Las memorias del llamado Guzmán Zoilo González
PRÓLOGO
En
un recodo del montaraz camino que se alarga hasta la cima del promontorio
conocido como «la calva del ruiseñor», no hace más allá de dos décadas había un
mesón de pobre esqueleto y parco sustento, donde Pedro Cañizares Sarrió
malvivía a cuenta de los pastores, montañeros y veraneantes, los cuales también
calmaban la sed y ponían freno al apetito con un par de tragos y tres o cuatro
mascaduras. Hay quienes dicen que Pedro era sexagenario, próximo a los setenta;
otros le conceden un lustro más; algunos le allegan al túsculo anciano; unos
pocos lo envejecen diez años aún; pero, los que le conocieron bien acuerdan en
darle no más de medio siglo. Según testimonio fidedigno, esta posadero rebosaba
de muy buena salud, tal que nadie se explicaba su sobresaliente panza a tenor
de la escasez que la casa ostentaba: corpulento, bien afeitado, poco pelo,
gruesos dedos, grasienta cara, alto y de amplias entendederas.
A
primeros de julio quedaba a su Cargo un sobrino suyo, licenciado en las
clásicas lenguas, quien le ayudaba cuando en tiempo estival concurría mayor
número de clientes. Este joven de flacos brazos, débiles manos y agudo
raciocinio, que rayaba la treintena sin pasarse, llevaba por nombre Juan Estévez
Sarrió. De lo que aconteció allí habla por boca de la pluma, si ello fuera
posible, un manuscrito que mi buen amigo Sancho Quijares Toba me entregó antes
de su muerte. Yo, por servir oportuno al mundo de las letras, me hago eco de la
narración, y así, tal como lo leí, lo cuento.
CAPÍTULO PRIMERO
La solariega
casa de Pedro siempre respira paz cuando las primeras sonrisas de Helios
iluminan su fachada. La posada en sí no es muy amplia ni ampulosa, pero el
patio interior ofrece un acomodo solaz gracias a la sombra de un enorme sauce
crecido en el centro del atrio; en el viejo tronco se puede observar la llaga
ancestral de la navaja de un enamorado que cinceló su corazón tocado por el
amor de una doncella. Alrededor del árbol descansan y dormitan las mesas, a las
cuales se sientan los huéspedes. Dentro, las paredes de la sala, no muy espaciosa,
revientan de rusticidad. Una escalera en caracol conduce al piso de arriba, en
donde cuatro habitaciones ruinosas alojan al posadero mismo, a su sobrino y a
los inquilinos que descansan la noche en estivales días; allí, en la menos hambrienta,
se huelga mi padrastro en los meses de sol.
Pero, antes de proseguir, bien
será que me presente. Me bautizaron en la iglesia de Lorío con el nombre de
Guzmán Zoilo González, de padre desconocido, según consta en el registro, y
huérfano de madre el mismo día que el Nalón me vio nacer. Por no abandonarme al
desamparo, me acogió en su rica hacienda el no menos rico don Carlos Godoy
Trujillo; solterón mujeriego de pocos escrúpulos con las casadas y casamenteras.
A él serví en mi infancia y adolescencia como criado suyo, confidente de sus
andanzas y consuelo de sus fracasos. Me enseñó el placer de la lectura y de la
escritura, vetadas a mis compañeros, así como las cuentas y ardides
mercantiles; esto me enseñó por no asistir yo a los maestros, a quienes
consideraba dañinos para el ánimo y perjudiciales para la cultura. Tal me
trató, pues, que no distinguiera si fue amo o padre, profesor o amigo. A pesar
de ello, nunca mostró flaqueza para conmigo; mas, a decir verdad, si es cierto
aquello de que «quien bien te quiere...», entonces habré de admitir a ciencia
cierta y mal que me pese, que cada azote de su cinturón era un beso fraterno
por más que doliera en las carnes, que el de Judas fue de buen grado recibido,
que no los de mi tutor. De este modo, a base de castigos y recompensas, aprendí
mil trucos y cien millones de requiebros: lagrimear con engaño, reír
maldiciendo, musitar a voces, hablar en silencio, en el trabajo holgazanear...
Al cumplir los veinte y dos me prometió llevarme a la posada que digo con él,
en la cual comienzo ya mi historia, que por sus hechos parece mejor cuento.
Como ya venía aleccionado de los
habitantes y lugares por las correrías que mi señor se deleitaba en contar a la
servidumbre con todo lujo de detalles, ya pensaba yo ser habitual de la zona y
conocer las flaquezas y grandezas de los de allí. Así, ganéle a Pedro por la
mano a la alada hora de levantarme; no se crea que soy muy madrugador, sino que
la noche anterior, que también fue la de la llegada, me había acostado con
inusual antelación a la medianoche. En desayunándome, pues, ocupé la silla cercana
al mostrados con «La Voz de Asturias» dominical, que supone la del día
anterior, en espera de que don Carlos se dignara ponerse en pie, no fuera a
necesitarme para algún recado urgente u otra labor de la que acostumbra a
ordenarme de cuando en cuando. Durante el tiempo en que permanecí solo,
corroboré, lo que ya tenía instruido, el hecho de que Pedro apenas dirigía la
palabra a forasteros desconocidos, por lo cual me limité a estrujar la prensa
callado. En tanto el dueño andaba en asear los vasos y quitar el polvo de las
botellas, entró Paco Pepe, a lo que supuse por referencias de mi patrón, quien
le otorgaba la primacía en acudir allí, amás de la coincidencia en la descripción.
Saludó con el brazo en alto blandiendo su inseparable garrote, a lo que se me
torció sacado de castañero y modelado a base de paciencia. Asentó las posaderas
en el lugar más opuesto al llorón. Sirvióle el posadero un pinta al compás de
un «nunca vino pellitas curas», que, sin duda, tomó de Juan, y luego dedicóle
en castellana lengua:
–A las buenas de Dios, Paco.
Ahí te va la pinta de vino.
–¿De vino? –respondióle el
otro– Mejor le llamaras jugo de corteza, que tal impresión causa al paladar.
–Bien que lo apuras, a pesar
de las protestas.
–A falta de pan...
Admiróme la delicadeza del vaquero
en insultar el mal sabor, y aún los reflejos con que lo defendió el posadero,
así que presté oídos al diálogo, cansado ya de los artículos insípidos del
periodismo.
–¿Está
el mozo en la cama? –inquirió Francisco José, que así se llamaba el pastor.
–El truhan
anduvo de cortejo por la noche y el sueño le tiene rendido. La Marisol le ha
comido el poco seso que le quedaba.
–Al menos cabe la posibilidad
de que emparientes con el cabildo.
–Menudo consuelo, si se dedica
a correrla por ahí en vez de aplicarse en lo debido, que las copas no se sirven
por sí mismas.
–Siempre quejica. ¿Acaso no
comprendes que donde hay alcalde no hay carencia? No es tonto el zagal, que,
aunque costosos, los estudios le bastan para acaramelar a la más pintada.
En esto bajó trajeado mi amo con
el donaire galanteador de su amaneramiento: americana marina, pantalones del
mismo tono, camisa albina, corbata cromada, calcetines rojos y zapatos de
charol oscuro; la crencha lineal, el pelo de lacre azabache, la pulsera dorada,
el anillo colmado en rubí y el reloj con argéntea correa; la mirada alta, el
gesto circunspecto, la frente amplia y el paso marcial, si no fuera por una
leve inclinación del cuerpo por culpa de su corta cojera. En más de una ocasión
vilo yo emperifollarse delante del espejo con la gracia que da el presuntuoso
alfeñique preparándose para una grave contienda, incluso descubrílo
humedeciendo los labios con no se qué potingue, quizás crema de cacao. Tal
altivez le impelió a un traspiés que a punto le manda al suelo en el último
escalón, lo cual obligó a Paco Pepe a apretarse los dientes, no le escapara
carcajada alguna, por más que unas arrugas faciales delataban la chanza
imprevista.
–Cuide su merced la pisada
–exclamó con seriedad el mesonero–, no vaya a descalabrarse.
–Cuide su ilustrísima el
peldaño –excusóse don Carlos–, que a poco el daño se convierte en irreparable,
y repare su excelencia en la tabla, que flojea a la izquierda a falta de
ajuste.
–Bien que se me antoja cuerdo
el consejo. Tendré que rematar el madero, que sin moverse osa balancear el
tramo.
–Pues ya que vuecencia se
digna atender mis dictámenes, eterno le quedaría si tuviere a bien disponerme
algo que rellene el estómago, que sea ligero y nutritivo.
–Mientras lo condimento,
avenga sus reales en cualquier asiento.
Contemplé con sorpresa toda
aquella arenga de uno y otro, no tanto por ignorar la garrulería de mi amo,
como por la perspicacia del tabernero. El caso es que don Carlos decidió
participar de mi compañía. Me adujo cien razones de disculpa por el tropezón,
de lo cual inferí una molesta situación, contando con que la tabla se hallaba
bien clavada por todos lados. Dado que la costumbre y los buenos modales no
permiten a siervo y señor compartir la mesa en el momento de las comidas,
cuando Pedro la asistió, mi amo suavecito me confió un mensaje: que buscara en
el pueblo la casa de don Luis Fonseca Gracia, maestro del lugar, que preguntara
por doña Clarisa, esposa de don Luis; que la avisara de nuestra presencia; y
que ella me pusiera al corriente de su marido. Me erguí protocolariamente y
salí al camino, siguiendo el cual hacia abajo encontraría la población.
Esta Clarisa no me resultaba
ajena del todo. Don Carlos, en sus muchas narraciones, la mencionaba muy a
menudo como su divertimento esencial. Todas las tardes se reunían en la taberna
de Pedro el cura, el alcalde y otros más entre los cuales estaba don Luis;
entonces, los dos amantes aprovechaban la oportunidad para pasar juntos varias
horas hasta poco después del ocaso, momento en que el cornudo regresaba al
lecho familiar. La razón por la que el astado demoraba tantísimo su vuelta no
era sino la plática, la partida de cartas y otra plática más que con frecuencia
terminaba en discusión a voz en grito.
Descendía yo, pues, girando la
cabeza acá y acullá a fin de no perder detalle del paisaje, placiéndome en la
contemplación de los empinados terrenos, de las profusas arboledas, del cegador
verde y del seca cauce de un riachuelo montés. Crucéme en el trayecto con el
caqui de un guardiacivil, que juzgué sargento mayor por las rayas anguladas del
uniforme. Me hizo ademán usual, llevando la mano a la frente sombreada.
–Buenos días, caballero
–saludó. Tras contestarle con la mismo cortesía, me inquirió–. No recuerdo
haberle visto antes por aquí; ¿no es usted de las cercanías, verdad?
–No, señor; he venido con mi
padrastro, don Carlos Godoy.
–Ah, ya; eso lo explica.
Perdone si le molesta; sin embargo, he de advertirle sobre su indumentaria. No
está mal que vista usted ropa ociosa, aún soporto el relajo en el calzado y en
el peinado, pero, por Dios, hágame el favor de lavarse la cara: la mancha en su
mejilla avergüenza al ser humano.
–Tiene usted toda la razón, si
no fuera que esta mancha vive ahí desde que mi memoria alcanza. Quiero decir
con ello que no es porquería quien reluce, sino un simple lunar.
El suboficial viró sin abrir la
boca y continuó la marcha alargando la zancada. Yo no pude por menos que sonreír
ante el incomprensible yerro.
Después de cincuenta minutos de
caminata se me presentó a la vista el pueblo. Apenas un puñado de viviendas en
torno a la plaza consistorial: calles de pésimo empedrado, estrechas,
sombreadas, húmedas en su mayoría. Interrogando a unos y a otros conseguí
localizar la casa de don Luis; llamé a la puerta y despególa una moza de buen
ver. Presentéme y pregunté por doña Clarisa. Entróme a un coqueto saloncito e
invitóme a un sofá que tomé con mucho gusto a causa del largo paseo.
Desapareció por la misma puerta a través de la cual apareció enseguida una
señora de vestido escotado, más gordita que ancha de caderas, y butirosa
pelleja. La informé según lo ordenado y acordé con ella comunicar a don Carlos
la hora en que debían acudir al sitio de siempre. Me despidió con un entusiasmo
indescriptible. Una vez que hube cumplido mi primera misión como celestino,
opté por solazarme en aquellos lares, pues la cita estaba aplazada a la sobremesa
y el retorno era en cuesta.
Quise refrescarme en un surtidor
de la plaza, mas de él bebía un haraposo anciano, que se diría sacudía las
pulgas en el agua; tal asco me dio en acercándome a él, que no fui capaz de
allegarme a la fuentecilla y, cuando el chorro quedó libre, quedéme yo sin sed
y con el sudor desalojado. Sin duda se trataba de Mario, de quien mi señor
relataba como puerco mendigo, vividor de los pequeños hurtos, que al fin de la
jornada acumulaba en alguna choza de las afueras. «Agua bendita», rezongó el
viejo mientras se alejaba, «sustento del sediento». Ya me iba a decidir por
participar de su frescura, cuando un perro, callejero a todas luces, se me
anticipó; enderezándose sobre las patas traseras, arrimóse con las delanteras y
lamió el grifo mientras bañaba la lengua canina. Con esto acabé por desistir
del intento, determinando visitar los alrededores sin probar aquel agua
bendita.
Entre miramientos llegó el
mediodía, así que regresé, vacuo del caño, a la posada a fin de tomar almuerzo
y contar a don Carlos las señas de su amada. Volvía cruzarme con el sargento a
mitad de recorrido, pero ahora el guardiacivil aceleró el paso, saludó raudo
con la misma compostura que la ver anterior, y no se detuvo si quiera ni para
dirigirme palabra alguna. Hallé a mi amo impaciente deambulando en el zaguán adelante
y atrás. Cuando se percató de mi venido, lanzóseme a mi encuentro como alma que
lleva el diablo; sin permitirme un respiró me instó a relacionarle lo acaecido
con su dama. Tragué cuanto saliva pude de un solo golpe y le remití a la cita. Mandóme,
luego, al comedor, donde ya los platos iban a ser servidos, reiterándome me
diera prisa por concluir, dado que todavía le tendría que hacer nuevo favor
antes de las cuatro. Extrañáronse tío y sobrino de la avidez con que remataba
la sopa, la carne y la fruta, lo cual comí en menos de un cuarto de hora. El
encargo consistía en alquilar un caballo, que Paco Pepe le cedía para la tarde
y la noche; a tal propósito me confió el dinero estipulado entre los dos en mi
ausencia. Nada pregunté sobre el motivo de elegir al cuadrúpedo en vez de un
automóvil o, en su defecto, una motocicleta, lo que a mi entender era más
práctico, más rápida y de mejor manejo. Me indicó la dirección con
apresuramiento y el verdadero motivo de su equitación, que no era otro que
disponer de transporte para la faena.
Encaminéme, por consiguiente, a
la carrera, porque mi padrastro viera la presteza con que llevaba sus
instrucciones. A la vuelta de una esquina, empero, aminoré la rapidez y la
troqué por calma. Me introduje en la vereda señalada por mi señor, ascendí un
par de subidas, atravesé el torrente muerto, pisé la hierba segada de una finca
y, finalmente, alcancé la cabaña del ganadero. Me acogió con la frialdad misma
de Pedro Cañizares, aunque me consintió un descanso sucinto en el poyo cabe la
cuadra, en que ensillaba al ungulado. Reclamóme el precio, regateélo al
considerarlo excesivo por aquel rucio de fea apariencia, escudándome en la
fidelidad al tutor, convencílo y aseguréme con ello una paga extra con que
llenar los agujeros de mi bolsillo.
Después de la transacción,
cabalgué despacio en disfrute de los páramos. Llegué convenientemente a la
posada donde le expliqué a mi padrastro cómo había abaratado la tasa y, con disimulo
aprendido, le hice creer que había extraviado las ganancias con el trote, a lo
que no puso reparo por estar algo apurado con la marcha. Encomendóme, no obstante,
me mantuviera atento a que don Luis no se fuera de allí antes de las diez, en
cuyo caso le retrasara por medio de alguna artimaña. Con mi promesa, dado con
entusiasmo, se marchó tranquilo. Yo pasé al patio, en el cual había grande
bullicio por el juego del tute por parejas. El cura participaba del destino con
al maestro, el sargento lo hacía con el que presumí debía ser el alcalde, según
los indicios. Fisgando los lances permanecían el sobrino, el conejal Tomás, el
panadero Ginés [que a todos conocí poco a poco a medida que sus nombres salían
en la conversación], y Pedro, que en sus idas y venidas echaba un vistazo para
enterarse del resultado. En el interior del mesón había cinco mujeres con sus
críos, revoloteando entre las mesas de aquella y esta parte a gritos pelados.
Según fui averiguando, una era Luciana, esposa del miope, cuarentona de mal
hablar y nimia elegancia; a su diestra, la disforme Coral, hermana del
sacerdocio; enfrente suyo, Margarita, de lengua viperina, unida en segundas o
terceras nupcias [que esto no lo tengo muy
claro] al alcalde don Arturo Cuéllar; a la izquierda de ésta, dos
jovencitas de mejor figura y moderación: la hija de doña Clarisa, Leticia,
aquella que me incitó al sofá en casa de don Luis, y Laura, hija de Luciana, la
más hermosa de todas ellas, de las cuales dos se decía habían sido achuchadas
en el pasado por el filólogo, pero cuyas pruebas no estaban demostradas. Yo,
por mi parte, busqué una silla no lejana de los jugadores a fin de no
despistarme de la encomienda y, al tiempo, entretenerme con las discusiones que
allí pudieran florecer.
CAPÍTULO
SEGUNDO
Gesticulaban
los presentes, flagelaban el mueble a puñetazos, herían con sus voces,
insultaban la baraja si la mano era mala, cantaban las cuarenta o las veinte
con desenfreno, a veces peroraban sin sentido.
–Vaya suerte la mía –se
lamentaba Jorge, que era el sargento.
–Faber est suae quisque
fortunae –contestóle el cura don Remigio–, o lo que es lo mismo: cada cual es
artífice de su destino. Ya quisiera el constante buey llevar silla y el volátil
caballo arado, que nadie se conforma fácilmente con su suerte. ¡Veinte en
copas!
–No hable más, don Remigio
–interrumpió Juan–, que empieza a desvariar. Lo suyo no son las letras, sino
las cartas.
–Es que tengo cabeza para ello.
–Y estómago para aguantar toda
la tarde engullendo vino y algún que otro pastelito que le cae en su
eclesiástica gracia.
–Hasta los ministros del Señor
necesitan fuerzas, y no sólo de espíritu.
–Menos charla y más atención
–bramó don Arturo–, y tire usted, que le toca.
–¿De qué va?
–De arrastre –dijo don Luis.
–Pues allá va el orón, ¡y las
cuarenta!
–Caray con lo cantarín que
está usted hoy –comentó el señor Claret.
–Dios me asiste.
Ya me hastiaba
en tan poco rato de espía, así que determiné airearme por el campo en
detrimento de la vigilancia. No sólo fui yo quien, estando allí presente,
cansó, sino que me precedió Juan, veloz como el viento, más bien huracán que
brisa por el revuelo que armó al correr las sillas que cerraban el paso.
–¿A dónde vas con tanta
ofuscación, sobrino?
–Es que he olvidado algo
importante, tío; vendré ligero como la pluma.
–Que así sea.
–Lo será –se le oyó cuando
ponía un pie en la calle y el otro le seguía en volandas.
A causa de mi
natural ingenio, la curiosidad me arrastró a distancia prudente tras el
apremiado Juan; pero, su celeridad
abrumó la mía, de manera que únicamente logré fijarme hacia dónde se había
disparado sin poder pisarle las huellas. Continué a mi ritmo, porque tampoco
era caso de necesidad, hasta que la fatiga me incitó a parar junto a una
alberca. Allí cerca el mendigo, a quien don Carlos apodaba «el senequés»,
mordisqueaba una manzana. Tan pronto como me ojeó, se me aproximó a rogar
limosna, a lo cual le arengué del siguiente modo:
–Mal favor le hace a un
mendigo quien le da de comer o beber, pues pierde lo que le da y le alarga la
vida.
–No tiene límites el precavido
–arengóme él a su vez–. Cuando te dispongas a hincar el diente en un manjar
exquisito, piensa antes en el pobre, que quien alimenta al mendigo, a Dios
alimenta. Pero, tú eres de ésos que sacian el hambre hasta hartarse y prefieren
ignorar el pesar que padece quien ayuna.
Sentíme
molesto, no por la represalia, sino por considerar cierta la reprensión, la
larga retahíla de reproches. Tentóme la caridad a donar unos duros ganados al
pastor, incluso algunas pesetillas sueltas [a punto cometo tamaña barbaridad].
Gracias a un momento de lucidez recobré la compostura y díjele:
–No estoy tan sobrado de
dinero como para malgastarlo en dádivas. Sin embargo, conozco el medio con el
que, si no enriquecerse, al menos salir de los primeros apuros. Aunque debo
advertirte que precisa engaño y riesgo de ser descubierto.
