Las memorias del llamado Guzmán Zoilo González

 

PRÓLOGO

               En un recodo del montaraz camino que se alarga hasta la cima del promontorio conocido como «la calva del ruiseñor», no hace más allá de dos décadas había un mesón de pobre esqueleto y parco sustento, donde Pedro Cañizares Sarrió malvivía a cuenta de los pastores, montañeros y veraneantes, los cuales también calmaban la sed y ponían freno al apetito con un par de tragos y tres o cuatro mascaduras. Hay quienes dicen que Pedro era sexagenario, próximo a los setenta; otros le conceden un lustro más; algunos le allegan al túsculo anciano; unos pocos lo envejecen diez años aún; pero, los que le conocieron bien acuerdan en darle no más de medio siglo. Según testimonio fidedigno, esta posadero rebosaba de muy buena salud, tal que nadie se explicaba su sobresaliente panza a tenor de la escasez que la casa ostentaba: corpulento, bien afeitado, poco pelo, gruesos dedos, grasienta cara, alto y de amplias entendederas.

                   A primeros de julio quedaba a su Cargo un sobrino suyo, licenciado en las clásicas lenguas, quien le ayudaba cuando en tiempo estival concurría mayor número de clientes. Este joven de flacos brazos, débiles manos y agudo raciocinio, que rayaba la treintena sin pasarse, llevaba por nombre Juan Estévez Sarrió. De lo que aconteció allí habla por boca de la pluma, si ello fuera posible, un manuscrito que mi buen amigo Sancho Quijares Toba me entregó antes de su muerte. Yo, por servir oportuno al mundo de las letras, me hago eco de la narración, y así, tal como lo leí, lo cuento.


 

CAPÍTULO PRIMERO

        

         La solariega casa de Pedro siempre respira paz cuando las primeras sonrisas de Helios iluminan su fachada. La posada en sí no es muy amplia ni ampulosa, pero el patio interior ofrece un acomodo solaz gracias a la sombra de un enorme sauce crecido en el centro del atrio; en el viejo tronco se puede observar la llaga ancestral de la navaja de un enamorado que cinceló su corazón tocado por el amor de una doncella. Alrededor del árbol descansan y dormitan las mesas, a las cuales se sientan los huéspedes. Dentro, las paredes de la sala, no muy espaciosa, revientan de rusticidad. Una escalera en caracol conduce al piso de arriba, en donde cuatro habitaciones ruinosas alojan al posadero mismo, a su sobrino y a los inquilinos que descansan la noche en estivales días; allí, en la menos hambrienta, se huelga mi padrastro en los meses de sol.

Pero, antes de proseguir, bien será que me presente. Me bautizaron en la iglesia de Lorío con el nombre de Guzmán Zoilo González, de padre desconocido, según consta en el registro, y huérfano de madre el mismo día que el Nalón me vio nacer. Por no abandonarme al desamparo, me acogió en su rica hacienda el no menos rico don Carlos Godoy Trujillo; solterón mujeriego de pocos escrúpulos con las casadas y casamenteras. A él serví en mi infancia y adolescencia como criado suyo, confidente de sus andanzas y consuelo de sus fracasos. Me enseñó el placer de la lectura y de la escritura, vetadas a mis compañeros, así como las cuentas y ardides mercantiles; esto me enseñó por no asistir yo a los maestros, a quienes consideraba dañinos para el ánimo y perjudiciales para la cultura. Tal me trató, pues, que no distinguiera si fue amo o padre, profesor o amigo. A pesar de ello, nunca mostró flaqueza para conmigo; mas, a decir verdad, si es cierto aquello de que «quien bien te quiere...», entonces habré de admitir a ciencia cierta y mal que me pese, que cada azote de su cinturón era un beso fraterno por más que doliera en las carnes, que el de Judas fue de buen grado recibido, que no los de mi tutor. De este modo, a base de castigos y recompensas, aprendí mil trucos y cien millones de requiebros: lagrimear con engaño, reír maldiciendo, musitar a voces, hablar en silencio, en el trabajo holgazanear... Al cumplir los veinte y dos me prometió llevarme a la posada que digo con él, en la cual comienzo ya mi historia, que por sus hechos parece mejor cuento.

Como ya venía aleccionado de los habitantes y lugares por las correrías que mi señor se deleitaba en contar a la servidumbre con todo lujo de detalles, ya pensaba yo ser habitual de la zona y conocer las flaquezas y grandezas de los de allí. Así, ganéle a Pedro por la mano a la alada hora de levantarme; no se crea que soy muy madrugador, sino que la noche anterior, que también fue la de la llegada, me había acostado con inusual antelación a la medianoche. En desayunándome, pues, ocupé la silla cercana al mostrados con «La Voz de Asturias» dominical, que supone la del día anterior, en espera de que don Carlos se dignara ponerse en pie, no fuera a necesitarme para algún recado urgente u otra labor de la que acostumbra a ordenarme de cuando en cuando. Durante el tiempo en que permanecí solo, corroboré, lo que ya tenía instruido, el hecho de que Pedro apenas dirigía la palabra a forasteros desconocidos, por lo cual me limité a estrujar la prensa callado. En tanto el dueño andaba en asear los vasos y quitar el polvo de las botellas, entró Paco Pepe, a lo que supuse por referencias de mi patrón, quien le otorgaba la primacía en acudir allí, amás de la coincidencia en la descripción. Saludó con el brazo en alto blandiendo su inseparable garrote, a lo que se me torció sacado de castañero y modelado a base de paciencia. Asentó las posaderas en el lugar más opuesto al llorón. Sirvióle el posadero un pinta al compás de un «nunca vino pellitas curas», que, sin duda, tomó de Juan, y luego dedicóle en castellana lengua:

–A las buenas de Dios, Paco. Ahí te va la pinta de vino.

–¿De vino? –respondióle el otro– Mejor le llamaras jugo de corteza, que tal impresión causa al paladar.

–Bien que lo apuras, a pesar de las protestas.

–A falta de pan...

 

Admiróme la delicadeza del vaquero en insultar el mal sabor, y aún los reflejos con que lo defendió el posadero, así que presté oídos al diálogo, cansado ya de los artículos insípidos del periodismo.

                –¿Está el mozo en la cama? –inquirió Francisco José, que así se llamaba el pastor.

                –El truhan anduvo de cortejo por la noche y el sueño le tiene rendido. La Marisol le ha comido el poco seso que le quedaba.

–Al menos cabe la posibilidad de que emparientes con el cabildo.

–Menudo consuelo, si se dedica a correrla por ahí en vez de aplicarse en lo debido, que las copas no se sirven por sí mismas.

–Siempre quejica. ¿Acaso no comprendes que donde hay alcalde no hay carencia? No es tonto el zagal, que, aunque costosos, los estudios le bastan para acaramelar a la más pintada.

 

En esto bajó trajeado mi amo con el donaire galanteador de su amaneramiento: americana marina, pantalones del mismo tono, camisa albina, corbata cromada, calcetines rojos y zapatos de charol oscuro; la crencha lineal, el pelo de lacre azabache, la pulsera dorada, el anillo colmado en rubí y el reloj con argéntea correa; la mirada alta, el gesto circunspecto, la frente amplia y el paso marcial, si no fuera por una leve inclinación del cuerpo por culpa de su corta cojera. En más de una ocasión vilo yo emperifollarse delante del espejo con la gracia que da el presuntuoso alfeñique preparándose para una grave contienda, incluso descubrílo humedeciendo los labios con no se qué potingue, quizás crema de cacao. Tal altivez le impelió a un traspiés que a punto le manda al suelo en el último escalón, lo cual obligó a Paco Pepe a apretarse los dientes, no le escapara carcajada alguna, por más que unas arrugas faciales delataban la chanza imprevista.

–Cuide su merced la pisada –exclamó con seriedad el mesonero–, no vaya a descalabrarse.

–Cuide su ilustrísima el peldaño –excusóse don Carlos–, que a poco el daño se convierte en irreparable, y repare su excelencia en la tabla, que flojea a la izquierda a falta de ajuste.

–Bien que se me antoja cuerdo el consejo. Tendré que rematar el madero, que sin moverse osa balancear el tramo.

–Pues ya que vuecencia se digna atender mis dictámenes, eterno le quedaría si tuviere a bien disponerme algo que rellene el estómago, que sea ligero y nutritivo.

–Mientras lo condimento, avenga sus reales en cualquier asiento.

 

Contemplé con sorpresa toda aquella arenga de uno y otro, no tanto por ignorar la garrulería de mi amo, como por la perspicacia del tabernero. El caso es que don Carlos decidió participar de mi compañía. Me adujo cien razones de disculpa por el tropezón, de lo cual inferí una molesta situación, contando con que la tabla se hallaba bien clavada por todos lados. Dado que la costumbre y los buenos modales no permiten a siervo y señor compartir la mesa en el momento de las comidas, cuando Pedro la asistió, mi amo suavecito me confió un mensaje: que buscara en el pueblo la casa de don Luis Fonseca Gracia, maestro del lugar, que preguntara por doña Clarisa, esposa de don Luis; que la avisara de nuestra presencia; y que ella me pusiera al corriente de su marido. Me erguí protocolariamente y salí al camino, siguiendo el cual hacia abajo encontraría la población.

Esta Clarisa no me resultaba ajena del todo. Don Carlos, en sus muchas narraciones, la mencionaba muy a menudo como su divertimento esencial. Todas las tardes se reunían en la taberna de Pedro el cura, el alcalde y otros más entre los cuales estaba don Luis; entonces, los dos amantes aprovechaban la oportunidad para pasar juntos varias horas hasta poco después del ocaso, momento en que el cornudo regresaba al lecho familiar. La razón por la que el astado demoraba tantísimo su vuelta no era sino la plática, la partida de cartas y otra plática más que con frecuencia terminaba en discusión a voz en grito.

Descendía yo, pues, girando la cabeza acá y acullá a fin de no perder detalle del paisaje, placiéndome en la contemplación de los empinados terrenos, de las profusas arboledas, del cegador verde y del seca cauce de un riachuelo montés. Crucéme en el trayecto con el caqui de un guardiacivil, que juzgué sargento mayor por las rayas anguladas del uniforme. Me hizo ademán usual, llevando la mano a la frente sombreada.

–Buenos días, caballero –saludó. Tras contestarle con la mismo cortesía, me inquirió–. No recuerdo haberle visto antes por aquí; ¿no es usted de las cercanías, verdad?

–No, señor; he venido con mi padrastro, don Carlos Godoy.

–Ah, ya; eso lo explica. Perdone si le molesta; sin embargo, he de advertirle sobre su indumentaria. No está mal que vista usted ropa ociosa, aún soporto el relajo en el calzado y en el peinado, pero, por Dios, hágame el favor de lavarse la cara: la mancha en su mejilla avergüenza al ser humano.

–Tiene usted toda la razón, si no fuera que esta mancha vive ahí desde que mi memoria alcanza. Quiero decir con ello que no es porquería quien reluce, sino un simple lunar.

 

El suboficial viró sin abrir la boca y continuó la marcha alargando la zancada. Yo no pude por menos que sonreír ante el incomprensible yerro.

Después de cincuenta minutos de caminata se me presentó a la vista el pueblo. Apenas un puñado de viviendas en torno a la plaza consistorial: calles de pésimo empedrado, estrechas, sombreadas, húmedas en su mayoría. Interrogando a unos y a otros conseguí localizar la casa de don Luis; llamé a la puerta y despególa una moza de buen ver. Presentéme y pregunté por doña Clarisa. Entróme a un coqueto saloncito e invitóme a un sofá que tomé con mucho gusto a causa del largo paseo. Desapareció por la misma puerta a través de la cual apareció enseguida una señora de vestido escotado, más gordita que ancha de caderas, y butirosa pelleja. La informé según lo ordenado y acordé con ella comunicar a don Carlos la hora en que debían acudir al sitio de siempre. Me despidió con un entusiasmo indescriptible. Una vez que hube cumplido mi primera misión como celestino, opté por solazarme en aquellos lares, pues la cita estaba aplazada a la sobremesa y el retorno era en cuesta.

Quise refrescarme en un surtidor de la plaza, mas de él bebía un haraposo anciano, que se diría sacudía las pulgas en el agua; tal asco me dio en acercándome a él, que no fui capaz de allegarme a la fuentecilla y, cuando el chorro quedó libre, quedéme yo sin sed y con el sudor desalojado. Sin duda se trataba de Mario, de quien mi señor relataba como puerco mendigo, vividor de los pequeños hurtos, que al fin de la jornada acumulaba en alguna choza de las afueras. «Agua bendita», rezongó el viejo mientras se alejaba, «sustento del sediento». Ya me iba a decidir por participar de su frescura, cuando un perro, callejero a todas luces, se me anticipó; enderezándose sobre las patas traseras, arrimóse con las delanteras y lamió el grifo mientras bañaba la lengua canina. Con esto acabé por desistir del intento, determinando visitar los alrededores sin probar aquel agua bendita.

Entre miramientos llegó el mediodía, así que regresé, vacuo del caño, a la posada a fin de tomar almuerzo y contar a don Carlos las señas de su amada. Volvía cruzarme con el sargento a mitad de recorrido, pero ahora el guardiacivil aceleró el paso, saludó raudo con la misma compostura que la ver anterior, y no se detuvo si quiera ni para dirigirme palabra alguna. Hallé a mi amo impaciente deambulando en el zaguán adelante y atrás. Cuando se percató de mi venido, lanzóseme a mi encuentro como alma que lleva el diablo; sin permitirme un respiró me instó a relacionarle lo acaecido con su dama. Tragué cuanto saliva pude de un solo golpe y le remití a la cita. Mandóme, luego, al comedor, donde ya los platos iban a ser servidos, reiterándome me diera prisa por concluir, dado que todavía le tendría que hacer nuevo favor antes de las cuatro. Extrañáronse tío y sobrino de la avidez con que remataba la sopa, la carne y la fruta, lo cual comí en menos de un cuarto de hora. El encargo consistía en alquilar un caballo, que Paco Pepe le cedía para la tarde y la noche; a tal propósito me confió el dinero estipulado entre los dos en mi ausencia. Nada pregunté sobre el motivo de elegir al cuadrúpedo en vez de un automóvil o, en su defecto, una motocicleta, lo que a mi entender era más práctico, más rápida y de mejor manejo. Me indicó la dirección con apresuramiento y el verdadero motivo de su equitación, que no era otro que disponer de transporte para la faena.

Encaminéme, por consiguiente, a la carrera, porque mi padrastro viera la presteza con que llevaba sus instrucciones. A la vuelta de una esquina, empero, aminoré la rapidez y la troqué por calma. Me introduje en la vereda señalada por mi señor, ascendí un par de subidas, atravesé el torrente muerto, pisé la hierba segada de una finca y, finalmente, alcancé la cabaña del ganadero. Me acogió con la frialdad misma de Pedro Cañizares, aunque me consintió un descanso sucinto en el poyo cabe la cuadra, en que ensillaba al ungulado. Reclamóme el precio, regateélo al considerarlo excesivo por aquel rucio de fea apariencia, escudándome en la fidelidad al tutor, convencílo y aseguréme con ello una paga extra con que llenar los agujeros de mi bolsillo.

Después de la transacción, cabalgué despacio en disfrute de los páramos. Llegué convenientemente a la posada donde le expliqué a mi padrastro cómo había abaratado la tasa y, con disimulo aprendido, le hice creer que había extraviado las ganancias con el trote, a lo que no puso reparo por estar algo apurado con la marcha. Encomendóme, no obstante, me mantuviera atento a que don Luis no se fuera de allí antes de las diez, en cuyo caso le retrasara por medio de alguna artimaña. Con mi promesa, dado con entusiasmo, se marchó tranquilo. Yo pasé al patio, en el cual había grande bullicio por el juego del tute por parejas. El cura participaba del destino con al maestro, el sargento lo hacía con el que presumí debía ser el alcalde, según los indicios. Fisgando los lances permanecían el sobrino, el conejal Tomás, el panadero Ginés [que a todos conocí poco a poco a medida que sus nombres salían en la conversación], y Pedro, que en sus idas y venidas echaba un vistazo para enterarse del resultado. En el interior del mesón había cinco mujeres con sus críos, revoloteando entre las mesas de aquella y esta parte a gritos pelados. Según fui averiguando, una era Luciana, esposa del miope, cuarentona de mal hablar y nimia elegancia; a su diestra, la disforme Coral, hermana del sacerdocio; enfrente suyo, Margarita, de lengua viperina, unida en segundas o terceras nupcias [que esto no lo tengo muy  claro] al alcalde don Arturo Cuéllar; a la izquierda de ésta, dos jovencitas de mejor figura y moderación: la hija de doña Clarisa, Leticia, aquella que me incitó al sofá en casa de don Luis, y Laura, hija de Luciana, la más hermosa de todas ellas, de las cuales dos se decía habían sido achuchadas en el pasado por el filólogo, pero cuyas pruebas no estaban demostradas. Yo, por mi parte, busqué una silla no lejana de los jugadores a fin de no despistarme de la encomienda y, al tiempo, entretenerme con las discusiones que allí pudieran florecer.

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

         Gesticulaban los presentes, flagelaban el mueble a puñetazos, herían con sus voces, insultaban la baraja si la mano era mala, cantaban las cuarenta o las veinte con desenfreno, a veces peroraban sin sentido.

 

–Vaya suerte la mía –se lamentaba Jorge, que era el sargento.

–Faber est suae quisque fortunae –contestóle el cura don Remigio–, o lo que es lo mismo: cada cual es artífice de su destino. Ya quisiera el constante buey llevar silla y el volátil caballo arado, que nadie se conforma fácilmente con su suerte. ¡Veinte en copas!

–No hable más, don Remigio –interrumpió Juan–, que empieza a desvariar. Lo suyo no son las letras, sino las cartas.

–Es que tengo cabeza para ello.

–Y estómago para aguantar toda la tarde engullendo vino y algún que otro pastelito que le cae en su eclesiástica gracia.

–Hasta los ministros del Señor necesitan fuerzas, y no sólo de espíritu.

–Menos charla y más atención –bramó don Arturo–, y tire usted, que le toca.

–¿De qué va?

–De arrastre –dijo don Luis.

–Pues allá va el orón, ¡y las cuarenta!

–Caray con lo cantarín que está usted hoy –comentó el señor Claret.

–Dios me asiste.

 

         Ya me hastiaba en tan poco rato de espía, así que determiné airearme por el campo en detrimento de la vigilancia. No sólo fui yo quien, estando allí presente, cansó, sino que me precedió Juan, veloz como el viento, más bien huracán que brisa por el revuelo que armó al correr las sillas que cerraban el paso.

 

–¿A dónde vas con tanta ofuscación, sobrino?

–Es que he olvidado algo importante, tío; vendré ligero como la pluma.

–Que así sea.

–Lo será –se le oyó cuando ponía un pie en la calle y el otro le seguía en volandas.

 

         A causa de mi natural ingenio, la curiosidad me arrastró a distancia prudente tras el apremiado Juan; pero,  su celeridad abrumó la mía, de manera que únicamente logré fijarme hacia dónde se había disparado sin poder pisarle las huellas. Continué a mi ritmo, porque tampoco era caso de necesidad, hasta que la fatiga me incitó a parar junto a una alberca. Allí cerca el mendigo, a quien don Carlos apodaba «el senequés», mordisqueaba una manzana. Tan pronto como me ojeó, se me aproximó a rogar limosna, a lo cual le arengué del siguiente modo:

 

–Mal favor le hace a un mendigo quien le da de comer o beber, pues pierde lo que le da y le alarga la vida.

–No tiene límites el precavido –arengóme él a su vez–. Cuando te dispongas a hincar el diente en un manjar exquisito, piensa antes en el pobre, que quien alimenta al mendigo, a Dios alimenta. Pero, tú eres de ésos que sacian el hambre hasta hartarse y prefieren ignorar el pesar que padece quien ayuna.

 

         Sentíme molesto, no por la represalia, sino por considerar cierta la reprensión, la larga retahíla de reproches. Tentóme la caridad a donar unos duros ganados al pastor, incluso algunas pesetillas sueltas [a punto cometo tamaña barbaridad]. Gracias a un momento de lucidez recobré la compostura y díjele:

 

–No estoy tan sobrado de dinero como para malgastarlo en dádivas. Sin embargo, conozco el medio con el que, si no enriquecerse, al menos salir de los primeros apuros. Aunque debo advertirte que precisa engaño y riesgo de ser descubierto.

–Lo primero es procurarse dinero, la virtud vendrá con las monedas. ¿No sabes que la ganancia de uno ha de perjudicar por fuerza a otro? ¡Cuán rápido se enriquece quien no se avergüenza de ninguna bajeza! Habla, que ya te escucho.

