Parhelio
Hoy ha sido uno de esos
días en que la lluvia persistente recuerda la nadería de la que estamos hechos;
desde esta mañana no ha dejado de repetirlo. Cada vez que una ráfaga de viento
empujaba las gotas contra los cristales de la ventana de la habitación, yo me
arrebujaba más entre las sábanas. Pero, no era cuestión de pasarse toda la
mañana metido en la cama aguardando el regreso de Soledad, así que hice de
tripas corazón y me destapé sin pensármelo dos veces. El frío me golpeó y me
impelió a ponerme en acción, si no quería helarme allí mismo. Es cierto que con
la calefacción se podría haber caldeado el cuarto, incluso toda la casa, desde
una hora prudencial, o haberla dejado encendida las veinticuatro horas que dura
el día; no es por ahorrar dinero, sino que de siempre he detestado ese tipo de
calor y no tenemos calefacción, tan sólo un par de estufas. Digo no tenemos
porque, si bien Soledad insiste todos los inviernos en convencerme para
ponerla, ella también comparte el fresco y se amolda a poner un poco más de
ropa. Es éste uno de mis escasos caprichos, el único en el que no transijo, al
menos hasta ahora; por eso Soledad no protesta demasiado y en los pocos años
que llevamos casados se va acostumbrando poco a poco a aguantar la situación.
Fue la primera y última discusión que tuvimos, y apenas duró un par de minutos,
y eso que ocurrió durante el segundo de los inviernos desde nuestra boda: ya se
sabe que algunas parejas, sobre todo si llevan poco tiempo conviviendo,
esquivan las discusiones aplazándolas para cuando ambos se hayan hecho a la
idea de que su vida ya no es la misma, un giro de ciento ochenta grados. Cada
uno debe ceder un poco de sí mismo al tiempo que defiende la cada vez más
menguada independencia que les resta, a sabiendas que con el tiempo también
estará acabará por desaparecer. Uno ya no es uno, porque, cuando piensa en
algo, tiene que pensar por los dos, como si fuera el caso dual de la lengua
griega, o la latina, que aprendíamos de chicos y que están ya tan maltrechas,
las dos lenguas, y por ese motivo que no tenemos calefacción en vez de decir no
tengo.
En fin, que antes del
mediodía estaba lavado, vestido, desayunado y sentado en una silla sin saber
qué hacer. Es curioso cómo alguien que se pasa años trabajando sin cesar anhela
que llegue, aunque sea uno sólo, el día de asueto lejos de preocupaciones y,
cuando ese día llega, no sabe qué hacer con el tiempo. A mí me ocurrió lo mismo
y lo único que se me pasó por la cabeza fue ojear un álbum de fotos. No sabría
explicar el porqué de aquella apetencia tan repentina de ver fotos, ni siquiera
recuerdo la última vez que me hicieron una o que hice o que vi, nunca he sido
muy aficionado a ellas, ni tampoco recordaba dónde Soledad, a ella sí le
gustan, habría puesto el álbum o álbumes, no estaba seguro del número ni qué o
quiénes encontraría en ellos.
El caso es que topé uno
que mi esposa se había traído de casa de mis padres. ¿Quién puede decir si
porque Soledad quería hacer que mi pasado formara parte suya o porque mi madre
deseaba que su nuera pasase a formar parte del mío? Es una manía, a veces una
necesidad, la de ansiar meterse en la vida del recién adquirido consorte; es
como si se tratara de apoderarse de todo aquello de lo que no ha formado jamás
ni podrá formar parte: el pasado.
Hojeando
el álbum voy reconociendo rostros y lugares en su mayoría idos, todos ellos
como mausoleos, como esos santos de mentira que pueblan las iglesias y las
catedrales; en realidad, una fotografía no es sino un instante, tal vez ni eso;
más bien una farsa connivente entre el fotógrafo y el fotografiado, por más que
nos sea conocido el segundo, pues el primero se oculta al otro lado de su
propia obra, en el lado imposible de ver.
Hay
fotos en que me cuesta poner un nombre a una cara, incluso algunas me son
completamente anónimas, lo que supone un estado frustrante porque una cara sin
nombre es como una voz sin rostro: algo insustancial y anodino; necesitamos
relacionar voz y rostro como necesitamos relacionar cara y nombre para acercarnos
entre los dos. En concreto, había una fotografía, la única que no estaba
pegada, sino suelta, medio metida bajo otra, como si alguien la hubiese querido
esconder. Era una mujer alta y rubia, una mujer hermosa con una sonrisa forzada
y unos ojos faltos de vigor. Como siempre que nos encaramos con fotografías
ajenas a nuestra vida, me pregunté quién sería aquella mujer, lo mismo que
todos los demás que desconocía. No son sólo papel, grabados de una máquina; son
personas que tuvieron su propia vida, o aún la tienen o la tendrán, con sus
penas y sus alegrías, problemas, llantos, risas. Aquella mujer, por ejemplo, de
pie al lado de un jardinillo, tendría o habrá tenido sus propias frustraciones,
sus esperanzas, algo que la haría única. ¿Qué le pasaría por mientes a punto de ser inmortalizada? Posiblemente ni
siquiera se habría planteado que, una vez traspasada al papel, quien la
contemplase, a la foto, no a ella, la vería como quien ve un cuadro, un
edificio o un amasijo de hierros antes de modelar, sin advertir que lo que está
viendo es una persona, un ser humano con sus anhelos, sus sueños: lo que se ve
es un papel y no una mujer que tuvo un antes y un después del instante en que
alguien apretó un botó y la inmortalizó; tal vez con diez segundos de
antelación la hubiéramos podido contemplar discutiendo o besando al fotógrafo,
puede que éste fuera un amante o un marido o un amigo, que, en tanto apretaba
el botón de la cámara, pensaría en lo hermosa que estaba y que no le importaría
darle un beso, o que la luz no era la más apropiada para que la foto saliera
bien, o que no importaba si detrás había un jardín o un estanque o el
aeropuerto de la ciudad. Lo único que podemos hacer cuando observamos una
fotografía es imaginarnos una historia, seguramente ficticia, o pasar la hoja
sin poner atención en lo que pasa delante nuestro.
Da
miedo imaginar cómo alguien, quién sabe si un total desconocido, vaya a
formarse una idea de cómo soy o cómo fui, si es que ya estaré muerto, una idea
más suya que mía. Le sucederá lo que a mí ante esta fotografía: inventará una o
varias historias posibles de lo que pudo haber sido; es como falsear la
historia y robarle a uno su propia existencia, porque si se le cambia el pasado
ya no será él, sino una ilusión, una fantasía. Las fotografías sólo deberían de
ser vistas por quienes conocen a quien aparezca en ellas, aunque en ese caso no
servirían más que para referir un punto pasado y a partir de él revivir la
escena, un tiempo ido, y así holgarse más en lo que nuestra cabeza guarda que
en lo que un papel nos muestra.
Resulta
curioso que nunca haya visto, al menos no recuerdo haberlas visto, fotos de
antiguas novias, y tras estos años de matrimonio todas ellas, las novias, se me
han desdibujado y de ellas únicamente quedan los nombres, tal vez algo más,
como aquélla a la que di mi primer beso en los labios y con la que estrené mi
hombría, o aquélla otra con quien me perdí durante una excursión a los Picos de
Europa y estuvimos tres días sin que nos encontrasen, ya no contábamos con
salvarnos, tal desánimo nos había invadido. Pero, todo eso lo veo como si
estuviera detrás de una gasa y muchos rostros ya sería incapaz de formarlos.
En
cambio, de Soledad sí he visto fotografías, a ella le encantan, incluso antes
de la boda me había hecho pasar horas repasando los álbumes de su familia. Ella
me iba explicando quiénes eran aquellas personas que desfilaban hoja tras hoja.
Luego, después de la boda me refiero, Soledad se empeñó en que yo hiciera lo
propio con los álbumes de mi familia, pero ni tenía paciencia para ello ni
conocería a la mayoría, como aquella mujer de cabello rubio, de ojos azules, de
tez blanca; aquella mujer que posaba serena delante de un jardín floreado de
primavera. Creo haberlo visto, al jardín, con anterioridad, pero no lo sitúo.
Quizás se me venga en cualquier momento. No es que tenga importancia, sino que,
según a veces sucede, se nos va al olvido una referencia mínima, una palabra
tan sólo, y rabiamos por no recordarla, como si con ello nos fuera la vida.
Pues bien, en cuanto Soledad comprendió que nada iba a sacar de mí, logró
convencer a mi madre para que hiciese de cicerone. Tan a gusto debieron de
haber quedado la una con la otra, que mi madre le entregó, al menos, un álbum
para que lo viera cuando le apeteciese, que en su casa ella no lo miraba nunca
y era una lástima que se perdiera en el abandono. En realidad, las dos tenían
más en común que yo con ellas, hasta tal punto, que no consigo comprender cómo
Soledad y yo nos hemos podido enamorar, quizás porque sea cierto que los polos
opuestos se atraen o, simplemente, por casualidad. Claro que, si he de ser
sincero, yo creo que nos enamoramos, pasados los primeros rigores de la
atracción como la mayoría: por costumbre. Lo primero que me atrajo de ella
fueron mis propias hormonas enloquecidas, aunque no fue una atracción
irresistible; no veía en ella un dechado de virtudes o perfecciones de líneas,
sino una mujer como otra cualquiera que por algún motivo había llamado mi
atención. Fue el trato, al principio esporádico y más tarde usual, lo que nos
llevó a acomodarnos de tal jaez, que nos compenetramos como a mí no me había
sucedido con otras relaciones anteriores: sabía cuándo podía decir algo
gracioso, cuándo callar, cuándo besarla, cuándo sujetar su mano... Por su lado,
ella parecía introducirse en mi cabeza y adelantarse a mis pensamientos: una
frase bien colocada, una zancada que se aviva, una caricia inesperada, un
silencio prolongado... Todo ello sin tener apenas aficiones comunes. Con las
anteriores sí que coincidía en gustos; ¿por qué, entonces, no acabé con alguna
de ellas? Prefiero no conjeturar sobre esto, pues es muy probable que no
atinara con la respuesta correcta y, además, ocurre como con la rubia de la
fotografía, que todo sería falsear. La verdad es que entre aquellas mujeres y
yo en el fondo no había nada, no creo que nos llegáramos a conocer, y sin
conocimiento todo decae y se olvida.
Por
el contrario, con Soledad fue diferente desde el principio: lo que no
hablábamos era porque ya estábamos seguros de ello y, aun así, con el tiempo
acabábamos hablando sobre ello. Cuando digo hablábamos, así, en tiempo pasado,
lo digo porque soy consciente, y creo que Soledad también lo es, de que ya no
nos comportamos de igual modo; nos hemos convertido en poltrones despreocupados
y damos todo por sobreentendido, confiando peligrosamente en nuestra intuición
para anticiparnos el uno al otro. Es probable que la causa se halle en la
rutina, en dejarnos llevar por la inercia del impulso primero, el impulso que
nos hacer preguntarnos para qué cambiar si todo va bien como va.
Llegados
a este punto, no puedo dejar de imaginarse cómo habría sido mi vida si me
hubiera casado con alguna de mis novias antiguas, con Rosa, sin ir más lejos.
Pero no, ésa es una posibilidad inexistente y sería de necios conjeturar sobre
lo que habría sucedido en vez de sobre lo que habrá de suceder. Tanto mirar
hacia atrás en mi vida y traer al presente las ya tan manoseadas novias
antiguas, me hace detenerme en Soledad: ella también habrá tenido sus novios,
un primer beso, como yo lo tuve, un chico que acaso le habrá rasgado el himen,
unas manos que acaso le habrán recorrido el cuerpo. La verdad es que se me hace
muy cuesta arriba detenerme en estos detalles; me resulta incómodo admitir que
la personas a quien amo ha disfrutado de
esos placeres con otra compañía. Ahora bien, una vez puesto a ello, ¿qué
sensaciones habrá experimentado? ¿las mismas que conmigo; mejores o peores?
¿Estaría nerviosa y con las manos exudadas, como yo lo estuve? Deberé
recordarme que se lo pregunte, pues nunca hemos conversado sobre ello, y ya va
siendo hora; al fin y al cabo, ya somos más uno que dos.
II
No
consigo olvidarme de la mujer de la fotografía, crece como una obsesión y me
temo que hasta que no logre averiguar de quién se trata, me desvelaré todas las
noches, algo nada agradable ni para mí ni para Soledad; para mí, porque no hago
más que dar vueltas en la cama y me invade el desabrimiento y la pesadumbre;
para Soledad, porque apenas la dejo descansar, ella sí tiene que madrugar para
ir al trabajo, y no es cuestión de entretenernos todas las noches en otros
quehaceres. La última vez que disfrutamos de ello, al acabar sentí cierto
estremecimiento y estuvo a punto de confesarle que lo había hecho sin la pasión
de antaño, de nuevo el fantasma de la rutina y el monótono deambular por la
vida; pero, me contuve. Tal vez ella haya caído en esa apatía hace tiempo y,
como yo, se niega a airearlo.
Volviendo
a la fotografía, anoche no aguanté más y me obligué a levantarme de la cama
para examinar con más detenimiento el jardinillo que se ve al fondo. Soledad
gruñó cuando removí las sábanas, pero no dijo nada, como siempre. En tiempos
pasados ella hubiese adivinado que lo que me tiene en vela no eran estas
vacaciones que me he tomado, y que me hubieran trastornado el sueño, sino que
estaba preocupado, mejor obsesionado por algo, y enseguida se hubiera
interesado por el motivo y entre los dos hubiéramos zanjado el tema. Ahora, en
cambio, se da media vuelta en la cama, me da la espalda y sigue durmiendo.
Todavía no le he hablado de sobrentender más de lo que se debería, de que nos
estamos alejando poco a poco, día a día. Tal vez mañana.
Después
de unos minutos zambullido en la fotografía, me doy cuenta de que muy al fondo
y por encima de unos árboles se ve la techumbre de un edificio que había visto
antes en algún lugar, aunque, lo mismo que el jardinillo, tampoco lo acabo de
situar. Por fortuna, Soledad se había cansado de verme desasosegado y también,
dado que también había extraviado el sueño, se me acercó por la espalda, me
rodeó con los brazos y me preguntó qué era lo que tanto me tenía descerebrado,
que por qué tenía el álbum de fotos abierto, que no eran horas de ponerse a
ojearlo. Por supuesto, le conté todo lo relacionado con la foto que estaba
examinando, aun temiendo que lo tomara como una chiquillada o, a lo sumo, como
un capricho de gente ociosa. A mí siempre me ha llamado maravillado ese tipo de
gente que, por no tener más preocupaciones, se interesan por las menudencias
más absurdas: que si detrás del armario hay una mancha en la pared, que podría
ser un mosquito aplastado; que la luz indicadora del nivel de gasolina en el
automóvil ya no es tan intensa como hace unos años; que ha aparecido una cana
en la verija y, sin embargo, no hay huella de senectud ni en el cabello ni en
las axilas ni en el pecho.
Soledad,
¿cómo no se me habría ocurrido a mí antes siendo lo más obvio?, me preguntó si
había sacado la fotografía del álbum y, como dijese que no, me sugirió que
mirase en el reverso, pues tal vez allí traería escrita alguna indicación. Al
parecer, tampoco mi madre le había dado ninguna indicación sobre la imagen, así
que ambos teníamos el mismo conocimiento sobre la identidad de la mujer. En
efecto, en la base de la fotografía había escrita una fecha, el diecinueve de
octubre de mil novecientos cuarenta y siete, y a su lado el nombre de una
ciudad: «Wiesbaden (Hesse)». Ahora sí que estaba claro, ya sé a qué me
recordaba la techumbre del fondo. De pequeño había estado en aquella ciudad con
mi madre durante un viaje turístico, y aquel edificio estaba enfrente del hotel
en donde nos hospedamos; al menos, así lo recuerdo. De lo que no consigo
acordarme es de qué tipo de edificio era aquél, tal vez un museo, pero no estoy
seguro. Más bien, no estoy seguro de nada, sólo de haber estado en aquella
ciudad, a la que identificaba tan sólo por la techumbre y el jardinillo, puede
que en él correteara y jugara a mis anchas.
Soledad
debió de ver en mi rostro alguna inquietud, porque se sentó sobre mis rodillas,
rodeó mi cuello con el brazo y acercó los labios a mis oídos; pero, lo que
susurró no tenía nada de sensual, sino de practicismo:
-¿Quieres que se lo pregunte a tu madre? –luego, se apartó ligeramente y
la voz sonó con más intensidad- O, bueno, mejor se lo preguntas tú, que para
eso eres su hijo.
No
lo dijo con tono de reproche, sino con el habitual que solía cuando
conversábamos en los largos paseos de antaño. Hace bastante tiempo que no los
damos y tengo que admitir que los echo de menos. La verdad es que ninguno de
los dos tiene la culpa: cuando yo termino la jornada laboral, ella empieza la
suya; bueno, empieza su segunda jornada, porque, además de impartir clases en
el conservatorio de música, toca la viola en la nueva orquesta filarmónica,
relativamente nueva, si tenemos en cuenta que ya ha cumplido la decena de años.
Es, sobre todo, la Filarmónica lo que más tiempo nos arrebata ya que, si no
están ensayando de continuo, están de gira por España, a veces por Europa. Ella
está pensando en abandonar la orquesta y dedicarse exclusivamente a la
docencia, sólo le ocupa la jornada matinal, no tanto porque se canse de los
viajes, cuanto porque desea tener más tiempo para sus cosas. Incluso, esta
semana hemos hablado sobre tener o no tener descendencia; la resolución se nos
ha quedado en el aire: a ella no le disgustaría tener a un pequeñín alborotando
la casa; a mí, por el contrario, no me hace mucha gracia. Esto del hijo
representaría un nuevo cambio en mi vida y, lo reconozco, soy un animal de
costumbres: en cuanto se me cambia una de ellas, me encuentro desorientado, por
más que Soledad me ayude en el tránsito. No obstante, el tema de los hijos es
distinto y tendré que considerarlo con más detenimiento.
-Si tan absorbido te tiene esa mujer, mañana mismo pasaremos por casa de
tu madre; pero, ahora vámonos a la cama, que ya falta poco para que suene el
despertador.
No
sé si ésas fueron las palabras exactas, seguramente no, es probable que sólo
fueran unas palabras aproximadas; lo único que sé es que pronunció el «mañana
mismo»; claro que, no habrá ese mañana mismo, ni siquiera el siguiente. Me
figuro que de forma consciente yo no ignoraba la posibilidad de que Soledad
estuviera animándome a acostarme con ella y que aquello de ir «mañana mismo» a
visitar a mi madre sólo era una excusa que no tenía la intención de cumplir;
nada tenía que ver con ese otro tono de voz que derramaba en mis oídos cuando
decía «vámonos a la cama», ese tono ante el que sucumbía con enorme placidez.
III
Hace
ya varios días que Soledad se tuvo que ir con la Filarmónica; en esta ocasión
estarán un par de semanas de gira. Cuando me doy la vuelta en la cama encuentro
un hueco en donde debiera encontrar el calor de su cuerpo. Durante la cena me
veo empujado a encender la televisión para oír una voz humana, algo que no pasa
de ser un engaño y como tal lo tendría que ver; pero, si la casa está en
silencio, algo dentro mío parece que se remueve y me sube no diré una basca,
sino una desazón que me incita a llorar, así como suena, a llorar por
desesperación, porque echo en falta algo que forma parte de mí. Acaso ya
tendría que estar habituado a estas constantes ausencias, máxime a estos años
de edad, porque, como se suele decir, el tiempo todo lo cura: más viejo, más
insensible. Tendría que estar habituado, pero no lo estoy; es más, me temo que
en cada uno de sus viajes se me va un poco de mi ser y acabaré, mucho lo
recelo, convirtiéndome en un viejo gruñón.
