posesiones españoles de
América. Fue Inglaterra, sobre todo, quien más porfió en romper la supremacía
española, que impedía el libre comercio dentro de sus fronteras, lo que
beneficiaba en gran medida la economía hispanoamericana; a resultas de lo cual
se produjeron numerosos encuentros bélicos, siendo el más conocido la llamada
«Guerra del Asiento», que conduciría a la Armada británica al mayor desatino de
su historia ante el puerto de Cartagena de Indias. Tardó bastante tiempo, pero,
al fin, Inglaterra consiguió poner de su parte a los grandes empresarios criollos,
principalmente de Buenos Aires, Caracas y Guayaquil, con la golosina de mayores
ingresos con menos riesgos, de modo que tras su independencia, en unos casos, o
a punto de ella, en otros, esta golosina ayudó no poco a las guerras
independentistas y a la creación de repúblicas. Una vez establecidas las
repúblicas hispanoamericanas, éstas adoptaron por fin el libre comercio,
enriqueciendo los intereses británicos en detrimento de los americanos, motivo
por el que la industria, que se había desarrollado bajo dominio español,
desapareció, dejando en su lugar desempleo, miseria y hambre. Por citar un
ejemplo para no extendernos más, en Perú se produjo lo que se llamó «”La Era
del Guano”, también llamada “La República del Guano”, fue una época de la historia
republicana del Perú entre 1845 y 1866 durante la cual, la exportación del
guano de las islas de la costa transformaron la economía y la política nacional»,
que ahondó en las grandes diferencias económicas del país.
Resulta irónico el hecho de que Inglaterra lanzara
constantes pullas contra el proteccionismo español, reclamando el libre
comercio. En sus colonias no estaba permtido el atraque de barcos escoceses e
irlandeses, no digamos ya españoles u holandeses. Para colmo, justificaba la
piratería como un modo de exigir que el Imperio español abriese sus puertos a
sus barcos y sus mercancías, atribuyendo a los españoles el proteccionismo que
los ingleses mismos tan celosos conservaban para sí. Para hacernos una idea de
cómo funciona la corona inglesa en sus colonias americanas, no tenemos más que
leer este párrafo de Elvira Roca: «No hay planes de urbanismo ni fundación de
universidades y hospitales ni redes de comunicación planificadas ni medios de
evangelización, esto es, de integración, etcétera. La Proclamation Act
es una prueba definitiva. Es una ley emitida por el Parlamento inglés poco
después del Tratado de París que prohíbe a las colonias extenderse más. Por la
misma época se obliga a los americanos a comprar azúcar en el Norte (ahora
territorio británico) cuando hasta entonces venían haciéndolo en las Antillas [territorio
español] a mucho mejor precio. Las medidas encaminadas a garantizar el
monopolio se suceden una tras otra. La Stamp Act o Ley del Timbre obliga
a que todo documento público se haga en papel oficial impreso en Inglaterra. La
Quartering Act o Ley de los Cuarteles determina que en las colonias debe
haber un ejército permanente de 100.000 hombres que tendrá que ser pagado por
los colonos. En este tiempo el número de soldados que hay en la América hispana
no llega a 50.000, para un territorio veinte veces más grande y mucho más
poblado. Siguen las Leyes de Towshend, que eran impuestos al consumo» (María
Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la
leyenda negra, 2016).
Ligada a la industra se encuentra la minería. Una vez más,
se atribuye a los españoles una explotación inhumana de los indígenas,
obligados a cavar en las minas hasta la extenuación y la muerte bajo las
condiciones más infames. Y una vez más, todo falso. Dejemos que Elvira Roca arroje
un poco de luz sobre este tema: «El barón [Humboldt] confiesa que el minero
novohispano es un hombre libre y el mejor pagado que él ha conocido. Y eso que
Humboldt se refiere solo al jornal, que era de 6 reales. Es curioso que ignore
o desdeñe informarnos del incremento del salario del indio minero por medio de
los llamados “partidos” o derecho a seleccionar uno de los tenates (espuertas)
de mineral extraído, que solía valer entre 6 y 8 reales de a ocho, y que
recibía el nombre de “pepena”. Fue éste un arbitrio real (otra intervención
atroz de la economía organizada en el paraíso del laissez faire) que se ideó para atraer al indio al rudo trabajo
minero y evitar la conflictividad social. No había ni mujeres ni niños en las
minas, y en líneas generales el minero era un trabajador libre que tenía casa
propia. Seguramente ésta era muy humilde, pero era suya. Quiere esto decir que
las condiciones laborales de los indios mineros de Nueva España en 1804 eran
mejores que las de un minero inglés de la misma época. No había ni mujeres ni
niños en las minas del Imperio español, pero sí en Inglaterra [...]. En muchos
lugares de Estados Unidos, particularmente en Virginia, los mineros eran
pagados con vales, no con dinero de curso legal (scrip o coal strip), que solo
eran canjeables en los almacenes de la compañía. Las casas también eran de la
compañía y los trabajadores estaban obligados a vivir en ellas pagando
alquileres que solían ser muy superiores a los del mercado» (María Elvira Roca
Barea, Imperiofobia y la leyenda negra,
2016).
La música
También las artes florecieron en la América española. En
concreto ha sorprendido el progreso en la música, algo que se suele pasar por
alto u ocultar sin más. En Bolivia, concretamente en los archivos parroquiales
de Santa Cruz de la Sierra y de San Ignacio de Moxos, fue hallado un
corpus de más de 2.000 canciones, además
de varios libros de oraciones, piezas profanas e, incluso, algunas óperas en
varias lenguas; en total se cuentan unas 3.000 piezas en Santa Cruz de la Sierra
y 7.000 en San Ignacio de Moxos. En esta última parroquia se encontraron en
2006 unas cuatro mil páginas musicales y más de un centenar de canciones de
música barroca, todo ello en las comunidades dispersas por la selva.
Más sorprendente resulta, si cabe, el hecho de que Lima sea
el lugar en donde se produjo la primera obra polifónica de todo el continente y,
para más inri, escrita en quechua (menos mal que los españoles impusieron el
castellano a la fuerza y suprimieron las lenguas indígenas). Esta composión
lleva por título « Hanacpachap cussicuinin»; es un himno dedicado a la Virgen
María, escrito en 1622 y editado en 1631 en dicha ciudad. Otra prueba más,
repetimos, de que los españoles de antaño en absoluto borraron la lengua,
cultura, etc, de los pueblos indígenas americanos, sino que simplemente los
integraron y fusionaron con su propia cultura. Se trata de un sincretismo
racial, cultural, artístico, gastronómico, arquitectónico y hasta religioso
(base católica pero con muchos elementos autóctonos indígenas a la vez), que no
se ha dado en ningún otro imperio, salvo, quizás, el romano, aunque en este
caso habría que limitarlo a ciertas zonas (Grecia, Egipto y parte de Gran
Bretaña). Asombroso, sobre manera para un territorio sobreexplotado, en el que
los invasores trataban a los indígenas como a animales, ¿verdad? Como dijera Piotr
Nawrot: «Lo que hoy día es Viena, Berlín y París, antes era Chiquitos, Moxos y
Guaraníes».
La opinión
de los castellanos
Llevamos ya un buen montón de citas, opiniones, datos y
demás, todo ello visto desde una perspectiva actual o, como mucho, coetánea y
extranjera a un tiempo. Pero, ¿y qué decían los españoles sobre todo esto del
Imperio? ¿Qué les parecía a los castellanos, a los aragoneses, a los andaluces?
Más arriba hemos mencionado que a los españoles se les acusaba de llevar la
podredumbre castellana a las posesiones adquiridas fuera del continente
europeo, de apropiarse de los bienes que en ellas había y explotar todos su
recursos para enriquecer el país a costa de sus «colonias». ¡Cuánto yerro! Como
hasta ahora se ha demostrado, mucho se ha exportado a esas posesiones, y casi
todo de primer orden, desde los grandes saberes salmantinos, hasta ingenieros,
arquitectos, médicos, maestros... Pero todo esto redundaba en la economía de la
península, algo que muchos historiadores y calumniadores se olvidan de
mencionar, pues los gastos corrían a cargo de la Corona, y ésta se alimentaba
de los impuestos a los ciudadanos peninsulares, a tal punto que se oyeron
muchas quejas del tipo: «Para evitar el consumirse y acabarse los españoles,
será cordura poner límite y raya a su extendido imperio» (Pedro Fernández de
Navarrete). Hasta el mismísimo Francisco de Quevedo se hace eco del malestar
castellano: «En Navarra y Aragón no hay quien tribute un real. Cataluña y
Portugal son de la misma opinión. Sólo Castilla y León y el noble Reino Andaluz
llevan a cuestas la cruz». Es decir, el peso del Imperio recaía,
principalmente, en Castilla.
La España peninsular no se enriqueció, como se asegura
comúnmente, sino que se empobreció: «La pobreza de España ha resultado del
descubrimiento de las Indias Occidentales», decía el economista Sancho de
Moncada a principios del siglo XVII. Tal esfuerzo económico se realizaba en
mantener el Imperio, no sólo las Américas, sino también los territorios
italianos y Flandes, que la cuestión llegó a debatirse en un Consejo de
Castilla de 1639: «Ninguno de los castellanos en otros reynos goça de premio ni
de comodidad alguna, porque las que ay en cada uno son de sus mismos naturales
y solos dos de Castilla son perjudicados en esto». Ya con anterioridad la
cuestión había sido abordada en las Cortes celebradas en Madrid en 1588, donde
se quejaban amargamente del dispendio que sufría Castilla en relación con las
guerras de Flandes: «¿Qué tiene que ver que cesen acullá las herejías que
nosotros acá paguemos el tributo de la harina? ¿Por ventura, serán Francia,
Flandes e Inglaterra más buenas cuanto España más pobre?».
Esta indisposición se agravó aún más, cuando Felipe II
incorporó a España las posesiones de Portugal, pues ahora el Imperio Español
había aumentado considerablemente y, para colmo, la situación económica de los
nuevos territorios obligaba a la Corona a un desembolso no previsto:
«Paresciendo a muchos que lo que se gane en Portugal es acrecentamiento de su
majestad y de su real corona, y no de las haciendas ni de las honras de los que
han de pelear» (Pedro de Rivadeneyra). No, señores; no. España no pudo o no
supo beneficiarse de los territorios bajo su dominio y protección. Bien es
cierto aquello de que el oro y la plata que entraban en Sevilla acababan en los
bancos italianos o despilfarrados en sostener Flandes. Pero, ésa es harina de
otro costal. En cuanto a la cantidad de oro que España se llevó de América, no
hay más que comparar los datos obtenidos: En 2015 Perú extrajo 150 toneladas de
oro, siendo el quinto productor mundial; en 2016 Méjico extrajo 120 toneladas
de oro, siendo el octavo productor mundial; entre 1503 y 1660 España se llevó
de América 180 toneladas de oro, según consta en el Archivo de Indias. La
Barrick Gold Corporation de Canadá extrajo de la República Domenicana 120 veces
más oro que los españoles en todo el siglo XVI. Esto lo dice todo.
España dio a América más de lo que le quitó, sin menoscabar
que, al fin y al cabo, las tierras de ambas orillas no dejaban de ser un mismo
país, y sus habitantes, todos ellos, ciudadanos españoles de pleno derecho,
pues como Elvira Roca escribía, no sin cierta ironía: «Muchísimo
antes de que Thomas Jefferson escribiera, desde su hermosa plantación de
esclavos, en la Declaración de Independencia aquella frase inmortal y
universalmente conocida “Sostenemos que... todos los hombres son creados
iguales e independientes”, el jesuita Francisco Suárez había escrito: “Todos
los hombres nacen libres por naturaleza, de forma que ninguno tiene poder
político sobre el otro”. Y añadía que toda sociedad humana “se constituye por
libre decisión de los hombres que se unen para formar una comunidad política”»
(María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y
la leyenda negra, 2016).
La emancipación
de Hispanoamérica
«Uno de los motivos del olvido deliberado del período virreinal por parte de la historiagrafía
de las oligarquías ha respondido al plan oculto de hacerles perder a estos
países [los hispanoamericanos] el recuerdo de la primitiva unidad, bajo el
dictado de los intereses extranjeros suplantados por nacionalismos enfermos sin
fundamentos geográficos reales» (Juan José Hernández Arregui, ¿Qué es el ser nacional?, Continente,
Buenos Aires, 1963, pág. 22).
Mientras los seguidores de la
historiografía tradicional insisten en una «independencia» de la América
española, a lo largo de los últimos años han surgido voces discordantes con ese
discurso conservador y apuntan no tanto a una independencia como a una
«emancipación», si bien ambos casos refieren a una liberación de servidumbre.
Tal vez el nuevo enfoque intente poner en el punto de mira que las sublevaciones
producidas a lo largo del continente hispanoamericano no iban dirigidas contra
España, puesto que ellos eran tan españoles como los europeos, sino más bien
por una tentativa por parte de la aristocracia criolla y política de evadirse
de la «patria potestad», si bien al final se les fue de las manos y el
movimiento revolucionario acabó amparando diversas repúblicas autónomas,
rompiendo con ello la unidad que durante trescientos años habían conservado
bajo la tutela del Gobierno de Madrid. Cada día aparecen más estudiosos que ven
una mano negra detrás de estas rebeldías, una mano negra que atribuyen a las
ambiciones estadounidenses (recordemos la famosa proclama «América para los
americanos», al tiempo que se libraban de un potencial enemigo. Cuando Méjico
se «emancipó» de España (1821), no contaba sólo con el territorio que ocupa en
la actualidad, sino que abarcaba la mayor parte del sur de Estados Unidos;
desde entonces en adelante el país perdió el actual Estado de Tejas (1836),
Florida entró a formar parte de los nuevos Estados Unidos de América (1845) y
California se unió a éstos mismos poco después (1848). ¿Qué hubiera pasado si
Méjico no fuera un país independiente? ¿Serían estos, y otros territorios,
anexionados por Estados Unidos?
Una primera mirada
Se preguntaba Lorenzo Zavala en 1832: «¿Qué es el pueblo
español en el día, delante de los pueblos civilizados? Un país de anatema y de
maldición; un país en el que no es permitido pensar, ni mucho menos decir lo
que se siente; un país en que los extranjeros no pueden internarse sin temer
ser perseguidos por una policía obscura y suspicaz o tal vez insultados por un
pueblo supersticioso excitado por los frailes» (Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de
México desde 1808 a 1830, 1832). Y como él, la leyenda negra, basada en
hechos insustanciales, a veces tan estúpidos como fantasiosos, crecía por
doquier e inundaba las páginas de libros, periódicos, folletos y libelos de
ataques sin sentido: «Por las Américas circulaba a su gusto, aunque en Francia
estaba prohibida, la Histoire de Indes
de Raynal, como explican Powell y Salvador de Madariaga, y acabó convirtiéndose
en un evangelio para libertadores y emancipadores, que creyeron en las
horribles descripciones que hace Raynal del Imperio español y pensaron que el
mundo fuera de él debía ser mil veces más libre y más próspero, una suerte de
tierra prometida o paraíso en la tierrra que sólo el Imperio español impide
alcanzar. Así que lo más urgente era ponerle fin cuanto antes» (María Elvira
Roca Barea, Fracasología: España y sus
élites: de los afrancesados a nuestros días, 2019, pág. 92). Quizás a
Elvira Roca se le haya ido un tanto este párrafo apologético, desviándose de la
dirección correcta. ¿Quiénes estaban detrás de todo ese movimiento
independentista americano? Incluso Mario Gullo culpa a terceros: «Las potencias
enemigas de España han tervigersado, magnificando u ocultando hechos, la
historia de la conquista de América y la historia misma del Imperio español, de
su gestación y su disolución» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021). Todo eso no explicar las
revoluciones separatistas.