 

         Se me trabó el entendimiento y la lengua a un tiempo, atendiendo a tales aforismos encadenados, que más le tuviera por docto sabio que por miserable vagabundo. Esforcéme en reprimir loarle por tan buenas sentencias y mostréle el plan al fin:

 

–Veo que hablas sabiamente, mas prevente para el dolo. Al oscurecer don Luis, el maestro, se retirará a su casa. Tengo averiguado en mi padrastro que la vuelta la hace solitario, por lo cual nos resultará fácil llevar a cabo la burla. Tú procúrate ropa blanca, en la cual pintarás sendas cruces rojas al pecho y  a la espalda. Espera a la víctima al otro lado del puente; de inmediato que don Luis lo cruce, en pie desde unas matas dirás: «¡Ay de ti, desgraciado! Ve; ve a tu lecho mancillado, comprueba la vergüenza del adulterio». Luego, sin perder más tiempo, te alejas. ¿Aprenderás el discurso?

–Poseo excelente  memoria. Me acordaré de todo.

 

         Detallamos alguna cosilla más y nos separamos, él a su camino y yo al mío. Comprobé la simpleza, casi inocencia, de Mario, pues no me interrogó sobre cuál sería mi cometido, a no ser el de concebir la trampa, ni sobre cuál era el propósito de lo que él entendió como broma. Enajenéme de aquello y, repuesto, proseguí sendero arriba, que todo aquel lugar parecía tener más altos que bajos. Al cabo de veinte minutos, quizás veinticinco, topéme en una campa con las ruinas de un antiguo edificio; de ellas percibí carcajadas de hembra cachonda, luego voz de masculinidad, que se me tornó la de Juan; más tarde jadeos, a continuación risitas, siguieron bufidos, y todo acabó en quietud. Eso acaeció durante el cuarto de hora en que me apoyé en el tronco de una haya, que rozaba una de las paredes medio derruida. Oí susurrar el nombre de Marisol; asomé la cabeza por un hueco del horadado tabique con la intención de averiguar si mi amo también había acertado al describirla tan bella. Y, en efecto, más aún, su descripción no había hecho justicia a la belleza que mis ojos me presentaban: los suyos eran colo nicotina como si tuviera la nicotina de todos los abuelos, diría don Ramón; la sonrisa, como el brillo de una pasión sin freno; la piel, más blanca que la nieve virgen. Presté mayor atención cuando Marisol le dirigió una mirada tan sensual, que los mismo ángeles bajaran al Infierno  sin con ello la obtuvieran para sí.

 

–Léeme otra poesía –murmuró aquella beldad.

 

         Juan asió un libraco que, según mi vista alcanzó a leer,era de un tal Gundis Zlav. El mozo recitóle estos versos:

                                               Dormida entre los pétalos de rosa

                                               blanca, yo te contemplo tan llorando

                                               que estás, sobre tu lecho derramando

                                               rojas gotas de sangre, tan hermosa.

 

                                               Me preguntas con tus ojos, sollozando,

                                               a dónde puedes ir sin regresar;

                                               preguntas si se puede o no olvidar

                                               un amor que empezó ya terminado.

 

                                               En silencio te miro sin hablar,

                                               sin saber el motivo porque lloras,

                                               la causa porque no florece ya

 

                                               la sonrisa con la que me enamoras,

                                               la alegría que desde tu mirada

                            llena de amor mis vacías horas.

 

         Maravilléme de la dicción del lector, mas que del sentimiento encerrado dentro del poema, a cuyo autor no reconocí entonces y reconozco ahora. Todavía hoy ando en busca de un ejemplar, mas todo en vano, que si no es por la devoción con que el jovenzuelo lo custodiaba, ya le quitara yo un tesoro como aquél, pues ha de saberse que las recitaciones que escuché aquel verano hirieron, por no decir despertaron, mi espíritu, y provocaron una brecha tal, que se me antoja no vaya a cerrarse en tanto no lo dé yo por finado en su lectura.

         A desgana dejé el picadero, no fuera don Luis a fallarme de horario. Era el turno de bajar, maguer costaba su trabajo retener la embestida del descenso, igual que el arreo de la ascensión. De nuevo reparé las fuerzas en la alberca mientras disfrutaba de un cigarrillo. En lontananza oteé a Juan deslizándose furtivo por un atajo desconocido para mí, esquivando los descampados y los campesinos atareados con la hierba.

         Cuando llegué a la posada, ya el sobrino despachaba la clientela. Yo metíme hasta el patio, donde la mesa era rodeada por más gente, entre la cual vi a don Luis. Soseguéme con unos sorbos de mal vino y juntéme desapercibido a la partida, la cual finalizaba. En un principio temí que el cornudo regresara temprano y mis sesos devaneábanse en argucias; mas, por fortuna pusiéronse a discutir.

 

–¡Cago en mi manto! –voceó el señor Claret–. No ganamos una.

–Alíviese usted –calmóle don Arturo–. La próxima se la comen ellos; más se perdió en Cuba.

–En Cuba, sí. No la hubiéramos con mano dura y rígida disciplina, que los jóvenes holgazanes adórnanse con melenas y eso les hace combatir como putitas, y usted disculpe, don Remigio. Bien que los raparía yo al cero. Antes morir que rendirse.

–De valientes están llenas las sepulturas –alegó Ginés.

–Mayor gloria para los caídos.

–En brazos de Dios –asentó el cura.

–Timidi est optare necem –aludió Juan.

–Letum non omnia finit –replicóle don Remigio–; nam exemplum dei quisquis est in imagine parva.

–Nihil negat, parvum crede, nisi videas –insistió Juan.

–Ya va, ya va –protestó don Arturo, exaltado–. Aquí nos entendemos en cristiano. Ésas son letras acabadas y a nadie interesa, sino a filósofos y eruditos.

 

         A todo esto, el sargento se había colocado el tricornio y habíase levantado un tanto enfurecido con los latinismos que en absoluto entendía, ni comprendía su sonido. Echaba pestes contra ellos, como siempre hacía contra lo que le era ajeno. Con la sequedad propia del orgullo martilleado, despidióse con la seña militar acostumbrada. Tropezó casualmente en mi pierna, escrutóme de cabo a rabo, reconocióme sin duda por la marca, ruborizóse, tersó la frente y se fue.

 

–Desde que usa esas lentillas no ve  claro. Está que rabia –comentó don Luis.

–Pues creo que mañana ya le arreglan las patillas de las gafas –agregó don Arturo–. Y menos mal que conservas esas lentillas de antes, porque de lo contrario no vería tres en un burro.

–Es que se le irrita el iris –adujo Ginés– y le destroza los nervios, por muy templados que se los presuma, que sé bien que farolea, pues tiene temperamento de cabra montés.

–O de cabrón –gritó Juan desde el interior.

 

         El comentario movió a risa entre los concurrentes con asenso de todos. Excusóse al ausente en tanto el alcalde alzaba el trasero, exponiendo la autoridad matriarcal. En ese instante entró un chiquillo al que llamaron Martín, quien, a su vez, llamó «papá» al concejal Tomás; sujeta con los brazos portaba una alcofa rebosante de manzanas, cerezas y fresas silvestres. Acercóse a los oídos paternos, temblaron alucinados los labios, y Tomás siguió en la partida sin decir nada, hasta que tras la última baza, dejó desmayadas las cartas sobre la mesa y salió tras los pasos del pequeño Martín. Poco a poco, al cabo de media hora la mesa quedóse con sólo el cura, el maestro, Ginés y un servidor que narra. Vacióse también el local, lo cual empleó Juan para cenar y Pedro para asear. Aproximadamente a las once se fueron don Luis, don Remigio y el panadero.

 

CAPÍTULO TERCERO

 

Disponíame yo a retirarme por mor no de dormir, sino por ufanarme en honor de los éxitos de aquel día y maquinar otros muchos, o entregarme a Cervantes [de quien entonces leía los avatares del canino parlante tras la lectura de las anteriores ejemplaridades], cuando arribó mi amo sudoroso.

 

                –Ha de la casa –vociferó con la usual arrogancia–. Traigo necesidad hambruna. ¿Dónde se esconde, maese Pedro?

                –Aquí estoy.

                –Ponga mantel y cubiertos, y dígnese su ilustrísima en adobarlos con suculento banquete. Y repare el mesonero excelentísimo en no desazonar, que el estómago no tolera insultos.

                –Elija vuesa merced el triclinio y hágase la merced de aguardar el alimento.

                –Y tú, Guzmán, acércate a mi siniestra sin gozar de liberalidad, que los siervos son por lo general más libertinos que los libertinos señores.

                –Situaré el cuidado ante las acciones y dichos con el respeto oportuno a noble tal.

                –Y harás bien, que un siervo debe saber más de lo que aparenta, y es calidad suya averiguarse con su amor en todo momento a fin de llevar la vida en agradable viaje, pues para ser feliz y conservar tal estado, basta con no extrañarse de nada.

                –Yo, para alcanzar la felicidad, me conformo con una bolsa de oro, que me alivie las penurias.

                –Mal has escogido, pues no es el otro piedra fundamental.

                –¿Qué puede existir mejor que el oro?

                –El jaspe.

                –¿Mejor que el jaspe?

                –Los sentidos.

                –¿Mejor que los sentidos?

                –La razón.

                –¿Mejor que la razón?

                –Nada.

 

         Con esas y otras necedades se holgó don Carlos hasta disponer del rancio sustento de Cañizares. A mí me concedió licencia para apartarme, que ya tocaba retreta por los avanzado de la noche, además del ansia mía por fenecer el coloquio perruno, amena novela del ilustra manchego.

         Ignoro cuánto más importunó mi amo al posadero, pero debió de ser extenso, pues hacia las tres de la madrugada aún permanecía yo en desvelo al punto de finar la tarea, cuando la ventana de Juan chirrió, delatando la nocturna escapada del avispado chaval, y de ahí en adelante nada noté. Que di fin a la perruna vivencia y sumergí la vigilia en el velo de Morfeo, habiéndome huido el trance del mendigo con don Luis, cuyo resultado refirió el licenciado a la mañana entrante, de lo cual resumo ahora para no inquietar al lector.

         Acechóle Mario al maestro según lo expuesto por mí, incluso calcó palabra por palabra la advertencia. Viéndose Fonseca en tal situación, reconoció la voz, cabreóse sobremanera y arremetió en su contra con la ayuda de una vara que agarró de un castaño. Corrió cual liebre el vagabundo; cual galgo, el profesor. El segundo dióle alcance al primero, estorbado por el disfraz, achantóle el cogote de un varazo, de otro rasgóle el cambuj cristiano, el tercero frióle la mejilla y de un cuarto partióle varias costillas con tal ímpetu, que a poco no se muere el pobre entre el susto y el dolor. Apaleado quedó Pérez, que tal apellido llevaba el padre; mas, al verse librado del barquero, santiguóse devotamente y juró no incurrir en más blasfemias que en la irremediable ya. Asina ocurrió el invento, asina escarmentó el burlador al fin burlado.

         De los tres días restantes nada merecedor de recuerdo, a no ser que mi amo insistió sucesivo en la pendencia matrimonial; que don Luis mosqueóse en sin lidiar el tálamo; que Juan piropeaba más fuera de lo común a la cincuentona Alejandra Barrial, matrimoniada a lo que establece el santo Oficio con Ginés, de lo cual se celaba Marisol; que se repitieron las partidas entre los oros, las copas, las espadas y los bastos. Por mi parte, el único provecho que saqué de estas setenta y dos horas fue el informarme, por ciertas circunstancias, sobre el caudal eclesiástico, el cual, sin cifra exacta, equiparábase con el conde de Montecristo. El muy ladino don Remigio lo encubría bajo alguna baldosa suelta de su cubículo, al cual se accedía a través de un pasillo donde la habitación de su hermana funcionaba de garita, y un enorme y horrible bulldog ladraba al aviso del menor ruido. Muchas horas pasé ideando el modo de hurtar el tesoro oculto, pero no me resultó favorable hasta cumplir tres días.

 

CAPÍTULO CUARTO

 

         Amontonóseme el trabajo el viernes en cuestión, dado que don Carlos me traía loco de aquí para allí en la búsqueda de una bicicleta, un asno, un caballo o yegua, o un vehículo de a motor, escaso en aquellos parajes por lo inviable del terreno, porque se había despistado mi señor en los alquileres con el ajetreo extra-conyugal. Pero, a la tarde ya dispuse de todo en favor del amo y permitíme el lujo de buscar compinche para la fechoría canónica. Averámonos a ello un tal Ricardo y yo mismo, el cual resultó ser la oveja negra de la familia del sargento, un mozalbete travieso de no más de veinte años, descuidado en el estudio y sabio revoltoso.

         Meneó en negativo la cabeza al principio por considerarlo de notable embarazo, mas llevéle al huerto insistiendo en la recompensa posterior. No obstante, húbele de garantizar el éxito de la táctica anticipándole de mi peculio alguna calderilla, con la que quedó como unas castañuelas. Prometió comprar, o al menos conseguir, una perra en celo, que yo le había mandado, a primera hora del día siguiente, y con tal voto me dediqué a la guardia de don Luis, olvidado ya del suceso tenido con Mario, de quien jamás supe nada desde entonces.

         No me resultó de balde la tarea, pues aquel último día lectivo, si no fueran vacaciones, apetecióle dejar el encuentro anticipadamente. El motivo era que su retoño se hallaba postrado en cama con algo de fiebre y le preocupaba la recuperación. Creía, el crédulo, que su mujer la cuidaba, y aún así estaba intranquilo y sin concentración en las cartas. Quiso don Arturo amansarle los nervios diciéndole que también su hija Marisol la velaba y entretenía. Yo miré adentro y afuera extraño del comentario, mas no vi a Juan; sin duda, había escapada, como en otras ocasiones, pero no acertaba adivinar con quién o dónde se refocilaba. Por de pronto, mi deber era encargarme del maestro para proteger los intereses de mi señor, así que, nada más comprobar la decisión irrevocable del maestro de volver a su casa, mi mente se puso a cavilar con toda priesa, cuya solución cuento ahora.

         Coloquéme agazapado tras un roquedal, obligado de paso, con un pedrusco muy grande; cuando tuve a tiro al desprevenido prebostes de la docencia, le arrojé el proyectil con ánimo de herirle levemente en el hombro, pero con tan mal tino, que le descalabré en mitad de la cocotera. Cayó fulminado como por rayo de Júpiter, desmayóse, socorríle, sangróle el chichón, curéle y, al cabo, despabilóse azorado preguntando lo acaecido.

 

                –Parece –dije yo– que se ha descolgado una piedra de allá arriba con la mala suerte de topar esta su cabeza en el vuelo.

 

         Palpóse la parte dañada, la cual prudentemente yo había vendado con un trapo limpio, el cual me servía de pañuelo si la necesidad apremiaba. Irguióse de improviso, insistiendo en la vuelta. Con serenidad argüí su necedad, pues, siendo el golpe de magnitud desconocida, era mucho más conveniente visitar algún médico, veterinario o farmacéutico, que los asuntos de la cabeza no se toman a la ligera. ¡Cuánto respiro sentí al notar convicto! Entre la caminata hasta el boticario, el tiempo de espera antes de escrutarlo, desandar lo andado, la larga despedida que le ofrecí y su llegada, la noche se nos había echado encima y el toril salvado una vez más.

         La alegría ésta se tornó tristeza al sábado, cuando a Ricardo le dio por manifestarme que su deseo era el de desfacer el trato. Vínoseme el alma a los pies, aplastóme el mundo entero, porque una vez expuesta la estrategia, no podría poner remedio a su abandono y el enriquecimiento habría que aplazarlo. Agrandóme la pesadumbre tener noticia, semana después, que al cura le habían birlado  no sólo dinero, sino también joyas de oro y diamantes, herencia familiar en su mayoría. Costosa me había salido la confesión, por lo que determiné servir de confesor de ahí en adelante, mas nunca de confesante.

         En el almuerzo de este día antecedente del festivo, alivióme el apetito de Juan, mientras don Carlos cía bajo el sauce, posadero y sobrino departían de forma amena y graciosa con Paco Pepe en la sala.

 

                –A mi toda esa literatura de la que hablas –mencionaba el ganadero– no me vale para vivir. Yo me sustento del trabajo. Además, ¿para qué sirve?

                –Eso es cultura –adujo el licenciado.

                –Cultura Lo importante es saber para qué sirve una brújula, cómo se utiliza un arado, en qué se aplica la electricidad o cuántas son dos más dos; guardar respeto a los mayores, prosperar en un negocio, sembrar semilla y recoger el fruto. ¿Qué transcendencia tiene que “botella” se escriba con be o con uve, si al hablar nos entendemos? ¿Y mucho menos haber leído libros sesudos, como el Quijote?

                –O el sueño de Segismundo. Pueblerinos caducos, mentecatos filósofos del día al día. Ya lo decía el poeta: «no es de hambre porque el español bosteza, sino por falta de sesos». Antes del Cid vivieron muchos héroes, pero todos son ignorados y nadie llora por ellos, porque les faltó un poeta que los inmortalizara, pues durat opus vatem, o, lo que es lo mismo, la obra de los poetas perdura. Y esto es útil, que el lenguaje esconde y a la vez revela el carácter de los hombres, y da ejemplo del modo en que se viva. Y es más, quien habla con elocuencia a menudo causa admiración a quienes lo oyen.

                –No des palabras por harina. ¿A quién le interesan los muerto? –intervino Paco Pepe.

                –¿En alguna ocasión has meditado sobre el recuerdo que dejarás cuando te vayas al Más Allá? Pronto se olvidan a los seres, aunque queridos, si nada los devuelve a su cerebro. Tal vez una fotografía permanezca testigo de cómo eras, mas no te conocerán los venideros, si antes alguien no te deja retratado en espíritu. Si con la muerte acaba todo, ¿qué fin tiene la vida?

         En esto entróse don Carlos, el pelo engominado, bien planchada la raya de los pantalones, el pañuelo en el chaqué [todo al estilo chulesco], aunque rigurosos los faldones por el mal uso otorgado en el asiento. Por culpa de la lluvia andaba el acaudalado más cojo que de costumbre, hincando el bastón en el pavimento, como si fuera a poner una pica en Flandes. Dirigióse a Juan, cuyo último discurso había oído.

                –Cuerda arenga, sin duda, y nada exenta de sabiduría.

                –Ars longa, vita brevis –repuso el sobrino.

                –Sí, sí; pero no nos ofusquemos en lenguas enigmáticas. Eterno le quedaría si nos deleitare con algún ejemplo de la grandiosidad literaria.

                –Tal vez alguno de esos poemas que tan bien elaborados, que guarda el libro de ese tal Gundis Zlav –dije yo.

                –Aquí lo tengo por azar, y, ya que así lo desean ustedes, leeré uno corto, mas trazado con buena disposición:

Yo cantaré a Polimnia susurrante

y a la diosa al tocar doble flautín,

a la lira cantora del festín

y al linaje de Júpiter amante.

 

Yo ensalzaré del más pequeño instante

la magia escabullida del clarín;

caracolea notas del violín

en honor de la gloria de Palante;

 

a los pétalos rojos de la flor

teñidos por la sangre de Belona

y al hijo de Semele el entusiasta.

 

Te nombraré rey, mas rey sin corona,

Cupido, mas también cegado amor.

Cantaré la Memoria con su casta.

 

                –Este libro –dije yo, una vez acabado el recitado– debe de gozar de grande reputación.

                –Sin duda, mas yo lo adquirí a precio más barato, aún trayendo firma y dedicatoria del autor, lo cual aumenta más, si cabe, su valor en muchos duros; no obstante, la belleza de sus versos escritos con pulido arte no tiene tasación.

 

         Esta declaración llegó al entendimiento de don Luis, que en tal momento abría la puerta y se introducía en el local, así que se enderezó hacia el hablante.

 

                –Mal artista ha de ser, ya que no figura en las listas de textos escolares ni luce en los escaparates de las tiendas.