Por
cierto, se fue sin que hayamos visitado, como ya había supuesto, a mi madre por
el asunto de la fotografía. Si mi padre viviese todavía, tampoco hubiéramos
ido, de seguro. Se me ocurren un millón de motivos por los que rechazar una ya
imposible invitación suya. ¿Por qué? No negaré que me desatendí de él, al menos
hasta que ya fue demasiado tarde. No compartíamos casi nada. Ni él me contaba
sus cosas ni yo las mías a él, cada uno iba a lo suyo. Me incluyo entre los que
se desligan del pasado de los demás. Renunciamos a la vida de los que nacieron,
vivieron y murieron antes de nuestro nacimiento, pue éste es el año, el momento
a partir del cual todo empieza, como el «ab urbe condita» de los romanos, el
«después de Cristo» de la sociedad occidental. Hasta nos son ajenos nuestros
propios antepasados, si no los hemos llegado a conocer: ¿cómo vivió y murió
nuestro bisabuelo, uno de ellos, o nuestro tatarabuelo, o aún más atrás? ¿En
qué condiciones hubo de sobrevivir? ¿Alguna vez reflexionaría sobre sus
descendientes lejanos, sobre sus bisnietos, sus tataranietos...? El colmo es
cuando nos restringimos al círculo más próximo. ¿Quién ha meditado siquiera un
minuto sobre el tiempo en que nuestros padres vivieron su niñez o juventud? El
tiempo transcurrido desde su nacimiento hasta el nuestro ha sido, sin duda,
diferente, pero ¿a nosotros qué nos va en ello? A veces nos reprochamos esa
desidia hacia los demás y averiguamos esta o aquella curiosidad, la memorizamos
como se memoriza una fecha histórica, la memorizamos sin sentirla nuestra.
¡Qué
triste es saber que algún día, quizás ya mismo, alguien haga con nosotros lo
que nosotros hacemos con él! A mí me produce un cierto pesimismo el considerar
el olvido a que se somete a los muertos, los que ya no están con nosotros
acaban por caer en el pozo de la desmemoria; es entonces cuando mueren
realmente, cuando se pierden para siempre: los recuerdos es lo postrero que los
mantiene actuales y, si éstos desaparecen, aquéllos también. Por ese motivo
deberíamos transmitir a los demás los recuerdos de quienes conocimos para que
ellos, a su vez, los transmitan a otros hasta que uno, tal vez siglos más
tarde, se interese realmente por aquellos recuerdos y vuelva a resucitarlos.
Pues, a lo que iba. Me
hubiese gustado ir a casa de mi madre, aunque es más que probable que dicha
dama, digo la de la fotografía, ya haya abandonado este mundo, lo cual no es
óbice para abandonar el interés por ella. Ni siquiera sé su nombre. La veo ahí,
delante del jardinillo y convengo en que, aparte de su relación con este álbum,
también ella habrá tenido un pasado, como todos tenemos, y quizás sea yo el
elegido para resucitar sus recuerdos. Seguramente estará encerrada en alguna
pequeña parcela, solitaria, como lo estoy yo aquí y ahora. A ella no la
asfixiará la ansiedad que me esta abrumando a mí, en especial cada vez que se
me viene a la cabeza el rostro de Soledad. Nunca hubiera pensado que la podría
echar tanto de menos; seguramente por estar tan desocupado, sin otra cosa que
hacer que divagar sobre alguien a quien no conozco ni conoceré. Espero con
impaciencia que suene el teléfono. Me había prometido llamarme todos los días a
la misma hora, pero hoy lleva un retraso de dos horas y empieza a comerme la
desazón. Necesito escuchar su voz, ¿qué se le va a hacer?
Quien sí me ha llamado ha
sido mi secretaria, Anabel, para preguntarme qué tal me iba en la vacaciones, y
decirme que «se te echa en falta» en la oficina, si bien ese «se» es ella y no
un ente colectivo. No se me oculta que Anabel se siente atraída por mí, o tal
vez sólo pretenda ligarse a su superior, así me lo dejó caer el jefe de
personal de la empresa, como una confidencia suya. Desde luego, no voy a negar
que la noticia me haya halagado; sin embargo, no estoy dispuesto a iniciar con
ella otra relación que la que nos corresponde; no creo que Anabel pueda llenar
mi tiempo como lo hace Soledad. Además, casi puedo asegurar que no tardaría en
tomarse ciertas libertades como ralentizar la marcha de sus deberes o algo
peor; entonces, lloverían miradas y murmuraciones, todo iría saliendo a la luz
de las indiscreciones, la noticia no demoraría mucho en extenderse. Después,
los viajes, las sonrisitas, el pisito.... Soledad se enteraría, la perdería.
No, eso no. Por suerte no soy Julián Iturbe; no me voy a dejar embaucar por las
insinuaciones de una secretaria. De todos modo, me ha alegrado la llamada.
IV
Mañana
vuelvo a la oficina, a enterrarme en papeleos, llamadas interminables,
reuniones, desplazamientos inoportunos. También llega Soledad de su gira; al
parecer, la orquesta ha tenido mucho éxito. Me alegra saberlo. Entre tanto, me
iré haciendo a la idea de que el tiempo de ocio se acaba sin haber aprovechado
de él una mínima parte. De todos los planes que me había imaginado, no llegué a
realizar ninguno de ellos. Este mes se me ha ido como la gaseosa al niño. Allá
por los años treinta, me contaba Itúrbez, a su padre le regalaron una botella
de gaseosa durante las fiestas del pueblo. Toda una novedad para el chiquillo,
que era la primera vez que veía la gaseosa. Con la alegría que le produjo saltó
con ella por todas partes y en la agitación la abrió: todo el líquido le saltó
fuera y se desparramó sin que el pobre pudiera probarla siquiera. Pues así se
me ha pasado el mes: saltando de una intención a otra sin probar un sorbo, como
un espejismo, como cuando escuchamos ese sonido tan peculiar del rejiñol que
nos recuerda el gorjeo de los pájaros.
Ayer
me estuve devanando los sesos intentando localizar a Soledad antes de
conocernos. Ella me restregaba, ya ha desistido, de forma incesante que nos
conocíamos de antes de la recepción en que fuimos presentados. Por más que
medito sobre ello no consigo verla. Podría asegurar que no la había visto hasta
ese momento, pero ¿quién puede asegurar algo así? ¿Cuántas veces la vería con
sus amigas por la calle sin reparar en ella? Debemos aceptar el hecho de que no
somos tan sociables como algunos nos han pretendido retratar. ¿Acaso no pasamos
al lado de la gente sin pestañear, sin desearles un buen día o saludarles con
un gesto, aunque sea vacío y sin gracia? No me refiero a cuando estamos dentro
de la marea de una calle poblada de peatones, sino a cuando nos topamos con una
o dos o tres personas y no hay nadie más en todo lo que abarca nuestra mirada;
aun así, nos cruzamos como si no hubiera nadie más que nosotros, los demás no
existen, sólo son formas que vagan ajenos a nuestra voluntad. Lo más terrible
es conocer a alguien de toda la vida, quizás un vecino, hasta podemos describir
sus rasgos, costumbres y genealogía, pues que en más de una ocasión nos hayamos
sentado uno al lado del otro en una cafetería, en un banco; pese a todo, no nos
dignamos a un «hola», un «¿qué tal está usted?», un sencillo «buenos días». Nos
limitamos a nuestro mundo cerrando las puertas al extranjero. ¿Cuántas veces
nos despedimos del camarero al irnos? ¿Cuántas veces le agradecemos su
atención? Me imagino que Soledad era una de esas personas a quien yo habría
ignorado, es la única explicación que encuentro a sus reproches.
-Ya te conocía de antes –me solía repetir; nunca me explicó de qué.
Hubo
un tiempo en que me imaginé qué sucedería si un día saludaba a algún
desconocido que topase en la calle. «¿Cómo se encuentra usted?», dije en cierta
ocasión. El desconocido se me quedó mirando como si estuviese ante un prodigio;
realmente me sentí estúpido. Insistí poco después con uno de los que conocía de
todos los días por encontrarme con él de vez en cuando. «Buenas tardes, señor
Itúrbez». Se pasmó al principio; estaría intentando recordar si nos conocíamos.
Fueron unos segundos de pasmo, nada más; luego, reaccionó: yo también le era
conocido por el mismo motivo. Al fin y al cabo, vivíamos casi puerta con
puerta, en portales contiguos. Los siguientes encuentros fueron incrementando
nuestro diálogo hasta llegar a un punto en que me confesó estar desesperado,
porque no encontraba trabajo. Por azar, en la empresa en donde trabajaba, aún
trabajo, había una vacante que se le adecuaba muy bien: ahora Itúrbez es el
Jefe de Personal.
Un
hecho tan poco significativo e imprevisto le cambió la vida. Fue como salir de
la rutina, romper con los moldes del encerramiento en sí mismo y salir al
exterior. ¿Qué hubiera sido de él, de nosotros, si yo hubiese dejado de
realizar aquel acto inhabitual? No sólo cambió la vida de Itúrbez, pues fue él
quien nos presentó a Soledad y a mí. Todo por probar a saludar a una persona a
quien ya conocía de vista.
Vemos
un hombre tirado en la calle, desangrándose, retorciéndose de dolor, alzando
los brazos para implorar ayuda, gritando en silencio para que alguien le
socorra. Todo eso vemos a nuestro lado, no importa si está a dos metros o a
doscientos kilómetros. Lo miramos, si el fisgoneo nos atrae, alargamos la
mirada hacia adelante. El caso es enajenarse de él. A veces creemos que se
burlan de nosotros, que nos timan, que no es problema nuestro, ya tenemos
bastantes sin buscar más; otras veces pensamos que el tiempo nos apremia, no
podemos demorar la marcha, mucho menos detenernos. Si ayudamos a alguno de
ellos, alguien habrá quien nos critique, que nos llame entrometidos, que nos
apremie a que mantengamos la compostura. Hagamos lo que hagamos, siempre lo
haremos mal. Habrá que cerrar los ojos o acabaremos por dar la razón a quienes
aseguran que por querer agradar a todos, terminamos sin agradar a nadie. En
fin, mañana se me acaban unas vacaciones.
V
Desde
que Soledad ha llegado no hemos vuelto a hablar de la fotografía. En realidad,
no hemos vuelto a hablar de nada. El trabajo me tiene absorbido por completo;
otra empresa de mayor potencial intenta hacerse con éste en que yo trabajo y la
pugna la va ganando el enemigo. Lo peor de todo es que, según parece, si
salimos derrotados la mayor parte nos iremos al paro, de modo que andamos un
mucho revueltos. No sé si se deberá al estrés, al agotamiento, a la atonía o a
qué, pero Soledad y yo todavía no hemos hecho el amor desde su regreso.
Probamos a hacerlo una vez, pero fue un rotundo fracaso, ni yo me animé ni ella
mostró excesivo entusiasmo; preferí dar media vuelta y me quedé dormido al poco
rato. Ninguno de los dos le dio más importancia. Además, la Filarmónica está
preparando una nueva gira, esta vez por Europa del Este, y los ensayos
comienzan a multiplicarse; ni ella ni yo encontramos ánimo para la vida
conyugal: yo estoy imbuido en los problemas de la oficina, ella lo está en la
orquesta, se le nota que está concentrada porque, en las raras ocasiones en que
coincidimos en casa, la he encontrado tarareando alguna melodía.
Esa
manía de Soledad de tararear melodías no es nueva, lo hace a menudo, si bien
ahora se ha intensificado. Debe de ser herencia del pasado, del padre, también
profesor de música, como ella. Se pasaba horas canturreando una melodía, la
misma durante semanas. Él canturreaba siempre, Soledad sólo cuando está de buen
humor, y es raro, porque no suele estar de buen humor cuando tiene que acudir a
ensayos tan menudos; siempre se queja de que le quitan mucho tiempo y la
extenúan. Otra manía de mi suegro, que yo deploraba, era su lectura. Cuando
leía, susurraba, como si de niño hubiera tenido que estudiar en voz alta y, ya
de mayor, no acertara a leer en silencio. Tal necesitase oír su voz para
asegurarse de que estaba leyendo. Aún hoy me parece ver su figura sentada en el
despacho con su libro en la mesa, las gafas en la punta de la nariz, con los
labios moviéndose a una velocidad de vértigo y saliendo de ellos el murmurio de
las palabras ininteligibles.
Fue
el día de su cumpleaños. Su mujer había organizado una pequeña celebración en
familia. Ella, él, la hija, el yerno e Itúrbez, que era considerado como un
miembro más: Soledad y él se habían criado juntos desde niños. De todos los
presentes sólo yo daba la impresión de estar fuera de ambiente; por otro lado,
era lógico, pues hacía apenas tres meses que pertenecía de facto al clan y no
tenía trato más que con Soledad e Itúrbez. He de confesar que la relación entre
estos dos, mi esposa y mi compañero laboral, me enojaba, casi mortificaba. Con
qué naturalidad se abrazaban, se cogían de la mano, se apoyaban el uno en el
otro, se besaban en la mejilla, en la frente o ¡dios santo! en los labios. Las
sierpes celosas me roían las entrañas. Soledad miraba de reojo y sonreía
burlona; ella sabía la sensación que me producía, y aun produce, cuando nos
reunimos los tres.
En
un momento de la fiesta mi suegro se retiró al despacho y se puso a leer. Yo le
seguí y me quedé sentado a su espalda preguntándome cómo podía estar allí
metido en aquel libro, cuando a diez metros de él se festejaban sus cuarenta y
ocho años. Unas semanas más tarde su coche se salió de la autopista; según el
análisis médico, murió en el acto, si es que eso es posible. ¿No es el cerebro
independiente, en cierto grado, del resto de constantes? Una vez roto el
corazón y los pulmones, ¿no seguirá funcionando el cerebro hasta que la falta
de sangre y oxígeno lo adormece? Eso, al menos, es lo que daba a entender el
film de Korwalsky Llanto por la yedra,
aunque su verdadero título es sencillamente Kodra,
el nombre de la protagonista que acaba suicidándose al cortarse las venas; y es
precisamente en la escena final, en donde los pensamientos de Kodra salen en
off y van narrando la sensación que el cerebro tiene de recibir la muerte: cómo
se para el corazón, cómo el aire deja de fluir, cómo los músculos se van
relajando uno a uno hasta cesar todo esfuerzo.
Ahora
que pienso en la película, se me viene a la cabeza la mujer de la fotografía
que hace ya algunos días se me había olvidado. Tanto ella como Kodra eran
rubias, altas, de ojos azules y de mirada melancólica; incluso, tenían un
ligero parecido facial. Es posible que sus vidas hayan tenido bastante en
común. Pero, la mujer de Wiesbaden, claro que no tengo por cierto que sea del
mismo lugar de donde está hecho la foto, podría haber nacido en un país
distinto, Finlandia o en Eslovaquia o en Luxemburgo; a pesar de todo, tiene ese
aspecto que atribuyo a las alemanas: altas, rubias, ojizarcas, de piel
blanquísima. Pues bien, esa mujer, que he dado en atribuirle la patria en
Wiesbaden, Hesse, ha sido real, en tanto que Kodra fue la ficción de un
director checo o polaco, no estoy seguro de su nacionalidad. Que a Kodra yo le
cambie la vida, hasta que la redima de su último acto, el suicidio, y le
otorgue una larga vida , no tiene sentido ni importancia; pero, si cambio la
vida de la germana, habré adulterado la propia historia, habré contado una mentida,
una falsedad y, como consecuencia, nada podré alegar si en el futuro alguien
adulterase la mía.
A
la salida del cine, me acuerdo como si hubiera sido ayer, abracé a Soledad con
tanta fuerza que me tuvo que advertir que le hacía daño, tal impresión me había
causado ver a Kodra tomar tan drástica decisión. En cambio, mi mujer se limitó
a censurar aquella huida, porque Kodra se había suicidado para no tener que
afrontar el hecho de que su marido se había fugado con una amante y ella, la mujer
legítima, quedaba apartada del único mundo que hasta entonces había conocido;
se sintió hundida en lo desconocido y sin fuerzas para salir del pozo oscuro en
que había ido a parar. Para Soledad el suicidio fue una salida cobarde, ella
habría rehecho su vida, tal vez con más cuidado, pero habría seguido adelante.
¿La
mirada perdida de la mujer de Wiesbaden se debería a un desengaño amoroso? No
lo parece. En tal caso no se habría dejado fotografiar sola y, si no es así,
quien la fotografió debía de ser su amante. La mirada triste se debería a que
comprendía que aquel hombre que estaba delante suyo no podría unirse a ella de
forma abierta, sin tapujos; estaría casado y ella, su amante, siempre sería la
otra, nunca la esposa; sería la mujer de la fotografía, no la de carne y hueso.
Fantasías, sólo fantasías; conjeturas sin ningún fundamento. Tal vez sólo sea
un recordatorio sin más trascendencia
que marcar aquel día en el calendario. Pero, ¿por qué ha aparecido en el álbum
familiar, que mi madre guardaba en casa?
VI
He
vuelto a quedarme sin mi mujer. La Filarmónica ha adelantado la gira, por eso
tanta intensidad en las sesiones. Con lo de la empresa había descuidado a
Soledad.
-Si ya te lo había advertido –me dijo antes de partir-. Últimamente
estás en las nubes, no se puede hablar contigo.
Es
verdad, no lo niego. Cada vez que estrenan alguna obra, voy a alguno de los
ensayos y procuro informarme de ella. La última a la que acudí fue antes de la
gira anterior. De esta gira no conozco ni el programa, a no ser el concierto
para viola y orquesta de Franz Hassenteilen. Me alegro de que toquen esa pieza;
es, sin duda, lo mejor de Hassenteilen, yo diría que lo mejor de las últimas
décadas. Para algunos se trata de un poema sinfónico a la vieja usanza. A lo
largo de toda la obra el tema de la viola aparece como una idea fija, un
leti-motiv sobre el que van asomando diversos cantos, unas veces a cargo de la
propia viola, y otras, de la orquesta. En fin, más tarde buscaré el disco. Me
apetece escuchar el concierto completo. Soledad tiene una fotografía, en
concreto tocando el tercer movimiento, la única en la que aparece con la viola.
Es una pena que no recuerde en dónde ha guardado el álbum; cuando está
desocupada y quiere entretener el tiempo para relajar alguna preocupación, se
dedica a cambiar las cosas de sitio y yo tardo en situarlas algunos días. En la
gira anterior casi me desespero por tenerla tan lejos que, si hubiera tenido a
mano alguna fotografía suya, algo me habría aliviado. No sería únicamente un
recuerdo más o menos intenso, sino algo que se puede ver cuantas veces me
apetezca sin preocuparme de encontrar en su cara una arruga que anuncie la
venida de la vejez; al fin y al cabo, la vida viene a ser eso, un cambio
continuo, un no presente, sólo pasado, ni siquiera futuro, porque puede que no
lleguemos a él; o más bien sería el presente lo único válido, como la viola que
se va repitiendo para avisarnos, en el instante mismo en que suena, de que ella
está ahí, que no se ha ido ni se ha escondido bajo los acordes de la orquesta;
o como el suicidio de Kodra, con el que se aniquila de un tajo el futuro y deja
al pasado como algo inservible; o como la fotografía de la mujer de Wiesbaden,
en ella no hay pasado ni futuro, sólo el presente más efímero conservado tal
como es, tal como era, tal como será.
