Parhelio

 

Hoy ha sido uno de esos días en que la lluvia persistente recuerda la nadería de la que estamos hechos; desde esta mañana no ha dejado de repetirlo. Cada vez que una ráfaga de viento empujaba las gotas contra los cristales de la ventana de la habitación, yo me arrebujaba más entre las sábanas. Pero, no era cuestión de pasarse toda la mañana metido en la cama aguardando el regreso de Soledad, así que hice de tripas corazón y me destapé sin pensármelo dos veces. El frío me golpeó y me impelió a ponerme en acción, si no quería helarme allí mismo. Es cierto que con la calefacción se podría haber caldeado el cuarto, incluso toda la casa, desde una hora prudencial, o haberla dejado encendida las veinticuatro horas que dura el día; no es por ahorrar dinero, sino que de siempre he detestado ese tipo de calor y no tenemos calefacción, tan sólo un par de estufas. Digo no tenemos porque, si bien Soledad insiste todos los inviernos en convencerme para ponerla, ella también comparte el fresco y se amolda a poner un poco más de ropa. Es éste uno de mis escasos caprichos, el único en el que no transijo, al menos hasta ahora; por eso Soledad no protesta demasiado y en los pocos años que llevamos casados se va acostumbrando poco a poco a aguantar la situación. Fue la primera y última discusión que tuvimos, y apenas duró un par de minutos, y eso que ocurrió durante el segundo de los inviernos desde nuestra boda: ya se sabe que algunas parejas, sobre todo si llevan poco tiempo conviviendo, esquivan las discusiones aplazándolas para cuando ambos se hayan hecho a la idea de que su vida ya no es la misma, un giro de ciento ochenta grados. Cada uno debe ceder un poco de sí mismo al tiempo que defiende la cada vez más menguada independencia que les resta, a sabiendas que con el tiempo también estará acabará por desaparecer. Uno ya no es uno, porque, cuando piensa en algo, tiene que pensar por los dos, como si fuera el caso dual de la lengua griega, o la latina, que aprendíamos de chicos y que están ya tan maltrechas, las dos lenguas, y por ese motivo que no tenemos calefacción en vez de decir no tengo.

En fin, que antes del mediodía estaba lavado, vestido, desayunado y sentado en una silla sin saber qué hacer. Es curioso cómo alguien que se pasa años trabajando sin cesar anhela que llegue, aunque sea uno sólo, el día de asueto lejos de preocupaciones y, cuando ese día llega, no sabe qué hacer con el tiempo. A mí me ocurrió lo mismo y lo único que se me pasó por la cabeza fue ojear un álbum de fotos. No sabría explicar el porqué de aquella apetencia tan repentina de ver fotos, ni siquiera recuerdo la última vez que me hicieron una o que hice o que vi, nunca he sido muy aficionado a ellas, ni tampoco recordaba dónde Soledad, a ella sí le gustan, habría puesto el álbum o álbumes, no estaba seguro del número ni qué o quiénes encontraría en ellos.

El caso es que topé uno que mi esposa se había traído de casa de mis padres. ¿Quién puede decir si porque Soledad quería hacer que mi pasado formara parte suya o porque mi madre deseaba que su nuera pasase a formar parte del mío? Es una manía, a veces una necesidad, la de ansiar meterse en la vida del recién adquirido consorte; es como si se tratara de apoderarse de todo aquello de lo que no ha formado jamás ni podrá formar parte: el pasado.

            Hojeando el álbum voy reconociendo rostros y lugares en su mayoría idos, todos ellos como mausoleos, como esos santos de mentira que pueblan las iglesias y las catedrales; en realidad, una fotografía no es sino un instante, tal vez ni eso; más bien una farsa connivente entre el fotógrafo y el fotografiado, por más que nos sea conocido el segundo, pues el primero se oculta al otro lado de su propia obra, en el lado imposible de ver.

            Hay fotos en que me cuesta poner un nombre a una cara, incluso algunas me son completamente anónimas, lo que supone un estado frustrante porque una cara sin nombre es como una voz sin rostro: algo insustancial y anodino; necesitamos relacionar voz y rostro como necesitamos relacionar cara y nombre para acercarnos entre los dos. En concreto, había una fotografía, la única que no estaba pegada, sino suelta, medio metida bajo otra, como si alguien la hubiese querido esconder. Era una mujer alta y rubia, una mujer hermosa con una sonrisa forzada y unos ojos faltos de vigor. Como siempre que nos encaramos con fotografías ajenas a nuestra vida, me pregunté quién sería aquella mujer, lo mismo que todos los demás que desconocía. No son sólo papel, grabados de una máquina; son personas que tuvieron su propia vida, o aún la tienen o la tendrán, con sus penas y sus alegrías, problemas, llantos, risas. Aquella mujer, por ejemplo, de pie al lado de un jardinillo, tendría o habrá tenido sus propias frustraciones, sus esperanzas, algo que la haría única. ¿Qué le pasaría por mientes  a punto de ser inmortalizada? Posiblemente ni siquiera se habría planteado que, una vez traspasada al papel, quien la contemplase, a la foto, no a ella, la vería como quien ve un cuadro, un edificio o un amasijo de hierros antes de modelar, sin advertir que lo que está viendo es una persona, un ser humano con sus anhelos, sus sueños: lo que se ve es un papel y no una mujer que tuvo un antes y un después del instante en que alguien apretó un botó y la inmortalizó; tal vez con diez segundos de antelación la hubiéramos podido contemplar discutiendo o besando al fotógrafo, puede que éste fuera un amante o un marido o un amigo, que, en tanto apretaba el botón de la cámara, pensaría en lo hermosa que estaba y que no le importaría darle un beso, o que la luz no era la más apropiada para que la foto saliera bien, o que no importaba si detrás había un jardín o un estanque o el aeropuerto de la ciudad. Lo único que podemos hacer cuando observamos una fotografía es imaginarnos una historia, seguramente ficticia, o pasar la hoja sin poner atención en lo que pasa delante nuestro.

            Da miedo imaginar cómo alguien, quién sabe si un total desconocido, vaya a formarse una idea de cómo soy o cómo fui, si es que ya estaré muerto, una idea más suya que mía. Le sucederá lo que a mí ante esta fotografía: inventará una o varias historias posibles de lo que pudo haber sido; es como falsear la historia y robarle a uno su propia existencia, porque si se le cambia el pasado ya no será él, sino una ilusión, una fantasía. Las fotografías sólo deberían de ser vistas por quienes conocen a quien aparezca en ellas, aunque en ese caso no servirían más que para referir un punto pasado y a partir de él revivir la escena, un tiempo ido, y así holgarse más en lo que nuestra cabeza guarda que en lo que un papel nos muestra.

            Resulta curioso que nunca haya visto, al menos no recuerdo haberlas visto, fotos de antiguas novias, y tras estos años de matrimonio todas ellas, las novias, se me han desdibujado y de ellas únicamente quedan los nombres, tal vez algo más, como aquélla a la que di mi primer beso en los labios y con la que estrené mi hombría, o aquélla otra con quien me perdí durante una excursión a los Picos de Europa y estuvimos tres días sin que nos encontrasen, ya no contábamos con salvarnos, tal desánimo nos había invadido. Pero, todo eso lo veo como si estuviera detrás de una gasa y muchos rostros ya sería incapaz de formarlos.

            En cambio, de Soledad sí he visto fotografías, a ella le encantan, incluso antes de la boda me había hecho pasar horas repasando los álbumes de su familia. Ella me iba explicando quiénes eran aquellas personas que desfilaban hoja tras hoja. Luego, después de la boda me refiero, Soledad se empeñó en que yo hiciera lo propio con los álbumes de mi familia, pero ni tenía paciencia para ello ni conocería a la mayoría, como aquella mujer de cabello rubio, de ojos azules, de tez blanca; aquella mujer que posaba serena delante de un jardín floreado de primavera. Creo haberlo visto, al jardín, con anterioridad, pero no lo sitúo. Quizás se me venga en cualquier momento. No es que tenga importancia, sino que, según a veces sucede, se nos va al olvido una referencia mínima, una palabra tan sólo, y rabiamos por no recordarla, como si con ello nos fuera la vida. Pues bien, en cuanto Soledad comprendió que nada iba a sacar de mí, logró convencer a mi madre para que hiciese de cicerone. Tan a gusto debieron de haber quedado la una con la otra, que mi madre le entregó, al menos, un álbum para que lo viera cuando le apeteciese, que en su casa ella no lo miraba nunca y era una lástima que se perdiera en el abandono. En realidad, las dos tenían más en común que yo con ellas, hasta tal punto, que no consigo comprender cómo Soledad y yo nos hemos podido enamorar, quizás porque sea cierto que los polos opuestos se atraen o, simplemente, por casualidad. Claro que, si he de ser sincero, yo creo que nos enamoramos, pasados los primeros rigores de la atracción como la mayoría: por costumbre. Lo primero que me atrajo de ella fueron mis propias hormonas enloquecidas, aunque no fue una atracción irresistible; no veía en ella un dechado de virtudes o perfecciones de líneas, sino una mujer como otra cualquiera que por algún motivo había llamado mi atención. Fue el trato, al principio esporádico y más tarde usual, lo que nos llevó a acomodarnos de tal jaez, que nos compenetramos como a mí no me había sucedido con otras relaciones anteriores: sabía cuándo podía decir algo gracioso, cuándo callar, cuándo besarla, cuándo sujetar su mano... Por su lado, ella parecía introducirse en mi cabeza y adelantarse a mis pensamientos: una frase bien colocada, una zancada que se aviva, una caricia inesperada, un silencio prolongado... Todo ello sin tener apenas aficiones comunes. Con las anteriores sí que coincidía en gustos; ¿por qué, entonces, no acabé con alguna de ellas? Prefiero no conjeturar sobre esto, pues es muy probable que no atinara con la respuesta correcta y, además, ocurre como con la rubia de la fotografía, que todo sería falsear. La verdad es que entre aquellas mujeres y yo en el fondo no había nada, no creo que nos llegáramos a conocer, y sin conocimiento todo decae y se olvida.

            Por el contrario, con Soledad fue diferente desde el principio: lo que no hablábamos era porque ya estábamos seguros de ello y, aun así, con el tiempo acabábamos hablando sobre ello. Cuando digo hablábamos, así, en tiempo pasado, lo digo porque soy consciente, y creo que Soledad también lo es, de que ya no nos comportamos de igual modo; nos hemos convertido en poltrones despreocupados y damos todo por sobreentendido, confiando peligrosamente en nuestra intuición para anticiparnos el uno al otro. Es probable que la causa se halle en la rutina, en dejarnos llevar por la inercia del impulso primero, el impulso que nos hacer preguntarnos para qué cambiar si todo va bien como va.

            Llegados a este punto, no puedo dejar de imaginarse cómo habría sido mi vida si me hubiera casado con alguna de mis novias antiguas, con Rosa, sin ir más lejos. Pero no, ésa es una posibilidad inexistente y sería de necios conjeturar sobre lo que habría sucedido en vez de sobre lo que habrá de suceder. Tanto mirar hacia atrás en mi vida y traer al presente las ya tan manoseadas novias antiguas, me hace detenerme en Soledad: ella también habrá tenido sus novios, un primer beso, como yo lo tuve, un chico que acaso le habrá rasgado el himen, unas manos que acaso le habrán recorrido el cuerpo. La verdad es que se me hace muy cuesta arriba detenerme en estos detalles; me resulta incómodo admitir que la personas a quien amo ha disfrutado  de esos placeres con otra compañía. Ahora bien, una vez puesto a ello, ¿qué sensaciones habrá experimentado? ¿las mismas que conmigo; mejores o peores? ¿Estaría nerviosa y con las manos exudadas, como yo lo estuve? Deberé recordarme que se lo pregunte, pues nunca hemos conversado sobre ello, y ya va siendo hora; al fin y al cabo, ya somos más uno que dos.

 

II

            No consigo olvidarme de la mujer de la fotografía, crece como una obsesión y me temo que hasta que no logre averiguar de quién se trata, me desvelaré todas las noches, algo nada agradable ni para mí ni para Soledad; para mí, porque no hago más que dar vueltas en la cama y me invade el desabrimiento y la pesadumbre; para Soledad, porque apenas la dejo descansar, ella sí tiene que madrugar para ir al trabajo, y no es cuestión de entretenernos todas las noches en otros quehaceres. La última vez que disfrutamos de ello, al acabar sentí cierto estremecimiento y estuvo a punto de confesarle que lo había hecho sin la pasión de antaño, de nuevo el fantasma de la rutina y el monótono deambular por la vida; pero, me contuve. Tal vez ella haya caído en esa apatía hace tiempo y, como yo, se niega a airearlo.

            Volviendo a la fotografía, anoche no aguanté más y me obligué a levantarme de la cama para examinar con más detenimiento el jardinillo que se ve al fondo. Soledad gruñó cuando removí las sábanas, pero no dijo nada, como siempre. En tiempos pasados ella hubiese adivinado que lo que me tiene en vela no eran estas vacaciones que me he tomado, y que me hubieran trastornado el sueño, sino que estaba preocupado, mejor obsesionado por algo, y enseguida se hubiera interesado por el motivo y entre los dos hubiéramos zanjado el tema. Ahora, en cambio, se da media vuelta en la cama, me da la espalda y sigue durmiendo. Todavía no le he hablado de sobrentender más de lo que se debería, de que nos estamos alejando poco a poco, día a día. Tal vez mañana.

            Después de unos minutos zambullido en la fotografía, me doy cuenta de que muy al fondo y por encima de unos árboles se ve la techumbre de un edificio que había visto antes en algún lugar, aunque, lo mismo que el jardinillo, tampoco lo acabo de situar. Por fortuna, Soledad se había cansado de verme desasosegado y también, dado que también había extraviado el sueño, se me acercó por la espalda, me rodeó con los brazos y me preguntó qué era lo que tanto me tenía descerebrado, que por qué tenía el álbum de fotos abierto, que no eran horas de ponerse a ojearlo. Por supuesto, le conté todo lo relacionado con la foto que estaba examinando, aun temiendo que lo tomara como una chiquillada o, a lo sumo, como un capricho de gente ociosa. A mí siempre me ha llamado maravillado ese tipo de gente que, por no tener más preocupaciones, se interesan por las menudencias más absurdas: que si detrás del armario hay una mancha en la pared, que podría ser un mosquito aplastado; que la luz indicadora del nivel de gasolina en el automóvil ya no es tan intensa como hace unos años; que ha aparecido una cana en la verija y, sin embargo, no hay huella de senectud ni en el cabello ni en las axilas ni en el pecho.

            Soledad, ¿cómo no se me habría ocurrido a mí antes siendo lo más obvio?, me preguntó si había sacado la fotografía del álbum y, como dijese que no, me sugirió que mirase en el reverso, pues tal vez allí traería escrita alguna indicación. Al parecer, tampoco mi madre le había dado ninguna indicación sobre la imagen, así que ambos teníamos el mismo conocimiento sobre la identidad de la mujer. En efecto, en la base de la fotografía había escrita una fecha, el diecinueve de octubre de mil novecientos cuarenta y siete, y a su lado el nombre de una ciudad: «Wiesbaden (Hesse)». Ahora sí que estaba claro, ya sé a qué me recordaba la techumbre del fondo. De pequeño había estado en aquella ciudad con mi madre durante un viaje turístico, y aquel edificio estaba enfrente del hotel en donde nos hospedamos; al menos, así lo recuerdo. De lo que no consigo acordarme es de qué tipo de edificio era aquél, tal vez un museo, pero no estoy seguro. Más bien, no estoy seguro de nada, sólo de haber estado en aquella ciudad, a la que identificaba tan sólo por la techumbre y el jardinillo, puede que en él correteara y jugara a mis anchas.

            Soledad debió de ver en mi rostro alguna inquietud, porque se sentó sobre mis rodillas, rodeó mi cuello con el brazo y acercó los labios a mis oídos; pero, lo que susurró no tenía nada de sensual, sino de practicismo:

   -¿Quieres que se lo pregunte a tu madre? –luego, se apartó ligeramente y la voz sonó con más intensidad- O, bueno, mejor se lo preguntas tú, que para eso eres su hijo.

            No lo dijo con tono de reproche, sino con el habitual que solía cuando conversábamos en los largos paseos de antaño. Hace bastante tiempo que no los damos y tengo que admitir que los echo de menos. La verdad es que ninguno de los dos tiene la culpa: cuando yo termino la jornada laboral, ella empieza la suya; bueno, empieza su segunda jornada, porque, además de impartir clases en el conservatorio de música, toca la viola en la nueva orquesta filarmónica, relativamente nueva, si tenemos en cuenta que ya ha cumplido la decena de años. Es, sobre todo, la Filarmónica lo que más tiempo nos arrebata ya que, si no están ensayando de continuo, están de gira por España, a veces por Europa. Ella está pensando en abandonar la orquesta y dedicarse exclusivamente a la docencia, sólo le ocupa la jornada matinal, no tanto porque se canse de los viajes, cuanto porque desea tener más tiempo para sus cosas. Incluso, esta semana hemos hablado sobre tener o no tener descendencia; la resolución se nos ha quedado en el aire: a ella no le disgustaría tener a un pequeñín alborotando la casa; a mí, por el contrario, no me hace mucha gracia. Esto del hijo representaría un nuevo cambio en mi vida y, lo reconozco, soy un animal de costumbres: en cuanto se me cambia una de ellas, me encuentro desorientado, por más que Soledad me ayude en el tránsito. No obstante, el tema de los hijos es distinto y tendré que considerarlo con más detenimiento.

   -Si tan absorbido te tiene esa mujer, mañana mismo pasaremos por casa de tu madre; pero, ahora vámonos a la cama, que ya falta poco para que suene el despertador.

            No sé si ésas fueron las palabras exactas, seguramente no, es probable que sólo fueran unas palabras aproximadas; lo único que sé es que pronunció el «mañana mismo»; claro que, no habrá ese mañana mismo, ni siquiera el siguiente. Me figuro que de forma consciente yo no ignoraba la posibilidad de que Soledad estuviera animándome a acostarme con ella y que aquello de ir «mañana mismo» a visitar a mi madre sólo era una excusa que no tenía la intención de cumplir; nada tenía que ver con ese otro tono de voz que derramaba en mis oídos cuando decía «vámonos a la cama», ese tono ante el que sucumbía con enorme placidez.

 

III

            Hace ya varios días que Soledad se tuvo que ir con la Filarmónica; en esta ocasión estarán un par de semanas de gira. Cuando me doy la vuelta en la cama encuentro un hueco en donde debiera encontrar el calor de su cuerpo. Durante la cena me veo empujado a encender la televisión para oír una voz humana, algo que no pasa de ser un engaño y como tal lo tendría que ver; pero, si la casa está en silencio, algo dentro mío parece que se remueve y me sube no diré una basca, sino una desazón que me incita a llorar, así como suena, a llorar por desesperación, porque echo en falta algo que forma parte de mí. Acaso ya tendría que estar habituado a estas constantes ausencias, máxime a estos años de edad, porque, como se suele decir, el tiempo todo lo cura: más viejo, más insensible. Tendría que estar habituado, pero no lo estoy; es más, me temo que en cada uno de sus viajes se me va un poco de mi ser y acabaré, mucho lo recelo, convirtiéndome en un viejo gruñón.