–Lo primero es procurarse
dinero, la virtud vendrá con las monedas. ¿No sabes que la ganancia de uno ha
de perjudicar por fuerza a otro? ¡Cuán rápido se enriquece quien no se
avergüenza de ninguna bajeza! Habla, que ya te escucho.
Se me trabó el
entendimiento y la lengua a un tiempo, atendiendo a tales aforismos
encadenados, que más le tuviera por docto sabio que por miserable vagabundo.
Esforcéme en reprimir loarle por tan buenas sentencias y mostréle el plan al
fin:
–Veo que hablas sabiamente,
mas prevente para el dolo. Al oscurecer don Luis, el maestro, se retirará a su
casa. Tengo averiguado en mi padrastro que la vuelta la hace solitario, por lo
cual nos resultará fácil llevar a cabo la burla. Tú procúrate ropa blanca, en
la cual pintarás sendas cruces rojas al pecho y
a la espalda. Espera a la víctima al otro lado del puente; de inmediato
que don Luis lo cruce, en pie desde unas matas dirás: «¡Ay de ti, desgraciado!
Ve; ve a tu lecho mancillado, comprueba la vergüenza del adulterio». Luego, sin
perder más tiempo, te alejas. ¿Aprenderás el discurso?
–Poseo excelente memoria. Me acordaré de todo.
Detallamos
alguna cosilla más y nos separamos, él a su camino y yo al mío. Comprobé la
simpleza, casi inocencia, de Mario, pues no me interrogó sobre cuál sería mi
cometido, a no ser el de concebir la trampa, ni sobre cuál era el propósito de
lo que él entendió como broma. Enajenéme de aquello y, repuesto, proseguí
sendero arriba, que todo aquel lugar parecía tener más altos que bajos. Al cabo
de veinte minutos, quizás veinticinco, topéme en una campa con las ruinas de un
antiguo edificio; de ellas percibí carcajadas de hembra cachonda, luego voz de
masculinidad, que se me tornó la de Juan; más tarde jadeos, a continuación
risitas, siguieron bufidos, y todo acabó en quietud. Eso acaeció durante el
cuarto de hora en que me apoyé en el tronco de una haya, que rozaba una de las
paredes medio derruida. Oí susurrar el nombre de Marisol; asomé la cabeza por
un hueco del horadado tabique con la intención de averiguar si mi amo también
había acertado al describirla tan bella. Y, en efecto, más aún, su descripción
no había hecho justicia a la belleza que mis ojos me presentaban: los suyos
eran colo nicotina como si tuviera la nicotina de todos los abuelos, diría don
Ramón; la sonrisa, como el brillo de una pasión sin freno; la piel, más blanca
que la nieve virgen. Presté mayor atención cuando Marisol le dirigió una mirada
tan sensual, que los mismo ángeles bajaran al Infierno sin con ello la obtuvieran para sí.
–Léeme otra poesía –murmuró
aquella beldad.
Juan asió un
libraco que, según mi vista alcanzó a leer,era de un tal Gundis Zlav. El mozo
recitóle estos versos:
Dormida entre los pétalos de rosa
blanca,
yo te contemplo tan llorando
que
estás, sobre tu lecho derramando
rojas
gotas de sangre, tan hermosa.
Me
preguntas con tus ojos, sollozando,
a
dónde puedes ir sin regresar;
preguntas
si se puede o no olvidar
un
amor que empezó ya terminado.
En
silencio te miro sin hablar,
sin
saber el motivo porque lloras,
la
causa porque no florece ya
la
sonrisa con la que me enamoras,
la
alegría que desde tu mirada
llena de amor mis
vacías horas.
Maravilléme de
la dicción del lector, mas que del sentimiento encerrado dentro del poema, a
cuyo autor no reconocí entonces y reconozco ahora. Todavía hoy ando en busca de
un ejemplar, mas todo en vano, que si no es por la devoción con que el
jovenzuelo lo custodiaba, ya le quitara yo un tesoro como aquél, pues ha de
saberse que las recitaciones que escuché aquel verano hirieron, por no decir
despertaron, mi espíritu, y provocaron una brecha tal, que se me antoja no vaya
a cerrarse en tanto no lo dé yo por finado en su lectura.
A desgana dejé
el picadero, no fuera don Luis a fallarme de horario. Era el turno de bajar,
maguer costaba su trabajo retener la embestida del descenso, igual que el arreo
de la ascensión. De nuevo reparé las fuerzas en la alberca mientras disfrutaba
de un cigarrillo. En lontananza oteé a Juan deslizándose furtivo por un atajo
desconocido para mí, esquivando los descampados y los campesinos atareados con
la hierba.
Cuando llegué
a la posada, ya el sobrino despachaba la clientela. Yo metíme hasta el patio,
donde la mesa era rodeada por más gente, entre la cual vi a don Luis. Soseguéme
con unos sorbos de mal vino y juntéme desapercibido a la partida, la cual
finalizaba. En un principio temí que el cornudo regresara temprano y mis sesos
devaneábanse en argucias; mas, por fortuna pusiéronse a discutir.
–¡Cago en mi manto! –voceó el
señor Claret–. No ganamos una.
–Alíviese usted –calmóle don
Arturo–. La próxima se la comen ellos; más se perdió en Cuba.
–En Cuba, sí. No la hubiéramos
con mano dura y rígida disciplina, que los jóvenes holgazanes adórnanse con
melenas y eso les hace combatir como putitas, y usted disculpe, don Remigio.
Bien que los raparía yo al cero. Antes morir que rendirse.
–De valientes están llenas las
sepulturas –alegó Ginés.
–Mayor gloria para los caídos.
–En brazos de Dios –asentó el
cura.
–Timidi est optare necem –aludió
Juan.
–Letum non omnia finit
–replicóle don Remigio–; nam exemplum dei quisquis est in imagine parva.
–Nihil negat, parvum crede,
nisi videas –insistió Juan.
–Ya va, ya va –protestó don
Arturo, exaltado–. Aquí nos entendemos en cristiano. Ésas son letras acabadas y
a nadie interesa, sino a filósofos y eruditos.
A todo esto,
el sargento se había colocado el tricornio y habíase levantado un tanto
enfurecido con los latinismos que en absoluto entendía, ni comprendía su
sonido. Echaba pestes contra ellos, como siempre hacía contra lo que le era
ajeno. Con la sequedad propia del orgullo martilleado, despidióse con la seña
militar acostumbrada. Tropezó casualmente en mi pierna, escrutóme de cabo a
rabo, reconocióme sin duda por la marca, ruborizóse, tersó la frente y se fue.
–Desde que usa esas lentillas
no ve claro. Está que rabia –comentó don
Luis.
–Pues creo que mañana ya le
arreglan las patillas de las gafas –agregó don Arturo–. Y menos mal que
conservas esas lentillas de antes, porque de lo contrario no vería tres en un
burro.
–Es que se le irrita el iris
–adujo Ginés– y le destroza los nervios, por muy templados que se los presuma,
que sé bien que farolea, pues tiene temperamento de cabra montés.
–O de cabrón –gritó Juan desde
el interior.
El comentario
movió a risa entre los concurrentes con asenso de todos. Excusóse al ausente en
tanto el alcalde alzaba el trasero, exponiendo la autoridad matriarcal. En ese
instante entró un chiquillo al que llamaron Martín, quien, a su vez, llamó
«papá» al concejal Tomás; sujeta con los brazos portaba una alcofa rebosante de
manzanas, cerezas y fresas silvestres. Acercóse a los oídos paternos, temblaron
alucinados los labios, y Tomás siguió en la partida sin decir nada, hasta que
tras la última baza, dejó desmayadas las cartas sobre la mesa y salió tras los
pasos del pequeño Martín. Poco a poco, al cabo de media hora la mesa quedóse
con sólo el cura, el maestro, Ginés y un servidor que narra. Vacióse también el
local, lo cual empleó Juan para cenar y Pedro para asear. Aproximadamente a las
once se fueron don Luis, don Remigio y el panadero.
CAPÍTULO
TERCERO
Disponíame yo a retirarme por mor no de dormir, sino por
ufanarme en honor de los éxitos de aquel día y maquinar otros muchos, o
entregarme a Cervantes [de quien entonces leía los avatares del canino parlante
tras la lectura de las anteriores ejemplaridades], cuando arribó mi amo
sudoroso.
–Ha
de la casa –vociferó con la usual arrogancia–. Traigo necesidad hambruna.
¿Dónde se esconde, maese Pedro?
–Aquí
estoy.
–Ponga
mantel y cubiertos, y dígnese su ilustrísima en adobarlos con suculento
banquete. Y repare el mesonero excelentísimo en no desazonar, que el estómago
no tolera insultos.
–Elija
vuesa merced el triclinio y hágase la merced de aguardar el alimento.
–Y
tú, Guzmán, acércate a mi siniestra sin gozar de liberalidad, que los siervos
son por lo general más libertinos que los libertinos señores.
–Situaré
el cuidado ante las acciones y dichos con el respeto oportuno a noble tal.
–Y
harás bien, que un siervo debe saber más de lo que aparenta, y es calidad suya
averiguarse con su amor en todo momento a fin de llevar la vida en agradable
viaje, pues para ser feliz y conservar tal estado, basta con no extrañarse de
nada.
–Yo,
para alcanzar la felicidad, me conformo con una bolsa de oro, que me alivie las
penurias.
–Mal
has escogido, pues no es el otro piedra fundamental.
–¿Qué
puede existir mejor que el oro?
–El
jaspe.
–¿Mejor
que el jaspe?
–Los
sentidos.
–¿Mejor
que los sentidos?
–La
razón.
–¿Mejor
que la razón?
–Nada.
Con esas y
otras necedades se holgó don Carlos hasta disponer del rancio sustento de
Cañizares. A mí me concedió licencia para apartarme, que ya tocaba retreta por
los avanzado de la noche, además del ansia mía por fenecer el coloquio perruno,
amena novela del ilustra manchego.
Ignoro cuánto
más importunó mi amo al posadero, pero debió de ser extenso, pues hacia las
tres de la madrugada aún permanecía yo en desvelo al punto de finar la tarea,
cuando la ventana de Juan chirrió, delatando la nocturna escapada del avispado
chaval, y de ahí en adelante nada noté. Que di fin a la perruna vivencia y
sumergí la vigilia en el velo de Morfeo, habiéndome huido el trance del mendigo
con don Luis, cuyo resultado refirió el licenciado a la mañana entrante, de lo
cual resumo ahora para no inquietar al lector.
Acechóle Mario
al maestro según lo expuesto por mí, incluso calcó palabra por palabra la
advertencia. Viéndose Fonseca en tal situación, reconoció la voz, cabreóse
sobremanera y arremetió en su contra con la ayuda de una vara que agarró de un
castaño. Corrió cual liebre el vagabundo; cual galgo, el profesor. El segundo
dióle alcance al primero, estorbado por el disfraz, achantóle el cogote de un
varazo, de otro rasgóle el cambuj cristiano, el tercero frióle la mejilla y de
un cuarto partióle varias costillas con tal ímpetu, que a poco no se muere el
pobre entre el susto y el dolor. Apaleado quedó Pérez, que tal apellido llevaba
el padre; mas, al verse librado del barquero, santiguóse devotamente y juró no
incurrir en más blasfemias que en la irremediable ya. Asina ocurrió el invento,
asina escarmentó el burlador al fin burlado.
De los tres
días restantes nada merecedor de recuerdo, a no ser que mi amo insistió
sucesivo en la pendencia matrimonial; que don Luis mosqueóse en sin lidiar el
tálamo; que Juan piropeaba más fuera de lo común a la cincuentona Alejandra
Barrial, matrimoniada a lo que establece el santo Oficio con Ginés, de lo cual
se celaba Marisol; que se repitieron las partidas entre los oros, las copas,
las espadas y los bastos. Por mi parte, el único provecho que saqué de estas
setenta y dos horas fue el informarme, por ciertas circunstancias, sobre el
caudal eclesiástico, el cual, sin cifra exacta, equiparábase con el conde de
Montecristo. El muy ladino don Remigio lo encubría bajo alguna baldosa suelta
de su cubículo, al cual se accedía a través de un pasillo donde la habitación
de su hermana funcionaba de garita, y un enorme y horrible bulldog ladraba al
aviso del menor ruido. Muchas horas pasé ideando el modo de hurtar el tesoro
oculto, pero no me resultó favorable hasta cumplir tres días.
CAPÍTULO
CUARTO
Amontonóseme
el trabajo el viernes en cuestión, dado que don Carlos me traía loco de aquí
para allí en la búsqueda de una bicicleta, un asno, un caballo o yegua, o un
vehículo de a motor, escaso en aquellos parajes por lo inviable del terreno,
porque se había despistado mi señor en los alquileres con el ajetreo
extra-conyugal. Pero, a la tarde ya dispuse de todo en favor del amo y
permitíme el lujo de buscar compinche para la fechoría canónica. Averámonos a
ello un tal Ricardo y yo mismo, el cual resultó ser la oveja negra de la
familia del sargento, un mozalbete travieso de no más de veinte años,
descuidado en el estudio y sabio revoltoso.
Meneó en
negativo la cabeza al principio por considerarlo de notable embarazo, mas
llevéle al huerto insistiendo en la recompensa posterior. No obstante, húbele
de garantizar el éxito de la táctica anticipándole de mi peculio alguna
calderilla, con la que quedó como unas castañuelas. Prometió comprar, o al menos
conseguir, una perra en celo, que yo le había mandado, a primera hora del día
siguiente, y con tal voto me dediqué a la guardia de don Luis, olvidado ya del
suceso tenido con Mario, de quien jamás supe nada desde entonces.
No me resultó
de balde la tarea, pues aquel último día lectivo, si no fueran vacaciones,
apetecióle dejar el encuentro anticipadamente. El motivo era que su retoño se
hallaba postrado en cama con algo de fiebre y le preocupaba la recuperación.
Creía, el crédulo, que su mujer la cuidaba, y aún así estaba intranquilo y sin
concentración en las cartas. Quiso don Arturo amansarle los nervios diciéndole
que también su hija Marisol la velaba y entretenía. Yo miré adentro y afuera
extraño del comentario, mas no vi a Juan; sin duda, había escapada, como en
otras ocasiones, pero no acertaba adivinar con quién o dónde se refocilaba. Por
de pronto, mi deber era encargarme del maestro para proteger los intereses de
mi señor, así que, nada más comprobar la decisión irrevocable del maestro de volver
a su casa, mi mente se puso a cavilar con toda priesa, cuya solución cuento
ahora.
Coloquéme
agazapado tras un roquedal, obligado de paso, con un pedrusco muy grande;
cuando tuve a tiro al desprevenido prebostes de la docencia, le arrojé el
proyectil con ánimo de herirle levemente en el hombro, pero con tan mal tino,
que le descalabré en mitad de la cocotera. Cayó fulminado como por rayo de
Júpiter, desmayóse, socorríle, sangróle el chichón, curéle y, al cabo,
despabilóse azorado preguntando lo acaecido.
–Parece
–dije yo– que se ha descolgado una piedra de allá arriba con la mala suerte de
topar esta su cabeza en el vuelo.
Palpóse la
parte dañada, la cual prudentemente yo había vendado con un trapo limpio, el
cual me servía de pañuelo si la necesidad apremiaba. Irguióse de improviso,
insistiendo en la vuelta. Con serenidad argüí su necedad, pues, siendo el golpe
de magnitud desconocida, era mucho más conveniente visitar algún médico,
veterinario o farmacéutico, que los asuntos de la cabeza no se toman a la
ligera. ¡Cuánto respiro sentí al notar convicto! Entre la caminata hasta el
boticario, el tiempo de espera antes de escrutarlo, desandar lo andado, la
larga despedida que le ofrecí y su llegada, la noche se nos había echado encima
y el toril salvado una vez más.
La alegría
ésta se tornó tristeza al sábado, cuando a Ricardo le dio por manifestarme que
su deseo era el de desfacer el trato. Vínoseme el alma a los pies, aplastóme el
mundo entero, porque una vez expuesta la estrategia, no podría poner remedio a
su abandono y el enriquecimiento habría que aplazarlo. Agrandóme la pesadumbre
tener noticia, semana después, que al cura le habían birlado no sólo dinero, sino también joyas de oro y
diamantes, herencia familiar en su mayoría. Costosa me había salido la
confesión, por lo que determiné servir de confesor de ahí en adelante, mas
nunca de confesante.
En el almuerzo
de este día antecedente del festivo, alivióme el apetito de Juan, mientras don
Carlos cía bajo el sauce, posadero y sobrino departían de forma amena y
graciosa con Paco Pepe en la sala.
–A
mi toda esa literatura de la que hablas –mencionaba el ganadero– no me vale
para vivir. Yo me sustento del trabajo. Además, ¿para qué sirve?
–Eso
es cultura –adujo el licenciado.
–Cultura
Lo importante es saber para qué sirve una brújula, cómo se utiliza un arado, en
qué se aplica la electricidad o cuántas son dos más dos; guardar respeto a los
mayores, prosperar en un negocio, sembrar semilla y recoger el fruto. ¿Qué
transcendencia tiene que “botella” se escriba con be o con uve, si al hablar
nos entendemos? ¿Y mucho menos haber leído libros sesudos, como el Quijote?
–O
el sueño de Segismundo. Pueblerinos caducos, mentecatos filósofos del día al
día. Ya lo decía el poeta: «no es de hambre porque el español bosteza, sino por
falta de sesos». Antes del Cid vivieron muchos héroes, pero todos son ignorados
y nadie llora por ellos, porque les faltó un poeta que los inmortalizara, pues
durat opus vatem, o, lo que es lo mismo, la obra de los poetas perdura. Y esto
es útil, que el lenguaje esconde y a la vez revela el carácter de los hombres,
y da ejemplo del modo en que se viva. Y es más, quien habla con elocuencia a
menudo causa admiración a quienes lo oyen.
–No
des palabras por harina. ¿A quién le interesan los muerto? –intervino Paco
Pepe.
–¿En
alguna ocasión has meditado sobre el recuerdo que dejarás cuando te vayas al
Más Allá? Pronto se olvidan a los seres, aunque queridos, si nada los devuelve
a su cerebro. Tal vez una fotografía permanezca testigo de cómo eras, mas no te
conocerán los venideros, si antes alguien no te deja retratado en espíritu. Si
con la muerte acaba todo, ¿qué fin tiene la vida?
En esto
entróse don Carlos, el pelo engominado, bien planchada la raya de los
pantalones, el pañuelo en el chaqué [todo al estilo chulesco], aunque rigurosos
los faldones por el mal uso otorgado en el asiento. Por culpa de la lluvia
andaba el acaudalado más cojo que de costumbre, hincando el bastón en el
pavimento, como si fuera a poner una pica en Flandes. Dirigióse a Juan, cuyo
último discurso había oído.
–Cuerda
arenga, sin duda, y nada exenta de sabiduría.
–Ars
longa, vita brevis –repuso el sobrino.
–Sí,
sí; pero no nos ofusquemos en lenguas enigmáticas. Eterno le quedaría si nos
deleitare con algún ejemplo de la grandiosidad literaria.
–Tal
vez alguno de esos poemas que tan bien elaborados, que guarda el libro de ese
tal Gundis Zlav –dije yo.
–Aquí
lo tengo por azar, y, ya que así lo desean ustedes, leeré uno corto, mas
trazado con buena disposición:
Yo cantaré a Polimnia susurrante
y a la diosa al tocar doble flautín,
a la lira cantora del festín
y al linaje de Júpiter amante.
Yo ensalzaré del más pequeño instante
la magia escabullida del clarín;
caracolea notas del violín
en honor de la gloria de Palante;
a los pétalos rojos de la flor
teñidos por la sangre de Belona
y al hijo de Semele el entusiasta.
Te nombraré rey, mas rey sin corona,
Cupido, mas también cegado amor.
Cantaré la Memoria con su casta.
–Este
libro –dije yo, una vez acabado el recitado– debe de gozar de grande
reputación.
–Sin
duda, mas yo lo adquirí a precio más barato, aún trayendo firma y dedicatoria
del autor, lo cual aumenta más, si cabe, su valor en muchos duros; no obstante,
la belleza de sus versos escritos con pulido arte no tiene tasación.
Esta
declaración llegó al entendimiento de don Luis, que en tal momento abría la
puerta y se introducía en el local, así que se enderezó hacia el hablante.
–Mal
artista ha de ser, ya que no figura en las listas de textos escolares ni luce
en los escaparates de las tiendas.