Todo
tiende, como en Hassenteilen, a repetirse. La vida es una copia de sí misma,
los sucesos se imitan unos a otros, como la espiral de Silbuy Hill, como los
amantes Leandro y Hero reencarnados una y otra vez en cada edad del tiempo. El
joven Leandro de Abidos y la bella Hero de Sestos, sacerdotisa de Afrodita,
unidos por el amor y separados por el Helesponto, un nombre tan bonito, el del
mar, tan de fantasía, no como los Dardanelos, que es como se le conoce hoy día,
el estrecho de los Dardanelos. Pero, su pasión, la de los jóvenes, era más
fuerte que la razón y, dejados guiar por su instinto, cada noche Leandro se
arroja al mar y nada hacia Sestos, en donde su amada sostiene, subida a la
torre del santuario, una antorcha a guisa de faro. Allí se reúnen todas las
noches. Afrodita, ¡ay, Afrodita!... no estaba dispuesta a dejarse arrebatar una
de las súbditas por mortal alguno, y una noche consigue que el viento sople con
tal fuerza, que la llama de la antorcha se apaga. El joven de Abidos se
desorienta; agotado del enorme esfuerzo por cruzar a nado el mar que le separa
de su amada, se abandona a su suerte y acaba por ahogarse. Su cuerpo exánime es
arrastrado hasta la orilla de Sestos, en donde Hero lo halla al amanecer tras
una noche de esperanza baldía. Le invade la desesperación, no puede soportar el
dolor, el mundo se le antoja irrespirable: se arroja a las mismas aguas que le
habían arrancado a su Leandro. ¿Importa mucho que en vez de llamarse Hero se
llame Melibea o Julieta o María; que en lugar de Sestos haya muerto en
Toledo o Mantua o Nueva York? ¿Acaso
importa que en vez de haber vivido en la antigüedad o en el medioevo, pueda
haber vivido en el siglo XX, tal vez en un país norteamericano o en uno del Este
de Europa, pongamos Polonia, y que su nombre fuera Kodra, que busca la muerte
voluntariamente, no porque se amado haya muerto ahogado en el mar, sino porque
haya muerto en los brazos de una amante?
En
ocasiones, no obstante, se hace imprescindible la deslealtad para salvar
aquello que nos es más necesario. Algunos compañeros del trabajo ya han sido
puestos en la calle y, a la vista del panorama, otros se han pasado al enemigo;
les han ofrecido un puesto en su organigrama y no han dudado en aceptarlo. Me
temo que pronto también yo me veré sin empleo. Por cierto, Anabel, mi
secretaria, está indecisa entre ir buscándose otro despacho que atender o
permanecer a mi lado a ver en qué termina todo esto. Me pidió consejo. La
verdad es que no me atrevo a decirle que se quede ni avisarla para que se vaya
preparando otro destino. Sabe que mi mujer está de gira y me invitó la noche
pasada a cenar para hablar sobre ello. Acepté, no sé por qué; pero, acepté.
Quise engañarme de que en la oficina no me había fijado en ella, que no le daba
importancia ya fuera vestida con pantalones o con falda, pero en el
subconsciente sí que se me habían grabado las dos piernas cruzadas bajo la mesa
con la escueta falda, que apenas cubría nada, y el escote que dejaba al aire el
arranque de los senos. Todos estos encantos los puso sobre la mesa del
restaurante y allí fue en donde me di cuenta de que no se me había pasado
desapercibida en el despacho.
Hablamos
y hablamos sin descanso, con la misma soltura y entretenimiento con que hablaba
con Soledad, sólo que Anabel acompañaba sus palabras don un deje, con un
tonillo, que hacía de cada una de sus palabras una insinuación llevada en
brazos de una sonrisa. En otras circunstancias me hubiera sentido incómodo,
pero con ella no, la conocía de hacía mucho y la tenía no sólo por una
excelente secretaria, sino también por una amiga. Después de la cena paseamos
por una calle peatonal. Hacía una de esas noches estrelladas y cálidas, de ésas
que incitan a pasear por la calle hasta el alba. Echaba de menos los paseos con
Soledad, aun más que hacía un par de meses, cuando ella estaba en la gira
anterior y yo en casa sin saber qué hacer. La brisa le enredaba el cabello, a
Anabel. Estaba más hermosa, si cabe, que en el restaurante. Fue entonces cuando
me lo dijo, y me lo dijo volviéndose hacia mí y clavando sus ojos en los míos,
como si pretendiera hipnotizarme con la mirada. Podía tolerar que yo estuviese
casado, eso lo había asumido, pero quería de mí algo más que un jefe, quería un
amante. No me daba cuenta en aquel instante, pero nuestros labios se fundieron
en un largo beso. Cuando volví en mí, la aparté casi con brusquedad negándome a
proseguir. Ella no reaccionó hasta después de unos segundos, durante los cuales
me recordó a la mujer de Wiesbaden por su mirada caída. La hubiese abrazado,
aplastado contra mi pecho, y hubiese pedido perdón mil, un millón de veces;
creo que lo hubiera hecho, si ella no se me hubiese anticipado.
-Tienes razón. Sería una locura; tú amas a tu mujer y yo... bueno,
sólo...
Callé.
Anabel se acercó a mí, me tomó del brazo como si nada hubiera ocurrido y
echamos a andar. Me había desarmado con tanta seguridad, a pesar de ese momento
de flaqueza, por inesperado, justo después de mi negativa.
-Me han ofrecido
un puesto como secretaria –me espetó indiferente.
-¿Qué vas a hacer?
-Voy a aceptar. Antes pondré al día todos
los papeles contigo. Si hay suerte, yo mismo te conseguirá una sustituta hasta
ver en qué para lo de la absorción. Tal vez ella pueda quedarse más tiempo del
que yo pensaba antes de todo este embrollo.
Siguió
hablando, pero mis oídos ya no captaban el verdadero sentido de sus palabras,
se había obturado con la primera noticia. Anabel me abandonaba, tampoco ella
había podido resistirse a la deslealtad. Tenía que retenerla a mi lado como
fuera. Se lo espeté sin más.
-Desearía
que te quedaras conmigo. No aceptes la oferta.
-¿Y luego
qué? ¿Crees que podríamos trabajar sin más? Creo que no.
-Necesito
pensar un poco en todo esto. Aguarda al menos un par de semanas antes de aceptar.
Me
salió así, de repente. Ella no se sorprendió, pero yo sí. ¿Pensar en qué: en el
trabajo, en una nueva secretaria, en una aventura con ella? Fue salirme «todo
esto» y palidecer todo uno. Tan atónito de mi propia reacción, que la tensión
se me vino abajo: sudé en frío y perdí el equilibrio. Anabel me ayudó a
sentarme en un banco, apoyó mi cabeza sobre su pedro y me acarició el cabello,
como se acaricia a un niño cuando se le intenta calmar del lloriqueo. Me
imagino que durante ese tiempo, en que yo estuve ausente del mundo real, ella
se habría quedado cavilando en las posibilidades de quedarse o mudarse, de
cambiar de empresa... quizás atisbara una pequeña luz sobre mi cabeza. «Lo
pensaré», escuché como una vocecilla muy lejana que me envolvía con su cálido
aliento.
VII
Me
he equivocado. ¡Ojalá me hubiera comido esa curiosidad que me obnubiló, cuando
descubrí la fotografía de la mujer de Wiesbaden! Sólo he obtenido disgustos
desde ese dichoso momento. Funcionó como la chispa que da comienzo a toda una
traca de fuegos, como si su sola contemplación hubiera desencadenado todas las
desgracias posteriores. A las ya referidas, se suma hora otra nueva. Soledad no
acaba de llegar de la gira. La Filarmónica regresó, pero Soledad, según me
informó por teléfono, tuvo que quedarse en Verona, pues la habían invitado a
formar parte de unas jornadas sobre instrumentos de cuerda y, claro, no supo
negarse. Así pues, como Soledad tenía para algún tiempo y yo no aguantaba más
la comezón, me fui a casa de mi madre con la fotografía en la mano, dispuesto a
averiguar lo que hubiere que averiguar.
La
avisé antes de llegar, por eso no me sorprendió cuando me presentó una bandeja
llena de galletas caseras, unas galletas que de niño me gustaban con locura y
que ahora, ya más bien entrado en años, ni me apetecen ni me sientan bien.
Pero, las había hecho con tanta ilusión, pensando en mí como si todavía fuera
un chiquillo, que no le dije nada y me comí unas cuantas; a la noche el ardor
de estómago no se me pasó ni con bicarbonato ni con Primperán complex. Nos
pasamos toda la tarde charlando, sobre todo ella, contándome los últimos
chismorreos de nuestros conocidos, con los que ya no teníamos ni trato, o de
los que sólo conocíamos de oídas o de vista. Mi madre me contaba cómo les iba,
parecían amigos íntimos de la familia. Cuando la conversación comenzaba a
decaer, e intentando aprovechar la racha, saqué la fotografía del bolsillo y se
la enseñé. Le alargué la mano con la foto bien a la vista. Me fijé en la expresión
de su rostro a medida que la fotografía iba acercándose a sus ojos: la cara
risueña iba arrugándose, los labios estrujados hasta amoratarse, la mirada
carbonizada. «No tengo idea», susurró como si las palabras le fueran sacadas
con tenaza. Los dos sabíamos que mentía. La conocía y no deseaba hablar de
ella, mucho menos traerla al presente. Es seguro que algo hubo entre ellas,
quizás fueran amigas que se enemistaron. Mucho la trastornó; se mareaba y tuve
que ayudarla a recostarse en la cama, en donde acabó por dormirse: era la hora
de su acostumbrada siesta vespertina. En ocasiones se me olvida que ya no es la
lozana madre que conocí de pequeño, sino una anciana que vive, según ella, años
prestados.
Entre
tanto se despertaba, retorné a la fotografía, la ojeé con ligereza y la metí en
el bolsillo con la intención de hacerla desaparecer en el álbum, de donde había
salido, o en alguna papelera. Mientras, por matar el tiempo, subí al desván. La
casa de mi madre está en el campo, es una de esos viejos caserones todo hecho
de madera, que ya con el solo olor a viejo nos devuelve a la niñez. Por allí
revolví entre los trastos, la mayor parte de ellos rotos, inválidos,
inservibles para nada que no fuese alimentar las llamas del fuego, pero que
allí estaban supervivientes del tiempo. En una hornacina había una caja de
zapatos cerradas con una goma. La reconocía al instante; en ella, cuando no era
más que un mocoso travieso, guardaba mis tesoros. De inmediato fui a por ella
con la ilusión de topar dentro los vestigios de mi infancia. Me senté en la
escalera, le sacudí el polvo; apenas la toqué, la goma se deshizo, dejándome
los dedos un tanto pegajosos. Me invadió una emoción similar a la que había
experimentado la primera vez que desabroché el vestido de Rosa, aquella
quinceañera, coetánea mía, con la que perdí la virginidad.
Abrí
la caja. ¡Qué desilusión! Esperaba hallar dentro una revelación, una vuelta al
pasado; tan sólo hallé fruslerías para el yo adulto, porque para el yo infante
aquello debía de haber supuesto un mundo entero, un mundo tan real como el otro
mundo real que me rodeaba; posiblemente dentro de aquella caja hubiera habido
para mí un mundo más real que el que había afuera: un indio al que le faltaba
un brazo y con la cabeza mordisqueada; una pulsera fabricada con cuerda de
esparto y adornada con hilos de diverso color; un papel con un corazón
dibujado, atravesado por una flecha en uno de cuyos extremos figuraban las
iniciales de mi nombre y en el otro unas iniciales que no consigo identificar;
la concha de un caracol, y parte de una fotografía: parece como si hubiera
querido conservar sólo la mitad de la foto y destruir la otra; por lo que se
conserva debía de ser una pareja, ya que se ve el cuerpo de lo que se supone es
un hombre, le falta la cabeza, y a su lado se distinguen unas piernas, cuyos
pies van calzados con zapatos de tacón. Tengo media idea de que podrían ser mis
padres. ¿Por qué mutilaría de aquella manera una fotografía suya? ¿Qué me
impulsaría a ello? Nunca he sido un portento de memoria; sin embargo, el motivo
de aquella transgresión sólo lo puedo deducir, dado que no recuerdo el momento
en que se produjo.
¡Cómo puede variar la
visión de la realidad, cuando sólo se es consciente de lo próximo, en contra de
cuando se tiene la certeza de que la realidad está allá a donde no llega
nuestra percepción, pues, porque ésta no llegue, eso no significa que no exista!
Contemplando aquellos objetos, ahora sin significado, me hubiera gustado
meterme otra vez en los pensamientos del niño, de aquel niño que no habrá de
regresar, y conocer el motivo por el que con tanto cuidado y esmero están
guardados en aquella caja un collar, una concha, un papel... intasables. Hoy tenemos por el máximo
valor esto y mañana lo vemos como una nonada. El tiempo nos cambia, nos vuelve
del revés para que veamos la vida desde dos perspectivas antagónicas y, cuando
ya estamos preparados para asumir el nuevo estado, nos llega la muerte,
dejándonos con la miel en los labios. La imaginación de inventar lo que no
existe, como la del niño dueño de aquella caja de cartón, no se termina con la
infancia. Sin ir más lejos, yo me había inventado unos ojos azules en donde no
era seguro que los hubiese: la fotografía de la mujer de Wiesbaden está hecha
en blanco y negro y, no obstante, había dado por seguro que sus ojos eran
azules. ¿Cómo distinguir un color de otro? La única seguridad es que eran
claros, pero mi inventiva me había dictado desde un principio que eran azules y
ya siempre serán azules, a menos que llegue un momento futuro en que los
contemple desde otro ángulo y descubra que no eran azules, sino verdes o
castaños, al igual que me ha ocurrido con la caja de cartón: lo que de niño
crearía en mi cabeza como un tesoro, de adulto mi nuevo yo evolucionado lo
destruye. Nada permanece inmóvil, todo es relativo: «Lo que hoy es moderno /
mañana será pasado / y ayer era ficción», reza el poema.
Cuando mi madre se
desperezó, estuve tentado de mostrarle la fotografía rota para cerciorarme de
que, en efecto, era ella con mi padre, pero algo me detuvo. ¿Si aquella mujer
que creía que era mi madre era, en cambio, la misma que la de Wiesbaden? ¿Cómo
cerciorarme de una u otra cosa? En un momento en que ella fue a la cocina y yo
me quedé solo en la salita, cogí las dos fotografías y comparé las piernas:
parecían ser las mismas; pero, no lo podría asegurar, es posible que mi
imaginación estuviera jugando conmigo. Las únicas piernas que distinguiría de
cualesquiera otras son las de Soledad, tan exploradas y miradas las tengo.
Al caer la tarde
hablábamos de mi matrimonio. Mi madre deseaba morirse siendo abuela, aunque
tanto Soledad como yo la habíamos advertido de la posibilidad de que ese día no
llegara. Supongo que así deben de ser todas las madres. Ella hacía caso omiso a
nuestra advertencia y confiaba en que no tardaría el día en que alguien llegara
a su casa para darle la noticia del embarazo de Sara, ya que a nosotros nos
había descartado hacía tiempo y, en cuanto a Isabel, bueno, a Isabel la considera
una niña y no concibe que ésta hubiera crecido, se hubiera hecho fértil y
alguien la haya podido mancillar. Sé que mi madre es consciente de lo falso de
esa ilusión, pero prefiere vivir en ella. «¿Para cuándo el niño?», insistió una
vez más. Le volví a explicar que iba a ser un poco dificultoso: los viajes de
Soledad, sus clases, mi trabajo. No le mencioné que estaban a punto de
despedirme, mucho menos que Anabel, mi secretaria, estaba ansiosa de acostarse
conmigo y, ¿a qué fin negarlo?, yo con ella. Después me di cuenta de que
preguntaba Sara, no por nosotros; pero ya era tarde para rectificar y ella hizo
como que nada había pasado.
-¿Cómo le va a Itúrbez?
-Hace tiempo
que no sé nada de él.
-¿No
trabajabais en la misma empresa?
¿Cómo
explicarle que le habían exonerado de sus obligaciones? Sería como admitir que
yo también estaba a punto de seguirle los pasos.
-De vacaciones. Un viaje al extranjero -¿qué, si no?
-Igual ha
coincidido con Soledad.
-Es posible
–de pronto se me ocurrió-. Creo que se ha ido a Alemania, a Wiesbaden. ¿Tienes
idea de por dónde queda?
Meneó
la cabeza, ni siquiera le salía la voz para negarlo. Le volvió el malestar y se
excusó por ello. Tenía que acostarse. Hoy había sido un día con demasiadas
emociones.
-Digo tu visita. No te esperaba hasta las Navidades.
No
le respondí. Había quedado claro que no deseaba ni siquiera la mención de
aquella mujer. Si quiero ahondar en el asunto, no tendré más remedio que
pedirle ayuda a Soledad, cuando regrese de las jornadas de Verona, que será
dentro de unos días. Esta gira por Europa ha durado más de lo previsto y ya
empiezo a resentirme de tan larga ausencia. Nunca había faltado tantos días
seguidos ni yo había recibido tan pocas llamadas suyas. Al menos, yo sí la
llamo, menos de lo que desearía, porque temo interrumpir alguna reunión, charla
o conferencia, no me ha advertido nada sobre horarios. En cuanto a Anabel, esta
noche consultaré con la almohada. Hace un rato tan sólo que me ha telefoneado y
preguntado por una resolución: ella se queda si nuestra relación prospera. He
demorado la respuesta, claro. Mañana pondré las cartas sobre la mesa; lo que
ocurre es que todavía no sé con qué cartas cuento, algunas me las oculto a mí
mismo y tengo que voltearlas esta noche. Hace poco más de un mes habría
rechazado su propuesta sin más dilación; de entonces para acá he cambiado. Tan
sólo un mes y yo no soy el mismo, algo me lo indica. Seguramente no seré ese yo
interno, inmutable, el yo que me acompañará desde mi nacimiento hasta la
muerte. No, no debe de ser ese yo, sino otro, el yo externo e intranscendente,
volátil, que varía según las particularidades en las que se ve envuelto.
La
prolongada ausencia de Soledad, el más que probable despido en el trabajo, el
coqueteo de Anabel, incluso el arcano de la mujer de Wiesbaden; todo ello me
conduce a los brazos de mi secretaria. Ya no soy sólo yo, soy algo más; un yo y
mis circunstancias. No tengo voluntad suficiente para oponerme a la corriente y
toar río arriba.
VIII
Las
reuniones familiares nunca han sido de mi agrado, por eso me resistí a acudir a
la cena de hace unos días. Claro, fue una resistencia más aparente que real:
Isabel, mi hermana pequeña, se casa dentro de dos meses y, para anunciarlo a
todos, nos reunió en casa de nuestra madre. Allí estaba la cabeza de familia
con su hermano, a quien no veía desde hacía años y con quien apenas algún
miembro de la familia tiene relación; Soledad y yo, ¡ah! e Itúrbez, que eso
como de la familia, el bueno de Itúrbez, que venía a tener dos familias, la de
Soledad y la mía. Mi otra hermana, Sara, la mayor, no asistió, «le es
imposible», me dijo Isabel, y yo no pregunté. A mí mis hermanas siempre me han
considerado como una especie de oveja negra entre ovejas blancas. Isabel nunca
lo expresó de forma abierta; en cambio, Sara no cierra la boca en cuanto me ve.
No es ningún secreto que no nos llevamos muy bien, siempre hemos estado un poco
distantes, nos hemos mantenido al margen de nuestras vidas para vivirlas de
forma independiente, demasiado independiente, pero es lo que hay. Por el
contrario, Isabel y Sara siempre han estado muy unidas y de fijo que las dos se
habrán sentido un tanto decepcionadas por no coincidir en aquella cena. Lo
arreglarán, estoy seguro, con una despedida de soltera por todo lo alto.
La
pequeña Isabel, ¿quién lo iba a decir? Para mí es la pequeña Isabel, para mi
madre su «niñita». El semblante dela novia estaba radiante de felicidad; el novio,
empero, Julián, un leguleyo que no cesaba de hablar, tenía un rostro oscuro, me
refiero a sus expresiones faciales, no al color de la tez. Julián no sonreía,
al menos no le he visto sonreír ni con la boca ni con los ojos.
En
cuanto se pasó al café y a la copa, la conversación fue tomando derroteros más
acalorados, sobre todo cuando alguien, creo que Itúrbez, mencionó a unos
ecologistas que habían protestado por unas pruebas nucleares que se habían
realizado en el mar. Julián se excitaba con el tema y los demás veíamos en él
lo que tal vez a Isabel le había pasado desapercibido, o sí se había dado
cuenta de ello y no le otorgaba importancia alguna: no controlaba las emociones
y se dejaba gobernar por ellas. Julián aseguraba que el hambre acabaría por
matar toda la vida en el planeta.