            Por cierto, se fue sin que hayamos visitado, como ya había supuesto, a mi madre por el asunto de la fotografía. Si mi padre viviese todavía, tampoco hubiéramos ido, de seguro. Se me ocurren un millón de motivos por los que rechazar una ya imposible invitación suya. ¿Por qué? No negaré que me desatendí de él, al menos hasta que ya fue demasiado tarde. No compartíamos casi nada. Ni él me contaba sus cosas ni yo las mías a él, cada uno iba a lo suyo. Me incluyo entre los que se desligan del pasado de los demás. Renunciamos a la vida de los que nacieron, vivieron y murieron antes de nuestro nacimiento, pue éste es el año, el momento a partir del cual todo empieza, como el «ab urbe condita» de los romanos, el «después de Cristo» de la sociedad occidental. Hasta nos son ajenos nuestros propios antepasados, si no los hemos llegado a conocer: ¿cómo vivió y murió nuestro bisabuelo, uno de ellos, o nuestro tatarabuelo, o aún más atrás? ¿En qué condiciones hubo de sobrevivir? ¿Alguna vez reflexionaría sobre sus descendientes lejanos, sobre sus bisnietos, sus tataranietos...? El colmo es cuando nos restringimos al círculo más próximo. ¿Quién ha meditado siquiera un minuto sobre el tiempo en que nuestros padres vivieron su niñez o juventud? El tiempo transcurrido desde su nacimiento hasta el nuestro ha sido, sin duda, diferente, pero ¿a nosotros qué nos va en ello? A veces nos reprochamos esa desidia hacia los demás y averiguamos esta o aquella curiosidad, la memorizamos como se memoriza una fecha histórica, la memorizamos sin sentirla nuestra.

            ¡Qué triste es saber que algún día, quizás ya mismo, alguien haga con nosotros lo que nosotros hacemos con él! A mí me produce un cierto pesimismo el considerar el olvido a que se somete a los muertos, los que ya no están con nosotros acaban por caer en el pozo de la desmemoria; es entonces cuando mueren realmente, cuando se pierden para siempre: los recuerdos es lo postrero que los mantiene actuales y, si éstos desaparecen, aquéllos también. Por ese motivo deberíamos transmitir a los demás los recuerdos de quienes conocimos para que ellos, a su vez, los transmitan a otros hasta que uno, tal vez siglos más tarde, se interese realmente por aquellos recuerdos y vuelva a resucitarlos.

Pues, a lo que iba. Me hubiese gustado ir a casa de mi madre, aunque es más que probable que dicha dama, digo la de la fotografía, ya haya abandonado este mundo, lo cual no es óbice para abandonar el interés por ella. Ni siquiera sé su nombre. La veo ahí, delante del jardinillo y convengo en que, aparte de su relación con este álbum, también ella habrá tenido un pasado, como todos tenemos, y quizás sea yo el elegido para resucitar sus recuerdos. Seguramente estará encerrada en alguna pequeña parcela, solitaria, como lo estoy yo aquí y ahora. A ella no la asfixiará la ansiedad que me esta abrumando a mí, en especial cada vez que se me viene a la cabeza el rostro de Soledad. Nunca hubiera pensado que la podría echar tanto de menos; seguramente por estar tan desocupado, sin otra cosa que hacer que divagar sobre alguien a quien no conozco ni conoceré. Espero con impaciencia que suene el teléfono. Me había prometido llamarme todos los días a la misma hora, pero hoy lleva un retraso de dos horas y empieza a comerme la desazón. Necesito escuchar su voz, ¿qué se le va a hacer?

Quien sí me ha llamado ha sido mi secretaria, Anabel, para preguntarme qué tal me iba en la vacaciones, y decirme que «se te echa en falta» en la oficina, si bien ese «se» es ella y no un ente colectivo. No se me oculta que Anabel se siente atraída por mí, o tal vez sólo pretenda ligarse a su superior, así me lo dejó caer el jefe de personal de la empresa, como una confidencia suya. Desde luego, no voy a negar que la noticia me haya halagado; sin embargo, no estoy dispuesto a iniciar con ella otra relación que la que nos corresponde; no creo que Anabel pueda llenar mi tiempo como lo hace Soledad. Además, casi puedo asegurar que no tardaría en tomarse ciertas libertades como ralentizar la marcha de sus deberes o algo peor; entonces, lloverían miradas y murmuraciones, todo iría saliendo a la luz de las indiscreciones, la noticia no demoraría mucho en extenderse. Después, los viajes, las sonrisitas, el pisito.... Soledad se enteraría, la perdería. No, eso no. Por suerte no soy Julián Iturbe; no me voy a dejar embaucar por las insinuaciones de una secretaria. De todos modo, me ha alegrado la llamada.

 

IV

            Mañana vuelvo a la oficina, a enterrarme en papeleos, llamadas interminables, reuniones, desplazamientos inoportunos. También llega Soledad de su gira; al parecer, la orquesta ha tenido mucho éxito. Me alegra saberlo. Entre tanto, me iré haciendo a la idea de que el tiempo de ocio se acaba sin haber aprovechado de él una mínima parte. De todos los planes que me había imaginado, no llegué a realizar ninguno de ellos. Este mes se me ha ido como la gaseosa al niño. Allá por los años treinta, me contaba Itúrbez, a su padre le regalaron una botella de gaseosa durante las fiestas del pueblo. Toda una novedad para el chiquillo, que era la primera vez que veía la gaseosa. Con la alegría que le produjo saltó con ella por todas partes y en la agitación la abrió: todo el líquido le saltó fuera y se desparramó sin que el pobre pudiera probarla siquiera. Pues así se me ha pasado el mes: saltando de una intención a otra sin probar un sorbo, como un espejismo, como cuando escuchamos ese sonido tan peculiar del rejiñol que nos recuerda el gorjeo de los pájaros.

            Ayer me estuve devanando los sesos intentando localizar a Soledad antes de conocernos. Ella me restregaba, ya ha desistido, de forma incesante que nos conocíamos de antes de la recepción en que fuimos presentados. Por más que medito sobre ello no consigo verla. Podría asegurar que no la había visto hasta ese momento, pero ¿quién puede asegurar algo así? ¿Cuántas veces la vería con sus amigas por la calle sin reparar en ella? Debemos aceptar el hecho de que no somos tan sociables como algunos nos han pretendido retratar. ¿Acaso no pasamos al lado de la gente sin pestañear, sin desearles un buen día o saludarles con un gesto, aunque sea vacío y sin gracia? No me refiero a cuando estamos dentro de la marea de una calle poblada de peatones, sino a cuando nos topamos con una o dos o tres personas y no hay nadie más en todo lo que abarca nuestra mirada; aun así, nos cruzamos como si no hubiera nadie más que nosotros, los demás no existen, sólo son formas que vagan ajenos a nuestra voluntad. Lo más terrible es conocer a alguien de toda la vida, quizás un vecino, hasta podemos describir sus rasgos, costumbres y genealogía, pues que en más de una ocasión nos hayamos sentado uno al lado del otro en una cafetería, en un banco; pese a todo, no nos dignamos a un «hola», un «¿qué tal está usted?», un sencillo «buenos días». Nos limitamos a nuestro mundo cerrando las puertas al extranjero. ¿Cuántas veces nos despedimos del camarero al irnos? ¿Cuántas veces le agradecemos su atención? Me imagino que Soledad era una de esas personas a quien yo habría ignorado, es la única explicación que encuentro a sus reproches.

   -Ya te conocía de antes –me solía repetir; nunca me explicó de qué.

            Hubo un tiempo en que me imaginé qué sucedería si un día saludaba a algún desconocido que topase en la calle. «¿Cómo se encuentra usted?», dije en cierta ocasión. El desconocido se me quedó mirando como si estuviese ante un prodigio; realmente me sentí estúpido. Insistí poco después con uno de los que conocía de todos los días por encontrarme con él de vez en cuando. «Buenas tardes, señor Itúrbez». Se pasmó al principio; estaría intentando recordar si nos conocíamos. Fueron unos segundos de pasmo, nada más; luego, reaccionó: yo también le era conocido por el mismo motivo. Al fin y al cabo, vivíamos casi puerta con puerta, en portales contiguos. Los siguientes encuentros fueron incrementando nuestro diálogo hasta llegar a un punto en que me confesó estar desesperado, porque no encontraba trabajo. Por azar, en la empresa en donde trabajaba, aún trabajo, había una vacante que se le adecuaba muy bien: ahora Itúrbez es el Jefe de Personal.

            Un hecho tan poco significativo e imprevisto le cambió la vida. Fue como salir de la rutina, romper con los moldes del encerramiento en sí mismo y salir al exterior. ¿Qué hubiera sido de él, de nosotros, si yo hubiese dejado de realizar aquel acto inhabitual? No sólo cambió la vida de Itúrbez, pues fue él quien nos presentó a Soledad y a mí. Todo por probar a saludar a una persona a quien ya conocía de vista.

            Vemos un hombre tirado en la calle, desangrándose, retorciéndose de dolor, alzando los brazos para implorar ayuda, gritando en silencio para que alguien le socorra. Todo eso vemos a nuestro lado, no importa si está a dos metros o a doscientos kilómetros. Lo miramos, si el fisgoneo nos atrae, alargamos la mirada hacia adelante. El caso es enajenarse de él. A veces creemos que se burlan de nosotros, que nos timan, que no es problema nuestro, ya tenemos bastantes sin buscar más; otras veces pensamos que el tiempo nos apremia, no podemos demorar la marcha, mucho menos detenernos. Si ayudamos a alguno de ellos, alguien habrá quien nos critique, que nos llame entrometidos, que nos apremie a que mantengamos la compostura. Hagamos lo que hagamos, siempre lo haremos mal. Habrá que cerrar los ojos o acabaremos por dar la razón a quienes aseguran que por querer agradar a todos, terminamos sin agradar a nadie. En fin, mañana se me acaban unas vacaciones.

 

V

            Desde que Soledad ha llegado no hemos vuelto a hablar de la fotografía. En realidad, no hemos vuelto a hablar de nada. El trabajo me tiene absorbido por completo; otra empresa de mayor potencial intenta hacerse con éste en que yo trabajo y la pugna la va ganando el enemigo. Lo peor de todo es que, según parece, si salimos derrotados la mayor parte nos iremos al paro, de modo que andamos un mucho revueltos. No sé si se deberá al estrés, al agotamiento, a la atonía o a qué, pero Soledad y yo todavía no hemos hecho el amor desde su regreso. Probamos a hacerlo una vez, pero fue un rotundo fracaso, ni yo me animé ni ella mostró excesivo entusiasmo; preferí dar media vuelta y me quedé dormido al poco rato. Ninguno de los dos le dio más importancia. Además, la Filarmónica está preparando una nueva gira, esta vez por Europa del Este, y los ensayos comienzan a multiplicarse; ni ella ni yo encontramos ánimo para la vida conyugal: yo estoy imbuido en los problemas de la oficina, ella lo está en la orquesta, se le nota que está concentrada porque, en las raras ocasiones en que coincidimos en casa, la he encontrado tarareando alguna melodía.

            Esa manía de Soledad de tararear melodías no es nueva, lo hace a menudo, si bien ahora se ha intensificado. Debe de ser herencia del pasado, del padre, también profesor de música, como ella. Se pasaba horas canturreando una melodía, la misma durante semanas. Él canturreaba siempre, Soledad sólo cuando está de buen humor, y es raro, porque no suele estar de buen humor cuando tiene que acudir a ensayos tan menudos; siempre se queja de que le quitan mucho tiempo y la extenúan. Otra manía de mi suegro, que yo deploraba, era su lectura. Cuando leía, susurraba, como si de niño hubiera tenido que estudiar en voz alta y, ya de mayor, no acertara a leer en silencio. Tal necesitase oír su voz para asegurarse de que estaba leyendo. Aún hoy me parece ver su figura sentada en el despacho con su libro en la mesa, las gafas en la punta de la nariz, con los labios moviéndose a una velocidad de vértigo y saliendo de ellos el murmurio de las palabras ininteligibles.

            Fue el día de su cumpleaños. Su mujer había organizado una pequeña celebración en familia. Ella, él, la hija, el yerno e Itúrbez, que era considerado como un miembro más: Soledad y él se habían criado juntos desde niños. De todos los presentes sólo yo daba la impresión de estar fuera de ambiente; por otro lado, era lógico, pues hacía apenas tres meses que pertenecía de facto al clan y no tenía trato más que con Soledad e Itúrbez. He de confesar que la relación entre estos dos, mi esposa y mi compañero laboral, me enojaba, casi mortificaba. Con qué naturalidad se abrazaban, se cogían de la mano, se apoyaban el uno en el otro, se besaban en la mejilla, en la frente o ¡dios santo! en los labios. Las sierpes celosas me roían las entrañas. Soledad miraba de reojo y sonreía burlona; ella sabía la sensación que me producía, y aun produce, cuando nos reunimos los tres.

            En un momento de la fiesta mi suegro se retiró al despacho y se puso a leer. Yo le seguí y me quedé sentado a su espalda preguntándome cómo podía estar allí metido en aquel libro, cuando a diez metros de él se festejaban sus cuarenta y ocho años. Unas semanas más tarde su coche se salió de la autopista; según el análisis médico, murió en el acto, si es que eso es posible. ¿No es el cerebro independiente, en cierto grado, del resto de constantes? Una vez roto el corazón y los pulmones, ¿no seguirá funcionando el cerebro hasta que la falta de sangre y oxígeno lo adormece? Eso, al menos, es lo que daba a entender el film de Korwalsky Llanto por la yedra, aunque su verdadero título es sencillamente Kodra, el nombre de la protagonista que acaba suicidándose al cortarse las venas; y es precisamente en la escena final, en donde los pensamientos de Kodra salen en off y van narrando la sensación que el cerebro tiene de recibir la muerte: cómo se para el corazón, cómo el aire deja de fluir, cómo los músculos se van relajando uno a uno hasta cesar todo esfuerzo.

            Ahora que pienso en la película, se me viene a la cabeza la mujer de la fotografía que hace ya algunos días se me había olvidado. Tanto ella como Kodra eran rubias, altas, de ojos azules y de mirada melancólica; incluso, tenían un ligero parecido facial. Es posible que sus vidas hayan tenido bastante en común. Pero, la mujer de Wiesbaden, claro que no tengo por cierto que sea del mismo lugar de donde está hecho la foto, podría haber nacido en un país distinto, Finlandia o en Eslovaquia o en Luxemburgo; a pesar de todo, tiene ese aspecto que atribuyo a las alemanas: altas, rubias, ojizarcas, de piel blanquísima. Pues bien, esa mujer, que he dado en atribuirle la patria en Wiesbaden, Hesse, ha sido real, en tanto que Kodra fue la ficción de un director checo o polaco, no estoy seguro de su nacionalidad. Que a Kodra yo le cambie la vida, hasta que la redima de su último acto, el suicidio, y le otorgue una larga vida , no tiene sentido ni importancia; pero, si cambio la vida de la germana, habré adulterado la propia historia, habré contado una mentida, una falsedad y, como consecuencia, nada podré alegar si en el futuro alguien adulterase la mía.

            A la salida del cine, me acuerdo como si hubiera sido ayer, abracé a Soledad con tanta fuerza que me tuvo que advertir que le hacía daño, tal impresión me había causado ver a Kodra tomar tan drástica decisión. En cambio, mi mujer se limitó a censurar aquella huida, porque Kodra se había suicidado para no tener que afrontar el hecho de que su marido se había fugado con una amante y ella, la mujer legítima, quedaba apartada del único mundo que hasta entonces había conocido; se sintió hundida en lo desconocido y sin fuerzas para salir del pozo oscuro en que había ido a parar. Para Soledad el suicidio fue una salida cobarde, ella habría rehecho su vida, tal vez con más cuidado, pero habría seguido adelante.

            ¿La mirada perdida de la mujer de Wiesbaden se debería a un desengaño amoroso? No lo parece. En tal caso no se habría dejado fotografiar sola y, si no es así, quien la fotografió debía de ser su amante. La mirada triste se debería a que comprendía que aquel hombre que estaba delante suyo no podría unirse a ella de forma abierta, sin tapujos; estaría casado y ella, su amante, siempre sería la otra, nunca la esposa; sería la mujer de la fotografía, no la de carne y hueso. Fantasías, sólo fantasías; conjeturas sin ningún fundamento. Tal vez sólo sea un recordatorio  sin más trascendencia que marcar aquel día en el calendario. Pero, ¿por qué ha aparecido en el álbum familiar, que mi madre guardaba en casa?

 

VI

            He vuelto a quedarme sin mi mujer. La Filarmónica ha adelantado la gira, por eso tanta intensidad en las sesiones. Con lo de la empresa había descuidado a Soledad.

   -Si ya te lo había advertido –me dijo antes de partir-. Últimamente estás en las nubes, no se puede hablar contigo.

            Es verdad, no lo niego. Cada vez que estrenan alguna obra, voy a alguno de los ensayos y procuro informarme de ella. La última a la que acudí fue antes de la gira anterior. De esta gira no conozco ni el programa, a no ser el concierto para viola y orquesta de Franz Hassenteilen. Me alegro de que toquen esa pieza; es, sin duda, lo mejor de Hassenteilen, yo diría que lo mejor de las últimas décadas. Para algunos se trata de un poema sinfónico a la vieja usanza. A lo largo de toda la obra el tema de la viola aparece como una idea fija, un leti-motiv sobre el que van asomando diversos cantos, unas veces a cargo de la propia viola, y otras, de la orquesta. En fin, más tarde buscaré el disco. Me apetece escuchar el concierto completo. Soledad tiene una fotografía, en concreto tocando el tercer movimiento, la única en la que aparece con la viola. Es una pena que no recuerde en dónde ha guardado el álbum; cuando está desocupada y quiere entretener el tiempo para relajar alguna preocupación, se dedica a cambiar las cosas de sitio y yo tardo en situarlas algunos días. En la gira anterior casi me desespero por tenerla tan lejos que, si hubiera tenido a mano alguna fotografía suya, algo me habría aliviado. No sería únicamente un recuerdo más o menos intenso, sino algo que se puede ver cuantas veces me apetezca sin preocuparme de encontrar en su cara una arruga que anuncie la venida de la vejez; al fin y al cabo, la vida viene a ser eso, un cambio continuo, un no presente, sólo pasado, ni siquiera futuro, porque puede que no lleguemos a él; o más bien sería el presente lo único válido, como la viola que se va repitiendo para avisarnos, en el instante mismo en que suena, de que ella está ahí, que no se ha ido ni se ha escondido bajo los acordes de la orquesta; o como el suicidio de Kodra, con el que se aniquila de un tajo el futuro y deja al pasado como algo inservible; o como la fotografía de la mujer de Wiesbaden, en ella no hay pasado ni futuro, sólo el presente más efímero conservado tal como es, tal como era, tal como será.