–No
tal –respondió el licenciado–, que a veces el autor precisa morir para ser
galardonado. En verdad que la gloria de Gundis Zlav alumbrará en lo futuro las
letras universales en cuanto decida convertirse en galardón, pues no ha más de
un año que murió, cuyo testamento aquí lo hallo por ser yo el beneficiario, y
para que veáis lo correcto que hablo, lo leo ahora mismo:
«A quien
pudiere interesar: concedídome permiso el escribano, tomóme la licencia de
redactar este escrito a modo de testamento a fin de dar por conclusa mi extrema
voluntad, toda vez que averiguo mi final próximo. Mi herencia ha pasar, tras mi
muerte, a quienes tuvieren a bien editar los artificios de mi imaginación, que
la pluma ha plasmado sobre blanco papel. Pero, por no ofender las clásicas
letras, avéngome a sólo parte de las obras, tales cuales más adelante cito,
pues las restantes son de poco mérito y dignas del fuego y del olvido. Pero
ahora, al llegarme el momento de partir al otro mundo, contemplo entristecido
mi vida que, como otras muchas, resulta inconsistente, pasajera y ficticia,
pues, aunque creemos haber descubierto todo lo desconocido, pronto nos damos
cuenta de que tan sólo es un reflejo del pasado. Por ello, al final de la
existencia, todo es nada, porque sea lo que fuere, vuelve a su origen. Si en
algo mi vida me ha enseñado a discernir lo uno de lo otro, es que nunca
podremos arrogarnos la razón ni la verdad, pues lo que en un tiempo ido se
creyó erróneo, ahora nos da la impresión de ser verdadero sin considerar que en
tiempo por venir podría hallarse falso nuevamente. Ésta es la causa por la que
toda persona ha mostrarse moderada en sus acciones y pensamientos, sin
menospreciar que quien hoy dicta las leyes tal vez ayer acató otras y mañana se
verá obligado a obedecer a los que son sus esclavos. Y para que podáis asentir
conmigo, aquí os traigo la historia de mis desdichas, también con el vanidoso
propósito de ser recordado, pues que, si nací anónimo y crecí conocido, la
muerte me tornará al olvido si no pongo remedio. Mi existencia es la existencia
de la Humanidad: el fin suyo aúna el principio primero con el comienzo último,
por más que pensemos haber dado un paso hacia adelante, que no avanza quien
camina, sino quien se sabe resultado y causa. Yo nací antropomorfo sin la
cualidad del habla. Entre mis congéneres gocé de la equidad que mi linaje y mi
edad concedían...»
A petición de
los allí concurrente, Juan pasó la lectura directamente a enumerar títulos, que
son:
«La historia
novelada del medallón misterioso, la cual se intitula Anónimo, por mor de
conservar el anonimato de toda la narración, porque en ella se menciona nombre,
lugar o tiempo, llevada a fin por medio de supuestos y leyendas. Se ofrecerá en
segundo lugar una Antología de mis versos, los cuales, en este preciso momento,
marco con señal, pues no todos merecen la gloria de la impresión. Sigue la
conquista de la heroica Numancia bajo el epígrafe Terror Imperii, que Roma
entera tropezó con la osadía de un pueblo montaraz y campesino. Nombraré a
continuación la prosa épica de Beloidea, por ser la que refiere en mitología la
creación, destrucción y reconstrucción del planeta donde vivimos, así como del
origen de nuestra raza. Mas nadie pretenda buscar mi vida en estos relatos, si
no es en la poesía, ni se extrañe de lo poco que en ella se menciona. Ya que no
he visto la fama, espero que mis hijos la vean, que es amor de padre querer
para sus vástagos de lo que él no disfrutó, a pesar de que el mío más me hubiera
gustado no haber conocido, pues a quienes me engendraron mucho reprocho y poco
agradezco, ni siquiera el haberme concebido. Tal vez sea perdonable el encierro
entre muros eclesiásticos o entre rejas castrenses, los cuales ambos secesos
encadenaron las alas cuando era el tiempo de volar; mas no otorgo complacencia
el no quererme ver libre el día en que hundí las galeras, a partir de los
cuales días de liberación nunca retorné a su hogar ni ellos a mi pecho. No
abrumaré por más a los oyentes, que tengo por asegurado prefieren la hacienda
del difunto a sus penas y deseos».
Contendióse
luego sobre libro y autor con largueza, pero don Carlos marchóse corrido por no
soportar su decoro la presencia del cornado; marchóse silencioso ensin
pronunciar vocablo, sino fuera gesticular forzado con el báculo. No se
retrasaron tampoco los compañeros de baraja y al poco pusiéronse manos a la
obra en una esquina de la sala, pues la lluvia inundaba la tabla habitual.
Transcurrió el resto sin otra algarabía y aún la semana, la cual vino a ser
anodina y sin aliciente.
CAPÍTULO
QUINTO
Un domingo que
mi amo me obligó a servirle de compañía a la misa de a doce por serle de excusa
para encontrarse con doña Clarisa, enfrentóse don Remigio al facistol con la
energía y la falsa humildad propia del gremio. Alzó la voz a los feligreses de
esta guisa:
–Debemos
desterrar de nuestros corazones la pecaminosa concupiscencia y abrigar en
nuestros pechos la castidad honorable, que nos hace más semejantes al bien:
sibi quisque pecat. Han llegado hasta mi ciertos rumores, pido a Dios que sean
infundados, sobre un adulterio que la maledicencia afirma en casa del honrado
panadero Ginés Casona.
Prosiguió la
perorata, dando a entender que ignoraba el nombre del amante, el cual
antojóseme Juan por unas palabras que la noche antes había pronunciado a su
tío, al creer no le escuchaba nadie, pues yo pasaba casualmente hacia el
retrete y, al oírlo, quedéme con la oreja pegada a la puerta.
–Pues
así es, tío; no dudes en ello. Por decenas se pueden contar mis conquistas en
Oviedo, y otras tantas pendencias de las que salí bien librado. Pero, aquí sólo
aireo las correrías con la hija del alcalde, que no es prudente vanagloriarse
en lugar no apropiado, que sucede como al hambriento lobo, al cual su ciega
imprudencia se mete a robar un cordero en redil cercado por perros guardianes y
pastores.
–Se
sobra sabes –repuso Pedro– qué debe hacerse y qué callarse.
–Estote
ergo prudentes sicut serpentes, et simplices sicut columbae; que quiere decir
que, a veces, si la ocasión y el interés lo exigen, parecer que se es tonto
resulta más inteligente a la postre. Así, de mis andanzas amorosas sólo te diré
que intimé con todas las mozas casaderas del pueblo, y aún otra que no lo es,
sino que ha roto por mis encantos los lazos nupciales para unirse a mí, cuyo
nombre callo, que se puede mencionar el pecado, mas nunca el pecador. Y en este
punto te contaré el más arduo caso que me pasó en la capital. Conocí una
putrescible dama que había tomado el hábito de muy joven, por lo cual no había
catado los placeres mundanos del sexo, y por tal motivo decidíme a
enseñárselos. Investigué la habitación a donde se retiraba consumida la luz con
rezos y plegarias; tan luego como la supe, una noche introdújeme en el recinto
inviolable, quebranté la celosía, ultrajé el sagrado lugar, todo por conseguir
mi amada. <desvelé su sueño al tiempo que ahogaba su impetración de auxilio
en una mordaza; resistióse al acto; habléle de amor a la manera de Tenorio;
cedió; desvirguéla por voluntad de entrambos; enamoróse, abandonéla; suicidóse
por desengaño; no tuve ni tengo remordimientos, porque, si la seduje, fue por
conformidad suya y el goce que sintió conmigo de seguro le valió por toda la
vida en que no alcanzó a deleitarse. Pero, desvelóse el secreto que tan
fielmente habían sellado los labios de la novicia, y los parientes buscáronme
por darme escarnio. Enviéles una nota que los citaba al escurecer en un risco
fuera de la ciudad. Allí los esperé y, cuando llegaron, peleéme con ellos en
diestro esfuerzo; manejéme bien en la ocasión y diles escarmiento.
–Grande
riesgo has corrido. Grande ofensa a la honra.
De ahí a unos
días mi amo dióme permiso para tomarme vacaciones en agradecimiento por mis
servicios, mas para no desperdiciarlas encargóme me llegase a Gijón a que
visitara la hacienda, si seguía por buen rumbo. Merced a la amistad trabada con
Juan, éste me confió el encargo de una misiva dirigida a una tal Amelia, antaño
leal compañera, cuyo contenido me abstuve de inquirir entonces y aún ahora,
pues que ella se haya olvidado o dado insignificante importancia, que yo
prefiero la ignorancia a insultar con ello a quien debo mi posición. Así las
cosas, partíme con poco bagaje y con luengo contento de verme en aquel estado
libre y con la oportunidad de manejarme solo varios días.
En viniendo a
la villa, comprobé el encargo primero y dispúseme al segundo con grande gusto,
a fe mía, luego que me cupo admirar la belleza de la chiquilla salida del
enfado y la alegría. Confieso que en poco tiempo caí en sus brazos como las
moscas en la miel de la colmena. Además, a sus gráciles maneras se le unía la
posibilidad de medrarme, que su familia estallaba de dineros, incluso hasta por
las orejas. Era la moza de espigado talle y de excelsa figura desde la cabeza a
los pies: pelo entre moreno y pelirrojo, alargado no en demasía, caído por los
hombros cual si desmayado, caracoleando sin abuso y taponada graciosamente su
frentecilla de delicada piel blanca, mas de tono soleado; los ojos, de brillo
marino del Cantábrico intenso, custodiados por unas largas pestañas, cuyos
guiños, movimientos y retrueques cadenciosos derretían al más pintado; la nariz
proporcionada, algo chata ensin exageración, perfilada con finura de artista
fidiano; labios carnosos sin caer en el exabrupto, rozando el erotismo casto,
marcados ora por una sonrisa, ora por una modesta carcajada; barbilla a la
redonda, pero no perfecta, sino haciendo una elipse apenas perceptible por sí
sola; mejillas tersas, en las que se cincelaba el hoyuelo divertidísimo cabe la
fisura de la boca cuando daba en reír ya con comedimiento, ya alocadamente;
cuello de cisne de regia y principesca crianza, ofreciéndose insinuante a besos
vampirescos, tentación desaforada para admiradores suyos; hombros altos, senos
prietos y sin abusada medida, vientre metido, cintura de avispa, cadera
holgada, nalgas de apetito insaciable, piernas torneadas y finas, pies de
concepto citereo. Tal era, y aún es para gracia mía, la figura que descubrí en
ella.
Trabé amistad
con Amelia en los días posteriores buena amistad, mas acercábase para mi pena
el odioso momento, en que debía regresar, cuando Amelia quiso presentar mi
persona a sus padres. Vivían en un chalecito de considerables dimensiones,
solariego, rodeado de jardinillos por doquier, que más daba la impresión de
paradisíacos vergeles por el cuidado con que se trataban y atendían, do los
crisantemos, claveles, rosas y otras flores de esta jaez debían de alegrar la
existencia pastoril en época primaveral. Demandéle a la moza un paseo, con que
admirarme y extasiarme en aquel Edén, antes de entrar a lo que accedió, que
ella aguardaría en el porche por estar harta de vegetales y céspedes. Por azar
escuché a un hombre hablar en alta voz, parecióme consigo mesmo, por lo que
púseme a la vera del ventanal y agucé los sentidos para hacerme opinión de los
del interior primero de conversar con ellos.
–¡Qué
desgracia –decía la masculina boca– asola esta casa que en tan sólo dos años se
ha dilapidado la fortuna, que con tantos esfuerzos logré amasar a lo largo de
toda mi vida! Mi esposa compra cualquier joya que le apetece sin precaverse del
precio, y mi hija despilfarra el dinero a manos llenas, dejándome las mías
vacías. Tendré que poner freno a estos incontrolados gastos, pero habrá ser sin
menoscabo conyugal, ya que no conviene irritar a la hija de un empresario de
tanta prosperidad, que pronto morirá en beneficio mío, puesto que todo lo
heredará la arpía de su hija, con quien me desposé en mala hora. ¡Infelices los
matrimonios de intereses, si no hay otra causa que los alivie en la vejez! Y
aún es por la desidia de la contienda, pues la virtud del ahorro forma lo
próspero y moldea la ventura, que las desgracias todas vienen de la pobreza y
sólo la abundancia trae felicidad. Procederé con tiento y paciencia hasta
remendar los agujeros por donde escapan mis bien amados bienes. Una treta
ingeniaré cuanto antes, no vaya a resultar de baldío el testamento patriarcal.
Pero, he de procurarme también cuidado con la ciática, que más duele el
honorario del médico que el pesar de la cojera, y así atenderé al negocio y a
la salud a un tiempo, que hasta el tiempo no se debe malgastar en bagatelas que
no reporten provecho.
Interrumpióle,
a lo que oí, el gozne de una puerta, tras lo cual entró una voz de mujer, cuyo
hablar corría más veloz que el viento huracanado, a cuyo paso destroza cuanto
encuentra.
–¡Ah!
Estabas ahí. Te he estado buscando.
–Pues
de aquí no me he movido. ¿Y eso? ¿A qué tanto alboroto?
–¿Te
gusta? Lo acabo de comprar; el dependiente, que por cierto es un chico muy
majo, me ha asegurado que no es de imitación. Me enamoré de él en cuanto lo vi
en el escaparate. Mira qué suavidad. Pero, lo mejor es este collar; total, por
una poquedad que costaba no me resistí a la tentación. ¿Qué tal me sentará con
el traje azul? No sé; la verdad es que ya está un poco anticuado, el vestido
digo; bueno, tendré que comprar uno la tarde para ir a la fiesta que da papá
mañana a la noche. Por cierto, ¿has avisado a tu hija? Da igual, ya lo haré yo.
No te olvides de anular la reunión que tenías mañana en la empresa, que papá
insistió en que fuéramos los tres; el pobre, está muy pachucho. El médico
dice... Pero, ¿qué haces ahí sentado como un pasmarote? Ni que hubieras visto
un fantasma.
–Descanso.
–¿Descansas?
¿De qué, si en tu vida has trabajado, holgazán? Ya me lo advirtió mi papá: no
te cases con él, me suplicaba; es un mal bicho, sólo busca tu dote. Mírate,
¡qué desastrado vas!
–Aquí
no me ve nadie.
–No
me ve nadie, no me ve nadie... Te veo yo, y sabes de sobra cómo me molesta que
vayas mal vestido, como si no tuviéramos suficiente dinero...
–Poco
falta –murmuró entre dientes.
–¿Qué
dices?, que no te oigo?
–No,
nada; que ahora me arreglo. Voy a la habitación.
Creí que ya me
retardaba lo suficiente y acudí a Amelia, dejando en la sala a Fabio y Rosa,
que, según después supe, eran los padres de mi amada. Entramos asidos de la
mano y nos dirigimos de espacio hacia allí donde habían estado dialogando los
prebostes de la casa. En efecto, Rosa [y permítaseme la familiaridad con que
trato a tan ilustres personajes, por gracia del parentesco que me une a ellos]
en un espejo colosal; al percatarse de nuestra presencia, se volvió a nosotros
con desenvuelto amaneramiento.
–Hola,
mamá –saludó Amelia–. Traigo un amigo para que lo conozcáis. Ven, entra. Éste
es Guzmán... mi mamá.
Nos saludamos
con apretón de manos; ella, fuerte; yo, débil por temor a dañar una piel tan delicada.
Luego, siguió un beso en cada moflete, aunque ella al aire por no marcar la
mejilla con el rojo chillón del carmín, y yo, por imitar una costumbre, quedé
en amago.
–Tienes
buen gusto para la ropa –me dijo complacida ante mi aspecto, escudriñándome de
arriba a abajo, como si me pasara revista–. ¿Conozco a tus padres? ¿A qué se
dedican para ganarse la vida? ¿Y tú, trabajas o estudias? Pero, siéntate por
ahí, no estés de pie. Mi marido bajará enseguida. Niña, cielo mío, ve a llamar
a tu padre, que lleva en la habitación un siglo.
–No
se moleste por mí –susurré más que nada, abrumado por la avalancha de frases,
interrogaciones y mandas.
–No
es ninguna molestia. Anda, carita de ángel, sube pronto y haz que baje ya.
–Ya
voy. No tardo nada. Vuelvo en un periquete.
Quedamos,
pues, frente a frente aquel ciclón lingüístico y un servidor. A pesar de serme
de gran utilidad la mucha experiencia con mi amo en ambientes de alta alcurnia,
me sentí incapaz de todo ante la desbordante palabrería. Calléme por miedo de
errar en mis consideraciones y dejéle las riendas a Rosa, que para ello se
bastaba.
–¿Y
bien? –me repuso adosándose junto a mí en el butacón– Dime, ¿hace mucho que
sales con mi hija? Supongo que de «eso» nada, ¿verdad? Que mi niña llegará
virgen a la noche de bodas, que, si no, ya me las arreglaría para que te
arrepintieras de ello. Además, todavía es muy joven. Pero vosotros, nada de
nada...
–No
se inquiete, señora, que yo...
–¿Y
no me he de preocupar? Quiero verla
felizmente casada con un muchacho de su clase, que no es bueno que una
jovencita se una a alguien que no pueda consolarla como de costumbre la
consolamos «nosotros», y es preciso que llegue casta a la cama nupcial, que así
su marido la apreciará más y no desconfiará de su pasado como tampoco de la
fidelidad de su futuro. Tú puedes asistir a su amistad de momento, que es
propio de la juventud desorbitarse en sus papeles; mas, no respires falsas
intenciones o proyectos con ella, a no ser, claro está, que me equivoque y pertenezcas
a rancio linaje, cosa que tengo muy en duda por tus modales y vestimenta
apocada –tomó aliento la dama, púsose en pie, sonrióme y continuó como si nada
de lo anterior hubiera salido de su boca– ¿Qué te parece el collar? ¿Verdad que
es una maravilla? Pues pienso comprar un vestido que vaya a tono con él, aunque
sé bien que el tacaño de mi marido refunfuña cada vez que compro algo; pero, a
mí me divierte hacerle rabiar. Es tan cortito, el pobre. En el fondo es buena
persona; un poco retraído para esto del dinero...
–Ya
estamos aquí –gritó Amelia a medida que entraba en el salón por delante de su
padre, a quien saludé y quien a su vez me respondió.
Aquella
llegada imitóseme con la venido del
Señor a la Tierra para liberar a los esclavos; o la protección de las ciudades
castellanas a manos del Cid con su Tizona y su Colada, montado en su Babieca; o
la luz del Lucero tras una noche de pesadillas. Aliviéme a tal punto, que la
mueca de sonrisa debió de limitarme el rostro en forma.
–¿Qué
habéis estado haciendo? Habéis tardado mucho en bajar –recriminó Rosa
–Estaba
ayudando a papá con la corbata –excusóse Amelia.
–¡Ay,
este hombre mío! A veces parece un inútil.
–¿Con
qué torturaste a Guzmán, mamá?
–Le
decía a tu novio lo buena que eres y lo bien educada que te tenemos. Figúrate
que hasta te tiene ahora en mayor estima y respeto.
A pesar de los
comentarios funestos de Rosa, concertamos cita para el día siguiente su hija y
yo y, aunque no fui invitado a la fiesta nocturna, prometióme Amelia resacirme
del agravio. Pesóle a ella más que a mí la obligada partida, mas, aseguróme
visitarme de ahí a unos días sola y sin sus padres. Así contentado, volvíme sin
más a darle nuevas a mi señor sobre su hacienda y a Juan sobre su carta.
CAPÍTULO
SEXTO
Los días poscedentes
a mi regreso pasáronme impacientes por la promesa de Amelia de hacerme visita,
por ello no presté mayor atención a los demás, imbuido como estaba. El día
antes, empero, a que la gijonesa llegara, alegróme un tanto cierta burla que
Pedro tomó con don Carlos. Fue el caso que mi amo, según solía, disponíase a
beber una copichuela a fin de abrir apetito a la hora de comer; pidióla de
jerez, mas con fatua insistencia que resultara reserva de un no sé cuál año:
–Que
en este año –explicóse– se dio buena cosecha; porque has saber, amigo Guzmán,
que los vinos de Jerez están obligados a buen cuerpo, olor y paladar, pues toda
la razón de su existencia se halla en éste, porque debes considerar que los
vinos sotiles conceden juventud a los viejos corazones, y los viles, senectud a
los adolescentes. Y, como tú dirías, bibe humanum est, ergo bibamus.
–O,
como reza el dicho medieval: beati Hispanii, quibus bibere vivere est –repliqué
yo.
Alzó la copa,
después del latinajo, puesta a la contraluz, y fisgóla con un guiño, después
arrimóla a la nariz y olfateóla, y acabó por sorber de ella. De pronto, frunció
el ceño, miró al posadero y díjole con vigor:
–Pero,
¿qué mejunje me ha puesto su ilustrísima? A poco me turba el pensamiento. El
color da el pego, el aroma no delata, mas, el sabor traiciona la confianza.
Hágame su excelentísima la gracia de cambiar esto, que no tiene apelativo, por
un auténtico jerecillo del año en cuestión, y no intente engañar al exquisito
gusto.
–No
se altere por ello su alteza –respondióle Pedro con suma calma–. Al punto se
cumplirá su voluntad sin más tardanza.
Viró mi señor
la cabeza hacia la mía, lo cual le impidió observar al camarero cómo rellenaba
la copa con el mismo vino y lo volvía a servir en la barra del mesón. Don Carlos
repitió el protocolo y sorbió de nuevo del vaso, cató el trago en la boca antes
de tragarlo y concluyó:
–Éste
sí es digno de llamarse ambrosía del Olimpo, caro huésped.