                –No tal –respondió el licenciado–, que a veces el autor precisa morir para ser galardonado. En verdad que la gloria de Gundis Zlav alumbrará en lo futuro las letras universales en cuanto decida convertirse en galardón, pues no ha más de un año que murió, cuyo testamento aquí lo hallo por ser yo el beneficiario, y para que veáis lo correcto que hablo, lo leo ahora mismo:

 

         «A quien pudiere interesar: concedídome permiso el escribano, tomóme la licencia de redactar este escrito a modo de testamento a fin de dar por conclusa mi extrema voluntad, toda vez que averiguo mi final próximo. Mi herencia ha pasar, tras mi muerte, a quienes tuvieren a bien editar los artificios de mi imaginación, que la pluma ha plasmado sobre blanco papel. Pero, por no ofender las clásicas letras, avéngome a sólo parte de las obras, tales cuales más adelante cito, pues las restantes son de poco mérito y dignas del fuego y del olvido. Pero ahora, al llegarme el momento de partir al otro mundo, contemplo entristecido mi vida que, como otras muchas, resulta inconsistente, pasajera y ficticia, pues, aunque creemos haber descubierto todo lo desconocido, pronto nos damos cuenta de que tan sólo es un reflejo del pasado. Por ello, al final de la existencia, todo es nada, porque sea lo que fuere, vuelve a su origen. Si en algo mi vida me ha enseñado a discernir lo uno de lo otro, es que nunca podremos arrogarnos la razón ni la verdad, pues lo que en un tiempo ido se creyó erróneo, ahora nos da la impresión de ser verdadero sin considerar que en tiempo por venir podría hallarse falso nuevamente. Ésta es la causa por la que toda persona ha mostrarse moderada en sus acciones y pensamientos, sin menospreciar que quien hoy dicta las leyes tal vez ayer acató otras y mañana se verá obligado a obedecer a los que son sus esclavos. Y para que podáis asentir conmigo, aquí os traigo la historia de mis desdichas, también con el vanidoso propósito de ser recordado, pues que, si nací anónimo y crecí conocido, la muerte me tornará al olvido si no pongo remedio. Mi existencia es la existencia de la Humanidad: el fin suyo aúna el principio primero con el comienzo último, por más que pensemos haber dado un paso hacia adelante, que no avanza quien camina, sino quien se sabe resultado y causa. Yo nací antropomorfo sin la cualidad del habla. Entre mis congéneres gocé de la equidad que mi linaje y mi edad concedían...»

 

         A petición de los allí concurrente, Juan pasó la lectura directamente a enumerar títulos, que son:

 

         «La historia novelada del medallón misterioso, la cual se intitula Anónimo, por mor de conservar el anonimato de toda la narración, porque en ella se menciona nombre, lugar o tiempo, llevada a fin por medio de supuestos y leyendas. Se ofrecerá en segundo lugar una Antología de mis versos, los cuales, en este preciso momento, marco con señal, pues no todos merecen la gloria de la impresión. Sigue la conquista de la heroica Numancia bajo el epígrafe Terror Imperii, que Roma entera tropezó con la osadía de un pueblo montaraz y campesino. Nombraré a continuación la prosa épica de Beloidea, por ser la que refiere en mitología la creación, destrucción y reconstrucción del planeta donde vivimos, así como del origen de nuestra raza. Mas nadie pretenda buscar mi vida en estos relatos, si no es en la poesía, ni se extrañe de lo poco que en ella se menciona. Ya que no he visto la fama, espero que mis hijos la vean, que es amor de padre querer para sus vástagos de lo que él no disfrutó, a pesar de que el mío más me hubiera gustado no haber conocido, pues a quienes me engendraron mucho reprocho y poco agradezco, ni siquiera el haberme concebido. Tal vez sea perdonable el encierro entre muros eclesiásticos o entre rejas castrenses, los cuales ambos secesos encadenaron las alas cuando era el tiempo de volar; mas no otorgo complacencia el no quererme ver libre el día en que hundí las galeras, a partir de los cuales días de liberación nunca retorné a su hogar ni ellos a mi pecho. No abrumaré por más a los oyentes, que tengo por asegurado prefieren la hacienda del difunto a sus penas y deseos».

 

         Contendióse luego sobre libro y autor con largueza, pero don Carlos marchóse corrido por no soportar su decoro la presencia del cornado; marchóse silencioso ensin pronunciar vocablo, sino fuera gesticular forzado con el báculo. No se retrasaron tampoco los compañeros de baraja y al poco pusiéronse manos a la obra en una esquina de la sala, pues la lluvia inundaba la tabla habitual. Transcurrió el resto sin otra algarabía y aún la semana, la cual vino a ser anodina y sin aliciente.

 

CAPÍTULO QUINTO

        

        

         Un domingo que mi amo me obligó a servirle de compañía a la misa de a doce por serle de excusa para encontrarse con doña Clarisa, enfrentóse don Remigio al facistol con la energía y la falsa humildad propia del gremio. Alzó la voz a los feligreses de esta guisa:

 

                –Debemos desterrar de nuestros corazones la pecaminosa concupiscencia y abrigar en nuestros pechos la castidad honorable, que nos hace más semejantes al bien: sibi quisque pecat. Han llegado hasta mi ciertos rumores, pido a Dios que sean infundados, sobre un adulterio que la maledicencia afirma en casa del honrado panadero Ginés Casona.

 

         Prosiguió la perorata, dando a entender que ignoraba el nombre del amante, el cual antojóseme Juan por unas palabras que la noche antes había pronunciado a su tío, al creer no le escuchaba nadie, pues yo pasaba casualmente hacia el retrete y, al oírlo, quedéme con la oreja pegada a la puerta.

 

                –Pues así es, tío; no dudes en ello. Por decenas se pueden contar mis conquistas en Oviedo, y otras tantas pendencias de las que salí bien librado. Pero, aquí sólo aireo las correrías con la hija del alcalde, que no es prudente vanagloriarse en lugar no apropiado, que sucede como al hambriento lobo, al cual su ciega imprudencia se mete a robar un cordero en redil cercado por perros guardianes y pastores.

                –Se sobra sabes –repuso Pedro– qué debe hacerse y qué callarse.

                –Estote ergo prudentes sicut serpentes, et simplices sicut columbae; que quiere decir que, a veces, si la ocasión y el interés lo exigen, parecer que se es tonto resulta más inteligente a la postre. Así, de mis andanzas amorosas sólo te diré que intimé con todas las mozas casaderas del pueblo, y aún otra que no lo es, sino que ha roto por mis encantos los lazos nupciales para unirse a mí, cuyo nombre callo, que se puede mencionar el pecado, mas nunca el pecador. Y en este punto te contaré el más arduo caso que me pasó en la capital. Conocí una putrescible dama que había tomado el hábito de muy joven, por lo cual no había catado los placeres mundanos del sexo, y por tal motivo decidíme a enseñárselos. Investigué la habitación a donde se retiraba consumida la luz con rezos y plegarias; tan luego como la supe, una noche introdújeme en el recinto inviolable, quebranté la celosía, ultrajé el sagrado lugar, todo por conseguir mi amada. <desvelé su sueño al tiempo que ahogaba su impetración de auxilio en una mordaza; resistióse al acto; habléle de amor a la manera de Tenorio; cedió; desvirguéla por voluntad de entrambos; enamoróse, abandonéla; suicidóse por desengaño; no tuve ni tengo remordimientos, porque, si la seduje, fue por conformidad suya y el goce que sintió conmigo de seguro le valió por toda la vida en que no alcanzó a deleitarse. Pero, desvelóse el secreto que tan fielmente habían sellado los labios de la novicia, y los parientes buscáronme por darme escarnio. Enviéles una nota que los citaba al escurecer en un risco fuera de la ciudad. Allí los esperé y, cuando llegaron, peleéme con ellos en diestro esfuerzo; manejéme bien en la ocasión y diles escarmiento.

                –Grande riesgo has corrido. Grande ofensa a la honra.

 

         De ahí a unos días mi amo dióme permiso para tomarme vacaciones en agradecimiento por mis servicios, mas para no desperdiciarlas encargóme me llegase a Gijón a que visitara la hacienda, si seguía por buen rumbo. Merced a la amistad trabada con Juan, éste me confió el encargo de una misiva dirigida a una tal Amelia, antaño leal compañera, cuyo contenido me abstuve de inquirir entonces y aún ahora, pues que ella se haya olvidado o dado insignificante importancia, que yo prefiero la ignorancia a insultar con ello a quien debo mi posición. Así las cosas, partíme con poco bagaje y con luengo contento de verme en aquel estado libre y con la oportunidad de manejarme solo varios días.

         En viniendo a la villa, comprobé el encargo primero y dispúseme al segundo con grande gusto, a fe mía, luego que me cupo admirar la belleza de la chiquilla salida del enfado y la alegría. Confieso que en poco tiempo caí en sus brazos como las moscas en la miel de la colmena. Además, a sus gráciles maneras se le unía la posibilidad de medrarme, que su familia estallaba de dineros, incluso hasta por las orejas. Era la moza de espigado talle y de excelsa figura desde la cabeza a los pies: pelo entre moreno y pelirrojo, alargado no en demasía, caído por los hombros cual si desmayado, caracoleando sin abuso y taponada graciosamente su frentecilla de delicada piel blanca, mas de tono soleado; los ojos, de brillo marino del Cantábrico intenso, custodiados por unas largas pestañas, cuyos guiños, movimientos y retrueques cadenciosos derretían al más pintado; la nariz proporcionada, algo chata ensin exageración, perfilada con finura de artista fidiano; labios carnosos sin caer en el exabrupto, rozando el erotismo casto, marcados ora por una sonrisa, ora por una modesta carcajada; barbilla a la redonda, pero no perfecta, sino haciendo una elipse apenas perceptible por sí sola; mejillas tersas, en las que se cincelaba el hoyuelo divertidísimo cabe la fisura de la boca cuando daba en reír ya con comedimiento, ya alocadamente; cuello de cisne de regia y principesca crianza, ofreciéndose insinuante a besos vampirescos, tentación desaforada para admiradores suyos; hombros altos, senos prietos y sin abusada medida, vientre metido, cintura de avispa, cadera holgada, nalgas de apetito insaciable, piernas torneadas y finas, pies de concepto citereo. Tal era, y aún es para gracia mía, la figura que descubrí en ella.

         Trabé amistad con Amelia en los días posteriores buena amistad, mas acercábase para mi pena el odioso momento, en que debía regresar, cuando Amelia quiso presentar mi persona a sus padres. Vivían en un chalecito de considerables dimensiones, solariego, rodeado de jardinillos por doquier, que más daba la impresión de paradisíacos vergeles por el cuidado con que se trataban y atendían, do los crisantemos, claveles, rosas y otras flores de esta jaez debían de alegrar la existencia pastoril en época primaveral. Demandéle a la moza un paseo, con que admirarme y extasiarme en aquel Edén, antes de entrar a lo que accedió, que ella aguardaría en el porche por estar harta de vegetales y céspedes. Por azar escuché a un hombre hablar en alta voz, parecióme consigo mesmo, por lo que púseme a la vera del ventanal y agucé los sentidos para hacerme opinión de los del interior primero de conversar con ellos.

 

                –¡Qué desgracia –decía la masculina boca– asola esta casa que en tan sólo dos años se ha dilapidado la fortuna, que con tantos esfuerzos logré amasar a lo largo de toda mi vida! Mi esposa compra cualquier joya que le apetece sin precaverse del precio, y mi hija despilfarra el dinero a manos llenas, dejándome las mías vacías. Tendré que poner freno a estos incontrolados gastos, pero habrá ser sin menoscabo conyugal, ya que no conviene irritar a la hija de un empresario de tanta prosperidad, que pronto morirá en beneficio mío, puesto que todo lo heredará la arpía de su hija, con quien me desposé en mala hora. ¡Infelices los matrimonios de intereses, si no hay otra causa que los alivie en la vejez! Y aún es por la desidia de la contienda, pues la virtud del ahorro forma lo próspero y moldea la ventura, que las desgracias todas vienen de la pobreza y sólo la abundancia trae felicidad. Procederé con tiento y paciencia hasta remendar los agujeros por donde escapan mis bien amados bienes. Una treta ingeniaré cuanto antes, no vaya a resultar de baldío el testamento patriarcal. Pero, he de procurarme también cuidado con la ciática, que más duele el honorario del médico que el pesar de la cojera, y así atenderé al negocio y a la salud a un tiempo, que hasta el tiempo no se debe malgastar en bagatelas que no reporten provecho.

 

         Interrumpióle, a lo que oí, el gozne de una puerta, tras lo cual entró una voz de mujer, cuyo hablar corría más veloz que el viento huracanado, a cuyo paso destroza cuanto encuentra.

 

                –¡Ah! Estabas ahí. Te he estado buscando.

                –Pues de aquí no me he movido. ¿Y eso? ¿A qué tanto alboroto?

                –¿Te gusta? Lo acabo de comprar; el dependiente, que por cierto es un chico muy majo, me ha asegurado que no es de imitación. Me enamoré de él en cuanto lo vi en el escaparate. Mira qué suavidad. Pero, lo mejor es este collar; total, por una poquedad que costaba no me resistí a la tentación. ¿Qué tal me sentará con el traje azul? No sé; la verdad es que ya está un poco anticuado, el vestido digo; bueno, tendré que comprar uno la tarde para ir a la fiesta que da papá mañana a la noche. Por cierto, ¿has avisado a tu hija? Da igual, ya lo haré yo. No te olvides de anular la reunión que tenías mañana en la empresa, que papá insistió en que fuéramos los tres; el pobre, está muy pachucho. El médico dice... Pero, ¿qué haces ahí sentado como un pasmarote? Ni que hubieras visto un fantasma.

                –Descanso.

                –¿Descansas? ¿De qué, si en tu vida has trabajado, holgazán? Ya me lo advirtió mi papá: no te cases con él, me suplicaba; es un mal bicho, sólo busca tu dote. Mírate, ¡qué desastrado vas!

                –Aquí no me ve nadie.

                –No me ve nadie, no me ve nadie... Te veo yo, y sabes de sobra cómo me molesta que vayas mal vestido, como si no tuviéramos suficiente dinero...

                –Poco falta –murmuró entre dientes.

                –¿Qué dices?, que no te oigo?

                –No, nada; que ahora me arreglo. Voy a la habitación.

 

         Creí que ya me retardaba lo suficiente y acudí a Amelia, dejando en la sala a Fabio y Rosa, que, según después supe, eran los padres de mi amada. Entramos asidos de la mano y nos dirigimos de espacio hacia allí donde habían estado dialogando los prebostes de la casa. En efecto, Rosa [y permítaseme la familiaridad con que trato a tan ilustres personajes, por gracia del parentesco que me une a ellos] en un espejo colosal; al percatarse de nuestra presencia, se volvió a nosotros con desenvuelto amaneramiento.

 

                –Hola, mamá –saludó Amelia–. Traigo un amigo para que lo conozcáis. Ven, entra. Éste es Guzmán... mi mamá.

 

         Nos saludamos con apretón de manos; ella, fuerte; yo, débil por temor a dañar una piel tan delicada. Luego, siguió un beso en cada moflete, aunque ella al aire por no marcar la mejilla con el rojo chillón del carmín, y yo, por imitar una costumbre, quedé en amago.

 

                –Tienes buen gusto para la ropa –me dijo complacida ante mi aspecto, escudriñándome de arriba a abajo, como si me pasara revista–. ¿Conozco a tus padres? ¿A qué se dedican para ganarse la vida? ¿Y tú, trabajas o estudias? Pero, siéntate por ahí, no estés de pie. Mi marido bajará enseguida. Niña, cielo mío, ve a llamar a tu padre, que lleva en la habitación un siglo.

                –No se moleste por mí –susurré más que nada, abrumado por la avalancha de frases, interrogaciones y mandas.

                –No es ninguna molestia. Anda, carita de ángel, sube pronto y haz que baje ya.

                –Ya voy. No tardo nada. Vuelvo en un periquete.

 

         Quedamos, pues, frente a frente aquel ciclón lingüístico y un servidor. A pesar de serme de gran utilidad la mucha experiencia con mi amo en ambientes de alta alcurnia, me sentí incapaz de todo ante la desbordante palabrería. Calléme por miedo de errar en mis consideraciones y dejéle las riendas a Rosa, que para ello se bastaba.

 

                –¿Y bien? –me repuso adosándose junto a mí en el butacón– Dime, ¿hace mucho que sales con mi hija? Supongo que de «eso» nada, ¿verdad? Que mi niña llegará virgen a la noche de bodas, que, si no, ya me las arreglaría para que te arrepintieras de ello. Además, todavía es muy joven. Pero vosotros, nada de nada...

                –No se inquiete, señora, que yo...

                –¿Y no me he de preocupar?  Quiero verla felizmente casada con un muchacho de su clase, que no es bueno que una jovencita se una a alguien que no pueda consolarla como de costumbre la consolamos «nosotros», y es preciso que llegue casta a la cama nupcial, que así su marido la apreciará más y no desconfiará de su pasado como tampoco de la fidelidad de su futuro. Tú puedes asistir a su amistad de momento, que es propio de la juventud desorbitarse en sus papeles; mas, no respires falsas intenciones o proyectos con ella, a no ser, claro está, que me equivoque y pertenezcas a rancio linaje, cosa que tengo muy en duda por tus modales y vestimenta apocada –tomó aliento la dama, púsose en pie, sonrióme y continuó como si nada de lo anterior hubiera salido de su boca– ¿Qué te parece el collar? ¿Verdad que es una maravilla? Pues pienso comprar un vestido que vaya a tono con él, aunque sé bien que el tacaño de mi marido refunfuña cada vez que compro algo; pero, a mí me divierte hacerle rabiar. Es tan cortito, el pobre. En el fondo es buena persona; un poco retraído para esto del dinero...

                –Ya estamos aquí –gritó Amelia a medida que entraba en el salón por delante de su padre, a quien saludé y quien a su vez me respondió.

 

         Aquella llegada  imitóseme con la venido del Señor a la Tierra para liberar a los esclavos; o la protección de las ciudades castellanas a manos del Cid con su Tizona y su Colada, montado en su Babieca; o la luz del Lucero tras una noche de pesadillas. Aliviéme a tal punto, que la mueca de sonrisa debió de limitarme el rostro en forma.

 

                –¿Qué habéis estado haciendo? Habéis tardado mucho en bajar –recriminó Rosa

                –Estaba ayudando a papá con la corbata –excusóse Amelia.

                –¡Ay, este hombre mío! A veces parece un inútil.

                –¿Con qué torturaste a Guzmán, mamá?

                –Le decía a tu novio lo buena que eres y lo bien educada que te tenemos. Figúrate que hasta te tiene ahora en mayor estima y respeto.

 

         A pesar de los comentarios funestos de Rosa, concertamos cita para el día siguiente su hija y yo y, aunque no fui invitado a la fiesta nocturna, prometióme Amelia resacirme del agravio. Pesóle a ella más que a mí la obligada partida, mas, aseguróme visitarme de ahí a unos días sola y sin sus padres. Así contentado, volvíme sin más a darle nuevas a mi señor sobre su hacienda y a Juan sobre su carta.

 

CAPÍTULO SEXTO

 

         Los días poscedentes a mi regreso pasáronme impacientes por la promesa de Amelia de hacerme visita, por ello no presté mayor atención a los demás, imbuido como estaba. El día antes, empero, a que la gijonesa llegara, alegróme un tanto cierta burla que Pedro tomó con don Carlos. Fue el caso que mi amo, según solía, disponíase a beber una copichuela a fin de abrir apetito a la hora de comer; pidióla de jerez, mas con fatua insistencia que resultara reserva de un no sé cuál año:

 

                –Que en este año –explicóse– se dio buena cosecha; porque has saber, amigo Guzmán, que los vinos de Jerez están obligados a buen cuerpo, olor y paladar, pues toda la razón de su existencia se halla en éste, porque debes considerar que los vinos sotiles conceden juventud a los viejos corazones, y los viles, senectud a los adolescentes. Y, como tú dirías, bibe humanum est, ergo bibamus.

                –O, como reza el dicho medieval: beati Hispanii, quibus bibere vivere est –repliqué yo. 

 

         Alzó la copa, después del latinajo, puesta a la contraluz, y fisgóla con un guiño, después arrimóla a la nariz y olfateóla, y acabó por sorber de ella. De pronto, frunció el ceño, miró al posadero y díjole con vigor:

 

                –Pero, ¿qué mejunje me ha puesto su ilustrísima? A poco me turba el pensamiento. El color da el pego, el aroma no delata, mas, el sabor traiciona la confianza. Hágame su excelentísima la gracia de cambiar esto, que no tiene apelativo, por un auténtico jerecillo del año en cuestión, y no intente engañar al exquisito gusto.

                –No se altere por ello su alteza –respondióle Pedro con suma calma–. Al punto se cumplirá su voluntad sin más tardanza.

 

         Viró mi señor la cabeza hacia la mía, lo cual le impidió observar al camarero cómo rellenaba la copa con el mismo vino y lo volvía a servir en la barra del mesón. Don Carlos repitió el protocolo y sorbió de nuevo del vaso, cató el trago en la boca antes de tragarlo y concluyó:

 

                –Éste sí es digno de llamarse ambrosía del Olimpo, caro huésped.