-¡Qué memez? –saltó Itúrbez, no sé si por provocar la iracundia del
novio o para refocilarse de él- ¿Cómo puede el hombre llevar a cabo tal
dislate? ¿Qué se creerán esos rábulas que es el hombre: un ser todo poderoso?
Un
poco hastiado del matiz que tomaba la conversación, salí al porche para que el
aire fresco de la noche aliviara los humores que el alcohol me había provocado.
Me senté en el poyo y contemplé tranquilo el cielo estrellado. Al poco empezó a
escucharse música dentro; luego, risas y voces. Conseguía abstraerme de todo
ello, cuando salió Isabel y se sentó a mi lado en silencio, confiando en que yo
lo rompiera. Entre los dos mantuvimos una lucha en el mutismo que, como siempre
de niños, ganó ella.
-Parece un buen chico –le dije.
-Sí; lo es,
a pesar de las apariencias. Un poco engreído, tal vez.
-Imagino
que conseguirás cambiarlo.
-Supongo.
-Si no, lo
hará el tiempo.
También
ella, la pequeña Isabel, ha cambiado con el tiempo. Se mostraba menos arisca
conmigo, aun sin llegar a manifestar un cariño fraternal, acaso una ligera
preocupación, mejor interés. Por qué no llegamos a congeniar como ella con
Sara, es algo que no me explico. ¿Porque las mujeres forman un mundo aparte y, en
el caso de mis hermanas, excluyente? ¿Quién sabe? El caso es que mientras ellas
se encerraban en un cuarto a jugar, yo me aburría en solitario, mordido por los
celos. Me costó mucho acostumbrarme a aquella situación: Isabel y Sara yendo
juntas a todas partes y compartiendo todo; incluso me apartaban los besos
fraternos, los abrazos; me expulsaban de su compañía a empujones y se reían y
se burlaban. Sólo con los años, cuando Isabel entró en la adolescencia, me
permitió abrazarla, cogerla de la mano e, incluso, besarle la mejilla. Ya para
entonces yo la había suprimido de mi compañía, de manera que todos aquellos
actos de cariño no eran más que fórmulas vacías. Así convivimos hasta que la
muerte de nuestro padre no aunó en cierto modo, a Isabel y a mí, porque Sara
aún hoy se halla tan distante de mí como lo estaban las estrellas que
contemplaba esa noche, al lado de mi hermana pequeña.
-Me gustaría que por una vez, aunque sólo sea una vez, Sara y tú no
discutierais. Es mi boda.
Lo
dijo sin tener la convicción de que fuera a cumplirse, como una súplica elevada
al cielo y que no tenemos la certeza de que alguien nos escuche desde tan alto;
de todos modos, ¿a qué fin un dios, que es todo perfección, que por ese mismo
motivo carece de las pasiones humanas y ningún sentimiento le puede dominar; a
qué fin ha de molestarse en unas insignificantes criaturas? No era una
expresión de deseo, la de Isabel, sino de deprecación, casi de imprecación. Con
ello estaba exhortándonos a contener nuestro afán de lucha.
-¿Qué ocurre
ahí dentro?
-Mamá ha
puesto el viejo gramófono, parece mentira que todavía funcione, y están
bailando. Tenías que haber visto a mamá y a Julián, con lo patoso que es. En
cambio, Itúrbez y Soledad parece que han nacido muy avenidos para esto del baile.
-Sí; eso es
cierto.
-¿Te
acuerdas de cuando os casasteis? Bailaron más ellos dos juntos que el resto de
invitados.
-Ya sabes
cómo es Soledad. Le encanta mover el esqueleto. A mí no me va.
-Sí. En eso
no has cambiado. Ya tenías dos pies izquierdos de pequeño.
-Nunca
quisisteis enseñarme. Preferíais bailar vosotras dos antes que conmigo.
Metí
la pata con aquel comentario. Isabel frunció el ceño, arrugó la faz, se levantó
echando humo y entró en la casa, no sin antes dirigirme una de esas miradas
elípticas de vieja bruja a punto de echar el mal de ojo. No dijo nada, no lo
necesitaba, su mirada lo decía todo. Me sentí perforado por ella, por la
mirada. Cuál no sería mi sorpresa, cuando al rato volvió a salir y a sentarse a
mi lado. Esta vez no hubo pulso. Bueno, no exactamente un pulso, tampoco un
reto. En Francia tienen una expresión que viene más al caso: «tour de force»,
resulta más preciso; «tour», como torre defensiva; «force», como fuerza; la
fuerza de un torreón defensivo. Isabel y yo nos atacábamos sin movernos, porque
nuestra lucha era defensiva. Protegíamos nuestro territorio, el torreón, la
«tour» francesa, nuestros pensamientos más íntimos.
-Perdona.
-No;
perdona tú. La culpa ha sido mía. No tenía que haber traído al presente lo que
ya pertenece al pasado. Lo hecho, hecho está. Está muerto.
-El pasado
nunca muere, forma parte del presente, de lo que somos.
-De
cualquier forma, por mi parte todo está olvidado.
-Debiste de
haber sufrido mucho entonces.
-Bastante.
-Tienes
razón al guardarnos tanta inquina. Lo comprendo.
-Hay cosas
que es mejor dejarlas estar.
-Ésta es
una de ellas. Aun así, espero que nos perdones por lo que te hicimos sufrir.
-Por mi
parte no hay nada que perdonar.
Volvió
a entrar en la casa más cabizbaja que la primera vez. Iba a desearlo un
matrimonio más feliz y duradero que el de Sara, pero antes de soltar la primera
palabra ya me pareció una estupidez. Que Sara se haya divorciado tan rápido
como se casó no era asunto mío, ni siquiera de Isabel. Nadie es perfecto, así
que nadie tiene derecho a criticar los erros ajenos, ni tampoco a orearlos.
Meterse a gobernar donde no hay piloto es ruin y digno de todo reproche. Quien
alza la voz a airear los trapos sucios del vecino acaba siendo apuntalado por
el índice del resto de vecinos. Somos sacos llenos de prejuicios y necesitamos
que alguien los vacíe, pues la razón es la que nos nuble el entendimiento.
Finalmente,
bailamos, Soledad y yo. Fue bajo los acordes de un vals, cuando ya nadie quería
bailar, y mucho menos un vals. A mí me dio por ello y Soledad consintió. En
fin, quedamos todos emplazados para dentro de dos meses, el día de la boda.
IX
Fue
una locura y me arrepiento de ello. El sentimiento de culpabilidad me ha estado
royendo las paredes del cerebro hasta el punto de desquiciarme, hostigándome
con las túrdigas arrancadas. Habíamos acordado el lugar, un hotelucho de villa
marinera. No era más que domingo, uno de esos días en que la gente se dedica a
pasear con su pareja, como si los domingos hubieran sido instituidos ad hoc:
para pasear con su marido, con su esposa, con su novia, su novio, sus hijos
pequeños que ya no lo son tanto y que los padres insisten en que son sus
pequeños, como mi madre con Isabel, que no tienen la edad suficiente para salir
solos un domingo o con sus amigos. Los domingos son los elegidos para llenar
las aceras con matrimonios que se detienen en mitad de ellas para ver un
escaparate donde no han de entrar, para saludar a otros matrimonios
dificultando el paso a los demás viandantes, sean éstos más matrimonios o
grupos de adolescentes o solitarios buscando consuelo con los ojos ajenos, hace
poco he visto Locuras de verano, con
Catherine Hepburn, y, entonces, el encuentro se convierte en tapón y los transeúntes
se ven obligados a rodearlos y acaban de forma irremediable en la carretera,
sorteando los automóviles que pasan cautos, conocedores sus dueños de la
invasión. Soledad y yo no acostumbrábamos a pasear los domingos. Nos hastiaba
ver tanto matrimonio.
Según
estaba convenido, llegué un par de horas antes que Anabel, como si eso fuera
suficiente para burlar posibles miradas indiscretas. Fueron dos horas
angustiosas, próximas a la agonía unamuniana; claro que la suya fue más
religiosa; la mía, en cambio, resultaba más prosaica: quedarme allí aguardando
la venida de mi secretaria o marcharme a una casa solitaria, Soledad había ido
a Córdoba a otra de sus convenciones, cada vez más frecuentes. Es fácil
mantener la palabra dada, cuando no existen tentaciones en su contra. Adán
sucumbió a los encantos de Eva y ésta a los del ángel caído, Lucifer, quien ya
se había desligado de su dios atraído por el sabor a libertad, el mismo dios
que rompió el pacto hecho con Adán, abandonándolo a su suerte. ¿Puedo yo resistir
a aquel cuerpo que, desnudo, eclipsa a la luna de los juglares? Oí sus pasos
acercarse a la puerta y detenerse delante de ella para guardar silencio durante
unos segundos. Daba la impresión de que Anabel sopesaba si abrirla ella misma o
llamar; sin duda no le cabría la duda de si volver o continuar, sobre todo
después de tanto tiempo de porfía. A pesar de estar sobre aviso, me sobresalté
al escuchar los golpes dados con los nudillos. No daba abasto el corazón a
expulsar la sangre, cuando la recibía de vuelta.
En
el encuentro furtivo me sentí como se debía de haber sentido Leandro la primera
noche que se reunió con Hero en Sestos, y aquella congoja que irrumpió dentro
de mí más tenía que ver con la última escena del film de Korwalsky, el suicidio
de Kodra, que con el regocijo que la presencia de Anabel tenía que provocarme.
Al fin y al cabo, aquel encuentro clandestino no era otra cosa que una
violación del matrimonio, porque las violaciones no sólo son físicas o
psicológicas, también lo son de este otro tipo, más mentales, de conciencia.
Comenzamos
con unas copas y una charla en absoluto insubstancial, con un ligero temblor en
cada frase. Los dos nos movíamos a tientas deseando dejar atrás aquel terreno
embarazoso. En ningún momento nuestras miradas se detuvieron enfrentadas,
evitábamos dirigirlas hacia la cama. Eludíamos la responsabilidad de ser el
primero en afrontar el tema. Si estábamos allí los dos era para acostarnos y no
para conversar, para eso no hacía falta escabullirse. Seguíamos de pie sin osar
sentarnos, bien es verdad que sólo había una silla, hasta que Anabel se
decidió: «tengo los pies molidos», musitó, como pidiendo disculpas. Se sentó al
borde de la cama y se quitó los zapatos. Yo, que sostenía en la mano una copa
de whisky, me convertí en un manantial de sudor: la frente rezumaba agua sin
cesar y las manos se licuaban; a punto estuvo la copa de resbalarse y dar en el
suelo. Me sequé con un pañuelo dándole la espalda a Anabel.
-No hay motivo para ponerse nervioso –dijo muy quedo-. Si no quieres
seguir, podemos aplazarlo para otra ocasión.
Se
levantó, se acercó a mí, aun vuelto hacia la puerta. Me rodeó con los brazos.
Notaba sus senos aplastados contra la espalda y percibí una excitación nueva.
Me volteó con suavidad hasta quedar uno frente al otro. Nos besamos y me dejé
conducir. A medida que la ropa se iba desprendiendo y Anabel iba apareciendo a
mi vista, desaparecía toda hesitación en mi cabeza. Tenía que rozar aquella
piel, palpar los senos, hundir mis dedos en sus nalgas, sorber el aliento de su
boca con la boca mía. Ni siquiera estoy seguro del momento en quedé desnudo,
sólo percibí un atisbo de consciencia cuando su mano agarró mi pene y juntos
nos desplomamos sobre la cama.
Antes
de Soledad era demasiado impulsivo, irreflexivo, obsesionado con la sola idea
de follar. Con Soledad encontré el acto sexual como un acto de comunión, como
un acuerdo para compartir la cama, lo mismo que si fuera una comida o la
televisión. Con Anabel, por contra, todo resultó diferente. Con ella todo fue
pasión, nada de hablar de amor ni de compromisos ni de «mañana tengo que
madrugar», como apurando para dar término al desahogue. Con Anabel fue el sexo
egoísta en que cada uno busca desesperado su propio placer.
-El próximo viernes podríamos vernos aquí mismo, si te parece.
¿Si
me parece? Claro que me parecía. Hacía muchísimo tiempo que mi mente no se
libraba de las ataduras diarias. Con Soledad todo era tan fríos, tan
inexpresivo. Para el viernes, pues, quedamos en reunirnos de nuevo.
-Podemos ir juntos a la oficina –me insinuó al tiempo que nos vestíamos.
-Es mejor
que no; ya sabes, por el qué dirán.
-Sí, claro.
No es bueno que el jefe se líe con la secretaria.
-No es eso,
mujer, y tú lo sabes. ¿Cuánto crees que tardaría Soledad no saber lo nuestro?
Cuando
esa mañana entré en casa, lo primero que hice fue poner el concierto para viola
de Hassenteilen y escucharlo en el sillón con los ojos cerrados para rememorar
la noche pasada. Poco a poco el rostro de Anabel se fue perdiendo en
desfiguraciones y en su lugar asomaba, cada vez con mayor énfasis y nitidez, el
de Soledad. Pensé en la Soledad engañada, en mi carencia de escrúpulos, en el
desliz que acababa de cometer; sí, un desliz que no habría de repetirse. Fue un
momento de debilidad, me dije. Estaba sumido en la desesperación, dejado de
lado por una esposa ocupada en sus propios asuntos. El despido me aguardaba a
la vuelta de la esquina, la frustración se había instalado en Wiesbaden,
Soledad se encontraba lejos de mí. ¿En qué hombro apoyarme, a qué oídos
confesar mi fracaso, sino Anabel?
No
sé si debería contar este desliz a Soledad. Supongo que es una locura, una
insania. No me comprenderá, al menos yo, en su lugar, no lo comprendería. No
elevaré a los cielos el me culpa, me
limitaré a silenciar el asunto. Además, he resuelto no presentarme a la cita el
próximo viernes, disfrutaré esa noche con mi esposa: saldremos a cenar a un
restaurante de esos que a ella tanto le gustan, pasearemos abrazados con la luz
de las farolas como testigo, haremos el amor con la misma pasión de cuando
apenas nos conocíamos... y todo volverá a ser lo mismo.
Estos
dos días han sido horribles. No sé disimular y, además, temo que todos estén al
tanto de la aventurilla. Noto cómo me miran al pasar y los veo murmurar hasta
que aparezco ante ellos; entonces, se callan y simulan no haberme visto. Paso
entre ellos exudándome todos los poros de la piel, hago un esfuerzo ímprobo
para que las piernas no titubeen: izquierda, derecha, izquierda, derecha... me
concentro en los pasos, como si estuviese desfilando en una compañía de
infantería. Me siento aliviado detrás de la mesa del despacho, excepto si
Anabel entra; en ese momento vuelvo a sudar por todas lados y me imagino que
todo el mundo nos están espiando, señalando con el dedo y riéndose de mi
confusión. ¿Cómo lo hará Anabel? A ella se la ve tan natural, sin pizca de
molestia.
Ayer mismo tuve que salir de la
oficina por la tarde para dar una vuelta y calmarme. Andando llegué a la calle
en donde vivo. Allí estaba yo, en plena calle, la más concurrida, una de esas
calles de las que las grandes urbes, las ciudades millonarias como Madrid,
Barcelona o Sevilla, están llenas y ya no se las pueden llamar calles,
principales, porque son tantas que ninguna sobresale por encima de la otra,
calles modernos que no son más que una sucesión de tiendas y establecimientos
de consumo con reclamos de todo tipo en busca de clientes. Son como flores que
orean sus llamativos pétalos y sus fragancias a fin de captar la atención de algún
insecto volador. Así son las calles modernas; por eso, si cerramos todos esos
establecimientos, la calle deja de tener sentido; los matrimonios buscarán
otras calles para pasear, porque ya no podrán detenerse delante de los
escaparates a mirar, ni podrán entrar en ese bar o aquella cafetería. Aquélla
era mi calle, parte de ella al menos, o más bien yo era parte suya, pues en
ella vivo, en un tercer piso que antes había tenido un dueño aborrecible;
cuando lo compramos, las paredes lucían un excesivo de agujeros, la pintura
estaba tiznada y descuidada, el suelo precisaba un buen pulido. Lo adecentamos
con gran ilusión y no tardamos en apropiarnos de él, en hacerlo parte de
nuestra vida, la de Soledad y la mía.
Sin
duda ella se lo ha tomado mejor, me refiero a Anabel. Camina en medio de las
otras secretarias con la frente altiva, pavoneándose como una colegiala que ve
a sus iguales muy por debajo de sí. ¿Presumirá de ser la amante del jefe? Me
entra pavor cada vez que pienso que mi matrimonio, no tano mi trabajo, está en
manos suyas. Tengo que convencerme de que le gusto por lo que soy. No lo
consigo. No me atrevo a contradecirla, a decirle que lo nuestro no conduce a
ninguna parte, que el próximo viernes lo pasaré con mi mujer. Si lo hago, si la
abandono, por despecho se lo contará todo a Soledad. Definitivamente tendré que
apechugar con el adulterio mal que me pese. Sea como fuere, no me permitiré
llorar por la yedra. Acaba de llamarme Soledad para avisarme de que llega esta
misma tarde, dentro de un par de horas, tres a lo sumo. Han sido horribles,
estos dos días. No sé cómo podré mirarla a los ojos y seguir diciéndole lo
mucho que la quiero. No es que le mienta, es que no será toda la verdad, y
ocultar la verdad, aunque sólo sea parte de ella, es engañar o algo parecido a
insultar. ¿No le producirá más dolor saber que la he engañado? Cuando mi madre
me ocultó lo que ella sabía sobre la mujer de la fotografía, me apesadumbré no
porque me mintiera, sino porque ello significa que me aparta de sí, me rechaza.
Quizás Soledad acabe con ese mismo pesar y, entonces, sí que no volveremos a
ser igual que somos ahora. ¡Ojalá me muera antes que ver en sus ojos la
decepción! ¡Cuánto mejor es permanecer en la ignorancia! La ignorancia nos hace
felices. ¿Qué nos puede importunar aquello cuya existencia desconocemos? ¡Qué
dichosa vida la de los que se apartan de este mundo!
X
Contemplando
a Soledad mientras duerme me doy cuenta de lo mucho que la amo. He encendido la
lamparilla de la mesita, y la luz se agarra a su cara, tan plácida, tan ajena a
mis turbulencias. Si por mí fuera, la llenaría de besos, haría el amor
engarzado a ella hasta el amanecer. Veo su quietud, su paz, mientras yo me
consumo por dentro. Es la primera vez que le oculto algo tan sustancial, el
desliz con la secretaria que tanto me atormenta. Espero que se mantenga
encerrado por toda la eternidad. De momento me conformo con esta vigilia mía,
en la que comparto mis sueños con Soledad, porque también en el sueño se
comparte la vida, no digo las fantasías del subconsciente, sino el descanso
mórfico de la conciencia.
Ante
mí tengo la fotografía de la mujer de Wiesbaden. Al final, ni la he devuelto al
álbum ni la he licenciado al cubo de la basura, como pensé hacerlo tantas veces
desde la ya lejana visita a mi madre. De tanto fijarme en ella, ya casi tengo
memorizadas sus facciones, y no sólo le atribuyo unos ojos azules, sino que
también a las flores del jardín les confiero unos colores. Poco consuelo es,
como lo es lo poco que mi mujer ha podido sonsacar a mi madre.
-Le ha
costado hablar sobre ella –me dijo Soledad anoche mismo-. Parece ser que no
llegó a conocerla personalmente, o eso le he entendido.
-¿Te ha
contado el motivo de tanta animadversión?