No nos llevemos a engaño. La hispanofobia pasó al subconsciente,
de ahí que en el arte y la literatura veamos nutridos ejemplos de ello. Manuel
Llanes García, mejicano afincado en Estados Unidos, fue, en su momento, uno de
los que apoyaban la tesis de la leyenda negra, hasta el momento en que su vida
entre estadounidenses le hizo cambiar de opinión: «Uno de los libros que me
removió el interés fue el titulado The
Fair God, “El Dios blanco”, “El Dios hermoso”, una especie de novela a
propósito de la llegada de los españoles para la conquista de América [...]. Y
era singular que aquellos norteamericanos, tan celosos del privilegio de su
casta blanca, tratándose de México, siempre simpatizaban con los indios, nunca
con los españoles. La tesis del español bárbaro y el indio noble no sólo se
daba en las escuelas de México, también en los yankees. No sospechaba, por
supuesto, entonces, que nuestros propios textos no eran otra cosa que una
paráfrasis de los textos yankees y un instrumento de penetración de la nueva
influencia» (Manuel Llanes García, La
Hispanoamérica de José Vasconcelos). No es de extrañar, pues, que la
propaganda haya transmutado la verdad sobre la América española, influyendo con
ello no sólo en los historiadores, sino en el pueblo mismo. De ahí que que el
argentino Scalabrini haya llegado a la conclusión de que «la historia oficial
hispanoamericana es una obra de imaginación en la que los hechos han sido
consciente y deliberadamente deformados, falseados y concadenados de acuerdo a
un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la
diplomacia inglesa, promotora subterránea de los principales acontecimientos
ocurridos en este continente» (Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica en Río de la Plata, 1936, págs. 46-47).
La historia de las guerras americanas que llevaron a la emancipación
de esos territorios del dominio español, no fueron en realidad guerras
independentistas, sino civiles, puesto que la primera intención no era
independizarse, sino cambiar ciertos estatutos con respecto a la política
llevada por el Gobierno madrileño. De hecho, nacidos americanos lucharon en el
bando realista, y nacidos peninsulares lo hicieron en el bando americano, como
nos recuerda Agustin Ramón Rodriguez: «Hemos obviado las victorias conseguidas
por marinos españoles como don Ángel Laborde o don Jacinto Romarate en las
guerras de la Emancipación Americana, en esencia, guerras civiles donde a
menudo había españoles peninsulares entre los independentistas y desde luego,
muchos españoles americanos entre los realistas. Y eso pese a que con suma
frecuencia, los enemigos de Laborde o de Romarate no eran sino anglosajones al
servicio de las nacientes repúblicas, como fueron los casos notorios de Brown,
Cochrane o Porter» (Agustin Ramón Rodriguez González, Victorias por mar de los españoles, 2006). ¿Y el pueblo? ¿Qué
opinaba el pueblo hispanoamericano de toda es barahúnda? Sólo hay que echar un
vistazo a las estadísticas, a los documentos, a los datos: todos, excepto unos
pocos, estaban del lado realista; quiere esto decir que se opusieron a la ruptura
con la España europea. No era el pueblo quien quería la independencia, sino la
burguesía, la aristocracia y los intereses extranjeros.
Fue en 1780 cuando se produjo el el levantamiento de José
Gabriel Condorcanqui Noguera, más conocido como Túpac Amaru II (1738-1781), en
el Virreinato del Perú. El caudillo indígena captura, enjuicia y ejecuta al
corregidor español Antonio de Arriaga, iniciando con ello la rebelión contra la
«dominación colonial». Túpac Amaru pretendía liberar a los indígenas que se veían
obligados al servicio militar obligatorio, que eran enviados a las minas del
Estado (la llamada «mita»), algo que provenía de una costumbre inca que España
perpetuó y que el rebelde no aireó. Como tampoco aireó los verdaderos motivos
de su levantamiento, puesto que, como criollo de clase alta y grandes negocios,
se vio perjudicado por dos subidas consecutivas de las «alcabalas», así como la
creación del Virreinato del Río de la Plata, que suponía una nueva aduana en La
Paz; además, se le denegó el marquesado de Oropesa, al que creía tener derecho.
Esta sublevación fue sofocada al año siguiente en última instancia por el
ejército realista, en donde se contaba un grueso de descendientes de los incas.
Fue a partir de entonces que la monarquía española comenzó a sentir ciertos
recelos de los andinos, considerándolos peligrosos para la estabilidad del
virreinato, por el cual motivo introdujo varias restricciones que alimentaron,
en cierto sentido, el recelo de los caciques criollos. Con el paso de los años
ese recelo fue avivado por «agentes independentistas» que llevaron, en última
instancia, a la emancipación posterior. ¿De dónde provenían estos agentes?
«Paradójicamente los paladines de los indígenas eran criollos o mestizos que
idealizaban el pasado prehispánico y lo utilizaban como instrumento de
propaganda», nos dice Guadalupe Jiménez.
En Méjico se considera al cura Hidalgo como padre de la
patria por ser el primero en levantarse contra España. Bien es cierto, aunque
no lo hizo contra el rey, a quien permaneció fiel hasta el momento de su
muerte, momento (ejecutado por atrocidades cometidas y por traición) en que
nada había cambiado. Fue, sin embargo, Agustín de Iturbide el verdero impulsor
de la república mejicana, quien se proclamó el primer emperador de un Méjico
independiente por desavenencias con Fernando VII, y lo hizo sin derramar
sangre. Los políticos mejicanos, entonces, se confiaron a ingleses, franceses
y, sobre todo, estadounidenses.
Los inductores y los detractores
Inductores
Por supuesto que detrás de toda esta sublevación se
encuentran los activos ingleses, estadounidenses y, en menor medida, franceses.
Los primeros intentan socavar, como ya hemos visto tantas veces, la influencia
del Imperio español y su control del comercio en los territorios americanos;
los segundos desean expandirse territorialmente hacia el sur y el oeste, en
donde acabarán por chocar con zonas bajo la influencia española y francesa.
Pero no son éstos quienes forman la «cabeza visible», sino otros personajes más
bien secundarios, la mayoría de las veces manejados como títeres por unos y
otros. Entres estos «personajillos» podemos citar a Joel Roberts Ponsett,
nacido en 1779 en el seno de una familia hugonote que se había visto obligada a
huir de Francia, y acérrimo antiespañol. Bajo los dictados que le imponían
desde Estados Unidos, no sólo soliviantó los ánimos incendiarios en Méjico,
sino que en el incipiente imperio norteamericano tuvo un destacado papel como
«masacrador de indios». Cuenta Mario Gullo que «en Estados Unidos, Poinsett,
que se consideraba un “gran defensor de los indios”, fue nombrado, en 1837,
secretario de Guerra –durante la presidencia de Martín van Buren-, puesto que
ocupó hasta 1841 y que le permitió mantener la política de “eliminación y
exterminio total de los indios norteamericanos” al oeste del río Misisipi. Fue
con él como secretario de Guerra cuando se produjo, en 1838, el genocidio del
pueblo cheroqui» (Madre Patria. Desmontando
la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021). Poinsett moriría en 1815 sin poder ver a Méjico desgajarse
de España.
Otro de los grandes nombres de «personajillos-títeres» es
Francisco Miranda. A diferencia del anterior, más teórico y dirigente, Miranda se
involucró directamente en el apartado militar. Acudimos, una vez más, al
argentino Mario Gullo para hacernos una idea de quién era Miranda: «Conviene
recordar que Francisco de Miranda, considerado como el precursor de la
emancipación americana, nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. En 1806,
Francisco Miranda organizó, con apoyo de Gran Bretaña, quien le proporcionó
buques y pertrechos, una expedición militar cuyo objetivo era lograr la
independencia de Venezuela. El 1º de agosto, Miranda desembarcó en las costas
de Venezuela, pero al no encontrar apoyo popular alguno embarcó hacia Aruba y
finalmente se trasladó a Londres. En 1810, persuadido por Bolívar, volvió a
Venezuela y en 1812 fue designado dictador plenipotenciario y jefe supremo, con
rango de generalísimo, a fin de afianzar la independencia. Pero el 25 de julio
de 1812, dada la impopularidad de la causa de la independencia en la sociedad
venezolana, capituló frente al capitán canario Domingo Monteverde. Es
importante tener en cuenta que mientras el ejército de Miranda estaba compuesto
de criollos blancos pertenecientes a la aristocracia de Caracas que se habían
enriquecido a partir del cultivo y comercialización del cacao, el capitán
Monteverde comandaba un ejército integrado en su mayoría por pardos, zambos y
mulatos, y que contaba también con el apoyo de las fuerzas indígenas de la
etnia jirahara, conducidas por el cacique Juan de los Reyes Vargas» (Mario
Gullo, Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021).
Al lado de estos individuos, meras marionetas en manos de
Inglaterra y Estados Unidos, se encontraban los «libertadores», Bolívar y San
Martín. En este punto hay que aclarar que todos los «libertadores» estaban
pertenecían a la masonería y estaban en contacto con Inglaterra, de ahí sus
constantes viajes a dicho país. No obstante su enfrentamiento con el Gobierno
de Madrid, ninguno de los dos generales, como más arriba hemos insinuado,
pretendían la independencia, sino una mejora de la situación política y
económica, asfixiadas ambas por el cambio de rumbo de la monarquía borbónica,
sobre todo a partir de Fernando VII, tal vez el mayor contribuidor a la causa
independentista final; fue su intransigencia en negociar, su falta de «mano
izquierda», lo que encolerizó a los sublevados, que poco a poco se inclinaron
hacia las «sugerencias» inglesas. A lo que los generales aspiraban era a una
España federal, a lo que los políticos conservadores se negaron en rotundo,
encabezados por el propio monarca absolutista. Los problemas que asolaban
España fueron aprovechados por Inglaterra, principalmente, para soliviantar los
ánimos y, con ayuda militar, sublevar a parte del ejército hispanoamericano. Ya
la decía Scalabrini: «El arma más temible que la diplomacia inglesa blande para
dominar a los pueblos es el soborno» (Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica
en Río de la Plata, 1950 pág. 43).
los detractores
Sin duda, la lucha por la independencia no fue un acto
democrático, sino plutocrático, aristocrático. El pueblo estaba a favor de
permanecer dentro de un imperio que permitía cruzar casi todo el continente
americano, de norte a sur y de sur a norte, sin cruzar fronteras, siempre con
la misma moneda y el mismo idioma. A ello se sumaba el alto nivel de bienestar
social y económico, pues, gracias al proteccionismo comercial, gozaban de
productos de alta calidad y a un precio inmejorable, así a Humboldt le parece
«antinatural» que el precio del trigo permaneciera estable en Nueva España
durante tres siglos, lo que le causa gran asombro y perplejidad; por ello, y
por el sistema sanitario, y por el nivel educativo y por el bienestar alcanzado
hasta en rincones remotos, «no hay ninguna duda de que los indios estuvieron
mayoritariamente contra la independencia, y ésa es una realidad que los
negrolegendarios ocultan porque haría caer como un castillo de naipes la
leyenda negra de la conquista española de América. Y la ocultan, sencillamente,
porque no la pueden explicar» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021). De norte a sur se repitió
siempre el mismo estado, los españoles americanos de clase media y clase baja
apoyaban, casi en su totalidad, al ejército español; así, en Nueva España la
independencia sólo fue deseada “por la minoría criolla acaudalada». No es de
extrañar, pues, el hecho de que «Bolívar tuvo que apoyarse en fuerzas militares
extranjeras (cinco mil soldados británicos) para vencer el rechazo popular a
esa política que venía dirigida desde el exterior» (Juan José Hernández
Arregui, Nacionalismo y liberación,
1969). Esta realidad ha sido convenientemente ocultada por historiadores y
propagandistas, como en otros muchos casos, cual el del pastuso (natural de
Pastos, en Colombia) Agustín Agualongo. Cuando las rebeliones prorrepublicanas
lideradas por Bolívar se extendieron por el Virreinato de Nueva Granada, los
«pueblos originarios» se pusieron del lado monárquico bajo las órdenes del general
indio mestizo Agustín Agualongo. Este general practicó una guerra de guerrillas
contra los llamados «ejércitos independentistas» de Simón Bolívar con cierto
éxito hasta que en 1824 hubo de claudicar, siendo fusilado poco después y antes
de llegar su nombramiento como general dictado por Fernando VII. Se dice que
ante su ejecución inminente pronunció las siguientes palabras: «Si tuviese
viente vidas estaría dispuesto a inmolarlas por la religión católica y por el
rey de España. ¡Viva el Rey!». Pues bien, ni él ni sus seguidores, casi todos
indios nativos, se mencionan en los libros de texto. y en contadas ocasiones en
los libros de Historia. Ni mucho menos se menciona que cuando llegó a Perú se
autoproclamó dictador, siendo, pues, el primero en América; además de proponer
la guerra a muerte contra los españoles, de resultas de lo cual más de cien mil
españoles fueron asesinados, incluidos enfermos hospitalizados.
En el Perú, de nuevo al igual que en las tierras
mesoamericanas, durante las distintas guerras, el libertador José San Martín
hubo de enfrentarse a unas tropas en las que «el ejército estaba formado por
23.000 individuos de línea y 8.000 milicianos. En ese poderoso ejército, hubo
solamente 1.500 españoles europeos. Todo el resto estuvo formado por peruanos» (Santiago
E. Albornoz, El Perú, más allá de sus
fronteras, 1994, poág. 28). De entre los «pueblos originarios» que se
resistieron a la pretendida independencia que enarbolaba San Martín, estaban
los quechuas, que eran los descendientes del antiguo Imperio inca. Otro pueblo
que apoyaba al bando monárquico fue el de los araucanos, nombre dado por los
españoles a los mapuches. Los mapuches vivían bajo la corona española sin
llegar a ser conquistados, pero con quienes convivían en términos pacíficos merced
a las Paces de Quillín. Los mapuches, pues, lucharon contra los
independentistas, lo cual tal vez haya sido la causa de que con posterioridad,
creadas las repúblicas de Chile y Argentina, fueran invadidos y ocupados por
ejércitos de estos dos países, quienes acabaron, finalmente, con su
independencia. Hubo más pueblos de este tenor, aunque éstos son los más
representativos. Por supuesto, los movimientos actuales indigenistas ocultan
este hecho. En fin, que muchos oficiales españoles «eran indios como Santa
Cruz, que luchaba contra los americanos varios años antes de plegarse a la
lucha por la independencia [...]. En los llanos venezolanos o en Colombia, los
españoles contaban con el apoyo de los más humildes, llamados castas, hombres
de color, y que eran jinetes y combatientes de primera categoría» (Jorge
Abelardo Ramos, Historia de la nación
latinoamericana).