La bufonada de
mi padrastro rayó en el ridículo, si no lo traspasó, algo que suele ocurrir a
quienes presumen de aquello que no poseen y entienden que los demás son meros
pollinos en tal materia. Y éste, don Carlos, todavía continuó alardeando de su
enofilia a lo largo de la comida que, según los usos, se hacía por separado.
Esa misma
tarde extrañéme sobremanera cuando don Carlos me excusó del espionaje. Empleé
el permiso en ojear la campiña sonreída por un espléndido sol. Iba absorto en
el pensamiento de Amelia, la beldad de la Costa Verde. Suprimí de mi intención
ciertos recodos, varias cuestas, oteros bastantes y algún que otro sendero
pedestre. Alrededor de las seis y media alleguéme a la orilla de un riachuelo
que, a pesar del estío, portaba suficiente caudal para un chapuzón, y a ello me
dispuso en la confortabilidad de quien se cree a sus anchas. Desnudéme entero,
metíme al agua y retocé en ella cual lobezno jugueteando. Al poco salíme a
tumbarme cara al cielo a fin de secar, que no tenía toalla, y medio adormecido
noté la voz desenfadada de Laura, la hija del guardia civil.
–Vamos,
Juanín, que ya falta poco. Toma, agarra el zapato; ahí va.
–Lo
tengo, lo tengo.
Entre palabra
y palabra intercalábanse risas. Sin embargo, lo que más me preocupaba era que
las oía cada vez más cercanas. Vestíme raudo y ocultéme aún descalzo entre unos
juncos. Allí arribaron Laura y Juan, ambos con la asaz ropería pertinente al
decoro: ella, un sujetador de basta tela y unas braguitas de no menos
tosquedad, que más bien serían calzones de tres cuartos por lo grotesco de su
acabado; él, con una especie de taparrabos bautizados en lengua sajona como
«slips», éstos de rosa pálido, como si fueran rojos desteñidos. Asombrado yo de
verlos de tal impudor, preguntéme dónde diantre habrían tirado la restante
vestimenta, que aquel modo no era sino corto e irregular de airear las carnes
en vía pública. Arrulláronse sin menoscabo alguno sobre la hierba envueltos en
gemidos, despojáronse al poco de lo poco que les encubría, bañáronse juntos y
cruzaron a la ribera opuesta. No pude por menos que pensar en Marisol y Alejandra,
moza y mujer toreadas en aquel instante, y maravilléme de la liberalidad de
Juan y la desenvoltura de Laura,. Entristecióme, no obstante, el cavilar que
también Amelia habría sido presa de las conquistas del donoso licenciado.
Avivóme el eso verlos retornar junto a su ropa interior y oír al sobrino:
–Amémonos,
Laura mía, y vivamos, que el amor detesta a los que nada aman. Túmbate a mi
vera para que me huelgue contemplarte radiante, porque verte es siempre un
placer; y bésame sin prejuicios, que los besos es lo que alimenta al amor, pues
los ojos no bastan a saciarlo.
Un resplandor ciego sobre la cristalina
agua,
una ráfaga de luz reflejada en el opaco
cristal,
un triste rayo hundido en la feliz sombra,
mirada furtiva clavada en mis ojos.
Todo eso eres tú cuando me hablas de amor.
Nada cuando te recuerdo en soledad,
una oscura mancha dentro de la luna,
un grito sordo bajo el cielo azul,
una sonrisa perdida tras un velado amanecer.
Todo eso eres tú, querida, si me hablas de
amor.
Tan dentro de mí te llevo.
Oía y callaba
la jovencita, con ojos asombrados y expresión de sorpresa; oía y callaba yo,
que tales versos conmoviéronme las entrañas, sin duda escritos por aquel Gundis
Zlav al que tanto acudía Juan. La hija del sargento obedecía embelesada, más
bien admirada de aquel obrar, a cuantas peticiones recibía del amante ensin
rechistar esta boca es mía, aunque bien se notaba que toda aquella palabrería
le resultaba desazonadora y fuera de lugar, sin duda porque a lo que aspiraba
era a dar rienda suelta a la pasión y el erotismo. Pero, el idilio tornóse
escabrosidad, acabó en chanza y, más tarde, en castigo y tormento, de todo lo
cual yo fui presencial testigo.
Había querido
la desgracia que las bragas, calzoncillos y sostén invadieran un hormiguero,
cuyos habitantes, dada la alarma, revolviéronse y tomaron posesión de las
prendas; y no eran inofensivos artrópodos, sino los coloreados, los cuales
muerden con devoción hasta el hartazgo. En esto apareció Paco Pepe, arreando
con un palitroque a dos vacas, una pinta y otra «roxa», a fin de conducirlas al
río a que abrevaran en el remanso. Venían tan en callando, que la pareja no se
dio cuenta de ello hasta ver ante sí el hocico de Engracia, que tal nombre le
puso el vaquero a la pinta, y asomar el suyo Princesa, que era la otra vaca.
Laura gritó, bufó Engracia; voceó Juan, mugió Princesa. El sorprendido ganado
quedóseles mirando cómo se levantaban y acudían al hormiguero. Sacudieron la
ropa y espantáronse los vacunos con rumbos dispares, los enamorados sin rumbo y
sin osar vestir. Repentinamente, presentóse sobresaltado el pastor con falda y
blusa en un brazo, y pantalón y camisa del otro. Pasmáronse los cogidos en
desnudez sin que se atrevieran a mover un músculo o mirar a otra parte que no
fueran los ojos del campesino. Amaináronse los astados al ver a su amo, y éste,
pasado el estupor, desternillábase de risa a mandíbula batiente, apuntando de
cuando en cuando con el índice quier a Laura, quier a Juan. Yo aguantábame a
duras penas de no contagiarme de las carcajadas, sellando la boca con sendas
palmas. Lloraban los lagrimales de Paco Pepe por el brío de las risotadas.
Entre tanto, Laura, con la faz tomatera, anteponía el antebrazo a los senos y
la mano al pubis, los muslos unidos hasta la rodillas, donde las piernas se
separaban, con los pies torcidos uno frente al otro, intercalados por las
bragas y el sujetador yacientes en el suelo y ocupados por los intrusos
artrópodos irritados, como vimos. Juan, por su parte, trataba de ocultar sus
partes pudendas con ambas manos, si bien no unía los muslos, cual su compañera,
sino que los brazos parecían estar unidos al cuerpo con fuerte pegamento.
A los dos o
tres o cuatro minutos, que del tiempo transcurrido no tengo veracidad,
restablecióse un tanto la cordura, que no la normalidad, pues cesó el pastor a
trompicones, arrojóles las vestiduras y díjoles con sorna mientras se
componían:
–¡Vaya,
vaya! ¡Qué dos pichones hemos topado en porretas: la hija del mandamás y el
refinado letrado! Buena se va a armar cuando se sepa esto. ¡Qué dos polluelos
en trance, practicando la medicina! Asendereada va a quedar la niña y manteado
el adulador. ¿Quién lo iba a decir: descubiertos tal como les dieron a luz por
una imprudencia? No habrá mofa ni nada en el pueblo...
Repuestos del
azoramiento, suplicáronle venia temerosos de la paliza, rogáronle abstuviera de
comentar el hecho, pidiéronle disculpara la intromisión en el estanque vacuno,
demandáronle comprensión para con la fogosidad de sus impulsos; mas, no le
convencieron, sino que partieran de allí en hora buena, ella sin braguero y él
sin locución. Yo me preguntaba si realmente Paco Pepe era un chivato, o
simplemente se burlaba de ellos, alargando el estado febril un poco más.
Para saber la
resolución hube de aguardar hasta el ocaso de la misma jornada, mientras me
consolaba con el entretenimiento del tute a la espera de que Paco Pepe acudiera
allí a realizar su delación, cosa que aconteció hacia las nueve y media. Pedro
había convidado a su sobrino que se allegara al pueblo por provisiones de
comida, pues la despensa flaqueaba en ello. El pastor entró con una mano en la
faldriquera, colocóse a la mesa y, sacando del bolsillo la intimidad de Laura,
puso las bragas sobre las cartas. Mirándole todos estupefactos, y antes que alguno
abriera la sarta de preguntas, díjoles el recién venido:
–Ahí
tiene, señor Claret, la ropa de su hija. No maree las cejas ni las arquee, que
yo le haré cumplida y extensa explicación de ello.
A continuación
contóles a los contertulios la peripecia del río, a lo cual unos rompíanse las
ternillas y otros se lo reservaban para la reacción del sargento y el séquito
lúdico. Ésta sucedió al final de la exposición: enderezó el espinazo, caló la
gorra, renovóse un tic intermitente en el ojo izquierdo, estiróse el traje,
adelantó un paso tras otro con rigidez, encrespó los labios, apretó los puños,
agrietó el semblante. Permaneció la estancia en total silencio, cuando se nos
perdió de vista el padre mancillado; lo quebró la delicada vocecilla del
borracho de turno, que todos los días pasaba por allí hacia aquellas horas.
–¡Caray
con la frígida! ¡Qué bien se lo pasa mientras la Marisol se friega la gripe!
–¿Qué
dices tú, so tunante? –vociferó don Arturo.
–¿Yo?
Nada, nada.
Armóse jaleo
por el comentario, pues unos defendían al beodo y otros al alcalde, en tanto
Pedro hacía cruces por el infierno que se le echaba encima y rezaba como nadie
nunca lo había visto. La trifulca acabó en puñetazos, patadas y coces. Don
Arturo partióle en las costillas una silla al borracho, y al punto le
desgraciara para siempre, si no interviene don Remigio, sujetándole por la
espalda. Tomás agredió con una vara de grueso calibre al cura, que ya ni los
hábitos religiosos significaban grande cosa en aquel momento. Ginés paró a Martín
en volandas, cuando éste se abalanzaba a salvar a su padre navaja en mano, de
lo cual sufrió herida superficial en el codo antes de arrebatársela el
panadero. Pedro intentaba imponer orden y paz, desgañitándose en baldío tras la
barra, viendo el mobiliario volar por los aires de una parte a otra. Incluso
don Carlos, que aquella tarde descansaba de sus correrías por enfermedad
transitoria de doña Clarisa, aprovechó la refriega para cañonear desde un
escondite el cuerpo de don Luis a base de frutazos. En medio del caos me
resguardé del bombardeo subido a la rama más alta del sauce, cuya protección
siempre he agradecido desde entonces. Acercánronse desde el interior algunas
mujeres, entre las que doña Margarita blandía un bolso de negro cuero; y hasta
la hermana del sacerdote, Coral Sánchez, intervino en la guerra. Volaban los
vasos contra las botellas ante los ojos llorosos de Pedro, los bancos contra
las paredes, los palos contra los esternones, las piedras contra los cristales.
Más disfrutaban con la pendencia los críos de a siete y ocho años, los cuales
revoltoseaban por las esquinas, riéndose de aquella puya, de ese zapatazo, de
esta bofetada.
A la media
hora quedábanse en pie, molidos a palos, el cura con la sotana varada, el
concejal con desastrados y polvorientos pantalones, el ganadero con una ceja
turbada, y Pedro desesperado por el desastre. Las damiselas despeinadas y con
más de un siete en sus vestidos. Por el suelo rodaba el borracho con algunas
brechas en la cara y algún bulto por el cuerpo. El resto, incluso los niños, se
marcharon, bien asustados, bien amonestados. Don Carlos se había retirado a sus
aposentos, y yo esperé a quedarme solo para bajarme del árbol.
Entrada la
noche, reportóse Pedro, que era el único superviviente de la batalla, en espera
de aparecer de su sobrino, entreteniéndose en ordenar el desorden de la posada,
a lo cual le eché una mano. A lo que se me figura, porque no volví a ver más a
Juan y del que sólo tuve noticias por cartas de su tío, antes de brillar el
alba fue despedido con viento fresco en prevención de males mayores, que los
ánimos estaban muy exaltados a la sazón del incidente, y bien pudiera acabar su
aventura en desposorio, tan aborrecible para el licenciado como para el
tabernero, o, con mayor probabilidad, en alguna terrible represalia por parte
del «cuerpo de seguridad». La desflorada fue encarcelada en casa de sus padres,
en donde hubo de pagar las penas sobradamente. Todo esto contribuyó al
enfriamiento entre doña Clarisa y don Carlos por temor a verse en igual
situación; los encuentros disminuyeron y abreviaron, y al cabo de un tiempo
volvieron a caldearse.
CAPÍTULO
SÉPTIMO
A mediados de
agosto, justo al día siguiente de la lid, llegó al pueblo Amelia y sus padres,
los cuales tres se hospedaron en una mansión desocupada en verano y que Fabio
alquiló para tal evento. Mi recato inusuatl imposibilitóme visitarla, en tanto
que su presencia se hacía estimar a causa de unos días de lluvia imprevista;
mas, al octavo lució el sol, el día que en el pueblo se celebraban fiestas de
disfraces al modo carnavalesco. Si bien durante la mañana y la tarde todo era
calma, ocupada la gente en las tareas de la hierba u otras de tipo casero, al
atardecer reuníase medio centenar de ilustres personajes en casa de don Luis, de
amplitud apropiada, aunque no en demasía, y otros muchos, incluso de los
alrededores, pululaban por las calles, sobre todo por la plaza consistorial.
Allí, en casa del maestro, presentámonos mi amo y yo, pasadas las once.
Don Arturo
vestía a lo grotesco, cual Congosto en las Cortes de Cádiz: pantalones a la
turquesa atacados a la rodilla, jubón amarillo, capa corta encarnada o
herreruelo, calzas negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la
plaza de toros, y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el
suelo y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, como si anduviese
con tres pies. En el corrillo do hablaba, destacaba la figura de don Luis, todo
de luto, con chistera pulida, capa de tafetán forrada en rojo, camisa blanca
con pajarita negra, chaleco liso de tornasol, chaqué descolorido con solapas
deformadas por la mucha vejez y poco trato, pantalones negruzcos terminados en
botines de charol, bajo los cuales adivinábanse un par de calcetines de albor
amarillento.
Charlaban en
una esquina Ricardo y Leticia. Ella ataviábase con una túnica de lino a la
romana y sin mangas, abierta en el costado derecho y sujeta a los hombros con
broches de metal aureados, llena de franjas irisadas, bien horizontales, bien
en perpendicular; una fíbula unía el manto a la espalda y un cinturón la ceñía
al cuerpo; por calzado llevaba unos coturnos de correas doradas y un arco de
luna a base de marfil; la redondez de su cara disimulábala con un pequeño moño
encima de la frente, de manera que las orejas quedaban a la vista de los
curiosos; por lo demás, tenía los brazos prisioneros de brazaletes, los dedos
de anillos, el peinado de agujas, diademas y hebillas. El hijo del sargento
vestía calzones cortos azul marino y camisola de franjas verticales con
granates y azulones ancla aderezados más aajo con medias azul cobalto y
playeras ocre a modo balompédico barcelonista.
El señor
Claret inba de gran gala, con tahalí y sable incluidos, y don Remigio de
festivo tabaco. En fin, don Carlos con armadura de caballero medieval: casco,
gola, brazal, faldón, peto, cuja, canillera, greba tarje y montante, todo lo
cual le dificultaba el paso y convertíales en pato al andar; nada le faltaba
para armarse caballero de la Tabla Redonda, si no fuera una hazaña heroica. Yo
apropiéme de pordiosero pícaro, como otrora Lazarillo o mi tocayo de Alfarache,
más por falta de dinero que por otro motivo.
Revolvíme con
mi amo entre los enmascarados al tiempo que retorcía la mirada por doquier a la
caza de la gijonesa, y, aunque escudriñé hasta debajo de los platos, no la
hallé ni sola ni en compañía. Sentí, entonces, grande desilusión y tristeza,
desesperado de verla aquella noche, más aún por haberla su padre recluido en el
monasterio del hogar. En esto arrimámonos don Carlos y yo al círculo en que
peroraban las más mujeres, entre las que conocía a doña Clarisa, doña Luciana y
Marisol. Mi padrastro empeñóse en la conversación con la primera, mientras que
yo atúveme a la hija del alcalde sin guarecerme de descuidar al resto, sabidor
de que mi amo, si fuera de interés, contaríame las palabras cruzadas en su
plática, que es lo que los hombres suelen hacer con sus amigos. Soplábame el
hálito Marisol en plenas narices, y parecíame aroma de narcisos; el hablar,
cadencioso cual murmullo de río; los ojos, dos luceros reflejados en sendos
lagos.
–Poco
te dejas ver –dijo– desde tu llegada, y menos aún saludar, que tal asemejas una
avecilla en el cascarón.
–Mi
padrastro es el culpable, pues me tiene atado a no sé qué triquiñuelas. La tarde
la paso entre los botarates y necios que departen sus cosas cuando haraganean
en el tute ca de Pedro, dicho esto sin ánimo de ofender a su queridísimo padre.
–Pues
diríase que una moza te absorbe el sentido, porque últimamente, si te encuentro
de refilón en algún lugar, apéname la tristura, la cual da la impresión de ir a
desencajarte la cara del sitio. Te veo por ahí meditabundo y cariacontecido,
como si el alma te fuera a partir del cuerpo.
–Algo
de eso hay, no lo niego ni desmiento, pero tengo esperanzas de resolverlo esta
noche, que me ronda una idea que no se me va de la cabeza.
–Puede
que así descubramos de una vez la identidad de tan arcana zagala, que media
juventud anda alborotada en indagaciones, mas en vano y sin provecho. Inclusive
se sospecha de alguna mala andanza tuya y ya cada cual recrimina en su casa a
sus hijas que no se acerquen a ti más allá de lo que la honra permite, no vaya
a resultar final tan escabroso como la desgracia de Laura. A mí me obsecra el
patrón y me impera a alejar mi cuerpo de vicionsas influencias y endiabladas
tentaciones. Así las cosas, debo limitar mis encuentros a la imaginación de las
notas, con que nos comunicamos un chico y yo a través de un amigo común,
empresa dificultadísima por existir más espías que los Argos. De esto espero tu
discreción y buena disposición para el talante de un troteconventos, porque
este amigo de que te hablo hubo huir del pueblo hace unos días, y ahora andamos
en busca de un sustituto suyo. Dígote esto por si tú...
–No
digas más. Ya comprendo tus intenciones; pero, por ahora no podría ser, aunque
de existir alguna posibilidad, ya daría yo cuenta de ello.
Recliné su
ofrecimiento de trabajo remunerado, prometiéndole no comentar nada fuera de
allí. Con tales razonamientos y otros varios pasé un largo rato; en tanto,
llegó la luz a mi noche, la estrella a mi cielo, el humor a mi pecho. Corrióse
la doble puerta y en el umbral parecióse mi reina tal ataviada y de tan
hermosura, que la propia María Antonieta se ruborizara al verse de tal asaz
superada: iba de blanco nupcial, de blanco almidonado, de blanco mullido, dama
de Versalles, cortesana de la Corte madrileña; blanco vestido, blanca piel;
toda de raso, parte de licra. Las mangas, hasta la mitad del brazo, terminadas
en cenefas boradadas; amplio escote, mas con decoro; hombreras subidas; peto
firme guarnecido por un corsé de prietas ataduras, que erizaban los senos;
falda de gran vuelo adosada a feble miriñaque, ornada con volantes fruncidos,
lazos, cintas y millares de pliegues y plisados de todo tipo y forma, los
cuales, sorbidos de pasamanos y jaretones rellenados concordones de
piedrecillas azabaches y doradas; en el talle, cinto de terciopelo, rodeado de
remaches áureos; en las manos, mitones, cubiertos los dedos con anillos culminados
en zafiros y rubíes. El pómulo izquierdo, resaltado por una peca graciosillas;
los labios, carmesí; los ojos, marinos; la tez, azucena; al cuello, una
gargantilla de perlas y coral, adornada con un crucifijo a base de oro y
diamantes; las muñecas, presas por pulseras doradas y argénteas; de los
lóbulos, pendientes ebúrneos, rematados en borlas plateadas. Al despojarse de
la pamela relució el cabello madreselva de tocado sublime, parte en moño, parte
sobre los hombros, repleto de perlas a modo de estrellas, y de cintas de
tafetán entrecruzadas a modo de vías lácteas, desmayado el flequillo en la
serena frente, los bucles lánguidos en la espalda escarpados de esmeraldas de
lo más puro vivas.
Ante semejante
hermosura pasmóse la concurrencia entera; deslumbréme yo, anonadáronse las
emperejiladas matronas. Acerqué a ella balbuceando, saludé a los padres y
quejéme de la tardanza a sus oídos de ella, a lo que me respondió callandito.
–¿A
qué vienen tantos reproches y reprimendas? He sido yo la burlada por cruel
traza, creyéndome especial para tu corazón. Yo soy la única con derecho a
recriminar, pues ya me estoy al corriente de tus engaños, que de contine ayuné
en tu ausencia hasta que ha dos días nos visitó Marisol Cuéllar, a quien tú ya
conoces, ilustrándome en que andas pregonando a los cuatro vientos, según ella
tiene entendido por terceras personas, que vas loquito en liarte con una tal
Leticia, a quienes os sirve de correo un padrastro tuyo, y que te ufanas del
cariño con que mi alma te ha acogido.