-No con
exactitud. Sólo que conoció a tu padre durante la segunda guerra mundial y que
tuvieron un romance. Tu padre no se lo ocultó, y ella, tu madre, con el tiempo
acabó por perdonarlos a los dos. Claro que perdonar no es lo mismo que olvidar
o pasar página. Lo que sucede es que hay algo más que no quiso contarme.
Me
contó cómo mi madre le había insinuado que si pretendía llegar más allá de lo
que hasta ese momento había llegado, tendría que prometerle que no vendría a mí
con la lengua afilada; es decir, que no quería que yo supiera más. Soledad no
lo dudó un instante: prefería no tener nada que contarme antes de averiguar
más, sobre todo, lo tengo más que por certero, porque a ella ni le iba ni le
venía aquel asunto, que se lo había tomado a la ligera; en cambio, eligió el
camino fácil: si no sé nada, ningún secreto puedo guardar. Me insinuó que
aquella mujer podría haber pertenecido al ejército alemán, el mismo ejército
que bajo el mandato de Hitler había demostrado lo débiles que son las promesas
de los gobiernos. Nadie ayudó a nadie hasta que ya era demasiado tarde, la
guerra fue un mal menor. Pero, en la fotografía aquella mujer no tenía manos de
soldado, no daba la impresión de que hubieran cogido un arma en su vida: finas,
pulidas, sin mácula; el semblante aquél no era el de una espía fría y
calculadora, aunque ese semblante que la ficción nos ha transmitido de pantalla
en pantalla, es tan falso como la historia en que sale.
Sabía
poco, un dato insignificante. Es inexcusable ahondar más, indagar datos que
puedan acercarme a ella como a una persona, no como una fotografía. ¿Algún
nombre, alguna reseña personal? Soledad meditó unos segundos: ¿se le había
trascordado entre tantos datos? Murmuraba varios nombres, como si estuviera
comparando el sonido.
-¿Y bien?
–me impacientaba.
-No me
acuerdo muy bien, pero creo que dijo que se llamaba Hainish, o algo similar.
-No es un
apellido muy alemán.
-No; no lo
es. Hainish nació en Eisenstadt, en Austria.
-Así que,
en realidad, era austríaca.
Soledad
se ha removido. Ahora la luz no incide directamente en su rostro, sino ladeada
de tal forma, que se aprecian unas arrugas. Sí, son unas arrugas en torno a los
ojos, a la boca, cruzando la frente... Esta misma noche la he juzgado joven,
como si el tiempo hubiera resbalado por su cuerpo sin penetrar en él; mantenía
la lozanía propia de cuando nos conocimos hace tantos años. En tan sólo unas
horas, ¿qué digo horas? en lo que ha tardado en removerse, el tiempo se ha
introducido en ella y la hiere con sus armas odiosas, las arrugas, que no son
sino los pliegues que la senectud nos va dejando. Tan joven ayer, lo mismo que
Hainish en la fotografía, ambas luciendo su altivez, igual que Anabel.
Pero,
Soledad ha envejecido de repente, o así he reparado en ello, tal vez me haya
pasado desapercibido, porque no me haya fijado en ella con tanto detenimiento
como ahora. De todos modos, para mí la vejez le ha venido de sopetón. ¿Quién
sabe si a Hainish le habrá venido también de igual manera al día siguiente de
que la fotografiasen, quizás esa misma noche las arrugas le hayan invadido la
cara, los ojos hundidos en sus cuencas, las pómulos sobresalientes, el mentó
encallecido? Has es posible que Hero, hermosa joven, haya muerto envejecida de
pronto por la inquietud provocada por la dilación en llegar su amado, justo
antes de arrojarse rendida al mar, cuando ve el cadáver que la marea arrastraba
hasta la orilla. Y Kodra, la heroína de Korwalsky, pues no por haberse cortado
las venas dejó de ser una heroína, personaje trágico para un novelista trágico,
un judío más en las duchas de la intolerancia y el fanatismo; esa Kodra se
suicidó después de probar la amargura del paso del tiempo por culpa de una vida
repleta de frustraciones. Todos son pasos, ritmos repetidos sin cesar, como ese
leit-motiv wagneriano de Hassenteilen en su concierto para viola. Todo se
repite, es una espiral sempiterna; incluso, Anabel, ahora disfrutando de su
vigor, habrá de ver en su rostro las huellas de la vetustez... o tal vez no,
tal vez su vida acabe antes de poder tomar conciencia de ella y quizás
acontezca lo mismo que a las otras, y la muerte la sorprenda tras concienciarse
de que ha nacido una arruga en su cara.
Tampoco
yo me escabulliré. Cierro los ojos, intento forjar mi imagen reflejada en un
espejo para analizar los rasgos faciales y descubrir en ellos que yo no soy
joven. No lo consigo, distingo más a fondo cualquier rostro antes que el mío, a
pesar de que cada mañana lo tengo
enfrente mientras me aseo y, por encima de todo, me afeito. De todos modos, no
preciso verme para averiguar lo que me temo; me siento envejecido, más bien no
joven. Sé que me faltan algunos años para engrosar el número de ancianos, pero
son más los que me superan en el de la juventud. En todo ese tiempo vivido ¿qué
he hecho? Apenas nada: jugar sin sentido, cuando infante; cuando adolescente,
travesear con las hormonas; de joven, preparar con estudios y trabajos el
futuro; después, desacelerar los apetitos y mirar hacia atrás para no topar más
que vaguedades. Un día habré de dejar este mundo y luego ¿qué? Nada. De lo que
fui o pude haber sido no habrá constancia, a no ser que alguien, ¿un hijo?
prosiga la vida que a mí, como a todo ser viviente, se me deniega. Viviré en él
y él por mí, juntos para vencer la caducidad; un descendiente con mi misma
sangre pasará a ser el dueño de cuanto he acumulado, no sólo bienes materiales,
sino también mis deseos, mis sueños. ¿Qué hará con ellos? Seguramente lo mismo
que yo con los de mi padre. Nada. ¿Y si no hay descendiente? El canto del rey
Autef, en el antiguo Egipto, comienza de forma desgarradora: «Las generaciones
se desvanecen y desaparecen, / otras toman su lugar, desde los tiempos de los
ancestros, / los dioses que vivieron en otro tiempo / y reposan en sus
pirámides. / Los nobles y los afortunados / en sus tumbas yacen amortajados. /
Habían levantado casa, en lugares que ya no existen. / ¿Qué ha sido de ellos?».
Y sus dos últimos versos, compendio de lo que somos: «Mira, nadie se lleva
consigo sus bienes. / Mira, nadie regresa una vez que se fue».
Cuando
se va ladera abajo y se divisa el fin del camino allá al fondo, aunque todavía
se halle lejos, ésas son las preocupaciones y, llegados a este punto de la
ladera, uno ve estas zozobras desde una perspectiva diferente, y aquellos
problemas tan abrumadores de otrora asoman ahora como bagatelas
insignificantes. Intento apartar de mí estos pensamientos y mi mente me ha
devuelto a La Marmolade, el hotelucho en donde Anabel y yo nos reunimos jugando
al escondite con el mundo entero. Ya me he amoldado a la situación, lo único
que pretendo es aprovechar la ocasión que se me ha brindado propicia: cada
noche descubro nuevos derroteros sensuales, sigo las instrucciones del rey
Autef: «Haz, pues, del día una fiesta / y no te canses de ella». Tres mil
quinientos años después de este consejo, yo lo recojo. De paso, resucito al
autor, como quien hace revivir a un muerto al recordarlo, como cuando pienso en
mi padre... y su aventura con Hainish.
-Si alguna vez te casas –me dijo unos días antes del fatal suceso,
recuperado momentáneamente de su síndrome de Korsakov, extraño caso en que la
memoria parece jugar con el paciente-, hazlo con la cabeza y no con el corazón.
Si
recuerdo ahora aquella admonición, es porque estaba oculta en alguna esquina de
mi cerebro. No suelo pensar en él. Nunca me ha resultado placible memorar tanto
al hombre como al óbito. Casi no hablo de ello con mi esposa ni con mis
hermanas ni con mi madre. Su desaparición me afectó hondamente y creo que
todavía no me he recuperado del toda, después de tanto tiempo. Cuando alguien
pretendía contarme algo sobre su muerte, le rogaba que por lo que más quisiera
se callara, que en nada podía alterar su estado con que yo supiese esto o lo otro.
El solo hecho de mentar su nombre me alteraba, aún me altera en ocasiones. Acaso
se deba a que fue con ello con que entendí lo pasajero de nuestro deambular, la
fugacidad del tiempo, lo poco que valemos, de lo mucho que dependemos de los
demás, porque, como dijo Cicerón, «la vida de los muertos está en el recuerdo
de los vivos». ¡Qué razón la de nuestro Cicerón! Nuestro, sí, pues su nombre ya
no es suyo, sino de todos, todos los conocemos, como si fuera una obligación;
no importa saber cómo fue su vida: el nombre basta. Los nombres que todos
conocemos dejan de pertenecer a un único dueño, porque, una vez conocidos, los
dueños dejan de ser espectros.
XI
El
sábado pasado se celebraron las nupcias de la pequeña Isabel con Julián.
Finalmente, no hubo discusiones entre Sara y yo. Todo transcurrió con la
normalidad propia de tales eventos: alguna salida de tono, provocada por la
borrachera del momento; algunos vítores a los recién casados; un plato que se
hace añicos al caer al suelo; el cava, que se desborda de una botella agitada
en exceso, cuyo tapón aprovechó la circunstancia para desarbolar una lámpara.
Por allí se paseaban gentes que no reconocía, de seguro tampoco ninguno de los
novios había siquiera oído hablar de ellas: compromisos de los padres más que
de los hijos. Aun así, faltaban tantos... Es curioso cómo la gente se agolpa en
los acontecimientos más siniestros en lugar de buscar compartir las alegrías.
Sólo en los funerales se podrán congregar todos los conocidos y sólo para decir
el adiós postrero a uno que fue su amigo. Nadie piensa que le tocará a él en un
futuro cercano aguardar metido en la caja a
que la curiosidad, malsana por norma, de los asistentes se haya
satisfecho con un pésame que a nada conduce, y no hace sino reavivar la llama
del padecimiento. Bueno, lo piensan, pero no lo sienten. Dejamos para mañana el
trato con alguien y, llegado mañana, decidimos postergarlo para más tarde y así
hasta que nos damos cuenta de que el padre, a quien tanto queríamos, se halla
metido en el féretro camino del cementerio; se han quedado tantos abrazos por
dar, tantas cosas por decir, tantos sueños por compartir. Mi padre se fue sin
todo ello, y yo me lo quedé todo sin saber qué uso darle. En esos momentos es
cuando te asalta lo que los alemanes llaman «weltschmerz», el dolor universal,
un dolor que te obliga a replantearte la vida para seguir con ella a cuestas.
Entonces, comprendes que no es el amor ni el sexo ni la amistad ni el poder ni
el dinero, lo que nos empuja hacia adelante, simplemente es el pan y el agua:
si seguimos viviendo, a pesar de todo, es porque nos alimentamos, sin más, sin
romanticismos ni pedanterías; comer y beber, y respirar también, como cualquier
otro ser vivo. Se trata de dejar pasar el tiempo sin esperar nada a cambio,
como el niño de antaño que, sin percatarse de ello, entraba en el mundo de los
adultos el verano en que su madre, en vez de vestirlo con los pantalones de
pernera corta, lo vestía con los de las perneras largas. Es el dejarse llevar,
el hacer festivo cada día.
Después
del ágape, y mientras disfrutábamos del café, la copa y el puro, Soledad se
había liado a charlar con la señorona contigua a ella, una mujer gorda, de
mejillas butirosas, que se había desatendido de su marido, un hombre de brazos
fuertes y manos callosas, cuyo rostro parecía encendido por el rubro líquido de
unas cuantas botellas de vino tinto. Como a mi lado también un señorón beodo
fustigaba la lengua con sandeces, fijé mi atención en la conversación más
pausada de mis esposa y su interlocutora. Hablaban de niños, de los niños de la
rolliza vecina. Soledad no me miró, pero puso su mano sobre la mía, que
reposaba sobre la mesa, olvidada de su amo. ¿Cómo supo que estaba allí? ¿Cómo
consiguió llegar a ella sin mirarla? En un momento, que la corpulenta señora
tomó para respirar un poco, Soledad volvió sus ojos a los míos y en ellos clavó
su mirada.
-Tal vez deje la Filarmónica.
-¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? Pensaba que ya lo tenías decidido, que
continuarías con la enseñanza y la interpretación.
-Los viajes me cansan cada vez más. Con las clases en el conservatorio
estoy más a gusto y tendré más tiempo libre.
-Creía que te entusiasmaba la viola.
-Me entusiasme, pero con tanto viaje se me van las ganas poco a poco.
Prefiero tocarla como afición y dedicarme en exclusiva a las clases. Además,
con el tiempo que me quede... podríamos tener un niño –y se calló.
Se
quedó mirando mi reacción. Por fortuna, nunca la música fue tan oportuna: la
orquesta anunció el comienzo del trillado vals de Strauss. Todos los invitados
nos volvimos hacia los recién casados, sino Soledad, que continuó todavía unos
segundos más con su mirada puesta en mí. Tras los primeros pasos de los novios,
Itúrbez se acercó a nuestra mesa y, tras un escueto saludo, se ofreció a Soledad
para el baile, acompañado del habitual «si no te importa» dirigido a mí. Me
sentí aliviado en cierta forma, aunque era consciente de que en cuanto
llegásemos a casa me las vería de nuevo con ella y allí, sin posible huida, tendría
que afrontar la proposición. Quizás podría considerar lo del hijo como una
solución a lo que últimamente nos sucedía y callábamos. Cada día nos vamos
separando más, un peldaño tras otro uno de los dos sube la escalera mientras el
otro baja. ¿Podría ser aquella una llamada de socorro de Soledad, un
intentémoslo antes de que todo termine?
Supuse
que, como siempre, Itúrbez y Soledad bailarían hasta que sus piernas no
pudieran más, así que busqué a mi madre para sonsacarle algo de Hainisch. La
hallé sentada con Sara. Dudé si acercarme a ellas o mantenerme a distancia;
temía discutir con mi hermana, encorajarnos y estropear con ello la boda de
Isabel. Determiné aguardar a que mi madre estuviera sola, pero en ese momento
vi que la pequeña Isabel se les acercaba, justo cuando Sara se levantaba; se
cruzaron mis dos hermanas, apartaron la vista una de otra y tomaron caminos
opuestos. ¡Se habían enfadado! Tan unidas siempre y ahora, en este día tan
memorable para la pequeña Isabel, se ignoran. No es que me haya alegrado por
ello, ni mucho menos; pero, sí sonrió mi alma de que algo se había roto entre
ellas. Naturalmente, me invadió el prurito de averiguar el motivo de tan gran
infortunio, así que, en cuanto la pequeña Isabel se quedó a solas, aguardaba a
que Julián se le reuniera en la terraza del restaurante, la importuné con mi
curiosidad.
-Hace un par de años discutimos –me explicó-, y desde entonces no nos
hemos vuelto a dirigir la palabra.
-No sabía
nada. Siento oír eso.
-Fue la
última vez que visitamos a mamá por Semana Santa. Tú te habías ido con Soledad
a un concierto de la Filarmónica, creo fue en Murcia.
-Sí; me
acuerdo. Se estrenaba como solista.
-A la hora
de acostarnos mamá nos había preparado la misma habitación en la que dormíamos
de jóvenes. Nos desvestimos, nos acostamos, nos aprestamos la una contra la
otra y nos dispusimos a despellejar a todos los que conocíamos sin dejar hueso
sano. Sara comenzó a toquetearme de una forma... Ya me entiendes. Le dije que
parara, que a mí no me iba; que éramos hermanas, que aquello no estaba bien,
aunque yo estuviera por la labor. Luego, bueno, todo se complicó: nos llamamos
de todo, nos gritamos, llegamos a las manos... -profundo silencio, silencio de
muertos-. Supongo que mamá nos habrá oído, pero al día siguiente se comportó
como si no hubiera pasado nada –nuevo silencio, un abismo de silencio-. ¿Qué
piensas?
Jamás
habría imaginado aquello. No es la homosexualidad de Sara lo que me ha dejado
alucinado, sino el incesto, el intento de incesto más bien. Siempre había pensado
que aquella relación entre hermanas se acercaba demasiado a lo ilícito, pero lo
achacaba a la envidia, a los celos por hacerme partícipe de sus juegos. En este
asunto no comparte las ideas de Paracelso: todo es bueno en su justa medida.
Teofrasto Bombast von Hohenheim, alias Paracelso, la picazón del erudito me ha
dominado y tenía que decir el nombre completo, considera que «nada es veneno,
todo es veneno», dado que «la diferencia está en la dosis»; pero, la relación
entre dos hermanos no es la misma que entre otras dos personas, que un hermano
es un hermano, ni mucho ni poco, sencillamente un hermano.
-Me
preguntó qué pensará mamá. Ya sabes que tú eres su preferida; Sara lo era de
papá.
-Te
equivocas; lo eras tú. En casa todos conocíamos la inclinación que él sentí por
ti.
-Pues bien
que lo disimulaba.
Daba
la impresión de que Isabel anhelaba abrirme el corazón de par en par y soltar
fuera algún secreto, como la razón por la que nuestro padre, mi padre, me
prefería a mí, que tanto le desdeñé. ¿Y si también ella era portadora de la
verdad sobre Hainish, sobre la razón por la que nuestra madre odiaba tanto a
aquella mujer? Es obvio que tenía razones para ello; pero, la había perdonado
y, sin embargo, su rencor le superaba. Ya estaba yo a punto de meterme a
averiguar lo que Isabel sabía, cuando todo se quedó en nada: Julián apareció
con su estúpida sonrisa en los labios y me arrebató a mi hermana pequeña. «Voy
a cambiarme de ropa», me dijo muy quedo al oído mientras agarraba mi brazo. La
desazón me vendría más tarde, a la hora de los entremeses, parca sustitución de
la cena. Sara se me acercó para despedirse y, de paso, para pedirme que me
despidiera de Isabel en su nombre.
-No sé si sabrás que no nos hablamos.
-Sí, lo sé.
No os distinguís precisamente por disimularlo. Además, Isabel me lo ha contado
todo.
-¿Y qué te
parece?
-Tus gustos
sexuales no son asunto mío. Lo que intentaste con ella.... ésa es harina de
otro costal. Hasta tú debes de saber que no ha estado bien.
-Estarás
contento de ver a tus odiosas hermanas en esta situación.
-Ya no.
Tengo muchas preocupaciones y vosotras, tú, no eres una de ellas.
-Ya me he
enterado que andas por ahí preguntando sobre Hainish. ¿Es ésa una de tus
preocupaciones?
-¿Sabes
algo de ella?
-En casa la
conocíamos todos; excepto tú, claro. Nunca fuiste muy espabilado.
-¿Por qué
me lo habéis ocultado? ¿Quién era?
-Papá nos
lo hizo prometer. Ya que andas tan atareado te diré, si quieres, a qué se
dedicaba, al fin y al cabo bien pudiera haber sido parte de la familia. Cuando
papá la conoció aún no había comenzado la guerra y ella se dedicaba a patear
despachos de un lado a otro. En cuanto Alemania invadió Polonia, Hainish fue
destinada a no sé qué departamento militar. Cuando papá se enteró de que
formaba parte de una comisión que facilitaba la identidad de judíos para los
campos de exterminio, la abandonó sin más.
-¿Y eso es
todo? ¿Tanto misterio para tan poca cosa?
-Por
supuesto que hay más. Esto es lo que te puedo contar yo. El resto tendrás que
preguntárselo a mamá. Has aquí puedo leer... Ahora me tengo que ir, así que...
acuérdate de despedirme de Isabel.
-¿A qué
tanta prisa?
No
me contestó. Puede que no tuviera una respuesta. Nos despedimos con un abrazo
breve y apagado, nada besos. Si mal no recuerdo, ésa fue la segunda vez que nos
dimos un abrazo; la primera había sido en el funeral de nuestro padre, y el
abrazo se prolongó algo más de tiempo y más afectuoso.