Pongamos dos ejemplos, como píldoras con que dorar la verdad
sobre la situación, las lealtades y la opinión de los españoles americanos
durante las guerras independentistas. El primero de ellos son los conocidos
como «indios guajiros» Dejemos a Mario Gullo que hable de ellos: «Los indios
guajiros ocupaban un territorio que se extendía a lo largo de la costa del mar
Caribe, desde el lago de Maracaibo (actual Venezuela) hasta el delta del río
Ranchería (actual Colombia). Durante el período hispánico gozaron de una
situación de autonomía dentro del Imperio y, curiosamente, cuando estalló la
guerra de secesión de España, los guajiros decidieron mayoritariamente
mantenerse fieles a la Corona española e incluso mantuvieron esa posición aún
después de que Colombia y Venezuela obtuvieran sus respectivas independencias
[...]. Los guajiros pagaron cara su fidelidad a la Corona española, pues en
1830 el Gobierno venezolano emprendió contra ellos una campaña para someterlos
o exterminarlos, que finalizó en 1893 con la total rendición del pueblo
guajiro» (Mario Gullo, Madre Patria.
Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo
catalán, Grupo Planeta, 2021).
El otro ejemplo nos acerca a la figura, ninguneada por los
«indigenistas», de Antonio Huachaca, indio huantino en el Perú, quien, tras
perder en la batalla de Ayacucho (el último gran enfrentamiento dentro de las
campañas terrestres de las guerras de independencia hispanoamericanas), «siguió
combatiendo contra la República junto con todo el pueblo huantino –incluidos
los húsares de Junín, que en un tiempo lo secundaron– hasta el año 1839» (Fernán
Altuve Lores, Los reinos del Perú.
Apuntes sobre la monarquía peruana, Febres y Dupuy, Lima, 1996, pág. 214).
En una carta dirigida al prefecto, que firma el propio Antonio Huachaca tras
aquella derrota, éste manifiesta su sentir del siguiente modo: «Ustedes son más
bien los usurpadores de la religión, de la Corona y del suelo patrio [...].
¿Qué se ha obtenido de vosotros durante estos tres años de vuestro poder? La
tiranía, el desconsuelo y la ruina de un reino que fue tan generoso. ¿Qué habitante,
sea rico o pobre, no se queja hoy? ¿En quién recae la responsabilidad de los
crímenes? Nosotros no cargamos semejante tiranía» (Fernán Altuve Lores, Los reinos del Perú. Apuntes sobre la
monarquía peruana, Febres y Dupuy, Lima, 1996, pág. 214). Es más, una vez
acordado el fin de las hostilidades y cuando ya el ejército monárquico firmaba
el Tratado de Yanallay, por el cual se rendía al ejército republicano, Antonio
Huachaca se negó a rendirse, sino que prefirió perderse en las selvas de
Apurímac por no ser obligado a renegar de la Corona de España. Una vez más, la
historia oficial peruana esconde en el olvido este hecho.
Lo que vamos entreviendo hasta ahora es que quienes deseaban
desasirse de la España europea no buscaban el consenso popular, tal vez ni
siquiera el sistema democrático de que hacían gala defender. Al mismo tiempo,
los «indios nativos o en mezcolanza» se oponían a los líderes independentistas,
que tuvieron que buscar apoyo en los políticos y tropas extranjeras, en
especial de Inglaterra. Para ver en perspectiva todo esto, no hay más que
fijarse en los casos independentistas de los vecinos del Norte: «Los indios
colaboraron activamente en la independencia de Estados Unidos, aunque no a las
órdenes de George Washington, sino bajo el mando de Bernardo de Gálvez, que
aportó su propia experiencia, grandes recursos materiales y 7.000 hombres, de
los cuales 1.500 eran indígenas, la mayor parte semínolas muy hispanizados» (María
Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la
leyenda negra, 2016).
La guerra de Cuba
Éste fue el último capítulo del Imperio español, momento en
que se desvinculó de España no sólo Cuba, sino también Filipinas, ambos casos
promovidos por las manos estadounidenses. Una pieza fundamental de esta guerra
entre España y Estados Unidos fue, sin duda alguna, William Randolph Hearst, periodista, editor,
publicista, empresario, inversionista, político y magnate de la prensa y los
medios estadounidenses, cuya fama no se limitó sólo a este caso: «El señor
Hearst en su larga y poco honorable carrera ha inflamado los ánimos de los
americanos contra los españoles; de los americanos contra los japoneses; de los
americanos contra los filipinos; de los americanos contra los rusos, y en el
curso de sus incendiarias campañas ha impreso retorcidas mentiras, documentos
inventados, historias de falsas atrocidades, delirantes editoriales,
ilustraciones y fotografías sensacionalistas y otros montajes para conseguir
sus jingoísticos fines» (Ernest L. Meyer).
Un año antes de estallar el conflicto nos sitúa Elvira Roca
en el contexto con una cierta anécdota: «Uno de los episodios más famosos que
creó la prensa amarilla estadounidense es el de Clemencia Arango, que venía a
actualizar el viejo tópico de la leyenda negra según el cual los españoles son moralmente
depravados. Sucedió en 1897. Clemencia era una atractiva joven que fue detenida
a bordo del barco estadounidense Olivette acusada de llevar cartas a los
rebeldes exiliados. Hearst y sus colegas crearon una fantástica historia de
vejaciones, indecentes manoseos y todo lo imaginable en el registro a la joven,
que fue llevado a cabo por varias matronas del servicio de policía. El titular
“¿Protege nuestra bandera a las mujeres?” iba acompañado de un dibujo donde se
veía a una indefensa y desnuda Clemencia rodeada de policías españoles. Era
pues un deber básico de la decencia intervenir en aquella guerra. Hay que decir
en honor a la verdad que Clemencia Arango, nada más llegar a Nueva York,
intentó por todos los medios deshacer lo que ella creía un equívoco y contó a
todo el que quiso oírla que la policía española la había tratado con total
corrección. Lo que sucede es que su voz no llegó nunca a la opinión pública. Ya
lo dice el viejo lema: No dejes que la verdad te estropee un buen titular”» (María
Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la
leyenda negra, 2016).
Y el mismo año en que se produjo dicho conflicto, el señor
Hearst, a quien ya hemos aludido, tenía muy claro lo que iba a suceder.
Frederic Remington, un ilustrador que trabajaba para Hearst, fue enviado a Cuba
para que plasmara en sus dibujos lo que acontecía en la Revolución cubana.
Remington, tan pronto puso el pie en la isla, quedó sorprendido del ambiente
tan tranquilo que se respiraba a tal punto, que envió un telegrama a su jefe: «Everthing
is quiet. There is no trouble. There will be no war. I wish to return» ¿Sabía
Hearst lo que planeaba el Gobierno estadounidense o tenía una bola mágica que
mostraba el futuro o, simplemente, pretendía alimentar un fuego inexistente
hasta prender la mecha de lo que habría de acontecer? El caso es que al
telegrama del ilustrador contestó con el siguiente: «Please remain. You furnish
the pictures and I’ll furnish the war»
Que Estados Unidos deseaba la guerra, está muy claro. Todos
los españoles sabemos cómo saltó la chispa. Elvira Roca lo resume así: «El
acorazado Maine explotó en la bahía de La Habana a las 21:40 horas del
15 de febrero de 1898. Hubo 665 muertos, entre ellos dos marinos españoles que
perecieron en las operaciones de salvamento. El capitán del buque, Charles
Sigsbee, exhortó a la opinión pública a “suspender todo juicio hasta conocer
los detalles de lo ocurrido”. Sin embargo, la prensa estadounidense acusó a los
militares españoles del hecho inmediatamente. Fue una espectacular campaña de
mentiras, exageraciones y falsificaciones. El 17 de febrero el New York
Journal salía con el siguiente titular: “Destruction of the War Ship Maine
was the Work of An Enemy” [...]. El 25 de abril el presidente William McKinley
declaró la guerra a España», María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016). Todavía en la actualidad en
Estados Unidos existe la opinión general de que la explosión fue un acto de
sabotaje por parte de los españoles, a pesar de que ya todos los historiadores
y algunos políticos han «confesado» la accidentalidad de la detonación.
Las hostilidades no tardaron en comenzar. En junio de 1898
desembarcaron en Guantánamo los primeros soldados estadounidenses. La defensa
de los españoles se concentró en El Caney, cerca de Santiago. Al mando estaba
el general Joaquín Vara de Rey en el fuerte El Viso con unos 520 doldados, en
frente los estadounidenses eran cerca de 6.000 efectivos. A pesar de la
diferencia de militares, los españoles estuvieron a punto de triunfar. Los
ataques de los estadounidenses apenas hacían mella en las tropas españolas. Finalmente
la artillería enemiga consiguió destruir El Viso y Vara de Rey murió de un
disparo en la cabeza. A pesar de la derrota, la batalla de Caney ha pasado a la
historia como uno de los mayores ejemplos de valor y abnegación militar. El 5
de noviembre de 1910 se depositó en el ayuntamiento de Madrid la última bandera
española que ondeó en La Habana.
Hispanoamérica
independiente
Para el historiador estadounidenses Philip W. Powell, ya
citado varias veces, los gobiernos virreinales españoles fueron más benignos y
soportables que aquéllos que se instalaron tras la proclamación de las
repúblicas independientes. José Vasconcelos lo
deja muy claro cuando afirma que «la propaganda indigenista, disfrazada de
bolchevismo, no deja de ser monroísmo y no tendría en ningún caso el efecto de
restituir al indio lo suyo. Lo único que haría es privarlo de las ventajas
alcanzadas con la fusión de lo hispánico. Se acabará lo mexicano, lo peruano,
lo argentino, pero no por eso resucitará lo indio» (José Vasconcelos, Bolivarismo y monroísmo, Universidad
Nacional de Lanús, Remedios de Escalada, 2014, pág. 46).
Como suele suceder a lo largo de toda la Historia, tras el
desmembramiento de un imperio aparece una Edad Media, donde los territorios
padecen algún retroceso antes de asentarse de forma definitiva. Hispanoamérica
no iba a ser una excepción, y, tras independizarse en las distintas repúblicas,
el esplendor de otros tiempos acabó socavándose. Miremos lo que fue Nueva
España y el Méjico que le siguió: «Les afectó el receso económico y la
inestabilidad que caracterizó al país durante el primer lustro independiente.
Asimismo, les fueron adversas la nuevas leyes emanadas de la República.
Mediante las leyes de desamortización de bienes eclesiásticos y comunales,
impuesta por la Ley Lerdo de 1856 y la Constitución de 1857, como parte del
programa liberal republicano de los Gobiernos de Ignacio Comonfort y Benito
Juárez, se disolvieron las repúblicas de indios y las llamadas parcialidades o
entidades indígenas situadas dentro de algunas ciudades; se suspendió el
régimen jurídico especial de que gozaban, que incluía la existencia de juzgados
para los indios y, lo más grave, se abolió la propiedad comunal de la tierra
[éstas pasaron a manos de los criollos, la clase alta de Méjico, lo que viene a
corroborar que el movimiento independentista no surgió en la población común,
sino en la burguesía y aristocracia criolla]» (Gisela von Wobesser, Los indígenas y el movimiento de
Independencia. Estudios de cultura náhuatl, México, D.F,, vol. 42, agosto
de 2011).
Basándose
en datos de Aethjr Gayer y Walt Whitman Rostow en su The Grouth and Fluctuation of the British Economy (1790-1850, Clarendon Press, Oxford,
1953, vol. I, pág. 189), y en James Rippy, British investments in Latin America, 1822-1949 (Minneapolis University Press, Minnesota, 1950, Pág. 20),
Mario Gullo apunta a que «La deuda [económica] de Iberoamérica [hacia Gran
Bretaña] llegó a representar el 46,6 % del total de las deudas estatales del
planeta. La deuda se convirtió en una carga insoportable para las jóvenes
repúblicas, que se transformaron de facto en semicolonias de Gran Bretaña. En
1946, Argentina logró pagar su primer empréstito más de cien años después de
haberlo contraído. En 1952, Venezuela consiguió cancelar la deuda que había
heredado de la Gran Colombia y no fue hasta 1977 cuando Ecuador hizo lo propio»
(Madre Patria. Desmontando la leyenda
negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo
Planeta, 2021). Sea como fuere, el desastre fue mayúsculo. Así, en Bolivia las
plantaciones de algodón quebraron y se vieron abocadas al abandono; las
fundiciones siderúrgicas de San Pedro, al igual que las curtidurías instauradas
por los jesuitas, acabaron cerrando sus puertas. Otros productos, que antaño
habían sido moneda de cambio en un comercio bollante, como el tabaco, la
vainilla y el aceite de palma, dejaron de producirse con la consiguiente
bancarrota.
Bien es verdad que no todo el territorio español en América
siguió las mismas pautas tras su independencia: «El imperio del Norte se
construyó “después” de la independencia y es el fruto del esfuerzo de los
emigrantes venidos luego. En cambio, en el Sur, el imperio se alzó “antes” de aquélla,
y la prosperidad fue resultado de la Administración imperial y del mestizaje.
El declive económico del Sur se produjo después de la década de 1830, no antes.
En el momento de la independencia, América del Sur cuenta con las ciudades más
pobladas y con las mejores infraestructuras del continente. México tiene,
alrededor de 1800, unos 137.000 habitantes, y Lima, Bogotá y La Habana superan
los 100.000. En este momento Boston, que es una de las ciudades más pobladas
del Norte, cuenta solo con 34.000 habitantes» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
En vista del poco exitoso resultado de estas repúblicas, los
gobernantes, y los no gobernantes, buscan la causa; dado que la única
explicación se encuentra en la pifia que ellos mismos habían cometido,
arramblando con todo lo que oliera a hispanidad (instituciones públicas,
industria, comercio, agricultura...) en pos de una reivindicación indigenista
tan artificiosa como negativa, desvían las miradas hacia el pasado para imputar
a España y su Imperio la raíz de todos los males. Ahora bien, «culpar al
Imperio español del fracaso económico de Sudamérica es como achacar al Imperio
romano lo que sucedía en la península Ibérica en tiempos de Atanagildo y
Leovigildo (siglo VI) [...]. Una de las fuentes nutritivas de la leyenda negra
en particular, y de toda imperiofobia en general, es ofrecer un confortable
asiento a la autojustificación que busca librarse de culpas o
responsabilidades. Si la culpa es del Imperio español (o del imperio que haya),
es que no es mía» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016). No borremos de la Historia lo que el Imperio
español enseñó al mundo durante sus tres siglos de existencia, que era posible
el milagro «e pluribus, unum», o, lo que es lo mismo, consiguió aunar pueblos,
sociedades y civilizaciones muy dispares entre sí bajo un mismo código; cuando
faltó ese pegamento, afloraron todas esas diferencias y surgió el «ex uno,
plures».