            Todo tiende, como en Hassenteilen, a repetirse. La vida es una copia de sí misma, los sucesos se imitan unos a otros, como la espiral de Silbuy Hill, como los amantes Leandro y Hero reencarnados una y otra vez en cada edad del tiempo. El joven Leandro de Abidos y la bella Hero de Sestos, sacerdotisa de Afrodita, unidos por el amor y separados por el Helesponto, un nombre tan bonito, el del mar, tan de fantasía, no como los Dardanelos, que es como se le conoce hoy día, el estrecho de los Dardanelos. Pero, su pasión, la de los jóvenes, era más fuerte que la razón y, dejados guiar por su instinto, cada noche Leandro se arroja al mar y nada hacia Sestos, en donde su amada sostiene, subida a la torre del santuario, una antorcha a guisa de faro. Allí se reúnen todas las noches. Afrodita, ¡ay, Afrodita!... no estaba dispuesta a dejarse arrebatar una de las súbditas por mortal alguno, y una noche consigue que el viento sople con tal fuerza, que la llama de la antorcha se apaga. El joven de Abidos se desorienta; agotado del enorme esfuerzo por cruzar a nado el mar que le separa de su amada, se abandona a su suerte y acaba por ahogarse. Su cuerpo exánime es arrastrado hasta la orilla de Sestos, en donde Hero lo halla al amanecer tras una noche de esperanza baldía. Le invade la desesperación, no puede soportar el dolor, el mundo se le antoja irrespirable: se arroja a las mismas aguas que le habían arrancado a su Leandro. ¿Importa mucho que en vez de llamarse Hero se llame Melibea o Julieta o María; que en lugar de Sestos haya muerto en Toledo  o Mantua o Nueva York? ¿Acaso importa que en vez de haber vivido en la antigüedad o en el medioevo, pueda haber vivido en el siglo XX, tal vez en un país norteamericano o en uno del Este de Europa, pongamos Polonia, y que su nombre fuera Kodra, que busca la muerte voluntariamente, no porque se amado haya muerto ahogado en el mar, sino porque haya muerto en los brazos de una amante?

            En ocasiones, no obstante, se hace imprescindible la deslealtad para salvar aquello que nos es más necesario. Algunos compañeros del trabajo ya han sido puestos en la calle y, a la vista del panorama, otros se han pasado al enemigo; les han ofrecido un puesto en su organigrama y no han dudado en aceptarlo. Me temo que pronto también yo me veré sin empleo. Por cierto, Anabel, mi secretaria, está indecisa entre ir buscándose otro despacho que atender o permanecer a mi lado a ver en qué termina todo esto. Me pidió consejo. La verdad es que no me atrevo a decirle que se quede ni avisarla para que se vaya preparando otro destino. Sabe que mi mujer está de gira y me invitó la noche pasada a cenar para hablar sobre ello. Acepté, no sé por qué; pero, acepté. Quise engañarme de que en la oficina no me había fijado en ella, que no le daba importancia ya fuera vestida con pantalones o con falda, pero en el subconsciente sí que se me habían grabado las dos piernas cruzadas bajo la mesa con la escueta falda, que apenas cubría nada, y el escote que dejaba al aire el arranque de los senos. Todos estos encantos los puso sobre la mesa del restaurante y allí fue en donde me di cuenta de que no se me había pasado desapercibida en el despacho.

            Hablamos y hablamos sin descanso, con la misma soltura y entretenimiento con que hablaba con Soledad, sólo que Anabel acompañaba sus palabras don un deje, con un tonillo, que hacía de cada una de sus palabras una insinuación llevada en brazos de una sonrisa. En otras circunstancias me hubiera sentido incómodo, pero con ella no, la conocía de hacía mucho y la tenía no sólo por una excelente secretaria, sino también por una amiga. Después de la cena paseamos por una calle peatonal. Hacía una de esas noches estrelladas y cálidas, de ésas que incitan a pasear por la calle hasta el alba. Echaba de menos los paseos con Soledad, aun más que hacía un par de meses, cuando ella estaba en la gira anterior y yo en casa sin saber qué hacer. La brisa le enredaba el cabello, a Anabel. Estaba más hermosa, si cabe, que en el restaurante. Fue entonces cuando me lo dijo, y me lo dijo volviéndose hacia mí y clavando sus ojos en los míos, como si pretendiera hipnotizarme con la mirada. Podía tolerar que yo estuviese casado, eso lo había asumido, pero quería de mí algo más que un jefe, quería un amante. No me daba cuenta en aquel instante, pero nuestros labios se fundieron en un largo beso. Cuando volví en mí, la aparté casi con brusquedad negándome a proseguir. Ella no reaccionó hasta después de unos segundos, durante los cuales me recordó a la mujer de Wiesbaden por su mirada caída. La hubiese abrazado, aplastado contra mi pecho, y hubiese pedido perdón mil, un millón de veces; creo que lo hubiera hecho, si ella no se me hubiese anticipado.

   -Tienes razón. Sería una locura; tú amas a tu mujer y yo... bueno, sólo...

            Callé. Anabel se acercó a mí, me tomó del brazo como si nada hubiera ocurrido y echamos a andar. Me había desarmado con tanta seguridad, a pesar de ese momento de flaqueza, por inesperado, justo después de mi negativa.

   -Me han ofrecido un puesto como secretaria –me espetó indiferente.

   -¿Qué vas a hacer?

   -Voy a aceptar. Antes pondré al día todos los papeles contigo. Si hay suerte, yo mismo te conseguirá una sustituta hasta ver en qué para lo de la absorción. Tal vez ella pueda quedarse más tiempo del que yo pensaba antes de todo este embrollo.

            Siguió hablando, pero mis oídos ya no captaban el verdadero sentido de sus palabras, se había obturado con la primera noticia. Anabel me abandonaba, tampoco ella había podido resistirse a la deslealtad. Tenía que retenerla a mi lado como fuera. Se lo espeté sin más.

   -Desearía que te quedaras conmigo. No aceptes la oferta.

   -¿Y luego qué? ¿Crees que podríamos trabajar sin más? Creo que no.

   -Necesito pensar un poco en todo esto. Aguarda al menos un par de semanas antes de aceptar.

            Me salió así, de repente. Ella no se sorprendió, pero yo sí. ¿Pensar en qué: en el trabajo, en una nueva secretaria, en una aventura con ella? Fue salirme «todo esto» y palidecer todo uno. Tan atónito de mi propia reacción, que la tensión se me vino abajo: sudé en frío y perdí el equilibrio. Anabel me ayudó a sentarme en un banco, apoyó mi cabeza sobre su pedro y me acarició el cabello, como se acaricia a un niño cuando se le intenta calmar del lloriqueo. Me imagino que durante ese tiempo, en que yo estuve ausente del mundo real, ella se habría quedado cavilando en las posibilidades de quedarse o mudarse, de cambiar de empresa... quizás atisbara una pequeña luz sobre mi cabeza. «Lo pensaré», escuché como una vocecilla muy lejana que me envolvía con su cálido aliento.

 

VII

            Me he equivocado. ¡Ojalá me hubiera comido esa curiosidad que me obnubiló, cuando descubrí la fotografía de la mujer de Wiesbaden! Sólo he obtenido disgustos desde ese dichoso momento. Funcionó como la chispa que da comienzo a toda una traca de fuegos, como si su sola contemplación hubiera desencadenado todas las desgracias posteriores. A las ya referidas, se suma hora otra nueva. Soledad no acaba de llegar de la gira. La Filarmónica regresó, pero Soledad, según me informó por teléfono, tuvo que quedarse en Verona, pues la habían invitado a formar parte de unas jornadas sobre instrumentos de cuerda y, claro, no supo negarse. Así pues, como Soledad tenía para algún tiempo y yo no aguantaba más la comezón, me fui a casa de mi madre con la fotografía en la mano, dispuesto a averiguar lo que hubiere que averiguar.

            La avisé antes de llegar, por eso no me sorprendió cuando me presentó una bandeja llena de galletas caseras, unas galletas que de niño me gustaban con locura y que ahora, ya más bien entrado en años, ni me apetecen ni me sientan bien. Pero, las había hecho con tanta ilusión, pensando en mí como si todavía fuera un chiquillo, que no le dije nada y me comí unas cuantas; a la noche el ardor de estómago no se me pasó ni con bicarbonato ni con Primperán complex. Nos pasamos toda la tarde charlando, sobre todo ella, contándome los últimos chismorreos de nuestros conocidos, con los que ya no teníamos ni trato, o de los que sólo conocíamos de oídas o de vista. Mi madre me contaba cómo les iba, parecían amigos íntimos de la familia. Cuando la conversación comenzaba a decaer, e intentando aprovechar la racha, saqué la fotografía del bolsillo y se la enseñé. Le alargué la mano con la foto bien a la vista. Me fijé en la expresión de su rostro a medida que la fotografía iba acercándose a sus ojos: la cara risueña iba arrugándose, los labios estrujados hasta amoratarse, la mirada carbonizada. «No tengo idea», susurró como si las palabras le fueran sacadas con tenaza. Los dos sabíamos que mentía. La conocía y no deseaba hablar de ella, mucho menos traerla al presente. Es seguro que algo hubo entre ellas, quizás fueran amigas que se enemistaron. Mucho la trastornó; se mareaba y tuve que ayudarla a recostarse en la cama, en donde acabó por dormirse: era la hora de su acostumbrada siesta vespertina. En ocasiones se me olvida que ya no es la lozana madre que conocí de pequeño, sino una anciana que vive, según ella, años prestados.

            Entre tanto se despertaba, retorné a la fotografía, la ojeé con ligereza y la metí en el bolsillo con la intención de hacerla desaparecer en el álbum, de donde había salido, o en alguna papelera. Mientras, por matar el tiempo, subí al desván. La casa de mi madre está en el campo, es una de esos viejos caserones todo hecho de madera, que ya con el solo olor a viejo nos devuelve a la niñez. Por allí revolví entre los trastos, la mayor parte de ellos rotos, inválidos, inservibles para nada que no fuese alimentar las llamas del fuego, pero que allí estaban supervivientes del tiempo. En una hornacina había una caja de zapatos cerradas con una goma. La reconocía al instante; en ella, cuando no era más que un mocoso travieso, guardaba mis tesoros. De inmediato fui a por ella con la ilusión de topar dentro los vestigios de mi infancia. Me senté en la escalera, le sacudí el polvo; apenas la toqué, la goma se deshizo, dejándome los dedos un tanto pegajosos. Me invadió una emoción similar a la que había experimentado la primera vez que desabroché el vestido de Rosa, aquella quinceañera, coetánea mía, con la que perdí la virginidad.

            Abrí la caja. ¡Qué desilusión! Esperaba hallar dentro una revelación, una vuelta al pasado; tan sólo hallé fruslerías para el yo adulto, porque para el yo infante aquello debía de haber supuesto un mundo entero, un mundo tan real como el otro mundo real que me rodeaba; posiblemente dentro de aquella caja hubiera habido para mí un mundo más real que el que había afuera: un indio al que le faltaba un brazo y con la cabeza mordisqueada; una pulsera fabricada con cuerda de esparto y adornada con hilos de diverso color; un papel con un corazón dibujado, atravesado por una flecha en uno de cuyos extremos figuraban las iniciales de mi nombre y en el otro unas iniciales que no consigo identificar; la concha de un caracol, y parte de una fotografía: parece como si hubiera querido conservar sólo la mitad de la foto y destruir la otra; por lo que se conserva debía de ser una pareja, ya que se ve el cuerpo de lo que se supone es un hombre, le falta la cabeza, y a su lado se distinguen unas piernas, cuyos pies van calzados con zapatos de tacón. Tengo media idea de que podrían ser mis padres. ¿Por qué mutilaría de aquella manera una fotografía suya? ¿Qué me impulsaría a ello? Nunca he sido un portento de memoria; sin embargo, el motivo de aquella transgresión sólo lo puedo deducir, dado que no recuerdo el momento en que se produjo.

¡Cómo puede variar la visión de la realidad, cuando sólo se es consciente de lo próximo, en contra de cuando se tiene la certeza de que la realidad está allá a donde no llega nuestra percepción, pues, porque ésta no llegue, eso no significa que no exista! Contemplando aquellos objetos, ahora sin significado, me hubiera gustado meterme otra vez en los pensamientos del niño, de aquel niño que no habrá de regresar, y conocer el motivo por el que con tanto cuidado y esmero están guardados en aquella caja un collar, una concha, un papel... intasables. Hoy tenemos por el máximo valor esto y mañana lo vemos como una nonada. El tiempo nos cambia, nos vuelve del revés para que veamos la vida desde dos perspectivas antagónicas y, cuando ya estamos preparados para asumir el nuevo estado, nos llega la muerte, dejándonos con la miel en los labios. La imaginación de inventar lo que no existe, como la del niño dueño de aquella caja de cartón, no se termina con la infancia. Sin ir más lejos, yo me había inventado unos ojos azules en donde no era seguro que los hubiese: la fotografía de la mujer de Wiesbaden está hecha en blanco y negro y, no obstante, había dado por seguro que sus ojos eran azules. ¿Cómo distinguir un color de otro? La única seguridad es que eran claros, pero mi inventiva me había dictado desde un principio que eran azules y ya siempre serán azules, a menos que llegue un momento futuro en que los contemple desde otro ángulo y descubra que no eran azules, sino verdes o castaños, al igual que me ha ocurrido con la caja de cartón: lo que de niño crearía en mi cabeza como un tesoro, de adulto mi nuevo yo evolucionado lo destruye. Nada permanece inmóvil, todo es relativo: «Lo que hoy es moderno / mañana será pasado / y ayer era ficción», reza el poema.

Cuando mi madre se desperezó, estuve tentado de mostrarle la fotografía rota para cerciorarme de que, en efecto, era ella con mi padre, pero algo me detuvo. ¿Si aquella mujer que creía que era mi madre era, en cambio, la misma que la de Wiesbaden? ¿Cómo cerciorarme de una u otra cosa? En un momento en que ella fue a la cocina y yo me quedé solo en la salita, cogí las dos fotografías y comparé las piernas: parecían ser las mismas; pero, no lo podría asegurar, es posible que mi imaginación estuviera jugando conmigo. Las únicas piernas que distinguiría de cualesquiera otras son las de Soledad, tan exploradas y miradas las tengo.

Al caer la tarde hablábamos de mi matrimonio. Mi madre deseaba morirse siendo abuela, aunque tanto Soledad como yo la habíamos advertido de la posibilidad de que ese día no llegara. Supongo que así deben de ser todas las madres. Ella hacía caso omiso a nuestra advertencia y confiaba en que no tardaría el día en que alguien llegara a su casa para darle la noticia del embarazo de Sara, ya que a nosotros nos había descartado hacía tiempo y, en cuanto a Isabel, bueno, a Isabel la considera una niña y no concibe que ésta hubiera crecido, se hubiera hecho fértil y alguien la haya podido mancillar. Sé que mi madre es consciente de lo falso de esa ilusión, pero prefiere vivir en ella. «¿Para cuándo el niño?», insistió una vez más. Le volví a explicar que iba a ser un poco dificultoso: los viajes de Soledad, sus clases, mi trabajo. No le mencioné que estaban a punto de despedirme, mucho menos que Anabel, mi secretaria, estaba ansiosa de acostarse conmigo y, ¿a qué fin negarlo?, yo con ella. Después me di cuenta de que preguntaba Sara, no por nosotros; pero ya era tarde para rectificar y ella hizo como que nada había pasado.

   -¿Cómo le va a Itúrbez?

   -Hace tiempo que no sé nada de él.

   -¿No trabajabais en la misma empresa?

 

            ¿Cómo explicarle que le habían exonerado de sus obligaciones? Sería como admitir que yo también estaba a punto de seguirle los pasos.

   -De vacaciones. Un viaje al extranjero -¿qué, si no?

   -Igual ha coincidido con Soledad.

   -Es posible –de pronto se me ocurrió-. Creo que se ha ido a Alemania, a Wiesbaden. ¿Tienes idea de por dónde queda?

 

            Meneó la cabeza, ni siquiera le salía la voz para negarlo. Le volvió el malestar y se excusó por ello. Tenía que acostarse. Hoy había sido un día con demasiadas emociones.

   -Digo tu visita. No te esperaba hasta las Navidades.

            No le respondí. Había quedado claro que no deseaba ni siquiera la mención de aquella mujer. Si quiero ahondar en el asunto, no tendré más remedio que pedirle ayuda a Soledad, cuando regrese de las jornadas de Verona, que será dentro de unos días. Esta gira por Europa ha durado más de lo previsto y ya empiezo a resentirme de tan larga ausencia. Nunca había faltado tantos días seguidos ni yo había recibido tan pocas llamadas suyas. Al menos, yo sí la llamo, menos de lo que desearía, porque temo interrumpir alguna reunión, charla o conferencia, no me ha advertido nada sobre horarios. En cuanto a Anabel, esta noche consultaré con la almohada. Hace un rato tan sólo que me ha telefoneado y preguntado por una resolución: ella se queda si nuestra relación prospera. He demorado la respuesta, claro. Mañana pondré las cartas sobre la mesa; lo que ocurre es que todavía no sé con qué cartas cuento, algunas me las oculto a mí mismo y tengo que voltearlas esta noche. Hace poco más de un mes habría rechazado su propuesta sin más dilación; de entonces para acá he cambiado. Tan sólo un mes y yo no soy el mismo, algo me lo indica. Seguramente no seré ese yo interno, inmutable, el yo que me acompañará desde mi nacimiento hasta la muerte. No, no debe de ser ese yo, sino otro, el yo externo e intranscendente, volátil, que varía según las particularidades en las que se ve envuelto.

            La prolongada ausencia de Soledad, el más que probable despido en el trabajo, el coqueteo de Anabel, incluso el arcano de la mujer de Wiesbaden; todo ello me conduce a los brazos de mi secretaria. Ya no soy sólo yo, soy algo más; un yo y mis circunstancias. No tengo voluntad suficiente para oponerme a la corriente y toar río arriba.

 

VIII

            Las reuniones familiares nunca han sido de mi agrado, por eso me resistí a acudir a la cena de hace unos días. Claro, fue una resistencia más aparente que real: Isabel, mi hermana pequeña, se casa dentro de dos meses y, para anunciarlo a todos, nos reunió en casa de nuestra madre. Allí estaba la cabeza de familia con su hermano, a quien no veía desde hacía años y con quien apenas algún miembro de la familia tiene relación; Soledad y yo, ¡ah! e Itúrbez, que eso como de la familia, el bueno de Itúrbez, que venía a tener dos familias, la de Soledad y la mía. Mi otra hermana, Sara, la mayor, no asistió, «le es imposible», me dijo Isabel, y yo no pregunté. A mí mis hermanas siempre me han considerado como una especie de oveja negra entre ovejas blancas. Isabel nunca lo expresó de forma abierta; en cambio, Sara no cierra la boca en cuanto me ve. No es ningún secreto que no nos llevamos muy bien, siempre hemos estado un poco distantes, nos hemos mantenido al margen de nuestras vidas para vivirlas de forma independiente, demasiado independiente, pero es lo que hay. Por el contrario, Isabel y Sara siempre han estado muy unidas y de fijo que las dos se habrán sentido un tanto decepcionadas por no coincidir en aquella cena. Lo arreglarán, estoy seguro, con una despedida de soltera por todo lo alto.

            La pequeña Isabel, ¿quién lo iba a decir? Para mí es la pequeña Isabel, para mi madre su «niñita». El semblante dela novia estaba radiante de felicidad; el novio, empero, Julián, un leguleyo que no cesaba de hablar, tenía un rostro oscuro, me refiero a sus expresiones faciales, no al color de la tez. Julián no sonreía, al menos no le he visto sonreír ni con la boca ni con los ojos.

            En cuanto se pasó al café y a la copa, la conversación fue tomando derroteros más acalorados, sobre todo cuando alguien, creo que Itúrbez, mencionó a unos ecologistas que habían protestado por unas pruebas nucleares que se habían realizado en el mar. Julián se excitaba con el tema y los demás veíamos en él lo que tal vez a Isabel le había pasado desapercibido, o sí se había dado cuenta de ello y no le otorgaba importancia alguna: no controlaba las emociones y se dejaba gobernar por ellas. Julián aseguraba que el hambre acabaría por matar toda la vida en el planeta.