 

         La bufonada de mi padrastro rayó en el ridículo, si no lo traspasó, algo que suele ocurrir a quienes presumen de aquello que no poseen y entienden que los demás son meros pollinos en tal materia. Y éste, don Carlos, todavía continuó alardeando de su enofilia a lo largo de la comida que, según los usos, se hacía por separado.

         Esa misma tarde extrañéme sobremanera cuando don Carlos me excusó del espionaje. Empleé el permiso en ojear la campiña sonreída por un espléndido sol. Iba absorto en el pensamiento de Amelia, la beldad de la Costa Verde. Suprimí de mi intención ciertos recodos, varias cuestas, oteros bastantes y algún que otro sendero pedestre. Alrededor de las seis y media alleguéme a la orilla de un riachuelo que, a pesar del estío, portaba suficiente caudal para un chapuzón, y a ello me dispuso en la confortabilidad de quien se cree a sus anchas. Desnudéme entero, metíme al agua y retocé en ella cual lobezno jugueteando. Al poco salíme a tumbarme cara al cielo a fin de secar, que no tenía toalla, y medio adormecido noté la voz desenfadada de Laura, la hija del guardia civil.

 

                –Vamos, Juanín, que ya falta poco. Toma, agarra el zapato; ahí va.

                –Lo tengo, lo tengo.

 

         Entre palabra y palabra intercalábanse risas. Sin embargo, lo que más me preocupaba era que las oía cada vez más cercanas. Vestíme raudo y ocultéme aún descalzo entre unos juncos. Allí arribaron Laura y Juan, ambos con la asaz ropería pertinente al decoro: ella, un sujetador de basta tela y unas braguitas de no menos tosquedad, que más bien serían calzones de tres cuartos por lo grotesco de su acabado; él, con una especie de taparrabos bautizados en lengua sajona como «slips», éstos de rosa pálido, como si fueran rojos desteñidos. Asombrado yo de verlos de tal impudor, preguntéme dónde diantre habrían tirado la restante vestimenta, que aquel modo no era sino corto e irregular de airear las carnes en vía pública. Arrulláronse sin menoscabo alguno sobre la hierba envueltos en gemidos, despojáronse al poco de lo poco que les encubría, bañáronse juntos y cruzaron a la ribera opuesta. No pude por menos que pensar en Marisol y Alejandra, moza y mujer toreadas en aquel instante, y maravilléme de la liberalidad de Juan y la desenvoltura de Laura,. Entristecióme, no obstante, el cavilar que también Amelia habría sido presa de las conquistas del donoso licenciado. Avivóme el eso verlos retornar junto a su ropa interior y oír al sobrino:

 

                –Amémonos, Laura mía, y vivamos, que el amor detesta a los que nada aman. Túmbate a mi vera para que me huelgue contemplarte radiante, porque verte es siempre un placer; y bésame sin prejuicios, que los besos es lo que alimenta al amor, pues los ojos no bastan a saciarlo.

Un resplandor ciego sobre la cristalina agua,

una ráfaga de luz reflejada en el opaco cristal,

un triste rayo hundido en la feliz sombra,

mirada furtiva clavada en mis ojos.

Todo eso eres tú cuando me hablas de amor.

 

Nada cuando te recuerdo en soledad,

una oscura mancha dentro de la luna,

un grito sordo bajo el cielo azul,

una sonrisa perdida tras un velado amanecer.

Todo eso eres tú, querida, si me hablas de amor.

 

Tan dentro de mí te llevo.

 

         Oía y callaba la jovencita, con ojos asombrados y expresión de sorpresa; oía y callaba yo, que tales versos conmoviéronme las entrañas, sin duda escritos por aquel Gundis Zlav al que tanto acudía Juan. La hija del sargento obedecía embelesada, más bien admirada de aquel obrar, a cuantas peticiones recibía del amante ensin rechistar esta boca es mía, aunque bien se notaba que toda aquella palabrería le resultaba desazonadora y fuera de lugar, sin duda porque a lo que aspiraba era a dar rienda suelta a la pasión y el erotismo. Pero, el idilio tornóse escabrosidad, acabó en chanza y, más tarde, en castigo y tormento, de todo lo cual yo fui presencial testigo.

         Había querido la desgracia que las bragas, calzoncillos y sostén invadieran un hormiguero, cuyos habitantes, dada la alarma, revolviéronse y tomaron posesión de las prendas; y no eran inofensivos artrópodos, sino los coloreados, los cuales muerden con devoción hasta el hartazgo. En esto apareció Paco Pepe, arreando con un palitroque a dos vacas, una pinta y otra «roxa», a fin de conducirlas al río a que abrevaran en el remanso. Venían tan en callando, que la pareja no se dio cuenta de ello hasta ver ante sí el hocico de Engracia, que tal nombre le puso el vaquero a la pinta, y asomar el suyo Princesa, que era la otra vaca. Laura gritó, bufó Engracia; voceó Juan, mugió Princesa. El sorprendido ganado quedóseles mirando cómo se levantaban y acudían al hormiguero. Sacudieron la ropa y espantáronse los vacunos con rumbos dispares, los enamorados sin rumbo y sin osar vestir. Repentinamente, presentóse sobresaltado el pastor con falda y blusa en un brazo, y pantalón y camisa del otro. Pasmáronse los cogidos en desnudez sin que se atrevieran a mover un músculo o mirar a otra parte que no fueran los ojos del campesino. Amaináronse los astados al ver a su amo, y éste, pasado el estupor, desternillábase de risa a mandíbula batiente, apuntando de cuando en cuando con el índice quier a Laura, quier a Juan. Yo aguantábame a duras penas de no contagiarme de las carcajadas, sellando la boca con sendas palmas. Lloraban los lagrimales de Paco Pepe por el brío de las risotadas. Entre tanto, Laura, con la faz tomatera, anteponía el antebrazo a los senos y la mano al pubis, los muslos unidos hasta la rodillas, donde las piernas se separaban, con los pies torcidos uno frente al otro, intercalados por las bragas y el sujetador yacientes en el suelo y ocupados por los intrusos artrópodos irritados, como vimos. Juan, por su parte, trataba de ocultar sus partes pudendas con ambas manos, si bien no unía los muslos, cual su compañera, sino que los brazos parecían estar unidos al cuerpo con fuerte pegamento.

         A los dos o tres o cuatro minutos, que del tiempo transcurrido no tengo veracidad, restablecióse un tanto la cordura, que no la normalidad, pues cesó el pastor a trompicones, arrojóles las vestiduras y díjoles con sorna mientras se componían:

 

                –¡Vaya, vaya! ¡Qué dos pichones hemos topado en porretas: la hija del mandamás y el refinado letrado! Buena se va a armar cuando se sepa esto. ¡Qué dos polluelos en trance, practicando la medicina! Asendereada va a quedar la niña y manteado el adulador. ¿Quién lo iba a decir: descubiertos tal como les dieron a luz por una imprudencia? No habrá mofa ni nada en el pueblo...

 

         Repuestos del azoramiento, suplicáronle venia temerosos de la paliza, rogáronle abstuviera de comentar el hecho, pidiéronle disculpara la intromisión en el estanque vacuno, demandáronle comprensión para con la fogosidad de sus impulsos; mas, no le convencieron, sino que partieran de allí en hora buena, ella sin braguero y él sin locución. Yo me preguntaba si realmente Paco Pepe era un chivato, o simplemente se burlaba de ellos, alargando el estado febril un poco más.

         Para saber la resolución hube de aguardar hasta el ocaso de la misma jornada, mientras me consolaba con el entretenimiento del tute a la espera de que Paco Pepe acudiera allí a realizar su delación, cosa que aconteció hacia las nueve y media. Pedro había convidado a su sobrino que se allegara al pueblo por provisiones de comida, pues la despensa flaqueaba en ello. El pastor entró con una mano en la faldriquera, colocóse a la mesa y, sacando del bolsillo la intimidad de Laura, puso las bragas sobre las cartas. Mirándole todos estupefactos, y antes que alguno abriera la sarta de preguntas, díjoles el recién venido:

 

                –Ahí tiene, señor Claret, la ropa de su hija. No maree las cejas ni las arquee, que yo le haré cumplida y extensa explicación de ello.

 

         A continuación contóles a los contertulios la peripecia del río, a lo cual unos rompíanse las ternillas y otros se lo reservaban para la reacción del sargento y el séquito lúdico. Ésta sucedió al final de la exposición: enderezó el espinazo, caló la gorra, renovóse un tic intermitente en el ojo izquierdo, estiróse el traje, adelantó un paso tras otro con rigidez, encrespó los labios, apretó los puños, agrietó el semblante. Permaneció la estancia en total silencio, cuando se nos perdió de vista el padre mancillado; lo quebró la delicada vocecilla del borracho de turno, que todos los días pasaba por allí hacia aquellas horas.

 

                –¡Caray con la frígida! ¡Qué bien se lo pasa mientras la Marisol se friega la gripe!

                –¿Qué dices tú, so tunante? –vociferó don Arturo.

                –¿Yo? Nada, nada.

 

         Armóse jaleo por el comentario, pues unos defendían al beodo y otros al alcalde, en tanto Pedro hacía cruces por el infierno que se le echaba encima y rezaba como nadie nunca lo había visto. La trifulca acabó en puñetazos, patadas y coces. Don Arturo partióle en las costillas una silla al borracho, y al punto le desgraciara para siempre, si no interviene don Remigio, sujetándole por la espalda. Tomás agredió con una vara de grueso calibre al cura, que ya ni los hábitos religiosos significaban grande cosa en aquel momento. Ginés paró a Martín en volandas, cuando éste se abalanzaba a salvar a su padre navaja en mano, de lo cual sufrió herida superficial en el codo antes de arrebatársela el panadero. Pedro intentaba imponer orden y paz, desgañitándose en baldío tras la barra, viendo el mobiliario volar por los aires de una parte a otra. Incluso don Carlos, que aquella tarde descansaba de sus correrías por enfermedad transitoria de doña Clarisa, aprovechó la refriega para cañonear desde un escondite el cuerpo de don Luis a base de frutazos. En medio del caos me resguardé del bombardeo subido a la rama más alta del sauce, cuya protección siempre he agradecido desde entonces. Acercánronse desde el interior algunas mujeres, entre las que doña Margarita blandía un bolso de negro cuero; y hasta la hermana del sacerdote, Coral Sánchez, intervino en la guerra. Volaban los vasos contra las botellas ante los ojos llorosos de Pedro, los bancos contra las paredes, los palos contra los esternones, las piedras contra los cristales. Más disfrutaban con la pendencia los críos de a siete y ocho años, los cuales revoltoseaban por las esquinas, riéndose de aquella puya, de ese zapatazo, de esta bofetada.

         A la media hora quedábanse en pie, molidos a palos, el cura con la sotana varada, el concejal con desastrados y polvorientos pantalones, el ganadero con una ceja turbada, y Pedro desesperado por el desastre. Las damiselas despeinadas y con más de un siete en sus vestidos. Por el suelo rodaba el borracho con algunas brechas en la cara y algún bulto por el cuerpo. El resto, incluso los niños, se marcharon, bien asustados, bien amonestados. Don Carlos se había retirado a sus aposentos, y yo esperé a quedarme solo para bajarme del árbol.

         Entrada la noche, reportóse Pedro, que era el único superviviente de la batalla, en espera de aparecer de su sobrino, entreteniéndose en ordenar el desorden de la posada, a lo cual le eché una mano. A lo que se me figura, porque no volví a ver más a Juan y del que sólo tuve noticias por cartas de su tío, antes de brillar el alba fue despedido con viento fresco en prevención de males mayores, que los ánimos estaban muy exaltados a la sazón del incidente, y bien pudiera acabar su aventura en desposorio, tan aborrecible para el licenciado como para el tabernero, o, con mayor probabilidad, en alguna terrible represalia por parte del «cuerpo de seguridad». La desflorada fue encarcelada en casa de sus padres, en donde hubo de pagar las penas sobradamente. Todo esto contribuyó al enfriamiento entre doña Clarisa y don Carlos por temor a verse en igual situación; los encuentros disminuyeron y abreviaron, y al cabo de un tiempo volvieron a caldearse.

 

CAPÍTULO SÉPTIMO

 

         A mediados de agosto, justo al día siguiente de la lid, llegó al pueblo Amelia y sus padres, los cuales tres se hospedaron en una mansión desocupada en verano y que Fabio alquiló para tal evento. Mi recato inusuatl imposibilitóme visitarla, en tanto que su presencia se hacía estimar a causa de unos días de lluvia imprevista; mas, al octavo lució el sol, el día que en el pueblo se celebraban fiestas de disfraces al modo carnavalesco. Si bien durante la mañana y la tarde todo era calma, ocupada la gente en las tareas de la hierba u otras de tipo casero, al atardecer reuníase medio centenar de ilustres personajes en casa de don Luis, de amplitud apropiada, aunque no en demasía, y otros muchos, incluso de los alrededores, pululaban por las calles, sobre todo por la plaza consistorial. Allí, en casa del maestro, presentámonos mi amo y yo, pasadas las once.

         Don Arturo vestía a lo grotesco, cual Congosto en las Cortes de Cádiz: pantalones a la turquesa atacados a la rodilla, jubón amarillo, capa corta encarnada o herreruelo, calzas negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de toros, y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el suelo y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, como si anduviese con tres pies. En el corrillo do hablaba, destacaba la figura de don Luis, todo de luto, con chistera pulida, capa de tafetán forrada en rojo, camisa blanca con pajarita negra, chaleco liso de tornasol, chaqué descolorido con solapas deformadas por la mucha vejez y poco trato, pantalones negruzcos terminados en botines de charol, bajo los cuales adivinábanse un par de calcetines de albor amarillento.

         Charlaban en una esquina Ricardo y Leticia. Ella ataviábase con una túnica de lino a la romana y sin mangas, abierta en el costado derecho y sujeta a los hombros con broches de metal aureados, llena de franjas irisadas, bien horizontales, bien en perpendicular; una fíbula unía el manto a la espalda y un cinturón la ceñía al cuerpo; por calzado llevaba unos coturnos de correas doradas y un arco de luna a base de marfil; la redondez de su cara disimulábala con un pequeño moño encima de la frente, de manera que las orejas quedaban a la vista de los curiosos; por lo demás, tenía los brazos prisioneros de brazaletes, los dedos de anillos, el peinado de agujas, diademas y hebillas. El hijo del sargento vestía calzones cortos azul marino y camisola de franjas verticales con granates y azulones ancla aderezados más aajo con medias azul cobalto y playeras ocre a modo balompédico barcelonista.

         El señor Claret inba de gran gala, con tahalí y sable incluidos, y don Remigio de festivo tabaco. En fin, don Carlos con armadura de caballero medieval: casco, gola, brazal, faldón, peto, cuja, canillera, greba tarje y montante, todo lo cual le dificultaba el paso y convertíales en pato al andar; nada le faltaba para armarse caballero de la Tabla Redonda, si no fuera una hazaña heroica. Yo apropiéme de pordiosero pícaro, como otrora Lazarillo o mi tocayo de Alfarache, más por falta de dinero que por otro motivo.

         Revolvíme con mi amo entre los enmascarados al tiempo que retorcía la mirada por doquier a la caza de la gijonesa, y, aunque escudriñé hasta debajo de los platos, no la hallé ni sola ni en compañía. Sentí, entonces, grande desilusión y tristeza, desesperado de verla aquella noche, más aún por haberla su padre recluido en el monasterio del hogar. En esto arrimámonos don Carlos y yo al círculo en que peroraban las más mujeres, entre las que conocía a doña Clarisa, doña Luciana y Marisol. Mi padrastro empeñóse en la conversación con la primera, mientras que yo atúveme a la hija del alcalde sin guarecerme de descuidar al resto, sabidor de que mi amo, si fuera de interés, contaríame las palabras cruzadas en su plática, que es lo que los hombres suelen hacer con sus amigos. Soplábame el hálito Marisol en plenas narices, y parecíame aroma de narcisos; el hablar, cadencioso cual murmullo de río; los ojos, dos luceros reflejados en sendos lagos.

 

                –Poco te dejas ver –dijo– desde tu llegada, y menos aún saludar, que tal asemejas una avecilla en el cascarón.

                –Mi padrastro es el culpable, pues me tiene atado a no sé qué triquiñuelas. La tarde la paso entre los botarates y necios que departen sus cosas cuando haraganean en el tute ca de Pedro, dicho esto sin ánimo de ofender a su queridísimo padre.

                –Pues diríase que una moza te absorbe el sentido, porque últimamente, si te encuentro de refilón en algún lugar, apéname la tristura, la cual da la impresión de ir a desencajarte la cara del sitio. Te veo por ahí meditabundo y cariacontecido, como si el alma te fuera a partir del cuerpo.

                –Algo de eso hay, no lo niego ni desmiento, pero tengo esperanzas de resolverlo esta noche, que me ronda una idea que no se me va de la cabeza.

                –Puede que así descubramos de una vez la identidad de tan arcana zagala, que media juventud anda alborotada en indagaciones, mas en vano y sin provecho. Inclusive se sospecha de alguna mala andanza tuya y ya cada cual recrimina en su casa a sus hijas que no se acerquen a ti más allá de lo que la honra permite, no vaya a resultar final tan escabroso como la desgracia de Laura. A mí me obsecra el patrón y me impera a alejar mi cuerpo de vicionsas influencias y endiabladas tentaciones. Así las cosas, debo limitar mis encuentros a la imaginación de las notas, con que nos comunicamos un chico y yo a través de un amigo común, empresa dificultadísima por existir más espías que los Argos. De esto espero tu discreción y buena disposición para el talante de un troteconventos, porque este amigo de que te hablo hubo huir del pueblo hace unos días, y ahora andamos en busca de un sustituto suyo. Dígote esto por si tú...

                –No digas más. Ya comprendo tus intenciones; pero, por ahora no podría ser, aunque de existir alguna posibilidad, ya daría yo cuenta de ello.

 

         Recliné su ofrecimiento de trabajo remunerado, prometiéndole no comentar nada fuera de allí. Con tales razonamientos y otros varios pasé un largo rato; en tanto, llegó la luz a mi noche, la estrella a mi cielo, el humor a mi pecho. Corrióse la doble puerta y en el umbral parecióse mi reina tal ataviada y de tan hermosura, que la propia María Antonieta se ruborizara al verse de tal asaz superada: iba de blanco nupcial, de blanco almidonado, de blanco mullido, dama de Versalles, cortesana de la Corte madrileña; blanco vestido, blanca piel; toda de raso, parte de licra. Las mangas, hasta la mitad del brazo, terminadas en cenefas boradadas; amplio escote, mas con decoro; hombreras subidas; peto firme guarnecido por un corsé de prietas ataduras, que erizaban los senos; falda de gran vuelo adosada a feble miriñaque, ornada con volantes fruncidos, lazos, cintas y millares de pliegues y plisados de todo tipo y forma, los cuales, sorbidos de pasamanos y jaretones rellenados concordones de piedrecillas azabaches y doradas; en el talle, cinto de terciopelo, rodeado de remaches áureos; en las manos, mitones, cubiertos los dedos con anillos culminados en zafiros y rubíes. El pómulo izquierdo, resaltado por una peca graciosillas; los labios, carmesí; los ojos, marinos; la tez, azucena; al cuello, una gargantilla de perlas y coral, adornada con un crucifijo a base de oro y diamantes; las muñecas, presas por pulseras doradas y argénteas; de los lóbulos, pendientes ebúrneos, rematados en borlas plateadas. Al despojarse de la pamela relució el cabello madreselva de tocado sublime, parte en moño, parte sobre los hombros, repleto de perlas a modo de estrellas, y de cintas de tafetán entrecruzadas a modo de vías lácteas, desmayado el flequillo en la serena frente, los bucles lánguidos en la espalda escarpados de esmeraldas de lo más puro vivas.

         Ante semejante hermosura pasmóse la concurrencia entera; deslumbréme yo, anonadáronse las emperejiladas matronas. Acerqué a ella balbuceando, saludé a los padres y quejéme de la tardanza a sus oídos de ella, a lo que me respondió callandito.

 

                –¿A qué vienen tantos reproches y reprimendas? He sido yo la burlada por cruel traza, creyéndome especial para tu corazón. Yo soy la única con derecho a recriminar, pues ya me estoy al corriente de tus engaños, que de contine ayuné en tu ausencia hasta que ha dos días nos visitó Marisol Cuéllar, a quien tú ya conoces, ilustrándome en que andas pregonando a los cuatro vientos, según ella tiene entendido por terceras personas, que vas loquito en liarte con una tal Leticia, a quienes os sirve de correo un padrastro tuyo, y que te ufanas del cariño con que mi alma te ha acogido.

                –Sin duda ha tratarse de un error –díjele yo confundido.