En otro orden de cosas, aspectos como el esclavismo se
vieron intensificados por la aportación del mercado inglés, extendiéndose
territorialmente a zonas donde apenas había, excepción hecho de Cuba y Puerto
Rico, en donde la esclavitud ya había sido abolida. Caso éste, el de Puerto
Rico, que llama la atención, ya que, habiendo sido invadido por Estados Unidos,
fue anexionado sin entrar «de facto» entre los estados. Otra consecuencia
inmediata, y que todavía colea en pleno siglo XXI, es la sucesión de guerras
surgidas entre las distintas repúblicas, luchas fratricidas que aprovechó
Brasil para expandir su territorio a expensas de las susodichas. La industria
prerrepublicana era floreciente por el proteccionismo español; con la
independencia Inglaterra entró en el mercado y la arruinó gracias a su mejor
industrialización, más barata y de mejor calidad, de tal modo que la industria
americana no podía competir con ella, a consecuencia de lo cual se cerraron
industrias y comercios. Para colmo, las repúblicas nacen sin reservas de
dinero, motivo por el cual pidieron préstamos a Inglaterra, endeudándose con
ella, de modo que los territorios conquistados por los libertadores fueron
entregados a Inglaterra, junto con sus recursos. Una muestra: Lord Cochrane
robó todas las reservas de la Real Hacienda de Lima ante las narices de San
Martín durante el proceso de emancipación; luego, éste pidió un préstamo a los
ingleses para obtener un fondo para la nueva república. Este tipo de episodio
se repitió por casi todo el sur de América.
La otra cara de la moneda
Ésta es una declaración de todo un Presidente de Gobierno,
el de la Argentina de mediado el siglo XX: «España, nuevo Prometeo, fue así
amarrada durante siglos a la roca de la historia. Pero lo que no se pudo hacer
fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado
como magnífico aporte a la cultura occidental. Allí están, como prueba
fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella;
allí sus leyes de indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus
universidades; su preocupación por la cultura, porque conviene –según se lee en
la Nueva Recopilación que nuestros vasallos, súbditos y naturales tengan en los
reinos de indias universidades y estudios generales donde sean instruidos y
graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que
tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las
tinieblas de la ignorancia y del error, se crean universidades gozando los que
fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos
reinos los que se gradúan en Salamanca» (Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada y otros discursos
académicos, Macacha Güemes, Buenos Aires, 1973, pág. 138).
Precisamente el argentino Mario Gullo se apoya en sus
compatriotas Juan Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Juan Hipólito Yrigoyen
y Juan Domingo Perón, todos ellos pertenecientes al Partido Federal, que vieron
una «mano negra» extendida desde Inglaterra. O, como diría el bilbaíno Fernando
García de Cortázar: «Hoy, como en nuestros mejores tiempos, existe a las
puertas de Madrid la aduana de los pensamientos, donde éstos son decomisados
como las mercancías de Inglaterra» (Alguien
heló tus labios, 2016). Pero Gullo no se para ahí, sino que va un paso más
allá: «Recordemos una vez más que los hispanoamericanos –e incluyo a nuestros
hermanos brasileños– no estamos divididos porque somos subdesarrollados, sino
que somos subdesarrollados porque estamos divididos [..]. Para que esa
integración no sea una mera cuestión de “negocios” –por naturaleza, siempre
efímera en el tiempo– es necesario superar la leyenda negra, causa de división
profunda, resquemores e incluso odios entre españoles americanos y españoles
europeos [...]. Conviene recordar que la constitución de una Confederación
Hispánica que reuniese en un solo Estado a España e Hispanoamérica fue el sueño
y el proyecto de Simón Bolívar y de José de San Martín [...]. Importa resaltar que la fragmentación
territorial hispanoamericana lograda por Inglaterra, tras la guerra de la
Independencia española, no se habría sostenido en el tiempo si el imperialismo
cultural inglés, a través de las oligarquías locales establecidas en cada república
hispanoamericana, no hubiera predicado como ideología de dominación el
“nacionalismo de fragmentación” que hizo creer al común de la población de cada
una de esas repúblicas que Argentina, Chile, Ecuador o Perú eran naciones
totalmente distintas las unas de las otras y, sobre todo, que eran naciones
enemigas, cuando en realidad eran parte de la nación hispanoamericana» (Mario
Gullo, Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021).
Quizás el único punto independentista que desde un principio
reconoció haber sido engañado, fue Filipinas. Con la llegada de los Borbones al
trono español, el concepto francés de «colonia» se había impuesto al de los
Austrias, y Filipinas no fue una excepción. Sintiéndose como colonia explotada,
Emilio Aguinaldo promovió la independencia, mas de un modo lo menos cruento que
pudo. De hecho, incluso fue condecorado con la Cruz Roja por María Cristina. En
1958 Emilio Aguinaldo, regente filipino y líder de la emancipación de las
islas, concedió una entrevista concedida al diario español ABC, en donde
declaraba: «Sí. Estoy arrepentido en buena parte por haberme levantado contra
España y, es por eso, que cuando se celebraron los funerales en Manila del Rey
Alfonso de España, yo me presenté en la catedral para sorpresa de los
españoles. Y me preguntaron por qué había venido a los funerales del Rey de
España en contra del cual me alcé en rebelión. Y les dije que sigue siendo mi
Rey, porque bajo España siempre fuimos súbditos o ciudadanos españoles, pero
que ahora, bajo los Estados Unidos, somos tan sólo un Mercado de consumidores
de sus exportaciones, cuando no parias, porque nunca nos han hecho ciudadanos
de ningún estado de Estados Unidos... Y los españoles me abrieron paso y me
trataron como su hermano en aquel día tan significativo”.
La América
española vista hoy
Sigue habiendo muchos censuradores sobre la obra llevada a
cabo por los españoles durante su dominio en tierras americanas. Una
hispanofobia se ha instalado en muchos países, influenciados o no por las
premisas de la leyenda negra. Por supuesto, también existen quienes contrarían
a los censuradores y abogan por un examen más imparcial de la acción hispana
durante los trescientos años de supremacía. Si se tiene en cuenta todo lo que
aquí se ha plasmado, da la impresión de que los pueblos hispanoamericanos han
sido engañados, han falseado de forma deliberada su historia a tal punto, que
España e Hispanoamérica han olvidado el sentimiento de hermandad, como ser
nacional, que han tenido durante la monarquía imperial. Para unos los otros son
los responsables del deterioro y la mezquindad actual, son los españoles
«pejigueros»; para los otros, los unos son los «sudacas» vagos y problemáticos
que arrastran consigo violencia y mezquindad. Todo eso lo ha traído, también,
la leyenda negra española.
Los continuos ataques contra el Imperio español tienen, a
veces, difícil explicación, aunque Mario Gullo apenas hace distinción de ello
al afirmar que «por temor a perder privilegios, honra y hasta amistades, lo
políticamente correcto impone entre los académicos no sólo lo que hay que
decir, sino lo que no se debe decir. Digamos, a modo de ejemplo, y sólo de
paso, que no se debe hablar de la política de mestizaje exitosa fomentada por
los Reyes Católicos, de los mestizos que destacaron en la literatura, las armas
o el comercio, de los miles de matrimonios felices entre las doncellas indias y
los conquistadores, de las universidades de excelencia creadas por España en
América, de los cientos de profesores que España envió a América, de la
política de creación de hospitales, de la nobleza indígena que conservó sus
privilegios después de la conquista..., pero, sobre todo, no se debe mencionar
ni por casualidad el canibalismo reinante en la mayoría de los mal llamados
“pueblos originarios” ni la existencia del imperialismo antropófago establecido
por los aztecas en la meseta mexicana, porque eso pondría al desnudo el mito
del buen salvaje y dejaría al descubierto la falsedad de la leyenda negra, es
decir, la historia de la conquista de América escrita por las potencias
enemigas de España» (Mario Gullo, Madre
Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021).
El Día de la Hispanidad
Ciñámonos a las palabras de Mario Gullo a este respecto: «Cada
12 de octubre, periodistas e historiadores mexicanos recuerdan las supuestas
matanzas de indios realizadas por Hernán Cortés y sus hombres, pero ninguno osa
recordar que los indios de California, desde 1848, fueron víctimas de
hambrunas, enfermedades y ataques genocidas sistemáticos [...]. Los políticos
mexicanos, cada 12 de octubre, se lamentan del oro que les “robó” España, pero
ninguno se queja del que les robó Estados Unidos al arrebatarles California por
la fuerza. Ningún político mexicano se pregunta qué habría sido de México si
California se hubiera mantenido mexicana, lo que habría convertido al país en
el principal productor de oro del mundo. Por supuesto, tampoco se quejan del
“oro negro” que les quitó Estados Unidos al despojar a México de Texas [...]. La
leyenda negra ha servido exactamente para dirigir el resentimiento de México
hacia España y para no reflexionar sobre el ladrón y el robo del 50% de su
territorio original [Texas, California, Nuevo México, Nevada, Utah, Colorado y
Arizona]» (Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021). Es cierto que este día, que nació como festivo en la Argentina
de Domingo Perón, es aprovechado por multitud de indigenistas, cuyo número
aumenta cada año, para reclamar sus orígenes precolombinos y encumbrarlos por
encima de los conquistadores y la cultura que se les impusieron, manifestando
ese sentir en las calles de Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires, Ciudad de
Méjico, Los Ángeles, Bogotá... Ondean como pendón su antiespañolismo contra la
conquista, tomando imágenes como las del Che Guevara, quien, por cierto,
admiraba a los conquistadores.
Muchos de esos mismos indigenistas son los que promueven el
uso del término «América Latina», que tan de moda está, porque ahora todo es
«latino»: la música, la cultura, el idioma, el país, el ciudadano. Seguramente
desconocen la procedencia de dicho término, pues es de origen francés, según lo
testimonia Manuel Baldomero Ugarte, expresión inventada por el ministro de
Napoleón III, Michel Chevallier, algo que pronto se apropiaron los
estadounidenses, verdaderos valedores de ella, para minusvalorar la importancia
de España en el continente americano. Y es que la lengua es a veces un arma
mucho más eficaz que una bomba o un fusil. Si se pretende corromper una nación
con una lengua franca, se mina ésta alentando la diversidad idiomática en
varias partes de la geografía, formalizando una pluralidad lingüística que con
el paso del tiempo inclina la balanza hacia la fragmentación idomática,
excluyendo la lengua franca de las escuelas y las universidades; como
consecuencia, aquéllos que no se expresan en la nueva lengua se sienten
extraños y son considerados extranjeros, de modo que, al final, las
instituciones avistan una suerte de separatismo que, en casos extremos,
reclaman la independencia del Estado a que pertenecían en un primer momento. En
algunos Estados de los EEUU se ha prohibido hablar español en los patios de las
escuelas y en la universidades, alarmadas las autoridades por el aumento
vertiginoso del idioma, creyéndose amenazados por esa «invasión silenciosa».
Desde luego, la lengua es un arma poderosa, pues como dice Mario Gullo: «La
fragmentación lingüística es siempre una herramienta de las potencias
hegemónicas para romper la unidad de los otros Estados».
Es de presumir que todo ese movimiento indigenista que brota
en todo el continente americano no esté de acuerdo con las palabras del
hispanista estadounidense Lewis U. Hanke: «La conquista de América por los
españoles no fue sólo una extraordinaria hazaña militar en la que un puñado de
conquistadores sometió todo un continente en un plazo sorprendentemente corto
de tiempo, sino, a la vez, uno de los mayores intentos que el mundo haya visto
de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y
sanguinaria» (Lewis Hanke, La lucha por
la justicia en la conquista de América, Sudamericana, Buenos Aires, 1949,
pág. 13).
Los vecinos del norte
Hasta ahora nos hemos limitado a referir lo que atañe a
España y su leyenda negra, las causas y las consecuencias, así como a desenmarañar,
aunque sea en las capas más superficiales, los entresijos que han ido
conformando las mentiras, los silencios y las tergiversaciones. Hemos
mencionado a algunos de los actores principales, una veces más centrados en
éste o aquél, y otras veces con leves alusiones, en ocasiones superficiales, y
sin ahondar en los motivos que los movieron a ello. Pues bien, viremos la
mirada hacia otro lado y veamos cómo el nuevo imperio surgido en el ocaso del
español llevó a cabo su expansión colonial, de modo que se puede comparar con
lo realizado por España a fin de situar las acusaciones más feroces contra los
españoles en un contexto real. Si tanto se agrede a la España de antaño, y aun
a la actual, y se la culpabiliza de monstruosas acciones, ¿qué han hecho las
demás naciones colonialistas para que no sean tratadas de igual modo? ¿Fueron
éstas más humanas en el trato con los colonizados, se comportaron de manera más
noble y leal con los habitantes y los recursos que éstos poseían? Veamos, pues,
algunos ejemplos de ello.
El genocidio estadounidense
«Los españoles
llegaron a América en 1492, y en cincuenta años habían conquistado más de 15
millones de kilómetros cuadrados. Los prófugos del Mayflower arribaron a la
costa en 1620, y ciento cincuenta años después, el territorio que habían podido
controlar era aproximadamente como España. No es esta flaca expansión la que se
debe comparar con el Imperio español, sino la que tuvo lugar desde 1783, fecha
de la independencia de Estados Unidos, que en sesenta años multiplica por ocho
su superficie con la compra de Luisiana, la incorporación de Florida, la compra
de Alaska y la anexión de territorio mexicano por el tratado de Guadalupe
Hidalgo. En uno y otro caso, el español y el estadounidense, el procedimiento
de expansión es la replicación de sí mismo, no la creación de una colonia, como
son los casos de Inglaterra, Francia u Holanda [...]. El primer intento de
asentamiento permanente data de 1607 en Jamestown (Virginia). En 1610 había
muerto el 80 por ciento de los que llegaron a bordo de los barcos fletados por
la English Virginia Company, la compañía comercial promovida por Jacobo I en
1606, el Susan Constant, el Godspeed y el Discovery. La situación se tornó tan
dramática que hubo casos de canibalismo y el asentamiento terminó
desapareciendo. Pero ya antes de esto, en 1585, Walter Raleigh había intentado
establecer colonias en la llanura oriental de América del Norte. Se fundó
fugazmente Virginia en honor de la reina Isabel de Inglaterra, pero su intento
no prosperó» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016).