   -¡Qué memez? –saltó Itúrbez, no sé si por provocar la iracundia del novio o para refocilarse de él- ¿Cómo puede el hombre llevar a cabo tal dislate? ¿Qué se creerán esos rábulas que es el hombre: un ser todo poderoso?

            Un poco hastiado del matiz que tomaba la conversación, salí al porche para que el aire fresco de la noche aliviara los humores que el alcohol me había provocado. Me senté en el poyo y contemplé tranquilo el cielo estrellado. Al poco empezó a escucharse música dentro; luego, risas y voces. Conseguía abstraerme de todo ello, cuando salió Isabel y se sentó a mi lado en silencio, confiando en que yo lo rompiera. Entre los dos mantuvimos una lucha en el mutismo que, como siempre de niños, ganó ella.

   -Parece un buen chico –le dije.

   -Sí; lo es, a pesar de las apariencias. Un poco engreído, tal vez.

   -Imagino que conseguirás cambiarlo.

   -Supongo.

   -Si no, lo hará el tiempo.

 

            También ella, la pequeña Isabel, ha cambiado con el tiempo. Se mostraba menos arisca conmigo, aun sin llegar a manifestar un cariño fraternal, acaso una ligera preocupación, mejor interés. Por qué no llegamos a congeniar como ella con Sara, es algo que no me explico. ¿Porque las mujeres forman un mundo aparte y, en el caso de mis hermanas, excluyente? ¿Quién sabe? El caso es que mientras ellas se encerraban en un cuarto a jugar, yo me aburría en solitario, mordido por los celos. Me costó mucho acostumbrarme a aquella situación: Isabel y Sara yendo juntas a todas partes y compartiendo todo; incluso me apartaban los besos fraternos, los abrazos; me expulsaban de su compañía a empujones y se reían y se burlaban. Sólo con los años, cuando Isabel entró en la adolescencia, me permitió abrazarla, cogerla de la mano e, incluso, besarle la mejilla. Ya para entonces yo la había suprimido de mi compañía, de manera que todos aquellos actos de cariño no eran más que fórmulas vacías. Así convivimos hasta que la muerte de nuestro padre no aunó en cierto modo, a Isabel y a mí, porque Sara aún hoy se halla tan distante de mí como lo estaban las estrellas que contemplaba esa noche, al lado de mi hermana pequeña.

   -Me gustaría que por una vez, aunque sólo sea una vez, Sara y tú no discutierais. Es mi boda.

            Lo dijo sin tener la convicción de que fuera a cumplirse, como una súplica elevada al cielo y que no tenemos la certeza de que alguien nos escuche desde tan alto; de todos modos, ¿a qué fin un dios, que es todo perfección, que por ese mismo motivo carece de las pasiones humanas y ningún sentimiento le puede dominar; a qué fin ha de molestarse en unas insignificantes criaturas? No era una expresión de deseo, la de Isabel, sino de deprecación, casi de imprecación. Con ello estaba exhortándonos a contener nuestro afán de lucha.

   -¿Qué ocurre ahí dentro?

   -Mamá ha puesto el viejo gramófono, parece mentira que todavía funcione, y están bailando. Tenías que haber visto a mamá y a Julián, con lo patoso que es. En cambio, Itúrbez y Soledad parece que han nacido muy avenidos para esto del baile.

   -Sí; eso es cierto.

   -¿Te acuerdas de cuando os casasteis? Bailaron más ellos dos juntos que el resto de invitados.

   -Ya sabes cómo es Soledad. Le encanta mover el esqueleto. A mí no me va.

   -Sí. En eso no has cambiado. Ya tenías dos pies izquierdos de pequeño.

   -Nunca quisisteis enseñarme. Preferíais bailar vosotras dos antes que conmigo.

 

            Metí la pata con aquel comentario. Isabel frunció el ceño, arrugó la faz, se levantó echando humo y entró en la casa, no sin antes dirigirme una de esas miradas elípticas de vieja bruja a punto de echar el mal de ojo. No dijo nada, no lo necesitaba, su mirada lo decía todo. Me sentí perforado por ella, por la mirada. Cuál no sería mi sorpresa, cuando al rato volvió a salir y a sentarse a mi lado. Esta vez no hubo pulso. Bueno, no exactamente un pulso, tampoco un reto. En Francia tienen una expresión que viene más al caso: «tour de force», resulta más preciso; «tour», como torre defensiva; «force», como fuerza; la fuerza de un torreón defensivo. Isabel y yo nos atacábamos sin movernos, porque nuestra lucha era defensiva. Protegíamos nuestro territorio, el torreón, la «tour» francesa, nuestros pensamientos más íntimos.

   -Perdona.

   -No; perdona tú. La culpa ha sido mía. No tenía que haber traído al presente lo que ya pertenece al pasado. Lo hecho, hecho está. Está muerto.

   -El pasado nunca muere, forma parte del presente, de lo que somos.

   -De cualquier forma, por mi parte todo está olvidado.

   -Debiste de haber sufrido mucho entonces.

   -Bastante.

   -Tienes razón al guardarnos tanta inquina. Lo comprendo.

   -Hay cosas que es mejor dejarlas estar.

   -Ésta es una de ellas. Aun así, espero que nos perdones por lo que te hicimos sufrir.

   -Por mi parte no hay nada que perdonar.                

 

            Volvió a entrar en la casa más cabizbaja que la primera vez. Iba a desearlo un matrimonio más feliz y duradero que el de Sara, pero antes de soltar la primera palabra ya me pareció una estupidez. Que Sara se haya divorciado tan rápido como se casó no era asunto mío, ni siquiera de Isabel. Nadie es perfecto, así que nadie tiene derecho a criticar los erros ajenos, ni tampoco a orearlos. Meterse a gobernar donde no hay piloto es ruin y digno de todo reproche. Quien alza la voz a airear los trapos sucios del vecino acaba siendo apuntalado por el índice del resto de vecinos. Somos sacos llenos de prejuicios y necesitamos que alguien los vacíe, pues la razón es la que nos nuble el entendimiento.

            Finalmente, bailamos, Soledad y yo. Fue bajo los acordes de un vals, cuando ya nadie quería bailar, y mucho menos un vals. A mí me dio por ello y Soledad consintió. En fin, quedamos todos emplazados para dentro de dos meses, el día de la boda.

 

IX

            Fue una locura y me arrepiento de ello. El sentimiento de culpabilidad me ha estado royendo las paredes del cerebro hasta el punto de desquiciarme, hostigándome con las túrdigas arrancadas. Habíamos acordado el lugar, un hotelucho de villa marinera. No era más que domingo, uno de esos días en que la gente se dedica a pasear con su pareja, como si los domingos hubieran sido instituidos ad hoc: para pasear con su marido, con su esposa, con su novia, su novio, sus hijos pequeños que ya no lo son tanto y que los padres insisten en que son sus pequeños, como mi madre con Isabel, que no tienen la edad suficiente para salir solos un domingo o con sus amigos. Los domingos son los elegidos para llenar las aceras con matrimonios que se detienen en mitad de ellas para ver un escaparate donde no han de entrar, para saludar a otros matrimonios dificultando el paso a los demás viandantes, sean éstos más matrimonios o grupos de adolescentes o solitarios buscando consuelo con los ojos ajenos, hace poco he visto Locuras de verano, con Catherine Hepburn, y, entonces, el encuentro se convierte en tapón y los transeúntes se ven obligados a rodearlos y acaban de forma irremediable en la carretera, sorteando los automóviles que pasan cautos, conocedores sus dueños de la invasión. Soledad y yo no acostumbrábamos a pasear los domingos. Nos hastiaba ver tanto matrimonio.

            Según estaba convenido, llegué un par de horas antes que Anabel, como si eso fuera suficiente para burlar posibles miradas indiscretas. Fueron dos horas angustiosas, próximas a la agonía unamuniana; claro que la suya fue más religiosa; la mía, en cambio, resultaba más prosaica: quedarme allí aguardando la venida de mi secretaria o marcharme a una casa solitaria, Soledad había ido a Córdoba a otra de sus convenciones, cada vez más frecuentes. Es fácil mantener la palabra dada, cuando no existen tentaciones en su contra. Adán sucumbió a los encantos de Eva y ésta a los del ángel caído, Lucifer, quien ya se había desligado de su dios atraído por el sabor a libertad, el mismo dios que rompió el pacto hecho con Adán, abandonándolo a su suerte. ¿Puedo yo resistir a aquel cuerpo que, desnudo, eclipsa a la luna de los juglares? Oí sus pasos acercarse a la puerta y detenerse delante de ella para guardar silencio durante unos segundos. Daba la impresión de que Anabel sopesaba si abrirla ella misma o llamar; sin duda no le cabría la duda de si volver o continuar, sobre todo después de tanto tiempo de porfía. A pesar de estar sobre aviso, me sobresalté al escuchar los golpes dados con los nudillos. No daba abasto el corazón a expulsar la sangre, cuando la recibía de vuelta.

            En el encuentro furtivo me sentí como se debía de haber sentido Leandro la primera noche que se reunió con Hero en Sestos, y aquella congoja que irrumpió dentro de mí más tenía que ver con la última escena del film de Korwalsky, el suicidio de Kodra, que con el regocijo que la presencia de Anabel tenía que provocarme. Al fin y al cabo, aquel encuentro clandestino no era otra cosa que una violación del matrimonio, porque las violaciones no sólo son físicas o psicológicas, también lo son de este otro tipo, más mentales, de conciencia.

            Comenzamos con unas copas y una charla en absoluto insubstancial, con un ligero temblor en cada frase. Los dos nos movíamos a tientas deseando dejar atrás aquel terreno embarazoso. En ningún momento nuestras miradas se detuvieron enfrentadas, evitábamos dirigirlas hacia la cama. Eludíamos la responsabilidad de ser el primero en afrontar el tema. Si estábamos allí los dos era para acostarnos y no para conversar, para eso no hacía falta escabullirse. Seguíamos de pie sin osar sentarnos, bien es verdad que sólo había una silla, hasta que Anabel se decidió: «tengo los pies molidos», musitó, como pidiendo disculpas. Se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos. Yo, que sostenía en la mano una copa de whisky, me convertí en un manantial de sudor: la frente rezumaba agua sin cesar y las manos se licuaban; a punto estuvo la copa de resbalarse y dar en el suelo. Me sequé con un pañuelo dándole la espalda a Anabel.

   -No hay motivo para ponerse nervioso –dijo muy quedo-. Si no quieres seguir, podemos aplazarlo para otra ocasión.

            Se levantó, se acercó a mí, aun vuelto hacia la puerta. Me rodeó con los brazos. Notaba sus senos aplastados contra la espalda y percibí una excitación nueva. Me volteó con suavidad hasta quedar uno frente al otro. Nos besamos y me dejé conducir. A medida que la ropa se iba desprendiendo y Anabel iba apareciendo a mi vista, desaparecía toda hesitación en mi cabeza. Tenía que rozar aquella piel, palpar los senos, hundir mis dedos en sus nalgas, sorber el aliento de su boca con la boca mía. Ni siquiera estoy seguro del momento en quedé desnudo, sólo percibí un atisbo de consciencia cuando su mano agarró mi pene y juntos nos desplomamos sobre la cama.

            Antes de Soledad era demasiado impulsivo, irreflexivo, obsesionado con la sola idea de follar. Con Soledad encontré el acto sexual como un acto de comunión, como un acuerdo para compartir la cama, lo mismo que si fuera una comida o la televisión. Con Anabel, por contra, todo resultó diferente. Con ella todo fue pasión, nada de hablar de amor ni de compromisos ni de «mañana tengo que madrugar», como apurando para dar término al desahogue. Con Anabel fue el sexo egoísta en que cada uno busca desesperado su propio placer.

   -El próximo viernes podríamos vernos aquí mismo, si te parece.

            ¿Si me parece? Claro que me parecía. Hacía muchísimo tiempo que mi mente no se libraba de las ataduras diarias. Con Soledad todo era tan fríos, tan inexpresivo. Para el viernes, pues, quedamos en reunirnos de nuevo.

   -Podemos ir juntos a la oficina –me insinuó al tiempo que nos vestíamos.

   -Es mejor que no; ya sabes, por el qué dirán.

   -Sí, claro. No es bueno que el jefe se líe con la secretaria.

   -No es eso, mujer, y tú lo sabes. ¿Cuánto crees que tardaría Soledad no saber lo nuestro?

 

            Cuando esa mañana entré en casa, lo primero que hice fue poner el concierto para viola de Hassenteilen y escucharlo en el sillón con los ojos cerrados para rememorar la noche pasada. Poco a poco el rostro de Anabel se fue perdiendo en desfiguraciones y en su lugar asomaba, cada vez con mayor énfasis y nitidez, el de Soledad. Pensé en la Soledad engañada, en mi carencia de escrúpulos, en el desliz que acababa de cometer; sí, un desliz que no habría de repetirse. Fue un momento de debilidad, me dije. Estaba sumido en la desesperación, dejado de lado por una esposa ocupada en sus propios asuntos. El despido me aguardaba a la vuelta de la esquina, la frustración se había instalado en Wiesbaden, Soledad se encontraba lejos de mí. ¿En qué hombro apoyarme, a qué oídos confesar mi fracaso, sino Anabel?

            No sé si debería contar este desliz a Soledad. Supongo que es una locura, una insania. No me comprenderá, al menos yo, en su lugar, no lo comprendería. No elevaré a los cielos el me culpa, me limitaré a silenciar el asunto. Además, he resuelto no presentarme a la cita el próximo viernes, disfrutaré esa noche con mi esposa: saldremos a cenar a un restaurante de esos que a ella tanto le gustan, pasearemos abrazados con la luz de las farolas como testigo, haremos el amor con la misma pasión de cuando apenas nos conocíamos... y todo volverá a ser lo mismo.

            Estos dos días han sido horribles. No sé disimular y, además, temo que todos estén al tanto de la aventurilla. Noto cómo me miran al pasar y los veo murmurar hasta que aparezco ante ellos; entonces, se callan y simulan no haberme visto. Paso entre ellos exudándome todos los poros de la piel, hago un esfuerzo ímprobo para que las piernas no titubeen: izquierda, derecha, izquierda, derecha... me concentro en los pasos, como si estuviese desfilando en una compañía de infantería. Me siento aliviado detrás de la mesa del despacho, excepto si Anabel entra; en ese momento vuelvo a sudar por todas lados y me imagino que todo el mundo nos están espiando, señalando con el dedo y riéndose de mi confusión. ¿Cómo lo hará Anabel? A ella se la ve tan natural, sin pizca de molestia.

Ayer mismo tuve que salir de la oficina por la tarde para dar una vuelta y calmarme. Andando llegué a la calle en donde vivo. Allí estaba yo, en plena calle, la más concurrida, una de esas calles de las que las grandes urbes, las ciudades millonarias como Madrid, Barcelona o Sevilla, están llenas y ya no se las pueden llamar calles, principales, porque son tantas que ninguna sobresale por encima de la otra, calles modernos que no son más que una sucesión de tiendas y establecimientos de consumo con reclamos de todo tipo en busca de clientes. Son como flores que orean sus llamativos pétalos y sus fragancias a fin de captar la atención de algún insecto volador. Así son las calles modernas; por eso, si cerramos todos esos establecimientos, la calle deja de tener sentido; los matrimonios buscarán otras calles para pasear, porque ya no podrán detenerse delante de los escaparates a mirar, ni podrán entrar en ese bar o aquella cafetería. Aquélla era mi calle, parte de ella al menos, o más bien yo era parte suya, pues en ella vivo, en un tercer piso que antes había tenido un dueño aborrecible; cuando lo compramos, las paredes lucían un excesivo de agujeros, la pintura estaba tiznada y descuidada, el suelo precisaba un buen pulido. Lo adecentamos con gran ilusión y no tardamos en apropiarnos de él, en hacerlo parte de nuestra vida, la de Soledad y la mía.

            Sin duda ella se lo ha tomado mejor, me refiero a Anabel. Camina en medio de las otras secretarias con la frente altiva, pavoneándose como una colegiala que ve a sus iguales muy por debajo de sí. ¿Presumirá de ser la amante del jefe? Me entra pavor cada vez que pienso que mi matrimonio, no tano mi trabajo, está en manos suyas. Tengo que convencerme de que le gusto por lo que soy. No lo consigo. No me atrevo a contradecirla, a decirle que lo nuestro no conduce a ninguna parte, que el próximo viernes lo pasaré con mi mujer. Si lo hago, si la abandono, por despecho se lo contará todo a Soledad. Definitivamente tendré que apechugar con el adulterio mal que me pese. Sea como fuere, no me permitiré llorar por la yedra. Acaba de llamarme Soledad para avisarme de que llega esta misma tarde, dentro de un par de horas, tres a lo sumo. Han sido horribles, estos dos días. No sé cómo podré mirarla a los ojos y seguir diciéndole lo mucho que la quiero. No es que le mienta, es que no será toda la verdad, y ocultar la verdad, aunque sólo sea parte de ella, es engañar o algo parecido a insultar. ¿No le producirá más dolor saber que la he engañado? Cuando mi madre me ocultó lo que ella sabía sobre la mujer de la fotografía, me apesadumbré no porque me mintiera, sino porque ello significa que me aparta de sí, me rechaza. Quizás Soledad acabe con ese mismo pesar y, entonces, sí que no volveremos a ser igual que somos ahora. ¡Ojalá me muera antes que ver en sus ojos la decepción! ¡Cuánto mejor es permanecer en la ignorancia! La ignorancia nos hace felices. ¿Qué nos puede importunar aquello cuya existencia desconocemos? ¡Qué dichosa vida la de los que se apartan de este mundo!

 

X

            Contemplando a Soledad mientras duerme me doy cuenta de lo mucho que la amo. He encendido la lamparilla de la mesita, y la luz se agarra a su cara, tan plácida, tan ajena a mis turbulencias. Si por mí fuera, la llenaría de besos, haría el amor engarzado a ella hasta el amanecer. Veo su quietud, su paz, mientras yo me consumo por dentro. Es la primera vez que le oculto algo tan sustancial, el desliz con la secretaria que tanto me atormenta. Espero que se mantenga encerrado por toda la eternidad. De momento me conformo con esta vigilia mía, en la que comparto mis sueños con Soledad, porque también en el sueño se comparte la vida, no digo las fantasías del subconsciente, sino el descanso mórfico de la conciencia.

            Ante mí tengo la fotografía de la mujer de Wiesbaden. Al final, ni la he devuelto al álbum ni la he licenciado al cubo de la basura, como pensé hacerlo tantas veces desde la ya lejana visita a mi madre. De tanto fijarme en ella, ya casi tengo memorizadas sus facciones, y no sólo le atribuyo unos ojos azules, sino que también a las flores del jardín les confiero unos colores. Poco consuelo es, como lo es lo poco que mi mujer ha podido sonsacar a mi madre.

   -Le ha costado hablar sobre ella –me dijo Soledad anoche mismo-. Parece ser que no llegó a conocerla personalmente, o eso le he entendido.

   -¿Te ha contado el motivo de tanta animadversión?

   -No con exactitud. Sólo que conoció a tu padre durante la segunda guerra mundial y que tuvieron un romance. Tu padre no se lo ocultó, y ella, tu madre, con el tiempo acabó por perdonarlos a los dos. Claro que perdonar no es lo mismo que olvidar o pasar página. Lo que sucede es que hay algo más que no quiso contarme.