                –No tal, que está en boca de todos, menos de sus queridos padres. Marisol me ha contado cómo vuestro confidente acude a escondidas a comunicarle tus noticias, y cómo luego te refiere sus contestaciones en la noche. Y esto mismo lo confirma lo que ayer nos hablaba Tomás Alonso Iriarte, concejal de este Ayuntamiento: que más de una vez vio cómo tu padrastro se dirigía a casa de don Luis, que es el padre de la infortunada, ausente éste y su esposa, y salía al poco con un papel en la mano.

 

         Para no chivarme y ser considerado delator y soplón, bajé la cabeza sin ocurrírseme disculpa alguna, la cual de seguro Amelia aguardaba fervorosa como agua de mayo; mas, intervino su madre y otros que habíanse averado para admirar la nueva reina de Francia.

 

                –¿Qué cuchicheos os traéis entre manos vosotros dos? Ven que te contemplen estas señoras. ¿No la veis divina? Mis buenos quebraderos de cabeza me costó ornamentar a mi hijita, que no resulta fácil añadir belleza a la belleza misma –decía Rosa con frases atropelladas, como si unas se subieran encima de las otras–. ¿Os habéis fijado qué porte? ¿Y qué me decís de la gargantilla? ¡Ah! La tuya, querida mía, es excelsa. Me tienes que indicar dónde la has conseguido. Mi joyero parece que anda a uvas y no se entera de lo que vale un peine; pero, eso sí, es muy honrado: jamás en la vida ha intentado engañarme. Y no es que yo sea una experta en estos asuntos, sino que todos me lo confirman. ¿Uff qué calor da este vestido! ¡Vaya sofoco! ¿No os pasa lo mismo? Desde luego, no comprendo cómo aquel señor es capaz de llevar aquella ristra de ropa, con su chilaba y todo; aunque hay que reconocer que está mono. ¿Irá disfrazado de beduino?

 

         Todo esto escuchaban hembras y varones, separándose más tarde las primeras y dejándome con los segundos en ganas de disuadir a Amelia de su yerro, pero Rosa la asió del brazo discretamente a fin, según me barrunta, de evitarme. Yo, pues, permanecí lejos del alcance de la gazmoñería de la madre y del enfado de la hija. Atendí después a Fabio, que enderezábase a los contertulios privados de una diosa y una viperina.

 

                –Excúseme el vendaval que por mi culpa les ha asolado, pero nada refrena su destada lengua, aún no dando motivo para ello. Espero vuestra misericordia y compresión para esta condena mía. Tened en cuenta que el hombre ha de ahuecar el ala y callar, si la mujer desencadena su locuaz pensamiento, que ni la prudencia refrena el caudal desbordado. Y no me quejara yo, si al menos fuera parca en gastos, ya que no en palabrería.

 

         A lo que don Remigio, tras alisar unas pequeñas arrugas de la muceta, dijo con esos aires solemnes, que se dan los predicadores desde su púlpito cuando todos atienden embobados a sus largos e interminables discursos:

 

                –No se airee usted, buen hombre, que quien persiste en decir lo que quiere, a menudo oye lo que no quiere.

                –No se debe prestar mayor atención a los caprichos de las mujeres, ni más de lo que se merecen –adujo don Carlos, quitándose con enorme esfuerzo el casco y colocándolo bajo el brazo–. Mas, no se me entienda de mala manera; las mujeres han de ser respetadas en sus sentimientos, que son como flores de jardín a quienes hay que cuidar y regalar cariño para que luzcan en su esplendor.

                –Pero, algunas hay –insistió Fabio– que en vez de flores más bien llamaríamoslas cardos borriqueros.

                –Pocas –interrumpión don Arturo–; pocas, repito, y aún éstas de falsos espinos.

                –Pero todas traicioneras, por su natural inclinación a la mentira y picardía –dijo don Remigio–. Por una mujer caímos en el pecado de la manzana de la discordia, que su talante es el embaucador, como el señor Martorell dice, y, aunque no es bueno criticar sus defectos, como él hace, al menos en público, bueno es reconocerlo.

 

         Con tales sandios sentenciando, olvidéme de ellos y separéme a hurtadillas por retornar a Amelia, pero en toda la noche me fue imposible, que Rosa se ocupaba en alejármela cada vez que me aproximaba. Imposibilitado me vi, pues, de trabar nueva conversación, a lo que dediquéme todo el tiempo, si no fuera un momento por la madrugada en que me arrimé a una pendencia entre el cura, don Luis, don Arturo y el señor Claret, la cual se alargaba ya desde la sonochada, interrumpida por la presencia de Amelia y alguna otra novedad. Disputaban los tres sobre el feo asunto de Juan y Laura, y del negro cariz con que se había dado fin.

 

                –En verdad os digo –bufaba don Remigio, coloradote por los extensos tragos de vino– que quien mal anda... Nada bueno podía salir de tamaña insensatez, que nada se escapa a los ojos de Dios Nuestro Señor. Y obra usted muy bien, estimado Jorge, al encerrojar a su hija, que, si bien es cierto que la tengo en grande estima por conocerla desde el natalicio, el desvergonzado de Juan la convirtió en mala pécora. Ahora es el padre a quien corresponde volverla a enderezar por el camino correcto, que, aunque es largo, estrecho y escabroso, conduce a la salvación del alma, lo cual es lo primordial.

                –Bien está lo que dice, don Remigio –interrumpióle don Luis–. Pero, háganos Guzmán partícipes de su opinión, que le creo moderado y en todo punto honestísimo.

                –Así lo podrás jurar, si con ello no blasfemaras –inquirió don Arturo–, que mi púdica hijo no revienta de decir parabienes sobre el mozo porque Dios no lo quiere, lo encumbra en halagos a su sensatez, lo ensalza en loas a su afable carácter y su aire de misticismo, que tal parece un religioso de orden callada o, a lo menos, con votos de humildad.

                –Qualis pater, talis est filius –repuso el sacerdote, arreglándose el sobrepelliz–. Porque es justo conceder a cada cual según su merecimiento, y don Carlos puede jactarse, si no incurriera en vanagloria, de ser pío varón. Pero, basta ya de alabanzas y oigamos a Guzmán, que, si su compostura se adecúa al hábito modesto que ostenta, sin duda sabrá confortarnos con catadas palabras.

                –A lo que se me antoja –dije con voz severa y semblante serio–, por fuerza habremos de achacar a la juventud los desvaríos amores de la joven pareja y no a la carencia de religiosidad, sino  que éste debió de ser mal entendida.

 

         Causó favorable extrañeza mi resolución, y todavía la restante, la cual discurría conforme a lo que pensaba yo que ellos querían oír. Deste forma ganéme más, si cabe la devoción con que me habían introducido en su plática, y a fe mía que no era poca. Habléles de la ruindad material y la sublimación del espíritu a que toda persona cabal debía comportarse, de la decadencia moderna y del esplendor pasado, de las Sagradas Escrituras y de las malignas sectas, de la disciplina y del libertinaje. A todo asentían y casi reverenciaban. Pasé, luego, al amor casto enfrentado al pecaminoso, del pudor a la insolencia, del comedimiento al descaro. Al final, no pudo por menos don Arturo de intervenir desta guisa:

 

                –Suspenso me hallo ante tan conocimiento mostrado por joven tan temprano, que da la impresión de una madurez alentadora en estos tiempos tan viles que nos han tocado vivir. Si poco crédito otorgué a mi querida Marisol, cuando se satisfacía en conmemorarme su prestancia, ahora temo haber menospreciado su aprecio por este célibe. Sosia tal hubiera yo por yerno; y, si, como mi amada Margarita dice, debo creer que Marisol tintinea por él, joven Guzmán, daría mi aprobación en las relaciones, que de seguro se atendrían a los cánones de la honestidad y honradez.

 

         Aquel discurso me acabó de esclarecer el asunto que me había referido Amelia y, viéndome en situación incómoda por el aspecto de la declaración, con mil excusas me retiré de la fiesta, toda vez que ya mi bien tesoro amado había ausentado hía un par de horas.

 

CAPÍTULO OCTAVO

 

         La siguiente semana devaneéme los sesos por entrevistarme a solas con Amelia, pero Rosa había decidido que ello no fuera posible; así, cada vez que nos juntábamos, ella nos asistía; cuando salía de paseo con ella, la asistía; si de noche, ella permanecía ojo avizor, no fuera a no dormir su hija. Me decidí, por tanto, a buscar remedio con notas escritas, las cuales fueran llevadas por fiel confidente, el cual hallé en Leticia, pues ambas mozas comportían buena amistad, y la hija del burlado educando visitaba de contino a la de Fabio. En la primera de las tres misivas que envié, expliquéle el yerro en que estaba, que lo de Marisol había sido traza de celos y no verdadera historia y que, a pesar de haberme dudado mis pretensiones y sentimientos, éstos no se habían mudado, sino que eran más decididos los unos y más resultas las otras. Sin respuesta.

         En la segundo le rogué encarecidamente no despreciara mi favorable disposición con tanta ansiedad, que a poco no me caen las lágrimas al releerla. Sin respuesta.

         En la tercera concedíle un ultimátum. Sin respuesta.

         Ya yo rendíame a la desazón por no haber contestación a la trilogìa epistolar, cuando me comunicó Leticia la marcha de mi amada. Cundía el desamor en mí, mas una nueva vino a animar mi desterrado corazón; ello fue que la noche antes de la partida vitó invitó Rosa para la despedida a los prebostes del pueblo: alcalde y alcaldesa, sacerdote y hermana, sargento y sargenta, maestro y esposa. Amelia quiso incluir mi nombre en la lista junto al de don Carlos, según me contó Leticia, lo cual fue recibido con reparos por Rosa.

         La tarde de este día me mandó mi padrastro acompañarle a una villa no de luenga distancia desde allí, para proveerme de frac, si acaso, treje ceremonial, pues que en ocasión tan distinguida no había de vestirse a la ligera. Con tal motivo me dio ajustados consejos, mientras encontrábamos tienda, los cuales, por su mucha utilidad, no se me han olvidado en vano.

 

                –Porque has saber, leal Guzmán, que, como tú dirías, quod discis, tibi discis. Va siendo ya momento de aprestarme a enseñarte el arte del buen vestir, pues lo que de joven no se aprende, llegada la senectud, se ignora de viejo; y así, puesto que la corrección en todo es lo más útil, preocúpate de qué aprendes y desdeña quién te enseña. Antes de nada, conciénciate de que el lucro, sea en la consciencia, sea en el ornato de los bienes o en la pompa de la vestimenta, resulta honesto si no perjudica a nadie.Experto credite, he oído por ahí alguna vez, y con razón. No debemos menospreciar nuestros defectos ni nuestras carencias, que ignorar nuestros males es un débil remedio. Por esto conviene que aprendas de industria la buena disposición material, ya que la espiritual la tienes bien concebida, que ni el linaje ni el valor valen nada sin bienes que lucir. Ten en  cuenta que la riqueza no es el ogro que predican los obispos y los papas, sino algo connatural al hombre, y la pobreza no es tan dichosa que quieren hacernos creer: no es malo vivir en la necesidad, pero no hay ninguna necesidad de vivir en la necesidad. Así, cuando vemos en la calle o en mansión fabulosa a un hombre o mujer o niño presumir de su mucha heredad, nadie pregunta de dónde procede lo que posee, todos preguntan si es rico, nadie si es bueno; pero, se hace preciso poseer y que los demás lo sepan. Sin embargo, no te enfrasques en la sola apariencia, que a los bien nacidos y bien vestidos no les es propicio estar mediocremente instruidos. Tanto se aprecia la ostentosidad como la modestia.

 

         Iba dándome estas y otras razones, y yo le atendía de tal manera que no se me escapaba gesto, palabra o resuello alguno de mi maestro, que, si bien a veces le tenía por loco, otras me era el más cuerdo y sensato de cuantos nunca he conocido. A sus muchos desvaríos uníanse también no pocas verdades.

         Llegamos, finalmente, a una sastrería, la cual, por no disponer de ropa ya preparada, abandonamos enseguida no sin antes precaverme de ver dónde las más ocasiones debería yo acomodar mis gustos a la medida. De ahí pasamos a una tienda en donde realizó las compras oportunas.

         Acomodóme, pues, el traje a los años y eligió un guardapolvo crema versátil, dúctil y ligero;   probélo, valióme, comprólo. A continuación, escogió una chaqueta americana gris niebla; probéla, valióme, compróla. La camisa fue clara, de botonadura sencilla, de algodón y de franjas verticales; probéla, valióme, compróla. Para los pantalones se fijó en unos finos de gris plata con pinzas a los lados y cremallera; probélos, valiéronme, comprólos. Luego, tomó unas medias de ejecutivo perladas. De complemento prefirió un fular de suave azul alba por si la noche era fresca. Fuimos, después, a una zapatería, do probé unos con la color tabaco. Por último, llegamos a una joyería, en la cual adquirió un reloj de pulsera, una cadena con medalla, una pulsera y un anillo, todo ello a tono con la plata. Me quedó la ropa íntima que me hizo elegir: calzoncillos canos y pañuelo de seda. Tal parecía una armadura de gris calcáreo.

         Trajeado de esta jaez, nos presentamos nos presentamos al convite ca de Fabio a la hora señalada, tan puntuales como una estación sigue otra. Quizás por la premura con que la avaricia del huésped pretendía despachar a los comensales, dispusímonos al parco banquete el mal número, pues éramos trece, y lo llamo parco por consistir en sopa de ajos, dos lenguados malamente cocinados, una costilla de cabrón, un pedazo de pan atrasado, una jarra de agua y un vaso de vino por cabeza. Tras el pantagruélico festín, nos trasladaron del comedor a un salón de mezquina dote, en donde departimos en breve conversación

         Ya me impacientaba en hablar frente a frente con Amelia, y ella misma dio pie en saliendo a la terraza. Com sigilo seguíla, y a la luz de la luna llena por fin su aliento iba sólo a mí y el mío a ella sólo. Estrechéle sus manos entre las mías y le dije:

 

                –La ansia de tenerte conmigo abrásame lo más hondo en espera de reiterarte mi amor, que es amor verdadero por no tener límite alguno, lo mismo que el tuyo se declara por los gestos y miradas encendidas, pues el amor se olvida de linajes y dineros; no sabe arrodillarse ante las efigies de los antepasados ni inclinarse ante el sonido de las monedas. Todas las especies de la tierra, vida mía, luz de mi vida, hombres, bestias, peces, reses y aves se precipitan en el mismo ardor y el mismo fuego que me consume. El amor es igual para todos, si no en mí obra prodigios de grandeza y esclavitud, porque siervo tuyo soy; mándame lo que quisiéredes y lo acataré como nunca esclavo obedeció la orden de su amo.

                –Tardamos en creer lo que nos duele –respuso Amelia–, pues cuando flirtea contigo lo tomaba a modo de juego, porque me era imposible poner en tí me alma. Mis padres se oponen a una boda que no les reporte ganancia o prestigio, y la nuestra sólo nos es grata a nosotros. Así, ya que no es posible lo que pretendes, quiere lo que es posible y despidámonos en amistad. Siempre andamos en busca de lo que nos está vedado y nos atrae lo que se nos niega; deste modo yo te quise por contrariar a mis padres tan riguoros como son en mi educación. Al principio me entretenía con ello, pero poco a poco me fui enamorando de ti, y ahora no encuentro remedio para mi desdicha.

                –Nunca es demasiado tarde si la dicha es buena.

                –No más; no inflames mi desventura, que grande pesar me abruma al rechazarte. Necedad es dar coces contra el aguijón.

                –Mientras se viva hay que tener esperanza; no desfallezcas, que juntos hallaremos resolución al problema. A menudo sucede lo inesperado más que lo que se espera. Ten valor y confía en mí, que si realmente es mutuo el sentimiento, habremos de triunfar sobre todas las cosas.

 

         En esto oyóse la voz rígida de Rosa llamando a su hija, la cual entróse y yo tras ella. Se averó al corro de la madre, en que parlaban en coloquio las solas mujeres, por lo que me avine al de los hombres. Estabanle tomando el pelo a don Carlos a propósito de una moneda que mi señor guardaba con celsitud, la cual había sido acuñada en tiempos de Felipe II y que tenía inscrito «non sufficit orbes». La chanza venía que mi señor aseguraba haber pertenecido, generación tras generación, a su familia, pasada de mano en mano.

 

                –Créanlo o no, señores –porfiaba–, a mí me la donó mi padre; a éste, mi abuelo, que la recibió de mi bisabuelo quien, a su vez, la recogió de mi tatarabuelo, y así sucesivamente. Habéis de saber que el capitán don Diego Godoy Narváez, antepasado ilustre mío, sirvió a las órdenes de su serenísima majestad el hijo de Carlos e Isabel. Tal moneda se la entregó personalmente el rey en merecimiento de una gloriosa acción de guerra en los tercios. Conoció en sus años al famoso Mateo Alemán, cuyo era grande amigo, y al universal Luis Góngora, cuyo era camarada de las letras.

 

         Y así desvariaba el pobre don Carlos, sacando a colación larga retahíla de nombres eméritos, inflado como estaba por el ralo fruto de Baco y los achuchones de sus oyentes. Acaso fue don Remigio quien se apiadó de él.

 

                –Calle, calle, señor Godoy, que el alcohol desata la lengua del no avezado.

                –No nos pribe usted –le constestó don Luis– de la graciosa observación de don Carlos.

                –El señor Sánchez Romo tiene razón en su sentencia clerical –afinó Fabio–, que ya va siendo momento de retraerse cada cual a su morada.

                –Lástima de final –insistió el maestro–, con lo bien que lo estábamos pasando. Pero, en fin, si es la hora, es la hora, y no se hable más

 

         Insistió de nuevo <fabio y logró dar por terminada la fiesta, con lo cual salímonos todos de su casa, mi amo pletórico de euforia; yo, carcomido por la tristeza.

 

CAPÍTULO NOVENO

        

         Cuando Amelia volvió a Gijón, mi alma entera parecióseme enmudecer de dolor y mi vida se limitó a suspirar por ella encerrado en el mesón de Pedro. Se me mudó el espíritu. La clientela, viéndome cabizbajo, divertíase a mi costa, sino Marisol, que acudía con su padre todas las tardes a hacerme compañía y consolarme, lo cual agradecía y mucho con sonrisas y buenas maneras.

         Al cabo de una semana acostumbréme tanto a los dichos y a los mimos de Marisol, que un día que no vino me puse más melancólico de lo que solía, por la cual cosa holgábase con sorna don Luis y los sus colegas.

 

                –Está triste el mozo hoy –reíase el maestro.

                –¿De qué te extrañas? –sonreía don Arturo– Son los males de amores.

                –Mucho le hace sufrir tu hija –replicaba el primero–, que a una cita que falta, el novio se descompone y lloriquea.

                –Ya veis –graznaba don Remigio– a lo que conduce el amor. Hasta al más comedido pierde las riendas de la paciencia.

                –Sufrido sí que es el muchacho –voceaba el señor Claret.

                –¿Y qué? –preguntaba Pedro desde adentro– ¿Ya pidió la mano de la niña?

                –Aún no –respondía el alcalde–, y no me parece mal la relación, que no la ocultan a los ojos

 ajenos y a la vista está que su comportamiento en nada agravia a la virtud.

                –Así es verdad –inquiría el cura–. Pero, ¿cómo es que este año todavía no se haya ido don Carlos? Ya lleva quince días más de lo usual y no dan muestras de intención de irse.

                –Será cuestión del joven ahijado –contestó Ginés, el cual veía la partida en corrillo junto a otros–. Tiene un tan espléndido corazón...

                –No, no; no es eso –interrumpió Pedro, que había arrimádose a la mesa de juego–. Según él mismo me confesó, el motivo es bien distinto. No es otro que el que se aficionó a estos lugares y ha determinado quedarse aquí todo lo que queda del año, y aún más si no cambia de opinión.

                –Pues no sé yo dónde se mete –arguyó don Arturo–, porque apenas lo vemos en todos los días si no es por la noche o a la mañana.

                –Y todavía menos lo veré yo –repuso don Luis–, ya que las clases comenzarán pronto y renovaremos el trabajo.

                –¿Y qué tal va su hijo, señor Claret? –demandó Tomás.

                –Ni la mentas –replicó el sargento–. En casa la tengo encerrada en su habitación y de ella no habrá salir más que a los Santos Oficios. Se libró de la justicia el tunante de Juan, pero no así mi mala hija, que la ordenaré en los hábitos de las carmelitas o soltera para el resto de su vida.

                –No sea tan duro –dijo don Luis–, que es sangre suya.