¿Quién no ha visto una «película del oeste americano», donde
unos simpáticos colonos cruzan las grandes praderas en sus carromatos y, sin
más, son abordados por hostiles «pieles rojas» que con sus arcos y flechas,
rifles si son más modernos, acaban con los colones, tras lo cual les cortan el
cuero cabelludo y, exultantes y frenéticos, alzan al cielo su trofeo en medio
de grandes alaridos de regocijo? Una práctica bárbara e inhumana que se viene
repitiendo en muchas, por no decir casi todas, las «películas de indios». Sin
embargo, ¡ay, amigo lector! ¡Qué lejos está la verdad de lo que cuentan estas
historias! Conviene aclarar, antes de proseguir, que las guerras indias de la
América del Norte se produjeron cuando ya los españoles habían abandonado los
territorios que una vez estuvieron bajo su dominio (en las que no regía la
Corona española empezaron, obviamente, antes). Quiere esto decir que la
independencia de Hispanoamérica, en este caso de Méjico, dejó el camino libre
para la expansión de los Estados Unidos en detrimento de las tribus que los
españoles habían protegido hasta ese momento.
«La práctica de arrancar el cuero cabelludo se difundió en
el territorio de lo que hoy es Estados Unidos a partir del siglo XVII, cuando
los colonos blancos comenzaron a ofrecer fuertes recompensas a quien presentara
el cuero cabelludo de un indio fuera hombre, mujer o niño. En 1703, el gobierno
de Massachusetts pagaba doce libras esterlinas por cuero cabelludo, cantidad
tan atrayente que la caza de indios, organizada con caballos y jaurías de
perros, no tardó en convertirse en una especie de deporte nacional muy
rentable. El dicho “el mejor indio es el indio muerto” puesto en práctica por
Estados Unidos, nace no sólo del hecho de que todo indio eliminado constituía
una molestia menos para los nuevos propietarios, sino también del hecho de que
las autoridades pagaban bien por su cuero cabelludo. Se trataba de una práctica
que en la América española no sólo era desconocida, sino que, de haber tratado
alguien de introducirla de forma abusiva, habría provocado no sólo la
indignación de los religiosos, siempre presentes al lado de los colonizadores,
sino las severas penas establecidas por los reyes para tutelar el derecho a la
vida de los indios» (Vittorio Messori, Leyendas
negras de la Iglesia, Planeta, Barcelona, 2000, pág. 28).
Las nuevas colonias independientes de su metrópoli inglesa
aspiraban a abarcar más territorio, a extenderse hacia el sur y el oeste, tierras
habitadas por un buen número de naciones indias, de tribus que vivían de la
caza en su mayoría, pero también de la agricultura, bien es verdad que muchas
de ellas también eran violentas. Ya sabemos que los españoles «masacraron» a
los indígenas en sus encuentros, según los negrolegendarios, aunque éstos
mismos reconocen que la mayor parte de las muertes se debieron a enfermedades
traídas por los europeos. Eso sí, los «indios originarios» siguieron viviendo,
mayormente en mezcolanza con los blancos españoles, lo que no se puede poner en
duda, pues ahí están hoy día. ¿Hicieron lo mismo los estadounidenses? Veamos
qué nos cuenta Mario Gullo a este respecto: «La Indian Removal Act (Ley
de Desalojo o Traslado) de 1830 despojó de sus tierras a los indios
estadounidenses y les obligó a trasladarse a las reservas. En virtud de la
misma, en 1838, por ejemplo, 17.000 cheroquis fueron obligados a abandonar sus
hogares en el norte de Georgia y a trasladarse a pie hasta Oklahoma. La
deportación del pueblo cheroqui, es decir, la marcha forzada por cientos de
kilómetros atravesando zonas inhóspitas en medio de terribles nevadas, provocó
que muchos de los deportados perecieran víctimas del hambre, la sed y el frío.
Los cheroquis recorrieron más de 1.600 kilómetros en lo más crudo del invierno
y en el camino murieron cerca de cuatro mil, la mayoría ancianos, mujeres y
niños. La terrible marcha del pueblo cheroqui a la reserva, decidida –recordemos–
por el Gobierno de Estados Unidos, pasó a la historia como el “sendero de las
lágrimas”» (Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021).
Digamos que uno de sus más celebrados personajes históricos,
del que nadie osa renegar y al que identifican con la patria, la libertad, la
humanidad, es el célebre Abraham Lincoln. ¿Ha sido este presidente un santo o
algo parecido? Leamos este otro párrafo de Mario Gullo para aclararlo, pues se
supone que todo estadounidenses debe verse reflejado en las altas cotas morales
que Lincoln personifica: «No se suele contar que Abraham Lincoln, con
veintitrés años y el grado de capitán, participó de la guerra contra el jefe
indio Halcón Negro. Los sauk y sus aliados, los fox, los winnebagos y los
kickpús, liderados por Halcón Negro, se resistieron a ser desalojados de sus
tierras ancestrales y durante meses combatieron para no ser expulsados al oeste
del río Misisipi. La guerra comenzó exactamente el 6 de abril de 1832 con la
batalla de Stillman’s Run y continuó hasta la salvaje masacre de Bad Exe, que
tuvo lugar el 2 de agosto del mismo año. Tras el combate de Wisconsin Heights,
acaecido el 21 de julio de 1832, en el que el ejército de Estados Unidos derrotó
y capturó a Halcón Negro, los sauk trataron de huir hacia el oeste, pero el 1
de agosto, en Bad Axe, fueron alcanzados por el ejército y las milicias de
Illinois. Más de cuatrocientas mujeres, niños y ancianos fueron asesinados sin
piedad. Después, los soldados despedazaron los cadáveres y cortaron largas
tiras de carne para usarlas como cuchillas de afeitar» (Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé
de las Casas hasta el separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021).
En estas guerras entre «indios y vaqueros» hubo períodos de
treguas, claro está. Uno de esos períodos corresponde a 1861. En febrero de ese
año los blancos se reunieron con diez jefes cheyenes y arapahoes, entre ellos
Caldera Negra y Oso Flaco. A raíz de esa entrevista se firmó lo que se conoce
como Tratado de Fort Wise, según el cual las tribus cheyenes y arapahoes
debían abandonar los territorios que venían ocupando desde sus ancestros y
trasladarse a una reserva en las áridas llanuras que hay en el sudeste del
Territorio de Colorado. A pesar de ello, muchos de los cheyenes y arapahoes
renegaron del tratado firmado por sus jefes, de modo que siguieron viviendo en
sus terrenos de caza sin cometer actos de violencia.
«La Administración Lincoln animó a la gente a partir hacia el
Oeste. En 1862, el Congreso aprobó la Ley de Asentamientos Rurales. A partir
del 1 de enero de 1863 cualquier ciudadano de los Estados Unidos o aquel que
tuviera intención de serlo, incluidos los esclavos libres y las mujeres cabezas
de familia, recibirían un título de propiedad de 650 m2 de tierra
federal –160 acres– al oeste del río Misisipi, siempre que el demandante
hubiera hecho mejoras en la propiedad, hubiera residido en ella durante cinco
años consecutivos, y no se hubiera alzado nunca en armas contra los Estados
Unidos. Las familias que buscaban empezar de nuevo cultivando la pradera
atestaron las rutas de emigrantes, rebosantes ya de buscadores de fortuna, y la
presión sobre las tierras indias se intensificó» (Peter Cozzens, La tierra llora, 2016).
En general, esta expansión colonial tenía como meta
apoderarse de los amplios territorios poblados por las tribus autóctonas con el
único fin de emplearlas como pasto o tierra agrícola. Pero una casualidad hizo
que un gran éxodo de variopintos aventureros se desplazaran hacia el oeste: el
descubrimiento del oro en California en 1848. Numerosos genocidas buscadores
del dorado metal fueron diezmando las tribus allí aposentadas, casi todas
pacíficas. En el reciente Territorio de Oregón las poblaciones de blancos
crecieron sin control mientras las de los indios disminuían clamorosamente,
algo que no pasó desapercibido por las tribus del noroeste, las cuales se
pusieron en pie de guerra para defender sus posesiones ante el avance
destructor del hombre blanco. Esta «fiebre del oro» no fue algo puntual, pues
duró ni más ni menos que hasta 1960. Una consecuencia de esta avalancha de
colonos blancos, junto a la expansión del ferrocarril y el telégrafo, fue la
caza indiscriminada de búfalos, alimento esencial de las tribus indias, máxime
cuando se puso de moda el comercio de sus pieles, llenándose las praderos de
animales muertos y despellejados sin poder ser aprovechados para alimento, de
donde surgieron varios casos de hambrunas que llevaron a las tribus más beligerantes
a enfrentarse al ejército y a los colonos mismos.
Los cheyenes
En 1864, siendo Lincoln el presidente de Estados Unidos (lo
fue entre 1861 y 1865), los cheyenes estaban en guerra con los colonos blancos.
Ese año se llegó a un acuerdo, una paz firmada por ambas partes. Confiados en
esa paz entre blancos e indios, los cheyenes abandonaron las armas; sin
embargo, el odio visceral nacido durante los episodios bélicos no reblandeció
el corazón blanco, como nos lo narra Peter Cozzens: «A principios de abril de
1864, Chivington ordenó a la caballería que se dispersara por el oeste de
Kansas y matara a los cheyenes “donde y cuando los encontrara”. La noche del 15
de mayo de 1864, Oso Flaco y Moke-tav-uno-a (Olla Negra o, según otras
traducciones, Caldera Negra) acamparon a la vera de un arroyo embarrado
flanqueado por álamos, cinco kilómetros al norte del Smoky Hill. Al amanecer,
los cazadores se dispersaron por la llanura abierta en busca de búfalos. Al
poco tiempo, regresaron azuzando a sus caballos en dirección a la tienda del
voceador del campamento. Habían divisado en el horizonte cuatro columnas de
soldados a caballo, y las tropas tenían cañones. Mientras el voceador
despertaba al poblado, Oso Flaco se adelantó con una pequeña escolta para
encontrarse con los soldados. Llevaba bien visible sobre el pecho la medalla
del presidente Lincoln y, en la mano, los documentos de paz de Washington.
Desde lo alto de un pequeño promontorio, Oso Flaco vio a los soldados de
caballería al tiempo que ellos le vieron a él. El comandante ordenó a sus
ochenta y cuatro hombres que se dispusieran en línea de combate con sus dos
obuses de montaña. Detrás del jefe indio se agruparon con cautela cuatrocientos
guerreros del poblado. Oso Flaco se adelantó a caballo y un sargento se acercó
a medio galope hacia él. Al jefe no le debió parecer que hubiera peligro
alguno. Al fin y al cabo, él y el Gran Padre [Abraham Lincoln] habían acordado
una paz mutua. Le habían recibido dignatarios de todo el mundo en la Casa
Blanca. Los oficiales del ejército y de los fuertes de alrededor de Washington
habían sido amables y respetuosos. La gente de Nueva York le había rendido
honores. Tenía su medalla y los papeles de la paz para demostrar que era amigo
del hombre blanco. Pero las Grandes Llanuras eran un mundo aparte. Oso Flaco se
encontraba a tan solo nueve metros de los soldados, cuando éstos abrieron
fuego. El jefe murió antes de caer al suelo. Al disiparse el humo, varios
soldados rompieron filas y descargaron más balas sobre su cadáver. Tal como le
había advertido Lincoln, a veces sus muchachos se portaban mal» (Peter Cozzens,
La tierra llora, 2016). Esta proeza
del ejército estadounidense es conocida como «la tragedia de Wounded Knee».
Poco después, mediado el año, las autoridades de Colorado acordaron una paz con
el jefe cheyene Caldera Negra (Moke-tav-uno-a).
Ante esta eventualidad, los cheyenes se instalaron cerca de
Sand Creek (Arroyo de Arena). El 29 de noviembre de ese mismo año, setecientos
soldados del ejército de Estados Unidos, pertenecientes al Tercer Regimiento de
Caballería de Colorado y bajo las órdenes del general John Chivington, llegaron
a las inmediaciones del campamento indio. Veamos qué ocurrió entonces de la
mano del historiador Peter Cozzens: «Cuando Chivington estaba desplegándose
para el ataque, el jefe indio izó sobre su tipi primero una bandera americana
y, después, una bandera blanca. Pero Chivington no estaba interesado en
demostraciones de patriotismo ni en treguas. No quería capturar prisioneros, y,
en efecto, no capturó a nadie. Doscientos cheyenes, dos tercios de los cuales
eran mujeres y niños, fueron masacrados de un modo similar al del levantamiento
de Minnesota. Según declaró con posterioridad un intérprete del ejército: “Se
les arrancó el cuero cabelludo y se les sacaron los sesos. [Los habitantes de
Colorado] utilizaron sus cuchillos, destriparon a las mujeres, apalearon a los
niños pequeños, les golpearon en la cabeza con las escopetas, les sacaron el
cerebro, y mutilaron sus cuerpos en todos los sentidos de la palabra”. No
obstante, Caldera Negra consiguió escapar con su mujer, que logró sobrevivir a
nueve heridas. Con la única intención de impedir el inevitable ciclo de guerra
y venganza, llevó a los supervivientes bastante al sur del río Arkansas.
Mientras tanto, el coronel Chivington y el «Sangriento Tercero» cabalgaron
hasta Denver donde fueron recibidos como héroes» (Peter Cozzens, La tierra llora, 2016). Falta decir que
las mutilaciones a mujeres llevadas a cabo por los soldados consistían en las
orejas y los senos. Para remarcar este trato «humanitario», todo lo contrario
del que los indios recibieron de los españoles, acudamos a una nueva cita de
Mario Gullo: «La matanza ocurrió durante la presidencia de Abraham Lincoln, que
continuó la política de segregación territorial consistente en la deportación
forzada de las tribus indias de sus tierras históricas y su traslado a
minúsculas reservas donde se les condenaba a vivir de las dádivas del Estado
norteamericano, que les proveía –tarde, mal y nunca– de los alimentos que ya no
podían conseguir mediante la caza y la escasa agricultura que practicaban. Así,
durante la Administración Lincoln, el Gobierno federal practicó la limpieza
étnica del pueblo navajo, que fue obligado a caminar, en condiciones inhumanas,
más de quinientos kilómetros desde sus tierras en Arizona hasta un paraje
ubicado al este de Nuevo México conocido como Bosque Redondo. Es decir, se
repetía con los navajos lo sucedido con los cheroquis. Para implementar el
desalojo de su antiguos dominios, entre agosto de 1864 y finales de 1866 el
ejércio organizó cincuenta y tres marchas que pasaron a la historia como la
“larga caminata al Bosque Redondo”. Sin alimentos y agua, miles de navajos
murieron antes de llegar a Nuevo México» (Mario Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas
hasta el separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021).