–Sin
duda ha tratarse de un error –díjele yo confundido.
–No
tal, que está en boca de todos, menos de sus queridos padres. Marisol me ha
contado cómo vuestro confidente acude a escondidas a comunicarle tus noticias,
y cómo luego te refiere sus contestaciones en la noche. Y esto mismo lo
confirma lo que ayer nos hablaba Tomás Alonso Iriarte, concejal de este
Ayuntamiento: que más de una vez vio cómo tu padrastro se dirigía a casa de don
Luis, que es el padre de la infortunada, ausente éste y su esposa, y salía al poco
con un papel en la mano.
Para no
chivarme y ser considerado delator y soplón, bajé la cabeza sin ocurrírseme
disculpa alguna, la cual de seguro Amelia aguardaba fervorosa como agua de
mayo; mas, intervino su madre y otros que habíanse averado para admirar la
nueva reina de Francia.
–¿Qué
cuchicheos os traéis entre manos vosotros dos? Ven que te contemplen estas
señoras. ¿No la veis divina? Mis buenos quebraderos de cabeza me costó
ornamentar a mi hijita, que no resulta fácil añadir belleza a la belleza misma
–decía Rosa con frases atropelladas, como si unas se subieran encima de las
otras–. ¿Os habéis fijado qué porte? ¿Y qué me decís de la gargantilla? ¡Ah! La
tuya, querida mía, es excelsa. Me tienes que indicar dónde la has conseguido.
Mi joyero parece que anda a uvas y no se entera de lo que vale un peine; pero,
eso sí, es muy honrado: jamás en la vida ha intentado engañarme. Y no es que yo
sea una experta en estos asuntos, sino que todos me lo confirman. ¿Uff qué
calor da este vestido! ¡Vaya sofoco! ¿No os pasa lo mismo? Desde luego, no
comprendo cómo aquel señor es capaz de llevar aquella ristra de ropa, con su
chilaba y todo; aunque hay que reconocer que está mono. ¿Irá disfrazado de
beduino?
Todo esto
escuchaban hembras y varones, separándose más tarde las primeras y dejándome
con los segundos en ganas de disuadir a Amelia de su yerro, pero Rosa la asió
del brazo discretamente a fin, según me barrunta, de evitarme. Yo, pues,
permanecí lejos del alcance de la gazmoñería de la madre y del enfado de la
hija. Atendí después a Fabio, que enderezábase a los contertulios privados de
una diosa y una viperina.
–Excúseme
el vendaval que por mi culpa les ha asolado, pero nada refrena su destada
lengua, aún no dando motivo para ello. Espero vuestra misericordia y compresión
para esta condena mía. Tened en cuenta que el hombre ha de ahuecar el ala y
callar, si la mujer desencadena su locuaz pensamiento, que ni la prudencia
refrena el caudal desbordado. Y no me quejara yo, si al menos fuera parca en gastos,
ya que no en palabrería.
A lo que don
Remigio, tras alisar unas pequeñas arrugas de la muceta, dijo con esos aires
solemnes, que se dan los predicadores desde su púlpito cuando todos atienden
embobados a sus largos e interminables discursos:
–No se
airee usted, buen hombre, que quien persiste en decir lo que quiere, a menudo
oye lo que no quiere.
–No
se debe prestar mayor atención a los caprichos de las mujeres, ni más de lo que
se merecen –adujo don Carlos, quitándose con enorme esfuerzo el casco y
colocándolo bajo el brazo–. Mas, no se me entienda de mala manera; las mujeres
han de ser respetadas en sus sentimientos, que son como flores de jardín a
quienes hay que cuidar y regalar cariño para que luzcan en su esplendor.
–Pero,
algunas hay –insistió Fabio– que en vez de flores más bien llamaríamoslas
cardos borriqueros.
–Pocas
–interrumpión don Arturo–; pocas, repito, y aún éstas de falsos espinos.
–Pero
todas traicioneras, por su natural inclinación a la mentira y picardía –dijo
don Remigio–. Por una mujer caímos en el pecado de la manzana de la discordia,
que su talante es el embaucador, como el señor Martorell dice, y, aunque no es
bueno criticar sus defectos, como él hace, al menos en público, bueno es
reconocerlo.
Con tales
sandios sentenciando, olvidéme de ellos y separéme a hurtadillas por retornar a
Amelia, pero en toda la noche me fue imposible, que Rosa se ocupaba en
alejármela cada vez que me aproximaba. Imposibilitado me vi, pues, de trabar
nueva conversación, a lo que dediquéme todo el tiempo, si no fuera un momento
por la madrugada en que me arrimé a una pendencia entre el cura, don Luis, don
Arturo y el señor Claret, la cual se alargaba ya desde la sonochada,
interrumpida por la presencia de Amelia y alguna otra novedad. Disputaban los
tres sobre el feo asunto de Juan y Laura, y del negro cariz con que se había
dado fin.
–En
verdad os digo –bufaba don Remigio, coloradote por los extensos tragos de vino–
que quien mal anda... Nada bueno podía salir de tamaña insensatez, que nada se
escapa a los ojos de Dios Nuestro Señor. Y obra usted muy bien, estimado Jorge,
al encerrojar a su hija, que, si bien es cierto que la tengo en grande estima
por conocerla desde el natalicio, el desvergonzado de Juan la convirtió en mala
pécora. Ahora es el padre a quien corresponde volverla a enderezar por el
camino correcto, que, aunque es largo, estrecho y escabroso, conduce a la
salvación del alma, lo cual es lo primordial.
–Bien
está lo que dice, don Remigio –interrumpióle don Luis–. Pero, háganos Guzmán
partícipes de su opinión, que le creo moderado y en todo punto honestísimo.
–Así
lo podrás jurar, si con ello no blasfemaras –inquirió don Arturo–, que mi
púdica hijo no revienta de decir parabienes sobre el mozo porque Dios no lo
quiere, lo encumbra en halagos a su sensatez, lo ensalza en loas a su afable
carácter y su aire de misticismo, que tal parece un religioso de orden callada
o, a lo menos, con votos de humildad.
–Qualis
pater, talis est filius –repuso el sacerdote, arreglándose el sobrepelliz–.
Porque es justo conceder a cada cual según su merecimiento, y don Carlos puede
jactarse, si no incurriera en vanagloria, de ser pío varón. Pero, basta ya de
alabanzas y oigamos a Guzmán, que, si su compostura se adecúa al hábito modesto
que ostenta, sin duda sabrá confortarnos con catadas palabras.
–A
lo que se me antoja –dije con voz severa y semblante serio–, por fuerza
habremos de achacar a la juventud los desvaríos amores de la joven pareja y no
a la carencia de religiosidad, sino que
éste debió de ser mal entendida.
Causó
favorable extrañeza mi resolución, y todavía la restante, la cual discurría
conforme a lo que pensaba yo que ellos querían oír. Deste forma ganéme más, si
cabe la devoción con que me habían introducido en su plática, y a fe mía que no
era poca. Habléles de la ruindad material y la sublimación del espíritu a que
toda persona cabal debía comportarse, de la decadencia moderna y del esplendor
pasado, de las Sagradas Escrituras y de las malignas sectas, de la disciplina y
del libertinaje. A todo asentían y casi reverenciaban. Pasé, luego, al amor
casto enfrentado al pecaminoso, del pudor a la insolencia, del comedimiento al
descaro. Al final, no pudo por menos don Arturo de intervenir desta guisa:
–Suspenso
me hallo ante tan conocimiento mostrado por joven tan temprano, que da la
impresión de una madurez alentadora en estos tiempos tan viles que nos han
tocado vivir. Si poco crédito otorgué a mi querida Marisol, cuando se
satisfacía en conmemorarme su prestancia, ahora temo haber menospreciado su
aprecio por este célibe. Sosia tal hubiera yo por yerno; y, si, como mi amada
Margarita dice, debo creer que Marisol tintinea por él, joven Guzmán, daría mi
aprobación en las relaciones, que de seguro se atendrían a los cánones de la
honestidad y honradez.
Aquel discurso
me acabó de esclarecer el asunto que me había referido Amelia y, viéndome en
situación incómoda por el aspecto de la declaración, con mil excusas me retiré
de la fiesta, toda vez que ya mi bien tesoro amado había ausentado hía un par
de horas.
CAPÍTULO
OCTAVO
La siguiente
semana devaneéme los sesos por entrevistarme a solas con Amelia, pero Rosa
había decidido que ello no fuera posible; así, cada vez que nos juntábamos,
ella nos asistía; cuando salía de paseo con ella, la asistía; si de noche, ella
permanecía ojo avizor, no fuera a no dormir su hija. Me decidí, por tanto, a
buscar remedio con notas escritas, las cuales fueran llevadas por fiel
confidente, el cual hallé en Leticia, pues ambas mozas comportían buena amistad,
y la hija del burlado educando visitaba de contino a la de Fabio. En la primera
de las tres misivas que envié, expliquéle el yerro en que estaba, que lo de
Marisol había sido traza de celos y no verdadera historia y que, a pesar de
haberme dudado mis pretensiones y sentimientos, éstos no se habían mudado, sino
que eran más decididos los unos y más resultas las otras. Sin respuesta.
En la segundo
le rogué encarecidamente no despreciara mi favorable disposición con tanta
ansiedad, que a poco no me caen las lágrimas al releerla. Sin respuesta.
En la tercera
concedíle un ultimátum. Sin respuesta.
Ya yo rendíame
a la desazón por no haber contestación a la trilogìa epistolar, cuando me
comunicó Leticia la marcha de mi amada. Cundía el desamor en mí, mas una nueva
vino a animar mi desterrado corazón; ello fue que la noche antes de la partida
vitó invitó Rosa para la despedida a los prebostes del pueblo: alcalde y
alcaldesa, sacerdote y hermana, sargento y sargenta, maestro y esposa. Amelia
quiso incluir mi nombre en la lista junto al de don Carlos, según me contó
Leticia, lo cual fue recibido con reparos por Rosa.
La tarde de
este día me mandó mi padrastro acompañarle a una villa no de luenga distancia
desde allí, para proveerme de frac, si acaso, treje ceremonial, pues que en
ocasión tan distinguida no había de vestirse a la ligera. Con tal motivo me dio
ajustados consejos, mientras encontrábamos tienda, los cuales, por su mucha
utilidad, no se me han olvidado en vano.
–Porque
has saber, leal Guzmán, que, como tú dirías, quod discis, tibi discis. Va
siendo ya momento de aprestarme a enseñarte el arte del buen vestir, pues lo
que de joven no se aprende, llegada la senectud, se ignora de viejo; y así,
puesto que la corrección en todo es lo más útil, preocúpate de qué aprendes y
desdeña quién te enseña. Antes de nada, conciénciate de que el lucro, sea en la
consciencia, sea en el ornato de los bienes o en la pompa de la vestimenta,
resulta honesto si no perjudica a nadie.Experto credite, he oído por ahí alguna
vez, y con razón. No debemos menospreciar nuestros defectos ni nuestras
carencias, que ignorar nuestros males es un débil remedio. Por esto conviene
que aprendas de industria la buena disposición material, ya que la espiritual
la tienes bien concebida, que ni el linaje ni el valor valen nada sin bienes
que lucir. Ten en cuenta que la riqueza
no es el ogro que predican los obispos y los papas, sino algo connatural al
hombre, y la pobreza no es tan dichosa que quieren hacernos creer: no es malo
vivir en la necesidad, pero no hay ninguna necesidad de vivir en la necesidad.
Así, cuando vemos en la calle o en mansión fabulosa a un hombre o mujer o niño
presumir de su mucha heredad, nadie pregunta de dónde procede lo que posee,
todos preguntan si es rico, nadie si es bueno; pero, se hace preciso poseer y
que los demás lo sepan. Sin embargo, no te enfrasques en la sola apariencia,
que a los bien nacidos y bien vestidos no les es propicio estar mediocremente
instruidos. Tanto se aprecia la ostentosidad como la modestia.
Iba dándome
estas y otras razones, y yo le atendía de tal manera que no se me escapaba
gesto, palabra o resuello alguno de mi maestro, que, si bien a veces le tenía
por loco, otras me era el más cuerdo y sensato de cuantos nunca he conocido. A
sus muchos desvaríos uníanse también no pocas verdades.
Llegamos,
finalmente, a una sastrería, la cual, por no disponer de ropa ya preparada,
abandonamos enseguida no sin antes precaverme de ver dónde las más ocasiones
debería yo acomodar mis gustos a la medida. De ahí pasamos a una tienda en
donde realizó las compras oportunas.
Acomodóme,
pues, el traje a los años y eligió un guardapolvo crema versátil, dúctil y
ligero; probélo, valióme, comprólo. A
continuación, escogió una chaqueta americana gris niebla; probéla, valióme,
compróla. La camisa fue clara, de botonadura sencilla, de algodón y de franjas
verticales; probéla, valióme, compróla. Para los pantalones se fijó en unos
finos de gris plata con pinzas a los lados y cremallera; probélos, valiéronme,
comprólos. Luego, tomó unas medias de ejecutivo perladas. De complemento
prefirió un fular de suave azul alba por si la noche era fresca. Fuimos,
después, a una zapatería, do probé unos con la color tabaco. Por último,
llegamos a una joyería, en la cual adquirió un reloj de pulsera, una cadena con
medalla, una pulsera y un anillo, todo ello a tono con la plata. Me quedó la
ropa íntima que me hizo elegir: calzoncillos canos y pañuelo de seda. Tal
parecía una armadura de gris calcáreo.
Trajeado de
esta jaez, nos presentamos nos presentamos al convite ca de Fabio a la hora
señalada, tan puntuales como una estación sigue otra. Quizás por la premura con
que la avaricia del huésped pretendía despachar a los comensales, dispusímonos
al parco banquete el mal número, pues éramos trece, y lo llamo parco por
consistir en sopa de ajos, dos lenguados malamente cocinados, una costilla de
cabrón, un pedazo de pan atrasado, una jarra de agua y un vaso de vino por
cabeza. Tras el pantagruélico festín, nos trasladaron del comedor a un salón de
mezquina dote, en donde departimos en breve conversación
Ya me
impacientaba en hablar frente a frente con Amelia, y ella misma dio pie en
saliendo a la terraza. Com sigilo seguíla, y a la luz de la luna llena por fin
su aliento iba sólo a mí y el mío a ella sólo. Estrechéle sus manos entre las
mías y le dije:
–La
ansia de tenerte conmigo abrásame lo más hondo en espera de reiterarte mi amor,
que es amor verdadero por no tener límite alguno, lo mismo que el tuyo se
declara por los gestos y miradas encendidas, pues el amor se olvida de linajes
y dineros; no sabe arrodillarse ante las efigies de los antepasados ni
inclinarse ante el sonido de las monedas. Todas las especies de la tierra, vida
mía, luz de mi vida, hombres, bestias, peces, reses y aves se precipitan en el
mismo ardor y el mismo fuego que me consume. El amor es igual para todos, si no
en mí obra prodigios de grandeza y esclavitud, porque siervo tuyo soy; mándame
lo que quisiéredes y lo acataré como nunca esclavo obedeció la orden de su amo.
–Tardamos
en creer lo que nos duele –respuso Amelia–, pues cuando flirtea contigo lo
tomaba a modo de juego, porque me era imposible poner en tí me alma. Mis padres
se oponen a una boda que no les reporte ganancia o prestigio, y la nuestra sólo
nos es grata a nosotros. Así, ya que no es posible lo que pretendes, quiere lo
que es posible y despidámonos en amistad. Siempre andamos en busca de lo que
nos está vedado y nos atrae lo que se nos niega; deste modo yo te quise por
contrariar a mis padres tan riguoros como son en mi educación. Al principio me
entretenía con ello, pero poco a poco me fui enamorando de ti, y ahora no
encuentro remedio para mi desdicha.
–Nunca
es demasiado tarde si la dicha es buena.
–No
más; no inflames mi desventura, que grande pesar me abruma al rechazarte.
Necedad es dar coces contra el aguijón.
–Mientras
se viva hay que tener esperanza; no desfallezcas, que juntos hallaremos
resolución al problema. A menudo sucede lo inesperado más que lo que se espera.
Ten valor y confía en mí, que si realmente es mutuo el sentimiento, habremos de
triunfar sobre todas las cosas.
En esto oyóse
la voz rígida de Rosa llamando a su hija, la cual entróse y yo tras ella. Se
averó al corro de la madre, en que parlaban en coloquio las solas mujeres, por
lo que me avine al de los hombres. Estabanle tomando el pelo a don Carlos a
propósito de una moneda que mi señor guardaba con celsitud, la cual había sido
acuñada en tiempos de Felipe II y que tenía inscrito «non sufficit orbes». La
chanza venía que mi señor aseguraba haber pertenecido, generación tras
generación, a su familia, pasada de mano en mano.
–Créanlo
o no, señores –porfiaba–, a mí me la donó mi padre; a éste, mi abuelo, que la
recibió de mi bisabuelo quien, a su vez, la recogió de mi tatarabuelo, y así
sucesivamente. Habéis de saber que el capitán don Diego Godoy Narváez,
antepasado ilustre mío, sirvió a las órdenes de su serenísima majestad el hijo
de Carlos e Isabel. Tal moneda se la entregó personalmente el rey en
merecimiento de una gloriosa acción de guerra en los tercios. Conoció en sus
años al famoso Mateo Alemán, cuyo era grande amigo, y al universal Luis
Góngora, cuyo era camarada de las letras.
Y así
desvariaba el pobre don Carlos, sacando a colación larga retahíla de nombres eméritos,
inflado como estaba por el ralo fruto de Baco y los achuchones de sus oyentes.
Acaso fue don Remigio quien se apiadó de él.
–Calle,
calle, señor Godoy, que el alcohol desata la lengua del no avezado.
–No
nos pribe usted –le constestó don Luis– de la graciosa observación de don
Carlos.
–El
señor Sánchez Romo tiene razón en su sentencia clerical –afinó Fabio–, que ya
va siendo momento de retraerse cada cual a su morada.
–Lástima
de final –insistió el maestro–, con lo bien que lo estábamos pasando. Pero, en
fin, si es la hora, es la hora, y no se hable más
Insistió de
nuevo <fabio y logró dar por terminada la fiesta, con lo cual salímonos
todos de su casa, mi amo pletórico de euforia; yo, carcomido por la tristeza.
CAPÍTULO
NOVENO
Cuando Amelia
volvió a Gijón, mi alma entera parecióseme enmudecer de dolor y mi vida se
limitó a suspirar por ella encerrado en el mesón de Pedro. Se me mudó el
espíritu. La clientela, viéndome cabizbajo, divertíase a mi costa, sino
Marisol, que acudía con su padre todas las tardes a hacerme compañía y
consolarme, lo cual agradecía y mucho con sonrisas y buenas maneras.
Al cabo de una
semana acostumbréme tanto a los dichos y a los mimos de Marisol, que un día que
no vino me puse más melancólico de lo que solía, por la cual cosa holgábase con
sorna don Luis y los sus colegas.
–Está
triste el mozo hoy –reíase el maestro.
–¿De
qué te extrañas? –sonreía don Arturo– Son los males de amores.
–Mucho
le hace sufrir tu hija –replicaba el primero–, que a una cita que falta, el
novio se descompone y lloriquea.
–Ya
veis –graznaba don Remigio– a lo que conduce el amor. Hasta al más comedido
pierde las riendas de la paciencia.
–Sufrido
sí que es el muchacho –voceaba el señor Claret.
–¿Y
qué? –preguntaba Pedro desde adentro– ¿Ya pidió la mano de la niña?
–Aún
no –respondía el alcalde–, y no me parece mal la relación, que no la ocultan a
los ojos
ajenos y a la
vista está que su comportamiento en nada agravia a la virtud.
–Así
es verdad –inquiría el cura–. Pero, ¿cómo es que este año todavía no se haya
ido don Carlos? Ya lleva quince días más de lo usual y no dan muestras de
intención de irse.
–Será
cuestión del joven ahijado –contestó Ginés, el cual veía la partida en corrillo
junto a otros–. Tiene un tan espléndido corazón...
–No,
no; no es eso –interrumpió Pedro, que había arrimádose a la mesa de juego–.
Según él mismo me confesó, el motivo es bien distinto. No es otro que el que se
aficionó a estos lugares y ha determinado quedarse aquí todo lo que queda del
año, y aún más si no cambia de opinión.
–Pues
no sé yo dónde se mete –arguyó don Arturo–, porque apenas lo vemos en todos los
días si no es por la noche o a la mañana.
–Y
todavía menos lo veré yo –repuso don Luis–, ya que las clases comenzarán pronto
y renovaremos el trabajo.
–¿Y
qué tal va su hijo, señor Claret? –demandó Tomás.
–Ni
la mentas –replicó el sargento–. En casa la tengo encerrada en su habitación y
de ella no habrá salir más que a los Santos Oficios. Se libró de la justicia el
tunante de Juan, pero no así mi mala hija, que la ordenaré en los hábitos de
las carmelitas o soltera para el resto de su vida.
–No
sea tan duro –dijo don Luis–, que es sangre suya.