 

            Me contó cómo mi madre le había insinuado que si pretendía llegar más allá de lo que hasta ese momento había llegado, tendría que prometerle que no vendría a mí con la lengua afilada; es decir, que no quería que yo supiera más. Soledad no lo dudó un instante: prefería no tener nada que contarme antes de averiguar más, sobre todo, lo tengo más que por certero, porque a ella ni le iba ni le venía aquel asunto, que se lo había tomado a la ligera; en cambio, eligió el camino fácil: si no sé nada, ningún secreto puedo guardar. Me insinuó que aquella mujer podría haber pertenecido al ejército alemán, el mismo ejército que bajo el mandato de Hitler había demostrado lo débiles que son las promesas de los gobiernos. Nadie ayudó a nadie hasta que ya era demasiado tarde, la guerra fue un mal menor. Pero, en la fotografía aquella mujer no tenía manos de soldado, no daba la impresión de que hubieran cogido un arma en su vida: finas, pulidas, sin mácula; el semblante aquél no era el de una espía fría y calculadora, aunque ese semblante que la ficción nos ha transmitido de pantalla en pantalla, es tan falso como la historia en que sale.

            Sabía poco, un dato insignificante. Es inexcusable ahondar más, indagar datos que puedan acercarme a ella como a una persona, no como una fotografía. ¿Algún nombre, alguna reseña personal? Soledad meditó unos segundos: ¿se le había trascordado entre tantos datos? Murmuraba varios nombres, como si estuviera comparando el sonido.

   -¿Y bien? –me impacientaba.

   -No me acuerdo muy bien, pero creo que dijo que se llamaba Hainish, o algo similar.

   -No es un apellido muy alemán.

   -No; no lo es. Hainish nació en Eisenstadt, en Austria.

   -Así que, en realidad, era austríaca.

 

            Soledad se ha removido. Ahora la luz no incide directamente en su rostro, sino ladeada de tal forma, que se aprecian unas arrugas. Sí, son unas arrugas en torno a los ojos, a la boca, cruzando la frente... Esta misma noche la he juzgado joven, como si el tiempo hubiera resbalado por su cuerpo sin penetrar en él; mantenía la lozanía propia de cuando nos conocimos hace tantos años. En tan sólo unas horas, ¿qué digo horas? en lo que ha tardado en removerse, el tiempo se ha introducido en ella y la hiere con sus armas odiosas, las arrugas, que no son sino los pliegues que la senectud nos va dejando. Tan joven ayer, lo mismo que Hainish en la fotografía, ambas luciendo su altivez, igual que Anabel.

            Pero, Soledad ha envejecido de repente, o así he reparado en ello, tal vez me haya pasado desapercibido, porque no me haya fijado en ella con tanto detenimiento como ahora. De todos modos, para mí la vejez le ha venido de sopetón. ¿Quién sabe si a Hainish le habrá venido también de igual manera al día siguiente de que la fotografiasen, quizás esa misma noche las arrugas le hayan invadido la cara, los ojos hundidos en sus cuencas, las pómulos sobresalientes, el mentó encallecido? Has es posible que Hero, hermosa joven, haya muerto envejecida de pronto por la inquietud provocada por la dilación en llegar su amado, justo antes de arrojarse rendida al mar, cuando ve el cadáver que la marea arrastraba hasta la orilla. Y Kodra, la heroína de Korwalsky, pues no por haberse cortado las venas dejó de ser una heroína, personaje trágico para un novelista trágico, un judío más en las duchas de la intolerancia y el fanatismo; esa Kodra se suicidó después de probar la amargura del paso del tiempo por culpa de una vida repleta de frustraciones. Todos son pasos, ritmos repetidos sin cesar, como ese leit-motiv wagneriano de Hassenteilen en su concierto para viola. Todo se repite, es una espiral sempiterna; incluso, Anabel, ahora disfrutando de su vigor, habrá de ver en su rostro las huellas de la vetustez... o tal vez no, tal vez su vida acabe antes de poder tomar conciencia de ella y quizás acontezca lo mismo que a las otras, y la muerte la sorprenda tras concienciarse de que ha nacido una arruga en su cara.

            Tampoco yo me escabulliré. Cierro los ojos, intento forjar mi imagen reflejada en un espejo para analizar los rasgos faciales y descubrir en ellos que yo no soy joven. No lo consigo, distingo más a fondo cualquier rostro antes que el mío, a pesar de que  cada mañana lo tengo enfrente mientras me aseo y, por encima de todo, me afeito. De todos modos, no preciso verme para averiguar lo que me temo; me siento envejecido, más bien no joven. Sé que me faltan algunos años para engrosar el número de ancianos, pero son más los que me superan en el de la juventud. En todo ese tiempo vivido ¿qué he hecho? Apenas nada: jugar sin sentido, cuando infante; cuando adolescente, travesear con las hormonas; de joven, preparar con estudios y trabajos el futuro; después, desacelerar los apetitos y mirar hacia atrás para no topar más que vaguedades. Un día habré de dejar este mundo y luego ¿qué? Nada. De lo que fui o pude haber sido no habrá constancia, a no ser que alguien, ¿un hijo? prosiga la vida que a mí, como a todo ser viviente, se me deniega. Viviré en él y él por mí, juntos para vencer la caducidad; un descendiente con mi misma sangre pasará a ser el dueño de cuanto he acumulado, no sólo bienes materiales, sino también mis deseos, mis sueños. ¿Qué hará con ellos? Seguramente lo mismo que yo con los de mi padre. Nada. ¿Y si no hay descendiente? El canto del rey Autef, en el antiguo Egipto, comienza de forma desgarradora: «Las generaciones se desvanecen y desaparecen, / otras toman su lugar, desde los tiempos de los ancestros, / los dioses que vivieron en otro tiempo / y reposan en sus pirámides. / Los nobles y los afortunados / en sus tumbas yacen amortajados. / Habían levantado casa, en lugares que ya no existen. / ¿Qué ha sido de ellos?». Y sus dos últimos versos, compendio de lo que somos: «Mira, nadie se lleva consigo sus bienes. / Mira, nadie regresa una vez que se fue».

            Cuando se va ladera abajo y se divisa el fin del camino allá al fondo, aunque todavía se halle lejos, ésas son las preocupaciones y, llegados a este punto de la ladera, uno ve estas zozobras desde una perspectiva diferente, y aquellos problemas tan abrumadores de otrora asoman ahora como bagatelas insignificantes. Intento apartar de mí estos pensamientos y mi mente me ha devuelto a La Marmolade, el hotelucho en donde Anabel y yo nos reunimos jugando al escondite con el mundo entero. Ya me he amoldado a la situación, lo único que pretendo es aprovechar la ocasión que se me ha brindado propicia: cada noche descubro nuevos derroteros sensuales, sigo las instrucciones del rey Autef: «Haz, pues, del día una fiesta / y no te canses de ella». Tres mil quinientos años después de este consejo, yo lo recojo. De paso, resucito al autor, como quien hace revivir a un muerto al recordarlo, como cuando pienso en mi padre... y su aventura con Hainish.

   -Si alguna vez te casas –me dijo unos días antes del fatal suceso, recuperado momentáneamente de su síndrome de Korsakov, extraño caso en que la memoria parece jugar con el paciente-, hazlo con la cabeza y no con el corazón.

            Si recuerdo ahora aquella admonición, es porque estaba oculta en alguna esquina de mi cerebro. No suelo pensar en él. Nunca me ha resultado placible memorar tanto al hombre como al óbito. Casi no hablo de ello con mi esposa ni con mis hermanas ni con mi madre. Su desaparición me afectó hondamente y creo que todavía no me he recuperado del toda, después de tanto tiempo. Cuando alguien pretendía contarme algo sobre su muerte, le rogaba que por lo que más quisiera se callara, que en nada podía alterar su estado con que yo supiese esto o lo otro. El solo hecho de mentar su nombre me alteraba, aún me altera en ocasiones. Acaso se deba a que fue con ello con que entendí lo pasajero de nuestro deambular, la fugacidad del tiempo, lo poco que valemos, de lo mucho que dependemos de los demás, porque, como dijo Cicerón, «la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos». ¡Qué razón la de nuestro Cicerón! Nuestro, sí, pues su nombre ya no es suyo, sino de todos, todos los conocemos, como si fuera una obligación; no importa saber cómo fue su vida: el nombre basta. Los nombres que todos conocemos dejan de pertenecer a un único dueño, porque, una vez conocidos, los dueños dejan de ser espectros.

 

XI

            El sábado pasado se celebraron las nupcias de la pequeña Isabel con Julián. Finalmente, no hubo discusiones entre Sara y yo. Todo transcurrió con la normalidad propia de tales eventos: alguna salida de tono, provocada por la borrachera del momento; algunos vítores a los recién casados; un plato que se hace añicos al caer al suelo; el cava, que se desborda de una botella agitada en exceso, cuyo tapón aprovechó la circunstancia para desarbolar una lámpara. Por allí se paseaban gentes que no reconocía, de seguro tampoco ninguno de los novios había siquiera oído hablar de ellas: compromisos de los padres más que de los hijos. Aun así, faltaban tantos... Es curioso cómo la gente se agolpa en los acontecimientos más siniestros en lugar de buscar compartir las alegrías. Sólo en los funerales se podrán congregar todos los conocidos y sólo para decir el adiós postrero a uno que fue su amigo. Nadie piensa que le tocará a él en un futuro cercano aguardar metido en la caja a  que la curiosidad, malsana por norma, de los asistentes se haya satisfecho con un pésame que a nada conduce, y no hace sino reavivar la llama del padecimiento. Bueno, lo piensan, pero no lo sienten. Dejamos para mañana el trato con alguien y, llegado mañana, decidimos postergarlo para más tarde y así hasta que nos damos cuenta de que el padre, a quien tanto queríamos, se halla metido en el féretro camino del cementerio; se han quedado tantos abrazos por dar, tantas cosas por decir, tantos sueños por compartir. Mi padre se fue sin todo ello, y yo me lo quedé todo sin saber qué uso darle. En esos momentos es cuando te asalta lo que los alemanes llaman «weltschmerz», el dolor universal, un dolor que te obliga a replantearte la vida para seguir con ella a cuestas. Entonces, comprendes que no es el amor ni el sexo ni la amistad ni el poder ni el dinero, lo que nos empuja hacia adelante, simplemente es el pan y el agua: si seguimos viviendo, a pesar de todo, es porque nos alimentamos, sin más, sin romanticismos ni pedanterías; comer y beber, y respirar también, como cualquier otro ser vivo. Se trata de dejar pasar el tiempo sin esperar nada a cambio, como el niño de antaño que, sin percatarse de ello, entraba en el mundo de los adultos el verano en que su madre, en vez de vestirlo con los pantalones de pernera corta, lo vestía con los de las perneras largas. Es el dejarse llevar, el hacer festivo cada día.

            Después del ágape, y mientras disfrutábamos del café, la copa y el puro, Soledad se había liado a charlar con la señorona contigua a ella, una mujer gorda, de mejillas butirosas, que se había desatendido de su marido, un hombre de brazos fuertes y manos callosas, cuyo rostro parecía encendido por el rubro líquido de unas cuantas botellas de vino tinto. Como a mi lado también un señorón beodo fustigaba la lengua con sandeces, fijé mi atención en la conversación más pausada de mis esposa y su interlocutora. Hablaban de niños, de los niños de la rolliza vecina. Soledad no me miró, pero puso su mano sobre la mía, que reposaba sobre la mesa, olvidada de su amo. ¿Cómo supo que estaba allí? ¿Cómo consiguió llegar a ella sin mirarla? En un momento, que la corpulenta señora tomó para respirar un poco, Soledad volvió sus ojos a los míos y en ellos clavó su mirada.

   -Tal vez deje la Filarmónica.

   -¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? Pensaba que ya lo tenías decidido, que continuarías con la enseñanza y la interpretación.

   -Los viajes me cansan cada vez más. Con las clases en el conservatorio estoy más a gusto y tendré más tiempo libre.

   -Creía que te entusiasmaba la viola.

   -Me entusiasme, pero con tanto viaje se me van las ganas poco a poco. Prefiero tocarla como afición y dedicarme en exclusiva a las clases. Además, con el tiempo que me quede... podríamos tener un niño –y se calló.

            Se quedó mirando mi reacción. Por fortuna, nunca la música fue tan oportuna: la orquesta anunció el comienzo del trillado vals de Strauss. Todos los invitados nos volvimos hacia los recién casados, sino Soledad, que continuó todavía unos segundos más con su mirada puesta en mí. Tras los primeros pasos de los novios, Itúrbez se acercó a nuestra mesa y, tras un escueto saludo, se ofreció a Soledad para el baile, acompañado del habitual «si no te importa» dirigido a mí. Me sentí aliviado en cierta forma, aunque era consciente de que en cuanto llegásemos a casa me las vería de nuevo con ella y allí, sin posible huida, tendría que afrontar la proposición. Quizás podría considerar lo del hijo como una solución a lo que últimamente nos sucedía y callábamos. Cada día nos vamos separando más, un peldaño tras otro uno de los dos sube la escalera mientras el otro baja. ¿Podría ser aquella una llamada de socorro de Soledad, un intentémoslo antes de que todo termine?

            Supuse que, como siempre, Itúrbez y Soledad bailarían hasta que sus piernas no pudieran más, así que busqué a mi madre para sonsacarle algo de Hainisch. La hallé sentada con Sara. Dudé si acercarme a ellas o mantenerme a distancia; temía discutir con mi hermana, encorajarnos y estropear con ello la boda de Isabel. Determiné aguardar a que mi madre estuviera sola, pero en ese momento vi que la pequeña Isabel se les acercaba, justo cuando Sara se levantaba; se cruzaron mis dos hermanas, apartaron la vista una de otra y tomaron caminos opuestos. ¡Se habían enfadado! Tan unidas siempre y ahora, en este día tan memorable para la pequeña Isabel, se ignoran. No es que me haya alegrado por ello, ni mucho menos; pero, sí sonrió mi alma de que algo se había roto entre ellas. Naturalmente, me invadió el prurito de averiguar el motivo de tan gran infortunio, así que, en cuanto la pequeña Isabel se quedó a solas, aguardaba a que Julián se le reuniera en la terraza del restaurante, la importuné con mi curiosidad.

   -Hace un par de años discutimos –me explicó-, y desde entonces no nos hemos vuelto a dirigir la palabra.

   -No sabía nada. Siento oír eso.

   -Fue la última vez que visitamos a mamá por Semana Santa. Tú te habías ido con Soledad a un concierto de la Filarmónica, creo fue en Murcia.

   -Sí; me acuerdo. Se estrenaba como solista.

   -A la hora de acostarnos mamá nos había preparado la misma habitación en la que dormíamos de jóvenes. Nos desvestimos, nos acostamos, nos aprestamos la una contra la otra y nos dispusimos a despellejar a todos los que conocíamos sin dejar hueso sano. Sara comenzó a toquetearme de una forma... Ya me entiendes. Le dije que parara, que a mí no me iba; que éramos hermanas, que aquello no estaba bien, aunque yo estuviera por la labor. Luego, bueno, todo se complicó: nos llamamos de todo, nos gritamos, llegamos a las manos... -profundo silencio, silencio de muertos-. Supongo que mamá nos habrá oído, pero al día siguiente se comportó como si no hubiera pasado nada –nuevo silencio, un abismo de silencio-. ¿Qué piensas?

 

            Jamás habría imaginado aquello. No es la homosexualidad de Sara lo que me ha dejado alucinado, sino el incesto, el intento de incesto más bien. Siempre había pensado que aquella relación entre hermanas se acercaba demasiado a lo ilícito, pero lo achacaba a la envidia, a los celos por hacerme partícipe de sus juegos. En este asunto no comparte las ideas de Paracelso: todo es bueno en su justa medida. Teofrasto Bombast von Hohenheim, alias Paracelso, la picazón del erudito me ha dominado y tenía que decir el nombre completo, considera que «nada es veneno, todo es veneno», dado que «la diferencia está en la dosis»; pero, la relación entre dos hermanos no es la misma que entre otras dos personas, que un hermano es un hermano, ni mucho ni poco, sencillamente un hermano.

   -Me preguntó qué pensará mamá. Ya sabes que tú eres su preferida; Sara lo era de papá.

   -Te equivocas; lo eras tú. En casa todos conocíamos la inclinación que él sentí por ti.

   -Pues bien que lo disimulaba.

 

            Daba la impresión de que Isabel anhelaba abrirme el corazón de par en par y soltar fuera algún secreto, como la razón por la que nuestro padre, mi padre, me prefería a mí, que tanto le desdeñé. ¿Y si también ella era portadora de la verdad sobre Hainish, sobre la razón por la que nuestra madre odiaba tanto a aquella mujer? Es obvio que tenía razones para ello; pero, la había perdonado y, sin embargo, su rencor le superaba. Ya estaba yo a punto de meterme a averiguar lo que Isabel sabía, cuando todo se quedó en nada: Julián apareció con su estúpida sonrisa en los labios y me arrebató a mi hermana pequeña. «Voy a cambiarme de ropa», me dijo muy quedo al oído mientras agarraba mi brazo. La desazón me vendría más tarde, a la hora de los entremeses, parca sustitución de la cena. Sara se me acercó para despedirse y, de paso, para pedirme que me despidiera de Isabel en su nombre.

   -No sé si sabrás que no nos hablamos.

   -Sí, lo sé. No os distinguís precisamente por disimularlo. Además, Isabel me lo ha contado todo.

   -¿Y qué te parece?

   -Tus gustos sexuales no son asunto mío. Lo que intentaste con ella.... ésa es harina de otro costal. Hasta tú debes de saber que no ha estado bien.

   -Estarás contento de ver a tus odiosas hermanas en esta situación.

   -Ya no. Tengo muchas preocupaciones y vosotras, tú, no eres una de ellas.

   -Ya me he enterado que andas por ahí preguntando sobre Hainish. ¿Es ésa una de tus preocupaciones?

   -¿Sabes algo de ella?

   -En casa la conocíamos todos; excepto tú, claro. Nunca fuiste muy espabilado.

   -¿Por qué me lo habéis ocultado? ¿Quién era?

   -Papá nos lo hizo prometer. Ya que andas tan atareado te diré, si quieres, a qué se dedicaba, al fin y al cabo bien pudiera haber sido parte de la familia. Cuando papá la conoció aún no había comenzado la guerra y ella se dedicaba a patear despachos de un lado a otro. En cuanto Alemania invadió Polonia, Hainish fue destinada a no sé qué departamento militar. Cuando papá se enteró de que formaba parte de una comisión que facilitaba la identidad de judíos para los campos de exterminio, la abandonó sin más.

   -¿Y eso es todo? ¿Tanto misterio para tan poca cosa?

   -Por supuesto que hay más. Esto es lo que te puedo contar yo. El resto tendrás que preguntárselo a mamá. Has aquí puedo leer... Ahora me tengo que ir, así que... acuérdate de despedirme de Isabel.

   -¿A qué tanta prisa?

 

            No me contestó. Puede que no tuviera una respuesta. Nos despedimos con un abrazo breve y apagado, nada besos. Si mal no recuerdo, ésa fue la segunda vez que nos dimos un abrazo; la primera había sido en el funeral de nuestro padre, y el abrazo se prolongó algo más de tiempo y más afectuoso.