Como vemos en el cine, la literatura, la pintura, la
política y hasta en los ensayos que se precian de relevantes, la «conquista el
oeste», tal y como nos la presentan, ha sido una grandiosa gesta, y así lo
afirman historiadores, politólogos, sociólogos y demás demagogos, para quienes,
por el contrario, la conquista española de América supuso un punto negro en la
Historia por su atroz genocidio. Uno de esos episodios «gloriosos» ocurrió el
27 de noviembre de 1868 junto al río Washita. Fue allí donde el famoso general
George Custer, al mando del Séptimo Regimiento de Caballería, se internó en el
campamento cheyene y masacró a sus residentes, no sólo guerreros, sino también
mujeres, ancianos y niños, incluso mujeres embarazadas y bebés recién nacidos,
los cuales, según un testimonio ocular, fueron pateados por los caballos para
ahorrar munición. Aunque el número de muertos por parte de los cheyenes es
difícil de calcularlo, podrían haber sido dieciocho guerreros, dieciséis
mujeres y nueve niños, mientras que por parte del ejército de Custer fueron
veintidós. Pocos años antes, el general Sherman, desempeñando como inspector de
paz con los indios, escribía a su hermano, senador, «cuanto más veo a estos
indios, más me convenzo de que hay que matarlos a todos o mantenerlos como
indigentes. Los intentos de civilizarlos son ridículos»; en 1867 repitió sus
deseos: «Debemos vengarnos con saña de los sioux, incluso exterminarlos a
todos, hombres, mujeres y niños».
Otras consideraciones
En 1854 ocurrió, una vez más, un hecho luctuoso e infame por
parte de los nuevos imperialistas estadounidenses. Nos lo cuenta el ya citado
Peter Cozzens: «John L. Grattan, un bisoño y arrogante teniente de West Point
que había alardeado de ser capaz de aplastar a todos los lakotas con un puñado
de soldados de infantería y un obús, se enfrentó al pacífico jefe brulé Oso
Conquistador a propósito de una vaca perdida de un emigrante que un guerrero
había matado. El jefe indio dijo estar dispuesto a ofrecer una compensación por
este hecho, sin embargo Grattan prendió fuego a su poblado. Cuando el incendio
se sofocó, Oso Conquistador yacía herido de muerte, y Grattan y sus veintinueve
soldados estaban muertos. El acto insensato de Grattan había supuesto una clara
agresión. Sin duda, fue una provocación suficiente para que los brulés
declararan una guerra abierta a los blancos, a pesar de lo cual se mostraron
bastante comedidos. Un grupo guerrero atacó una diligencia y mató a tres
pasajeros; por lo demás, las caravanas de emigrantes continuaron atravesando el
territorio brulé sin impedimento alguno. No obstante, eso no satisfizo al
Departamento de Guerra, que se negó a aceptar que las torpes acciones de
Grattan hubieran provocado el enfrentamiento. Determinado a vengar lo que
denominó la masacre de Grattan, el Departamento de Guerra ordenó al coronel
William S. Harney que diera a los indios una buena “paliza”. Así lo hizo dos
años más tarde, en septiembre de 1856, cuando arrasó un campo brulé cerca de
Blue Water Creek, en el territorio de Nebraska, donde asesinó a la mitad de los
guerreros y se llevó a la mayoría de las mujeres y los niños» (La tierra llora, 2016).
Según toda la exposición hasta el momento, no extraña que
los «indios originarios» nunca alcanzaran la ciudadanía estadounidense hasta
bien entrado el siglo XX. El 2 de junio de 1924 se aprobó en el Congreo la Ley
de ciudadanía india, mediante la cual se concedía dicha potestad a los
indígenas; eso sí, eran ciudadanos de segunda, pues tenían vetado participar en
las votaciones, el cual derecho al voto no se les otorgó hasta 1948. Entre
tanto, seguían sin poder practicar sus ritos religiosos, que tenían
estrictamente prohibidos hasta que en 1978 se aprobó la Religion Freedom Act,
a partir del cual momento ya se les «concedía» celebrar «algunas» ceremonias
religiosas, y decimos «algunas» porque en la práctica y por ley no tenían
libertad de culto, asunto que se subsanó con la Native American Free
Exercise of Religious Act en ¡1993!. Por supuesto, nada de lo revelado aquí
conviene airearlo, y eso que estos retazos sólo dejan adivinar la punta del
iceberg, porque, como dijo Tim Ciago: «El Pioneer
ha declarado que nuestra única seguridad depende del exterminio total de los
indios [norteamericanos por parte de los estadounidenses blancos]. Después de
haberlos perjudicado durante siglos, es mejor para proteger nuestra
civilización persistir en el error y borrar a estas criaturas indomables de la
faz de la Tierra» (Tim Ciago, The Man Who
Called for the Extermination of the Lakota).
Tal vez la mayor masacre india cometida por el ejército
estadounidense sea la masacre de Marías, silenciada aún más que la de Sand
Creek o la de Washita. La tribu de los piegan (pies negros) se encontraba
dividida en dos facciones: la pacífica y la guerrera. Al mando del comandante
Baker seis compañías de caballería se dirigían a vigilar el poblado guerrero,
asentado cerca del pacífico; cuando los soldados llegaron cerca de uno de
ellos, fueron desplegados en semicírculo. Lo que ocurrió allí nos lo cuenta
Peter Cozzens en su libro, ya mencinado varias veces, La tierra llora:
«El 23 de enero [1870], al amanecer, Baker encontró un
poblado piegan de treinta y siete tiendas situado en un extremo arbolado del
valle del río Marías. Desplegó entonces a sus hombres a pie, en un semicírculo
a lo largo de unos riscos que daban al poblado. Hacía un frío intenso y reinaba
un silencio mortal. La varicela había atacado el campamento y los piegan,
enfermos e indolentes, no habían apostado a ningún centinela. El único piegan
que había en pie era un guerrero de diecisiete años llamado Cabeza de Oso, que
se había levantado temprano para recoger su caballo, al que había dejado en los
riscos. Cuando subía fatigosamente se encontró frente a los soldados. El
comandante Baker cogió a Cabeza de Oso y le hizo señas para que guardara
silencio. En ese momento, Joe Kipp se dirigió a Baker dando traspiés sobre la
nieve y gritando que ese poblado era el de Corredor Pesado [que permanecía en
paz con el hombre blanco], no el de Jefe Montaña [que realizaba incursiones
violentas]. Baker, furioso porque los gritos de Kipp habían alertado a todo el
poblado, ordenó que arrestaran al explorador, y dijo a Kipp que daba igual qué
campamento fuera, un piegan era un piegan, y él tenía la intención de atacar.
Corredor Pesado, que había oído las voces de Kipp, corrió hacia los soldados
llevando un salvoconducto de la Oficina India. Joe Cobell disparó al jefe y lo
mató, tras lo cual Baker dio la siguiente orden: “Abrid fuego, continuad
mientras haya resistencia”. A pesar de que no hubo resistencia alguna, los
soldados dispararon igual, y Baker no hizo el menor esfuerzo por detenerlos.
Durante treinta minutos de locura, las mujeres y los niños fueron acribillados
o quemados vivos en sus tiendas. Cabeza de Oso dijo que Baker reía mientras
caminaba entre las ruinas abrasadas y contemplaba los cuerpos calcinados. Casi
con la puesta del sol, una endiablada tormenta de viento sopló desde las
montañas y recorrió el valle. Las temperaturas rondaban los treinta grados bajo
cero. Las fogatas crepitaban en el bosque y, poco después del anochecer, se
produjo una estampida de la manada de ponis. A medida que avanzaba la noche,
los nervios se iban crispando. Dos muchachos piegan salieron corriendo
entonces, con la intención de escapar, pero los capturaron de nuevo y los
llevaron ante un vengativo teniente, que ordenó su asesinato. Cuando los
soldados estaban preparando las carabinas, el oficial rugió: “No, no uséis las
armas. Coged hachas y matadlos uno tras otro”. Los soldados, obedientes,
arrastraron a los prisioneros a un lado y les dieron hachazos hasta matarlos. Baker
informó de que habían muerto 173 piegan y habían capturado a 140, con el coste
de un hombre muerto, y afirmaba que casi todas las bajas indias eran guerreros,
cuando en realidad había matado a 90 mujeres y 50 niños».
El 11 de noviembre de 2018, Mitch O’Farrell, concejal de la
ciudad de Los Ángeles, después de llevar un tiempo despotricando a diestro y
siniestro contra la ocupación española de la Alta California, consiguió la
autorización para quitar la estatua de Cristóbal Colón. La supervisora del
condado, Hilda Solís, argumentó que la conquista española era una mancha
sanguinolenta en la historia universal, por el cual motivo Colón no merecía tener
una estatua en el centro de la ciudad, puesto que daba «una visión romántica de
la expansión de los imperios europeos y la explotación de los recursos
naturales y los seres humanos». En cambio, el Séptimo Regimiento de Caballería
y, sobre todo, el general George Custer, no sólo poseen estatuas, sino que sus
nombres aparecen en el callejero. Tampoco se acordó la superviosra Solís de las
matanzas indiscriminadas de indios que se produjeron desde 1846, cuando Estados
Unidos se hizo con el estado californiano a costa de Méjico. Tales fueron la
masacre del río Sacramento (6 de abril de 1846), la masacre del lago Klamath
(12 de mayo de 1846) o la masacre de Sutter Buttes (21 de junio de 1846), las
tres debidas al excelso capitán John C. Frémont. Por cierto, la ciudad de
Fremont en Nebraska está nombrada en su honor. Concluyamos con Mario Gullo,
cuyo dedo escarba en la llaga de forma irónica: «Hasta ahora, que nosotros
sepamos, ningún político estadounidense de envergadura ha pedido que se retiren
las estatuas del general George Custer ni propuesto el cambio de nombre de las
ciudades de Forsyth o Frémont. Tampoco a ningún dirigente californiano se le ha
ocurrido mudar de nombre al río Kern o al condado Kern. Sin embargo, Hilda
Solís insiste en quitar de California las estatuas del santo español fray
Junípero Serra (1713-1784), quien durante la mayor parte de su existencia
defendió y protegió a la población india. Para Hilda Solís, envenenada por la
leyenda negra de la conquista española de América, los españoles son los únicos
“malos de la película”» (Madre Patria. Desmontando
la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán,
Grupo Planeta, 2021).
ALGUNOS HECHOS HISTÓRICOS CONOCIDOS Y OTROS POR
CONOCER
Desde la batalla del río Guadalete, donde el reino visigodo
perdió la guerra contra los árabes, hasta la batalla de Trafalgar, donde la
alianza entre Francia y España acabó siendo destrozada por la Armada inglesa,
los acontecimientos bélicos por los que ha transcurrido la historia española han
sido tan diversos como sorprendentes. Derrotas humillantes y victoras
gloriosas, como en cualquier otro país o nación, jalonan los pasos de la verdad
y de la fábula. En Covadonga se conjuga la leyenda y la realidad para crear un
relato mítico; en Lepanto la controversia y los testimonios fehacientes
retratan un acontecimiento memorable; Bailén refleja el esfuerzo de un pueblo
oprimido que va de la mano del atávico enemigo inglés para derrotar a la fuerza
imperial.
Todas estas batallas están acreditadas y lucen palmito en
los libros de Historia. Otras, sin embargo, duermen en los brazos del Leteo a
la espera de ser rescatadas y asomarse al mundo. A continuación reseñamos
algunas gestas españolas que pasan como de puntillas sin ser percibidas por el
común de las personas, no ya extranjeras, sino españolas. Son muchas más de las
que aquí aparecen, éstas sólo son parte de un muestrario reducido a quienes
otros ponen palabras. Llama la atención que estas gestas suceden en el mar o
éste participa de forma importante en los acontecimientos, y ello es que las
gestas terrestres ya son bien conocidas, sobre todo las debidas a los famosos
tercios (Ceriñola, San Quintín, Mühlberg, Pavía, Gravelinas...), menos lo son
las protagonizadas por la Armada.
Fernando Sánchez
de Tovar
«En el siglo XIV en Europa Francia e Inglaterra luchan
despiadadamente en la Guerra de los 100 años, en este momento Inglaterra no
domina toda su isla, pero grandes extensiones de Francia están bajo su control.
Europa retumba en el conflicto y muchos reinos toman partido por uno de los dos
bandos, y España no es una excepción.
»El rey Enrique II de
Castilla firma una alianza con Carlos V de Francia para combatir al común
enemigo: los ingleses. Inglaterra ha usado con éxito muchas veces el canal de
la Mancha como barrera para defenderse de ataques e invasiones, pero esta vez
no resultó: Castilla no sólo tenía flota, sino que era la mejor de toda Europa
occidental. Y fue precisamente esa flota, formada por los mejores barcos y
marinos que los astilleros sevillanos podían ofrecer, la que se enfrentó a los
ingleses en las frías aguas del canal. Los españoles juntaron una armada de 22
galeras dispuestos para el combate; mientras tanto, la escuadra inglesa (36
barcos) se dirigía al puerto de La Rochelle custodiando otros 14 barcos
repletos con el tesoro real para financiar las tropas del continente. Era el 22
de junio de 1372, y la flota castellana barrió por completo a la inglesa,
haciéndose con todo su tesoro. El puerto sería tomado un mes más tarde por Ruíz
Días de Rojas. La imparable armada continúa su campaña de acoso hasta que, al
año siguiente, otra flota inglesa le sale al paso en la bahía de Borneuf y es
derrotada por completo: los españoles son dueños indiscutibles del canal de la
Mancha. El rey Eduardo de Inglaterra no ve otra solución: firma un armisticio
en la localidad de Brujas, y los mares del canal y, lo que es más importante,
las rutas comerciales con la rica Flandes, caen en manos hispanas. Los ataques
siguen ininterrumpidos, mientras los ingleses tratan de reunir más flotas y
mejoran sus sistemas de defensa costeros, pero nada detiene a esos demonios
castellanos. Es entonces cuando Fernando decide golpear al mismísimo corazón
del orgullo inglés: tras arrasar de nuevo la costa, se dirige al este y remonta
el Támesis en dirección a Londres. Llega muy cerca, hasta el pueblo de
Gravesend, lo toma y lo incendia. Las llamas pueden observarse perfectamente
desde la Torre de Londres, y el rey debió de sentir muy de cerca el acero de
las espadas españolas
»"Dónde nunca jamás entraron", pues,
efectivamente, ningún enemigo volvió a hollar el Támesis después de Fernando
Sánchez de Tovar. Por desgracia, Fernando tenía otras batallas que librar por
su rey y su nación, así que abandonó la aún más difícil empresa de atacar el
mismo Londres y retornó a España, donde dio su vida en el asedio de Lisboa,
cuatro años después, que ayudó a tomar para Castilla como ofrenda y muestra de
cómo vivió: invicta y honorablemente. La muerte de Sánchez de Tovar no detuvo las
victorias hispánicas; mientras tanto, los barcos españoles surcarían esas aguas
dueños y señores de las mismas, tranquilos tras haber cumplido su deber con
valor. Fernando Sánchez de Tovar fue enterrado en la catedral de Sevilla, y en
su epitafio se podía leer:
»"Aqui yace el bueno e honrado caballero D. Ferrant
Sanchez de Tobar, almirante de Castilla que Dios perdone, sobre Lisboa en el
año de MCCCLXXXIV, e mandole facer esta sepultura Juan de Tobar su viznieto, en
el año de MCCCCXXXVI”»
La Contraarmada
[1589] «El proyecto era enviar una flota con el objetivo de
acabar con los barcos que habían sobrevivido de la Invencible, que se estaban
reparando en los puertos del Cantábrico; levantar Lisboa contra España con la
ayuda de los portugueses y apoderarse de una de las islas Azores. Si la cosa
iba bien, pensaban llegar hasta Sevilla e infligir serios daños en el corazón
mismo del comercio de Indias. Los ingleses llaman a este intento de invasión “The
Counter Armada”, y también “The Drake-Norreys Armada”. Supusieron los ingleses
que los españoles estarían bajos de moral después de lo ocurrido y además
pensaron que los portugueses, recientemente incorporados al Imperio, se
levantarían contra España. Para esto contaron con la complicidad de un
aspirante al trono portugués, Antonio, prior de Crato, que los convenció de
que, llegados a Lisboa, el levantamiento se produciría. Fueron unos 180 barcos,
muchos más de los que envió Felipe II».