A todo
prestaba yo atención desde un rincón del patio y, sospechando que mi amo
hubiera vuelto a sus lances amorosos y que, por no atosigarme viéndome tan
alicaído, hubiérase resistido a encarecerme la prestancia del vigía. Los dejé
con sus conclusiones y me subí al cuarto do escribí carta a Amelia, la cual
rezaba así:
«¡Oh, amparo
de mi desgana, cándida llama del corazón! No duermo ni de día ni de noche,
desvélome soñando el quos deus coniunxit, homo non separet. Pero, ¿qué puede
hacer el amor donde el dinero es el único rey? Si el rapto fuera lícito, te
secuestrara y te llevara allí donde nadie nos separaría jamás; mas, lo que no
prohíbe la ley lo vetan la decencia y el pudor, porque no todo lo que un hombre
puede hacer le es justo, y el hecho de que no se lo impidan no significa que no
esté permitido; asín, ningún juez lo será de sí mismo. Dichoso aquél que conoce
las cuasas de las cosas; vivo en la constante ignorancia, lo cual me da
confianza en Dios, de qué y cómo vives sin mí; mas, el conocimiento me diera el
temor de perderte en los brazos de otro que tu padre te haya escogido o tu inclinación
haya estimado mejor. Tan sólo te ruego no me eches en las alforjas del olvido y
recuerda que te conservo en mi pecho como mi más preciado bien. Tuyo
amantísimo, que nunca renegará de ti... Guzmán Zoilo González.»
Se me levantó
el ánimo cuando al cuarto día de enviar el correo me llego la contestación
esperanzadora, y con ello regresó la alegría a mi ingenio. Fluyó entrambos
cuerda correspondencia a lo largo de los dos meses posteriores, en la cual le
fui narrando algunos sucesos curiosos, que acontecieron en el pueblo, como el
de la burla a don Luis, que con grande picardía me salió airosa.
De entre los
libros que me había traído, hallé el del esperpéntico Valle, en que cuenta la
muerte de Max Estrella. Como estaba al corriente del desmesurado afán de don
Luis por las rarezas literarias de grandes autores, firmélo en nombre el autor
y me lo dediqué con astuta falacia. Ajé las páginas delatoras de la falsedad, y
en cuanto di con el maestro se lo mostré con exagerado orgullo y contento,
induciéndole a pensar en un valor desmedido a causa de la rúbrica. Luego, le
expuse la buena suerte que me ayudó a conseguirlo con precio irrisorio a un
ignorante vendedor de rastros. Restreguéselo ante las narices a fin de
infundirle una envidia tal, que no puediera resistirse a enseñárselo a los
amigos y camaradas del pueblo. Me rogó se lo prestara, me negué; insistió,
reafirméme; imploró, dudé; me suplicó, cedí. Mas, le reparé que no había coste
que remediara deterioro irreparable, que a mí, a pesar de la ganga, parescíame
único en el mundo. Así avisado lo asió con sumo cuidado y se fue con él
ilusionado, al tiempo silbando una canción. Con el fin de llevar a buen término
la rampa, había rociado el cebo con cierto líquido corrosivo, que al cabo de
uno o dos días venía a arrugar la pasta y deshacer la hechura del papel. Y así
debió de ocurrir, porque pasado ese tiempo, andaba el maestro talmente
ofuscado, con la mirada esparcida y la chepa crecida. Dejéle una prudente
semana para que se sumiera en el desespero de contemplar el préstamo en odiosas
condiciones, hasta que le vi tan afligido que le puse remedio pidiéndoselo,
pretextando cierta curiosidad que me tenía embargado. Achantóseme todo él y en
privado me confesó la ruina en que se hallaba. Le grité como si le fuera a dar
muerte, le reñí cual pastor a su indigente perro guardián, rugí así fuera león
en la sabana. El pobre burlado se puso de rodillas y besara mis pies si yo no
se lo impidiera, pero sin perder el enfado fingido que el destrozo me causaba
dentro mío. Ofrecióme tres, cuatro y diez veces el valor real del libro, y en
esa cantidad le detuve, que tampoco se debe abusar de la buena fortuna y de los
crédulos palurdos, no vaya a descubrirse la chanza. En fin, dióme el dinero y
el libro al día siguiente, más con el pesar por el libro que por la cuenta. Le
reverencié su buena disposición y se quedó algo menos entristecido, y yo con
las ganancias.
Aquella mesma
noche me dispuse a disfrutar del éxito tomando unos tragos en la taberna, a eso
de las once y media de la noche, con la sola compañía de Pedro, que mi señor
habíase retirado ya a los aposentos y el bar estaba cerrado. Me habló el
mesonero de su sobrino, cuyo había recibido carta tras carta en secreto. Le
recriminé que no me lo hubiera comentado, pues tenía grande interés en él,
debido no sé si a la curiosidad o si a la amistad que nos había unido antes de
su marcha, más bien huida. Me leyó Pedro la última misiva del sobrino por
parecerle de buen talante y gracias a la insistencia de mis peticiones. Sacóla
de la faldriquera, sentámonos cara a cara en una mesa, se humedeció los labios
y se echó a lo escrito.
«Después de mi
mucha medra, me coloqué de profesor en un colegio de pago, donde impartir el
latín; pero se me vino el mundo a los pies al comprobar la poca cultura que los
alumnos tenían, que nunca habían oído hablar de Catulo, Propercio o Petronio.
Para introducirlos al mundo clásico de mitos y leyendas [pues ha de agradar
antes de estudiarlo], les leí el siguiente poema:
Al llegar tan oscura noche,
al sonde la danzante lira,
entre los árboles te veo,
entre los zarzales te miro
persiguiendo con tu silueta
la vana forma del camino.
Hay veinte alondras pasajeras
en tu cárcel de blanca luz,
cien jilgueros, treinta reales,
mil canarios, gorriones diez,
y entre todos ellos reluce
un triste y majestuoso alfil.
Tan malherida de miradas
tan clavadas por los amantes,
astro de cuantos te admiran,
derramas la eterna ambrosía
partícipe de los romances
que bajo tu balcón se amparan.
Gustaron mucho
los versos a Noelia Giomar, discípulo del último curso, la cual me aguardó en
el pasillo tras la clase, y me abordó con dudas y sugerencias que duraron hasta
mi despacho. Allí conversamos, nos reímos y aplazamos el demás trato para el
fin de la jornada. Plúgome el interés suyo, máxime por su hermosa figura y
desenvuelta compostura, porque intuí en ella nueva conquista en mi afán de
satisfacer mis naturales inclinaciones.
Intimamos
placenteramente, rayando con la suprema hedonía, y en tres jornadas gozamos de
mutuo acuerdo. Pero, ¡ay!, la felicidad nunca se eterniza, sino que se hace
cada vez más débil y quebradiza. A la cuarta conocí a Inés Mela, la más simpar
mujer de que haya tenido conocimiento; cuanto más lo pienso, más excelsa me
parece. Díle largas a Noelia y ésta sospechó que alguna otra se había
entrometido en su pedestal, pues de la pasión me pasé a la apatía. De lo que
acaeció después, lo reservo para otra ocasión por no cansarte con ello de un
solo gope.»
Tras acabar
con la lectura, me quedé suspenso con la aventura, así que le insistí a Pedro
me leyera la continuación, lo cual tuvo a bien si me conformaba con aplazarlo
hasta el alba, pues la madrugada ya se había empeñado en acortarle las ganas de
vigilia y le tentaba el lecho. Deste modo,
al amanecer me levanté más temprano que de costumbre con las ansias de
reanudar la historia, mas quiso el azar que también Paco Pepe y Pedro mismo
repitieran mi determinación. Como el mesonera simulara descuido de memoria ante
el pastor, simulé por mi parte, y aún estuvimos en espera de que se marchara,
mas la casualidad se empeñó en chafarme aquella mañana: entraron tres
personajes nuevos en el bar, dos de ellos avivados y el otro intelectual, que
equivale a decir serio y circunspecto. El vaquero, después que pidieron desayuno
los intrusos, les dirigió un saludo de tal guisa:
–Buenos
días, caballeros.
–Buenos
le de Dios –respondióle el más grave.
–¿Son
acaso huéspedes nuevos?
–Soy
un huésped, que no el huésped de esta casa; que el huésped de esta casa no es
huésped como huésped soy.
Nos miramos
Paco, Pedro y yo, sorprendidos de respuesta con intrincada, pues más parecía un
trabalenguas que un saludo. Prosiguió el intelectual con buenas maneras y tono
reposado.
–Permítanme
presentarme. Mi nombre es Lucio Magro Santisteban, estudiólogo de la
Naturaleza, cuya contemplación me ha conducido a no considerar nada increíble.
Éstos que aquí veis a mi lado, son ayudantes míos, algo alocados y revoltosos;
el uno se llama Gabriel y el otro Pablo, los dos oriundos de la vieja Castilla;
yo también lo soy, pero de otra parte. Ha ya diez años que deambulo por esta
tierra principesca, lo cual me ha traído a este lugar sin otra intención que la
mera ciencia natural, pues que aquí crece una especie herbolaria escasa en el
mundo entero. Apercíbanse ustedes que mi estancia no me retendrámás allá de
cuatro o cinco días, durantes los cuales molestaremos en el menor grado que nos
sea posible.
–¿Qué
hay de particular en la Naturaleza? –preguntó Paco Pepe–. Las cosas son como
son y con eso basta.
–Nadie
admira lo que ante sus ojos tiene cotidianamente, aunque no sepa que el motivo
por el cual suceden las cosas. La Naturaleza es más asombrosa en los detalles
más conspicuos; a éstos me dedico yo con desenfreno y larga paciencia, ya que
la Naturaleza va revelando sus secretos poco a poco, no todos a la vez. Además,
todo está en continuo cambio, nada permanece inmóvil, lo que obliga a no
descansar en las investigaciones. Hoy ya nadie, cansado y harto de verla, se
digna alzar la mirada a la luminosa bóveda del cielo; el mundo a perdido los
sueños y la fantasía por despreciar la magia de la Naturaleza.
Se entabló,
luego, una conversación más fluida entre los cinco, mientras yo moría de ganas
de que Pedro me leyera la carta del sobrino, así que les miraba sin gorgotar ni
pío, hasta que uno de los inquieto jovenzuelos, el que se llamaba Pablo,
dirigió sus ojos hacia mí al tiempo que el intelectual exclamaba:
–¡Qué
recato, qué humildad, qué timidez más encumbrada cuando tanto silencio guardas!
–No
es ello –le contesté con igual mofa–. Es que soy mudo.
Con esto se
quedó tranquilo y yo le pedí a Pedra la carta, que la leería en silencio, la
cual me donó y yo me enfrasqué en ella.
«Pues que con
tanta priesa me instasa dar fin a mi aventura, sin otro particular paso a ello.
Contábame Noelia que su adversaria, a quien trataba de niña, había sido tan
manoseada por los muchachos que se ligaba, que ya nadie la pretendía. Además,
me infirió gran temor cuando me hizo sabedor de las grandes patrañas y embustes,
con las que se granjeaba ocio y negocio. Me llegó, incluso, a confesar cierto
comentario de Inés, en el que aludía a un tal Lorenzo, a quien prometió el oro
y el moro para acabar abandonándole en el altar con gustoso regocijo. Muchas
otras cosas se holgó Noelia en inducírmelas a tal punto, que titubeé en
persistir con mi conquista, así que anduve unos días fuera del alcance de las
dos, hasta que una tarde me encontré con una Inés más radiante que nunca, ante
la cual visión sucumbí cual víctima dispuesta al sacrificio. Me insinué de
acuerdo a mis habilidades, y no sólo en esa ocasión, sino a lo largo de toda
una semana, mas en esfuerzo baldío, pues se me mostraba tan distante como
recatada, de lo cual deduje que Noelia había actuado por celos o Inés era extremosa
actriz. Al cabo, burlé su prudencia, que no su sexo, con cientos de ardides, y
cuando me permitía un beso inocente, cuando un roce simulado y efímero. Me
obsesioné, en fin, con poseerla, pero toda carantoña resultaba infructuosa.
Trújome un mes por la calle de la amargura y fízome prometer casamiento, si
realmente lo deseaba [ya sabes cuán detesto el matrimonio]. Por último,
conseguí me diera su virginidad, pues tal tenía, aunque he de confesor que en
mi dedo luce un orondo aro y en su mesilla una partida matrimonial.»
De este modo
fue cómo me enteré de que nuestro licenciado había sido cazado en las redes
nupciales, y tales fueron las últimas noticias directas que de él tuve. Cuando
di fin a la lectura, ya el mesón rebosaba vacío de clientela. Devolví la carta
a su dueño y yo me fui a pasear.
CAPÍTULO
DÉCIMO
Me llegué a un
recodo del sendero montano, por cuya parte izquierda nunca se me había ocurrido
pasar; por consiguiente, tomé dicha dirección. Conducía la senda a un roquedal
seco, tras el cual aparecía una campa verdosa con un árbol en el comienzo,
donde me aposenté a discurrir cosas mías. Me adormecí bajo la sombra y soñé lo
siguiente:
Me vie en un
pozo negro, que comunicaba con un vergel onírico, do todo estaba rodeado de
marrón terruño y apestoso olor, tierra estéril y sin labrar; mas, el huerto se
complacía en gran variedad de flores y árboles frutales. Así pude distinguir a
lo menos cien clases de plantas y otras tantas hierbas. Irisaban todas ellas la
campiña con la magenta, el cyan, el rojo, el violeta y muchos más colores. Allí
se me apareció una dama, que juraría era más reina que la Jimena del Campeador
o la Oriana deAmadís: lucía el más rico y engalado vestido que jamás mortal
alguna pueda imaginarse, del cual resultaba el níveo rostro, que se me figuró
el de Amelia por la belleza facial. La seguía séquito real: dos hileras de
doncellas con preciosa vestimenta y rostros cubiertos por velo tul pálido. Se
adelantó la principal hacia mí, embobado, y me habló con meliflua voz.
–Te
saludo, cortés caballero. Yo soy por quien tanto suspiras.
–Me
engañas, espectro –le dije yo.
–No
así, que bien te lo juro. El lugar en que te hallas es el Jardín de las
Delicias, a donde van a morir nuestros sueños. Aquel desierto que ves son las
pesadillas de los malvados. Ven, sígueme que te conduzca.
La seguí según
me ordenaba, y me iba instruyendo en lo que la ignorancia tapaba mis ojos.
–Aquel
olmo reseco y podrido es la suerte de Marisol, cuyas malas artes le habrán dar
tormento aciago; esta oruga, que contemplas escalando el tallo informe de la
mandrágora, es Juan, condenado al fétido alimento del vegetal; ese afligido
cirpés es el alma de Luis, retirado de su familia por voluntad propia; el regio
peñón que salpica con gotas cristalinas guarda el rígido espíritu de Jorge.
Aquella crisálida se llama Laura, custodia del fruto de su vientre; estas dos
enredaderas que tan juntas no alcanzan a unirse, son Clarisa y Carlos, tu
padrastro; ese manantial que mana agua tan ambrosina lleva el nombre de Remigio;
mis padre son aquellos dos: Rosa, el pavo real con sus plumas extendidas;
Fabio, el gusano que la sigue, royendo todo tipo de desperdicio.
–¿Y
dónde estamos nosotros dos? –osé preguntar.
–Allí,
tras aquella mata. Ven, sígueme que nos veamos.
Me admiré y me
dio gran contento vernos, pues miré una hoja acicular erguida del suelo, y la
dama me decía que éramos los dos, unidos por siempre. Llevado por la curiosidad
y el entusiasmo, indagué sobre los del pueblo, a lo que contestó:
–Esa
música agradable que oyes, la produce la flauta de Francisco José, árcade
pastor; esa encina tan fructífera es Pedro, sustento y cobijo de los animales
que pueblan el lugar; el baobab de enfrente es el prudente Arturo; los
lirios...
Interrumpió de
repente la narración y se quedó atenta de oídos, pues a un trueno seguía otro,
como si dos pisadas de ogro fantástico se acercasen. Lo vi; en vez de cabellos
tenía cabellera, y en lugar de trono tenía ronco estrépito. Se asustó la dama,
echó a correr, averó a su séquito y se fueron todas alborotadas. En aquel
instante me despertó un rayo del sol, que me dio en los ojos, como el aviso
celestial que cegó a Saulo.
CAPÍTULO
UNDÉCIMO
A partir de
este día, de este sueño mejor dijera, todo cambió, incluso el tiempo, que se
puso a llover a cántaros y jarrones. En dos meses se quedó la venta tan sola,
que no parecía sino ermita en el Sahara; la lluvia no cesó más que para coger
fuerzas alguna que otra vez, y todo sería hastío de no ser por los
estudiólogos, que alargaron la estancia más de le habían previsto, ensimismados
por la flora otoñal y alguna piedra de no sé qué mineral, que de esto poco o
nada entiendo, pero que al parecer era de suma importancia en sus trabajos.
Para mayor «inri», dejé de recigir carta de Amelia, a quien yo escribía más de
tarde en tarde por creerme olvidado, y así pasé de la carta semanal a la
mensual.
¡Cuánto
desabrimieno! ¡Cuánta zozobra! ¡Cuánta pesadumbre me partió el alma! Sola
Marisol me consoló, como buena amiga pensaba yo. Noa avenimos el uno al otro tan
ricamente que, rondando la segunda quincena de diciembre, había arrinconado el
deseo por Amelia y central el de Marisol. Retozamos a hurtadillas de cuando en
cuando, y un pajar enmohecido fue testigo de nuestra primera unión y de la
segunda y la tercera y cuarta... ¿Qué me sedujo de ella? No lo sé. ¿Qué me
atrajo hacia sí? Lo ignoro. ¿Qué me encadenó? Tampoco acierto a comprenderlo.
Mas, con ella senté la cabeza y me puse a honrar a mi padrastro, como si fuera
mi verdadero padre. Me cautivó el sentido y me anuló el libre albedrío.
La tarde del
dieciocho, por fin, luego de consumar nuestro afecto, charlamos distendido,
según solíamos, hasta que se me declaró:
–Mi
padre se impacienta con mis tardanzas y me amenazó con enclaustrarme en casa,
si no ponemos nuestra relación en claro. Si es que tus palabras no se burlan de
mis confianzas, si es que me amas aunque sea la mitad que yo, si no me tomas
por despecho a tus frustraciones [que ni las mento por temor a herirte],
prométeme tu fidelidad y concordemos un fecha para la boda. Mi padre sospecha
estos encuentros y, de confirmarlos, me mataría sin dudar un segundo y contigo
haría lo mismo o aún peor. No furnzcas el ceño, por favor, y considera lo que
te digo. Amémonos, sí; amémonos y disfrutemos del amor, pero viviendo en casa
propia, a la luz del día, en mitad de la calle, sin miedo al qué dirán. Mi
padre, que me quiere bien, me ha asegurado que te ascendería sin rodeos a
alguacil o, si lo prefieres, a cualquier puesto que eligieres, que tiene
influencia suficiente para ello. Digamos que eso sería mi dote. Aleja tus
temores y concertemos, si no la fecha, al menos el acto.
Con estas
palabras me precisó a asentir en ello y señalamos la Epifanía como el momento
apropiado, más por sus insistencia , por si yo mudaba de dictamen, que por mi
consideración. Al anochecer nos alteró un alboroto ingente de voces, gritos y
golpes de la mucha gente que se esparcía por el campo. Nos vestimos
apresurados, perturbados y dando crédito al barullo; pensamos que venían por nosotros,
según Marisol había dicho, a darnos muerte el pueblo entero, pero pronto nos
dimos cuenta que iban en busca de Laura, la cual había huido de su casa. Nos
explicó don Remigio que ocultaba un embarazo a su padre por pavor al castigo,
y, cuando yo no pudo esconderlo, se decidió a partir, a pesar del consejo del
sacerdote, que se hallaba imposibilitado de aclarar el caso ante Jorge por el
secreto de confesión, cúyo se había valido la muchacha para desahogarse.
–El
Infierno lleve para siempre a ese licenciado libertino –sentenció don Remigio–
y Dios me perdone.
–No
es hora de quejas, sino de acción –musitó Tomás.
–Maldita
sea su sangre –voceó el sargento–. ¿Qué ha hecho con mi hija? ¿Dónde estará? Si
lo cojo, lo estrangulo con mis manos.
–Calma,
calma –susurró el cura–. La encontraremos. En ese estado no puede ir muy lejos.
Seguramente se habrá arrepentido y esté de vuelta en casa.
–Entonces,
¿por qué tarda tanto en llegar? –preguntó malicioso Ginés.
–Se
habrá perdido –dijo Tomás.
–Imposible,
imposible –inquirió Leticia, que nos seguía a unos pasos–. Conoce esto como la
palma de su mano; aquí no se pierde, de seguro.
De balde
recorrimos largo trecho, y como la oscuridad se nos echaba encima regresamos
todos a reponer fuerzas con una cena más o menos suculenta, dependiendo de cada
cual.