            Hacia las doce de la noche Soledad se sintió indispuesta: se quejaba de una migraña repentina. Por supuesto, me ofrecí a retirarme con ella; sin embargo, insistió en que me quedase, pues que Isabel aún me necesitaría para ciertos trámites finales; además, Itúrbez se había brindado a acompañarla. Las dos siguientes horas fueron interminables, de modo que sentí un gran alivio cuando di por terminadas mis funciones y pude escapar del restaurante. Lo hice andando, de todos modos no distaba mucho de mi domicilio. En los soportales de un edificio dos jovenzuelos se besaban con fruición y despreocupados de miradas ajenas, ocultas las manos bajo la ropa, la piel del rostro enrojecida. Recuerdo que los miré casi con desprecio, como si estuvieran infringiendo alguna normal moral, olvidado de que también yo me viví esos momentos. ¡Qué pronto tardamos en negar lo que fuimos! Todo eso que obviamos nos fue marcando hasta formar lo que somos, los mínimos detalles y las grandes manifestaciones, como cuando una madre sale a buscar a su hijo pequeño, ya anochecido, y a nalgazos e improperios lo conduce a casa bien agarrado del brazo; o la vez en que ese niño levanta la falda a una muñeca de su hermana con el solo propósito de ver qué hay debajo, como si no tuviera el certero conocimiento de lo que va a encontrar. Todo eso, querámoslo o no, forma parte nuestro, y negar lo que fuimos o lo que hicimos es lo mismo que negarnos a nosotros mismos.

            En tanto pensaba en aquellos dos jóvenes del soportal, se me vino a las mientes una muchacha que había visto en el banquete: su minifalda, que apenas si llegaba a ocultar el arranque de las nalgas; imaginé los prietos glúteos, la virgen ingle, los senos inexplorados... Meneé la cabeza para apartarla del pensamiento, para expulsarla de la cabeza, como cuando apartamos la mano en un acto reflejo apenas toca involuntaria un metal caliente: era una niña, seguramente apenas entrada en la edad adulta, sólo una niña y yo un viejo, no uno de tantos que lo único que esperan de la vida es que termine pronto, como los ancianos que pasan el día con otros ancianos, recordándose a sí mismos que la muerte no demorará muchos años, puede que meses, en venir a buscarlos, y hasta ese momento se dedican a dormir en los geriátricos sobre grandes divanes o incómodas sillas, siempre la misma cansina actitud de quien ya ha llegado a su decrepitud y aguarda a que le destinen; son vivos sin esperanza, muertos que todavía no saben que lo están, residuos de la vida. Envejecemos de pronto, no poco a poco. Un día nos acostamos por las piernas de aquella joven que nos encontramos en la calle, aquel culo tan perfecto. A la mañana siguiente nos levantamos, volvemos a la calle y de nuevo encontramos a la misma joven con las mismas piernas y el mismo culo; pero, cuando la vemos pasar, deja de ser una mujer y se queda en niña, ya no nos excita, ni sus piernas ni su culo. Comprendemos que hemos envejecido. Su cara ya será de niña para siempre, porque no es la edad la que tiene cara, sino la edad desde la que se mira, ésa es la verdadera cara. Somos viejos cuando estamos seguros de que ya no somos jóvenes. Cuando llegué a casa, serían las cuatro de la madrugada y Soledad dormía plácidamente: ella también había envejecido.

 

XII

            Según los mitos eslavos, existe una ninfa acuática de nombre Rusalka. Esta deidad femenina, lo mismo que las sirenas o los escollos Escila y Caribdis, se solazaba atrayendo a los hombres para darles muerte. Algo similar me está ocurriendo con Anabel, mi amante, más propio sería decir amancebada o concubina, incluso barragana; pero, resulta tan punzante, que se prefiere el término amante, como si la esposa no lo fuera o no lo haya sido jamás. Tal es su influencia sobre mí, que esta semana le he comentado lo del asunto sobre Hainisch, la austríaca de Eisenstadt, toda la historia, desde que topé la fotografía en el álbum familiar hasta que supe su relación con mi padre y el trabajo que realizaba en el bando alemán. Mientras yo se lo relataba, Anabel se arrebujaba con las sábanas, se movía constantemente y hacía caso de mi historia. Tanto tiempo en el mismo lecho nos producía ya la misma tediosa sensación que debe de producirles a los dioses la inmortalidad. ¿Quién viviría eternamente sin volverse loco, sabedor de que todos los días, uno tras otro, se habrán de suceder los sueños, los despertares, las comidas, las conversaciones, los amaneceres, los anocheceres? El placer más grande acaba por desagradarnos si se repite de forma abusiva, la monotonía nos abruma. ¿Acaso hay algo más repetitivo que la inmortalidad? ¿Qué hubiera pasado con Kodra si esa cualidad le hubiese impedido el suicidio? ¿No le habría supuesto una vida llena de tormentos, peor aun que la misma muerte?

            Al final, decidimos salir de La Marmolade y pasear por la calle indiferentes a que alguien nos pudiera reconocer. La costumbre nos hace descuidados; el descuido nos trae equivocaciones; las equivocaciones nos traen desgracias. Caminábamos en silencio, Anabel asida a mi brazo, yo con las manos en los bolsillos del pantalón, la mirada puesta en el horizonte, tan lejano como inalcanzable. Era como si nuestra relación estuviese marcado por el sexo, sólo sexo, ningún otro lazo. A duras penas fue surgiendo la vulgar conversación del tiempo, como para dar la razón a Hayakawa, para quien el lenguaje no tiene más misión que la de prevenir el silencio. Es el hablar por hablar, el hablar sin sentido ni razón, el hablar para sentirnos más próximos, más acompañados, lo mismo que si encendemos la radio o la televisión para no sentirnos solos. Soledad y yo no tenemos esa necesidad, la de hablar, no como con Anabel; hablar para cerciorarnos de que el otro sigue ahí. Cuando Soledad y yo hablamos... No; no es cierto. Llevamos unos días, en los que entre nosotros apenas si hay un diálogo que resulte fluido. Cuando hablamos son palabras huecas, usadas mil y una veces en otras tantas conversaciones inútiles. Desde la boda, más en concreto, desde que le transmitiera mi negativo rotunda a tener hijos, ni siquiera hemos hecho el amor. Tampoco hablamos de su decisión de dejar la Filarmónica, ni yo habla del trabajo. Ayer Valverde me ha dicho que mi nombre aparecía en la lista de los próximos despedidos y, a pesar de ello, no me he descompuesto, ni mucho menos, lo veía venir, me lo he tomado con más serenidad y aplomo del que me presuponía. Esta noche se lo comentaré a Soledad, cuando llegue de los ensayos. En cierta ocasión leí que si dejamos de nombrar las cosas desagradables, se debe a que con ello pretendemos que dejen de existir. No creo que mi despido se esfume ni que Anabel se desvanezca ni lo que nos separa a Soledad y a mí se esfume. Por mucho que nos callemos los problemas nos aguardan a la vuelta de la esquina. ¡No bebamos para ahogar las penas, pues éstas saben nadar!

   -¿Cuándo piensas dejar a tu mujer? –me espetó Anabel.

            ¿Dejar a mi mujer, a Soledad? ¿De dónde habría sacado Anabel que yo quería separarme de Soledad? ¡Qué horrible idea aquélla! «No puedes seguir con las dos», continuó aséptica, «tendrás que elegir». Por su tono estaba claro que la decisión la había tomado ella por mí: dejar a Soledad, tal vez divorciarme.

   -Nunca te he prometido nada.

   -¿La prefieres a ella? Sí, supongo siempre fue así.

 

            Era evidente que mi respuesta tenía que ser afirmativa, pero no me salió más que un «no» dubitativo. Fue esa negación la que me hizo comprender que Anabel me había atrapado, que era ella la verdadera causa de que Soledad y yo nos hubiésemos distanciado; de que mi vida comenzara a ser imaginada en su compañía; de que el rostro, un tanto desfigurado, que veía en sueños, no era el de mi mujer, sino el de ella, el de mi amante. Rusalka me había cautivado con sus encantos, sólo le falta robar mi hálito para completar la tarea.

   -Tendrás que decidirte –se reiteró, esta vez con más gravedad.

   -No me pidas eso.

   -No puedes jugar conmigo y luego arrojarme al cubo de la basura. Yo también tengo sentimientos, ¿sabes? ¿Cómo crees que me siento cada vez que te imagino en brazos de tu mujer? Me siento engañada. Por lo que me cuentas, por lo que sé, por lo que deduzco, tengo más motivos que Soledad para ser tu esposa.

   -¿A qué viene eso? –me exalté-. Habíamos establecido un pacto, ¿recuerdas?: nada de compromisos.

   -El amor no entiende de compromisos.

 

            ¿El amor? No me dijo nada, pero creo que palidecí, porque una flaqueza inusual se apoderó de todo mi ser y hubo de dejarme caer sobre un banco del parque. Anabel se quedó de pie delante mío con ojos escrutadores. Me analizó durante un momento antes de sentarse a mi lado; supongo que sopesaba la cantidad de amor que podía extraer de mí, cuál era su cualidad.

   -No es justo que me pidas que abandone a mi mujer. No voy a ser tan hipócrita como para admitir que me gustas, que te tengo cariño, amos, si lo quieres llamar así; pero, lo que tengo con Soledad va más allá, y no hablo de compromisos.

            Permanecimos allí sentados, hablando sobre ello sin exaltación, un tira y afloja que no llevaba a ninguna parte. Nos fuimos sosegando a medida que transcurría el tiempo y la noche se echaba sobre nosotros, dejando que los últimos rayos del sol se reflejaran en las pocas nubes que atravesaban el cielo. Después de un par de horas, desaparecido el parhelio y con él todo sentimentalismo, Anabel se dio por vencida y no intentó persuadirme de que escogiera entre ella y Soledad. Sugerí aplazar el problema para la próxima cita, que ya no sería en La Marmolade, sino en un café al final de la misma calle en que está el hotelucho. Anabel se lo tomó como una huida, me tildó de cobarde, me aconsejó que pensara en ello. Me convenció para ir a cenar a un restaurante a las afueras, no quería retrasar la discusión. Conseguí convencerla de que esa noche no podría ser. Al final, la cena se estableció para el día siguiente. Supongo que ya estaba harta de cómo transcurría lo nuestro: lo único que hemos hecho es encerrarnos en una habitación como dos reclusos. Nuestra única distracción es dar cortos paseos por la calle sin disfrutar de ellos, pues a cada paso ponemos, pongo, los cinco sentidos en evitar encuentros con algún conocido.

            La noche anterior, de esto hace un par de días, no pude conciliar el sueño, mi mente estaba puesta en la petición insólita de Anabel: elegir entre dos amantes. De cuando en cuando me quedaba absorto contemplando a Soledad con la cabeza hundida en la almohada. Yo leía, mejor simulaba leer un libro. La verdad es que no podía leer ni dormir, estaba desvelado, disgustado. Las entrañas se rebullían inquietas. Tal vez por eso no supe ver en el rostro de Soledad la preocupación que a la mañana siguiente mostró mientras nos desayunábamos.

   -Últimamente no hablamos nada –me dijo al tiempo que untaba una tostada.

   -¿De qué quieres que hablemos?

 

            Utilizó varios circunloquios, como quien anda despistada buscando tema de conversación, para acabar retomando el deseo de abandonar la Filarmónica. Me explicó que así lo había resuelto de forma definitiva, sin consultarme previamente, en vista del poco interés que había mostrado en las ocasiones en que ella mencionó el tema.

   -Ya me están buscando un sustituto para la próxima gira.

   -¿A qué tanta prisa?

 

            Humedeció la tostada en el café y se la fue comiendo con lentitud. No despegó los labios hasta que se tragó el último bocado.

   -Ayer fui al médico.

   -¿Qué te ocurre? ¿Por qué no me has comentado nada hasta ahora? ¿Algo grave?

   -No es para alarmarse.

   -Entonces, ¿qué?

 

            Se levantó de la silla en silencio, se dirigió hacia nuestra habitación y al poco salió de nuevo con un papel en la mano. «Aquí tienes», dijo al tiempo que me extendía el papel. Lo cogí. Lo ojeé sin prever qué podría encontrar escrito. Era tanta el ansia que tenía por desvelar el misterio, que no atinaba a localizar la resolución del análisis, fuera cual fuese. Hubo segundos de agobio que pronto se convirtieron en paso. ¡Soledad estaba embarazada! Desconozco si existen palabras que puedan expresar lo que en aquel momento todo yo sintió. Soledad, embarazada. Íbamos a tener un hijo. No acerté a alegrarme o entristecerme, abrazar a mi mujer o dirigirle la palabra. No cupo reacción en mí hasta que escuché su voz: «¿Y bien?». Me fui hacia ella en silencio y la envolví con los brazos con toda la emoción de que fui capaz de expresar. Creo que se me inundaron los ojos; los suyos, se me ocultaron.

            Lo que no comprendo, y lo digo dos días después de la noticia, es por qué Soledad se muestra tan fría y apática ante la preñez. Siempre ha estado dándole vueltas, ilusionada por momentos con cuidar de su propio bebé. Desde es mañana no la he visto sonreír ni una sola vez. Es posible que crea que me disgusta ser padre, como así se lo he estado dando a entender charla tras charla. ¿Cuándo cambié de opinión? En cuanto supe que iba a ocurrir, como si ese sentimiento estuviera aguardando el momento oportuno para eclosionar. Aun así, es extraño su comportamiento. Se diría que no desea tener ese hijo.

 

XIII

            Recuerdo la noche con Itúrbez como la más esperpéntica desde aquélla en que fui testigo ipse del desafuero del Gobernador Civil de Madrid, allá a finales de los ’70, cuando envió a la policía antidisturbios a la representación de Fuiste a ver a la abuela???, y aquellas gentes uniformadas, con sus metralletas en ristre, ocuparon el patio de butacas. Tendrá sus contactos, Itúrbez, en la empresa, porque supo de mi despido antes que yo. A mí me lo comunicaron por la tarde, a punto ya de irme a casa, e Itúrbez ya me aguardaba al otro lado de la calle, desde donde me hizo señas con la brazo en alto. La destitución me la tomé con relativa resignación, no tanto como suponía, pese a estar seguro de que ese día ya estaba marcado en el calendario. Uno puede hacerse a la idea de que tarde o temprano le habrá de llegar una desgracia; pero, llegada ésta, nos vapulea de igual modo, que si no lo hubiésemos estado aguardando. Acompañamos a esa persona querida que sufre la agonía final en la cama de un hospital, o en su propio lecho, a sabiendas que de un momento a otro exhalará su último aliento; conocemos la hora del óbito; aun así, su muerte nos trastorna, como si no la esperáramos.

            Todavía el lubricán no había muerto del todo, y las luces de las farolas y de los escaparates se mezclaban con la del sol moribundo; por el suelo se distorsionaban unas sombras, otras trataban de difuminar los contornos. El rostro de Itúrbez estaba oculto tras una de esas sombras, por eso hubo de saludarme con la mano en alto. Me recibió con un abrazo acompañado de un «ya se veía venir». Se viera venir o no, poco consuelo eran aquellas palabras. Era la primera vez que me despedían de un trabajo, la primera vez que veía a Itúrbez al otro lado de la calle, la primera vez que me saludaba con el brazo en alto, la primera vez que me abrazaba con un «ya se veía venir». Todo era la primera vez que me ocurría, de eso estoy seguro, mas tuve la sensación de haberlo vivido antes, la sensación que los franceses llaman muy con gran acierto un déjà vu: es como si tuviéramos una segunda oportunidad y, sin embargo, cayéramos en las mismas reiteraciones. Deprime pensar que toda nuestra vida se resume a repetir los mismo actos una y otra vez, a caer en los mismos errores, a disfrutar de las mismas alegrías, que nada nuevo se nos abre ante los ojos. No es determinismo divino, sino que somos consecuencia de una causa, que, a su vez, servirá de causa para otra consecuencia; en fin, que somos consecuencia de nuestros actos.

            El caso es que acabamos los dos contemplando el alba tumbados en la arena de la playa con el ojo diestro morado y él, Itúrbez, con un fuerte dolor en la espalda, consecuencia de una noche alocada. Si nos pasamos la mayor parte del tiempo brindando y bebiendo, no fue para celebrar mi paternidad ni para olvidar mi despido, las penas saben nadar, sino por un estúpido impulso de dejarme hundir en las simas de la sinrazón. Fue el alcohol quien me soltó la lengua, de modo que en un momento de la borrachera le fui contando a Itúrbez el desliz con Anabel.

   -¿Cómo has podido hacerlo? –me reprochó.

   -No sé. Sucedió sin más.

   -Nada sucede sin más. Soledad no se merece eso, y menos aún de esa forma.

   -¿De qué forma?

   -Ya sabe; con la secretaria, como un tópico insulso, sin pizca de originalidad.

   -No fue como te imaginas.

   -Esas cosas no suelen ser como uno se las imagina.

 

            Tenía motivos para recibir la reprimenda, pero no la esperaba de él. Me la arrojó como a un perro se le arroja un hueso y luego, cuando se dispone a mordisquearlo, se le espanta a patadas. Se acaloró tanto que más se daba él en marido que yo. Me sorprendió también porque, a fin de cuentas, nos consideraba amigos, y de él esperaba comprensión, apoyo. Es mi amigo, creía, todavía más de lo que me es Soledad. Dos hombres compartiendo su vida. Son razones peregrinas, soy consciente de ello. Era Soledad la perjudicada, no él. Lo de Anabel sólo había sido un desliz; es más, mañana se lo dejaré claro, a Anabel: mi vida está con mi esposa, con mi hijo, que crece en sus entrañas, que son las mías, porque ya no somos dos, sino uno sólo. Por otro lado, bien visto, mi amistad con Itúrbez se limita a pláticas insulsas. El hecho de que todavía no sé a qué se dedica desde que lo echaron de la empresa, lo demuestra bien a las claras; él me antecedió: recogió el finiquito y nunca más le pregunté cómo le iba, si necesitaba algún tipo de ayuda o de consuelo; no le esperé en la acera de enfrente con la mano levantada para abrazarlo ni salimos de copas aquella noche. Sencillamente, le di la espalda.

   -Salgamos de aquí –dije al fin un tanto abatido.

   -Claro, como quieras.

 

            He de admitir que lo de Anabel ha sido como un sueño. ¿Quién no los ha tenido, me refiero a los sueños? Por mi parte, los he abrigado metidos en la cabeza desde pequeño. Tener sueños no es malo, lo malo sería vivir en ellos. Anabel fue para mí como un sueño de senectud: un cincuentón que se huelga con la juventud de una veinteañera.

            Decidimos retirarnos, cada cual a su casa. En la mía Soledad estaría ocupada por mi tardanza. En el camino nos topamos con una pareja que altercaba de forma violenta a tal punto, que ella, adosada a la pared de un edificio, exhibía unos ojos abiertos de par en par, por donde se le salía toda el alma; él, gesticulando con las manos enfrentadas al rostro de la compañera. Ebrios como íbamos, nos acercamos a ellos dispuestos a mediar en la disputa. Resultó que no estaban tan exaltados como nosotros. El varón aquél nos dio una buena paliza agradeciéndonos así la buena disposición de que habíamos hecho gala. Ni siquiera la joven alzó la voz en favor nuestro, sino que animaba a su hombre a que continuase machacándonos irremisiblemente. Ésa fue la causa de nuestros cardenales, las manchas lívidas de la piel que testimonia una «metedura de pata», como bien la definió Itúrbez mientras se reía de nuestra necedad. Nada de prestar más ayuda a quien no la pide, que escaldado acaba uno: zapatero a tus zapatos.