 

         A todo prestaba yo atención desde un rincón del patio y, sospechando que mi amo hubiera vuelto a sus lances amorosos y que, por no atosigarme viéndome tan alicaído, hubiérase resistido a encarecerme la prestancia del vigía. Los dejé con sus conclusiones y me subí al cuarto do escribí carta a Amelia, la cual rezaba así:

 

         «¡Oh, amparo de mi desgana, cándida llama del corazón! No duermo ni de día ni de noche, desvélome soñando el quos deus coniunxit, homo non separet. Pero, ¿qué puede hacer el amor donde el dinero es el único rey? Si el rapto fuera lícito, te secuestrara y te llevara allí donde nadie nos separaría jamás; mas, lo que no prohíbe la ley lo vetan la decencia y el pudor, porque no todo lo que un hombre puede hacer le es justo, y el hecho de que no se lo impidan no significa que no esté permitido; asín, ningún juez lo será de sí mismo. Dichoso aquél que conoce las cuasas de las cosas; vivo en la constante ignorancia, lo cual me da confianza en Dios, de qué y cómo vives sin mí; mas, el conocimiento me diera el temor de perderte en los brazos de otro que tu padre te haya escogido o tu inclinación haya estimado mejor. Tan sólo te ruego no me eches en las alforjas del olvido y recuerda que te conservo en mi pecho como mi más preciado bien. Tuyo amantísimo, que nunca renegará de ti... Guzmán Zoilo González.»

 

         Se me levantó el ánimo cuando al cuarto día de enviar el correo me llego la contestación esperanzadora, y con ello regresó la alegría a mi ingenio. Fluyó entrambos cuerda correspondencia a lo largo de los dos meses posteriores, en la cual le fui narrando algunos sucesos curiosos, que acontecieron en el pueblo, como el de la burla a don Luis, que con grande picardía me salió airosa.

         De entre los libros que me había traído, hallé el del esperpéntico Valle, en que cuenta la muerte de Max Estrella. Como estaba al corriente del desmesurado afán de don Luis por las rarezas literarias de grandes autores, firmélo en nombre el autor y me lo dediqué con astuta falacia. Ajé las páginas delatoras de la falsedad, y en cuanto di con el maestro se lo mostré con exagerado orgullo y contento, induciéndole a pensar en un valor desmedido a causa de la rúbrica. Luego, le expuse la buena suerte que me ayudó a conseguirlo con precio irrisorio a un ignorante vendedor de rastros. Restreguéselo ante las narices a fin de infundirle una envidia tal, que no puediera resistirse a enseñárselo a los amigos y camaradas del pueblo. Me rogó se lo prestara, me negué; insistió, reafirméme; imploró, dudé; me suplicó, cedí. Mas, le reparé que no había coste que remediara deterioro irreparable, que a mí, a pesar de la ganga, parescíame único en el mundo. Así avisado lo asió con sumo cuidado y se fue con él ilusionado, al tiempo silbando una canción. Con el fin de llevar a buen término la rampa, había rociado el cebo con cierto líquido corrosivo, que al cabo de uno o dos días venía a arrugar la pasta y deshacer la hechura del papel. Y así debió de ocurrir, porque pasado ese tiempo, andaba el maestro talmente ofuscado, con la mirada esparcida y la chepa crecida. Dejéle una prudente semana para que se sumiera en el desespero de contemplar el préstamo en odiosas condiciones, hasta que le vi tan afligido que le puse remedio pidiéndoselo, pretextando cierta curiosidad que me tenía embargado. Achantóseme todo él y en privado me confesó la ruina en que se hallaba. Le grité como si le fuera a dar muerte, le reñí cual pastor a su indigente perro guardián, rugí así fuera león en la sabana. El pobre burlado se puso de rodillas y besara mis pies si yo no se lo impidiera, pero sin perder el enfado fingido que el destrozo me causaba dentro mío. Ofrecióme tres, cuatro y diez veces el valor real del libro, y en esa cantidad le detuve, que tampoco se debe abusar de la buena fortuna y de los crédulos palurdos, no vaya a descubrirse la chanza. En fin, dióme el dinero y el libro al día siguiente, más con el pesar por el libro que por la cuenta. Le reverencié su buena disposición y se quedó algo menos entristecido, y yo con las ganancias.

         Aquella mesma noche me dispuse a disfrutar del éxito tomando unos tragos en la taberna, a eso de las once y media de la noche, con la sola compañía de Pedro, que mi señor habíase retirado ya a los aposentos y el bar estaba cerrado. Me habló el mesonero de su sobrino, cuyo había recibido carta tras carta en secreto. Le recriminé que no me lo hubiera comentado, pues tenía grande interés en él, debido no sé si a la curiosidad o si a la amistad que nos había unido antes de su marcha, más bien huida. Me leyó Pedro la última misiva del sobrino por parecerle de buen talante y gracias a la insistencia de mis peticiones. Sacóla de la faldriquera, sentámonos cara a cara en una mesa, se humedeció los labios y se echó a lo escrito.

 

         «Después de mi mucha medra, me coloqué de profesor en un colegio de pago, donde impartir el latín; pero se me vino el mundo a los pies al comprobar la poca cultura que los alumnos tenían, que nunca habían oído hablar de Catulo, Propercio o Petronio. Para introducirlos al mundo clásico de mitos y leyendas [pues ha de agradar antes de estudiarlo], les leí el siguiente poema:

Al llegar tan oscura noche,

al sonde la danzante lira,

entre los árboles te veo,

entre los zarzales te miro

persiguiendo con tu silueta

la vana forma del camino.

 

Hay veinte alondras pasajeras

en tu cárcel de blanca luz,

cien jilgueros, treinta reales,

mil canarios, gorriones diez,

y entre todos ellos reluce

un triste y majestuoso alfil.

 

Tan malherida de miradas

tan clavadas por los amantes,

astro de cuantos te admiran,

derramas la eterna ambrosía

partícipe de los romances

que bajo tu balcón se amparan.

 

         Gustaron mucho los versos a Noelia Giomar, discípulo del último curso, la cual me aguardó en el pasillo tras la clase, y me abordó con dudas y sugerencias que duraron hasta mi despacho. Allí conversamos, nos reímos y aplazamos el demás trato para el fin de la jornada. Plúgome el interés suyo, máxime por su hermosa figura y desenvuelta compostura, porque intuí en ella nueva conquista en mi afán de satisfacer mis naturales inclinaciones.

         Intimamos placenteramente, rayando con la suprema hedonía, y en tres jornadas gozamos de mutuo acuerdo. Pero, ¡ay!, la felicidad nunca se eterniza, sino que se hace cada vez más débil y quebradiza. A la cuarta conocí a Inés Mela, la más simpar mujer de que haya tenido conocimiento; cuanto más lo pienso, más excelsa me parece. Díle largas a Noelia y ésta sospechó que alguna otra se había entrometido en su pedestal, pues de la pasión me pasé a la apatía. De lo que acaeció después, lo reservo para otra ocasión por no cansarte con ello de un solo gope.»

 

         Tras acabar con la lectura, me quedé suspenso con la aventura, así que le insistí a Pedro me leyera la continuación, lo cual tuvo a bien si me conformaba con aplazarlo hasta el alba, pues la madrugada ya se había empeñado en acortarle las ganas de vigilia y le tentaba el lecho. Deste modo,  al amanecer me levanté más temprano que de costumbre con las ansias de reanudar la historia, mas quiso el azar que también Paco Pepe y Pedro mismo repitieran mi determinación. Como el mesonera simulara descuido de memoria ante el pastor, simulé por mi parte, y aún estuvimos en espera de que se marchara, mas la casualidad se empeñó en chafarme aquella mañana: entraron tres personajes nuevos en el bar, dos de ellos avivados y el otro intelectual, que equivale a decir serio y circunspecto. El vaquero, después que pidieron desayuno los intrusos, les dirigió un saludo de tal guisa:

 

                –Buenos días, caballeros.

                –Buenos le de Dios –respondióle el más grave.

                –¿Son acaso huéspedes nuevos?

                –Soy un huésped, que no el huésped de esta casa; que el huésped de esta casa no es huésped como huésped soy.

 

         Nos miramos Paco, Pedro y yo, sorprendidos de respuesta con intrincada, pues más parecía un trabalenguas que un saludo. Prosiguió el intelectual con buenas maneras y tono reposado.

 

                –Permítanme presentarme. Mi nombre es Lucio Magro Santisteban, estudiólogo de la Naturaleza, cuya contemplación me ha conducido a no considerar nada increíble. Éstos que aquí veis a mi lado, son ayudantes míos, algo alocados y revoltosos; el uno se llama Gabriel y el otro Pablo, los dos oriundos de la vieja Castilla; yo también lo soy, pero de otra parte. Ha ya diez años que deambulo por esta tierra principesca, lo cual me ha traído a este lugar sin otra intención que la mera ciencia natural, pues que aquí crece una especie herbolaria escasa en el mundo entero. Apercíbanse ustedes que mi estancia no me retendrámás allá de cuatro o cinco días, durantes los cuales molestaremos en el menor grado que nos sea posible.

                –¿Qué hay de particular en la Naturaleza? –preguntó Paco Pepe–. Las cosas son como son y con eso basta.

                –Nadie admira lo que ante sus ojos tiene cotidianamente, aunque no sepa que el motivo por el cual suceden las cosas. La Naturaleza es más asombrosa en los detalles más conspicuos; a éstos me dedico yo con desenfreno y larga paciencia, ya que la Naturaleza va revelando sus secretos poco a poco, no todos a la vez. Además, todo está en continuo cambio, nada permanece inmóvil, lo que obliga a no descansar en las investigaciones. Hoy ya nadie, cansado y harto de verla, se digna alzar la mirada a la luminosa bóveda del cielo; el mundo a perdido los sueños y la fantasía por despreciar la magia de la Naturaleza.

 

         Se entabló, luego, una conversación más fluida entre los cinco, mientras yo moría de ganas de que Pedro me leyera la carta del sobrino, así que les miraba sin gorgotar ni pío, hasta que uno de los inquieto jovenzuelos, el que se llamaba Pablo, dirigió sus ojos hacia mí al tiempo que el intelectual exclamaba:

 

                –¡Qué recato, qué humildad, qué timidez más encumbrada cuando tanto silencio guardas!

                –No es ello –le contesté con igual mofa–. Es que soy mudo.

 

         Con esto se quedó tranquilo y yo le pedí a Pedra la carta, que la leería en silencio, la cual me donó y yo me enfrasqué en ella.

 

         «Pues que con tanta priesa me instasa dar fin a mi aventura, sin otro particular paso a ello. Contábame Noelia que su adversaria, a quien trataba de niña, había sido tan manoseada por los muchachos que se ligaba, que ya nadie la pretendía. Además, me infirió gran temor cuando me hizo sabedor de las grandes patrañas y embustes, con las que se granjeaba ocio y negocio. Me llegó, incluso, a confesar cierto comentario de Inés, en el que aludía a un tal Lorenzo, a quien prometió el oro y el moro para acabar abandonándole en el altar con gustoso regocijo. Muchas otras cosas se holgó Noelia en inducírmelas a tal punto, que titubeé en persistir con mi conquista, así que anduve unos días fuera del alcance de las dos, hasta que una tarde me encontré con una Inés más radiante que nunca, ante la cual visión sucumbí cual víctima dispuesta al sacrificio. Me insinué de acuerdo a mis habilidades, y no sólo en esa ocasión, sino a lo largo de toda una semana, mas en esfuerzo baldío, pues se me mostraba tan distante como recatada, de lo cual deduje que Noelia había actuado por celos o Inés era extremosa actriz. Al cabo, burlé su prudencia, que no su sexo, con cientos de ardides, y cuando me permitía un beso inocente, cuando un roce simulado y efímero. Me obsesioné, en fin, con poseerla, pero toda carantoña resultaba infructuosa. Trújome un mes por la calle de la amargura y fízome prometer casamiento, si realmente lo deseaba [ya sabes cuán detesto el matrimonio]. Por último, conseguí me diera su virginidad, pues tal tenía, aunque he de confesor que en mi dedo luce un orondo aro y en su mesilla una partida matrimonial.»

 

         De este modo fue cómo me enteré de que nuestro licenciado había sido cazado en las redes nupciales, y tales fueron las últimas noticias directas que de él tuve. Cuando di fin a la lectura, ya el mesón rebosaba vacío de clientela. Devolví la carta a su dueño y yo me fui a pasear.

 

CAPÍTULO DÉCIMO

 

         Me llegué a un recodo del sendero montano, por cuya parte izquierda nunca se me había ocurrido pasar; por consiguiente, tomé dicha dirección. Conducía la senda a un roquedal seco, tras el cual aparecía una campa verdosa con un árbol en el comienzo, donde me aposenté a discurrir cosas mías. Me adormecí bajo la sombra y soñé lo siguiente:

         Me vie en un pozo negro, que comunicaba con un vergel onírico, do todo estaba rodeado de marrón terruño y apestoso olor, tierra estéril y sin labrar; mas, el huerto se complacía en gran variedad de flores y árboles frutales. Así pude distinguir a lo menos cien clases de plantas y otras tantas hierbas. Irisaban todas ellas la campiña con la magenta, el cyan, el rojo, el violeta y muchos más colores. Allí se me apareció una dama, que juraría era más reina que la Jimena del Campeador o la Oriana deAmadís: lucía el más rico y engalado vestido que jamás mortal alguna pueda imaginarse, del cual resultaba el níveo rostro, que se me figuró el de Amelia por la belleza facial. La seguía séquito real: dos hileras de doncellas con preciosa vestimenta y rostros cubiertos por velo tul pálido. Se adelantó la principal hacia mí, embobado, y me habló con meliflua voz.

 

                –Te saludo, cortés caballero. Yo soy por quien tanto suspiras.

                –Me engañas, espectro –le dije yo.

                –No así, que bien te lo juro. El lugar en que te hallas es el Jardín de las Delicias, a donde van a morir nuestros sueños. Aquel desierto que ves son las pesadillas de los malvados. Ven, sígueme que te conduzca.

 

         La seguí según me ordenaba, y me iba instruyendo en lo que la ignorancia tapaba mis ojos.

 

                –Aquel olmo reseco y podrido es la suerte de Marisol, cuyas malas artes le habrán dar tormento aciago; esta oruga, que contemplas escalando el tallo informe de la mandrágora, es Juan, condenado al fétido alimento del vegetal; ese afligido cirpés es el alma de Luis, retirado de su familia por voluntad propia; el regio peñón que salpica con gotas cristalinas guarda el rígido espíritu de Jorge. Aquella crisálida se llama Laura, custodia del fruto de su vientre; estas dos enredaderas que tan juntas no alcanzan a unirse, son Clarisa y Carlos, tu padrastro; ese manantial que mana agua tan ambrosina lleva el nombre de Remigio; mis padre son aquellos dos: Rosa, el pavo real con sus plumas extendidas; Fabio, el gusano que la sigue, royendo todo tipo de desperdicio.

                –¿Y dónde estamos nosotros dos? –osé preguntar.

                –Allí, tras aquella mata. Ven, sígueme que nos veamos.

 

         Me admiré y me dio gran contento vernos, pues miré una hoja acicular erguida del suelo, y la dama me decía que éramos los dos, unidos por siempre. Llevado por la curiosidad y el entusiasmo, indagué sobre los del pueblo, a lo que contestó:

 

                –Esa música agradable que oyes, la produce la flauta de Francisco José, árcade pastor; esa encina tan fructífera es Pedro, sustento y cobijo de los animales que pueblan el lugar; el baobab de enfrente es el prudente Arturo; los lirios...

 

         Interrumpió de repente la narración y se quedó atenta de oídos, pues a un trueno seguía otro, como si dos pisadas de ogro fantástico se acercasen. Lo vi; en vez de cabellos tenía cabellera, y en lugar de trono tenía ronco estrépito. Se asustó la dama, echó a correr, averó a su séquito y se fueron todas alborotadas. En aquel instante me despertó un rayo del sol, que me dio en los ojos, como el aviso celestial que cegó a Saulo.

 

CAPÍTULO UNDÉCIMO

 

         A partir de este día, de este sueño mejor dijera, todo cambió, incluso el tiempo, que se puso a llover a cántaros y jarrones. En dos meses se quedó la venta tan sola, que no parecía sino ermita en el Sahara; la lluvia no cesó más que para coger fuerzas alguna que otra vez, y todo sería hastío de no ser por los estudiólogos, que alargaron la estancia más de le habían previsto, ensimismados por la flora otoñal y alguna piedra de no sé qué mineral, que de esto poco o nada entiendo, pero que al parecer era de suma importancia en sus trabajos. Para mayor «inri», dejé de recigir carta de Amelia, a quien yo escribía más de tarde en tarde por creerme olvidado, y así pasé de la carta semanal a la mensual.

         ¡Cuánto desabrimieno! ¡Cuánta zozobra! ¡Cuánta pesadumbre me partió el alma! Sola Marisol me consoló, como buena amiga pensaba yo. Noa avenimos el uno al otro tan ricamente que, rondando la segunda quincena de diciembre, había arrinconado el deseo por Amelia y central el de Marisol. Retozamos a hurtadillas de cuando en cuando, y un pajar enmohecido fue testigo de nuestra primera unión y de la segunda y la tercera y cuarta... ¿Qué me sedujo de ella? No lo sé. ¿Qué me atrajo hacia sí? Lo ignoro. ¿Qué me encadenó? Tampoco acierto a comprenderlo. Mas, con ella senté la cabeza y me puse a honrar a mi padrastro, como si fuera mi verdadero padre. Me cautivó el sentido y me anuló el libre albedrío.

         La tarde del dieciocho, por fin, luego de consumar nuestro afecto, charlamos distendido, según solíamos, hasta que se me declaró:

 

                –Mi padre se impacienta con mis tardanzas y me amenazó con enclaustrarme en casa, si no ponemos nuestra relación en claro. Si es que tus palabras no se burlan de mis confianzas, si es que me amas aunque sea la mitad que yo, si no me tomas por despecho a tus frustraciones [que ni las mento por temor a herirte], prométeme tu fidelidad y concordemos un fecha para la boda. Mi padre sospecha estos encuentros y, de confirmarlos, me mataría sin dudar un segundo y contigo haría lo mismo o aún peor. No furnzcas el ceño, por favor, y considera lo que te digo. Amémonos, sí; amémonos y disfrutemos del amor, pero viviendo en casa propia, a la luz del día, en mitad de la calle, sin miedo al qué dirán. Mi padre, que me quiere bien, me ha asegurado que te ascendería sin rodeos a alguacil o, si lo prefieres, a cualquier puesto que eligieres, que tiene influencia suficiente para ello. Digamos que eso sería mi dote. Aleja tus temores y concertemos, si no la fecha, al menos el acto.

 

         Con estas palabras me precisó a asentir en ello y señalamos la Epifanía como el momento apropiado, más por sus insistencia , por si yo mudaba de dictamen, que por mi consideración. Al anochecer nos alteró un alboroto ingente de voces, gritos y golpes de la mucha gente que se esparcía por el campo. Nos vestimos apresurados, perturbados y dando crédito al barullo; pensamos que venían por nosotros, según Marisol había dicho, a darnos muerte el pueblo entero, pero pronto nos dimos cuenta que iban en busca de Laura, la cual había huido de su casa. Nos explicó don Remigio que ocultaba un embarazo a su padre por pavor al castigo, y, cuando yo no pudo esconderlo, se decidió a partir, a pesar del consejo del sacerdote, que se hallaba imposibilitado de aclarar el caso ante Jorge por el secreto de confesión, cúyo se había valido la muchacha para desahogarse.

 

                –El Infierno lleve para siempre a ese licenciado libertino –sentenció don Remigio– y Dios me perdone.

                –No es hora de quejas, sino de acción –musitó Tomás.

                –Maldita sea su sangre –voceó el sargento–. ¿Qué ha hecho con mi hija? ¿Dónde estará? Si lo cojo, lo estrangulo con mis manos.

                –Calma, calma –susurró el cura–. La encontraremos. En ese estado no puede ir muy lejos. Seguramente se habrá arrepentido y esté de vuelta en casa.

                –Entonces, ¿por qué tarda tanto en llegar? –preguntó malicioso Ginés.

                –Se habrá perdido –dijo Tomás.

                –Imposible, imposible –inquirió Leticia, que nos seguía a unos pasos–. Conoce esto como la palma de su mano; aquí no se pierde, de seguro.

 

         De balde recorrimos largo trecho, y como la oscuridad se nos echaba encima regresamos todos a reponer fuerzas con una cena más o menos suculenta, dependiendo de cada cual.