Hacia
las doce de la noche Soledad se sintió indispuesta: se quejaba de una migraña
repentina. Por supuesto, me ofrecí a retirarme con ella; sin embargo, insistió
en que me quedase, pues que Isabel aún me necesitaría para ciertos trámites
finales; además, Itúrbez se había brindado a acompañarla. Las dos siguientes
horas fueron interminables, de modo que sentí un gran alivio cuando di por
terminadas mis funciones y pude escapar del restaurante. Lo hice andando, de
todos modos no distaba mucho de mi domicilio. En los soportales de un edificio
dos jovenzuelos se besaban con fruición y despreocupados de miradas ajenas,
ocultas las manos bajo la ropa, la piel del rostro enrojecida. Recuerdo que los
miré casi con desprecio, como si estuvieran infringiendo alguna normal moral,
olvidado de que también yo me viví esos momentos. ¡Qué pronto tardamos en negar
lo que fuimos! Todo eso que obviamos nos fue marcando hasta formar lo que
somos, los mínimos detalles y las grandes manifestaciones, como cuando una
madre sale a buscar a su hijo pequeño, ya anochecido, y a nalgazos e
improperios lo conduce a casa bien agarrado del brazo; o la vez en que ese niño
levanta la falda a una muñeca de su hermana con el solo propósito de ver qué
hay debajo, como si no tuviera el certero conocimiento de lo que va a
encontrar. Todo eso, querámoslo o no, forma parte nuestro, y negar lo que
fuimos o lo que hicimos es lo mismo que negarnos a nosotros mismos.
En
tanto pensaba en aquellos dos jóvenes del soportal, se me vino a las mientes
una muchacha que había visto en el banquete: su minifalda, que apenas si
llegaba a ocultar el arranque de las nalgas; imaginé los prietos glúteos, la
virgen ingle, los senos inexplorados... Meneé la cabeza para apartarla del
pensamiento, para expulsarla de la cabeza, como cuando apartamos la mano en un
acto reflejo apenas toca involuntaria un metal caliente: era una niña,
seguramente apenas entrada en la edad adulta, sólo una niña y yo un viejo, no
uno de tantos que lo único que esperan de la vida es que termine pronto, como
los ancianos que pasan el día con otros ancianos, recordándose a sí mismos que
la muerte no demorará muchos años, puede que meses, en venir a buscarlos, y
hasta ese momento se dedican a dormir en los geriátricos sobre grandes divanes
o incómodas sillas, siempre la misma cansina actitud de quien ya ha llegado a
su decrepitud y aguarda a que le destinen; son vivos sin esperanza, muertos que
todavía no saben que lo están, residuos de la vida. Envejecemos de pronto, no
poco a poco. Un día nos acostamos por las piernas de aquella joven que nos
encontramos en la calle, aquel culo tan perfecto. A la mañana siguiente nos
levantamos, volvemos a la calle y de nuevo encontramos a la misma joven con las
mismas piernas y el mismo culo; pero, cuando la vemos pasar, deja de ser una
mujer y se queda en niña, ya no nos excita, ni sus piernas ni su culo.
Comprendemos que hemos envejecido. Su cara ya será de niña para siempre, porque
no es la edad la que tiene cara, sino la edad desde la que se mira, ésa es la
verdadera cara. Somos viejos cuando estamos seguros de que ya no somos jóvenes.
Cuando llegué a casa, serían las cuatro de la madrugada y Soledad dormía
plácidamente: ella también había envejecido.
XII
Según
los mitos eslavos, existe una ninfa acuática de nombre Rusalka. Esta deidad
femenina, lo mismo que las sirenas o los escollos Escila y Caribdis, se
solazaba atrayendo a los hombres para darles muerte. Algo similar me está
ocurriendo con Anabel, mi amante, más propio sería decir amancebada o
concubina, incluso barragana; pero, resulta tan punzante, que se prefiere el
término amante, como si la esposa no
lo fuera o no lo haya sido jamás. Tal es su influencia sobre mí, que esta
semana le he comentado lo del asunto sobre Hainisch, la austríaca de
Eisenstadt, toda la historia, desde que topé la fotografía en el álbum familiar
hasta que supe su relación con mi padre y el trabajo que realizaba en el bando
alemán. Mientras yo se lo relataba, Anabel se arrebujaba con las sábanas, se
movía constantemente y hacía caso de mi historia. Tanto tiempo en el mismo
lecho nos producía ya la misma tediosa sensación que debe de producirles a los
dioses la inmortalidad. ¿Quién viviría eternamente sin volverse loco, sabedor
de que todos los días, uno tras otro, se habrán de suceder los sueños, los
despertares, las comidas, las conversaciones, los amaneceres, los anocheceres?
El placer más grande acaba por desagradarnos si se repite de forma abusiva, la
monotonía nos abruma. ¿Acaso hay algo más repetitivo que la inmortalidad? ¿Qué
hubiera pasado con Kodra si esa cualidad le hubiese impedido el suicidio? ¿No
le habría supuesto una vida llena de tormentos, peor aun que la misma muerte?
Al
final, decidimos salir de La Marmolade y pasear por la calle indiferentes a que
alguien nos pudiera reconocer. La costumbre nos hace descuidados; el descuido
nos trae equivocaciones; las equivocaciones nos traen desgracias. Caminábamos
en silencio, Anabel asida a mi brazo, yo con las manos en los bolsillos del
pantalón, la mirada puesta en el horizonte, tan lejano como inalcanzable. Era
como si nuestra relación estuviese marcado por el sexo, sólo sexo, ningún otro
lazo. A duras penas fue surgiendo la vulgar conversación del tiempo, como para
dar la razón a Hayakawa, para quien el lenguaje no tiene más misión que la de
prevenir el silencio. Es el hablar por hablar, el hablar sin sentido ni razón,
el hablar para sentirnos más próximos, más acompañados, lo mismo que si
encendemos la radio o la televisión para no sentirnos solos. Soledad y yo no
tenemos esa necesidad, la de hablar, no como con Anabel; hablar para
cerciorarnos de que el otro sigue ahí. Cuando Soledad y yo hablamos... No; no
es cierto. Llevamos unos días, en los que entre nosotros apenas si hay un
diálogo que resulte fluido. Cuando hablamos son palabras huecas, usadas mil y
una veces en otras tantas conversaciones inútiles. Desde la boda, más en
concreto, desde que le transmitiera mi negativo rotunda a tener hijos, ni
siquiera hemos hecho el amor. Tampoco hablamos de su decisión de dejar la
Filarmónica, ni yo habla del trabajo. Ayer Valverde me ha dicho que mi nombre
aparecía en la lista de los próximos despedidos y, a pesar de ello, no me he
descompuesto, ni mucho menos, lo veía venir, me lo he tomado con más serenidad
y aplomo del que me presuponía. Esta noche se lo comentaré a Soledad, cuando
llegue de los ensayos. En cierta ocasión leí que si dejamos de nombrar las
cosas desagradables, se debe a que con ello pretendemos que dejen de existir.
No creo que mi despido se esfume ni que Anabel se desvanezca ni lo que nos
separa a Soledad y a mí se esfume. Por mucho que nos callemos los problemas nos
aguardan a la vuelta de la esquina. ¡No bebamos para ahogar las penas, pues
éstas saben nadar!
-¿Cuándo piensas dejar a tu mujer? –me espetó Anabel.
¿Dejar
a mi mujer, a Soledad? ¿De dónde habría sacado Anabel que yo quería separarme
de Soledad? ¡Qué horrible idea aquélla! «No puedes seguir con las dos»,
continuó aséptica, «tendrás que elegir». Por su tono estaba claro que la decisión
la había tomado ella por mí: dejar a Soledad, tal vez divorciarme.
-Nunca te
he prometido nada.
-¿La
prefieres a ella? Sí, supongo siempre fue así.
Era
evidente que mi respuesta tenía que ser afirmativa, pero no me salió más que un
«no» dubitativo. Fue esa negación la que me hizo comprender que Anabel me había
atrapado, que era ella la verdadera causa de que Soledad y yo nos hubiésemos
distanciado; de que mi vida comenzara a ser imaginada en su compañía; de que el
rostro, un tanto desfigurado, que veía en sueños, no era el de mi mujer, sino
el de ella, el de mi amante. Rusalka me había cautivado con sus encantos, sólo
le falta robar mi hálito para completar la tarea.
-Tendrás
que decidirte –se reiteró, esta vez con más gravedad.
-No me pidas
eso.
-No puedes
jugar conmigo y luego arrojarme al cubo de la basura. Yo también tengo
sentimientos, ¿sabes? ¿Cómo crees que me siento cada vez que te imagino en
brazos de tu mujer? Me siento engañada. Por lo que me cuentas, por lo que sé,
por lo que deduzco, tengo más motivos que Soledad para ser tu esposa.
-¿A qué
viene eso? –me exalté-. Habíamos establecido un pacto, ¿recuerdas?: nada de
compromisos.
-El amor no
entiende de compromisos.
¿El
amor? No me dijo nada, pero creo que palidecí, porque una flaqueza inusual se
apoderó de todo mi ser y hubo de dejarme caer sobre un banco del parque. Anabel
se quedó de pie delante mío con ojos escrutadores. Me analizó durante un
momento antes de sentarse a mi lado; supongo que sopesaba la cantidad de amor
que podía extraer de mí, cuál era su cualidad.
-No es justo que me pidas que abandone a mi mujer. No voy a ser tan
hipócrita como para admitir que me gustas, que te tengo cariño, amos, si lo
quieres llamar así; pero, lo que tengo con Soledad va más allá, y no hablo de
compromisos.
Permanecimos
allí sentados, hablando sobre ello sin exaltación, un tira y afloja que no
llevaba a ninguna parte. Nos fuimos sosegando a medida que transcurría el
tiempo y la noche se echaba sobre nosotros, dejando que los últimos rayos del
sol se reflejaran en las pocas nubes que atravesaban el cielo. Después de un
par de horas, desaparecido el parhelio y con él todo sentimentalismo, Anabel se
dio por vencida y no intentó persuadirme de que escogiera entre ella y Soledad.
Sugerí aplazar el problema para la próxima cita, que ya no sería en La
Marmolade, sino en un café al final de la misma calle en que está el hotelucho.
Anabel se lo tomó como una huida, me tildó de cobarde, me aconsejó que pensara
en ello. Me convenció para ir a cenar a un restaurante a las afueras, no quería
retrasar la discusión. Conseguí convencerla de que esa noche no podría ser. Al
final, la cena se estableció para el día siguiente. Supongo que ya estaba harta
de cómo transcurría lo nuestro: lo único que hemos hecho es encerrarnos en una
habitación como dos reclusos. Nuestra única distracción es dar cortos paseos
por la calle sin disfrutar de ellos, pues a cada paso ponemos, pongo, los cinco
sentidos en evitar encuentros con algún conocido.
La
noche anterior, de esto hace un par de días, no pude conciliar el sueño, mi
mente estaba puesta en la petición insólita de Anabel: elegir entre dos
amantes. De cuando en cuando me quedaba absorto contemplando a Soledad con la
cabeza hundida en la almohada. Yo leía, mejor simulaba leer un libro. La verdad
es que no podía leer ni dormir, estaba desvelado, disgustado. Las entrañas se
rebullían inquietas. Tal vez por eso no supe ver en el rostro de Soledad la
preocupación que a la mañana siguiente mostró mientras nos desayunábamos.
-Últimamente no hablamos nada –me dijo al tiempo que untaba una tostada.
-¿De qué
quieres que hablemos?
Utilizó
varios circunloquios, como quien anda despistada buscando tema de conversación,
para acabar retomando el deseo de abandonar la Filarmónica. Me explicó que así
lo había resuelto de forma definitiva, sin consultarme previamente, en vista
del poco interés que había mostrado en las ocasiones en que ella mencionó el
tema.
-Ya me están buscando un sustituto para la próxima gira.
-¿A qué
tanta prisa?
Humedeció
la tostada en el café y se la fue comiendo con lentitud. No despegó los labios
hasta que se tragó el último bocado.
-Ayer fui
al médico.
-¿Qué te
ocurre? ¿Por qué no me has comentado nada hasta ahora? ¿Algo grave?
-No es para
alarmarse.
-Entonces,
¿qué?
Se
levantó de la silla en silencio, se dirigió hacia nuestra habitación y al poco
salió de nuevo con un papel en la mano. «Aquí tienes», dijo al tiempo que me
extendía el papel. Lo cogí. Lo ojeé sin prever qué podría encontrar escrito.
Era tanta el ansia que tenía por desvelar el misterio, que no atinaba a
localizar la resolución del análisis, fuera cual fuese. Hubo segundos de agobio
que pronto se convirtieron en paso. ¡Soledad estaba embarazada! Desconozco si
existen palabras que puedan expresar lo que en aquel momento todo yo sintió.
Soledad, embarazada. Íbamos a tener un hijo. No acerté a alegrarme o
entristecerme, abrazar a mi mujer o dirigirle la palabra. No cupo reacción en
mí hasta que escuché su voz: «¿Y bien?». Me fui hacia ella en silencio y la
envolví con los brazos con toda la emoción de que fui capaz de expresar. Creo
que se me inundaron los ojos; los suyos, se me ocultaron.
Lo
que no comprendo, y lo digo dos días después de la noticia, es por qué Soledad
se muestra tan fría y apática ante la preñez. Siempre ha estado dándole
vueltas, ilusionada por momentos con cuidar de su propio bebé. Desde es mañana
no la he visto sonreír ni una sola vez. Es posible que crea que me disgusta ser
padre, como así se lo he estado dando a entender charla tras charla. ¿Cuándo
cambié de opinión? En cuanto supe que iba a ocurrir, como si ese sentimiento
estuviera aguardando el momento oportuno para eclosionar. Aun así, es extraño
su comportamiento. Se diría que no desea tener ese hijo.
XIII
Recuerdo
la noche con Itúrbez como la más esperpéntica desde aquélla en que fui testigo ipse del desafuero del Gobernador Civil
de Madrid, allá a finales de los ’70, cuando envió a la policía antidisturbios
a la representación de Fuiste a ver a la abuela???, y aquellas gentes
uniformadas, con sus metralletas en ristre, ocuparon el patio de butacas.
Tendrá sus contactos, Itúrbez, en la empresa, porque supo de mi despido antes
que yo. A mí me lo comunicaron por la tarde, a punto ya de irme a casa, e
Itúrbez ya me aguardaba al otro lado de la calle, desde donde me hizo señas con
la brazo en alto. La destitución me la tomé con relativa resignación, no tanto
como suponía, pese a estar seguro de que ese día ya estaba marcado en el
calendario. Uno puede hacerse a la idea de que tarde o temprano le habrá de
llegar una desgracia; pero, llegada ésta, nos vapulea de igual modo, que si no
lo hubiésemos estado aguardando. Acompañamos a esa persona querida que sufre la
agonía final en la cama de un hospital, o en su propio lecho, a sabiendas que
de un momento a otro exhalará su último aliento; conocemos la hora del óbito;
aun así, su muerte nos trastorna, como si no la esperáramos.
Todavía
el lubricán no había muerto del todo, y las luces de las farolas y de los
escaparates se mezclaban con la del sol moribundo; por el suelo se
distorsionaban unas sombras, otras trataban de difuminar los contornos. El
rostro de Itúrbez estaba oculto tras una de esas sombras, por eso hubo de
saludarme con la mano en alto. Me recibió con un abrazo acompañado de un «ya se
veía venir». Se viera venir o no, poco consuelo eran aquellas palabras. Era la
primera vez que me despedían de un trabajo, la primera vez que veía a Itúrbez
al otro lado de la calle, la primera vez que me saludaba con el brazo en alto,
la primera vez que me abrazaba con un «ya se veía venir». Todo era la primera
vez que me ocurría, de eso estoy seguro, mas tuve la sensación de haberlo
vivido antes, la sensación que los franceses llaman muy con gran acierto un déjà vu: es como si tuviéramos una
segunda oportunidad y, sin embargo, cayéramos en las mismas reiteraciones.
Deprime pensar que toda nuestra vida se resume a repetir los mismo actos una y
otra vez, a caer en los mismos errores, a disfrutar de las mismas alegrías, que
nada nuevo se nos abre ante los ojos. No es determinismo divino, sino que somos
consecuencia de una causa, que, a su vez, servirá de causa para otra
consecuencia; en fin, que somos consecuencia de nuestros actos.
El
caso es que acabamos los dos contemplando el alba tumbados en la arena de la playa
con el ojo diestro morado y él, Itúrbez, con un fuerte dolor en la espalda,
consecuencia de una noche alocada. Si nos pasamos la mayor parte del tiempo
brindando y bebiendo, no fue para celebrar mi paternidad ni para olvidar mi
despido, las penas saben nadar, sino por un estúpido impulso de dejarme hundir
en las simas de la sinrazón. Fue el alcohol quien me soltó la lengua, de modo
que en un momento de la borrachera le fui contando a Itúrbez el desliz con
Anabel.
-¿Cómo has
podido hacerlo? –me reprochó.
-No sé.
Sucedió sin más.
-Nada
sucede sin más. Soledad no se merece eso, y menos aún de esa forma.
-¿De qué
forma?
-Ya sabe;
con la secretaria, como un tópico insulso, sin pizca de originalidad.
-No fue
como te imaginas.
-Esas cosas
no suelen ser como uno se las imagina.
Tenía
motivos para recibir la reprimenda, pero no la esperaba de él. Me la arrojó
como a un perro se le arroja un hueso y luego, cuando se dispone a
mordisquearlo, se le espanta a patadas. Se acaloró tanto que más se daba él en
marido que yo. Me sorprendió también porque, a fin de cuentas, nos consideraba
amigos, y de él esperaba comprensión, apoyo. Es mi amigo, creía, todavía más de
lo que me es Soledad. Dos hombres compartiendo su vida. Son razones peregrinas,
soy consciente de ello. Era Soledad la perjudicada, no él. Lo de Anabel sólo
había sido un desliz; es más, mañana se lo dejaré claro, a Anabel: mi vida está
con mi esposa, con mi hijo, que crece en sus entrañas, que son las mías, porque
ya no somos dos, sino uno sólo. Por otro lado, bien visto, mi amistad con
Itúrbez se limita a pláticas insulsas. El hecho de que todavía no sé a qué se
dedica desde que lo echaron de la empresa, lo demuestra bien a las claras; él
me antecedió: recogió el finiquito y nunca más le pregunté cómo le iba, si
necesitaba algún tipo de ayuda o de consuelo; no le esperé en la acera de
enfrente con la mano levantada para abrazarlo ni salimos de copas aquella
noche. Sencillamente, le di la espalda.
-Salgamos
de aquí –dije al fin un tanto abatido.
-Claro,
como quieras.
He
de admitir que lo de Anabel ha sido como un sueño. ¿Quién no los ha tenido, me
refiero a los sueños? Por mi parte, los he abrigado metidos en la cabeza desde
pequeño. Tener sueños no es malo, lo malo sería vivir en ellos. Anabel fue para
mí como un sueño de senectud: un cincuentón que se huelga con la juventud de
una veinteañera.
Decidimos
retirarnos, cada cual a su casa. En la mía Soledad estaría ocupada por mi
tardanza. En el camino nos topamos con una pareja que altercaba de forma
violenta a tal punto, que ella, adosada a la pared de un edificio, exhibía unos
ojos abiertos de par en par, por donde se le salía toda el alma; él,
gesticulando con las manos enfrentadas al rostro de la compañera. Ebrios como
íbamos, nos acercamos a ellos dispuestos a mediar en la disputa. Resultó que no
estaban tan exaltados como nosotros. El varón aquél nos dio una buena paliza
agradeciéndonos así la buena disposición de que habíamos hecho gala. Ni
siquiera la joven alzó la voz en favor nuestro, sino que animaba a su hombre a
que continuase machacándonos irremisiblemente. Ésa fue la causa de nuestros
cardenales, las manchas lívidas de la piel que testimonia una «metedura de
pata», como bien la definió Itúrbez mientras se reía de nuestra necedad. Nada
de prestar más ayuda a quien no la pide, que escaldado acaba uno: zapatero a
tus zapatos.