            La mayor reprimenda la hube de soportar de Soledad. Yo salía del ascensor y ella lo aguardaba. ¿Qué pintábamos a esas horas en la calle o qué se nos había perdido en la playa a ninguna hora? Se molestó por el pestazo a alcohol, por lo ininteligible de nuestro discurso oral. Preguntó por Itúrbez, por su salud. Al final, la puerta del ascensor nos separó sin que yo pudiera comunicarle mi despido. Se fue a trabajar. El resto de la mañana lo pasé atormentado por la resaca y la congoja de haberle hecho a Itúrbez partícipe de mis secretos. Me tumbé sobre la cama y, al estirar los brazos, uno de ellos tropezó con la mesilla de noche. Abrí el segundo cajón y, bajo un libro, estaba la fotografía de Hainisch. Casi la echaba de menos. Me dormí contemplándola.

 

XIV

            Soledad acababa de irse al ginecólogo. En otras circunstancias me hubiera encantado acompañarla. Pretexté bobadas, como siempre que alguien busca una excusa para librarse de algún engorro y no consigue más que balbucear tonterías. Tampoco ella me pidió explicaciones más sinceras, no porque supiera el motivo verdadero de mi negativa, sino porque no quería, supongo, continuar nuestra charla suspendida durante la comida y no retomada más tarde.

            Comíamos sentados uno frente al otro. Soledad seguía echándome en cara el hecho de haberle ocultado durante un par de días el hecho de que me habían despedido, ahondaba más al recordarme que también le había ocultado los problemas por los que pasaba mi empres desde hacía un tiempo. De nada me sirvió disculparme, aduciendo que no deseaba preocuparla con mis cosas, que ya tenía bastante con las suyas.

   -¿Cuándo empezaste a callarte los problemas? Estos meses de atrás, tenías razón, nos hemos ido distanciando. Apenas sé ya quiénes somos.

            No era una afirmación, era un reproche con que me zahería directamente en la cara. Un derechazo en toda regla. No se refería a «quiénes somos», sino a «quién soy yo»; la mirada la delataba. Ella era la menoscabada.

   -Buscaré otro trabajo, que tampoco es para tanto. Todo volverá a ser como antes.

   -¿Como antes de qué? ¿Antes de que abandonara la Filarmónica o antes del embarazo o antes del despido?

 

            Su tono de voz indicaba que la irritación iba en aumento a medida que avanzaba el desarrollo de la discusión. Sus manos dejaban de coordinarse, y el cuchillo y el tenedor no llegaban a un acuerdo sobre el modo de cortar el filete. Yo prefería aguardar a que pasara el aguacero, había apartado el plato. La verdad es que el hambre se había ausentado.

   -¡Y lo de la otra noche con Itúrbez! Eso ya pasa de castaño oscuro. Me tienes toda la noche en vela y, cuando llegas, lo haces con el aliento podre de la borrachera –se levantó de forma brusca.

   -¿A dónde vas?

   -¿Es que no tengo libertad en mi propia casa? ¿Acaso te pregunto yo a dónde vas? Para lo que me ibas a decir... como si fuera una mosquita muerta, que no se entera de nada... Pues entérate bien, que no soy ninguna mosquita muerta.

 

            No dijo nada más. Revolvía en un armario, como si buscara algo que no hallaba. Juraría que estaba llorando, pero ella evitaba mirarme de frente. Guardé silencio; pensé cuál podría ser el motivo del cambio de humor, si Itúrbez le había ido con lo de Anabel, si sospechaba algo. No la había visto nunca tan irascible; mucho menos tan a la defensiva. Siempre la he tomado por una persona de fuerte carácter, capaz de llevar a cabo cuanto se propusiera, no como quien se echa a llorar de repente, sin ningún motivo claro, por eso sospechaba que pudiera estar al corriente de mi desliz con Anabel. Soledad es la que mantiene la casa, su feudo en cierto sentido, con un orden que a mí me cuesta horrores mantener cuando se va, se iba de gira. Con ella no hay polvo ni sobre los armarios ni en las esquinas más inaccesibles, las figuras de porcelana conservan su posición sin inmutarse, las mesas y mesillas libres de trastos, y las sillas bien ordenadas, hasta los visillos permanecen corridos o descorridos, según toca la hora del día. De todo se encarga ella, desconozco de dónde saca el tiempo y las fuerzas. Más de una vez le propuse contratar a alguien para que se encargue de estos quehaceres, alguien de confianza o recomendado por una amistad. Siempre se negó.

            El teléfono fue a quebrar la mudez. Contestó Soledad. La vi llevarse el dorso de la mano a los ojos. Se me hizo un hueco en el estómago: era la primera vez que veía sus ojos bañados en lágrimas, henchidos, rojizos. Nunca la había visto llorar.

   -Es para ti –me dijo con la voz firme, los labios un tanto crispados, la mirada tendida en el suelo-. Es tu secretaria... tu exsecretaria.

            El corazón me dio un vuelco. Todo yo zozobré como un barco zarandeado en plena tormenta. Me costó un ingente esfuerzo ponerme en pie y dirigirme al teléfono. Soledad retornó a la mesa y se dispuso a terminar el filete con el ánimo más templado, sin mostrar interés alguno por la conversación telefónica, como si el apetito le hubiera vuelto de pronto. En tanto que yo, acodado a la pared, agarraba el teléfono con todas las fuerzas de que disponía, pretendiendo estrangular la voz de Anabel, que no escapara por el aire para introducirse en el oído de Soledad. Anteanoche no había acudido a la cita, la llamé para aplazarla, para decirle que precisaba de un momento y un lugar más apropiados para comunicarle algo grave. Creo que supo a qué me refería. ¡Qué dicterios me llegaban, qué abrumadores mortificaciones salían de sus labios! Sobrellevaba aquella retahíla de improperios como buenamente podía. De cuando en cuando introducía un «claro», un «es culpa mía».

   -Ahora mismo me presento en tu casa y a ver qué hacemos amenazó justo antes de colgar.

            El mundo se me vino encima. No tenía ojos más que para ver a Soledad comiendo ajena al desbarajuste que se iba formando dentro de mí. ¿Se lo confesaba todo? Me senté a la mesa e hice un último esfuerzo para acabar el plato.

   -¿Era importante?

   -No; nada.

   -Tienes mala cara.

   -Disculpa –dije-. Tengo que ir al servicio.

   -Es raro que te llame tu secretaria, si ya no trabajas allí –mencionó a medida que yo me alejaba de la mesa.

 

            Agaché la cerviz y guardé el silencio de una tumba. Me senté sobre el borde de la bañera a pensar, a detener la marea de ideas que naufragaban en mi cabeza. Debió de transcurrir bastante tiempo, porque Soledad golpeó la puerta.

   -¿Estás bien?

   -Si; no es nada. Tengo el vientre algo revuelto.

   -Si me necesitas, estoy en el cuarto. Voy a acostarme, yo tampoco me siento bien.

 

            Aquello podría darme un respiro. Estaría atento a la llegada de Anabel, me anticiparía, la aguardaría en el pasillo. Después de un par de minutos salí del cuarto de baño y del piso. Me aposté al lado del ascensor como un vigía desde su atalaya. Nadie se cree que vaya a hacer simplezas tales, hasta que llega el momento de hacerlas. A veces realizamos acciones más infantiles que los propios infantes. En aquella actitud de niño reprimido estaba yo, con los brazos cruzados y poniendo pucheros. Lo reconozco ahora, con los nervios un poco más calmados, desde la distancia. La ofuscación me convirtió durante un momento en un hazmerreír, un papanatas. Estaba dispuesta a combatir al enemigo, como en un juego de indios contra vaqueros.

            Cuando vi que el ascensor subía, el corazón se me aceleró, más todavía cuando se detuvo, se disparó cuando abrió la puerta y asomó Anabel. Estuve a punto de desmayarme. Parecía un botarate a quien le hayan metido por el gaznate abajo un par de litros de tila. Sólo sentí la mano de Anabel contra mi mejilla, un sonido hueco, «plas», la sangre agolpada en el mentón. «Esto para empezar», dijo. En realidad, debo agradecérselo, ya que fue la bofetada la que me sacó de la enajenación. Hizo ademán de entrar en la casa, pero la puerta estaba cerrada.

   -Está Soledad, ¿verdad?

   -Está durmiendo y no le gusta que la despierten.

   -Pues, si no quieres en tu casa, vamos a la mía o a la calle o a la puta mierda. Si prefieres hablar aquí, por mí no hay problema.

 

            Hablaba en voz alta, cada vez más alta, como si pretendiera que todo el edificio se enterase de lo que tenía que decir, no sólo mi esposa, sino todos los vecinos, el mundo entero. Aunque le advertí de ello, porfiaba en el tono altisonante y el volumen exagerado. Sus palabras rebotaban en mis tímpanos, se estrellaban contra la sien. Estuvo minutos sin sosegar el tono. Mis ojos escapaban de vez en cuando hacia la puerta, temiendo que en cualquier momento apareciese Soledad. Me desligué del sermón. Sus palabras perdían significado, sus frases se derramaban inútilmente en mi cabeza. De pronto, una punzada hirió mi entendimiento, una estocada que surgió de donde menos lo esperaba.

   -¿Qué hacemos con el bebé?

            ¿Embarazada? ¿Es que el mundo se había vuelto del revés? ¿Qué crimen había cometido en alguna vida anterior para que se me viniera todo encima? Tantos años negándome la responsabilidad de tener descendencia, y en un breve guiño del tiempo me salían hijos por todas partes. Pero no; el hijo de Anabel era eso: el hijo de Anabel, no mi hijo; el mío estaba gestándose en el vientre de Soledad, no en el de mi secretaria, mi exsecretaria. No se me ocurrió más que insistir en nuestra ruptura y en ofrecerle apoyo económico para criar al niño o para el aborto, si se decidía a ello. Estaba aturado, no pensaba, sólo se me ocurrían sandeces y ésas eran las que expresaba. Su sola presencia, la de Anabel, me traía a la mente una desventura que jamás debía de haber comenzado. De improviso, creí escuchar ruido dentro de casa, una silla arrastrada por el suelo. Soledad se había levantado.

            La agarré del brazo, llamé al ascensor y la empujé dentro. Ella detuvo la puerta, quería volver al pasillo. ¡Cuál no sería mi desesperación, que llegué a amenazarla, a ella y al bastardo! «Ya hablaremos, ya hablaremos», le repetía con voz pastosa. Nos enfrentamos, nos empujamos, me dio una bofetada, le respondí con otra. Me estaba bañando en la locura y no podía detenerme, la hubiera estrangula allí mismo. Un puñetazo: el golpe le reventó el labio superior y un hilillo de sangre le corría por el mentón. Quedó suspendida, observándome con sus enormes ojos, me clavó una de esas miradas como puñales. Entonces, entró en el ascensor, apretó un botón, se volvió hacia mí:

   -Deberías vigilar mejor a Soledad y a tu amigo Itúrbez.

            La puerta del ascensor se cerró y Anabel desapareció de mi vista. En el aire sólo quedaron sus últimas palabras, como un eco que golpea incansable contra el mismo muro repitiéndose a sí mismo. No; aquella advertencia sólo podía ser una bravuconada, sólo estaba destinada a herirme, no era cierto. Me noté liviano. Me había librado de un peso enorme, de una molestia insufrible. Me convencí a mí mismo de que el embarazo de Anabel no era más que una vil treta para atraerme, para atraparme, de que la acusación lanzada contra mi mujer había sido producto de una rabieta. Al fin, todo se había solucionado, volvería a ser un marido feliz. Buscaría un nuevo trabajo, cuidaría de Soledad, del hijo de ambos. Ya sabía. Acudiría a Sánchez Monzón, un amigo que fue de mi padre y que posee una empresa propia dedicada al negocio de las piedras preciosas. Ya se había ofrecido a ayudarme tan pronto se enteró de mi despido. Ya veremos qué opina Soledad.

 

XV

            Se me hace raro dormir en casa de mi madre. La última vez fue a los seis o siete meses de casarme con Soledad. La orquesta en que empezó a tocar iniciaba por entonces una gira de fin de temporada, y aprovechamos para llevar a cabo algunas reformas en el piso. Aquella vez había coincidido con una enfermedad que mantuvo a mi padre en la cama casi una semana. Esta vez la enferma era mi madre, por eso hemos venido todos; bueno, todos no, falta un hermano suyo, el tío materno con quien nadie tiene trato y nadie sabe nada de él. Un cáncer se la está llevando. Los médicos nos recomiendan todos los días que la ingresemos en un hospital, que allí estaría mejor atendida, con más medios y más personal; pero, mi madre se opone de forma rotunda a abandonar la casa en la que vivió sus últimos sesenta y pico años, donde nacieron sus tres hijos, y en donde murió su marido, mi padre. La más afecta, ¿quién lo iba a decir?, parece Sara. Cada mañana la encuentro en la cocina trajinando, con ojeras, la piel arrugada, cetrina, los ojos apagados. Da más impresión de enferma que nuestra madre. En cambio, la pequeña Isabel y Julián no exteriorizan tanto sus pesares, si es que Julián los tiene.

            La quietud de la casa conmueve. Incluso el mismo Itúrbez, que nos visita con bastante asiduidad, trae una cara desconsolada, si bien no tarda mucho en tomar nuevos bríos. Acostumbra a visitar la enferma, si está despierta, para luego sentarse en el butacón que hay junto a la ventana, lejos de la puerta principal, desde donde observa con sus ojillos de conejos los movimientos de los demás. Después de un rato, se le acerca alguien, casi siempre Soledad, para ofrecerle un café y una pastas o una copita de coñac o un vaso de whisky; entonces, empieza a conversar más animosamente y acaba con una sonrisa de oreja a oreja. Las visitas de Itúrbez no duran más que un par de horas. Del resto, nadie quiera espantar el silencio. A todas horas andamos por la casa como quien anda por entre los pasillos del cementerio, sorteando las tumbas con sus losas blanquecinas y sus inscripciones tan anónimas; quien las leyere las leerá sin saber qué está leyendo. Debajo de ellas fueron encerradas ilusiones, anhelos, decepciones, estremecimientos, pasiones. Contemplando las tumbas, alguien diría que es la muerte lo que iguala a los hombres. No es cierto. No muere igual un poderoso que un pordiosero, ni el túmulo de éste es comparable al de aquél. Lo único que nos iguala a todos es algo tan exotérico como la escatología: todo lo que comemos y bebemos, sea un mendrugo de pan, un vino peleón, huevas de esturión o un simple vaso de agua, todo se transforma en alimento y en residuo que, al final, terminará siendo mierda, la misma de un hombre de negocios que de una modelo o del actor de moda. A eso nos resumimos en vida; en muerte, a lo que los demás puedan opinar sobre nosotros, porque los muertos pertenecen a quienes los recuerdan.

            Sigo teniendo abandonada a Soledad. No es que ya no la encuentra seductora a causa del abultamiento del embarazo, sino que de un tiempo a esta parte he perdido el vigor con que antes me entregaba a ella. Soledad lo atribuye a la preocupación en que mi madre nos tiene sumidos. La apatía, no obstante, viene de atrás, no sé de cuándo, sólo de atrás. Por las noches le robo el beso de siempre, el beso de «hasta mañana, que duermas bien». No hay cháchara, no hay caricias ni roces. A ella parece que no le importe y eso me preocupa a mí. Esta mañana se lo comenté. Me contestó con un leve movimiento de hombros, como si dijera «¿y a mí qué me cuentas?». Sus atenciones, sus sonrisas ya no van dirigidas a mí, sino a mi madre, a mis hermanas, a Julián y, sobre todo, ¡cómo duele recordarlo! a Itúrbez. No me atrevo a preguntar a Soledad el motivo de esa discriminación. Está claro que lo de Anabel ha dejado de ser un secreto hace tiempo, aunque nunca lo mencionemos. Lo de Itúrbez...

A quien Soledad ha hecho más feliz ha sido a mi madre. Cuando está consciente se interesa por su nueva favorita, como si tuviera otra, y la amarga con incesantes consejos y amonestaciones sobre el niño. Le hace ilusión poder llegar a conocerle, «son tan indefensos, los recién nacidos», le susurra a su nuera. Es todo el niño por aquí, el niño por allá. Rehúsa llamarlo «nieto», supongo que eso la hace sentir aún más vieja de lo que es, más cansada. A veces Sara sale de la habitación con las manos en la cara, reprimiendo el llanto hasta asegurarse de que no la va a oír desde la cama. Pero, sí que la oye. Mi madre ha gozado siempre de un buen oído: es capaz de escuchar a sus niños riñendo fuera de la casa. No me explica cómo puede mantener la lucidez a pesar de la postración. Hace tan sólo unas horas la he oído hablar con Soledad.

   -Lo que son las cosas, ¿verdad? Resulta que al final con quien te casaste fue con un desconocido que te presentó Itúrbez y no con él. Sé que os teníais mucho cariño; bueno, aún lo tenéis.

   -Son casualidades de la vida.

   -Sí; supongo que fue una casualidad, pero a él, a Itúrbez, le debió de doler muchísimo.

   -¿Por qué lo dices?

   -No quieras disimular conmigo. Soy vieja, pero no tanto que no pueda darme cuenta de lo que pasa entre vosotros dos.

   -No te entiendo.

   -De sobra lo entiendes. Entre mi hijo y tú ya no hay esa chispa que se prende entre vosotros dos.

   -Es el cansancio. Lleva mucho tiempo sin trabajar y pierde la ilusión.

   -¿Por eso buscar consuelo en los brazos de Itúrbez? Créeme, el amor no lo es todo. Vuelve con mi hijo; ya sé que es un calavera, siempre lo fue. Es igual que su padre, mi difunto marido. A él le perdoné su lío de faldas con la alemana.

   -Era austríaca.

   -¿Qué más da? El caso es que ni él ni yo nos arrepentimos de volver a estar juntos.

 

            Hubo una pausa. Mi madre necesitaba coger aliento antes de continuar. Soledad, en cambio, apenas abría la boca, si no era para respirar. Parecía que dentro suyo había algo que creciera y estuviera a punto de estallar. Mi madre frunció el ceño:

   -¿Estás pensando en abandonarlo?

            Soledad levantó la mirada, la clavó en la mirada de la enferma. Dudó, sus labios se desplegaron para volver a cerrarse. Su pecho se movía bajo la blusa como un fuelle al que se le imprime más velocidad. «El niño es de Itúrbez», dijo. Ensordecí. Cegué. Había estado viviendo en un engaño absoluto. Mientras me acurrucaba al lado de Anabel, Soledad hacía lo mismo con Itúrbez. Para colmo, si el de Soledad no era mi hijo, el único que yo tenía era el de Anabel, el que ya había negado su existencia, el repudiado. Mi verdadero hijo es el espurio, no el legítimo.