Fallida la
primera batida, a la noche todo el pueblo, si no son los más ancianos y los más
niños, se echaron al monte guiados por la Guardia Civil con todo tipo de
luminarias, candiles, farolas, lámparas, linternas y hasta velas, cirios, teas
y antorchas. Al frente marchaba el señor Claret flanqueado por Tomás y Ricardo,
tanteando los tres el terreno con una larga vara y la oscuridad con los gritos
de «Laura, ¿dónde estás? Contesta». Por el ala derecha avanzaba don Remigio,
arremangándose los faldones de la sotana, a su lado Ginés y don Luis, haciendo
aspavientos para apartar la punzante maleza. En el lado izquierdo codeaban don
Arturo y otros, acompasados con los hermanos Martín y Genaro. A poca distancia
seguían los guardias, las mujeres y el resto de habitantes, todos ellos
entremezclados y buscando a voces a la desaparecida. Mi amo y yo caminábamos el
uno con el otro, más maravillados por el jolgorio que por la misión.
Se desanimaba
ya el señor Claret, quien a cada veinte metros se llevaba el dorso de la mano a
los ojos simuladamente, subiendo el tricornio y secándose la frente, como si
realmente fuerse ésta la que tenía necesidad de enjugarse.
–Parece
que Jorge va destrozado –le decía yo a mi padrastro.
–Más
bien creo que el destrozo es de la muchacha –me decía él–, que ya llevamos
distancia bastante para que la pobre criatura se haya descalabrado, tan trefe
como debe de estar la preñada.
El pesimismo
de don Carlos no era para menos, pues desde hacía unos cuantos minutos
caminábamos por senderos pedregosos, lindantes con barrancos de cierto peligro,
sobre todo, si no se pisaba con tiento a pesar de la luz que nos conducía. Por
espacio de un par de horas más, anduvimos más perdidos nosotros que la huida,
hasta que desde un peñasco se oyó el vocerío de Paco Pepe que gritaba:
–Está
aquí, la he encontrado. Está aquí, venid todos. No se mueve, está ahí abajo.
Escalamos
varias peñas arriba, yendo el sargento al frente con tal avidez, que daba la
impresión de ir en busca de un tesoro jamás imaginado. Mi padrastro y yo fuimos
los últimos en arribar al sitio debido a nuestro torpe avanzar, desconocedores
del lugar en que nos hallábamos. Cuando llegamos, un guardiacivil se lamentaba
arrodillado junto al exánime cuerpo de su hija, cuya cabeza sostenía en su
pecho, y su mirada se extraviaba en el opaco firmamento.
–Plugo
al Cielo envenenarme con tal desdicha: la honra mancillada y penada con la
muerte. ¿Habrá en el mundo alguien tan desgraciado como yo, a quien un día se
le arrebata hija y nieto? Quiera la ventura apaciguar mi miseria y lléveme la
vida, que a partir de hoy se me hará todo insoportable. Habré de entonar el mea
culpa, que mía ha sido, y sólo mía. ¡Qué impotente uniforme, que nada evita y
no más sanciona! A mí llega el crespúsculo manchado de sangre caqui, pues la
intolerancia del rango se adueñó de la paternal tolerancia. ¿Qué merecimiento
hay para valimiento tan funesto?
El rostro de
la difunta se cubría de crúor rubro, embarrado salido, según me pareció, de un
corte profundo habido en la sien, tal vez de un mal golpe contra la piedra por
caerse desde lo alto del acantilado, o quién sabe.
La lloraban
los más, los menos se lamentaban del accidente, don Remigio se dedicaba a
conmemorar oraciones ininteligibles, que no salían más allá de los grasientos
dientes. Las luminarias formaban sombras que, como a la chinesca, se divertían
en burlarse de los presentes. Ricardo, que en un principio se había quedado
rezagado del grupo, llegó extenuado, corriendo a todo trapo; vio a su hermana y
se alejó de la claridad, se sentó en una roca apartada y metió la cabeza entre
los brazos acodados en las piernas, en silencio, ajeno a lamentaciones,
sollozos y lágrimas.
–Se
despeñó la niña –comentaba entrecortado don Arturo.
–En
mala hora se dejó seducir por un bribón –decía Ginés mirando a Pedro.
–Con
lo joven que era –inquiría Tomás.
–Pobre,
pobre, pobre –musitaba don Luis.
–Lo
que debió de sufrir –ronroneaba Martín.
–Un
paso en falso y ¡zas! –explicaba Paco– La montaña no está hecha para las
mujeres.
–Dios
la acoja en su morada –pregonaba don Remigio.
–Vamos,
Guzmán amigo –me dijo de pronto don Carlos–. Aquí ya no podemos ayudar. Esta
gente bajará el cadáver al pueblo y nosotros estorbamos.
Así lo
hicimos. Marchamos de allí cabizbajos, como si sintiéramos la pena de todo el
pueblo, como si comprendiéramos el pesar del padre y la desesperación del
hermano. Pero, nosotros dos bajamos a la venta sin haber conocido apenas a la
muerta. Y lo mismo sucedió durante las exequias, maltratadas por las
plañideras, los ayes, los suspiros, las insoportables sentencias absurdas de
absurdas mujeres, y la lluvia, que a más de uno nos dejó las carnes caladas y
arrugadas. Muchas cosas podría contar del velatorio y el funerl, mas las omito
por guardar un respeto a Laura y su hijo nonato, que los asuntos de la muerte
no deben airearse a diestro y siniestro, si no hay intención de ello por parte
del muerto mismo o allegado suyo.
Lució el luto
en buena parte de la comarca, tan querida debió de ser la hija del sargento,
durante casi un mes, de modo que el enlace que habíamos concertado secretamente
Marisol y yo, lo pospusimos hasta finales de febrero, mas sin avisar a nadie
más que a sus padres y a don Carlos, a los cuales tres obligamos a prometer,
incluso a jurar sobre la Biblia [que eran, y doña Margarita aún lo es, buenos
católicos, cumplidores para con las devociones y los ritos, aunque no tanto
para con los demás], silencio. Lo quisimos así no sé si por capricho o por
precaución de parte de Marisol, puede que temerosa a que llegara a los oídos de
Amelia y se presentase ésta de improviso a fin de impedir el casamiento con
alguna intrincada argucia, que el pensamiento de lo que llaman sexo débil es
tan abigarrado como complicado el maremágnum de un avispero o una colmena, de
un horminguero hacendoso, de ésos que tanto abundan en aquella comarca.
Quiso el
destino gastarme una grave broma antes del matrimonio, y al cobijo de un
cadañego manzano, me confesó Marisol a mediados de enero que estaba encinta. Lo
creí; ¿cómo no había de creerlo? Y lo primero que se me vino a la memoria fue
la desgracia de Laura; pensé en us fatalidad. Miré la cara de Marisol,
palidecí, se me puso la mente en blanco y, entonces, creí advertir una mueca de
risa reprimida en los labios de ella, la cual ocultó virando la cabeza toda,
como si quisiera esconderse a lloriquear, pero que yo intuí para no delatar la
mentira. Obervé, luego, la barriga, y nada en ella revelaba la confesión del
embarazo: era muy pronto, los síntomas externos aún tardarían un tiempo en
manifestarse. Le demandé alguna prueba, me miró cínicamente y me echó en cara
que no confiara en ella, que si estaba insinuando que tenía aventuras fuera de
nuestra relación, que si, a pesar de nuestro pronta boda, me preocupaba más de
quién era el hijo que el propio hijo. Me avergoncé. Aún así, no me acababa de
tragar lo de la preñez. Lagrimeó la muy artera, la consolé y me apurrió una
nota con firma rubricada, en la que se mencionaba el embarazo.
–Es
un papel del médico que me examinó –repuso.
Me quedé de
piedra y terminé por creerla. Platicamos un buen rato y acordamos mantener el
arcano entre los dos, pues que nos íbamos a casar tan pronto, nadie notaría su
estado.
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Doblado el
mes, me invitó don Lucio a compartir con él y sus colaboradores una tarde de
asueto, aprovechando la ausencia de mi prometida, que se había ido a Oviedo por
mor de comprar en rebajas. Mal día acepté el ofrecimiento, pues, si bien era
ausente el día en que Laura murió, éste me llevaría a infeliz conocimiento. El
caso fue que nos detuvimos a poca distancia de una cabaña en desuso, porque el
vallisoletano se había topado con un pedrusco con unos no sé qué fósiles
incrustados, que databan de la era mesozoica, y entre los tres revolvieron Roma
con Santiago entusiasmados por el hallazgo. Yo me acerqué a la choza algo
mosqueado con los aspectos de unos nubarrones. Cuando ya me disponía a empujar
la puerta, oí murmullo dentro. Averé las orejas y puse atención a la
conversación, cuyas voces no eran otras que las de doña Clarisa y su amante.
–Si no lo
hacemos ahora, luego será demasiado tarde –dijo la adúltera.
–Acción tan
innoble manchará de sangre homicida nuestro amor puro. Meditemos antes de
errar, busquemos otro camino, pues de seguro lo encontraremos, que quien a
hierro mata a hierro muere.
–Leo el miedo
en tus ojos; no es tanto el afecto que me guardas, cuando, jurándomelo,
rechazas el modo de vernos unidos. Lo haré yo, ya que tú te niegas.
–Dudo
que tu marido merezca el pago que tú le pretendes, ya que te ama sin ser
correspondido y tolera el insulto de esta relación nuestra, pues temo que
sospeche, la cual a los ojos de Dios se volverá abominable. Dado que tú lo
deseas y en ello insistes, convertiré este mano mía en infame, vil y ruin
delinquiendo tan gravemente.
Ni el propio
marfil ni la nieve virgen, que en la cima de los montes próximos se divisaba,
me ganarían en blancura. Me retiré azorado, cuan cadañero sin su cría.
Enloqueció mi entendimiento en unos segundos, el cual necesitó de otros tantos
minutos para reponerse del susto. Pero, al fin y al cabo, ¿qué me iba a mí en
ello? ¿Por qué me oprimía el pecho tanto desasosiego? ¿Tanto cariño le tenía a
mi padrastro, si nunca le había tenido en consideración? ¿A qué fin bullía mi
sangre, como si fuera yo el deplorable
asesino? No mucho se me demoró la respuesta.
Me llegué,
pues, a los estudiólogos que, ocupados como estaban, ni siquiera se fijaron en
mi turbado espíritu. Hablaban de una formación caliza, de unas esporas.
–Agarra
el morral, mozo –me gritó Pablo– cuídate
de no desparramar el interior, que en ello te va la vida.
–No
lo amedrentes –replicó don Lucio–, no vaya a ponérsenos nervioso. Tú procúrate
algún resto y cava presto, que las nubes amenazan lluvia o, lo que sería aún
peor, nieve.
–A
mí me encanta la nieve, maestro –le dijo Gabriel.
–¡Ostras!
Y a mí –apercibió Pablo.
–Pues
rezad porque no nieve, que tendríamos que parar las investigaciones y
encerrarnos a analizar las muestras y clasificarlas.
Me miró
después don Lucio y, viéndome abatido, me dio permiso para volver al mesón con
el morral sin pedirme expliaciones, que ellos esperarían todavía un rato más
por si les daba tiempo concluir con el trabajo antes de que descargasen las
nubes o antes de que oscureciera. Le agradecí en extremo la merced yme fui
harto contento. Allí, en la posada, Pedro repasaba aburrido el vidrio frío de
los vasos, el mármol macilento del mostrador, la madera acongojada de las
mesas.
–Temprano
regresas –me dijo–. Todavía no han dado las seis.
Le respondí
con un gesto leve, me senté en un rincón y le pedí algo de beber. Mientras
tanto, él no cesaba de perorar; yo atendía por miedo a que me preguntase algo y
no acertara a contestarle.
–Pues
sí, hombre; esta noche va a caer una buena. Hoy ya han amanecido las cumbres
blancas, incluso La Calva salió rociada, así que nevará; nevará. La última vez
apenas cubrió. No es como hace años, cuando llegaba a un par de metros de
grosor. Este año volveremos a las andadas. Hace un frío que pela, y eso siempre
ayuda.
Continuaba y
continuaba, porque, a lo que se me antoja, se moría por romper la rutina; por
eso hablaba sin sentido con tal de que hubiera al menos una persona que
escuchase. A mí no me hacía ninguna gracia aquella pesadez del monólogo.
Engullí una, dos, tres copas, una tras otra, sin pausa. A eso de las ocho y
media llegaron los estudiólogos, a los que devolví el morral y con los que
charlé un poco, hasta que se retiraron a la habitación, la misma que Juan había
ocupado antes de su precipitada marcha. Alrededor de las diez ya llevaba yo
bastante tiempo escuchando a Pedro; fue entonces que entró mi padrastro, saludó
a la manera de siempre y demandó la cena, aposentándose cabe mí. Yo intentaba
enlazar las palabras, pero la lengua se me pegaba al paladar y las ideas salían
mezcladas sin acatar las órdenes del cerebro, como si se interrumpiesen los
enlaces. Don Carlos tomó las riendas y me echó um discurso enjuto, mas
nutritivo, sobre el alcohol y sus favores.
–Mucho
arrastras la lengua y muchas razones das sin haberlas pedido nadie, por lo que
deduzco que has bebido más allá del límite permitido por la prudencia, y aquí
se te hace peligroso y difícil guardar secreto alguno, pues, si bien la hierba
crece después de una abundante lluvia, después del vino nacen las palabras sin
ataduras; de este modo, dado que con el mucho vino las preocupaciones se
disipan y huyen, la embriaguez también priba de principios, hacienda y honores,
y con ello puedes publicar a los cuatro vientos alguna promesa que te hayan
hecho decir. Parce merum, Guzmán; parce merum.
–La
cena, maese Godoy –gritó Pedro al servir una mesa opuesta al rincón donde
estábamos.
–¿Qué
tal culinario placer me ha preparado esta noche vuecencia?
–Un
estómago en ayunas rara vez desdeña los alimentos más vulgares.
–Así
debe de ser, ya que su alteza se digna proferir. Mas, aguarda un instante a que
termine mi plática con este otro aprendiz, y sírvase en mantener en calentura
los platos, si es que a su excelentísima merced no le molesta hacerme la ídem.
–Descuide
su ilustrísima y acabe con el quehacer, que yo me aplico a la calentura.
–No
tardaré mucho, que la barriga en ayunas ni habla ni escucha de buena gana.
En efecto,
prosiguió dándome la lata un cuarto de hora más, al final del cual se fue a su
mesa y a mí me dejó con la advertencia de la moderación para futuras ocasiones.
Pero, no era aquella noche para seguir consejos, por muy prudentes que fuesen,
sino para ahogar las penas y temores en una botella de vino. Finalmente, le
pedí a Pedro una botella de ginebra, que me llevé al cuarto, en donde le di fin
a grandes bocanadas.
Todavía con la
resaca y con la nevada fuera, que resultó tan copiosa como lo había anunciado
Pedro, mi padrastro me envió a Gijón para arreglar los desarreglos de la casa,
producidos en nuestra larga ausencia, y para solucionar unos papeles de
impuestos, recibos y otros apuros legales. Bien que me pesa haberle obedecido,
pero en aquel momento se cruzó por mi mente el degollamiento de don Luis y la silueta
de Amelia a un tiempo y, aunque me fui, sentí pánico de toparme con ella en
tanto con Carlos consumía el crimen.
Así pues,
fruncí el ceño, bajé la cabeza y me dirigió a la villa marinera. El azar, o tal
vez el destino, se apiadó de mis sufrimientos: a la altura de Cimadevilla me
tropecé con la hija de Fabio. Marcaba el reloj las once de la noche y yo ya
estaba ahíto de recorrer la ciudad de esquina en esquina, llevando o trayendo
este o aquel documento. Supongo que fue ese cansancio lo que me amortiguó en
parte la sorpresa. Como un pasmarote no reaccioné al «hola» de Amelia. Me sentí
desnudo en mitad de la calle, ardoroso en medio de la helada, mudo. Volví en mí
a tiempo de entender la pregunta que surgió de sus labios.
–¿No
me dices nada o es que tan pronto te has olvidado de mí?
Lo dijo con
aplomo, con frialdad, sin dar señales de cariño u odio. Luego, sin esperar
contestación,me reprochó desta guisa:
–La
verdad es que no me extraña tu olvido, que con cuatro cartas contadas te
cansaste de escribir. En vilo aguardé noticias tuyas y por tres veces te
escribí; me arrepentí, empero, otras tantas y las destruí arrojándolas a la
papelera. Imagino que tendrías tus propios motivos para rechazarmetan de
súbito, quizás otra mujer que te haya ofrecido algo que yo no podría, o
simplemente el hastío de vernos separados. Sea como fuere, has de saber el
dolor que me causaste, que te amé hondamente y aún creo amarte sin esperanza.
Tu desconsideración hacia mí me dañó más que el haberme dejado de amar.
La escuchaba
sin dar crédito a lo que oía y cuando calló un instante, me apresuré a
replicarle. Le enumeré el sinnúmero de cartas echadas al buzón sin ser
correspondidas, el desánimo que me invadió, el consuelo de Marisol y, por
último, el compromiso. La semblante de Amelia se enmudeció, y palideció la
situación tras verse desorientada por lo imprevisto de aquella confesión mía.
Se repuso, echamos a andar a la vera y al poco rompió el silencio.
–Demasiadas
promesas me juraste y con ellas me quitaste la confianza, y ya sabes que nunca
vuelve la confianza a quien la perdió. El más cruel de los infortunios fue el
haber concocido la felicidad contigo para encontrarme ahora sola, privada de
ella y de ti. La fortuna no se contenta con golpearnos una sola vez, que a los
males no les gusta venir solos, así que una nueva desgracia me abate, puesto
que creí haberte dejado de amar; sin embargo, revive en mí con mayor
insistencia. Me dices que te casas con otra. ¡Poco tiempo necesita tu corazón
para cicatrizar las heridas! De todos modos, no te echo la culpa a la vista de
lo que ha ocurrido. Tarde comprendo el misterio de mis padres cuando yo
mencionaba tu nombre: ellos se encargaron de que no me llegaran tus cartas ni
tú las mías. Bien sabes que nunca uiste de su agrado, por eso invitaron al
repelente Alcurza, que no piensa más que en la banca, para que me consolase en
mis momentos más bajos.
–Nondum amonium dierum sol occidit.
–¿Qué? Déjate de
petulancias. ¿Qué quieres decir? Háblame en cristiano y déjate de latines.
–Lo
que quiero decir es que aún no es tarde para nosotros. Hay un remedio, si
todavía me amas como yo te amo.
–¿De
qué se trata?
–De
fugarnos. No pongas esa cara. ¿Por qué no? Poseo algunos ahorrillos y mi
padrastro de seguro que nos socorrerá. No podrás gozar de la paz y seguridad
que con tus padres te da el dinero, pero juntos saldremos adelante.
–¿Y
Marisol? ¿Y el bebé?
–La
inflexible moral no conduce a la felicidad. Créeme, la obligación del
casamiento debe ser desterrada. Es mejor para todos no celebrar esa boda,
seríamos infelices del todo no amándola yo, sino a ti, y recelando ella de
nosotros dos.
–No
me atrevo.
–¿Qué
temes?
–No
sé.
–Nos
lo debemos.
–¿Qué
harán mis padres?
–¿Qué
importa? Estaremos juntos.
–No
me decido.
–No
permitas que se nos interponga nada.
–Lo
pensaré. Ahora es todo muy repentino. Tienes que darme tiempo.
–No
lo hay. Cuando regrese me espera Marisol.
–¿Qué
hago?
–Ven
conmigo.
–¿Cuándo?
–Pronto.
Haré una visita rápida a mi padrastro, evitaré a cuantos pueda, sobre todo a
Marisol, y regresaré a buscarte.
–No
sé.
Empleé casi
dos horas, pero finalmente convenimos en la huida. Acordamos reunirnos al cabo
de cinco días en la estación del tren a las seis de la tarde sin otro equipaje
que el imprescindible. Yo iría a medrar ante don Carlos y ella ante sus padres
sin referir nuestro furtivo encuentro. Retorné, por consiguiente, presuroso y
entusiasmado. Mas ¡ay! los reveses del destino son inexcrutables para los
mortales seres. En los tres días que falté del pueblo el sino varió de rumbo,
de modo que me vi envuelto en turbios sucesos, que a punto estuvieron de
truncar, no ya mi vida, sino mi dicha. Tanto sufrimiento me guardaban los
cielos para purgar todos mis pecados.
Hallé a don
Carlos postrado en cama aquejado de unas fiebres malignas, que, a la postre, lo
llevarían a la tumba. Durante los nueve días que lo velé, me vi imposibilitado
de dar recado a Amelia, y en estos días creí perder a un padre y a una amante,
si bien conseguí retrasar una vez más la fecha del desposorio, aduciendo la
incurable enfermedad de mi padre. El motivo de estas fiebres me lo fue
relatando él mismo a intervalos,
cuando el mal calmaba, que eran pocas veces y por poco rato.
Daba auténtica
pena mirarlo: la faz demacrada, perdido el color, tan flaco que le salían las
costillas, tan débil que nada sostenía en sus manos. Era todo pellejo, el pelo
le caía a puñados, cada respiración la marcaba con un silbido chirriante y
profundo. ¿Quién no se apiadaría de él? ¿Qué no misericordia se conmovería?