La
mayor reprimenda la hube de soportar de Soledad. Yo salía del ascensor y ella
lo aguardaba. ¿Qué pintábamos a esas horas en la calle o qué se nos había
perdido en la playa a ninguna hora? Se molestó por el pestazo a alcohol, por lo
ininteligible de nuestro discurso oral. Preguntó por Itúrbez, por su salud. Al
final, la puerta del ascensor nos separó sin que yo pudiera comunicarle mi despido.
Se fue a trabajar. El resto de la mañana lo pasé atormentado por la resaca y la
congoja de haberle hecho a Itúrbez partícipe de mis secretos. Me tumbé sobre la
cama y, al estirar los brazos, uno de ellos tropezó con la mesilla de noche.
Abrí el segundo cajón y, bajo un libro, estaba la fotografía de Hainisch. Casi
la echaba de menos. Me dormí contemplándola.
XIV
Soledad
acababa de irse al ginecólogo. En otras circunstancias me hubiera encantado
acompañarla. Pretexté bobadas, como siempre que alguien busca una excusa para
librarse de algún engorro y no consigue más que balbucear tonterías. Tampoco
ella me pidió explicaciones más sinceras, no porque supiera el motivo verdadero
de mi negativa, sino porque no quería, supongo, continuar nuestra charla suspendida
durante la comida y no retomada más tarde.
Comíamos
sentados uno frente al otro. Soledad seguía echándome en cara el hecho de
haberle ocultado durante un par de días el hecho de que me habían despedido,
ahondaba más al recordarme que también le había ocultado los problemas por los
que pasaba mi empres desde hacía un tiempo. De nada me sirvió disculparme,
aduciendo que no deseaba preocuparla con mis cosas, que ya tenía bastante con
las suyas.
-¿Cuándo empezaste a callarte los problemas? Estos meses de atrás,
tenías razón, nos hemos ido distanciando. Apenas sé ya quiénes somos.
No
era una afirmación, era un reproche con que me zahería directamente en la cara.
Un derechazo en toda regla. No se refería a «quiénes somos», sino a «quién soy
yo»; la mirada la delataba. Ella era la menoscabada.
-Buscaré
otro trabajo, que tampoco es para tanto. Todo volverá a ser como antes.
-¿Como
antes de qué? ¿Antes de que abandonara la Filarmónica o antes del embarazo o
antes del despido?
Su
tono de voz indicaba que la irritación iba en aumento a medida que avanzaba el
desarrollo de la discusión. Sus manos dejaban de coordinarse, y el cuchillo y
el tenedor no llegaban a un acuerdo sobre el modo de cortar el filete. Yo
prefería aguardar a que pasara el aguacero, había apartado el plato. La verdad
es que el hambre se había ausentado.
-¡Y lo de
la otra noche con Itúrbez! Eso ya pasa de castaño oscuro. Me tienes toda la
noche en vela y, cuando llegas, lo haces con el aliento podre de la borrachera
–se levantó de forma brusca.
-¿A dónde
vas?
-¿Es que no
tengo libertad en mi propia casa? ¿Acaso te pregunto yo a dónde vas? Para lo
que me ibas a decir... como si fuera una mosquita muerta, que no se entera de
nada... Pues entérate bien, que no soy ninguna mosquita muerta.
No
dijo nada más. Revolvía en un armario, como si buscara algo que no hallaba.
Juraría que estaba llorando, pero ella evitaba mirarme de frente. Guardé
silencio; pensé cuál podría ser el motivo del cambio de humor, si Itúrbez le
había ido con lo de Anabel, si sospechaba algo. No la había visto nunca tan
irascible; mucho menos tan a la defensiva. Siempre la he tomado por una persona
de fuerte carácter, capaz de llevar a cabo cuanto se propusiera, no como quien
se echa a llorar de repente, sin ningún motivo claro, por eso sospechaba que
pudiera estar al corriente de mi desliz con Anabel. Soledad es la que mantiene
la casa, su feudo en cierto sentido, con un orden que a mí me cuesta horrores
mantener cuando se va, se iba de gira. Con ella no hay polvo ni sobre los
armarios ni en las esquinas más inaccesibles, las figuras de porcelana
conservan su posición sin inmutarse, las mesas y mesillas libres de trastos, y
las sillas bien ordenadas, hasta los visillos permanecen corridos o
descorridos, según toca la hora del día. De todo se encarga ella, desconozco de
dónde saca el tiempo y las fuerzas. Más de una vez le propuse contratar a
alguien para que se encargue de estos quehaceres, alguien de confianza o
recomendado por una amistad. Siempre se negó.
El
teléfono fue a quebrar la mudez. Contestó Soledad. La vi llevarse el dorso de
la mano a los ojos. Se me hizo un hueco en el estómago: era la primera vez que
veía sus ojos bañados en lágrimas, henchidos, rojizos. Nunca la había visto
llorar.
-Es para ti –me dijo con la voz firme, los labios un tanto crispados, la
mirada tendida en el suelo-. Es tu secretaria... tu exsecretaria.
El
corazón me dio un vuelco. Todo yo zozobré como un barco zarandeado en plena
tormenta. Me costó un ingente esfuerzo ponerme en pie y dirigirme al teléfono.
Soledad retornó a la mesa y se dispuso a terminar el filete con el ánimo más
templado, sin mostrar interés alguno por la conversación telefónica, como si el
apetito le hubiera vuelto de pronto. En tanto que yo, acodado a la pared,
agarraba el teléfono con todas las fuerzas de que disponía, pretendiendo
estrangular la voz de Anabel, que no escapara por el aire para introducirse en
el oído de Soledad. Anteanoche no había acudido a la cita, la llamé para
aplazarla, para decirle que precisaba de un momento y un lugar más apropiados
para comunicarle algo grave. Creo que supo a qué me refería. ¡Qué dicterios me
llegaban, qué abrumadores mortificaciones salían de sus labios! Sobrellevaba
aquella retahíla de improperios como buenamente podía. De cuando en cuando
introducía un «claro», un «es culpa mía».
-Ahora mismo me presento en tu casa y a ver qué hacemos amenazó justo
antes de colgar.
El
mundo se me vino encima. No tenía ojos más que para ver a Soledad comiendo
ajena al desbarajuste que se iba formando dentro de mí. ¿Se lo confesaba todo?
Me senté a la mesa e hice un último esfuerzo para acabar el plato.
-¿Era importante?
-No; nada.
-Tienes
mala cara.
-Disculpa
–dije-. Tengo que ir al servicio.
-Es raro que
te llame tu secretaria, si ya no trabajas allí –mencionó a medida que yo me
alejaba de la mesa.
Agaché
la cerviz y guardé el silencio de una tumba. Me senté sobre el borde de la
bañera a pensar, a detener la marea de ideas que naufragaban en mi cabeza.
Debió de transcurrir bastante tiempo, porque Soledad golpeó la puerta.
-¿Estás
bien?
-Si; no es
nada. Tengo el vientre algo revuelto.
-Si me
necesitas, estoy en el cuarto. Voy a acostarme, yo tampoco me siento bien.
Aquello
podría darme un respiro. Estaría atento a la llegada de Anabel, me anticiparía,
la aguardaría en el pasillo. Después de un par de minutos salí del cuarto de
baño y del piso. Me aposté al lado del ascensor como un vigía desde su atalaya.
Nadie se cree que vaya a hacer simplezas tales, hasta que llega el momento de
hacerlas. A veces realizamos acciones más infantiles que los propios infantes.
En aquella actitud de niño reprimido estaba yo, con los brazos cruzados y
poniendo pucheros. Lo reconozco ahora, con los nervios un poco más calmados,
desde la distancia. La ofuscación me convirtió durante un momento en un
hazmerreír, un papanatas. Estaba dispuesta a combatir al enemigo, como en un
juego de indios contra vaqueros.
Cuando
vi que el ascensor subía, el corazón se me aceleró, más todavía cuando se
detuvo, se disparó cuando abrió la puerta y asomó Anabel. Estuve a punto de
desmayarme. Parecía un botarate a quien le hayan metido por el gaznate abajo un
par de litros de tila. Sólo sentí la mano de Anabel contra mi mejilla, un sonido
hueco, «plas», la sangre agolpada en el mentón. «Esto para empezar», dijo. En
realidad, debo agradecérselo, ya que fue la bofetada la que me sacó de la
enajenación. Hizo ademán de entrar en la casa, pero la puerta estaba cerrada.
-Está
Soledad, ¿verdad?
-Está
durmiendo y no le gusta que la despierten.
-Pues, si
no quieres en tu casa, vamos a la mía o a la calle o a la puta mierda. Si
prefieres hablar aquí, por mí no hay problema.
Hablaba
en voz alta, cada vez más alta, como si pretendiera que todo el edificio se
enterase de lo que tenía que decir, no sólo mi esposa, sino todos los vecinos,
el mundo entero. Aunque le advertí de ello, porfiaba en el tono altisonante y
el volumen exagerado. Sus palabras rebotaban en mis tímpanos, se estrellaban contra
la sien. Estuvo minutos sin sosegar el tono. Mis ojos escapaban de vez en
cuando hacia la puerta, temiendo que en cualquier momento apareciese Soledad.
Me desligué del sermón. Sus palabras perdían significado, sus frases se
derramaban inútilmente en mi cabeza. De pronto, una punzada hirió mi
entendimiento, una estocada que surgió de donde menos lo esperaba.
-¿Qué hacemos con el bebé?
¿Embarazada?
¿Es que el mundo se había vuelto del revés? ¿Qué crimen había cometido en
alguna vida anterior para que se me viniera todo encima? Tantos años negándome
la responsabilidad de tener descendencia, y en un breve guiño del tiempo me
salían hijos por todas partes. Pero no; el hijo de Anabel era eso: el hijo de
Anabel, no mi hijo; el mío estaba gestándose en el vientre de Soledad, no en el
de mi secretaria, mi exsecretaria. No se me ocurrió más que insistir en nuestra
ruptura y en ofrecerle apoyo económico para criar al niño o para el aborto, si
se decidía a ello. Estaba aturado, no pensaba, sólo se me ocurrían sandeces y
ésas eran las que expresaba. Su sola presencia, la de Anabel, me traía a la
mente una desventura que jamás debía de haber comenzado. De improviso, creí
escuchar ruido dentro de casa, una silla arrastrada por el suelo. Soledad se
había levantado.
La
agarré del brazo, llamé al ascensor y la empujé dentro. Ella detuvo la puerta,
quería volver al pasillo. ¡Cuál no sería mi desesperación, que llegué a
amenazarla, a ella y al bastardo! «Ya hablaremos, ya hablaremos», le repetía
con voz pastosa. Nos enfrentamos, nos empujamos, me dio una bofetada, le
respondí con otra. Me estaba bañando en la locura y no podía detenerme, la
hubiera estrangula allí mismo. Un puñetazo: el golpe le reventó el labio
superior y un hilillo de sangre le corría por el mentón. Quedó suspendida,
observándome con sus enormes ojos, me clavó una de esas miradas como puñales.
Entonces, entró en el ascensor, apretó un botón, se volvió hacia mí:
-Deberías vigilar mejor a Soledad y a tu amigo Itúrbez.
La
puerta del ascensor se cerró y Anabel desapareció de mi vista. En el aire sólo
quedaron sus últimas palabras, como un eco que golpea incansable contra el
mismo muro repitiéndose a sí mismo. No; aquella advertencia sólo podía ser una
bravuconada, sólo estaba destinada a herirme, no era cierto. Me noté liviano.
Me había librado de un peso enorme, de una molestia insufrible. Me convencí a
mí mismo de que el embarazo de Anabel no era más que una vil treta para
atraerme, para atraparme, de que la acusación lanzada contra mi mujer había sido
producto de una rabieta. Al fin, todo se había solucionado, volvería a ser un
marido feliz. Buscaría un nuevo trabajo, cuidaría de Soledad, del hijo de
ambos. Ya sabía. Acudiría a Sánchez Monzón, un amigo que fue de mi padre y que
posee una empresa propia dedicada al negocio de las piedras preciosas. Ya se
había ofrecido a ayudarme tan pronto se enteró de mi despido. Ya veremos qué
opina Soledad.
XV
Se
me hace raro dormir en casa de mi madre. La última vez fue a los seis o siete
meses de casarme con Soledad. La orquesta en que empezó a tocar iniciaba por
entonces una gira de fin de temporada, y aprovechamos para llevar a cabo
algunas reformas en el piso. Aquella vez había coincidido con una enfermedad
que mantuvo a mi padre en la cama casi una semana. Esta vez la enferma era mi
madre, por eso hemos venido todos; bueno, todos no, falta un hermano suyo, el
tío materno con quien nadie tiene trato y nadie sabe nada de él. Un cáncer se
la está llevando. Los médicos nos recomiendan todos los días que la ingresemos
en un hospital, que allí estaría mejor atendida, con más medios y más personal;
pero, mi madre se opone de forma rotunda a abandonar la casa en la que vivió
sus últimos sesenta y pico años, donde nacieron sus tres hijos, y en donde
murió su marido, mi padre. La más afecta, ¿quién lo iba a decir?, parece Sara.
Cada mañana la encuentro en la cocina trajinando, con ojeras, la piel arrugada,
cetrina, los ojos apagados. Da más impresión de enferma que nuestra madre. En
cambio, la pequeña Isabel y Julián no exteriorizan tanto sus pesares, si es que
Julián los tiene.
La
quietud de la casa conmueve. Incluso el mismo Itúrbez, que nos visita con
bastante asiduidad, trae una cara desconsolada, si bien no tarda mucho en tomar
nuevos bríos. Acostumbra a visitar la enferma, si está despierta, para luego
sentarse en el butacón que hay junto a la ventana, lejos de la puerta
principal, desde donde observa con sus ojillos de conejos los movimientos de
los demás. Después de un rato, se le acerca alguien, casi siempre Soledad, para
ofrecerle un café y una pastas o una copita de coñac o un vaso de whisky;
entonces, empieza a conversar más animosamente y acaba con una sonrisa de oreja
a oreja. Las visitas de Itúrbez no duran más que un par de horas. Del resto,
nadie quiera espantar el silencio. A todas horas andamos por la casa como quien
anda por entre los pasillos del cementerio, sorteando las tumbas con sus losas
blanquecinas y sus inscripciones tan anónimas; quien las leyere las leerá sin
saber qué está leyendo. Debajo de ellas fueron encerradas ilusiones, anhelos,
decepciones, estremecimientos, pasiones. Contemplando las tumbas, alguien diría
que es la muerte lo que iguala a los hombres. No es cierto. No muere igual un
poderoso que un pordiosero, ni el túmulo de éste es comparable al de aquél. Lo
único que nos iguala a todos es algo tan exotérico como la escatología: todo lo
que comemos y bebemos, sea un mendrugo de pan, un vino peleón, huevas de
esturión o un simple vaso de agua, todo se transforma en alimento y en residuo que,
al final, terminará siendo mierda, la misma de un hombre de negocios que de una
modelo o del actor de moda. A eso nos resumimos en vida; en muerte, a lo que
los demás puedan opinar sobre nosotros, porque los muertos pertenecen a quienes
los recuerdan.
Sigo
teniendo abandonada a Soledad. No es que ya no la encuentra seductora a causa
del abultamiento del embarazo, sino que de un tiempo a esta parte he perdido el
vigor con que antes me entregaba a ella. Soledad lo atribuye a la preocupación
en que mi madre nos tiene sumidos. La apatía, no obstante, viene de atrás, no
sé de cuándo, sólo de atrás. Por las noches le robo el beso de siempre, el beso
de «hasta mañana, que duermas bien». No hay cháchara, no hay caricias ni roces.
A ella parece que no le importe y eso me preocupa a mí. Esta mañana se lo
comenté. Me contestó con un leve movimiento de hombros, como si dijera «¿y a mí
qué me cuentas?». Sus atenciones, sus sonrisas ya no van dirigidas a mí, sino a
mi madre, a mis hermanas, a Julián y, sobre todo, ¡cómo duele recordarlo! a
Itúrbez. No me atrevo a preguntar a Soledad el motivo de esa discriminación.
Está claro que lo de Anabel ha dejado de ser un secreto hace tiempo, aunque
nunca lo mencionemos. Lo de Itúrbez...
A quien Soledad ha hecho
más feliz ha sido a mi madre. Cuando está consciente se interesa por su nueva
favorita, como si tuviera otra, y la amarga con incesantes consejos y
amonestaciones sobre el niño. Le hace ilusión poder llegar a conocerle, «son
tan indefensos, los recién nacidos», le susurra a su nuera. Es todo el niño por
aquí, el niño por allá. Rehúsa llamarlo «nieto», supongo que eso la hace sentir
aún más vieja de lo que es, más cansada. A veces Sara sale de la habitación con
las manos en la cara, reprimiendo el llanto hasta asegurarse de que no la va a
oír desde la cama. Pero, sí que la oye. Mi madre ha gozado siempre de un buen
oído: es capaz de escuchar a sus niños riñendo fuera de la casa. No me explica
cómo puede mantener la lucidez a pesar de la postración. Hace tan sólo unas
horas la he oído hablar con Soledad.
-Lo que son las cosas, ¿verdad?
Resulta que al final con quien te casaste fue con un desconocido que te
presentó Itúrbez y no con él. Sé que os teníais mucho cariño; bueno, aún lo
tenéis.
-Son
casualidades de la vida.
-Sí;
supongo que fue una casualidad, pero a él, a Itúrbez, le debió de doler
muchísimo.
-¿Por qué
lo dices?
-No quieras
disimular conmigo. Soy vieja, pero no tanto que no pueda darme cuenta de lo que
pasa entre vosotros dos.
-No te
entiendo.
-De sobra lo entiendes. Entre mi hijo y tú ya
no hay esa chispa que se prende entre vosotros dos.
-Es el
cansancio. Lleva mucho tiempo sin trabajar y pierde la ilusión.
-¿Por eso
buscar consuelo en los brazos de Itúrbez? Créeme, el amor no lo es todo. Vuelve
con mi hijo; ya sé que es un calavera, siempre lo fue. Es igual que su padre,
mi difunto marido. A él le perdoné su lío de faldas con la alemana.
-Era
austríaca.
-¿Qué más
da? El caso es que ni él ni yo nos arrepentimos de volver a estar juntos.
Hubo
una pausa. Mi madre necesitaba coger aliento antes de continuar. Soledad, en
cambio, apenas abría la boca, si no era para respirar. Parecía que dentro suyo
había algo que creciera y estuviera a punto de estallar. Mi madre frunció el
ceño:
-¿Estás pensando en abandonarlo?
Soledad
levantó la mirada, la clavó en la mirada de la enferma. Dudó, sus labios se
desplegaron para volver a cerrarse. Su pecho se movía bajo la blusa como un
fuelle al que se le imprime más velocidad. «El niño es de Itúrbez», dijo.
Ensordecí. Cegué. Había estado viviendo en un engaño absoluto. Mientras me
acurrucaba al lado de Anabel, Soledad hacía lo mismo con Itúrbez. Para colmo,
si el de Soledad no era mi hijo, el único que yo tenía era el de Anabel, el que
ya había negado su existencia, el repudiado. Mi verdadero hijo es el espurio,
no el legítimo.
En cuanto me vino la
lucidez, salí a la calle y estuve paseando largo rato por los alrededores.