En cuanto me vino la lucidez, salí a la calle y estuve paseando largo rato por los alrededores. Tenía que alejarme de allí, poner distancia entre la verdad y yo, asimilarla, deglutirla. Subí al coche y me alejé aún más. Conducía sin ver, como si el automóvil tuviera conciencia propia y me llevara, él sí sabía a dónde. Llegué a la ciudad y aparqué, o más bien diría que aparcó el propio coche. Eché a andar sin dirección concreta, con las palabras de Soledad metidas en la cabeza, revueltas, girando como en una ruleta, en cuyo centro asomaba desvaído el rostro de Anabel. A pesar de ir con la razón obstruida, me di de bruces con un cartel que anunciaba la temporada de música clásica del teatro local. Para mi sorpresa, vi que se abría con el concierto para viola de Hassenteilen. Se me vinieron las imágenes de la Filarmónica, en donde Soledad era solista, veía con facilidad a Ordaileta moviendo la batuta enfrente de los maestros y dando la entrada a la viola con un gesto apenas perceptible; incluso, pude escuchar la música que salía de las cuerdas y me henchía la piel con el aire de la emoción, como un odre inflado y vacuo por dentro. Me planté delante del cartel, cerré los ojos y me concentré. Me apeteció escuchar el tercer movimiento, que tan buenos recuerdos me traía, sentado en el sillón de mi casa. Pronto retorné a la realidad. Soledad se había declarado culpable ante mi madre, como en un confesonario. ¿Por qué aquello me abatía la voluntad? No eran sospechas las mías, eran certezas, mucho antes de oírlas de sus labios. ¿Por qué me afectaron, pues, tanto? ¿No había incurrido yo en las mismas aguas turbias? ¡Ah, claro! No era su relación con Itúrbez lo que me alteraba, sino el saber que su hijo, el hijo de Soldad, no era mío, sino de él, del otro, de Itúrbez. En cambio, mi hijo, el bastardo, el de Anabel... Más tarde, regresé a casa, la de mi madre. Oí que me decían algo, quizás algún saludo; eran voces tan lejanas. Me encerré en la habitación y me tumbé sobre la cama.

Desde entonces lo he estado meditando sin llegar a una decisión. ¿Retornar a Anabel y pedirle perdón? ¿Comprobar que su hijo, nuestro hijo, existe realmente, y formar una nueva familia entre los tres? ¿Dejarme llevar por la corriente del tiempo y comportarme como si realmente fuera el padre del hijo de Itúrbez? ¿Retirarme del mundanal ruido? Sea como fuere, aplazaré todo hasta después del desenlace fatal que le espera a mi madre. ¿Qué otra cosa, si no? ¿Qué harían los otros, Leandro, Hainisch, Kodra? En tanto acontezca el óbito, permaneceré con la mente licuada, como el reflejo del sol diseminado por las nubes en forma de rayos refractados. Su luz, la del sol, licuada en el vapor ácueo.

Lo que me resultará un suplicio será la presencia de Itúrbez en la casa, sentado en el butacón, sonriendo como un estúpido cada vez que Soledad pase por delante suyo, sorbiendo el café o el whisky mientras se ríe de mí por lo bajo, ¿sabiendo que el hijo que engendra Soledad es suyo y no mío? Imagino que lo sabrá, por eso no le quita los ojos de encima, a mi mujer, a su mujer, que hasta ella es más suya que mía. Tendré que sentarme a la cabecera de la cama, en donde mi madre agoniza ya, para evitar su presencia y, cuando mañana aparezca en la casa para ver a la enferma... ¡Dios mío! ¿Y que la salude, hable con ella! ¿Cómo podrá mi madre enseñarle una sonrisa, sabiendo que es el padre de quien ella pensaba era su nieto? ¿Lo sabrán también mis hermanas? Yo siempre soy el último mono en enterarme de lo que pasa. ¡Qué feliz el ignorante, que de nada se preocupa porque nada le atañe!

 

XVI

La ceremonia ha sido muy sencilla, como a ella gustaban estas cosas. Con lo que sufrió estos dos últimos días, rezábamos para que dejara de padecer inútilmente. El cáncer la estaba comiendo por dentro y hasta ella misma conocía el pronto final. Lo más feo del funeral fue el comportamiento de Julián. No es ningún secreto que a mí no me haya entrado por el ojo bueno, y lo de esta tarde lo ha confirmado con creces. Se portó como uno de esos malos imitadores, a los que con acierto se les llama snob, esos sine nobilitate pospuesto al nombre del estudiante de colegio noble, elitista, allá en Gran Bretaña. Lo mismo que Julián, entrando a formar parte de una familia que jamás podrá ser la suya, como tampoco lo será Soledad y su hijo: a la familia se entra por lazos de sangre, para lo bueno y para lo malo. Si la pequeña Isabel tuviera un hijo, sería el miembro benjamín de la familia y el continuador de ella, el último vástago. De momento sólo mis hermanas y yo somos familia. ¿Qué hombre puede asegurar que es padre? Sólo la madre lo es con absoluta certeza. Yo pensé que era padre, pero de serlo, sería por la palabra de Anabel, no de Soledad.

Isabel nos asombró a todos por su serenidad y desparpajo. Se desenvuelve como pez en el agua. Fue ella quien se encargó de avisar a la funeraria, quien amortajó el cadáver antes de que llegara, quien consolaba a Sara Hace falta que suceda una desgracia para que las rencillas se deshagan como un nudo gordiano; cuanto mayores sean unas, mayor habrá de ser la otra. Sara e Isabel no se dirigieron la palabra durante un momento tan de júbilo como la boda de la pequeña; durante la dolencia de nuestra madre se cruzaban por la casa y caía algún que otro gesto, un saludo mudo, para, poco a poco, ir surgiendo una palabra, después un par, a continuación una frase entera, sin que la tensión entre ellas disminuyera un ápice. Durante la agonía final la tirantez aflojó. Cuando llegó la vieja dama con su guadaña al hombro y la doliente expiró, no hubo entre ellas más que abrazos, besos, lamentos y sollipos. La hermana mayor reposaba la cabeza sobre el hombro de la hermana pequeña.

¡Pobre Sara! Se ha pasado todo el día con el pañuelo húmedo. Tiene los ojos tan enrojecidos, que no me extrañaría que comenzasen a arder de un momento a otro. Isabel también lloró, sobre todo cuando el féretro fue tapiado en su nicho; pero, lo hizo con más aplomo, hecha más mujer. En ese momento, en el que el albañil colocaba los ladrillos, a Sara le dio una lipotimia, que casi la tumba. Detrás de ella estaba Itúrbez, que la sujetó antes de que cayera al suelo. El maldito embaucador tiene que estar siempre en donde yo debiera. Al llegar a casa, lo primero que hizo Sara fue encerrarse en el cuarto de nuestra madre; allí está ahora, recostada en la cama, con la boca abierta y los ojos de par en par. Se le secarán si no pestañea de vez en cuando. Isabel y su marido andan por ahí revolviendo todo: ella barre, friega, lava, quita el polvo... Él; bueno, él pasea del salón a la calle y de la calle al salón. Soledad se ha encerrado en el cuarto contiguo al de mi madre; allí permanece desde terminado el entierro, supongo que pensando en su Itúrbez. Si por mí fuera, los hubiera echado a los dos, que no son familia. Al menos Itúrbez tuvo la decencia de no personarse en la casa: nos dio el pésame a la entrada de la iglesia, en donde se sentaría entre los asistentes como uno más, y lo reiteró a la salida del cementerio, como despedida a mi madre, a quien, he de reconocerlo, realmente estimaba. La raro es que Soledad haya elegido pasar la noche en un cuarto que no es el nuestro, como dando a entender que ya hemos acabado, sin explicaciones, sin hablarlo. A mis hermanas parece no importarles nuestros problemas. En cuanto a mí, hoy es el día que es, así que no le voy a pedir esas explicaciones que no ha querido dar, dormiremos separados, como un preámbulo a lo que me temo ya esté todo decidido. Sí; la pueda sentir en la habitación, puedo oler su pensamiento puesto en Itúrbez, en el hijo que lleva dentro, que no es mi hijo. A partir de mañana todo acabará entre nosotros, de seguro. ¿qué nos ata? Ya nada. Está decidido, no hay por qué pensar más. Mañana mismo se lo diré: todo ha acabado.

Cada vez que levanto los ojos, se estrellan contra la fotografía de la boda de mis padres, enmarcada y colgada de la pared. Los veo allí, con el rostro sonriente, y no me hago a la idea de que falten los dos. Mi padre me parece ya estar muy lejano, pero mi madre... Lamento su muerte, sin duda, pero también lamento que se haya llevado a la tumba su secreto: ¿por qué no quiso contarme el motivo de su odio hacia hainisch? ¿Qué es lo que no le había perdonado en el fondo? ¿Tendría algo que ver conmigo? Supongo que hay cosas que es mejor que permanezcan en el olvido.

Cuando yo no era más que un mocoso, una noche tuve una pesadilla. Fue mi madre la que acudió a mi cuarto, me despertó y me calmó. La pesadilla se me vino alguna vez más por aquel tiempo, pero la había olvidado hasta hace poco. Desconozco la causa de tan repentino recuerdo. Una calina espesa enturbia el aire y oscurece la claridad, haciéndola traslúcida y eterna, la neblina condensada que encierra la figura de un donjuán en arcana cita con su amada. Desde la cocina en el primer piso de la casa me yergo de puntillas para alcanzar la ventana abierta y avizorar el suelo, mas una corriente salida de mi propio interior me impele a arrojarme al vacío. Sigo el impulso y salto, dejándome caer con la cabeza hierática. En medio de la fosca, sólo el suelo se divisa, un suelo que se aproxima lentamente, mientras un hormigueo inexplicable emerge de los pies y recorre todo el cuerpo hasta embutir mi cerebro en un agradable cosquilleo. Me siento liviano, arropado por la humazón que me rodea. Toco el suelo sin daño, sin golpe, y aquella misma corriente mágica me impulsa a subir la escalera desde el bajo hasta el primer piso. Corro afanoso. De nuevo en la cocina escalo la ventana, esta vez sin detenerme. Con un arrebato ya sabido me lanzo al regazo de la boira. Una vez más, el estremecimiento de notarme sin peso inunda mis sentidos, y la sensación de placer y miedo me complace a tal extremo, que repito una y otra vez el ritual interminable, sempiterno. Asciendo a la alto y a través de la oquedad me dejo desplomar en los brazos de la niebla. Es un círculo infinito, una obsesión, cuyo principio y fin se diluyen. La regeneración constante de la vida, del leti-motiv, de una historia de amor interrumpida por la muerte que se repite en cada época: Sestos, Toledo, Verona, Nueva York.

Todo lo damos por sabido, por hecho, por inmutable. No caemos en que todo cambia, nada permanece, desde la imagen de los «butaneros», que pronto dejarán de existir, y dejaremos de ver las damajuanas naranjas de gas, bombonas caseras. Hasta nuestra forma de pensar y juzgar el entorno, esos valores que hemos asumidos sin tener en cuenta los del resto de la gente, y nos enfrentamos a ella, a la gente, porque los suyos no encajan en nuestro mundo; entonces, tratamos de ahuyentarlos, adaptarlos a nuestro punto de vista, de reformarlos, no sólo los valores, también a la gente que los lleva; luego, ante nuestro fracaso, llega la despiadada crítica, la censura, la murmuración, la envidia, la aversión, la inquina y, al final, el odio. Al cabo, notamos la comezón de la conciencia, el «Pepito Grillo» de las cabezas hueras. Es, entonces, que buscamos afanosos las respuestas a nuestros temores.

¿Qué ha sido de las mansiones, que los grandes señores ostentaban engreídos? ¿Qué ha sido de los propios señores, que a la postre no son más que huesos, y éstos, si han sobrevivido a través de los años y la humedad de los sepulcros? Nadie, ni siquiera ellos, se lleva consigo los bienes deleznables: nadie regresa, una vez que se ha ido. Autef, el egipcio, lo supo y así nos lo ha legado. Escuchamos la sentencia con oídos sordos, como si las palabras que verdaderamente importan estuvieran que estar escritas, las orales se las lleva el viento y la incuria. ¿Qué dirán de mí, cuando siga los pasos de mis padres, cuando ya nadie me cuente entre el número de los vivos? ¿Habrá quien se acuerde de mí, quien me haga revivir en sus recuerdos?

 

XVII

Hoy he leído en la prensa una aciaga noticia: una joven se había arrojado al vacío desde un sexto piso, muriendo en el acto. El periodista no especificaba si había muerto en el acto de arrojarse o en el acto de chocar contra el suelo; da lo mismo, está muerta. ¿Acaso importa que se haya arrojado al vacío o se haya cortado las venas? En el artículo se describía el lugar en donde había vivido la víctima; la reseña de la habitación la acercaba más a una pocilga, una zahúrda infesta, un «cubil propio de esa gente», rezaba. ¿Esa gente? El periodista la describía como una drogadicta flaca en extremo, cuya última dosis la empujó a la calle desde tan elevada altura. Allí se la trataba peor que un asesino o un violador, no como una víctima. Arremete contra ella tanto por suicida como por drogadicta. No se ha preocupado de averiguar los motivos, de cómo vivió, del porqué de aquel abrupto final. De su persona, de lo que de verdad importa, sólo mencionaba su nombre, nada de apellidos ni iniciales ni filiación: Anabel.

En efecto, era la Anabel que había sido mi secretario y mi amante. Lo sé por una fotografía de carnet, que aparece en la parte superior de la columna. Siempre las fotografías, recordatorios de lo que queremos rememorar y de lo que queremos olvidar. Su muerte no me ha causado sentimiento alguno, tal vez lástima por cómo sucedió, por cómo debieron de ser sus últimos días de vida. Debería de haberme dejado inquieto, pues nada se dice de un hijo, el suyo, si lo hubiere, ya no el mío. Poco importa eso ahora.

Hace un par de días vi a Soledad. Venía yo andando un poco apurado del trabajo, porque ya llegaba algo tarde y casi seguro que Sara me estaría esperando impaciente, ¿quién lo iba a decir: Sara y yo compartiendo la misma casa? Envejecemos aquí, en la casa que fue de nuestro padre, y aquí moriremos los dos. Pues bien, iba aprisa por la acera, ya próximo al coche, cuando la vi al otro lado de la calzada. Con una mano tiraba del carrito de la compra y con la otra empujaba un cochecito, al que se aferraba un niño. Soledad siempre quiso tener hijos; ahora, con Itúrbez, ya lleva el segundo. Dudé si cruzar la calle para saludarla e interesarme por cómo les iban las cosas, o seguir mi camino, como si no la hubiera reconocido; además, cabía la posibilidad de que ella me hubiese visto y me obviara. Entre tanta irresolución ella levantó el brazo y me saludó con una gran sonrisa en la cara. Le devolví el saludo y ¿qué remedio? crucé la calle.

Estaba más hermosa, si cabe, aunque algo entrada en carnes; imagino que la maternidad algo habrá tenido que ver. Tomamos un café, olvidado ya de lo tarde que se me hacía, y hablamos un poco de todo. Al niño, al mayor, le pusieron mi nombre, un bello detalle. Itúrbez encontró un trabajo bien remunerado como corrector en un periódico, mientras que Soledad había pedido una excedencia en la enseñanza: «los niños, ya sabes, quitan mucho tiempo». Al parecer, al primogénito, a mi tocayo, le gusta la viola. De momento sólo juega con ella, pero su madre cree que de mayor se dedicará a la música. También hablamos de la pequeña Isabel, que ha tenido una niña. Lástima que mi madre, que tanto afán por ser abuela tenía, no haya podido ver a un descendiente suyo.

Estos últimos meses coincido mucho con mi cuñado. Solemos tomarnos unas copas por el centro de la ciudad. Poco a poco se va asentando y dejando de ser el jovenzuelo antipático y engreído con quien se casó Isabel. Se ve que un poco lo va modelando mi hermana con paciencia, y otro poco lo va madurando la edad y la experiencia.

Al despedirnos, Soledad me preguntó por Hainisch, si ya me había saciado. ¡Cómo no! Sobre todo, después de descubrir su secreto, que no lo era tanto, pue, según parece, el único que no conocía la verdad era yo. La acompañé, a Soledad y a los niños, un buen trecho, en tanto le iba contando todo. Que hace un año y medio que Sara me lo refirió, después del mucho insistir por mi parte.

   -Cuando la mencionaba –decía mi hermana-, lo hacía como «la Hainisch» o «la otra», nunca le oímos mencionar el nombre de pila, y nuestro padre siempre se callaba siquiera de insinuar que había existido.

            Como si evitando el nombre evitara la presencia de la rival. El motivo por el que mi madre odiaba tanto a la austríaca era yo, no la aventura que tuvo con mi padre.

   -Hainisch, al parecer –le relaté a Soledad-, tuvo un hijo poco antes de morir. Imagino que, cuando se hizo la famosa foto, ya estaba encinta, de ahí aquella expresión suya que tanto me caló. El caso es que al poco de dar a luz murió de un paro cardíaco, eso decía el parte médico, aunque mi padre pensaba que en todo aquello algo tenía que ver el feo asunto en que estaba metida, ya sabes, lo de los judíos y los campos de concentración. Así que mi padre se trajo el niño a casa.

   -Eras tú, imagino.

   -¿Quién, si no? Ya ves, todo mi vida creyendo que tenía una familia, que me estaba unido a ella por lazos inquebrantables de sangre, y resulta que soy un bastardo.

 

            A veces me pregunto qué he ganado al conocer mi verdadero origen. Español por parte de padre, austríaco por parte de madre, de una madre responsable de quién sabe cuántas muertes de inocentes sacrificados en los campos de exterminio; quizás uno de ellos fuera un director de cine, que acababa de rodas su última película, un polaco. Cuando pienso en ello, noto que todo el peso de su conciencia case sobre la mía y, entonces, una migraña terrible me aplasta la cabeza. ¿Fue bueno saber la verdad? ¿Debemos conocer la verdad, cueste lo que cueste? La ignorancia es lo que realmente nos hace felices, estoy convencido de ello: ésa es la única verdad. ¿Kodra, Hero y tantos otros personajes hubieran sido felices, si hubieran desconocido la verdad? Tal vez Korwalsky no hubiese entonado el llanto por la yedra ni el Helesponto se hubiera tragado la joven de Sestos. Claro que todos ellos son personajes ficiticios, paridos por el arte, que es ficción. En Literatura, como en todo arte, la verdad no es verdad, sino una verdad ficticia, que es un engaño reflejo de la verdad.

            En estos últimas semanas mi espíritu ha encontrado la serenidad. A ello ha contribuido, sin duda, mi trabajo a media jornada. Me deja todas las tardes libres y los fines de semana no tengo que preocuparme por ningún problema. Me noto viejo y achacoso, que mis bienes no son míos, que lo único mío es un niño que quizás nunca haya existido y, de existir, quizás nunca sepa quién es su verdadero padre. Tal vez, cuando yo ha haya muerto, ese niño, adulto, se interese por una fotografía mía, en quien no reconoce a nadie.

            Cada día me cuesta más esfuerzo continuar viviendo. Esa serenidad que dan los años y, sobre manera, el haberse rendido a la lucha diaria. Al final, no tardaré en engrosar el número de ancianos que se dejan llevar, que se sientan en un sillón del geriátrico o en una silla incómoda, o en el butacón de la casa de mis padres, para ver cómo se pasa el poco tiempo que me queda. Envidio a los jóvenes, en cuya sangre todavía bulle la necesidad de escalar las montañas sin darse cuenta de que detrás de ellas hay otra más alta; a pesar de ello, insisten pertinaces en escalarlas. ¡Cuánto mejor es sentarse en la cima, una vez llegados, a disfrutar del éxito y contemplar el paisaje, que ya se presentará la oportunidad de subir la siguiente, que de donde está, nadie la va a mover!

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