         Fallida la primera batida, a la noche todo el pueblo, si no son los más ancianos y los más niños, se echaron al monte guiados por la Guardia Civil con todo tipo de luminarias, candiles, farolas, lámparas, linternas y hasta velas, cirios, teas y antorchas. Al frente marchaba el señor Claret flanqueado por Tomás y Ricardo, tanteando los tres el terreno con una larga vara y la oscuridad con los gritos de «Laura, ¿dónde estás? Contesta». Por el ala derecha avanzaba don Remigio, arremangándose los faldones de la sotana, a su lado Ginés y don Luis, haciendo aspavientos para apartar la punzante maleza. En el lado izquierdo codeaban don Arturo y otros, acompasados con los hermanos Martín y Genaro. A poca distancia seguían los guardias, las mujeres y el resto de habitantes, todos ellos entremezclados y buscando a voces a la desaparecida. Mi amo y yo caminábamos el uno con el otro, más maravillados por el jolgorio que por la misión.

         Se desanimaba ya el señor Claret, quien a cada veinte metros se llevaba el dorso de la mano a los ojos simuladamente, subiendo el tricornio y secándose la frente, como si realmente fuerse ésta la que tenía necesidad de enjugarse.

 

                –Parece que Jorge va destrozado –le decía yo a mi padrastro.

                –Más bien creo que el destrozo es de la muchacha –me decía él–, que ya llevamos distancia bastante para que la pobre criatura se haya descalabrado, tan trefe como debe de estar la preñada.

 

         El pesimismo de don Carlos no era para menos, pues desde hacía unos cuantos minutos caminábamos por senderos pedregosos, lindantes con barrancos de cierto peligro, sobre todo, si no se pisaba con tiento a pesar de la luz que nos conducía. Por espacio de un par de horas más, anduvimos más perdidos nosotros que la huida, hasta que desde un peñasco se oyó el vocerío de Paco Pepe que gritaba:

 

                –Está aquí, la he encontrado. Está aquí, venid todos. No se mueve, está ahí abajo.

 

         Escalamos varias peñas arriba, yendo el sargento al frente con tal avidez, que daba la impresión de ir en busca de un tesoro jamás imaginado. Mi padrastro y yo fuimos los últimos en arribar al sitio debido a nuestro torpe avanzar, desconocedores del lugar en que nos hallábamos. Cuando llegamos, un guardiacivil se lamentaba arrodillado junto al exánime cuerpo de su hija, cuya cabeza sostenía en su pecho, y su mirada se extraviaba en el opaco firmamento.

 

                –Plugo al Cielo envenenarme con tal desdicha: la honra mancillada y penada con la muerte. ¿Habrá en el mundo alguien tan desgraciado como yo, a quien un día se le arrebata hija y nieto? Quiera la ventura apaciguar mi miseria y lléveme la vida, que a partir de hoy se me hará todo insoportable. Habré de entonar el mea culpa, que mía ha sido, y sólo mía. ¡Qué impotente uniforme, que nada evita y no más sanciona! A mí llega el crespúsculo manchado de sangre caqui, pues la intolerancia del rango se adueñó de la paternal tolerancia. ¿Qué merecimiento hay para valimiento tan funesto?

 

         El rostro de la difunta se cubría de crúor rubro, embarrado salido, según me pareció, de un corte profundo habido en la sien, tal vez de un mal golpe contra la piedra por caerse desde lo alto del acantilado, o quién sabe.

         La lloraban los más, los menos se lamentaban del accidente, don Remigio se dedicaba a conmemorar oraciones ininteligibles, que no salían más allá de los grasientos dientes. Las luminarias formaban sombras que, como a la chinesca, se divertían en burlarse de los presentes. Ricardo, que en un principio se había quedado rezagado del grupo, llegó extenuado, corriendo a todo trapo; vio a su hermana y se alejó de la claridad, se sentó en una roca apartada y metió la cabeza entre los brazos acodados en las piernas, en silencio, ajeno a lamentaciones, sollozos y lágrimas.

 

                –Se despeñó la niña –comentaba entrecortado don Arturo.

                –En mala hora se dejó seducir por un bribón –decía Ginés mirando a Pedro.

                –Con lo joven que era –inquiría Tomás.

                –Pobre, pobre, pobre –musitaba don Luis.

                –Lo que debió de sufrir –ronroneaba Martín.

                –Un paso en falso y ¡zas! –explicaba Paco– La montaña no está hecha para las mujeres.

                –Dios la acoja en su morada –pregonaba don Remigio.

                –Vamos, Guzmán amigo –me dijo de pronto don Carlos–. Aquí ya no podemos ayudar. Esta gente bajará el cadáver al pueblo y nosotros estorbamos.

 

         Así lo hicimos. Marchamos de allí cabizbajos, como si sintiéramos la pena de todo el pueblo, como si comprendiéramos el pesar del padre y la desesperación del hermano. Pero, nosotros dos bajamos a la venta sin haber conocido apenas a la muerta. Y lo mismo sucedió durante las exequias, maltratadas por las plañideras, los ayes, los suspiros, las insoportables sentencias absurdas de absurdas mujeres, y la lluvia, que a más de uno nos dejó las carnes caladas y arrugadas. Muchas cosas podría contar del velatorio y el funerl, mas las omito por guardar un respeto a Laura y su hijo nonato, que los asuntos de la muerte no deben airearse a diestro y siniestro, si no hay intención de ello por parte del muerto mismo o allegado suyo.

         Lució el luto en buena parte de la comarca, tan querida debió de ser la hija del sargento, durante casi un mes, de modo que el enlace que habíamos concertado secretamente Marisol y yo, lo pospusimos hasta finales de febrero, mas sin avisar a nadie más que a sus padres y a don Carlos, a los cuales tres obligamos a prometer, incluso a jurar sobre la Biblia [que eran, y doña Margarita aún lo es, buenos católicos, cumplidores para con las devociones y los ritos, aunque no tanto para con los demás], silencio. Lo quisimos así no sé si por capricho o por precaución de parte de Marisol, puede que temerosa a que llegara a los oídos de Amelia y se presentase ésta de improviso a fin de impedir el casamiento con alguna intrincada argucia, que el pensamiento de lo que llaman sexo débil es tan abigarrado como complicado el maremágnum de un avispero o una colmena, de un horminguero hacendoso, de ésos que tanto abundan en aquella comarca.

         Quiso el destino gastarme una grave broma antes del matrimonio, y al cobijo de un cadañego manzano, me confesó Marisol a mediados de enero que estaba encinta. Lo creí; ¿cómo no había de creerlo? Y lo primero que se me vino a la memoria fue la desgracia de Laura; pensé en us fatalidad. Miré la cara de Marisol, palidecí, se me puso la mente en blanco y, entonces, creí advertir una mueca de risa reprimida en los labios de ella, la cual ocultó virando la cabeza toda, como si quisiera esconderse a lloriquear, pero que yo intuí para no delatar la mentira. Obervé, luego, la barriga, y nada en ella revelaba la confesión del embarazo: era muy pronto, los síntomas externos aún tardarían un tiempo en manifestarse. Le demandé alguna prueba, me miró cínicamente y me echó en cara que no confiara en ella, que si estaba insinuando que tenía aventuras fuera de nuestra relación, que si, a pesar de nuestro pronta boda, me preocupaba más de quién era el hijo que el propio hijo. Me avergoncé. Aún así, no me acababa de tragar lo de la preñez. Lagrimeó la muy artera, la consolé y me apurrió una nota con firma rubricada, en la que se mencionaba el embarazo.

 

                –Es un papel del médico que me examinó –repuso.

 

         Me quedé de piedra y terminé por creerla. Platicamos un buen rato y acordamos mantener el arcano entre los dos, pues que nos íbamos a casar tan pronto, nadie notaría su estado.

 

            CAPÍTULO DUODÉCIMO

 

         Doblado el mes, me invitó don Lucio a compartir con él y sus colaboradores una tarde de asueto, aprovechando la ausencia de mi prometida, que se había ido a Oviedo por mor de comprar en rebajas. Mal día acepté el ofrecimiento, pues, si bien era ausente el día en que Laura murió, éste me llevaría a infeliz conocimiento. El caso fue que nos detuvimos a poca distancia de una cabaña en desuso, porque el vallisoletano se había topado con un pedrusco con unos no sé qué fósiles incrustados, que databan de la era mesozoica, y entre los tres revolvieron Roma con Santiago entusiasmados por el hallazgo. Yo me acerqué a la choza algo mosqueado con los aspectos de unos nubarrones. Cuando ya me disponía a empujar la puerta, oí murmullo dentro. Averé las orejas y puse atención a la conversación, cuyas voces no eran otras que las de doña Clarisa y su amante.

 

         –Si no lo hacemos ahora, luego será demasiado tarde –dijo la adúltera.

         –Acción tan innoble manchará de sangre homicida nuestro amor puro. Meditemos antes de errar, busquemos otro camino, pues de seguro lo encontraremos, que quien a hierro mata a hierro muere.

         –Leo el miedo en tus ojos; no es tanto el afecto que me guardas, cuando, jurándomelo, rechazas el modo de vernos unidos. Lo haré yo, ya que tú te niegas.

                –Dudo que tu marido merezca el pago que tú le pretendes, ya que te ama sin ser correspondido y tolera el insulto de esta relación nuestra, pues temo que sospeche, la cual a los ojos de Dios se volverá abominable. Dado que tú lo deseas y en ello insistes, convertiré este mano mía en infame, vil y ruin delinquiendo tan gravemente.

 

         Ni el propio marfil ni la nieve virgen, que en la cima de los montes próximos se divisaba, me ganarían en blancura. Me retiré azorado, cuan cadañero sin su cría. Enloqueció mi entendimiento en unos segundos, el cual necesitó de otros tantos minutos para reponerse del susto. Pero, al fin y al cabo, ¿qué me iba a mí en ello? ¿Por qué me oprimía el pecho tanto desasosiego? ¿Tanto cariño le tenía a mi padrastro, si nunca le había tenido en consideración? ¿A qué fin bullía mi sangre, como si  fuera yo el deplorable asesino? No mucho se me demoró la respuesta.

         Me llegué, pues, a los estudiólogos que, ocupados como estaban, ni siquiera se fijaron en mi turbado espíritu. Hablaban de una formación caliza, de unas esporas.

 

                –Agarra el morral, mozo –me gritó Pablo–  cuídate de no desparramar el interior, que en ello te va la vida.

                –No lo amedrentes –replicó don Lucio–, no vaya a ponérsenos nervioso. Tú procúrate algún resto y cava presto, que las nubes amenazan lluvia o, lo que sería aún peor, nieve.

                –A mí me encanta la nieve, maestro –le dijo Gabriel.

                –¡Ostras! Y a mí –apercibió Pablo.

                –Pues rezad porque no nieve, que tendríamos que parar las investigaciones y encerrarnos a analizar las muestras y clasificarlas.

 

         Me miró después don Lucio y, viéndome abatido, me dio permiso para volver al mesón con el morral sin pedirme expliaciones, que ellos esperarían todavía un rato más por si les daba tiempo concluir con el trabajo antes de que descargasen las nubes o antes de que oscureciera. Le agradecí en extremo la merced yme fui harto contento. Allí, en la posada, Pedro repasaba aburrido el vidrio frío de los vasos, el mármol macilento del mostrador, la madera acongojada de las mesas.

 

                –Temprano regresas –me dijo–. Todavía no han dado las seis.

 

         Le respondí con un gesto leve, me senté en un rincón y le pedí algo de beber. Mientras tanto, él no cesaba de perorar; yo atendía por miedo a que me preguntase algo y no acertara a contestarle.

 

                –Pues sí, hombre; esta noche va a caer una buena. Hoy ya han amanecido las cumbres blancas, incluso La Calva salió rociada, así que nevará; nevará. La última vez apenas cubrió. No es como hace años, cuando llegaba a un par de metros de grosor. Este año volveremos a las andadas. Hace un frío que pela, y eso siempre ayuda.

 

         Continuaba y continuaba, porque, a lo que se me antoja, se moría por romper la rutina; por eso hablaba sin sentido con tal de que hubiera al menos una persona que escuchase. A mí no me hacía ninguna gracia aquella pesadez del monólogo. Engullí una, dos, tres copas, una tras otra, sin pausa. A eso de las ocho y media llegaron los estudiólogos, a los que devolví el morral y con los que charlé un poco, hasta que se retiraron a la habitación, la misma que Juan había ocupado antes de su precipitada marcha. Alrededor de las diez ya llevaba yo bastante tiempo escuchando a Pedro; fue entonces que entró mi padrastro, saludó a la manera de siempre y demandó la cena, aposentándose cabe mí. Yo intentaba enlazar las palabras, pero la lengua se me pegaba al paladar y las ideas salían mezcladas sin acatar las órdenes del cerebro, como si se interrumpiesen los enlaces. Don Carlos tomó las riendas y me echó um discurso enjuto, mas nutritivo, sobre el alcohol y sus favores.

 

                –Mucho arrastras la lengua y muchas razones das sin haberlas pedido nadie, por lo que deduzco que has bebido más allá del límite permitido por la prudencia, y aquí se te hace peligroso y difícil guardar secreto alguno, pues, si bien la hierba crece después de una abundante lluvia, después del vino nacen las palabras sin ataduras; de este modo, dado que con el mucho vino las preocupaciones se disipan y huyen, la embriaguez también priba de principios, hacienda y honores, y con ello puedes publicar a los cuatro vientos alguna promesa que te hayan hecho decir. Parce merum, Guzmán; parce merum.

                –La cena, maese Godoy –gritó Pedro al servir una mesa opuesta al rincón donde estábamos.

                –¿Qué tal culinario placer me ha preparado esta noche vuecencia?

                –Un estómago en ayunas rara vez desdeña los alimentos más vulgares.

                –Así debe de ser, ya que su alteza se digna proferir. Mas, aguarda un instante a que termine mi plática con este otro aprendiz, y sírvase en mantener en calentura los platos, si es que a su excelentísima merced no le molesta hacerme la ídem.

                –Descuide su ilustrísima y acabe con el quehacer, que yo me aplico a la calentura.

                –No tardaré mucho, que la barriga en ayunas ni habla ni escucha de buena gana.

 

         En efecto, prosiguió dándome la lata un cuarto de hora más, al final del cual se fue a su mesa y a mí me dejó con la advertencia de la moderación para futuras ocasiones. Pero, no era aquella noche para seguir consejos, por muy prudentes que fuesen, sino para ahogar las penas y temores en una botella de vino. Finalmente, le pedí a Pedro una botella de ginebra, que me llevé al cuarto, en donde le di fin a grandes bocanadas.

         Todavía con la resaca y con la nevada fuera, que resultó tan copiosa como lo había anunciado Pedro, mi padrastro me envió a Gijón para arreglar los desarreglos de la casa, producidos en nuestra larga ausencia, y para solucionar unos papeles de impuestos, recibos y otros apuros legales. Bien que me pesa haberle obedecido, pero en aquel momento se cruzó por mi mente el degollamiento de don Luis y la silueta de Amelia a un tiempo y, aunque me fui, sentí pánico de toparme con ella en tanto con Carlos consumía el crimen.

         Así pues, fruncí el ceño, bajé la cabeza y me dirigió a la villa marinera. El azar, o tal vez el destino, se apiadó de mis sufrimientos: a la altura de Cimadevilla me tropecé con la hija de Fabio. Marcaba el reloj las once de la noche y yo ya estaba ahíto de recorrer la ciudad de esquina en esquina, llevando o trayendo este o aquel documento. Supongo que fue ese cansancio lo que me amortiguó en parte la sorpresa. Como un pasmarote no reaccioné al «hola» de Amelia. Me sentí desnudo en mitad de la calle, ardoroso en medio de la helada, mudo. Volví en mí a tiempo de entender la pregunta que surgió de sus labios.

 

                –¿No me dices nada o es que tan pronto te has olvidado de mí?

 

         Lo dijo con aplomo, con frialdad, sin dar señales de cariño u odio. Luego, sin esperar contestación,me reprochó desta guisa:

 

                –La verdad es que no me extraña tu olvido, que con cuatro cartas contadas te cansaste de escribir. En vilo aguardé noticias tuyas y por tres veces te escribí; me arrepentí, empero, otras tantas y las destruí arrojándolas a la papelera. Imagino que tendrías tus propios motivos para rechazarmetan de súbito, quizás otra mujer que te haya ofrecido algo que yo no podría, o simplemente el hastío de vernos separados. Sea como fuere, has de saber el dolor que me causaste, que te amé hondamente y aún creo amarte sin esperanza. Tu desconsideración hacia mí me dañó más que el haberme dejado de amar.

 

         La escuchaba sin dar crédito a lo que oía y cuando calló un instante, me apresuré a replicarle. Le enumeré el sinnúmero de cartas echadas al buzón sin ser correspondidas, el desánimo que me invadió, el consuelo de Marisol y, por último, el compromiso. La semblante de Amelia se enmudeció, y palideció la situación tras verse desorientada por lo imprevisto de aquella confesión mía. Se repuso, echamos a andar a la vera y al poco rompió el silencio.

 

                –Demasiadas promesas me juraste y con ellas me quitaste la confianza, y ya sabes que nunca vuelve la confianza a quien la perdió. El más cruel de los infortunios fue el haber concocido la felicidad contigo para encontrarme ahora sola, privada de ella y de ti. La fortuna no se contenta con golpearnos una sola vez, que a los males no les gusta venir solos, así que una nueva desgracia me abate, puesto que creí haberte dejado de amar; sin embargo, revive en mí con mayor insistencia. Me dices que te casas con otra. ¡Poco tiempo necesita tu corazón para cicatrizar las heridas! De todos modos, no te echo la culpa a la vista de lo que ha ocurrido. Tarde comprendo el misterio de mis padres cuando yo mencionaba tu nombre: ellos se encargaron de que no me llegaran tus cartas ni tú las mías. Bien sabes que nunca uiste de su agrado, por eso invitaron al repelente Alcurza, que no piensa más que en la banca, para que me consolase en mis momentos más bajos.

                –Nondum amonium dierum sol occidit.

                –¿Qué? Déjate de petulancias. ¿Qué quieres decir? Háblame en cristiano y déjate de latines.

                –Lo que quiero decir es que aún no es tarde para nosotros. Hay un remedio, si todavía me amas como yo te amo.

                –¿De qué se trata?

                –De fugarnos. No pongas esa cara. ¿Por qué no? Poseo algunos ahorrillos y mi padrastro de seguro que nos socorrerá. No podrás gozar de la paz y seguridad que con tus padres te da el dinero, pero juntos saldremos adelante.

                –¿Y Marisol? ¿Y el bebé?

                –La inflexible moral no conduce a la felicidad. Créeme, la obligación del casamiento debe ser desterrada. Es mejor para todos no celebrar esa boda, seríamos infelices del todo no amándola yo, sino a ti, y recelando ella de nosotros dos.

                –No me atrevo.

                –¿Qué temes?

                –No sé.

                –Nos lo debemos.

                –¿Qué harán mis padres?

                –¿Qué importa? Estaremos juntos.

                –No me decido.

                –No permitas que se nos interponga nada.

                –Lo pensaré. Ahora es todo muy repentino. Tienes que darme tiempo.

                –No lo hay. Cuando regrese me espera Marisol.

                –¿Qué hago?

                –Ven conmigo.

                –¿Cuándo?

                –Pronto. Haré una visita rápida a mi padrastro, evitaré a cuantos pueda, sobre todo a Marisol, y regresaré a buscarte.

                –No sé.

 

         Empleé casi dos horas, pero finalmente convenimos en la huida. Acordamos reunirnos al cabo de cinco días en la estación del tren a las seis de la tarde sin otro equipaje que el imprescindible. Yo iría a medrar ante don Carlos y ella ante sus padres sin referir nuestro furtivo encuentro. Retorné, por consiguiente, presuroso y entusiasmado. Mas ¡ay! los reveses del destino son inexcrutables para los mortales seres. En los tres días que falté del pueblo el sino varió de rumbo, de modo que me vi envuelto en turbios sucesos, que a punto estuvieron de truncar, no ya mi vida, sino mi dicha. Tanto sufrimiento me guardaban los cielos para purgar todos mis pecados.

         Hallé a don Carlos postrado en cama aquejado de unas fiebres malignas, que, a la postre, lo llevarían a la tumba. Durante los nueve días que lo velé, me vi imposibilitado de dar recado a Amelia, y en estos días creí perder a un padre y a una amante, si bien conseguí retrasar una vez más la fecha del desposorio, aduciendo la incurable enfermedad de mi padre. El motivo de estas fiebres me lo fue relatando él mismo       a intervalos, cuando el mal calmaba, que eran pocas veces y por poco rato.