Tenía que alejarme de allí, poner distancia entre la verdad y yo, asimilarla,
deglutirla. Subí al coche y me alejé aún más. Conducía sin ver, como si el
automóvil tuviera conciencia propia y me llevara, él sí sabía a dónde. Llegué a
la ciudad y aparqué, o más bien diría que aparcó el propio coche. Eché a andar
sin dirección concreta, con las palabras de Soledad metidas en la cabeza,
revueltas, girando como en una ruleta, en cuyo centro asomaba desvaído el
rostro de Anabel. A pesar de ir con la razón obstruida, me di de bruces con un
cartel que anunciaba la temporada de música clásica del teatro local. Para mi
sorpresa, vi que se abría con el concierto para viola de Hassenteilen. Se me
vinieron las imágenes de la Filarmónica, en donde Soledad era solista, veía con
facilidad a Ordaileta moviendo la batuta enfrente de los maestros y dando la
entrada a la viola con un gesto apenas perceptible; incluso, pude escuchar la
música que salía de las cuerdas y me henchía la piel con el aire de la emoción,
como un odre inflado y vacuo por dentro. Me planté delante del cartel, cerré
los ojos y me concentré. Me apeteció escuchar el tercer movimiento, que tan
buenos recuerdos me traía, sentado en el sillón de mi casa. Pronto retorné a la
realidad. Soledad se había declarado culpable ante mi madre, como en un
confesonario. ¿Por qué aquello me abatía la voluntad? No eran sospechas las
mías, eran certezas, mucho antes de oírlas de sus labios. ¿Por qué me
afectaron, pues, tanto? ¿No había incurrido yo en las mismas aguas turbias?
¡Ah, claro! No era su relación con Itúrbez lo que me alteraba, sino el saber
que su hijo, el hijo de Soldad, no era mío, sino de él, del otro, de Itúrbez.
En cambio, mi hijo, el bastardo, el de Anabel... Más tarde, regresé a casa, la
de mi madre. Oí que me decían algo, quizás algún saludo; eran voces tan
lejanas. Me encerré en la habitación y me tumbé sobre la cama.
Desde entonces lo he
estado meditando sin llegar a una decisión. ¿Retornar a Anabel y pedirle
perdón? ¿Comprobar que su hijo, nuestro hijo, existe realmente, y formar una
nueva familia entre los tres? ¿Dejarme llevar por la corriente del tiempo y
comportarme como si realmente fuera el padre del hijo de Itúrbez? ¿Retirarme
del mundanal ruido? Sea como fuere, aplazaré todo hasta después del desenlace
fatal que le espera a mi madre. ¿Qué otra cosa, si no? ¿Qué harían los otros,
Leandro, Hainisch, Kodra? En tanto acontezca el óbito, permaneceré con la mente
licuada, como el reflejo del sol diseminado por las nubes en forma de rayos
refractados. Su luz, la del sol, licuada en el vapor ácueo.
Lo que me resultará un
suplicio será la presencia de Itúrbez en la casa, sentado en el butacón,
sonriendo como un estúpido cada vez que Soledad pase por delante suyo,
sorbiendo el café o el whisky mientras se ríe de mí por lo bajo, ¿sabiendo que
el hijo que engendra Soledad es suyo y no mío? Imagino que lo sabrá, por eso no
le quita los ojos de encima, a mi mujer, a su mujer, que hasta ella es más suya
que mía. Tendré que sentarme a la cabecera de la cama, en donde mi madre
agoniza ya, para evitar su presencia y, cuando mañana aparezca en la casa para
ver a la enferma... ¡Dios mío! ¿Y que la salude, hable con ella! ¿Cómo podrá mi
madre enseñarle una sonrisa, sabiendo que es el padre de quien ella pensaba era
su nieto? ¿Lo sabrán también mis hermanas? Yo siempre soy el último mono en
enterarme de lo que pasa. ¡Qué feliz el ignorante, que de nada se preocupa
porque nada le atañe!
XVI
La ceremonia ha sido muy
sencilla, como a ella gustaban estas cosas. Con lo que sufrió estos dos últimos
días, rezábamos para que dejara de padecer inútilmente. El cáncer la estaba
comiendo por dentro y hasta ella misma conocía el pronto final. Lo más feo del
funeral fue el comportamiento de Julián. No es ningún secreto que a mí no me
haya entrado por el ojo bueno, y lo de esta tarde lo ha confirmado con creces.
Se portó como uno de esos malos imitadores, a los que con acierto se les llama snob, esos sine nobilitate pospuesto al nombre del estudiante de colegio
noble, elitista, allá en Gran Bretaña. Lo mismo que Julián, entrando a formar
parte de una familia que jamás podrá ser la suya, como tampoco lo será Soledad
y su hijo: a la familia se entra por lazos de sangre, para lo bueno y para lo
malo. Si la pequeña Isabel tuviera un hijo, sería el miembro benjamín de la
familia y el continuador de ella, el último vástago. De momento sólo mis
hermanas y yo somos familia. ¿Qué hombre puede asegurar que es padre? Sólo la madre
lo es con absoluta certeza. Yo pensé que era padre, pero de serlo, sería por la
palabra de Anabel, no de Soledad.
Isabel nos asombró a
todos por su serenidad y desparpajo. Se desenvuelve como pez en el agua. Fue
ella quien se encargó de avisar a la funeraria, quien amortajó el cadáver antes
de que llegara, quien consolaba a Sara Hace falta que suceda una desgracia para
que las rencillas se deshagan como un nudo gordiano; cuanto mayores sean unas,
mayor habrá de ser la otra. Sara e Isabel no se dirigieron la palabra durante
un momento tan de júbilo como la boda de la pequeña; durante la dolencia de
nuestra madre se cruzaban por la casa y caía algún que otro gesto, un saludo
mudo, para, poco a poco, ir surgiendo una palabra, después un par, a
continuación una frase entera, sin que la tensión entre ellas disminuyera un
ápice. Durante la agonía final la tirantez aflojó. Cuando llegó la vieja dama
con su guadaña al hombro y la doliente expiró, no hubo entre ellas más que
abrazos, besos, lamentos y sollipos. La hermana mayor reposaba la cabeza sobre
el hombro de la hermana pequeña.
¡Pobre Sara! Se ha pasado
todo el día con el pañuelo húmedo. Tiene los ojos tan enrojecidos, que no me
extrañaría que comenzasen a arder de un momento a otro. Isabel también lloró,
sobre todo cuando el féretro fue tapiado en su nicho; pero, lo hizo con más
aplomo, hecha más mujer. En ese momento, en el que el albañil colocaba los
ladrillos, a Sara le dio una lipotimia, que casi la tumba. Detrás de ella
estaba Itúrbez, que la sujetó antes de que cayera al suelo. El maldito
embaucador tiene que estar siempre en donde yo debiera. Al llegar a casa, lo
primero que hizo Sara fue encerrarse en el cuarto de nuestra madre; allí está
ahora, recostada en la cama, con la boca abierta y los ojos de par en par. Se
le secarán si no pestañea de vez en cuando. Isabel y su marido andan por ahí
revolviendo todo: ella barre, friega, lava, quita el polvo... Él; bueno, él
pasea del salón a la calle y de la calle al salón. Soledad se ha encerrado en
el cuarto contiguo al de mi madre; allí permanece desde terminado el entierro,
supongo que pensando en su Itúrbez. Si por mí fuera, los hubiera echado a los
dos, que no son familia. Al menos Itúrbez tuvo la decencia de no personarse en
la casa: nos dio el pésame a la entrada de la iglesia, en donde se sentaría
entre los asistentes como uno más, y lo reiteró a la salida del cementerio,
como despedida a mi madre, a quien, he de reconocerlo, realmente estimaba. La
raro es que Soledad haya elegido pasar la noche en un cuarto que no es el
nuestro, como dando a entender que ya hemos acabado, sin explicaciones, sin
hablarlo. A mis hermanas parece no importarles nuestros problemas. En cuanto a
mí, hoy es el día que es, así que no le voy a pedir esas explicaciones que no
ha querido dar, dormiremos separados, como un preámbulo a lo que me temo ya
esté todo decidido. Sí; la pueda sentir en la habitación, puedo oler su
pensamiento puesto en Itúrbez, en el hijo que lleva dentro, que no es mi hijo.
A partir de mañana todo acabará entre nosotros, de seguro. ¿qué nos ata? Ya
nada. Está decidido, no hay por qué pensar más. Mañana mismo se lo diré: todo
ha acabado.
Cada vez que levanto los
ojos, se estrellan contra la fotografía de la boda de mis padres, enmarcada y
colgada de la pared. Los veo allí, con el rostro sonriente, y no me hago a la
idea de que falten los dos. Mi padre me parece ya estar muy lejano, pero mi
madre... Lamento su muerte, sin duda, pero también lamento que se haya llevado
a la tumba su secreto: ¿por qué no quiso contarme el motivo de su odio hacia
hainisch? ¿Qué es lo que no le había perdonado en el fondo? ¿Tendría algo que
ver conmigo? Supongo que hay cosas que es mejor que permanezcan en el olvido.
Cuando yo no era más que
un mocoso, una noche tuve una pesadilla. Fue mi madre la que acudió a mi
cuarto, me despertó y me calmó. La pesadilla se me vino alguna vez más por
aquel tiempo, pero la había olvidado hasta hace poco. Desconozco la causa de
tan repentino recuerdo. Una calina espesa enturbia el aire y oscurece la
claridad, haciéndola traslúcida y eterna, la neblina condensada que encierra la
figura de un donjuán en arcana cita con su amada. Desde la cocina en el primer
piso de la casa me yergo de puntillas para alcanzar la ventana abierta y
avizorar el suelo, mas una corriente salida de mi propio interior me impele a
arrojarme al vacío. Sigo el impulso y salto, dejándome caer con la cabeza
hierática. En medio de la fosca, sólo el suelo se divisa, un suelo que se
aproxima lentamente, mientras un hormigueo inexplicable emerge de los pies y
recorre todo el cuerpo hasta embutir mi cerebro en un agradable cosquilleo. Me
siento liviano, arropado por la humazón que me rodea. Toco el suelo sin daño,
sin golpe, y aquella misma corriente mágica me impulsa a subir la escalera desde
el bajo hasta el primer piso. Corro afanoso. De nuevo en la cocina escalo la
ventana, esta vez sin detenerme. Con un arrebato ya sabido me lanzo al regazo
de la boira. Una vez más, el estremecimiento de notarme sin peso inunda mis
sentidos, y la sensación de placer y miedo me complace a tal extremo, que
repito una y otra vez el ritual interminable, sempiterno. Asciendo a la alto y
a través de la oquedad me dejo desplomar en los brazos de la niebla. Es un
círculo infinito, una obsesión, cuyo principio y fin se diluyen. La
regeneración constante de la vida, del leti-motiv,
de una historia de amor interrumpida por la muerte que se repite en cada época:
Sestos, Toledo, Verona, Nueva York.
Todo lo damos por sabido,
por hecho, por inmutable. No caemos en que todo cambia, nada permanece, desde
la imagen de los «butaneros», que pronto dejarán de existir, y dejaremos de ver
las damajuanas naranjas de gas, bombonas caseras. Hasta nuestra forma de pensar
y juzgar el entorno, esos valores que hemos asumidos sin tener en cuenta los
del resto de la gente, y nos enfrentamos a ella, a la gente, porque los suyos
no encajan en nuestro mundo; entonces, tratamos de ahuyentarlos, adaptarlos a
nuestro punto de vista, de reformarlos, no sólo los valores, también a la gente
que los lleva; luego, ante nuestro fracaso, llega la despiadada crítica, la
censura, la murmuración, la envidia, la aversión, la inquina y, al final, el
odio. Al cabo, notamos la comezón de la conciencia, el «Pepito Grillo» de las
cabezas hueras. Es, entonces, que buscamos afanosos las respuestas a nuestros
temores.
¿Qué ha sido de las
mansiones, que los grandes señores ostentaban engreídos? ¿Qué ha sido de los
propios señores, que a la postre no son más que huesos, y éstos, si han
sobrevivido a través de los años y la humedad de los sepulcros? Nadie, ni
siquiera ellos, se lleva consigo los bienes deleznables: nadie regresa, una vez
que se ha ido. Autef, el egipcio, lo supo y así nos lo ha legado. Escuchamos la
sentencia con oídos sordos, como si las palabras que verdaderamente importan
estuvieran que estar escritas, las orales se las lleva el viento y la incuria.
¿Qué dirán de mí, cuando siga los pasos de mis padres, cuando ya nadie me
cuente entre el número de los vivos? ¿Habrá quien se acuerde de mí, quien me
haga revivir en sus recuerdos?
XVII
Hoy he leído en la prensa
una aciaga noticia: una joven se había arrojado al vacío desde un sexto piso,
muriendo en el acto. El periodista no especificaba si había muerto en el acto
de arrojarse o en el acto de chocar contra el suelo; da lo mismo, está muerta.
¿Acaso importa que se haya arrojado al vacío o se haya cortado las venas? En el
artículo se describía el lugar en donde había vivido la víctima; la reseña de
la habitación la acercaba más a una pocilga, una zahúrda infesta, un «cubil
propio de esa gente», rezaba. ¿Esa gente? El periodista la describía como una
drogadicta flaca en extremo, cuya última dosis la empujó a la calle desde tan
elevada altura. Allí se la trataba peor que un asesino o un violador, no como una
víctima. Arremete contra ella tanto por suicida como por drogadicta. No se ha
preocupado de averiguar los motivos, de cómo vivió, del porqué de aquel abrupto
final. De su persona, de lo que de verdad importa, sólo mencionaba su nombre,
nada de apellidos ni iniciales ni filiación: Anabel.
En efecto, era la Anabel
que había sido mi secretario y mi amante. Lo sé por una fotografía de carnet,
que aparece en la parte superior de la columna. Siempre las fotografías,
recordatorios de lo que queremos rememorar y de lo que queremos olvidar. Su
muerte no me ha causado sentimiento alguno, tal vez lástima por cómo sucedió,
por cómo debieron de ser sus últimos días de vida. Debería de haberme dejado
inquieto, pues nada se dice de un hijo, el suyo, si lo hubiere, ya no el mío.
Poco importa eso ahora.
Hace un par de días vi a
Soledad. Venía yo andando un poco apurado del trabajo, porque ya llegaba algo
tarde y casi seguro que Sara me estaría esperando impaciente, ¿quién lo iba a
decir: Sara y yo compartiendo la misma casa? Envejecemos aquí, en la casa que
fue de nuestro padre, y aquí moriremos los dos. Pues bien, iba aprisa por la
acera, ya próximo al coche, cuando la vi al otro lado de la calzada. Con una
mano tiraba del carrito de la compra y con la otra empujaba un cochecito, al
que se aferraba un niño. Soledad siempre quiso tener hijos; ahora, con Itúrbez,
ya lleva el segundo. Dudé si cruzar la calle para saludarla e interesarme por
cómo les iban las cosas, o seguir mi camino, como si no la hubiera reconocido;
además, cabía la posibilidad de que ella me hubiese visto y me obviara. Entre
tanta irresolución ella levantó el brazo y me saludó con una gran sonrisa en la
cara. Le devolví el saludo y ¿qué remedio? crucé la calle.
Estaba más hermosa, si
cabe, aunque algo entrada en carnes; imagino que la maternidad algo habrá
tenido que ver. Tomamos un café, olvidado ya de lo tarde que se me hacía, y
hablamos un poco de todo. Al niño, al mayor, le pusieron mi nombre, un bello
detalle. Itúrbez encontró un trabajo bien remunerado como corrector en un
periódico, mientras que Soledad había pedido una excedencia en la enseñanza:
«los niños, ya sabes, quitan mucho tiempo». Al parecer, al primogénito, a mi
tocayo, le gusta la viola. De momento sólo juega con ella, pero su madre cree que
de mayor se dedicará a la música. También hablamos de la pequeña Isabel, que ha
tenido una niña. Lástima que mi madre, que tanto afán por ser abuela tenía, no
haya podido ver a un descendiente suyo.
Estos últimos meses
coincido mucho con mi cuñado. Solemos tomarnos unas copas por el centro de la
ciudad. Poco a poco se va asentando y dejando de ser el jovenzuelo antipático y
engreído con quien se casó Isabel. Se ve que un poco lo va modelando mi hermana
con paciencia, y otro poco lo va madurando la edad y la experiencia.
Al despedirnos, Soledad
me preguntó por Hainisch, si ya me había saciado. ¡Cómo no! Sobre todo, después
de descubrir su secreto, que no lo era tanto, pue, según parece, el único que
no conocía la verdad era yo. La acompañé, a Soledad y a los niños, un buen
trecho, en tanto le iba contando todo. Que hace un año y medio que Sara me lo
refirió, después del mucho insistir por mi parte.
-Cuando la mencionaba –decía mi hermana-, lo hacía como «la Hainisch» o
«la otra», nunca le oímos mencionar el nombre de pila, y nuestro padre siempre
se callaba siquiera de insinuar que había existido.
Como
si evitando el nombre evitara la presencia de la rival. El motivo por el que mi
madre odiaba tanto a la austríaca era yo, no la aventura que tuvo con mi padre.
-Hainisch, al parecer –le relaté a Soledad-, tuvo un hijo poco antes de
morir. Imagino que, cuando se hizo la famosa foto, ya estaba encinta, de ahí
aquella expresión suya que tanto me caló. El caso es que al poco de dar a luz
murió de un paro cardíaco, eso decía el parte médico, aunque mi padre pensaba
que en todo aquello algo tenía que ver el feo asunto en que estaba metida, ya
sabes, lo de los judíos y los campos de concentración. Así que mi padre se
trajo el niño a casa.
-Eras tú,
imagino.
-¿Quién, si no? Ya ves, todo mi vida creyendo
que tenía una familia, que me estaba unido a ella por lazos inquebrantables de
sangre, y resulta que soy un bastardo.
A
veces me pregunto qué he ganado al conocer mi verdadero origen. Español por
parte de padre, austríaco por parte de madre, de una madre responsable de quién
sabe cuántas muertes de inocentes sacrificados en los campos de exterminio;
quizás uno de ellos fuera un director de cine, que acababa de rodas su última
película, un polaco. Cuando pienso en ello, noto que todo el peso de su
conciencia case sobre la mía y, entonces, una migraña terrible me aplasta la
cabeza. ¿Fue bueno saber la verdad? ¿Debemos conocer la verdad, cueste lo que
cueste? La ignorancia es lo que realmente nos hace felices, estoy convencido de
ello: ésa es la única verdad. ¿Kodra, Hero y tantos otros personajes hubieran
sido felices, si hubieran desconocido la verdad? Tal vez Korwalsky no hubiese
entonado el llanto por la yedra ni el Helesponto se hubiera tragado la joven de
Sestos. Claro que todos ellos son personajes ficiticios, paridos por el arte,
que es ficción. En Literatura, como en todo arte, la verdad no es verdad, sino
una verdad ficticia, que es un engaño reflejo de la verdad.
En
estos últimas semanas mi espíritu ha encontrado la serenidad. A ello ha
contribuido, sin duda, mi trabajo a media jornada. Me deja todas las tardes
libres y los fines de semana no tengo que preocuparme por ningún problema. Me
noto viejo y achacoso, que mis bienes no son míos, que lo único mío es un niño
que quizás nunca haya existido y, de existir, quizás nunca sepa quién es su
verdadero padre. Tal vez, cuando yo ha haya muerto, ese niño, adulto, se interese
por una fotografía mía, en quien no reconoce a nadie.
Cada
día me cuesta más esfuerzo continuar viviendo. Esa serenidad que dan los años
y, sobre manera, el haberse rendido a la lucha diaria. Al final, no tardaré en
engrosar el número de ancianos que se dejan llevar, que se sientan en un sillón
del geriátrico o en una silla incómoda, o en el butacón de la casa de mis
padres, para ver cómo se pasa el poco tiempo que me queda. Envidio a los
jóvenes, en cuya sangre todavía bulle la necesidad de escalar las montañas sin
darse cuenta de que detrás de ellas hay otra más alta; a pesar de ello,
insisten pertinaces en escalarlas. ¡Cuánto mejor es sentarse en la cima, una
vez llegados, a disfrutar del éxito y contemplar el paisaje, que ya se
presentará la oportunidad de subir la siguiente, que de donde está, nadie la va
a mover!
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