CAPÍTULO DÉCIMOTERCERO
Por lo que con
el tiempo logré averiguar, el mismo día en que don Carlos me mandó a Gijón, a
eso de las seis y media de la tarde, se plantó en casa de don Luis. Le abrió la
puerta Leticia, que le hizo pasar adentro y acomodarse en la salita.
Desapareció y al poco volvió con doña Clarisa, quien con tranquilo ademán le
invitó a otra sala menos acogedora, en donde recibía a las amistades. Allí
departieron sosegadamente sobre la forma de asesinar al marido sin exaltación
ni sobresaltos, con la sangre fría de los profesionales pagados a un alto
precio por su servicio, con la premeditación de los grupos terroristas, sin
remordimientos, cual antropófagos que devoran la carne humana más como rito
religioso que como apuro alimenticio.
Doña Clarisa
desencerró de una caja fuerte una daga con doble filo, guarnición dorada y
gavilanes excelsamente pulidos, y la entregó a su compinche con la luz en ojos,
pues no hay odio más feroz que el de los parientes. La guardó don Carlos en la
faldriquera con presdtancia y con mucho tiento y una terrible duda asomada a la
cara. Luego, le dijo la infame:
–Destierra
cualquiera flaqueza, pues lo útil está tan lejos de lo justo como las estrellas
de la Tierra.
Cuando las
fatales acciones obtienen una recompensa, nada fácil resulta obrar rectamente,
de manera que nadie es bueno de balde. ¿Qué cosa hay tan sólida, qué ciudad tan
firme o qué matrimonio tan estable y duradero, que no pueda zozobrar a causa de
los odios y las disensiones de la adversa monotonía de tantos años apagados?
Se despidieron
con el ósculo frío de quien acomete una empresa indigna, con el beso último de
la guadaña. Apretó el arma don Carlos y salió con deciso paso al camino. ¡Ay de
los mudan su persona por la manzana
podrida! ¡Ay de los que flaquean en su alerta, conscientes de que las muchas
insidias acosan a los hombres, excpuestos siempre al canceroso mal!
A las ocho
solía don Luis cruzar por un puentecillo camino del hogar en las temporadas
invernales, a las ocho solía oscurecer por completo a no ser la luna llena, a
las ocho sólo la nieve era testigo de las huellas del maestro, a las ocho
aguardaba don Carlos detrás de un muro de piedra cercano, a las ocho en punto
apareció la víctima silbando despreocupado de la peligrosa asechanza.
Le salió al
paso el asesino y se quedó enfrente suyo a un metro, apuntándole con la daga
entrambas manos. Quedó quedo don Luis, inmóvil don Carlos; el uno, por lo
inesperado; el otro, por cierta vacilación moral. Vaciló éste un instante,
porque, si el bien puede eclipsarse, no así extinguirse. Se abalanzó de pronto,
mas marró el intento a última hora, remordido por su conciencia, pues los
hombres buenos no pueden ser empujados a cometer una perfidia a ningún precio,
aunque éste fuera el amor de una arpía. Resbaló el infortunado en la nieve, se
deslizó la daga al suelo y cayó don Carlos a las heladas aguas del río, cuya
corriente le arrastró furiosa hacia abajo.
Don Luis
reconoció la daga de su desagradecida esposa y al punto lo comprendió todo. La
cogió lacrimoso y se desocupó del accidentado. Arreció el caminar con largas y
frecuentes zancadas por las ganas de presentarse ante la malvada instigadora,
apretando con fuerza inusal el arma en el puño hasta blanquear los nudillos.
Se pudo don
Carlos salvar del ahogo, mas el enfriamiento le caló los huesos y se alojó en
la médula, el cual frío se cebaba en él con tanta saña, que, al cabo de un
tiempo convaleciente, le llevaría al camposanto. Si no perdió la voz fue para
que pudiera hacer confesión, cosa que agradeceré por toda la vida. Una sola
mancha enturbió todo lo que sin mácula tenía. Rara vez el castigo ha dejado
escapar la culpa, que es eterna, puesto que quien obra por medio de otro o
forzado por un inductor, es como si obrara por sí mismo. Yacen postradas las
más altas virtudes, cuando el placer nos gobierna y nos conduce a la senda
equivocada. Tan pronto como recogemos nuestro propio timón y enmendamos el
yerro, ya las virtudes se alzan arrepentidas, pero carentes de voluntas.
Siembra mal y mal recogerás.
No se libro
doña Clarisa de la impasible venganza. Tal vez su fin fue más doloroso, más
cruel que el sufrido por mi padre, ya que la repudió el marido con violencia:
la golpeó a puñetazos en el vientre y, estando ella encogida en el suelo, a
patadas en la cabeza, la latigó en la espalda y, a tal punto llegó la
virulencia, tal adefesio hizo de ella, que el ojo diestro se le encerró tras
una hinchazón negra, perdiendo la visión para siempre. La mejilla izquierda le
fue marcada con el rasguño de la daga; el hombro siniestro, dislocado; la
columna, asaeteada; magullada la cadera, quebradas tres costillas, despegado un
mechón del pelo, destrozado el seno derecho, despedazada la nariz, partidos varios dientes. No me atrevo
a describir lo que allí más sucedió, que todavía no me explico cómo salvó la
vida, ya que no el pellejo. La arrojó a la nieve hecha un adefesio y con el
impulso aún le fracturó la pierna izquierda. Cerró de golpe la puerta y se fue
a desahogar lo poco que le restaba a los tabiques de la sala, a los cuales
zarandeó un mucho por la rabia incontenible.
Todo esto vio
Leticia en cuclillas tras un biombo. Subió a la habitación, hizo un hatillo con
ropa y acudió en socorro de su madre, a quien tapó con una gruesa manta y
condujo al cobijo de un viejo cobertizo, donde pasaron la noche entre lamentos,
quejidos y lloros. A la amanecida Leticia rogó perdón al padre, cegado por la
ira del adulterio y del frustrado crimen.
Como nada hay
más rápido que la maledicencia, nada tan fácil de lanzar, nada se impone tan
deprisa ni se propaga tanto, al mediodía todo el pueblo hablaba de la «puta
callejera», de la «meretriz aficionada», de la «hetera de salón», y aún más de
«ramera», y «zorra», la cual era de común consenso se tenía bien merecida la
paliza. Todos bregaron por insultarla antes y más, por apedrearla incluso, lo
cual muestra que los detractores son peores que sus víctimas, y los burladores
que los burlados. ¿Quién recibiría con agrado una honra tan indigna? ¿Quién se
asustaría de la calumnia infame, sino el vicioso y necesitado de enmienda?
Así las cosas,
mientras don Carlos agonizaba en su lecho, doña Clarisa era hospitalizada en
compañía de su hija, cuyas nunca más supe, aunque me da en las narices que
jamás regresaron a la tierra que las vio nacer.
A este terrible
relato le siguió otro no sé si más placentero o más a mi disgusto, pero lo
contaba en carta mi padre para que yo lo leyera tras el postrer hálito, el cual
papel transcribo tal como lo leí:
«Al llegar el
sublime momento de rendir cuentas ante el Creador, me veo obligado a enderezar
lo que en vida torcí. Permíteme, hijo mío, que así te nombre, pues que lo eres,
a pesar no que yo mo merezco tal distinción, de lo cual hube de arrepentirme en
mis muchos días de arrepentimiento. No es decente echar la culpa a lo ajeno,
pero la nobleza no anda en contemplaciones ni miramientos, pues todo cargo es
una carga y, o llevas la carga o dejas el cargo. En mí pudo más el cargo que la
carga, y por temor a perder el futuro seguro, velé la falta con la inferencia.
Oneroso honor es el que impide reconocer a un hijo bastardo o unir dos linajes
opuestos. Este gran peso me abrumó y cegó, por él sufrió tu madre, por él
padecí, por él fuiste huérfano.
En mis tiempos
de juventud me enamoré de una joven, hija del ama de llaves de mi casa paterna,
que se llamó María Teresa Zoilo González. La alocada juventud y el
apasionamiento desmedido dejaron encinta a Teresita, hermosa donde las hubiere.
Quisoe poner solución al problema, compartiendo con ella el tálamo nupcial,
pero nuestras familias hicieron frente común para prohibirlo. Teresita,
indignada, se escapó de los grilletes maternos y vagó sin rumbo hasta el día
del parto, prematuro, en que tú, hijo mío [¡qué grande palabra es «hijo»],
viniste al mundo, y ella se fue al otro. Yo te acogí en mis brazos en cuanto
supe de ti. Te llevé a bautizar, como buen cristiano. Te oculté tus raíces por
juramento a tus abuelos y sólo con la muerte, que se presenta ya, tengo permiso
para romperlo, como así lo hago.
Si de algo
sirve para aminorar tu desdicha, en mi testamente te adopto legal y te lego
cuantos bienes he conservado, que sólo por ti los he ido ahorrando. Dispón de
ellos a tu antojo y perdona a este anciano insensible, que no acertó a ser tu
padre.»
Cuando llegué
al final, posé despacio la carta sobre la mesita al tiempo que don Carlos, mi
padre, expiró con una sonrisa en los labios.
CAPÍTULO
DÉCIMOQUINTO
Al velatorio
de mi padre no asistieron más allá de una decena de personas, más por
compromiso que por apetencia. Dado que su último deseo había sido el de ser
enterrado en el cementerio del pueblo, la capilla ardiente se instaló en el
cuarto que le vio fenecer. Le colocaron en un féretro de roble, celado por dos
hileras de cirios a modo de parada militar; el ataúd se sostenía sobre cuatro
sillas, y a sus pies una corona de flores plastificadas se reía de la ridícula
pompa. Le habíamos rasado la barba, curiosado el cabello, bien portado el traje
y maquillado en la cara. Tal emulaba un santo de pobre hacienda.
Por ser
domingo, Marisol se había ataviado de fiesta y luto a un tiempo: de fiesta, por
el contento de ver más próximala boda, una que había desaparecido el retraso,
ignorando el pacto entre Amelia y yo; de luto, por darme impresión de sentido
pésame, si bien yo lo notaba fingido. Vestía de raso negro ceñido hasta la
rodilla, con una abertura que dejaba entrever la mitad del muslo izquierdo. En
el dedo anular resaltaba el aro de plata, que le hube de donar como símbolo del
compromiso matrimonial, cuya vista me resquemaba el interior y arpaba las
paredes de mi estómago.
Todos pasamos
la vela en el bar. Pedro servía de vez en cuando alguna copa y algún que otro
bocadillo o tapa. Marisol no se separó de mí, sentados ambos con su padre, el
cura y Coral, que tal parecían guardarme de aviesas intenciones. En otra mesa
Lucio y sus ayudantes participaban de la vigilia un tanto ajenos. No más vino,
no más al funeral, sino Paco Pepe, que se averó en el último momento.
–Lex
est perire, non poena –decía don Remigio.
–¡Ay,
más que la muerte fue la cruel ocasión por la que murió! -exclamaba su hermana.
–Omnia
mutantur, nihil interit –porfiaba el cura–. Nadie puede luchar contra natura.
Cualquiera puede quitarle la vida a otro, pero nadie evita su propia muerte
cuando le toca con su mano huesuda. Lex est perire. Todo lo que viene de la
tierra vuelve a ella, que polvo somos y al polvo volvemos. La vida no es más
que un camino hacia la muerte; si pudiéramos rehuirlo, entonces, sí habría
razón para temerlo; pero, pues que no es así, resignémonos a él aceptémoslo.
Lex est.
–El
pobre sufría como un endemoniado –se explayó don Lucio–. Al menos ha dejado de
dolerse.
–Menos
sufrimiento causa la muerte que su espera –intervenía don Arturo.
–¿Qué
se le va a hacer? Y no hay remedio –murmuraba Pedro.
–Letum
non omnia finit –concluyó don Remigio.
Sollozó
Marisol con tono falso, a lo que respondió el cura:
–Alíviate,
mujer, con el esparcimiento del llanto, que a las mujeres les corresponde
llorar; a todos, recordar; pues la vida de los muertos permanece en el recuerdo
de los vivos.
Entre tanto,
Pablo y Gabriel se dedicaban a consolarse con luengos lingotazos a tal punto,
que brillaban los ojos como dos soles beodos, y los mofletes reventaban rubros
de alcohol. Se rascó la pantorrilla Marisol, corriéndose la abertura del
vestido, que descubrió la pierna entera y algo más; luego, aflojó la goma del
tanga con disimulo, lo que hizo que se le descubriera tal prenda. Pablo abrió
sus ojos de par en par, como se abre una ventana al alba para airear la habitación,
y clavó en el tanga una mirada lasciva, hecho del que se percató Marisol; se
sonrió y tapó no demasiado la brecha. Después, se irguió el salmantino, se
arrimó a la mesa y la orpimió, como por descuido, con sus genitales. Se salió
de la tertulia en dirección al retrete, abandonando una ojeada en las piernas
de la endomingada. Le revezó Gabriel en ese juego de miradas, gestos y
cautelas. Así disfrutaron del velatorio los tres, enredando con artificios de
excitación, cual enjalbegadura, fingiendo los defectos de un sarpullido torpe,
indecoroso y feo.
Por distraerme
un rato, cogí la Biblia, que don Remigio había tumbado a su lado; la abrí por
en medio, la hojeé y llegueó a San Mateo, en donde se me encasquetó una
reprimenda cuyas palabras aún recuerdo hoy frescas:
«Ay de
vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados,
que por fuera aparecen hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de
muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera parecéis justos
ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.»
Se pasó la
noche, como digo, pesarosa, inacabable, llena de tedio y de fastidiosas
situaciones. El alba la noté liberadora. El cortejo funerario, la crueldad de
la lluvia y el frío quisieron terminar con mi ya empobrecido ánimo, y tal
hubiera conseguido de no ser por la cortedad de las honras. A don Carlos lo
entabicaron en un nicho soleado, aromatizado por un ciprés imponente, aseado y
distinguido. El esmero en el encierro del cadáver, la preparación de la yacija,
el boato, son más un alivio para los vivos que una ayuda para los muertos.
Me postré ante
él, una vez idos todos, sin saber por qué, pues, al fin y al cabo, aún siendo
mi padre, nunca lo había considerado como tal hasta el momento de su muerte.
Tampoco sentí pesar; tal vez, si acaso, por echarle de menos, habituado como
estaba a su trato. Recé, quizás la única vez la única vez que lo hice con
asentimiento; de todas formas, él me había engendrado. Es duro considerar un valor
insustituible a aquellos que se han perdido sin beneficios. Transcurrió una
hora hincado de rodillas, durante la cual pensé en todo, y todavía en más: la
muerte es consustancial a la vida, por ello ambos son insolubles: donde hay
vida hay muerte.
Al fin, me
levanté y en silencio dejé atrás la necrópolis. El destino se encaprichó en
guiarme hasta una arboleda, en cuyas entrañas percibí gemidos de placer. Me
acerqué y contemplé a Pablo y Marisol enlazados; él, de pie, sosteniendo a cada
flanco una pierna desnuda; ella, espaldada en el tronco de un mustio nogal. Me
aparté sin ser notado y volví al mesón de Pedro. Allí me adormecí con la
fotografía de mi padre reposada sobre el pecho, apuntalada por las manos, con
el dorso hacia el techo. Creo que se me humedecieron los ojos.
CAPÍTULO DÉCIMOSEXTO
Me dio todo el
mes manco en pleitear, documentar y heredar. Me trajo de cabeza analizar los
contratos, negocios e impuestos. Cuando por fin acabé con todo el papeleo, se
me pasmó el alma. Jamás hubiera imaginado la riqueza de mi padre; el dinero
salía a borbotones allí donde ponía la indagación, como si una bombarda
escupiera proyectil tras proyectil sin límite o frontera. Me acordé, entonces,
de aquel útil consejo de Carlos y me vestí con la elegancia de la nobleza,
aprendí los modales del refinamiento, entrené la voz al tono adecuado. En
definitiva, me convertí en una pieza más de lo que llaman los «tabloides».
Desamparé a
Marisol o, lo que es lo mismo, huí de ella como diablo que lleva el viento. Sin
duda ella me habrá buscado por todas partes, habrá andado de la ceca a la Meca
en baldío; al menos, eso creo. De Amelia no me olvidé. La fui a reclamar por
esposa, mediado el mes belicoso. Coincidió la visita con una fiesta que, si no
es el azar, fuera para mí Vesubio y yo Pompeya y Herculano a la vez, porque su
motivo era anunciar el compromiso de mi amada con el insulso Alcurza.
Dubitativo estuvo el mayordomo por desconocerme, pero me adentré sin
miramientos ni presentaciones ni excusas. El local era un hervidero de la
farándula social: adinerados de siempre y otros recientes, unos poderosos y
otros arribistas, fámulos todos ellos del espectáculo banal. De pronto, la vi.
¿Qué palabras pronunciar, que retraten la emoción que se adueñó de mi ser? ¿Qué
descripción alcanzaría la verdadera belleza que me aleló el entendimiento? ¿Qué
mención hacer de cómo me embargaron las ideas?
Aborrecí en
aquel momento todo el tiempo desperdiciado sin ella. Me ajusté la corbata,
alisé la camisa, estiré la americana, allané el pelo, y me fui hacia ella, que
charlaba en un corro de horterillas alcurnias. Me reconoció al punto y se
ruborizó un tanto, pasmada al verme embutido en aquel traje, todo lo cual la
hacía más hermosa, si es que fuera posible. Se retiró dos pasos y me puse a su
altura. ¡Qué infernal posición la mía tras dos plantones! ¡Qué inquisitoria
situación tuve que padecer! Y, sin embargo, aun agregando el martirio de
ardientes clavos o el tormento del potro o cualquiera otra tortura, bien
empleado la tendría si hubiera conseguido que volviera a mí.
Me reconvino
las promesas rotas, los juramentos quebrantados, los votos desleales, los
ofrecimientos falsos. Por mi parte, intenté hablarle con el tomo más muelle,
como quien acuna a un bebé en su cuna. Me declaré rendido, argüí miles de
excusas, todas vanas, pero no quiso esperar otra oportunidad y me manifestó su
decisión de casamiento con Alcurza, que a tal fin era el banquete. Me confesó
que me amaba y que sabía que yo la amaba, pero que eso no era suficiente. No me
desmoroné, sino que me hinqué en el suelo, como quien besa los pies, e hice
otras cosas que tengo a bien omitir, implorándole indulgencia y remisión de los
pecados. Con tal número de aspavientos atraje la atención de los invitados y de
los huéspedes.
–¡Tú,
truhán, cazador de dotes! –rugió Fabio–. Sal de mi casa y vete a tu guarida
infecciosa. Ni siquiera olerás el color de mi fortuna. Deja ya de acosar a mi
hija, que bastantes trastornos has traído a esta familia. No me engañarás con
esa facha, porque, aunque la mona se vista de seda, mona era y mona se queda.
Se acoquinaron
los invitados, comprendiendo la rabia con que Fabio atacaba a varón tan bien
engalanado, principalmente al comparar la intonsa cabellera del huésped con la
arreglada del reñido, o la piel legrada de uno con la curtida del otro.
Viéndome derrotado, me comporté con la mesura y el aliño que de mí esperaban
los espectadores del improvisado espectáculo; no obstante, no me amedrenté ante
la colérica reprensión, sino que me anticipé a la ejecución de las amenazas y
le planté cara con dispuesta y moderada réplica a la provocación. Se callaron
todos para escucharme, se apiñaron en un rincón, dejándonos a Fabio y a mí
careados, a Amelia ladeada a mi diestra y a Rosa acodada a su marido. Lo que no
esperaba en ningún caso fue que la propia Amelia, antes de poder defender
frente a la enfebrecida posición de su padre, se interpuso entre los dos y, con
un brío del que yo no sospechaba que tuviese, me abofeteó con todas las fuerzas
que su cuerpo expendía; tal fue la violencia, que me hizo trastabillar y di con
mi cuerpo en el suelo. Me levanté como pude y la miré a los ojos; fue en ese
momento cuando pude ver en ellos una mezcla de amor y rencor, de odio y
esperanza partida.
No recuerdo
muy bien cómo salí de allí, apenas si me acuerdo de oír las recriminaciones de
Fabio, los inusltos de Rosa y las risas de los invitados. De lo único de lo que
estoy seguro es de que desde entonces no he vuelto a sonreír, a sentir el calor
de la felicidad. Nada supe, y no quiero saber, de lo que fue de Amelia, su
recuerdo me trae amargos, muy amargos momentos, y el desgarro es demasiado
profundo para revivir su presencia. De Marisol supe que se había casado con
Gabriel, recogedor de las sobras de Pablo, con quienes se cebó el infotunio,
pues ella resultó estéril y él precoz. En cuanto a Pedro, me enteré de su
muerte no hace mucho, cuya tumba tengo pensado visitar próximamente.
Aquí quédese
esta parte de mi vida, la más ilustre y ajetreada. Della dedúcese que los
valores de antaño amóldanse a los modernos y éstos a aquéllos, y que la sola
diferencia entrambos estriba en que cada cual tiene lo que se merece.
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