         Daba auténtica pena mirarlo: la faz demacrada, perdido el color, tan flaco que le salían las costillas, tan débil que nada sostenía en sus manos. Era todo pellejo, el pelo le caía a puñados, cada respiración la marcaba con un silbido chirriante y profundo. ¿Quién no se apiadaría de él? ¿Qué no misericordia se conmovería?

 

            CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO

         Por lo que con el tiempo logré averiguar, el mismo día en que don Carlos me mandó a Gijón, a eso de las seis y media de la tarde, se plantó en casa de don Luis. Le abrió la puerta Leticia, que le hizo pasar adentro y acomodarse en la salita. Desapareció y al poco volvió con doña Clarisa, quien con tranquilo ademán le invitó a otra sala menos acogedora, en donde recibía a las amistades. Allí departieron sosegadamente sobre la forma de asesinar al marido sin exaltación ni sobresaltos, con la sangre fría de los profesionales pagados a un alto precio por su servicio, con la premeditación de los grupos terroristas, sin remordimientos, cual antropófagos que devoran la carne humana más como rito religioso que como apuro alimenticio.

         Doña Clarisa desencerró de una caja fuerte una daga con doble filo, guarnición dorada y gavilanes excelsamente pulidos, y la entregó a su compinche con la luz en ojos, pues no hay odio más feroz que el de los parientes. La guardó don Carlos en la faldriquera con presdtancia y con mucho tiento y una terrible duda asomada a la cara. Luego, le dijo la infame:

 

                –Destierra cualquiera flaqueza, pues lo útil está tan lejos de lo justo como las estrellas de la Tierra.

 

         Cuando las fatales acciones obtienen una recompensa, nada fácil resulta obrar rectamente, de manera que nadie es bueno de balde. ¿Qué cosa hay tan sólida, qué ciudad tan firme o qué matrimonio tan estable y duradero, que no pueda zozobrar a causa de los odios y las disensiones de la adversa monotonía de tantos años apagados?

         Se despidieron con el ósculo frío de quien acomete una empresa indigna, con el beso último de la guadaña. Apretó el arma don Carlos y salió con deciso paso al camino. ¡Ay de los  mudan su persona por la manzana podrida! ¡Ay de los que flaquean en su alerta, conscientes de que las muchas insidias acosan a los hombres, excpuestos siempre al canceroso mal!

         A las ocho solía don Luis cruzar por un puentecillo camino del hogar en las temporadas invernales, a las ocho solía oscurecer por completo a no ser la luna llena, a las ocho sólo la nieve era testigo de las huellas del maestro, a las ocho aguardaba don Carlos detrás de un muro de piedra cercano, a las ocho en punto apareció la víctima silbando despreocupado de la peligrosa asechanza.

         Le salió al paso el asesino y se quedó enfrente suyo a un metro, apuntándole con la daga entrambas manos. Quedó quedo don Luis, inmóvil don Carlos; el uno, por lo inesperado; el otro, por cierta vacilación moral. Vaciló éste un instante, porque, si el bien puede eclipsarse, no así extinguirse. Se abalanzó de pronto, mas marró el intento a última hora, remordido por su conciencia, pues los hombres buenos no pueden ser empujados a cometer una perfidia a ningún precio, aunque éste fuera el amor de una arpía. Resbaló el infortunado en la nieve, se deslizó la daga al suelo y cayó don Carlos a las heladas aguas del río, cuya corriente le arrastró furiosa hacia abajo.

         Don Luis reconoció la daga de su desagradecida esposa y al punto lo comprendió todo. La cogió lacrimoso y se desocupó del accidentado. Arreció el caminar con largas y frecuentes zancadas por las ganas de presentarse ante la malvada instigadora, apretando con fuerza inusal el arma en el puño hasta blanquear los nudillos.

         Se pudo don Carlos salvar del ahogo, mas el enfriamiento le caló los huesos y se alojó en la médula, el cual frío se cebaba en él con tanta saña, que, al cabo de un tiempo convaleciente, le llevaría al camposanto. Si no perdió la voz fue para que pudiera hacer confesión, cosa que agradeceré por toda la vida. Una sola mancha enturbió todo lo que sin mácula tenía. Rara vez el castigo ha dejado escapar la culpa, que es eterna, puesto que quien obra por medio de otro o forzado por un inductor, es como si obrara por sí mismo. Yacen postradas las más altas virtudes, cuando el placer nos gobierna y nos conduce a la senda equivocada. Tan pronto como recogemos nuestro propio timón y enmendamos el yerro, ya las virtudes se alzan arrepentidas, pero carentes de voluntas. Siembra mal y mal recogerás.

         No se libro doña Clarisa de la impasible venganza. Tal vez su fin fue más doloroso, más cruel que el sufrido por mi padre, ya que la repudió el marido con violencia: la golpeó a puñetazos en el vientre y, estando ella encogida en el suelo, a patadas en la cabeza, la latigó en la espalda y, a tal punto llegó la virulencia, tal adefesio hizo de ella, que el ojo diestro se le encerró tras una hinchazón negra, perdiendo la visión para siempre. La mejilla izquierda le fue marcada con el rasguño de la daga; el hombro siniestro, dislocado; la columna, asaeteada; magullada la cadera, quebradas tres costillas, despegado un mechón del pelo, destrozado el seno derecho, despedazada la  nariz, partidos varios dientes. No me atrevo a describir lo que allí más sucedió, que todavía no me explico cómo salvó la vida, ya que no el pellejo. La arrojó a la nieve hecha un adefesio y con el impulso aún le fracturó la pierna izquierda. Cerró de golpe la puerta y se fue a desahogar lo poco que le restaba a los tabiques de la sala, a los cuales zarandeó un mucho por la rabia incontenible.

         Todo esto vio Leticia en cuclillas tras un biombo. Subió a la habitación, hizo un hatillo con ropa y acudió en socorro de su madre, a quien tapó con una gruesa manta y condujo al cobijo de un viejo cobertizo, donde pasaron la noche entre lamentos, quejidos y lloros. A la amanecida Leticia rogó perdón al padre, cegado por la ira del adulterio y del frustrado crimen.

         Como nada hay más rápido que la maledicencia, nada tan fácil de lanzar, nada se impone tan deprisa ni se propaga tanto, al mediodía todo el pueblo hablaba de la «puta callejera», de la «meretriz aficionada», de la «hetera de salón», y aún más de «ramera», y «zorra», la cual era de común consenso se tenía bien merecida la paliza. Todos bregaron por insultarla antes y más, por apedrearla incluso, lo cual muestra que los detractores son peores que sus víctimas, y los burladores que los burlados. ¿Quién recibiría con agrado una honra tan indigna? ¿Quién se asustaría de la calumnia infame, sino el vicioso y necesitado de enmienda?

         Así las cosas, mientras don Carlos agonizaba en su lecho, doña Clarisa era hospitalizada en compañía de su hija, cuyas nunca más supe, aunque me da en las narices que jamás regresaron a la tierra que las vio nacer.

         A este terrible relato le siguió otro no sé si más placentero o más a mi disgusto, pero lo contaba en carta mi padre para que yo lo leyera tras el postrer hálito, el cual papel transcribo tal como lo leí:

 

         «Al llegar el sublime momento de rendir cuentas ante el Creador, me veo obligado a enderezar lo que en vida torcí. Permíteme, hijo mío, que así te nombre, pues que lo eres, a pesar no que yo mo merezco tal distinción, de lo cual hube de arrepentirme en mis muchos días de arrepentimiento. No es decente echar la culpa a lo ajeno, pero la nobleza no anda en contemplaciones ni miramientos, pues todo cargo es una carga y, o llevas la carga o dejas el cargo. En mí pudo más el cargo que la carga, y por temor a perder el futuro seguro, velé la falta con la inferencia. Oneroso honor es el que impide reconocer a un hijo bastardo o unir dos linajes opuestos. Este gran peso me abrumó y cegó, por él sufrió tu madre, por él padecí, por él fuiste huérfano.

         En mis tiempos de juventud me enamoré de una joven, hija del ama de llaves de mi casa paterna, que se llamó María Teresa Zoilo González. La alocada juventud y el apasionamiento desmedido dejaron encinta a Teresita, hermosa donde las hubiere. Quisoe poner solución al problema, compartiendo con ella el tálamo nupcial, pero nuestras familias hicieron frente común para prohibirlo. Teresita, indignada, se escapó de los grilletes maternos y vagó sin rumbo hasta el día del parto, prematuro, en que tú, hijo mío [¡qué grande palabra es «hijo»], viniste al mundo, y ella se fue al otro. Yo te acogí en mis brazos en cuanto supe de ti. Te llevé a bautizar, como buen cristiano. Te oculté tus raíces por juramento a tus abuelos y sólo con la muerte, que se presenta ya, tengo permiso para romperlo, como así lo hago.

         Si de algo sirve para aminorar tu desdicha, en mi testamente te adopto legal y te lego cuantos bienes he conservado, que sólo por ti los he ido ahorrando. Dispón de ellos a tu antojo y perdona a este anciano insensible, que no acertó a ser tu padre.»

         Cuando llegué al final, posé despacio la carta sobre la mesita al tiempo que don Carlos, mi padre, expiró con una sonrisa en los labios.

 

CAPÍTULO DÉCIMOQUINTO

 

         Al velatorio de mi padre no asistieron más allá de una decena de personas, más por compromiso que por apetencia. Dado que su último deseo había sido el de ser enterrado en el cementerio del pueblo, la capilla ardiente se instaló en el cuarto que le vio fenecer. Le colocaron en un féretro de roble, celado por dos hileras de cirios a modo de parada militar; el ataúd se sostenía sobre cuatro sillas, y a sus pies una corona de flores plastificadas se reía de la ridícula pompa. Le habíamos rasado la barba, curiosado el cabello, bien portado el traje y maquillado en la cara. Tal emulaba un santo de pobre hacienda.

         Por ser domingo, Marisol se había ataviado de fiesta y luto a un tiempo: de fiesta, por el contento de ver más próximala boda, una que había desaparecido el retraso, ignorando el pacto entre Amelia y yo; de luto, por darme impresión de sentido pésame, si bien yo lo notaba fingido. Vestía de raso negro ceñido hasta la rodilla, con una abertura que dejaba entrever la mitad del muslo izquierdo. En el dedo anular resaltaba el aro de plata, que le hube de donar como símbolo del compromiso matrimonial, cuya vista me resquemaba el interior y arpaba las paredes de mi estómago.

         Todos pasamos la vela en el bar. Pedro servía de vez en cuando alguna copa y algún que otro bocadillo o tapa. Marisol no se separó de mí, sentados ambos con su padre, el cura y Coral, que tal parecían guardarme de aviesas intenciones. En otra mesa Lucio y sus ayudantes participaban de la vigilia un tanto ajenos. No más vino, no más al funeral, sino Paco Pepe, que se averó en el último momento.

 

                –Lex est perire, non poena –decía don Remigio.

                –¡Ay, más que la muerte fue la cruel ocasión por la que murió! -exclamaba su hermana.

                –Omnia mutantur, nihil interit –porfiaba el cura–. Nadie puede luchar contra natura. Cualquiera puede quitarle la vida a otro, pero nadie evita su propia muerte cuando le toca con su mano huesuda. Lex est perire. Todo lo que viene de la tierra vuelve a ella, que polvo somos y al polvo volvemos. La vida no es más que un camino hacia la muerte; si pudiéramos rehuirlo, entonces, sí habría razón para temerlo; pero, pues que no es así, resignémonos a él aceptémoslo. Lex est.

                –El pobre sufría como un endemoniado –se explayó don Lucio–. Al menos ha dejado de dolerse.

                –Menos sufrimiento causa la muerte que su espera –intervenía don Arturo.

                –¿Qué se le va a hacer? Y no hay remedio –murmuraba Pedro.

                –Letum non omnia finit –concluyó don Remigio.

        

         Sollozó Marisol con tono falso, a lo que respondió el cura:

 

                –Alíviate, mujer, con el esparcimiento del llanto, que a las mujeres les corresponde llorar; a todos, recordar; pues la vida de los muertos permanece en el recuerdo de los vivos.

 

         Entre tanto, Pablo y Gabriel se dedicaban a consolarse con luengos lingotazos a tal punto, que brillaban los ojos como dos soles beodos, y los mofletes reventaban rubros de alcohol. Se rascó la pantorrilla Marisol, corriéndose la abertura del vestido, que descubrió la pierna entera y algo más; luego, aflojó la goma del tanga con disimulo, lo que hizo que se le descubriera tal prenda. Pablo abrió sus ojos de par en par, como se abre una ventana al alba para airear la habitación, y clavó en el tanga una mirada lasciva, hecho del que se percató Marisol; se sonrió y tapó no demasiado la brecha. Después, se irguió el salmantino, se arrimó a la mesa y la orpimió, como por descuido, con sus genitales. Se salió de la tertulia en dirección al retrete, abandonando una ojeada en las piernas de la endomingada. Le revezó Gabriel en ese juego de miradas, gestos y cautelas. Así disfrutaron del velatorio los tres, enredando con artificios de excitación, cual enjalbegadura, fingiendo los defectos de un sarpullido torpe, indecoroso y feo.

         Por distraerme un rato, cogí la Biblia, que don Remigio había tumbado a su lado; la abrí por en medio, la hojeé y llegueó a San Mateo, en donde se me encasquetó una reprimenda cuyas palabras aún recuerdo hoy frescas:

 

         «Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.»

 

         Se pasó la noche, como digo, pesarosa, inacabable, llena de tedio y de fastidiosas situaciones. El alba la noté liberadora. El cortejo funerario, la crueldad de la lluvia y el frío quisieron terminar con mi ya empobrecido ánimo, y tal hubiera conseguido de no ser por la cortedad de las honras. A don Carlos lo entabicaron en un nicho soleado, aromatizado por un ciprés imponente, aseado y distinguido. El esmero en el encierro del cadáver, la preparación de la yacija, el boato, son más un alivio para los vivos que una ayuda para los muertos.

         Me postré ante él, una vez idos todos, sin saber por qué, pues, al fin y al cabo, aún siendo mi padre, nunca lo había considerado como tal hasta el momento de su muerte. Tampoco sentí pesar; tal vez, si acaso, por echarle de menos, habituado como estaba a su trato. Recé, quizás la única vez la única vez que lo hice con asentimiento; de todas formas, él me había engendrado. Es duro considerar un valor insustituible a aquellos que se han perdido sin beneficios. Transcurrió una hora hincado de rodillas, durante la cual pensé en todo, y todavía en más: la muerte es consustancial a la vida, por ello ambos son insolubles: donde hay vida hay muerte.

         Al fin, me levanté y en silencio dejé atrás la necrópolis. El destino se encaprichó en guiarme hasta una arboleda, en cuyas entrañas percibí gemidos de placer. Me acerqué y contemplé a Pablo y Marisol enlazados; él, de pie, sosteniendo a cada flanco una pierna desnuda; ella, espaldada en el tronco de un mustio nogal. Me aparté sin ser notado y volví al mesón de Pedro. Allí me adormecí con la fotografía de mi padre reposada sobre el pecho, apuntalada por las manos, con el dorso hacia el techo. Creo que se me humedecieron los ojos.

 

            CAPÍTULO DÉCIMOSEXTO

 

         Me dio todo el mes manco en pleitear, documentar y heredar. Me trajo de cabeza analizar los contratos, negocios e impuestos. Cuando por fin acabé con todo el papeleo, se me pasmó el alma. Jamás hubiera imaginado la riqueza de mi padre; el dinero salía a borbotones allí donde ponía la indagación, como si una bombarda escupiera proyectil tras proyectil sin límite o frontera. Me acordé, entonces, de aquel útil consejo de Carlos y me vestí con la elegancia de la nobleza, aprendí los modales del refinamiento, entrené la voz al tono adecuado. En definitiva, me convertí en una pieza más de lo que llaman los «tabloides».

         Desamparé a Marisol o, lo que es lo mismo, huí de ella como diablo que lleva el viento. Sin duda ella me habrá buscado por todas partes, habrá andado de la ceca a la Meca en baldío; al menos, eso creo. De Amelia no me olvidé. La fui a reclamar por esposa, mediado el mes belicoso. Coincidió la visita con una fiesta que, si no es el azar, fuera para mí Vesubio y yo Pompeya y Herculano a la vez, porque su motivo era anunciar el compromiso de mi amada con el insulso Alcurza. Dubitativo estuvo el mayordomo por desconocerme, pero me adentré sin miramientos ni presentaciones ni excusas. El local era un hervidero de la farándula social: adinerados de siempre y otros recientes, unos poderosos y otros arribistas, fámulos todos ellos del espectáculo banal. De pronto, la vi. ¿Qué palabras pronunciar, que retraten la emoción que se adueñó de mi ser? ¿Qué descripción alcanzaría la verdadera belleza que me aleló el entendimiento? ¿Qué mención hacer de cómo me embargaron las ideas?

         Aborrecí en aquel momento todo el tiempo desperdiciado sin ella. Me ajusté la corbata, alisé la camisa, estiré la americana, allané el pelo, y me fui hacia ella, que charlaba en un corro de horterillas alcurnias. Me reconoció al punto y se ruborizó un tanto, pasmada al verme embutido en aquel traje, todo lo cual la hacía más hermosa, si es que fuera posible. Se retiró dos pasos y me puse a su altura. ¡Qué infernal posición la mía tras dos plantones! ¡Qué inquisitoria situación tuve que padecer! Y, sin embargo, aun agregando el martirio de ardientes clavos o el tormento del potro o cualquiera otra tortura, bien empleado la tendría si hubiera conseguido que volviera a mí.

         Me reconvino las promesas rotas, los juramentos quebrantados, los votos desleales, los ofrecimientos falsos. Por mi parte, intenté hablarle con el tomo más muelle, como quien acuna a un bebé en su cuna. Me declaré rendido, argüí miles de excusas, todas vanas, pero no quiso esperar otra oportunidad y me manifestó su decisión de casamiento con Alcurza, que a tal fin era el banquete. Me confesó que me amaba y que sabía que yo la amaba, pero que eso no era suficiente. No me desmoroné, sino que me hinqué en el suelo, como quien besa los pies, e hice otras cosas que tengo a bien omitir, implorándole indulgencia y remisión de los pecados. Con tal número de aspavientos atraje la atención de los invitados y de los huéspedes.

 

                –¡Tú, truhán, cazador de dotes! –rugió Fabio–. Sal de mi casa y vete a tu guarida infecciosa. Ni siquiera olerás el color de mi fortuna. Deja ya de acosar a mi hija, que bastantes trastornos has traído a esta familia. No me engañarás con esa facha, porque, aunque la mona se vista de seda, mona era y mona se queda.

 

         Se acoquinaron los invitados, comprendiendo la rabia con que Fabio atacaba a varón tan bien engalanado, principalmente al comparar la intonsa cabellera del huésped con la arreglada del reñido, o la piel legrada de uno con la curtida del otro. Viéndome derrotado, me comporté con la mesura y el aliño que de mí esperaban los espectadores del improvisado espectáculo; no obstante, no me amedrenté ante la colérica reprensión, sino que me anticipé a la ejecución de las amenazas y le planté cara con dispuesta y moderada réplica a la provocación. Se callaron todos para escucharme, se apiñaron en un rincón, dejándonos a Fabio y a mí careados, a Amelia ladeada a mi diestra y a Rosa acodada a su marido. Lo que no esperaba en ningún caso fue que la propia Amelia, antes de poder defender frente a la enfebrecida posición de su padre, se interpuso entre los dos y, con un brío del que yo no sospechaba que tuviese, me abofeteó con todas las fuerzas que su cuerpo expendía; tal fue la violencia, que me hizo trastabillar y di con mi cuerpo en el suelo. Me levanté como pude y la miré a los ojos; fue en ese momento cuando pude ver en ellos una mezcla de amor y rencor, de odio y esperanza partida.

         No recuerdo muy bien cómo salí de allí, apenas si me acuerdo de oír las recriminaciones de Fabio, los inusltos de Rosa y las risas de los invitados. De lo único de lo que estoy seguro es de que desde entonces no he vuelto a sonreír, a sentir el calor de la felicidad. Nada supe, y no quiero saber, de lo que fue de Amelia, su recuerdo me trae amargos, muy amargos momentos, y el desgarro es demasiado profundo para revivir su presencia. De Marisol supe que se había casado con Gabriel, recogedor de las sobras de Pablo, con quienes se cebó el infotunio, pues ella resultó estéril y él precoz. En cuanto a Pedro, me enteré de su muerte no hace mucho, cuya tumba tengo pensado visitar próximamente.

         Aquí quédese esta parte de mi vida, la más ilustre y ajetreada. Della dedúcese que los valores de antaño amóldanse a los modernos y éstos a aquéllos, y que la sola diferencia entrambos estriba en que cada cual tiene lo que se merece.

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