En un primer inento desembarcan en las costas gallegas, pero
son rechazados. Allí se hace famosa la defensa de María Pita, viuda en aquellos
mismos instantes. La pésima organización (embarcaron gran cantidad hombres y
armas, pero no de alimentos) hizo que la campaña fracasara antes de comenzar. «Cuando
llegaron a Lisboa ya iban muertos de hambre y sed. Mandaban los barcos
españoles don Alonso de Bazán, hermano de don Álvaro (unos 20 barcos) y Martín
de Padilla (unos 10 barcos)». Las tropas desembarcadas en tierras protuguesas
fueron ampliamente derrotadas y sus barcos, una vez reembarcados los soldados
huidos, iniciaron la huida. «Cuando los ingleses huyeron de Lisboa [...], Padilla
no dejó que los ingleses se acercaran a las Azores (más hambre todavía)».
Finalmente «hubo 15.000 muertos y miles de desertores. Entre 40 y 50 barcos se
perdieron o fueron capturados».
Una vez dada por finada la campaña, la actitud de los reyes
contendientes con respecto a las milicias participantes difiere en extremo. Tras
la derrota de la Gran Armada «Felipe II no permaneció inconsciente a las
calamidades de los bravos soldados y marinos que tanto habían arriesgado y
soportado en el transcurso de aquella desastrosa cruzada. Hizo cuanto estuvo en
su mano para aliviar sus sufrimientos y en vez de recriminar la derrota de
Medina-Sidonia, le ordenó que regresara a Cádiz y reanudara allí su gobierno.
[en cuanto a Isabel I, tras la derrota de la Contraarmada] escribe Burghley: “Las
enfermedades y la muerte están causando estragos entre nosotros; resulta
doloroso ver cómo aquí en Margate no hay lugar para estos hombres y muchos de
ellos fallecen en las calles”. Una vez más, el 30 de agosto insistió: “Es
lastimoso presenciar cómo los hombres padecen después de haber prestado tal
servicio... Valdría más que Su Majestad la reina hiciera algo en su favor, aun
a riesgo de gastar unas monedas, y no los dejara llegar a semejante extremo,
porque en adelante quizá tengamos que volver a necesitar de sus servicios; y si
no se cuida más de esos hombres, y se les deja morir de hambre y de miseria
será muy difícil volver a conseguir su ayuda”».
La Gran Armada que el rey Felipe II había enviado contra
Inglaterra no fue, como se dijo, un capricho del monarca o una decisión tomada
sin consenso. «Los españoles no fueron a Inglaterra por su cuenta y riesgo,
sino con el apoyo de una parte notable de la población inglesa, que veía
peligrar su vida y sus bienes bajo el régimen anglicano-isabelino [...]. Señala
Maltby que “el mito no se ha disipado todavía, pese a que en su forma extrema
se acerca al ridículo” [con especto a la Gran Armada]. Casado Soto demostró que
se perdieron unos 30 barcos y regresaron 100, y que casi todos ellos eran
barcos de transporte [...]. Perdidos en combate en manos inglesas solo hubo
dos: el San Salvador y el Nuestra Señora del Rosario [...]. Según algunos historiadores,
la derrota de la Armada Invencible “marca el ocaso del imperio colonial español
y el comienzo del británico”. Resulta difícil comprender el porqué del
razonamiento. En 1603 España no había abandonado a Inglaterra ni uno solo de
sus dominios de ultramar, mientras que la colonización inglesa en Virginia tuvo
que ser aplazada de momento. La campaña de la Invencible tampoco “transfirió el
dominio de los mares de España a Inglaterra”... La derrota de la Invencible no
significó el fin de la Marina española, sino su comienzo. Los ingleses podían
invadir la costa española, pero no bloquearla. Drake y Hawkins soñaban con
someter a Felipe impidiendo la llegada de las riquezas del Nuevo Mundo, pero el
caso es que llegaron más tesoros de América a España desde el 1588 al 1603 que
en ningún otro periodo de quince años de la historia española [...]. Durante
todo el resto del reinado de Isabel, barcos ingleses fueron capturados y
ataques ingleses fueron rechazados [...]. Como Richard Hawkins escribió en un
arrebato de sinceridad en una carta (privada, por supuesto) en 1598: «”hat the
war with Spain hath been profitable no man with reason can gainsay... How many millions we have taken from
the Spaniards is a thing notorious” [...]. El poderoso Felipe II soportó
cancioncillas y memoriales tan virulentos contra su labor que hoy día nos
cuesta creer que hubiera semejante libertad de expresión, porque no parece que
a los autores de aquellas críticas acerbas les pasara nada».
María Elvira Roca Barea, Imperiofobia
y la leyenda negra, 2016
La batalla de Gibraltar
«La denominada batalla de Gibraltar (1621), que algunos
autores titulan batalla del Estrecho, fue un combate entre nueve galeones
españoles y una flota holandesa de treinta navíos mercantes, fuertemente escoltada
por veinte buques de guerra. Durante la hispano-holandesa guerra de los Ochenta
Años que mantuvieron las Provincias Unidas de Holanda para independizarse del
dominio español, durante el reinado de Felipe III y la privanza del duque de
Lerma, se concertó la Tregua de los Doce Años (1609-1621). A partir de 1621 se
reanudaron las hostilidades que acabaron en 1648 con la firma del Tratado de
Munster. El mando español decidió interceptarla y, teniendo en cuenta el
alcance de la fuerza, se preparó para reunir una armada de superior potencia. A
este fin, se planeó reunir en la zona del Estrecho varias escuadras: la armada
del Océano comandada por D. Fadrique de Toledo, la escuadra del Estrecho al
mando de don Juan Fajardo, la de Portugal al mando de Martín de Vallecilla y la
de Cuatro Villas, al mando de Francisco Acevedo.
»La Armada del Océano que estaba fondeada en Cádiz, salió el
31 de julio hacia el cabo de San Vicente, esperando reunirse con las otras
tres. Por diversos motivos, éstas no lograron acudir a la cita; solamente D.
Fadrique se encontraba en posición de enfrentarse a la columna holandesa. Sin
esperar más, D. Fadrique y su exigua escuadra, compuesta por el galeón Santa
Teresa, enorme buque de más de 800 toneladas, quizá el mayor y mejor artillado de
su época, tres galeones de unas 450 tm, otros tres de 350 tm y dos pataches, se
dirigió a la bahía de Algeciras. El día 9 de agosto, desde Ceuta se avistó a la
formación holandesa, informando a la escuadra española. El día 10 por la mañana
se avistaron ambos rivales. Los mercantes neerlandeses estaban a barlovento, en
dos grupos de veinticuatro y siete, protegidos por doce naves de guerra que,
confiando en su superioridad numérica, formaron en línea de combate. La táctica
española consistía en aprovechar la mayor potencia de fuego de la nave capitana
para lanzarla sobre la formación contraria, abriendo brecha por donde pasarían
el resto de la flota. Para asegurar el tiro, no se abría fuego hasta
encontrarse a tocapañoles.
»El Santa Teresa, buque insignia, conmino a la rendición
enemiga, que, rechazando el ofrecimiento, lanzó a dos navíos a cañonearla. Tras
soportar la primera descarga de los dos barcos neerlandeses, se desplazó entre
ambos, abriendo fuego de artillería y mosquete a babor y estribor. El daño fue
enorme, retirándose del combate las dos atacantes. D. Fadrique continuó su
rumbo entre la formación rival, abriendo un enorme corredor por donde se
introdujeron los otros galeones, que en esta primera fase lograron hundir o
capturar dos o tres navíos. Cuando atravesó completamente la formación
holandesa, el Santa Teresa viró, volviendo al combate y capturando un barco e
incendiando a otro. A cambio, el fuego se propagó al propio Santa Teresa; el
incendio pudo ser sofocado, pero su efecto se sumó a los daños recibidos en el
combate, por lo que disminuyó su actividad. Sobre las 15:00 horas, la batalla
había declinado, el grueso del convoy holandés optó por abandonar la batalla,
continuando su ruta. En términos estrictamente militares el combate se saldó
con una rotunda victoria española, cinco buques destruidos y dos apresados
contra ninguna pérdida propia».
El Glorioso
«En enero de 1738 se ordenó su construcción en La Habana de
dos navíos de 70 cañones y uno de 50 (navíos que serían después llamados
Glorioso, Invencible y Bizarro). En el marco de la guerra con los británicos,
protagonizó uno de los combates más memorables de la Armada Real española. Al
mando del capitán don Pedro Mesía de la Cerda, luego marqués de la Vega de
Armijo, siendo su segundo el capitán de fragata don José de Rojas Recaño,
regresaba con caudales, cuatro millones de pesos en monedas de plata, cuando es
atacado el 25 de julio de 1747 en las islas Azores. En este primer combate
desmanteló al navío Warwick, de 60 cañones, y a la fragata Lark, de 44. En la
costa de Finisterre volvió a rechazar el ataque de un navío de 60 cañones y dos
fragatas de la escuadra del almirante Byng. Consiguió entrar en Corcubión y
desembarcó los caudales el 16 de agosto.
»Habiendo cumplico su comisión con éxito, zarpa rumbo a
Cádiz. A la altura del cabo de San Vicente tiene lugar su último combate, donde
es atacado sucesivamente por las fragatas corsarias King George y Prince
Frederick, que tuvieron que retirarse destrozadas. Otros diez buques británicos
participaron en la caza, enfrentándose a los navíos Russell, de 80, Darmouth,
de 50, y dos fragatas. El Darmouth se hundió entre llamas, salvándose sólo 14
hombres. El navío Glorioso tuvo que rendirse, pero sólo al haber consumido las
municiones y tener a bordo 33 muertos y 130 heridos».
La Guerra del Asiento
«En 1741 lord Vernon marchó a Cartagena de Indias con la
intención de invadir aquella parte del mundo. No fue un ataque cualquiera.
Supuso uno de los mayores esfuerzos que haya afrontado la armada inglesa y fue,
hasta el desembarco en Normandía, el más grande que registra la historia: 8
navíos de 3 puentes y 90 cañones, 21 de 2 puentes y 50 cañones, 12 fragatas de
40 cañones, varias lombardas y 130 buques de transporte con 12.600 marineros y
10.000 soldados de infantería [...]. El almirante Blas de Lezo, con 3.000
hombres, consiguió derrotar a los ingleses [...]. La mayor parte de la
población inglesa no se enteró de lo que había pasado en Cartagena. Y los
libros de texto hoy no lo mencionan, ni los españoles ni los ingleses» (María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y la leyenda negra, 2016). Fue ésta una consecuencia casi
lógica de lo que se llamó la Guerra del Asiento entre España e Inglaterra,
también conocida como la Guerra de la Oreja de Jenkins, sucedida entre 1739 y
1748.
«La cuestión específica que
yacía detrás de la crisis de 1739 era el asunto relativamente menor de la
incertidumbre de los británicos por los resultados en la Guerra de Sucesión
Española sobre derechos para comerciar esclavos y otras mercancías con la
América hispana. Gran Bretaña había obtenido el privilegio del «Asiento de
Negros» (licencia española para vender esclavos negros en la América hispana)
durante 30 años y una concesión del «navío de permiso» (licencia para comerciar
con América hispana con las mercancías que pudiese transportar un barco con
capacidad de 500 toneladas). España estableció una guardia costera en aguas
americanas para defenderlas del contrabando. Los comerciantes británicos se
quejaron ante las autoridades británicas del trato rudo de parte de los
guardias españoles.
»En 1731, frente a las costas de Florida, el Bergantín Rebecca,
capitaneado por Robert Jenkins, fue abordado por el buque patrullero español La
Isabela, comandada por Julio León Fandiño, quien cortó la oreja del Capitán
Jenkins a quien acusó de contrabandear. Fandiño le dijo a Jenkins Ve y di a tu
rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve. En 1738 los comerciantes
británicos presentaron ante el parlamento (británico) el caso del capitán
Jenkins, quien declaró haber perdido su oreja ante la brutalidad de los
españoles.
»El 10 de julio de 1739 el rey británico Jorge II autorizó a
la Junta del Almirantazgo a atacar objetivos marítimos de España. Pero la
guerra no fue declarada hasta el 23 de octubre, un día después del ataque
británico (sin éxito) en La Guaira, el puerto principal de la Provincia de
Venezuela, controlado por la Compañía Guipuzcoana. La flota inglesa continuó
sus ataques en el Mar Caribe, y tanto Inglaterra como España contaban con la
entrada de Francia en el conflicto (a favor de los españoles), pero se mantuvo
neutral hasta 1744. El almirante Edward Vernon al mando de seis navíos capturó
y destruyó Puerto Bello (lo que actualmente es Portobelo, Panamá) en noviembre
de 1739, donde se encontraba un centro de exportación de plata en el Virreinato
de Nueva Granada. El gobernador de la plaza, Francisco Javier de la Vega Retez
mantenía una pobre defensa ante la situación de guerra inminente. Ante el éxito
de su campaña en Puerto Bello, Vernon decidió continuar con una campaña contra
Cartagena de Indias entre el 13 y el 20 de marzo de 1740. Los británicos
intentaron desembarcar sin éxito ante el contraataque de la guarnición
española. Durante tres días atacaron el poblado con cañones desde los navíos,
pero ante el estancamiento de la acción, Vernon ordenó la retirada el 21 de
marzo.
»Tras la facilidad de las acciones en Porobelo los
británicos decidieron no atacar La Habana como tenían planeado, sino atacar por
segunda vez Cartagena de Indias, dada su estratégica importancia como puerto
principal del Virreinato de España y punto de partida de la Flota de Indias
hacia la península Ibérica. Los británicos reunieron en Jamaica la mayor flota
naval vista hasta entonces, al menos 186 naves y más de 27 mil hombres, armados
y cargados con miles de piezas de artillería. La protección del puerto español
en Cartagena estaba bajo el comando de Blas de Lezo, un veterano marinero con
experiencia en numerosas batallas navales durante la Guerra de Sucesión
Española. Pero solo contaba con el respaldo de una pequeña flota de seis navíos
y unos tres mil hombres.
»Entonces, los británicos bajo el mando de Vernon bloquearon
el puerto español en Cartagena de Indias el 13 de marzo de 1741, al tiempo que
desembarcaron tropas con el objetivo de tomar el Fuerte de San Luis de
Bocachica. Tras fuertes ataques con cañones desde los navíos británicos, los
españoles se retiraron hacia la ciudad, perseguidos. Vernon cometió el error de
dar la batalla por ganada, enviando un correo a Jamaica donde comunicaba que
había tomado la ciudad. En Inglaterra celebraron la victoria. Pero cuando el 19
de abril los británicos se disponían a efectivamente tomar el castillo San
Felipe de Varajas, fueron derrotados por fuerzas numéricamente menores. Blas de
Lezo había ordenado excavar fosos al pie de las murallas por lo que las escalas
eran demasiado cortas, así no podían atacar ni huir debido al peso del equipo.
Los españoles entonces abrieron fuego contra los británicos, produciéndose una
carnicería sin precedentes. A pesar de los constantes bombardeos y el
hundimiento de la pequeña flota española, las fuerzas de Blas de Lezo lograron
evitar nuevos desembarcos británicos, quienes se vieron obligados a permanecer
en sus navíos durante un mes con provisiones limitadas. El 9 de mayo Vernon se
vio obligado a levantar el asedio y dirigirse a Jamaica con lo que quedaban de
sus tropas, ya en estado de desnutrición, plagadas de enfermedades y heridas de
combate. Unos 6 mil británicos fallecieron frente a unos mil españoles en el
segundo intento por tomar Cartagena de Indias. Fue necesario hundir algunos
navíos ante la falta de personal. Cuando el rey británico Jorge II se enteró
del fracaso fue tal el bochorno, aumentado por las festividades previas, que
prohibió reportar el asunto a sus historiadores.
»Los combates de la Guerra del Asiento en el frente
norteamericano tuvieron como centro una una joven colonia fundada en 1733 en
Georgia, una de las Trece Colonias Británicas. Su importancia yacía en su
cercanía a las posesiones españolas en Florida y las posesiones francesas de
Luisiana en el Virreinato de Nueva Francia. El gobernador James Edward
Oglethorpe acordó la paz con los indios seminola para mantenerlos fuera del
conflicto y ordenó la invasión de Florida en enero de 1740. El 31 de mayo los
británicos asediaron la fortaleza de San Agustín, pero la campaña fracasa y se
ven obligados a levantar el sitio en julio. En julio de 1742 los españoles
contraatacaron, intentando bloquear el paso entre la base británica de Savannah
y Florida a través de una ofensiva en la isla de Saint Simons, defendida por
los fuertes Saint Simons y Frederica. Los españoles tomaron Saint Simons, pero
en camino a Frederica fueron emboscados por soldados ingleses, colonos
escoceses e indios yamacraw. Oglethorpe entonces ideó una estratagema con uno
de los prisioneros españoles, le comunicó que estaban por recibir grandes
refuerzos desde Charlestown y lo dejo ir. Pero era falso, no existían tales
refuerzos. Pero cuando este regresó a Saint Simons y comunicó la falsa noticia
a Montiano, optó por destruir el fuerte y regresar a Florida».
Hay que añadir que durante el segundo sitio de Cartagena de
Indias y tras las primeras victorias inglesas, Vernon mandó mensaje a su reina,
incidiendo en el hecho de que la ciudad estaba prácticamente tomada. Entonces
se mandó acuñar una tirada de monedas en conmemoración del éxito, donde estaban
estampadas las figuras del inglés, de pie, y de Lezo, de rodillas. Una vez que
se supo la verdad de la derrota, las monedas fueron retiradas. En la actualidad
dichas monedas son de las más cotizadas en el mercado numismático.
La batalla de Brión
«La batalla de Brión (25 y 26 de agosto de 1800) fue un
enfrentamiento bélico entre tropas británicas y españolas, con victoria de las
segundas, en el contexto de la guerra anglo-española iniciada en 1796 por
España como aliada de Francia frente a Gran Bretaña. A la fecha de este
combate, Francia estaba librando además la guerra napoleónica de la Segunda
Coalición. La batalla tuvo lugar en diversos puntos cercanos a la Ría de
Ferrol; uno de ellos, el pueblo de Brión, le da nombre, aunque también se
denomina en ocasiones Batalla de Doniños por ser esta una de las dos playas en
las que desembarcaron los atacantes. Para España, la mayor consecuencia
positiva de esta victoria táctica es haber salvado in extremis un arsenal y
unos barcos cuya pérdida habría sido de gran importancia para el desarrollo de
la guerra. El Reino Unido intentó posteriormente otro ataque a la costa
española: en octubre de ese mismo año, una escuadra se presentó frente a Cádiz,
pero desistió de sus intenciones ante la inminente llegada de una tormenta. Al
fracasar en Ferrol esa flota y su infantería embarcada, intentó atacar a Cádiz;
desistió por hallarse esta última con una epidemia. En Gibraltar cambiaron de
mando del ejército y se lo dieron al general Abercromby, que derrotó al
ejército, ya muy mermado, de Napoleon en Egipto».
Un último
apéndice
De las muchas batallas navales en las que participó la
Armada española, quizás sean dos las más notables; en una hubo victoria
(Lepanto), en otra hubo derrota (Trafalgar). Vamos aquí a referirnos a esta
última. Se ha establecido como norma al evaluar dicha contienda que en ella
nace el mito Nelson, puesto que su victoria fue incontestable sobre los navíos
franco-españoles. No cabe duda de que los laureles se los llevaron los
ingleses, pero el modo en que se dio por finalizado el combate va cambiando de
pareceres según transcurre el tiempo y se analiza la batalla con más
detenimiento.
Hay voces que asumen un discurso bien disparejo del oficial.
Esas voces afirman que los ingleses no se fueron de rositas, sino «con el rabo
entre las piernas». Asimismo, ¿por qué Nelson alcanzó aquí la cima de su fama?
Al fin y al cabo, porque aquí fue donde perdió la vida. Además de perder al
insigne, Inglaterra perdió al acreditado Victory, su buque estrella, y otros
dos navíos más acabaron en las costas portuguesas, su aliado, por tener que ser
reparados. Por su parte, la coalición hispano-franca hubo de lamentar la
pérdida de entre 15 y 20 barcos.
Parece ser que la derrota de los aliados se debió a la
incompetencia del almirante francés, que ordenó salir a los barcos para luchar
en mar abierto en contra de la opinión de los oficiales españoles, y sacó la
flota mal dispuesta, con viento en contra y sin posibilidad de maniobra. Los
españoles se negaron a salir de Cádiz en un principio, aunque acabaron por
obedecer las órdenes, sabiendo de antemano el desastre que se avecinaba. Cuatro
navíos franceses se dieron a la fuga, siendo capturados a la altura de
Finisterre, y el comandante ordenó que cada barco hiciera lo posible por su
propia cuenta.
Se cuenta que, cuando la noticia de cómo se produjo el
fracaso naval llegó a oídos de Napoleón, éste se quejó amargamente del
comportamiento de sus compatriotas y alabó en extremo el de los españoles. El
comandante francés, vicealmirante Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve
fue enviado preso a Inglaterra, pero fue puesto en libertad bajo palabra.
Volvió a Francia en 1806. El 22 de abril de 1806 se le encontró muerto en su
habitación del Hotel de Patrie, en Rennes, apuñalado en el pecho seis veces. Se
informó que Villeneuve se había suicidado y se le enterró sin ceremonia alguna.
ANEXO: CITAS SOBRE EL PROBLEMA CATALÁN
Mario
Gullo, Madre Patria. Desmontando la
leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el
separatismo catalán, Grupo Planeta, 2021.
«El libro de texto Geografía
e Historia 2, de Manuel Burgos Alonso y María Concepción Muñoz-Delgado,
recoge la falacia de que la Corona de Aragón era federativa porque “estaba
compuesta por varios reinos (Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia) que
contaban con sus propias leyes y costumbres” –cuando Cataluña nunca fue
reino–».
«Si la independencia de Cataluña algún día llega a
producirse, no será el resultado de la lucha de una nación oprimida contra una
nación opresora, sino la consecuencia de la invención de un “sentimiento
antiespañol” producto de la falsificación de la historia [en 1714 Castilla nos
conquistó; a los catalanes, desde 1714, nos gobiernan los castellanos; España
nos ha tratado, desde 1714, como a una colonia]».
«La realidad de la historia es que el “nacionalismo
separatista catalán” no existía en 1714, por la sencilla razón de que a ningún
catalán se le pasaba por la cabeza la idea de separar Cataluña de España, pues
una cosa era demandar fueros y otra muy distinta reclamar la independencia».
«Cuando el granadino Francisco de Paula Martínez de la Rosa
(1787-1862), poeta, dramaturgo, diplomático y primer presidente del Consejo de
Ministros de España durante el Trienio Liberal (1820.1823), sostuvo el
proteccionismo económico establecía una tiranía que obligaba a todos los
españoles a comprar productos industriales catalanes malos y caros, los
políticos, los intelectuales y los periodistas catalanes le contestaron al
unísono que todo era por el bien de España».
«En los escritos y discursos de Almirall está siempre
presente la idea fuerza de que los problemas de España tienen su origen en el
sistema autoritario e intolerante impuesto por los castellanos frente al
sistema pactista y dialoguista propuesto por aragoneses y catalanes».
«Según Almirall, el Estado español estaba compuesto por dos
entidades básicas irreductiblres: la castellana y la catalana. La primera,
idealista, abstracta, generalizadora, oscurantista, fanática y opresora; la
segunda, positivista, analítica, igualitaria, tolerante y democrática».
«En julio de 1882, la presión ejercida por la burguesía
catalana logró que se aprobase la Ley de Relaciones Comerciales con las
Antillas, con la que intentó reservarse el mercado de Cuba y Puerto Rico para
su producción industrial. La Ley establecía un arancel de entre el 40 % y el 46
% para los productos exgtranjeros».
«Con razón, en 1901, el presidente del Consejo de Ministros,
Práxedes Mariano Mateo Sagasta (1825-1903), afirmó: “Probablemente hayamos
perdido Cuba debido al privilegio del que ha gozado Cataluña».
[en relación con la subida de impuestos tras la pérdida de
Cuba en 1898] «Ocasionó importantes protestas, sobre todo en Barcelona, donde
desde los pequeños comerciantes hasta los grandes empresarios se rebelaron
[...]. Conviene recordar que muchos de los industriales que se rebelaron antes
se habían enriquecido con el proteccionismo económico que obligaba a todos los
españoles a comprar sus productos. Sin embargo, cuando hubo que pagar
impuestos, un sector nada despreciable de la burguesía catalana comenzó a
pensar que, si chantajeaba al Gobierno centra con la independencia, podría
obtener más privilegios con los que compensar los que había perdido, valga la
redundancia, con la pérdida de Cuba [...]. Para crear el sentimiento
independentista había que falsificar la historia, y eso fue lo que hicieron».
«Todo este cúmulo de circunstancias contribuyó a que, en las
calles de Barcelona, a partir de 1898, comenzaran a repetirse una y otra vez
frases como “En Madrid pagan menos”, “Madrid nos roba”, “Madrid despilfarra el
dinero”».
«En el simposio organizado por el Institut Nova Història en
noviembre de 2014, se sostuvo con total “seriedad” y “objetividad
científica” que iconos de la historia
como Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes [cuyo verdadero nombre sería Miquel
Sirvent], Américo Vespucio, Hernán Cortés, Martolomé de las Casas, Sante Teresa
de Jesús, El Greco e incluso Leonardo da Vinci [cuya Gioconda sería en realidad
Isabel de Aragón, hija del valenciano Ferrán de Nápoles] o William Shakespeare
eran catalanes, pero que un fraude organizado por los “pérfidos historiadores
castellanos” los hizo españoles [...]. En el simposio se afirmó también, segújn
contó el periodista Cristian Segura, que “Colón fue ricibido en 1493 por los
Reyes Católicos en el actual Palacio de la Generalitat, que Américo Vespucio
viajó a América en nombre del “rey de Cataluña” y que el apellido Vespucio era
la adaptación italiana del apellido Despuig”».
«En 2009 el vicepresidente José Luis Péred Carod –que cambió
su nombre a Josep-Lluís Carod-Rovira cuando se convirtió en secesionista
catalanista– promovió la concesión de una subvención millonaria (en dólares
estadounidenses) a Ecuador, pero no para construir hospitales, comedores
sociales o escuelas, sino para subvencionar el fundamentalismo indigenista bajo
la fachada de fomentar el cultivo de las lenguas indígenas» [según el escrito
de Santiago Armesilla, Carod-Rovira: un
colonialista depredador, aparecido en El
Revolucionario el 14 de marzo de 2009]
Otras citas de varios
autores
«A lo largo de los reinados de Felipe V, Fernando VI, Carlos
III y Carlos IV se dictaron numerosas medidas para favorecer la producción
textil nacional, catalana en muy buena parte: obligación al Ejército de que
adquiriera sus pertrechos en fábricas textiles nacionales, prohibición de
introducir en España cualquier tipo de producto textil, etc. Tan favorecida
resultó Cataluña por los Gobiernos borbónicos que, al terminar, el XVIII fue
bautizado por varios políticos y escritores catalanes como “el Siglo de Oro de
Catalluña”» (Jesús Laínz, ¿En qué
consistió el privilegio catalán?).
«Los catalanes quienen leyes justas, a excepción de la ley
de aduana, que debe ser hecha a su medida. Quieren que cada español que
necesite algodón pague cuatro francos la vara, por el hecho de que Cataluña
está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña no puede
comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco
la vara» (Henri Beyle, Diario de un
Turista, 1839, citado por Luis Ventoso, De
cómo Cataluña se volvió rica y Galicia pobre).
«Los catalanes son tan españoles como los habitantes de las
otras regiones y lo son no solamente por sentimiento, sino, más aún, por
reflexión [...]. Nosotros no podemos ser otra cosa que españoles: tal es la
opinión de quien escribe estas líneas» (Valentí Almirall, Espagne telle qu’elle est, 1887, pág. 20).
«España está paralizada por la necrosis producida por la
sangre de razas inferiores como la semítica, la bereber y la mongólica, y por
espurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando
todos los que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos serviles
e imbéciles [...]. Del sur al Ebro los efectos son terribles; en Madrid la
alteración morbosa es tal que casi todo su organismo es un cuerpo extraño al
general organismo europeo. Y desgraciadamente la enfermedad ha vadeado ya el
Ebro, haciendo terrible presa en las viriles razas del norte de la Península» (Pompeu
Gener, Herejías, 1887, pág. 239).
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